Todas las demás dizque iglesias fueron fundadas al menos 1.500 años después de Cristo por hombres rebeldes que falsificaron el Evangelio y fundaron sectas que no salvan, que no son instrumentos de salvación, sino de perdición. Jesucristo no fundó muchas iglesias, ni dejó a cada hombre la libertad de inventar su propia religión. Dijo claramente a San Pedro: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16,18). Y San Pablo enseña que hay «un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo» (Ef 4,5).
Martín Lutero, en el siglo XVI; Juan Calvino, en el siglo XVI; Enrique VIII, en el siglo XVI; José Smith, fundador del mormonismo en 1830; Charles Taze Russell, iniciador del movimiento de los Estudiantes de la Biblia en la década de 1870; y los fundadores y promotores de otros movimientos religiosos posteriores aparecieron muchos siglos después de Jesucristo.
Por eso, ninguna secta puede usurpar el nombre de Iglesia fundada por Cristo. La Iglesia Católica no nació ayer, ni en el siglo XVI, ni en el XIX, ni en el XX: nació de Jesucristo y fue confiada a los Apóstoles. La antigüedad, la sucesión apostólica, la doctrina y los sacramentos no pueden ser sustituidos por una interpretación privada del Evangelio. El evangelio falsificado es distinto del Evangelio verdadero. Por eso advierte San Pablo: «Aunque nosotros o un ángel del cielo os anunciara un evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema» (Gál 1,8).


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