domingo, 5 de abril de 2026

FELICES PASCUAS DE RESURRECCIÓN A TODOS NUESTROS AMIGOS-LECTORES



“Si habéis resucitado con 
Jesucristo, buscad las cosas 
de arriba, gustad las cosas 
de arriba.”

Cuando un alma ha resucitado con Jesucristo, gusta poco de lo que es de la tierra. Todos sus deseos, todas sus aspiraciones y todos sus suspiros se dirigen hacia las cosas del cielo.

La resurrección espiritual produce en el alma efectos semejantes a los que produce la resurrección corporal en el cuerpo.

Esta resurrección espiritual es una vida nueva. El hombre que ha resucitado espiritualmente es un hombre nuevo, que ya no conserva las imperfecciones del hombre viejo.

¡Qué luz tan brillante en su espíritu!
¡Qué pureza en sus deseos!
¡Qué regularidad en sus costumbres y en su conducta mientras dura esta nueva vida!

Los deseos terrenos nacen de un corazón corrompido. Un corazón dominado por las pasiones produce esas densas nieblas que oscurecen el entendimiento.

Todo se vuelve terreno en quien vive poco cristianamente. Las verdades sublimes, la moral santa y la espiritualidad práctica resultan entonces un lenguaje desconocido para el alma mundana.

De ahí nacen los corazones duros, los espíritus embotados, la obstinación en el mal, la ceguera espiritual y, finalmente, la impenitencia.

La descripción más exacta de una persona mundana es precisamente ésta.

Estamos sordos a la voz de Dios cuando no somos de sus ovejas. No se reconoce esa voz cuando no se vive dentro de su redil.

De aquí vienen las grandes dificultades para convertir a un mundano o a una persona dominada por el espíritu del mundo. De aquí también que tantos permanezcan en el error.

Pero cuando se ha resucitado con Jesucristo, el alma se vuelve verdaderamente espiritual.

Las pasiones, extinguidas o al menos mortificadas, ya no provocan revoluciones en el interior del hombre. El corazón purificado por la gracia deja de ser un terreno donde se levanten vapores corruptos.

El aire es demasiado puro para formar nubes; la fe es demasiado viva para sufrir confusión.

El cielo bajo el cual vive el alma resucitada es sereno, y el mar en que navega está en calma. Por eso el alma tiene libertad para pensar y obrar como cristiana.

Entonces descubre el vacío de los bienes creados, el falso brillo de los honores mundanos y el veneno oculto en los placeres que seducen.

Quien se reconoce ciudadano del cielo mira la tierra como un lugar de destierro.

Solo suspira por el cielo, solo encuentra solidez en los bienes del cielo y solo halla verdadero gusto en las cosas del cielo.

Todo otro gusto es extraño y desordenado, y siempre indica que el alma está enferma.

Las máximas y el espíritu del mundo causan compasión a quienes han resucitado verdaderamente a la gracia.

Ese puñado de días que llamamos vida pierde todo su atractivo cuando se compara con la eternidad.

Pero para quien no ha resucitado con el Salvador, todo sigue siendo encantador: dignidades brillantes, honores, riquezas y placeres fascinan a un corazón material y a un espíritu terreno.

Cuando llega la resurrección espiritual, ese encanto desaparece. El engaño se disipa, la ilusión se cae por sí misma, y aquello que parecía grande se revela tal como es.

¡Qué desgracia para aquellos que en las fiestas de Pascua no experimentan los saludables efectos de la Resurrección!

¡Ay de quien permanece en sus tinieblas!

Dios obra prodigios solo con quienes han salido de Egipto. El maná está reservado para quienes han atravesado el mar Rojo y han sido lavados en la Sangre del Cordero.

P. JEAN CROISSET SJ
 

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