Massachusetts amplía nuevamente las fronteras del aborto. Pero detrás de las semanas, las excepciones y las consignas existe una pregunta anterior a todas las demás: ¿qué es aquello cuya vida termina?
Massachusetts vuelve a ampliar las fronteras legales del aborto.
Para quienes apoyan estas medidas, se trata de autonomía, acceso y libertad médica. Para quienes defendemos la vida humana desde su comienzo, significa algo muy distinto:
Se amplían las circunstancias en las que la ley permite terminar deliberadamente una vida humana antes de nacer.
Pero quizá llevamos demasiado tiempo discutiendo semanas, excepciones y fronteras.
Antes de preguntar cuándo puede realizarse un aborto, debemos responder una pregunta mucho más elemental.
¿QUÉ ES AQUELLO QUE MUERE?
La realidad biológica constituye el punto de partida.
Lo que se desarrolla dentro del vientre materno es un organismo humano vivo en una etapa prenatal de su desarrollo.
Cigoto, embrión y feto son términos que designan distintas etapas de ese desarrollo, como recién nacido, niño, adolescente y adulto designan etapas posteriores.
Ninguno de nosotros apareció repentinamente durante el parto.
El adulto que hoy lee estas palabras es el resultado de un proceso continuo de desarrollo que comenzó mucho antes de que pudiera hablar, pensar, recordar o sobrevivir independientemente.
Por eso, la controversia fundamental no debería consistir en preguntar si pertenece a la especie humana. La verdadera pregunta es ésta:
Si estamos ante un ser humano vivo en desarrollo, ¿qué característica tendría que faltarle para que pierda el derecho más elemental que reconocemos a los demás seres humanos: que nadie termine deliberadamente con su vida?
¿El tamaño? ¿La edad? ¿El grado de desarrollo? ¿La conciencia? ¿La capacidad de sentir? ¿La posibilidad de sobrevivir independientemente? ¿El hecho de ser deseado?
Cada respuesta exige justificar por qué esa característica —y no nuestra condición humana— debería determinar quién merece protección.
La biología nos dice qué está allí.
La cuestión moral consiste en decidir qué le debemos porque está allí.
MASSACHUSETTS: LA FRONTERA VUELVE A MOVERSE
Massachusetts acaba de ampliar nuevamente el margen legal para el aborto, incluso después de las 24 semanas.
La frontera vuelve a moverse: mayor margen de decisión y menos restricciones específicas.
Desde una perspectiva provida, eso significa ampliar las circunstancias en las que la ley permite provocar deliberadamente la muerte de seres humanos antes de nacer.
Pero sería un error pensar que nuestro problema comienza a las 24 semanas.
No comienza cuando el niño puede sobrevivir fuera del vientre.
No comienza cuando alcanza determinado tamaño.
No comienza cuando su apariencia hace más fácil reconocerlo como uno de nosotros.
Comienza con la existencia del nuevo organismo humano.
Por eso, Massachusetts no debería llevarnos solamente a preguntar:
“¿Hasta cuándo permitirán el aborto?”
La pregunta verdaderamente difícil es:
¿Por qué debería existir una etapa de la vida humana durante la cual terminar deliberadamente esa vida sea considerado un derecho?
A LAS 24 SEMANAS LA CONTRADICCIÓN SE HACE VISIBLE
Imagine un niño que nace extremadamente prematuro.
Médicos y enfermeras corren para salvarlo. Una incubadora mantiene su temperatura. Un respirador puede ayudarlo a respirar. Sus padres contemplan cada movimiento.
Cada hora importa.
Cada gramo ganado se celebra.
Y la medicina hace bien en luchar por él.
Los avances de la medicina neonatal permiten que algunos niños nacidos alrededor de las 24 semanas sobrevivan.
Ahora imaginemos otro ser humano de edad gestacional semejante que continúa dentro de su madre.
¿Qué ha cambiado en su naturaleza humana?
Su ubicación.
El nacimiento transforma muchas cosas, pero no crea nuestra humanidad.
El niño que sale del vientre ya era humano antes de salir.
Podemos emplear extraordinarios recursos humanos y tecnológicos para salvar a uno mientras la legislación permite, bajo ciertas condiciones, terminar deliberadamente con la vida de otro que permanece dentro del útero.
La situación jurídica cambia.
La ubicación cambia.
La naturaleza humana del individuo no.
Y aunque los abortos tardíos constituyan una pequeña proporción del total, eso tampoco resuelve el problema.
La estadística responde:
¿Con qué frecuencia ocurre?
No responde:
¿Qué ocurre?
La rareza de una conducta no determina si es justa.
Pero tampoco debemos cometer el error contrario y preocuparnos únicamente por los abortos tardíos. Si el individuo que observamos a las 24 semanas es humano, ese mismo individuo también era humano semanas antes.
El tamaño no concede dignidad.
La edad tampoco.
¿Y LOS CASOS EXTREMOS?
Violación, incesto, abandono, pobreza, enfermedad y diagnósticos devastadores.
Es fácil escribir esas palabras. Es mucho más difícil vivir esas realidades.
Una mujer violada merece justicia y su agresor, todo el peso de la ley. Una madre enferma merece la mejor medicina disponible. Una mujer abandonada necesita apoyo material, psicológico y familiar. Una familia enfrentada a un diagnóstico terrible necesita acompañamiento, medicina y, cuando corresponda, cuidados paliativos perinatales.
No hay nada provida en abandonar a una mujer en semejantes circunstancias.
Pero una tragedia modifica las circunstancias; no modifica la naturaleza del hijo.
El crimen del padre no convierte al hijo en culpable.
La pobreza no convierte al pobre en menos humano.
Una discapacidad no elimina la dignidad.
Una enfermedad tampoco.
También debemos distinguir entre provocar deliberadamente un aborto y sufrir una pérdida espontánea del embarazo.
Una cosa es no poder salvar una vida. Otra muy distinta es proponerse terminarla.
“MI CUERPO, MI DECISIÓN”
El cuerpo de una mujer le pertenece.
Pero el hijo no es un órgano de su madre.
Está dentro de ella y depende extraordinariamente de ella, pero dependencia no significa identidad ni ausencia de dignidad.
Un recién nacido depende completamente de otros. Una persona con discapacidad profunda puede depender de otros durante toda su vida. Un anciano con demencia puede necesitar asistencia incluso para alimentarse.
No concluimos que cuanto mayor es su dependencia, menor es su derecho a vivir.
Deberíamos sostener precisamente lo contrario:
Cuanto más vulnerable es un ser humano, mayor debería ser nuestra obligación de protegerlo.
¿Por qué ese principio tendría que invertirse antes del nacimiento?
¿Y LA MUJER?
Ésta es una pregunta necesaria.
Hay mujeres aterrorizadas ante un embarazo. Mujeres pobres. Mujeres abandonadas. Mujeres que temen perder sus estudios, su empleo o el futuro que habían imaginado. Mujeres enfrentadas a enfermedades y diagnósticos terribles.
Ellas importan.
Una sociedad que se proclama provida y después abandona a la madre ha entendido solamente la mitad de su obligación.
Hay que acompañarla, ayudarla materialmente, exigir responsabilidad al padre, facilitar alternativas reales, mejorar los procesos de adopción y ofrecer atención médica y psicológica.
Y esa responsabilidad no termina con el nacimiento.
Pero la pregunta “¿y la mujer?” tiene otra dimensión que casi nunca escuchamos:
¿Y LAS NIÑAS QUE NUNCA PUDIERON NACER?
Entre los seres humanos abortados también hay seres humanos de sexo femenino.
¿Dónde quedan ellas cuando hablamos de los derechos de las mujeres?
Una niña que muere antes de nacer nunca podrá marchar por sus derechos. Nunca votará. Nunca irá a la universidad. Nunca podrá descubrir cuál habría sido su vocación.
Nunca sabremos si habría sido médica, abogada, maestra, científica, religiosa, empresaria, madre o simplemente una mujer corriente que habría amado y sido amada.
Pero tampoco necesitaba convertirse en ninguna de esas cosas para tener valor.
Su dignidad no dependía de lo que algún día pudiera hacer.
Dependía de quién era.
La madre importa.
La hija también.
La respuesta humana no debería consistir en enfrentar una contra la otra, sino en decir:
“Tu vida importa. Y la de tu hijo también. No abandonaremos a ninguno.”
NI DESEADO NI INDESEADO: HUMANO
Un hijo puede haber sido esperado durante años. Otro puede llegar inesperadamente.
Uno puede ser concebido en un hogar estable. Otro, en circunstancias terribles.
Uno puede recibir un nombre desde la primera ecografía. Otro puede ser considerado un problema desde el primer instante.
Pero el hijo deseado y el no deseado no pertenecen a especies diferentes.
La voluntad de otra persona puede modificar sus circunstancias.
No puede modificar su naturaleza humana.
Si nuestra dignidad depende de que alguien nos quiera, nos considere convenientes o autorice nuestra existencia, entonces no poseemos verdaderos derechos.
Tenemos permisos.
Y quien concede un permiso también puede retirarlo.
Precisamente para impedir eso existen los derechos humanos: para que la dignidad del débil no dependa exclusivamente de la voluntad del fuerte.
“ABORTION IS HEALTH CARE”
Es una consigna frecuente en nuestra época.
Pero ninguna consigna puede sustituir una pregunta:
Health care, ¿para quién?
La madre es una paciente. Su salud importa. Su vida importa. Su sufrimiento importa.
Pero dentro de ella existe también otro ser humano vivo en desarrollo.
Podemos modificar las leyes y cambiar las palabras con las que describimos una realidad.
Lo que no podemos hacer es modificar esa realidad mediante el lenguaje.
Una ley puede declarar lícita una conducta.
Eso no demuestra automáticamente que sea justa.
Legalidad y moralidad nunca han sido sinónimos.
Si lo fueran, jamás habría existido una ley injusta que necesitara ser cambiada.
LA PREGUNTA QUE QUEDA
Eso es lo que hace relevante a Massachusetts.
No necesitamos imaginar conspiraciones ni atribuir intenciones ocultas a cada persona que piensa diferente.
Basta observar el resultado:
La frontera legal vuelve a ampliarse.
Y cuando una frontera se mueve debemos preguntarnos quién queda al otro lado.
A las seis semanas el ser humano es diminuto. A las doce está más desarrollado. A las veinticuatro sus capacidades son distintas. Después del nacimiento dependerá completamente de otros.
Cambian el tamaño, las capacidades, la apariencia y el grado de dependencia.
Lo que permanece es la continuidad del mismo organismo humano que se desarrolla.
Por eso, la cuestión no termina en Massachusetts.
Ni en 24 semanas.
Ni en doce.
Ni en seis.
Termina en una pregunta que nuestra generación debe responder:
Si sabemos que está vivo y sabemos que es humano, ¿qué circunstancia puede convertir en justo terminar deliberadamente su vida simplemente porque todavía no ha nacido?
La mujer merece nuestra ayuda.
La madre merece nuestra protección.
La víctima de violencia merece justicia.
La mujer enferma merece la mejor medicina posible.
La madre que enfrenta un diagnóstico devastador merece acompañamiento y compasión.
Y el ser humano que depende completamente de ella también merece ser protegido.
También si es pequeño.
También si está enfermo.
También si fue concebido en circunstancias terribles.
También si nadie lo esperaba.
También si todavía no puede hablar.
Porque los derechos humanos adquieren su significado más profundo precisamente frente al ser humano que carece del poder para exigirlos.
La madre importa.
El hijo importa.
Una sociedad verdaderamente humana debería ser suficientemente grande para defender a ambos.
No deberíamos exigirle a un ser humano que primero sea grande, fuerte, independiente o deseado para reconocer que ya es uno de nosotros.
RMO