Al incorporarla a la Santa Misa, nuestra oración no solamente entra en el río caudaloso de las oraciones litúrgicas—que ya le daría una dignidad y eficacia especial ex opere operantis Ecclesiae (por la acción de la Iglesia que obra)—, sino que se confunde con la oración infinita de Cristo. El Padre le escucha siempre: “Yo sé que siempre me escuchas” (Jn 11, 42), y en atención a Él nos concederá a nosotros todo cuanto necesitemos (y sirva realmente a nuestra alma).
Por consiguiente: No hay novena ni triduo que se pueda comparar a la eficacia impetratoria de una sola Misa. ¡Cuánta desorientación entre los fieles en torno al valor objetivo de las cosas! Lo que no obtengamos con la Santa Misa, jamás lo obtendremos con ningún otro procedimiento. Está muy bien el empleo de esos otros procedimientos bendecidos y aprobados por la Iglesia; es indudable que Dios concede muchas gracias a través de ellos; pero coloquemos cada cosa en su lugar. La Misa por encima de todo.
P. Antonio Royo Marín O.P.

No hay comentarios:
Publicar un comentario