jueves, 2 de abril de 2026

CUANDO LA LEY ACUSA Y LA JUSTICIA ABSUELVE.



Cristo ante el sábado y la restitución del orden jurídico en su principio y en su fin.

               Por Óscar Méndez Oceguera 

El Evangelio refiere unos hechos que conviene recordar con precisión, porque aquí la claridad del juicio depende de la claridad del caso. Nuestro Señor atraviesa en sábado los sembrados; sus discípulos, urgidos por el hambre, arrancan espigas y comen. Los fariseos no niegan el hambre ni el hecho. Cuestionan su calificación. Lo que en su realidad es sustento inmediato, en su lectura se convierte en infracción. Poco después, en la sinagoga, comparece un hombre con la mano seca. La misma inteligencia que había recodificado como culpa un acto de necesidad somete ahora a prueba un acto de curación. La pregunta es formulada expresamente: «¿Es lícito curar en sábado?». Y el texto añade la intención: preguntan así para poder acusarlo. Cristo hace pasar al enfermo al centro, interroga a los presentes sobre si es lícito hacer el bien o hacer el mal, salvar una vida o dejarla perder, y cura públicamente al hombre. El caso queda así enteramente fijado: necesidad real, bien manifiesto, precepto invocado como instrumento de imputación.

Sería una pobreza de inteligencia leer esta escena como si opusiera la blandura de la compasión al rigor de la norma. No comparecen aquí la ley y el sentimiento, sino dos inteligencias de la ley: una, fiel a su razón y a su fin; otra, reducida a su materialidad y, por eso mismo, ya dispuesta a volverse contra el bien que debía servir. El punto inicial debe, pues, establecerse sin vacilación: Cristo no viola la ley; la restituye cuando su lectura se ha corrompido. No la elude. No la rebaja. No la sustituye por una superioridad emotiva. La juzga desde aquello por lo que la ley merece propiamente el nombre de ley.

Santo Tomás ofrece aquí la clave de toda recta comprensión jurídica: la ley es ordenación de la razón al bien común, promulgada por quien tiene a su cargo la comunidad. Esta definición no es una fórmula escolar. Es la estructura misma del problema. Si la ley es ordenación de la razón, no puede ser comprendida al margen de su ratio. Si está ordenada al bien común, no puede ser aplicada rectamente contra el bien al que se dirige. Si recibe su entidad jurídica de una razón práctica superior, no puede degradarse impunemente en automatismo verbal sin perder, en ese tránsito, algo de su propia naturaleza. La letra es necesaria; no es soberana. El texto obliga; no se funda a sí mismo. Por eso enseña el Aquinate que la ley humana tiene fuerza de ley en cuanto deriva de la ley natural; y si en algo se separa de ella, ya no es ley, sino corrupción de la ley.

Tal fue precisamente el error farisaico. No consistió en amar demasiado la ley, sino en haber dejado de entenderla. El descanso sabático, dado para ordenar al hombre a Dios, fue tratado como un absoluto autónomo. El medio ocupó el lugar del fin. El signo absorbió la sustancia. Lo instrumental se erigió en criterio supremo. Y una vez consumada esa inversión, la ley dejó de guiar y comenzó a acusar. La pregunta «¿es lícito?» dejó de significar una búsqueda de lo justo para convertirse en una técnica de condena. La interpretación había sido sustituida por el procedimiento.

Aquí se impone una de las nociones más altas del pensamiento jurídico clásico: la epieikeia, la equidad. No como indulgencia sentimental, ni como mitigación subjetiva, ni como permiso tácito para sustraerse a la norma, sino como la justicia legal en su forma más perfecta cuando la universalidad del texto no basta, por sí sola, para resolver con rectitud el caso singular. La ley se establece para aquello que ocurre ordinariamente; pero la vida humana, por su contingencia, puede presentar situaciones en las que la observancia material de la letra contradiga el fin mismo del precepto. En ese punto, adherirse a la letra no perfecciona la obediencia: la degrada. No porque la ley sea defectuosa, sino porque la ley, en cuanto racional, no fue dada para producir el mal que su aplicación mecánica acarrearía.

De aquí deriva una precisión decisiva: la necesidad no es una causa exterior que rompe la ley, sino un límite interno de su obligación. La ley no puede obligar a lo imposible; tampoco puede obligar a la destrucción del fin para el cual fue instituida. Puede ser físicamente posible observar la letra y, sin embargo, moralmente imposible cumplirla, si esa observancia implica sacrificar el bien superior que la norma debía proteger. En tal caso, la obligación cesa, no por dispensa, sino por imposibilidad de cumplimiento moral. La ley no se deroga; deja de obligar en ese punto.

El ejemplo de David, al que Cristo remite, debe ser entendido con la misma claridad. David, perseguido y necesitado, llega con sus hombres al sacerdote Ajimélec y pide alimento. No habiendo pan ordinario, recibe los panes de la proposición, reservados en principio al uso sacerdotal. Nuestro Señor invoca este episodio no para banalizar lo sagrado, sino para mostrar que una determinación inferior no puede operar, en un caso concreto, contra un bien superior. No se introduce un privilegio ni se consagra la arbitrariedad. Se reconoce que la necesidad no crea el derecho, sino que manifiesta qué exige el derecho cuando la aplicación ordinaria de una norma se volvería contradictoria con su propio fin.

Lo mismo sucede con el argumento de los sacerdotes, que obran en sábado sin incurrir en culpa. El punto es decisivo. No todo lo que materialmente parece infringir la norma constituye formalmente su violación. Los sacerdotes realizan actos que, vistos desde la pura exterioridad, podrían calificarse como trabajo; sin embargo, esos mismos actos se ordenan al culto y, por lo mismo, realizan mejor el fin del precepto que una observancia puramente material del descanso. Lo que desde la superficie aparece como excepción se revela, desde la inteligencia del orden, como cumplimiento más alto.

Esto exige distinguir entre precepto moral y precepto ceremonial. Moral es el deber de ordenar al hombre a Dios. Ceremonial es la determinación positiva del modo. El error farisaico consistió en absolutizar lo ceremonial y oscurecer lo moral. Cristo no enfrenta dos leyes equivalentes; restablece su jerarquía. El signo no puede prevalecer contra la sustancia; el modo no puede anular el fin. El sábado no era un fin en sí mismo, sino una pedagogía. Preparaba al hombre para el descanso en Dios, no para la idolatría del rito. La ley antigua educaba; no encarcelaba. Quedarse en el signo cuando la Realidad está presente no es fidelidad, sino infancia espiritual prolongada hasta la ceguera.

La cita profética —«Misericordia quiero, y no sacrificio»— fija esa jerarquía con una sobriedad perfecta. No degrada el sacrificio; lo subordina. El medio no puede volverse autónomo frente al fin. La misericordia no aparece aquí como sentimiento blando opuesto a la ley, sino como afirmación del orden del bien querido por Dios. Por eso la consecuencia es jurídica: una lectura defectuosa de la ley condena inocentes. Allí donde la inteligencia del precepto se corrompe, la aplicación de la norma se vuelve injusta.

La afirmación «el sábado fue hecho para el hombre» debe entenderse en su rigor. No somete la ley al arbitrio humano; declara su finalidad. La ley fue instituida para la perfección del hombre en orden a Dios. El hombre no es medida soberana del derecho; es su sujeto propio en cuanto ordenado a un fin superior. El sábado es para el hombre porque el hombre es para Dios. Y Dios no es un legislador distante que multiplica obstáculos, sino el Bien sumo que comunica orden, verdad y vida. Cuando una interpretación convierte la norma en obstáculo para ese fin, no se manifiesta la fuerza del precepto, sino su corrupción. La ley no es trampa; es instrumento. Arrancada de su fin, deja de operar como ley en ese caso.

En este punto comparece la afirmación decisiva: Cristo es Señor del sábado porque es Señor de la ley. No se sitúa ante la norma como intérprete externo, sino como quien manifiesta desde dentro su sentido. En Él, la ley no es ajena. La ley eterna, la ley natural y toda determinación recta reciben de Él su medida. Su acto no es desobediencia, sino jurisdicción. No rompe el orden; lo salva. No relativiza la ley; la purifica de su mala inteligencia. Él no está eligiendo entre dos mandatos contrapuestos, como si vacilara entre la observancia y la excepción. Está realizando un acto de prudencia regia: juzga qué exige aquí y ahora la ley eterna en un caso concreto. La obediencia material al sábado, en ese momento, habría sido una desobediencia al orden de la caridad. Y la verdadera obediencia, por eso mismo, no consiste en ceguera voluntaria, sino en la docilidad racional de la voluntad a lo que la prudencia reconoce como justo.

De aquí se sigue una consecuencia sobre la autoridad. La autoridad es función del bien. La potestas sólo es jurídica en cuanto permanece subordinada a la auctoritas de lo justo. El oficio no se justifica por su mera ocupación, sino por su ejercicio recto. La obediencia no es servidumbre ciega a la voluntad del superior, sino acto de razón que reconoce en el mandato la voz del bien común. Cuando el mandato se separa de ese bien, la obediencia se ordena al principio superior del que la ley recibe su sentido. No porque el sujeto se erija en medida soberana, sino porque el derecho no nace del órgano de poder, sino de su adecuación a la realidad de lo justo.

Puede afirmarse entonces, con toda precisión, que hacer el bien nunca puede ser ilícito. No como consigna, sino como conclusión jurídica. El bien posee una juridicidad intrínseca. La ley no le otorga su validez; la presupone. Cuando una interpretación proscribe el bien que la ley debía servir, esa interpretación se descalifica a sí misma. El derecho que se vuelve contra la justicia deja de justificarse como derecho.

Todo converge, finalmente, en el punto más alto. El bien del hombre no es indeterminado. Es la salus animarum. El hombre es para la salvación; por eso la ley es para el hombre. Cuando la aplicación de la norma impide ese fin, la norma no puede obligar en ese caso sin contradecir su razón de ser. No se trata de una excepción tolerada, sino del reconocimiento de que el fin último del orden jurídico no puede ser sacrificado en nombre de una determinación inferior. La ley se calla allí donde pretendería destruir aquello para lo que fue dada.

De aquí se sigue una advertencia que conviene formular con sobriedad: cuando una estructura jurídica prefiere su propia conservación al bien para el que fue instituida, ha comenzado a separarse de su naturaleza. Permanece como organización; se vacía como orden. Conserva procedimientos; pierde justicia. No desaparece; se convierte en administración de sí misma.

Y queda aún una verdad más honda. El descanso sabático no es inercia, sino gozo. El reposo de Dios no significa esterilidad, sino complacencia en la obra realizada. Por eso curar en sábado no rompe el descanso; lo realiza. Sanar es devolver al hombre la capacidad de entrar nuevamente en el bien. Es restituirlo, en la medida de lo posible, al orden para el cual fue creado. En ese sentido profundo, la curación no es una suspensión del sábado, sino su cumplimiento más verdadero. Allí donde el hombre es devuelto al bien, el sábado halla su sentido. Allí donde Dios sana, el descanso se vuelve acto.

La sentencia final —«es lícito hacer el bien en sábado»— no es una concesión, sino una regla. Una regla que no disminuye la ley, sino que la revela. Una regla que no debilita la obediencia, sino que la purifica. Una regla que enseña que la fidelidad no consiste en adherirse a la superficie del mandato, sino en conformarse al orden del bien que el mandato expresa.

Así, en la controversia del sábado, no es Cristo quien comparece como acusado. Lo que comparece bajo juicio es una concepción deformada del derecho. Y el veredicto es inevitable: la ley sólo es plenamente ley cuando permanece ordenada a la verdad, al bien y al fin querido por Dios. Fuera de ese orden podrá conservar forma, fuerza y amenaza; pero habrá comenzado ya a perder justicia.

Cristo no enseñó a despreciar la ley. Enseñó a reconocer cuándo su lectura ha dejado de ser ley. Y lo hizo como maestro y como Señor de la ley, principio de su orden, medida de su justicia y fin de su cumplimiento.

miércoles, 1 de abril de 2026

ANACLETO GONZÁLEZ FLORES


 

TEMAS PARA SEMANA SANTA (No olviden que el Viernes Santo obligan el ayuno y la abstinencia)

 


 

ATENTO AVISO


Estimados amigos-lectores, existe abundante material apropiado para estas fechas en CATOLICIDAD. Para que puedan consultarlo y aprovecharlo durante estos santos días ponemos a continuación este ÍNDICE TEMÁTICO (hagan clic en los temas que vayan eligiendo). Seguramente obtendrán grandes frutos espirituales.

Recordemos que este Viernes Santo obligan el ayuno y la abstinencia de carne bajo pena de pecado grave. Procuremos seguir los oficios y la liturgia durante estos días evitando actividades profanas. Integremos a nuestra familia en la debida piedad de los días santos. No olvidemos realizar la Confesión anual y después de ello comulgar -que prescriben los mandamientos de la Santa Iglesia-. Que Cristo nos alcance nuestra conversión espiritual para no pecar más y perseverar hasta el fin para poder salvos.

¡Tengan ustedes una Santa semana!

LA SEMANA SANTA, DÍA A DÍA

VÍA CRUCIS EN ALTA RESOLUCIÓN

VÍA CRUCIS EN VIDEO

VIERNES SANTO: JESÚS EN EL CALVARIO

A LA VIRGEN DE LA SOLEDAD DEL SÁBADO SANTO

SUFRIMIENTOS MORALES DE CRISTO por el Cardenal Newman

VIERNES SANTO, SEGÚN LAS VISIONES DE ANA CATALINA EMMERICH (Resumen 1era. Parte)

2a. PARTE: LA PASIÓN, SEGÚN LAS VISIONES DE ANA CATALINA EMMERICH (Resumen)

3a. PARTE: LA RESURRECCIÓN, según las visiones de la Beata Ana Catalina Emmerich (Resumen)

MI CRISTO ROTO (AUDIO Y TEXTO)

ROMANCERO DE LA VÍA DOLOROSA de Fr. Asinello (AUDIOS).

REFLEXIÓN CUARESMAL

REFLEXIÓN ESPIRITUAL PARA CUARESMA por San Máximo Confesor, Abad y Relato sobre la misericordia de Dios

NO NOS DEJES CAER EN LA TENTACIÓN

NO OLVIDES LA CONFESIÓN EN LA CUARESMA Y LA COMUNIÓN PASCUAL (Mandamientos)

ATTENDE DOMINE (Canto Penitencial)

CORONA DE LOS 7 DOLORES DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

LA EDAD EN QUE OBLIGA EL AYUNO Y LA ABSTINENCIA

EL MARTIRIO DEL CARDENAL MINDSZENTY Y LA ABSTINENCIA

Ver la película LA PASIÓN de Mel Gibson: LA PASIÓN DE CRISTO, EL FILME

Ver el filme EL MÁRTIR DEL CALVARIO con Enrique Rambal

CINCO PASOS PARA REALIZAR UNA BUENA CONFESIÓN

LA PASIÓN DEL SEÑOR por Fray Luis de Granada 

EVANGELIO DE LA PASIÓN 

LA "LEGALIDAD" DEL CRIMEN DEL CALVARIO

EL INICUO JUICIO A JESÚS

LA ROCA FRIA DEL CALVARIO

LA VIRGEN QUE LLORA Y RIE

A LAS PENAS DE JESÚS CRUCIFICADO, Saeta del Siglo XVII

LA PEDRADA de José María Gabriel y Galán (Poesía)

CONTEMPLANDO A CRISTO CRUCIFICADO

¿DÓNDE ESTÁN LAS RELIQUIAS DE LA PASIÓN?




martes, 31 de marzo de 2026

LA CORREDENTORA


La Virgen María es nuestra Corredentora. Nos salvó juntamente con Nuestro Señor Jesucristo. Pero ¡a precio de qué dolor! El martirio de la Santísima Virgen María es incomparablemente más trágico que el sacrificio que se le pidió al Patriarca Abraham cuando Dios le ordenó inmolar a su hijo Isaac. Porque el Patriarca Abraham era el padre, no la madre; y porque el sacrificio que se le pidió fue solamente intencional: no llegó a consumarse. En el Calvario no es el padre, sino la Madre, y el sacrificio se está consumando trágicamente. Y no de un golpe, sino gota a gota. ¡Martirio inefable! «Oh, vosotros los que cruzáis por los caminos de la vida, mirad y ved si hay dolor semejante a mi dolor».

P. Antonio Royo Marín. O.P


sábado, 28 de marzo de 2026

RESISTIDLE, FIRMES EN LA FE


“Y todos, los unos para con los otros, revestíos de la humildad, porque ‘Dios resiste a los soberbios, pero a los humildes da gracia’. Humillaos por tanto bajo la poderosa mano de Dios, para que Él os ensalce a su tiempo. ‘Descargad sobre Él todas vuestras preocupaciones, porque Él mismo se preocupa de vosotros’. Sed sobrios y estad en vela: vuestro adversario el diablo ronda, como un león rugiente, buscando a quién devorar. Resistidle, firmes en la fe, sabiendo que los mismos padecimientos sufren vuestros hermanos en el mundo. El Dios de toda gracia, que os ha llamado a su eterna gloria en Cristo, después de un breve tiempo de tribulación, Él mismo os hará aptos, firmes, fuertes e inconmovibles. A Él sea el poder por los siglos de los siglos. Amén.”

Primera Carta de San Pedro, V, 5-11.


viernes, 27 de marzo de 2026

EXCELENCIAS DEL AYUNO, SUS ADMIRABLES EFECTOS Y SUS VENTAJAS - Por Cornelio A Lápide.



   El ayuno, dice San León, engendra los pensamientos castos, las voluntades razonables y rectas, y los más saludables consejos: con esta aflicción voluntaria, la carne muere para, las concupiscencias, y el espíritu se renueva con las virtudes. 

   Oíd a San Ambrosio: ¿Qué es el ayuno, dice, sino la imagen del cielo y el precio con que puede adquirirse? El ayuno es el alimento del alma, el alimento del espíritu. El ayuno es la vida de los ángeles; el ayuno es la muerte del pecado, la destrucción de los crímenes, el remedio de la salvación, el manantial de la gracia, el fundamento le la castidad. Por medio del ayuno se llega pronto a Dios. 

   El ayuno, dice San Efrén, es el carro que conduce al cielo. El ayuno suscita profetas, y enseña sabiduría a los legisladores. El ayuno es el guarda perfecto del alma, cohabita con el cuerpo sin dañarle.

   El ayuno es un alma a toda prueba para los soldados valientes y los intrépidos atletas. El ayuno resiste a las tentaciones; da unción a la piedad. El ayuno apaga la violencia del fuego, cierra las fauces de los leones, y encamina las oraciones al cielo. La abstinencia es madre de la santidad, disciplina de la juventud y adorno de la vejez.  No sólo es el ayuno una virtud perfecta, sino el cimiento de las demás virtudes; es la santificación, la pureza, la prudencia, virtudes sin las cuales nadie puede ver a Dios. 

   El hambre, dice San Ambrosio, es amiga de la virginidad, y enemiga de la lujuria; pero los excesos en la mesa ahogan la castidad y alimentan las pasiones: (Serm, de Quadrag.).

   Asi como el soldado no es nada sin armas, dice San Crisóstomo, y las armas no son tampoco nada sin el soldado, de la misma manera la oración no es nada sin el ayuno, ni el ayuno sin la oración. (In Matth., c. VI).

   El ayuno, Dice San Basilio, hace que los hombres sean semejantes a los ángeles. El ayuno es el alimento del alma, dice S. Crisóstomo. El ayuno, añade el mismo Santo, purifica el alma, alivia los sentidos, sujeta la carne al espíritu, hace que el corazón esté contrito y humillado, disipa las nubes de la concupiscencia, apaga los ardores de las pasiones abrasadoras, y enciende la antorcha de la castidad. 

   Ved lo que hace el ayuno, dice San Atanasio: cura las enfermedades, calma la impetuosidad de la sangre, ahuyenta los demonios, arroja los malos pensamientos, da más belleza y blancura al alma, más pureza al corazón, y hace que el cuerpo esté más sano y robusto. 

   Por medio del ayuno es como Elias sube al cielo en un carro triunfal, dice San Ambrosio. Sabemos, dice San Pedro de Ravena, que es el ayuno el alcázar de Dios, el campo de Jesucristo, la muralla inexpugnable del Espíritu Santo, el estandarte de la fe, el signo de la castidad, el trofeo de la santidad.

   Puesto que por gula perdimos las alegrías del paraíso, dice San Gregorio, esforcémonos en conquistarlas de nuevo con el ayuno y la abstinencia.

   ¿A qué debió Sansón el ser tan fuerte e invencible? dice San Basilio. ¿No fué el ayuno el que hizo merecer a su madre la gracia de concebirle? El ayuno le concibió, el ayuno le alimentó, y el ayuno hizo de él un prodigio de fuerza.  El ayuno, añade aquel gran Doctor, engendra profetas, da más fuerza a los fuertes: el ayuno da sabiduría a los que dictan leyes, es el escudo de los que combaten con valor. El ayuno es el que dió fuerza a Sansón, y en tanto que éste fué fiel en guardarlo, derribó a millares de enemigos en cada combate, arrancó las puertas de las ciudades, y los leones no pudieron resistir al vigor de su brazo. Pero desde el momento en que la embriaguez del vino y de la voluptuosidad se apoderó de él, en seguida lo prendieron los enemigos, le arrancaron los ojos, y fué juguete de los niños.

   Cuando el alma derrama lágrimas de arrepentimiento, dice San Gregorio, es también indispensable que la carne, que ha sido esclava de los criminales placeres, sea castigada con el ayuno.

   Samuel, dice S. Jerónimo, reunió el pueblo en Masphath, le fortificó con un ayuno que impuso, y asi le hizo victorioso de sus enemigos. (In Lib. Rey.) A fin de poder combatir a sus enemigos, dice San León, repararon las fuerzas de su alma y de su cuerpo por medio de un ayuno severo. Se abstuvieron de comer y de beber; se impusieron esta ruda penitencia, y para vencer a sus enemigos, empezaron por vencer en sí mismos el atractivo de la gula.

   Los ayunos, añade el mismo San León, nos hacen fuertes contra el pecado; triunfan de las concupiscencias, rechazan las tentaciones, calman el orgullo, templan la ira, y alimentan todos los afectos de la buena voluntad para hacernos practicar perfectamente todas las virtudes.

    El ayuno, dice San Atanasio, eleva al hombre hasta el trono de Dios (Tract, de Virgin.).  Judith ayunaba todos los días de su vida menos el día del sábado, dice la Escritura. (Judith. VIII. 6.) Holofernes y sus soldados, amigos de beber mucho, se embriagaban, dice San Ambrosio; pero había una mujer, Judith, que no bebía, ayunaba todos los días, menos los festivos. Armada con el ayuno, sé adelanta y destruye todo el ejército de los Asirios. Por medio de la energía de una resolución formada en la abstinencia, corta la cabeza á Holofernes, salva su pudor y alcanza la victoria. Fortificada con el ayuno, se introduce en el campo extranjero; Holofernes queda sumergido en el vino, y no siente el golpe mortal. Asi el ayuno de una sola mujer anonada el numeroso ejército de los asirios y salva el pueblo de Dios. 

   Por causa del odio y de la crueldad de Aman, el rey Asuero ordenó el exterminio de los judíos que estaban cautivos. Al momento, dice la Escritura, la reina Esther, asustada del inminente peligro, acude al Señor. Dejando todos sus adornos de reina, se pone vestidos de luto; en vez de usar perfumes, cubre su cabeza con cenizas y polvo, castiga su cuerpo con ayunos, y manda decir a Mardoqueo: id, reunid a todos los judíos que encontréis en Lusan, y rogad por mí: no comáis ni bebáis nada durante tres días y tres noches: yo ayunaré también con mis criadas; y entonces, a pesar de la ley que lo prohíbe, entraré sin ser llamada a las habitaciones del rey, y me expondré al peligro y A la muerte para salvar A mí pueblo.

   Esther, dice San Ambrosio, se volvió más hermosa con el ayuno; porque el Señor aumentaba su gracia en aquella alma sobria. Así es que desde el momento en que se presentó al rey, dice la Escritura, Dios cambió el corazón de Asuero, el cual se lanzó en sus brazos. ¿Qué tenéis, Esther? La dijo: soy vuestro hermano, nada temáis, no moriréis. (XV. 11-13). De este modo Esther, con su ayuno y su oración, se conquistó un nombre inmortal, alcanzando libertad para su pueblo, un patíbulo para el cruel Aman, justicia para Asuero y gloria para Dios. 

   La que ayunó tres días, dice San Ambrosio, gustó al rey y obtuvo lo que pedía, la salvación de su pueblo y entre tanto Aman, sentado en un regio festín, en medio de su intemperancia pagó la pena que su embriaguez merecía. El ayuno es pues el sacrificio de la reconciliación y el aumento de las virtudes. Esther con su ayuno, dice Clemente de Alejandría es más  fuerte que todos sus enemigos; desgarra el decreto tiránico que hacía perecer A su pueblo, y calma al tirano; reprimió a Aman y hace triunfar a los suyos. 

   Judas Macabeo y sus soldados obtienen con sus ayunos los socorros del cielo, y numerosas victorias sobre sus poderosos y temibles enemigos. (Lib. Macabeos.).

   El Ayuno, dice San Ambrosio, es el dueño de la continencia, la disciplina de la pureza, la humildad del espíritu, la flagelación de la carne corrompida, la expresión de la sobriedad, la regla de la virtud, la purificación del alma, la mano de la misericordia, el principio de la dulzura, el atractivo de la caridad, la gracia de la vejez, el custodio de la juventud. El ayuno es el alivio de las enfermedades, el alimento de la salvación, el viático del buen camino, el tesoro de toda la vida.

   Los Ninivitas son condenados por la justicia de Dios a ser destruidos; se dedican a un riguroso y universal ayuno, y al momento Dios les perdona. Los Apóstoles ayunan y oran; el Espíritu Santo baja sobre ellos, los llena de sus dones y los convierte en hombres heroicos...

   San Ambrosio atribuye todos los milagros de Elias a sus ayunos.  Con sus ayunos, dice, Elias cierra el cielo al criminal pueblo judaico; con su ayuno resucita al hijo de la viuda; su ayuno detiene las inundaciones; su ayuno hace bajar el fuego del cielo; su ayuno lo hace subir al cielo en un carro de fuego; con su ayuno de cuarenta días consigue conversar con Dios y hallarse en su presencia. Cuanto más ayuna, más poderoso es; detiene también las aguas del Jordán con su ayuno. 
   El ayuno es la salud del cuerpo, del alma, de la memoria y de la inteligencia. El ayuno prolonga la vida, nos libra de mil enfermedades precoces y crueles ¿Cuál es siempre el primer mandato de un médico? cuál es su primero y principal remedio? La dieta, que es un ayuno y una abstinencia absolutos...

"TESOROS DE CORNELIO A LAPIDE"

jueves, 26 de marzo de 2026

EL MÉDICO Y LA PACIENTE

 

Una mujer fue al médico y después de algunas preguntas, sobre su historia clínica, el médico que  era católico le preguntó:
- Usted es evangélica?
- ¡Sí! (Respondió la paciente).
El médico comentó:
- Me agradan los evangélicos, sólo hay un problema: Hablan mucho acerca de Jesús y no hablan de María.

*Silencio

- Doctor, ¿puedo hacerle una pregunta? 
- Por supuesto - Dijo el médico.
- Doctor, si algún día yo llegara a su consultorio y su secretaria me dijera que usted no está, pero que su madre me puede atender ¿cree que me gustaría ser atendida por ella?

- ¡Por supuesto que no! -Respondió el médico. Quien se graduó en Medicina fui yo, no mi madre.
- Y la mujer continuó: Bueno, doctor. Quien murió en la cruz por mí fue Jesús, no su madre.

Entonces el médico le respondió ..

- Pero si usted llegara a la recepción y encontrara a mi madre y resulta que ya no hay más turno y que además Ud. no tuviera dinero para pagar la consulta, y ella me pidiera que la atendiera...yo con gusto la atendería y hasta le daría gratis los medicamentos que necesitara, ¿sabe Ud. por qué?... por el simple hecho de ser una petición de mi AMADÍSIMA MADRE.

Un "querer" de mi Madre, es un "hacer" para mi..❤
La Virgen María no hace milagros, porque no es Dios, pero es Intercesora ante su Hijo y por ello nos alcanza milagros.

¡¡¡Amén!!!

miércoles, 25 de marzo de 2026

DÍA DEL NIÑO POR NACER


 

LA ANUNCIACIÓN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA Y ENCARNACIÓN DEL VERBO



La fiesta de hoy nos recuerda el gran acontecimiento de la historia: la Encarnación del Señor en el seno purísimo de una Virgen. En este día el Verbo se hizo carne, y se unió para siempre a la humanidad de JESÚS. El misterio de la Encarnación merece a María Santísima su título más hermoso, el de «Madre de DIOS», en griego Teotokos nombre que la Iglesia oriental escribía siempre con letras de oro, a manera de preciosa diadema en la frente de sus imágenes pintadas y en sus estatuas. «Colocada en los confines de la Divinidad», pues suministró al Verbo de DIOS la carne a que hipostáticamente se unía, la Virgen fue honrada siempre con culto supereminente llamado de «hiperdulía»: el hijo del Padre y el hijo de la Virgen se convierten naturalmente en un solo y mismo Hijo, dice San Anselmo; y siendo desde entonces María Virgen la reina del humano linaje todos debemos de venerarla. 

Ya que el título de Madre de DIOS hace a María Plenipotenciaria, pidámosle interceda ante Nuestro Redentor, para que por los méritos de Su Pasión y Su Cruz, lleguemos a la gloria de Su Resurrección. Que así sea.

MEDITACIÓN SOBRE LA ANUNCIACIÓN

I. Hoy, María Santísima es hecha Madre de DIOS; su humildad y su pureza le han valido este inefable honor. ¡Cuánta alegría me da, oh divina María, veros elevada a tan alto rango de gloria! Y puesto que sois Madre de JESUCRISTO N.S., también lo sois de los cristianos. ¡Ah, cuán consolador es este pensamiento! Sois todopoderosa para socorrerme, porque sois la Madre de DIOS; poseéis un corazón henchido de amor por mí, porque sois mi Madre. También yo, si quiero, mediante la fe y la caridad puedo poseer a JESÚSús en mi corazón. María Virgen ha engendrado a CRISTO según la carne, todos los cristianos pueden engendrarle en sus corazones por la fe (San Ambrosio).

II. Desde hoy, JESÚS es nuestro hermano; el amor que nos tiene lo hace semejante a nosotros, a fin de hacernos semejantes a Él. Viene a la tierra para que vayamos al Cielo. ¡Os adoro, Verbo encarnado en el seno virginal de María Castísima! ¡Quien me diera el poder de haceros una merced tan preciosa como Vos me hicisteis! Oh. Hermano y Redentor amabilísimo, os ofrezco todos mis afanes y mis obras , todo mi ser.

III. María Purísima es nuestra Madre, JESÚS nuestro Hermano: ¿somos dignos hijos de María Inmaculada, dignos hermanos de JESUCRISTO N.S.? María Santísima es totalmente pura, humilde y obediente: ¿posees tú esas virtudes? NS JESUCRISTO en todo busca la gloria de Su Padre y la salvación de las almas: ¿estás animado tú del mismo celo? ¿No tendría motivo JESÚS para quejarse y decir a su Madre amada: Los hijos de mi Madre han combatido contra mí? (Cantar de los Cantares).

ORACIÓN

Oh DIOS y Señor Nuestro, que habéis querido que Vuestro Verbo se encarnase en el seno de la bienaventurada Virgen María en el momento en el que al anunciarle el Ángel este misterio, Ella pronunció su «Fíat», conceded que nuestras plegarias, mientras honramos a la que firmemente creemos que verdaderamente es Madre de DIOS, obtengan el auxilio de su intercesión junto a Vos.

Por JESUCRISTO N.S., Amén.