lunes, 16 de marzo de 2026

¿QUÉ ESTÁS DISPUESTO A HACER PARA ALCANZAR LA SALVACIÓN?



“Si el profeta te hubiera 
mandado algo difícil, 
lo habrías hecho; 
cuánto más ahora 
que te dice: lávate y 
quedarás limpio.”

¡A cuántas personas se podrá hacer esta reconvención en la hora de la muerte! ¡Y a cuántas puede hacérseles ya durante la vida!

Si Dios hubiera exigido para salvarnos retirarnos a los desiertos, practicar las penitencias más austeras o vivir en ayuno continuo; si hubiera sido necesario sufrir los mayores tormentos para evitar el infierno, o si solo los mártires y los más severos penitentes pudieran entrar en el cielo, ¿habría sido razonable dudar en la elección?

Entre los fuegos eternos o unos pocos años de penitencia, entre los sufrimientos pasajeros o la felicidad eterna, ¿qué persona sensata habría vacilado?

“Cuánto más ahora que te dice: lávate y quedarás limpio.”

¡Cuánto más debemos obedecer cuando Dios no nos pide sino que lo amemos de todo corazón, que lo sirvamos y que vivamos según su voluntad!

¿Qué nos pide el Señor que no sea suave y razonable? Nos pide que lo amemos: ¿acaso no merece nuestro amor? ¿Hay dificultad en amar a un Dios infinitamente amable que nos ama primero?

Nos pide que guardemos sus mandamientos: ¿hay alguno que no sea para nuestro bien? ¿Ha habido jamás yugo más suave ni carga más ligera que la de Jesucristo? Él mismo lo ha asegurado.

Comparemos lo que Dios pide a sus siervos con lo que el mundo exige de los suyos. Pensemos en lo que se sufre por una carrera, por una fortuna, por un empleo, por agradar a los hombres o por conseguir reputación.

¡Cuántos trabajos!
¡Cuántas preocupaciones!
¡Cuántas fatigas y desvelos!
Se consume la salud, se acortan los días y muchas veces sin provecho alguno.

Si la salvación exigiera tantos esfuerzos como los que se hacen por las cosas del mundo, ¿no se diría que su precio sería justo según la opinión de los mismos mundanos?

Y sin embargo, una Cuaresma parece demasiado larga; algunos días de ayuno parecen demasiado duros; la menor mortificación por Dios parece impracticable.

Estamos cubiertos de pecados; nuestra alma está herida por la culpa. Y se nos dice: “Lávate y quedarás limpio.” Jesucristo nos ofrece el baño saludable de su Sangre en el sacramento de la Penitencia, por el cual podemos recobrar la inocencia; y sin embargo rehusamos emplear este remedio.

¡Qué reproche tan justo se podrá hacer también a muchas personas piadosas que, habiéndolo dejado todo por Dios, viven sin fervor ni constancia, en una vida tibia y peligrosa, por descuidar pequeñas fidelidades!

A quienes han abrazado un estado más perfecto no se les pide sino un poco más de recogimiento, un poco más de puntualidad y fidelidad en lo pequeño, para gozar de la paz interior y asegurar una muerte santa.

Pero muchos prefieren arrastrarse toda la vida en la tristeza de una vida imperfecta antes que observar lo que llaman cosas pequeñas.

“Si te hubiera mandado algo difícil, lo habrías hecho; cuánto más ahora que solo te dice: lávate y quedarás limpio.”

P. JEAN CROISSET SJ: REFLEXIONES DE CUARESMA

LUNES DEL TERCER DOMINGO DE CUARESMA
(2 Reyes 5, 1-15).

No hay comentarios:

Publicar un comentario