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lunes, 5 de enero de 2026

NOCHE DE REYES


 Por: Oscar Méndez Cervantes 


 En el sitio de honor de la casa, el Nacimiento para el Niño Dios era un trasunto de la Gloria, en la ingenuidad milagrosa de su breve y minucioso aparato escénico. 

 Un suave ribazo, en cuya pendiente la Gruta y el Portal fingían –para el alma- una diminuta caja de resonancias, estremecida aún por el villancico navideño. María y José, en unciosa adoración. El concierto angélico, en impalpable revoloteo, entre las ramas de resinosas fragancias. Pastores y rebaños, poblando repechos y hondonadas. Cisnes, en lagos de espejos. Jacales autóctonos, empinándose sobre la gracia topográfica de un mínimo precipicio. A su vera, escarbando la alfombra de heno y musgo, aves corraleras casi tan grandes como la indígena pareja xochimilca, con la batea de las ofrendas florales y el huacal henchido de frutos nada palestinenses, pero sí muy mexicanos. Más allá, sobrepasando los techos de un caserío de tejamanil, la cuadrilla de toreros, circundando al “miura” en trance de embestir, ponía el detalle de casticismo festejoso. En una retirada oquedad –trasunto del Sinaí de los ascetas- el ermitaño imprescindible ponderaba en su contemplación la grandeza del Misterio y de las profecías cumplidas. Un noble perro lanudo, montaba la guardia en torno de la cueva eremítica y mantenía a distancia al Maligno rondador: cuerpo y alas teñidos –ante el fracaso de sus asechanzas- de un ridículo verde bilioso.

 Y por encima de todo, más alto aún que las esferas de policromadas luces, con un nevado vellón de escarcha prendido a su cauda sideral, la Estrella fulgurante, señalando el lugar de las adoraciones a la inminencia dadivosa de los Santos Reyes Magos.. 

No era posible que éstos equivocaran la ruta. Durante toda la noche de Epifanía, ahí posaba el astro, y alumbraba la dulce y tradicional exactitud de aquel privilegiado rincón hogareño. Por eso, cabe las últimas estribaciones de la colina del Nacimiento, buscaba arrimo el calzado de la chiquillería, en la expectación de los obsequios –infalibles- de Melchor, Gaspar y Baltasar.

 ¡Y qué jubilosa inquietud la nuestra cuando, depositada la clásica epístola pedigüeña –solicitando una desmesurada nómina de regalos, capaces de agotar las arcas de todos los reyes orientales-, nos acogíamos al retiro del lecho infantil, y, apagadas las luces, manteníamos en vela los sentidos y quebrábamos en silencios nuestros cuchicheos ante al más leve ruido nocturno. (“¿Serán ellos?... ¡No, aun es muy temprano!”) Y poco más tarde, creíamos ya adivinar el paso sigiloso de la caravana: cascos de camello hiriendo las baldosas del patio, tin tin de argentados palafrenes, roce de sedas y púrpuras, legendarios, prestigiosos aromas de desierto y de oasis…

 Por fin, el cansancio vencía nuestra alertada vigilia y nos cerraba los párpados. Entonces, el sueño poblaba la habitación con las más estupendas visiones, dignas de aquella Jauja de que tan vivamente nos hablaban los cuentos: ríos de melaza, cayendo en cascada sobre el piso; palacios de azúcar cristalizada en que una luz mágica se quebraba en incitantes iridiscencias; juguetes mecánicos corriendo ruidosamente ante el regocijo de regimientos enteros de soldados de plomo; la elegante parsimonia de un gato de serrín y felpa, y, sobre la rinconera, las notas celestes de una cajita de música daban serenata a muñecos de asombrados ojos azules… Y luego, el fusil de madera, y el proyector de sombras chinescas, y el libro de estampas, y un sinfín de maravillas, todas rutilantes, agitadas por una indefinible palpitación de vida…

 Pero la belleza de todas esas dulces fantasmagorías, quedábase corta y deslucida ante la mañanera comprobación de la visita de los Magos. ¡Ahí de nuestro alboroto, del gozo estallante en gritos, cabriolas y carreras, con que al alba de Dios taladrábamos los oídos de las personas mayores! Junto al fiel de los estrenos obligados, yacía la milagrera realidad del juguete y la golosina, y tal o cual nota, de puño y letra de Gaspar o Melchor, dejando saludos y abrazos y promesas para los del mejor comportamiento en el siguiente año. De ahí en adelante, la jornada transcurría en una hechicera sucesión de juegos y comentarios de la muchachada, que no se cansaba de acariciar el juguete, y consumir –en sabias pausas- caramelos y rosquillas… 

 ¡Bendita Tradición la nuestra, que, en cada uno de sus matices y expresiones, desde la infancia hasta la vejez, nos enjoya la vida con el suave regalo de su diáfano embrujo!

domingo, 5 de enero de 2025

MEDITACIÓN SOBRE LOS PRESENTES DE LOS MAGOS.


   I. Los Magos ofrendaron mirra a Nuestro Señor, para honrar su humanidad. Jesús es Hombre, y lo es por amor nuestro, porque por amor nuestro tomó un cuerpo semejante al nuestro. Amémoslo, pues, y ofrendémosle nuestro cuerpo. Este cuerpo es vuestro, ¡oh Jesús mío!, disponed de él como os plazca, sano o enfermo, vivo o muerto. ¡Qué feliz sería si pudiese sufrir con Vos, para reinar un día también con Vos! Me habéis rescatado todo entero, a fin de poseerme todo entero. (San Agustín).

   II. Jesús es hombre, mas también es Rey. Por eso se le ofrenda oro. Es el dueño de nuestros bie nes, Él nos los dio; debemos servirnos de ellos para honrarlo, para engalanar sus altares, para socorrer a los pobres. Ve a Jesús en sus pobres, con la fe de los Magos que, contemplando en el pesebre a un niño pobre y abandonado, lo reconocieron como a su Rey y a su Dios. Si eres pobre, ofrece a Jesús tu pobreza; esta ofrenda le será más agradable que todos los tesoros de la tierra.

   III. Los Magos ofrecieron incienso a Jesús, y reconocieron así su Divinidad. El incienso que tú le debes presentar, es la oración que eleva a tu alma hasta Dios. Humíllate ante este Soberano, ofrécele todas las potencias de tu alma, adóralo, témelo. Acuérdate sobre todo que los Magos volvieron por otro camino; cambia de vida a ejemplo suyo, y después de haberte dado a Jesucristo, no te des más al mundo. Por el cambio de ruta, entendemos el cambio de vida. (Eusebio).  

Orad por los que os gobiernan.

ORACIÓN

      Oh Dios que en este día hicisteis que los gentiles conocieran a vuestro Unigénito, dándoles una estrella por guía, haced que, conociéndoos ya por la fe, nos elevemos a la contemplación de vuestra gloria. Por J. C. N. S. Amén.

viernes, 5 de enero de 2024

UN RELATO DE EPIFANÍA.


En una obra anónima del siglo V, antiguamente atribuida a San Juan Crisóstomo, el “Opus Imperfectum in Matthaeum” (Comentario inconcluso al Evangelio de San Mateo), se consigna el resumen de un libro perdido con un relato apócrifo sobre los doce reyes magos (como consta en la tradición siríaca). Les dejamos la traducción del relato. ¡Feliz Epifanía!

«He oído hablar a algunas personas de una escritura que, aunque no muy cierta, no es contraria a la fe y se escucha más bien con agrado. Se lee en ella que existía un pueblo en el más extremo Oriente, a orillas del Océano, que poseía un libro atribuido a Set [el tercer hijo de Adán]. En él se hablaba de la aparición futura de una estrella y de los dones que por medio de ella se habían de llevar; esa predicción se suponía transmitida de padres a hijos, al través de las generaciones de hombres sabios. Eligieron entre ellos a doce de los más sabios y más amantes de los misterios de los cielos y se dispusieron a esperar esta estrella. Si moría alguno de ellos, su hijo o el pariente más próximo que esperaba lo mismo, era elegido para remplazarlo. Los llamaban, en su lengua, Magos, porque glorificaban a Dios en el silencio y en voz baja. Todos los años, después del mes de las cosechas, estos hombres subían a un monte, llamado en su lengua Monte de la Victoria, donde había una caverna abierta en la roca, sumamente agradable por las fuentes y los árboles que la rodeaban. Una vez llegados a este monte, se lavaban, oraban y alababan a Dios en silencio durante tres días. Esto lo hacían durante cada generación, en espera siempre de que apareciera aquella feliz estrella, durante su generación. Por fin apareció sobre este Monte de la Victoria dicha estrella, en forma de un niño pequeño y sobre sí la figura de una cruz. Les habló, les instruyó y les ordenó que partieran a Judea. La estrella les precedió durante dos años, y no les faltó ni el pan ni el agua en sus alforjas. Lo que hicieron después, nos lo ha conservado en forma resumida el Evangelio. Sin embargo, cuando regresaron, continuaron adorando y glorificando a Dios con más fervor que antes, y predicaron a todos los de su clase y enseñaron a muchos. Finalmente, cuando el apóstol Tomás llegó a aquella región después de la resurrección del Señor, se le unieron, y siendo bautizados por él, se convirtieron en ayudantes de su predicación». Migne: PG 56, c 637–638 (Paris, Imprimerie Catholique, 1857–86).

Sermón 190 de San Agustín, El Doble Nacimiento del Señor:

"Se anuncia a los pastores (y a los Magos) el príncipe y el pastor de los pastores y yace en el pesebre como vianda de los fieles, su montura. Lo había predicho el profeta: Reconoció el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su Señor. Por eso se sentó sobre un pollino cuando entró en Jerusalén en medio de las alabanzas de la muchedumbre que lo precedía y seguía. Reconozcámoslo también nosotros, acerquémonos al pesebre, comamos la vianda, llevemos a nuestro señor y guía, para que bajo su dirección lleguemos a la Jerusalén celeste.

Yace en un pesebre, pero contiene al mundo; toma el pecho, pero alimenta a los ángeles; está envuelto en pañales, pero nos reviste de inmortalidad; es amamantado, pero adorado; no halla lugar en el establo, pero se construye un templo en los corazones de los creyentes. Para que la debilidad se hiciera fuerte, se hizo débil la fortaleza. Sea objeto de admiración, antes que de desprecio, su nacimiento en la carne y reconozcamos en ella la humildad, por causa nuestra, de tan gran excelsitud. Encendamos en ella nuestra caridad para llegar a su eternidad."


viernes, 6 de enero de 2023

EPIFANÍA


 

LOS REYES MAGOS


¡Qué gran misterio el de la Epifanía! Yacía Jesús en un pesebre y sin embargo, como Dios que era, guiaba a los magos que venían desde el oriente. Se escondía en un establo y se manifestaba a los Reyes.

En esa carne mortal, en ese niño humilde, adoraron al Verbo de Dios: en su infancia a la Sabiduría; en su debilidad a la Fortaleza; en sus pañales al Rey de Reyes; y en su realidad de hombre, al Señor de la Gloria.

Con sus dones los Reyes Magos predicaron a Dios a quien ofrecieron incienso, al Rey merecedor del símbolo por excelencia de la realeza, el oro, y al hombre al que un día habría que ungir con mirra.

Del mismo modo, presurosos y dóciles, llevémosle nosotros la voluntad de servirlo y amarlo ante todo.

Han llegado los santos Reyes Magos, protagonistas principales de la Epifanía de Nuestro Señor Jesucristo. Lamentablemente los católicos parecemos haber perdido de vista el significado de esta Solemnidad, que pasa un tanto desapercibida aunque sea la Navidad de las naciones.

Signo de lo cual es la abrumadora propaganda que tiene Papá Noel, desconocido casi por completo no muchos años ha, en detrimento de nuestros tradicionales astrónomos.

Nademos nosotros contra corriente, restaurando la tradición católica en la mente y en el corazón de nuestros hijos. ¡Qué las "verdades" de los racionalistas sean para ellos malos sueños, como enseña este cuento de José María Pemán que los Reyes han dejado como presente a nuestros lectores:

El Republicano y los Reyes Magos

Como su padre había sido también republicano y racionalista, le había puesto por nombre Sócrates. Él, a su vez, siguiendo la costumbre, le había puesto a su hijo Plutarco.

Su mujer, obesa y dulce, disculpaba todo esto, con la sumisa tolerancia de las mujeres españolas. Tenía un supersticioso respeto para ese mundo de fronteras inviolables donde se encierran las «cosas de los hombres».

Estaba segura de que su marido tenía «buen fondo», que es lo que importa, y de que, cuando se sintiese morir, pediría los sacramentos.

Respaldada en estas confianzas, con su bata de flores y su manojo de llaves, iba y venía por la casa, callada, hacendosa, humilde de llamarse, sencillamente, Rosario, entre el bebedor de la cicuta y el autor de las Vidas paralelas.

Don Sócrates era republicano federal. Profesaba las «ideas nuevas», o sea, las ideas francesas y alemanas de 1890. En un estante, encuadernadas y con cantos de oro, guardaba las obras de Castelar, Pi y Margall, Salmerón, Darwin y Augusto Compte. Y su mujer les quitaba el polvo, todos los sábados, con un plumerito, cogiendo cada tomo displicentemente, con dos dedos, para no contagiarse, como quien coge una viborilla.

Don Sócrates había oído, en sus mocedades, un discurso de Castelar en un círculo republicano. Era la anécdota más emocionante de su vida, y recordaba todos los detalles de la escena.

Al terminar, había logrado llegar hasta el orador y apretarle una mano, diciendo:

—No sé cómo puede usted respirar, don Emilio.

Y don Emilio se había vuelto a él y le había hablado. Era la única vez que le había hablado don Emilio. Le había dicho:

—¡Je!… ¡La costumbre!

Y aquella noche, Rosario alzó de pronto sus dulces ojos cansados de la costura.

—Sócrates, ¿sabes que Plutarquito le ha pedido una trompeta a los reyes magos?

Sócrates dejó sobre la camilla el periódico que leía, se quitó los quevedos y replicó con severidad:

—Rosario: es menester acostumbrar al niño, desde chico, a no pedir nada a los reyes…

—Pero ya tú ves: una trompeta…

—Una trompeta todavía menos; al son de una trompeta ha cometido la humanidad todas sus grandes estupideces.

Hubo una pausa. Sócrates terminó:

—Se empieza pidiendo a los reyes una trompeta y se acaba pidiéndoles una credencial. Es menester infundir en el niño, desde ahora, la dignidad del ciudadano libre... Es preciso que se entere que cada uno tiene que buscarse lo suyo, de día y muy despabilado. Que nadie le trae a uno nada...

—Pero, hijo, tiempo tiene el niño de enterarse de eso. Todavía es pronto…

—Nunca es pronto para la verdad…

—Está bien, hombre. No te enfades…

Y Rosario bajó la cabeza otra vez sobre la costura, y no habló ya una palabra. Porque había tomado la resolución que todas las mujeres dulces y sumisas toman siempre ante estos pequeños conflictos: no discutir más.

La escena que se desarrolló a prima noche, la noche de reyes, no tuvo originalidad ninguna. Desde la alcoba matrimonial se oyó la voz adormilada de don Sócrates:

—Pero, Rosario, ¿no vienes? Y Rosario, que cosía en la salita, contestó sencillamente:

—Espérate, Sócrates, que tengo que acabar de marcar estos calcetines. Duérmete tú…

Y aguzando el oído, esperó unos momentos a que la respiración de su marido, que se filtraba entre las cortinas de la alcoba, fuese convirtiéndose en un ronquido leve, pacífico y sereno, característico de los niños y de los republicanos federales.

Entonces Rosario se descalzó para no hacer ruido, se dirigió a un armario y sacó un envoltorio de papel...

Nadie se desliza más suavemente que las madres, en la noche de reyes. Calzadas de silencio y de ternura, resbalan como hadas, en suave complicidad con la alfombra...

Así entró doña Rosario en la alcoba con su bata de flores... obesa y sublime, sobre la sordina de sus pies descalzos.

Plutarquito dormía apaciblemente en su cama de metal dorado, bajo una litografía de la Sagrada Familia de Murillo. Porque don Sócrates no creía, pero respetaba el arte. Doña Rosario recorrió tácitamente la habitación... e iba a dar un beso a Plutarquito, cuando se sintió bruscamente separada de un empellón.

Miró con horror y encontró tras de sí a su marido, magnífico y desconcertante, con sus zapatillas, su largo batín azul y su gorro con borla. Estaba agigantado por la ira. Parecía la imagen de la inteligencia rompiendo la superstición.

Don Sócrates sentencio:

—Rosario, te oí salir de puntillas del gabinete, y me lo supuse todo. Porque otra cosa no podía ser. Tienes cincuenta años y pelos en la barba.

Y después de estas declaraciones mortificantes, don Sócrates encendió la luz eléctrica, zamarreó fuertemente a Plutarquito para despertarlo y exclamó con tono de arenga revolucionaria:

—¡Plutarco! ¡Plutarco! No he de dejar que siembren de errores tu razón naciente. Fíjate bien. ¿Ves a tu madre? Tu madre es la que te ha traído esa ridícula trompeta bélica. No creas nunca que te la trajeron los reyes magos. Eso es una superchería. Nebrija dice que los tres reyes magos ni fueron tres, ni fueron reyes, ni fueron magos...

Rosario lloraba tras su marido. Plutarquito se había despertado a medias y pugnaba por abrir sus ojos azules. Don Sócrates tomó a su mujer con una mano... y recalcó apocalípticamente: 

—Graba bien lo que te digo, Plutarco. ¿Ves a tu madre? ¿Ves la trompeta? ¿Ves la realidad cruda?

Plutarquito abrió un ojo con dificultad. Bostezó. Le temblaba la voz.

—Veo a mamá y a la trompeta. Lo otro no lo veo…

—Quiero decir, Plutarco, que es preciso que, desde niño, aprendas a guiarte por lo que ven tus ojos y no por…

Plutarquito se había dormido profundamente. El sueño de sus seis años sin remordimientos podía más que las sonoras palabras del racionalista.

A la mañana siguiente, don Sócrates estaba desayunándose en la cama. Don Sócrates desayunaba en la cama los días que no tenía oficina. Tomaba frutas y espinacas, porque era vegetariano. De pronto irrumpió en la alcoba Plutarquito, tocando sonoramente la trompeta. Don Sócrates le hizo subir a la cama sobre sus rodillas.

—Vamos a ver, Plutarquito, ¿quién te ha traído esa trompeta?

—Toma…, ¡los reyes!

—Pero, entonces, ¿no recuerdas que esta noche?…

—Verás, papá. Esta noche, cuando me acosté, me quedé con los ojos muy abiertos, para no dormirme, y ver entrar a los reyes. Paquito, el primo, me había dicho que él los vio el año pasado, y que entraron en su cuarto por el balcón. Y yo los vi esta noche. Gaspar tenía una barba blanca, como el tío Miguel. Y Melchor era negro. Parecía un limpiabotas. Llevaban todos unos mantos muy largos, muy largos…

—Pero, luego…

—Luego me dormí, papá. Y soñé una cosa rarísima y divertidísima. No me atrevo a decírtela.

—¿Qué soñaste?

—Soñé que tú, papá, estabas junto a mi cama. Llevabas una sotana azul muy larga y un gorro colorado. ¡Qué ridículo! Parecías uno de esos muñecos de la feria a los que se le pueden tirar seis pelotas por una perra gorda.

—¿Y qué más?

—¡Qué sé yo! Allí empezaste a decir que si la trompeta la había traído mamá, que si los reyes magos no eran de verdad. ¡Qué sé yo! ¡Tonterías! Yo no recuerdo bien todos los disparates que decías.

Luego bajó la voz y añadió:

—Pero no se lo vayas a contar a mamá. Porque, cuando sueño cosas raras, mamá me da una cucharada de sal de fruta.

Don Sócrates bajó la cabeza pensativo. Entre las cortinas se dibujaba la figura obesa y dulce de doña Rosario, sonriente, paciente, ligeramente irónica; segura de su triunfo definitivo.

Don Sócrates reanudó su austero desayuno de vegetariano. Estaba perplejo. Los reyes magos habían podido más que él. Sus verdades eran sueños para su hijo…

jueves, 6 de enero de 2022

LOS REYES DE ORIENTE

 


Los Reyes Magos son personajes reales, de cuya existencia nos da cuenta el Evangelio: "He aquí que unos magos de Oriente llegaron a Jerusalén diciendo: ¿Dónde está el recién nacido rey de los judíos?... Y he aquí que la estrella que habían visto en Oriente, iba delante de ellos, hasta posarse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella tuvieron un gozo indecible. Entraron en la casa y encontraron al niño con María su madre, e inclinándose le adoraron. Y abriendo sus tesoros, le ofrecieron oro, incienso y mirra." (Mateo 2, 1-12). 

 Aparecen representados por primera vez en el famoso mosaico de San Apolinar el Nuevo (Ravena) que data del siglo VI, d.C. en el que se distingue a los tres magos ataviados al modo persa con sus nombres encima y representados de distintas edades. Estos tres magos representaban los tres mundos entonces conocidos: el europeo, el asiático y el africano. 

 La palabra "mago", proviene de persa ma-gu-u-sha, que significa sacerdote. Refiriéndose a una casta de sacerdotes persas o babilonios, que estudiaban las estrellas en su deseo de buscar a Dios. 

 La piadosa tradición cuenta que, después de la resurrección de Jesús, los Magos fueron instruidos en la fe por Santo Tomás Apóstol, se hicieron bautizar y posteriormente fueron consagrados obispos. También se nos dice que murieron mártires. Se dice que Santa Elena fue a buscarlos, y halló tres cuerpos coronados, dando por sentado que se trataría de los Reyes Magos, por lo que, en tiempos de Constantino, se trasladaron sus restos de Palestina a Constantinopla y de ahí a Milán, de donde los sacó el emperador Federico Barbarroja en 1164 para regalárselos al obispo de Colonia, quien construyó sobre ellos una preciosa catedral, el más bello monumento de la arquitectura ojival. 

 El mayor regalo que han hecho los Reyes Magos a la humanidad, es haberse convertido en la gran estrella que ilumina y revive nuestra infancia año tras año. 

miércoles, 6 de enero de 2021

EPIFANÍA

 


Los Reyes Magos fueron a Belén a adorar al Dios hecho hombre, nacido en la más grande pobreza. Como ellos mantengamos, todo el año, nuestra mirada en esa luz que nos guía y así ser fieles a Cristo y a su verdadera Iglesia hasta el último momento de nuestra vida.

martes, 5 de enero de 2021

NOCHE DE REYES


Por: Oscar Méndez Cervantes 

 En el sitio de honor de la casa, el Nacimiento para el Niño Dios era un trasunto de la Gloria, en la ingenuidad milagrosa de su breve y minucioso aparato escénico. 

 Un suave ribazo, en cuya pendiente la Gruta y el Portal fingían –para el alma- una diminuta caja de resonancias, estremecida aún por el villancico navideño. María y José, en unciosa adoración. El concierto angélico, en impalpable revoloteo, entre las ramas de resinosas fragancias. Pastores y rebaños, poblando repechos y hondonadas. Cisnes, en lagos de espejos. Jacales autóctonos, empinándose sobre la gracia topográfica de un mínimo precipicio. A su vera, escarbando la alfombra de heno y musgo, aves corraleras casi tan grandes como la indígena pareja xochimilca, con la batea de las ofrendas florales y el huacal henchido de frutos nada palestinenses, pero sí muy mexicanos. Más allá, sobrepasando los techos de un caserío de tejamanil, la cuadrilla de toreros, circundando al “miura” en trance de embestir, ponía el detalle de casticismo festejoso. En una retirada oquedad –trasunto del Sinaí de los ascetas- el ermitaño imprescindible ponderaba en su contemplación la grandeza del Misterio y de las profecías cumplidas. Un noble perro lanudo, montaba la guardia en torno de la cueva eremítica y mantenía a distancia al Maligno rondador: cuerpo y alas teñidos –ante el fracaso de sus asechanzas- de un ridículo verde bilioso.

 Y por encima de todo, más alto aún que las esferas de policromadas luces, con un nevado vellón de escarcha prendido a su cauda sideral, la Estrella fulgurante, señalando el lugar de las adoraciones a la inminencia dadivosa de los Santos Reyes Magos.. 

No era posible que éstos equivocaran la ruta. Durante toda la noche de Epifanía, ahí posaba el astro, y alumbraba la dulce y tradicional exactitud de aquel privilegiado rincón hogareño. Por eso, cabe las últimas estribaciones de la colina del Nacimiento, buscaba arrimo el calzado de la chiquillería, en la expectación de los obsequios –infalibles- de Melchor, Gaspar y Baltasar.

 ¡Y qué jubilosa inquietud la nuestra cuando, depositada la clásica epístola pedigüeña –solicitando una desmesurada nómina de regalos, capaces de agotar las arcas de todos los reyes orientales-, nos acogíamos al retiro del lecho infantil, y, apagadas las luces, manteníamos en vela los sentidos y quebrábamos en silencios nuestros cuchicheos ante al más leve ruido nocturno. (“¿Serán ellos?... ¡No, aun es muy temprano!”) Y poco más tarde, creíamos ya adivinar el paso sigiloso de la caravana: cascos de camello hiriendo las baldosas del patio, tin tin de argentados palafrenes, roce de sedas y púrpuras, legendarios, prestigiosos aromas de desierto y de oasis…

 Por fin, el cansancio vencía nuestra alertada vigilia y nos cerraba los párpados. Entonces, el sueño poblaba la habitación con las más estupendas visiones, dignas de aquella Jauja de que tan vivamente nos hablaban los cuentos: ríos de melaza, cayendo en cascada sobre el piso; palacios de azúcar cristalizada en que una luz mágica se quebraba en incitantes iridiscencias; juguetes mecánicos corriendo ruidosamente ante el regocijo de regimientos enteros de soldados de plomo; la elegante parsimonia de un gato de serrín y felpa, y, sobre la rinconera, las notas celestes de una cajita de música daban serenata a muñecos de asombrados ojos azules… Y luego, el fusil de madera, y el proyector de sombras chinescas, y el libro de estampas, y un sinfín de maravillas, todas rutilantes, agitadas por una indefinible palpitación de vida…

 Pero la belleza de todas esas dulces fantasmagorías, quedábase corta y deslucida ante la mañanera comprobación de la visita de los Magos. ¡Ahí de nuestro alboroto, del gozo estallante en gritos, cabriolas y carreras, con que al alba de Dios taladrábamos los oídos de las personas mayores! Junto al fiel de los estrenos obligados, yacía la milagrera realidad del juguete y la golosina, y tal o cual nota, de puño y letra de Gaspar o Melchor, dejando saludos y abrazos y promesas para los del mejor comportamiento en el siguiente año. De ahí en adelante, la jornada transcurría en una hechicera sucesión de juegos y comentarios de la muchachada, que no se cansaba de acariciar el juguete, y consumir –en sabias pausas- caramelos y rosquillas… 

 ¡Bendita Tradición la nuestra, que, en cada uno de sus matices y expresiones, desde la infancia hasta la vejez, nos enjoya la vida con el suave regalo de su diáfano embrujo!

sábado, 5 de enero de 2019

LOS REYES MAGOS



La Epifanía es nuestra Navidad


¡Qué gran misterio el de la Epifanía! Yacía Jesús en un pesebre y sin embargo, como Dios que era, guiaba a los magos que venían desde el oriente. Se escondía en un establo y se manifestaba a los Reyes.

En esa carne mortal, en ese niño humilde, adoraron al Verbo de Dios: en su infancia a la Sabiduría; en su debilidad a la Fortaleza; en sus pañales al Rey de Reyes; y en su realidad de hombre, al Señor de la Gloria.



Con sus dones los Reyes Magos predicaron a Dios a quien ofrecieron incienso, al Rey merecedor del símbolo por excelencia de la realeza, el oro, y al hombre al que un día habría que ungir con mirra.


Del mismo modo, presurosos y dóciles, llevémosle nosotros la voluntad de servirlo y amarlo ante todo.

Han llegado los santos Reyes Magos, protagonistas principales de la Epifanía de Nuestro Señor Jesucristo. Lamentablemente los católicos parecemos haber perdido de vista el significado de esta Solemnidad, que pasa un tanto desapercibida aunque sea la Navidad de las naciones.


Signo de lo cual es la abrumadora propaganda que tiene Papá Noel, desconocido casi por completo no muchos años ha, en detrimento de nuestros tradicionales astrónomos.


Nademos nosotros contra corriente, restaurando la tradición católica en la mente y en el corazón de nuestros hijos. ¡Qué las "verdades" de los racionalistas sean para ellos malos sueños, como enseña este cuento de José María Pemán que los Reyes han dejado como presente a nuestros lectores:




El Republicano y los Reyes Magos


Como su padre había sido también republicano y racionalista, le había puesto por nombre Sócrates. Él, a su vez, siguiendo la costumbre, le había puesto a su hijo Plutarco.

Su mujer, obesa y dulce, disculpaba todo esto, con la sumisa tolerancia de las mujeres españolas. Tenía un supersticioso respeto para ese mundo de fronteras inviolables donde se encierran las «cosas de los hombres».
Estaba segura de que su marido tenía «buen fondo», que es lo que importa, y de que, cuando se sintiese morir, pediría los sacramentos.

Respaldada en estas confianzas, con su bata de flores y su manojo de llaves, iba y venía por la casa, callada, hacendosa, humilde de llamarse, sencillamente, Rosario, entre el bebedor de la cicuta y el autor de las Vidas paralelas.

Don Sócrates era republicano federal. Profesaba las «ideas nuevas», o sea, las ideas francesas y alemanas de 1890. En un estante, encuadernadas y con cantos de oro, guardaba las obras de Castelar, Pi y Margall, Salmerón, Darwin y Augusto Compte. Y su mujer les quitaba el polvo, todos los sábados, con un plumerito, cogiendo cada tomo displicentemente, con dos dedos, para no contagiarse, como quien coge una viborilla.

Don Sócrates había oído, en sus mocedades, un discurso de Castelar en un círculo republicano. Era la anécdota más emocionante de su vida, y recordaba todos los detalles de la escena.
Al terminar, había logrado llegar hasta el orador y apretarle una mano, diciendo:

—No sé cómo puede usted respirar, don Emilio.
Y don Emilio se había vuelto a él y le había hablado. Era la única vez que le había hablado don Emilio. Le había dicho:
—¡Je!… ¡La costumbre!

Y aquella noche, Rosario alzó de pronto sus dulces ojos cansados de la costura.
—Sócrates, ¿sabes que Plutarquito le ha pedido una trompeta a los reyes magos?
Sócrates dejó sobre la camilla el periódico que leía, se quitó los quevedos y replicó con severidad:
—Rosario: es menester acostumbrar al niño, desde chico, a no pedir nada a los reyes…
—Pero ya tú ves: una trompeta…
—Una trompeta todavía menos; al son de una trompeta ha cometido la humanidad todas sus grandes estupideces.
Hubo una pausa. Sócrates terminó:
—Se empieza pidiendo a los reyes una trompeta y se acaba pidiéndoles una credencial. Es menester infundir en el niño, desde ahora, la dignidad del ciudadano libre... Es preciso que se entere que cada uno tiene que buscarse lo suyo, de día y muy despabilado. Que nadie le trae a uno nada...
—Pero, hijo, tiempo tiene el niño de enterarse de eso. Todavía es pronto…
—Nunca es pronto para la verdad…
—Está bien, hombre. No te enfades…
Y Rosario bajó la cabeza otra vez sobre la costura, y no habló ya una palabra. Porque había tomado la resolución que todas las mujeres dulces y sumisas toman siempre ante estos pequeños conflictos: no discutir más.

La escena que se desarrolló a prima noche, la noche de reyes, no tuvo originalidad ninguna. Desde la alcoba matrimonial se oyó la voz adormilada de don Sócrates:
—Pero, Rosario, ¿no vienes? Y Rosario, que cosía en la salita, contestó sencillamente:
—Espérate, Sócrates, que tengo que acabar de marcar estos calcetines. Duérmete tú…
Y aguzando el oído, esperó unos momentos a que la respiración de su marido, que se filtraba entre las cortinas de la alcoba, fuese convirtiéndose en un ronquido leve, pacífico y sereno, característico de los niños y de los republicanos federales.
Entonces Rosario se descalzó para no hacer ruido, se dirigió a un armario y sacó un envoltorio de papel...
Nadie se desliza más suavemente que las madres, en la noche de reyes. Calzadas de silencio y de ternura, resbalan como hadas, en suave complicidad con la alfombra...
Así entró doña Rosario en la alcoba con su bata de flores... obesa y sublime, sobre la sordina de sus pies descalzos.
Plutarquito dormía apaciblemente en su cama de metal dorado, bajo una litografía de la Sagrada Familia de Murillo. Porque don Sócrates no creía, pero respetaba el arte. Doña Rosario recorrió tácitamente la habitación... e iba a dar un beso a Plutarquito, cuando se sintió bruscamente separada de un empellón.

Miró con horror y encontró tras de sí a su marido, magnífico y desconcertante, con sus zapatillas, su largo batín azul y su gorro con borla. Estaba agigantado por la ira. Parecía la imagen de la inteligencia rompiendo la superstición.
Don Sócrates sentencio:
—Rosario, te oí salir de puntillas del gabinete, y me lo supuse todo. Porque otra cosa no podía ser. Tienes cincuenta años y pelos en la barba.
Y después de estas declaraciones mortificantes, don Sócrates encendió la luz eléctrica, zamarreó fuertemente a Plutarquito para despertarlo y exclamó con tono de arenga revolucionaria:
—¡Plutarco! ¡Plutarco! No he de dejar que siembren de errores tu razón naciente. Fíjate bien. ¿Ves a tu madre? Tu madre es la que te ha traído esa ridícula trompeta bélica. No creas nunca que te la trajeron los reyes magos. Eso es una superchería. Nebrija dice que los tres reyes magos ni fueron tres, ni fueron reyes, ni fueron magos...
Rosario lloraba tras su marido. Plutarquito se había despertado a medias y pugnaba por abrir sus ojos azules. Don Sócrates tomó a su mujer con una mano... y recalcó apocalípticamente: 
—Graba bien lo que te digo, Plutarco. ¿Ves a tu madre? ¿Ves la trompeta? ¿Ves la realidad cruda?
Plutarquito abrió un ojo con dificultad. Bostezó. Le temblaba la voz.
—Veo a mamá y a la trompeta. Lo otro no lo veo…
—Quiero decir, Plutarco, que es preciso que, desde niño, aprendas a guiarte por lo que ven tus ojos y no por…
Plutarquito se había dormido profundamente. El sueño de sus seis años sin remordimientos podía más que las sonoras palabras del racionalista.

A la mañana siguiente, don Sócrates estaba desayunándose en la cama. Don Sócrates desayunaba en la cama los días que no tenía oficina. Tomaba frutas y espinacas, porque era vegetariano. De pronto irrumpió en la alcoba Plutarquito, tocando sonoramente la trompeta. Don Sócrates le hizo subir a la cama sobre sus rodillas.
—Vamos a ver, Plutarquito, ¿quién te ha traído esa trompeta?
—Toma…, ¡los reyes!
—Pero, entonces, ¿no recuerdas que esta noche?…
—Verás, papá. Esta noche, cuando me acosté, me quedé con los ojos muy abiertos, para no dormirme, y ver entrar a los reyes. Paquito, el primo, me había dicho que él los vio el año pasado, y que entraron en su cuarto por el balcón. Y yo los vi esta noche. Gaspar tenía una barba blanca, como el tío Miguel. Y Melchor era negro. Parecía un limpiabotas. Llevaban todos unos mantos muy largos, muy largos…
—Pero, luego…
—Luego me dormí, papá. Y soñé una cosa rarísima y divertidísima. No me atrevo a decírtela.
—¿Qué soñaste?
—Soñé que tú, papá, estabas junto a mi cama. Llevabas una sotana azul muy larga y un gorro colorado. ¡Qué ridículo! Parecías uno de esos muñecos de la feria a los que se le pueden tirar seis pelotas por una perra gorda.
—¿Y qué más?
—¡Qué sé yo! Allí empezaste a decir que si la trompeta la había traído mamá, que si los reyes magos no eran de verdad. ¡Qué sé yo! ¡Tonterías! Yo no recuerdo bien todos los disparates que decías.
Luego bajó la voz y añadió:
—Pero no se lo vayas a contar a mamá. Porque, cuando sueño cosas raras, mamá me da una cucharada de sal de fruta.

Don Sócrates bajó la cabeza pensativo. Entre las cortinas se dibujaba la figura obesa y dulce de doña Rosario, sonriente, paciente, ligeramente irónica; segura de su triunfo definitivo.

Don Sócrates reanudó su austero desayuno de vegetariano. Estaba perplejo. Los reyes magos habían podido más que él. Sus verdades eran sueños para su hijo… 



sábado, 6 de enero de 2018

LA EPIFANÍA


La celebración de la Epifanía gira en torno a la adoración a la que fue sujeto el Niño Jesús por parte de los tres Reyes Magos (Mt 2, 1-12) como símbolo del reconocimiento del mundo pagano de que Cristo es el salvador y rey de toda la humanidad.

De acuerdo a la tradición de la Iglesia del siglo I, se relaciona a estos magos como hombres poderosos y sabios, posiblemente reyes de naciones al oriente del Mediterráneo, hombres que por su cultura y espiritualidad cultivaban su conocimiento del hombre y de la naturaleza esforzándose especialmente por mantener un contacto con Dios. Del pasaje bíblico sabemos que son magos (posiblemente casta de sacerdotes persas o babilonios, que estudiaban las estrellas, pues éstos eran denominados así: magos), que vinieron de Oriente y que como regalo trajeron incienso, oro y mirra. De la tradición de los primeros siglos se nos dice que fueron tres reyes sabios: Melchor, Gaspar y Baltazar. Hasta el año de 474 AD sus restos estuvieron en Constantinopla, la capital cristiana más importante en Oriente; luego fueron trasladados a la catedral de Milán (Italia) y en 1164 fueron trasladados a la ciudad de Colonia (Alemania), donde permanecen hasta nuestros días.

El hacer regalos a los niños el día 6 de enero corresponde a la conmemoración de la generosidad que estos magos tuvieron al adorar al Niño Jesús y hacerle regalos tomando en cuenta que "lo que hiciereis con uno de estos pequeños, a mí me lo hacéis" (Mt. 25, 40); a los niños haciéndoles vivir hermosa y delicadamente la fantasía del acontecimiento y a los mayores como muestra de amor y fe a Cristo recién nacido. 

viernes, 5 de enero de 2018

NOCHE DE REYES


LOS MEJORES REYES

Una vez vi a los Reyes Magos. No eran tres, eran dos y eran los mejores magos que vi en mi vida. Se las arreglaban para que siempre hubiera algo en los zapatos. Lo mínimo, lo que fuere. Aunque no hubiera nada, ellos lograban que hubiese lo que para nosotros era todo. El tercero nunca lo vi, pero seguro que lo dejaban cuidando los camellos. Nunca, nunca olvidaré a los dos reyes magos que vi. Seguro que ustedes también los vieron y saben quiénes son y saben que son más magos que reyes. Si dejaron de creer, si esta noche no ponen los zapatos, ni el pasto, ni el agua, acérquense a sus reyes, denles un beso en la frente (ustedes saben que los tienen cerca) y los que no los tienen con ustedes, sepan que desde un cielo hermoso siguen viajando para seguir entregando ilusiones y sonrisas...

Agradézcanle la herencia porque ahora muchos de ustedes se han convertido en reyes y en magos. Y lo mejor que pueden dejarles a sus hijos es esa magia que los convertirán en reyes y en magos…. Y tal vez, dentro de unos años, ustedes recibirán el beso en la frente y así será hasta el fin de los tiempos… Feliz noche para los reyes de hoy, para los de ayer y los reyes del futuro, porque no hay mejor reino que el mágico ni mejores reyes que ustedes… 

Anónimo.

Feliz noche y feliz día de Reyes para los reyes de hoy, de ayer y del futuro; porque hay que mantener viva esta tradición y, al igual que hicieron los Magos hace dos milenios, adorar al Niño que está en esa cuna desde donde sonríe el Cielo, y así, de este modo, llenarnos de amor y fuerza para extender su Reino.

viernes, 6 de enero de 2017

lunes, 5 de enero de 2015

LOS REYES MAGOS


Los Reyes Magos no son personajes creados por siglos de tradición cristiana. Su existencia, además de quedar bien testimoniada en el Evangelio, ahora es documentada por los descubrimientos arqueológicos.

Esta curiosa y extraordinaria revelación se encuentra contenida en una tablilla, en la que se han acuñado caracteres cuneiformes. Se trata de un auténtico documento astronómico y astrológico (entonces las dos disciplinas eran hermanas gemelas) que revela la existencia de una conjunción de Júpiter y Saturno en la constelación de Piscis en el año 7 antes de Cristo.

Los Evangelios enmarcan el nacimiento de Jesús en tiempos del censo del imperio ordenado por César Augusto, cuando Quirino era gobernador de Siria, y en los últimos años del rey Herodes, quien falleció el mes de marzo del año 4 a.C. Para los historiadores, Jesús nació unos siete años antes del año «0». El evangelista Mateo (2, 2) pone en relación el evento de Belén con la aparición de una estrella particularmente luminosa en el cielo de Palestina. Y es precisamente en este momento en el que la tablilla de arcilla ofrece un testimonio particular.

Existen muchas hipótesis sobre la estrella que vieron los magos ("magoi" en griego era la palabra con que se denominaba a la casta de sacerdotes persas y babilonios que se dedicaban al estudio de la astronomía y de la astrología) y que les llevó a afrontar un viaje de unos mil kilómetros con el objetivo de rendir homenaje a un recién nacido.

El 17 de diciembre de 1603, Johannes Kepler, astrónomo y matemático de la corte del emperador Rodolfo II de Habsburgo, al observar con un modesto telescopio desde el castillo de Praga el acercamiento de Júpiter y Saturno en la constelación de Piscis, se preguntó por primera vez si el Evangelio no se refería precisamente a ese mismo fenómeno. Hizo concienzudos cálculos hasta descubrir que una conjunción de este tipo tuvo lugar en el año 7 a.C. Recordó también que el famoso rabino y escritor Isaac Abravanel (1437-1508) había hablado de un influjo extraordinario atribuido por los astrólogos hebreos a aquel fenómeno: el Mesías tenía que aparecer durante una conjunción de Júpiter y Saturno en la constelación de Piscis. Kepler habló en sus libros de su descubrimiento, pero la hipótesis cayó en el olvido perdida entre su inmenso legado astronómico.

Faltaba una demostración científica clara. Llegó en 1925, cuando el erudito alemán P. Schnabel descifró anotaciones neobabilonias de escritura cuneiforme acuñadas en una tabla encontrada entre las ruinas de un antiguo templo del sol, en la escuela de astrología de Sippar, antigua ciudad que se encontraba en la confluencia del Tigris y el Éufrates, a unos cien kilómetros al norte de Babilonia. La tablilla se encuentra ahora en el Museo estatal de Berlín.

Entre los numerosos datos de observación astronómica sobre los dos planetas, Schnabel encuentra en la tabla un dato sorprendente: la conjunción entre Júpiter y Saturno en la constelación de Piscis tiene lugar en el año 7 a.C., en tres ocasiones, durante pocos meses: del 29 de mayo al 8 de junio; del 26 de septiembre al 6 de octubre; del 5 al 15 de diciembre. Además, según los cálculos matemáticos, esta triple conjunción se vio con gran claridad en la región del Mediterráneo.

HIPÓTESIS

Si este descubrimiento se identifica con la estrella de Navidad de la que habla el Evangelio de Mateo, el significado astrológico de las tres conjunciones hace sumamente verosímil la decisión de los Magos de emprender un largo viaje hasta Jerusalén para buscar al Mesías recién nacido. Según explica el prestigioso catedrático de fenomenología de la religión de la Pontificia Universidad Gregoriana, Giovanni Magnani, «en la antigua astrología, Júpiter era considerado como la estrella del Príncipe del mundo y la constelación de Piscis como el signo del final de los tiempos. El planea Saturno era considerado en Oriente como la estrella de Palestina. Cuando Júpiter se encuentra con Saturno en la constelación de Piscis, significa que el Señor del final de los tiempos se aparecerá este año en Palestina. Con esta expectativa llegan los Magos a Jerusalén, según el Evangelio de Mateo 2,2». «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle» preguntan los magos a los habitantes de Jerusalén y después a Herodes.

La triple conjunción de los dos planetas en la constelación de Piscis explica también la aparición y la desaparición de la estrella, dato confirmado por el Evangelio. La tercera conjunción de Júpiter y Saturno, unidos como si se tratara de un gran astro, tuvo lugar del 5 al 15 de diciembre. En el crepúsculo, la intensa luz podía verse al mirar hacia el Sur, de modo que los Magos de Oriente, al caminar de Jerusalén a Belén, la tenían en frente. La estrella parecía moverse, como explica el Evangelio, «delante de ellos» (Mt 2, 9).

Nota de CATOLICIDAD: ¿La estrella de Belén fue un fenómeno astronómico natural del que Dios se valió para guiarlos o fue un hecho sobrenatural y especial? Como se ha dicho, existen otras hipótesis, la señalada arriba también lo es y por lo tanto no puede imponerse ni creerse como una verdad absoluta. Ciertamente si la estrella de Belén fue una especial y sobrenatural manifestación mandada por Dios o si Dios se valió de lo ya creado por Él (como puede ser una conjunción de astros), es un tema opinable. Dios todopoderoso pudo hacerlo de un modo u otro. Hemos leído algunas explicaciones astronómicas a ese efecto de la estrella de detenerse y proseguir, pero es ciertamente una teoría a discusión. Haya sido de una manera u otra, ello no quita ni veracidad ni realidad, ni grandiosidad, a un hecho histórico narrado por Dios mismo -pues la Biblia es palabra de Dios- en la Sagrada Escritura. La tesis anotada arriba no intenta -de ninguna manera- caer en un racionalismo que niegue hechos sobrenaturales, pues Dios todo lo puede hacer. Tampoco creemos que quienes sostengan la teoría de que Dios se valió de leyes naturales astronómicas creadas por Él, intentan negar el poder de Dios de expresar algo de manera sobrenatural y extraordinaria. El hecho real es que los sabios de oriente fueron guiados por una estrella y que preguntaron en Jerusalén: "¿Dónde está el nacido rey de los judíos? Porque nosotros vimos en Oriente su estrella, y hemos venido con el fin de adorarle". Mt. II,2. Y que saliendo de Jerusalén hacia Belén vuelven a verla: "he aquí que la estrella que habían visto en Oriente iba delante de ellos, hasta que, llegando sobre el sitio en que estaba el Niño, se paró". Mt. II,9.


Fuente del texto: Catholic.net.

OTROS TEMAS DE EPIFANÍA (haz click en el que te interese): 1)EL REPUBLICANO Y LOS REYES MAGOS 2)REYES Y PASTORES por Alfonso Junco 3)EPIFANÍA  4) LOS SANTOS REYES 5)EPIFANÍA DE N.S. JESUCRISTO: 6 DE ENERO 6)CARTA A LOS REYES MAGOS 7)LOS REYES MAGOS ERAN REALES: TRADUCEN ANTIGUO TEXTO QUE RELATA SU HISTORIA por Emilio Nazar K 8)LOS QUE NIEGAN A CRISTO SU REINADO SOCIAL NO QUIEREN OFRECERLE ORO

domingo, 5 de enero de 2014

LOS SANTOS REYES


Rara vez volvemos a publicar un escrito, pero consideramos que éste que apareció en nuestro blog hace cuatro años, vale la pena releerlo en esta fecha.

Por: Oscar Méndez Cervantes

En el sitio de honor de la casa, el Nacimiento para el Niño Dios era un trasunto de la Gloria, en la ingenuidad milagrosa de su breve y minucioso aparato escénico.

Un suave ribazo, en cuya pendiente la Gruta y el Portal fingían –para el alma- una diminuta caja de resonancias, estremecida aún por el villancico navideño. María y José, en unciosa adoración. El concierto angélico, en impalpable revoloteo, entre las ramas de resinosas fragancias. Pastores y rebaños, poblando repechos y hondonadas. Cisnes, en lagos de espejos. Jacales autóctonos, empinándose sobre la gracia topográfica de un mínimo precipicio. A su vera, escarbando la alfombra de heno y musgo, aves corraleras casi tan grandes como la indígena pareja xochimilca, con la batea de las ofrendas florales y el huacal henchido de frutos nada palestinenses, pero sí muy mexicanos. Más allá, sobrepasando los techos de un caserío de tejamanil, la cuadrilla de toreros, circundando al “miura” en trance de embestir, ponía el detalle de casticismo festejoso. En una retirada oquedad –trasunto del Sinaí de los ascetas- el ermitaño imprescindible ponderaba en su contemplación la grandeza del Misterio y de las profecías cumplidas. Un noble perro lanudo, montaba la guardia en torno de la cueva eremítica y mantenía a distancia al Maligno rondador: cuerpo y alas teñidos –ante el fracaso de sus asechanzas- de un ridículo verde bilioso.

Y por encima de todo, más alto aún que las esferas de policromadas luces, con un nevado vellón de escarcha prendido a su cauda sideral, la Estrella fulgurante, señalando el lugar de las adoraciones a la inminencia dadivosa de los Santos Reyes Magos..

No era posible que éstos equivocaran la ruta. Durante toda la noche de Epifanía, ahí posaba el astro, y alumbraba la dulce y tradicional exactitud de aquel privilegiado rincón hogareño. Por eso, cabe las últimas estribaciones de la colina del Nacimiento, buscaba arrimo el calzado de la chiquillería, en la expectación de los obsequios –infalibles- de Melchor, Gaspar y Baltasar.

¡Y qué jubilosa inquietud la nuestra cuando, depositada la clásica epístola pedigüeña –solicitando una desmesurada nómina de regalos, capaces de agotar las arcas de todos los reyes orientales-, nos acogíamos al retiro del lecho infantil, y, apagadas las luces, manteníamos en vela los sentidos y quebrábamos en silencios nuestros cuchicheos ante al más leve ruido nocturno. (“¿Serán ellos?... ¡No, aun es muy temprano!”) Y poco más tarde, creíamos ya adivinar el paso sigiloso de la caravana: cascos de camello hiriendo las baldosas del patio, tin tin de argentados palafrenes, roce de sedas y púrpuras, legendarios, prestigiosos aromas de desierto y de oasis…

Por fin, el cansancio vencía nuestra alertada vigilia y nos cerraba los párpados. Entonces, el sueño poblaba la habitación con las más estupendas visiones, dignas de aquella Jauja de que tan vivamente nos hablaban los cuentos: ríos de melaza, cayendo en cascada sobre el piso; palacios de azúcar cristalizada en que una luz mágica se quebraba en incitantes iridiscencias; juguetes mecánicos corriendo ruidosamente ante el regocijo de regimientos enteros de soldados de plomo; la elegante parsimonia de un gato de serrín y felpa, y, sobre la rinconera, las notas celestes de una cajita de música daban serenata a muñecos de asombrados ojos azules… Y luego, el fusil de madera, y el proyector de sombras chinescas, y el libro de estampas, y un sinfín de maravillas, todas rutilantes, agitadas por una indefinible palpitación de vida…

Pero la belleza de todas esas dulces fantasmagorías, quedábase corta y deslucida ante la mañanera comprobación de la visita de los Magos. ¡Ahí de nuestro alboroto, del gozo estallante en gritos, cabriolas y carreras, con que al alba de Dios taladrábamos los oídos de las personas mayores! Junto al fiel de los estrenos obligados, yacía la milagrera realidad del juguete y la golosina, y tal o cual nota, de puño y letra de Gaspar o Melchor, dejando saludos y abrazos y promesas para los del mejor comportamiento en el siguiente año. De ahí en adelante, la jornada transcurría en una hechicera sucesión de juegos y comentarios de la muchachada, que no se cansaba de acariciar el juguete, y consumir –en sabias pausas- caramelos y rosquillas…

¡Bendita Tradición la nuestra, que, en cada uno de sus matices y expresiones, desde la infancia hasta la vejez, nos enjoya la vida con el suave regalo de su diáfano embrujo!


OTROS TEMAS DE EPIFANÍA (haz click en el que te interese): 1)EL REPUBLICANO Y LOS REYES MAGOS 2)REYES Y PASTORES por Alfonso Junco 3)EPIFANÍA 4)LA ARQUEOLOGÍA HACE REVELACIONES SOBRE LOS REYES 5)EPIFANÍA DE N.S. JESUCRISTO: 6 DE ENERO 6)CARTA A LOS REYES MAGOS 7)LOS REYES MAGOS ERAN REALES: TRADUCEN ANTIGUO TEXTO QUE RELATA SU HISTORIA por Emilio Nazar K 8)LOS QUE NIEGAN A CRISTO SU REINADO SOCIAL NO QUIEREN OFRECERLE ORO