viernes, 11 de septiembre de 2026

LA MANSEDUMBRE, SELLO DEL VERDADERO CRISTIANO



La mansedumbre es, junto con la humildad, el sello particular de los verdaderos cristianos y de las personas profundamente piadosas. Nuestro Señor Jesucristo quiso presentarse a nosotros como modelo de estas dos virtudes: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29).

La mansedumbre no es debilidad ni cobardía. Es la virtud que mantiene el alma serena y dueña de sí misma aun en medio de las ofensas, las contradicciones y los sufrimientos. El verdadero cristiano sabe defender la verdad y cumplir su deber con firmeza, pero sin odio, violencia interior ni deseo de venganza.

La serenidad propia de la mansedumbre acompaña a los cristianos hasta en el martirio. Así lo vemos admirablemente en San Esteban, quien, mientras era apedreado, oró por sus verdugos: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado» (Hch 7,60). De este modo, el discípulo imita a su Maestro, que desde la Cruz dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).

La mansedumbre, unida a la humildad, hace que el alma se parezca cada vez más a Jesucristo y pueda permanecer en paz incluso en las mayores pruebas. Por eso dijo el Señor: «Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra» (Mt 5,5).

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