Por Lorenzo Carrasco
Como en un reto entre infantes, los presidentes de Estados Unidos y México, Donald Trump y Claudia Sheinbaum, mantienen una peculiar guerra de etiquetas: de derecha a izquierda, compiten por rebautizar, reinterpretar o cancelar partes de la geografía y de la historia.
Trump, en su senectud narcisista, rediseña mapas y rebautiza territorios: todo es América y, a ser posible, todo es Trump. Canadá, Groenlandia, México y hasta el estratégico estrecho de Ormuz parecen caber, de una u otra manera, dentro de su cartografía mental. La guerra contra Irán demuestra, además, que el viejo impulso imperial estadounidense, a pesar de su notable capacidad geopolítica, no está precisamente sanforizado.
Por su parte, su colega mexicana, Claudia Sheinbaum, ha blandido la espada del indigenismo más elemental para combatir los fantasmas del hispanismo y, colocándose simbólicamente al lado de Cuauhtémoc, parece empeñada en derrotar definitivamente, cinco siglos después, a Hernán Cortés.
Todo esto podría no pasar de una pantomima infantil si no terminara convertido en política de Estado. La célebre película La guerra de los botones conservaba la gracia y la inocencia de la infancia y la adolescencia. De ambas carece, en gran medida, esta particular «guerra de las etiquetas» entre México y Estados Unidos, protagonizada por adultos que, desde el poder, parecen competir con la lógica de una riña escolar.
Hay, incluso, otro paralelismo interesante. Trump promete beneficios económicos directos a los ciudadanos estadounidenses en busca de respaldo electoral, quizá imaginando un efecto semejante al alcanzado en México por las pensiones para adultos mayores, que, siendo necesarias para millones de personas, se han convertido también en uno de los principales activos políticos y electorales de la llamada Cuarta Transformación.
Pero, para comprender mejor la raíz del culto político al indigenismo, acompañado frecuentemente por la descalificación de Cortés y de la herencia española, conviene retroceder en la historia mexicana. Esa narrativa no nació con Claudia Sheinbaum; es heredera de corrientes mucho más antiguas.
Podemos señalar, con las necesarias diferencias históricas, dos momentos particularmente significativos.
El primero aparece ya en los años inmediatamente posteriores a la conquista, durante el gobierno de la Primera Audiencia de México, presidida por Nuño de Guzmán. Su enfrentamiento con Hernán Cortés y con sus partidarios fue feroz. A ello se sumaron los abusos cometidos contra las poblaciones indígenas y el tráfico de esclavos, denunciados con enorme dureza por fray Juan de Zumárraga, primer obispo de México, quien llegó a describir en términos casi demoníacos la conducta de los gobernantes de aquella Audiencia.
No sería exacto afirmar que Carlos V creó formalmente la Primera Audiencia con el mandato explícito de destruir a Cortés; pero, en la práctica, su actuación produjo un violento desplazamiento del poder cortesiano y abrió una profunda confrontación con los conquistadores vinculados a él, con los franciscanos y con numerosos aliados indígenas que habían participado en la caída del imperio mexica.
En el trasfondo de aquella pugna se encontraba también una cuestión mayor: quién debía controlar y dar forma política a la Nueva España. La política diplomática del Imperio buscaba impedir que el enorme prestigio y poder adquirido por Cortés desembocara en un señorío prácticamente autónomo. Comenzaba así una tensión que recorrería buena parte del siglo XVI entre los protagonistas de la conquista, las órdenes misioneras y la creciente burocracia de la monarquía.
La firme actuación de Zumárraga y las denuncias contra la Primera Audiencia contribuyeron a poner fin a aquella experiencia. Pero, tres siglos después, en el México recién independizado, surgió otro proyecto de redefinición de la identidad nacional, esta vez bajo una poderosa influencia estadounidense.
Aquí aparece Joel Roberts Poinsett.
Poinsett recorrió México en 1822 y posteriormente publicó sus Notes on Mexico. Regresaría en 1825 como primer ministro plenipotenciario de Estados Unidos ante la nueva república. Su intervención en la política mexicana fue considerable y su nombre quedó estrechamente ligado al desarrollo de las logias del rito de York, cuya patente fue obtenida con su intermediación y que pronto se convirtieron en uno de los grandes instrumentos de organización política del México independiente.
Alrededor de los lorquinos se consolidó una corriente marcadamente republicana y federalista, hostil a los sectores monárquicos y crecientemente enfrentada a la influencia política española. La pugna dejó de ser únicamente entre formas de gobierno: comenzó también una disputa por la memoria histórica y por la identidad que debía asumir la nueva nación.
Pero la misión de Poinsett tenía también una dimensión territorial que no debe pasarse por alto. Washington le había encargado explorar la posibilidad de modificar la frontera establecida por el Tratado Adams-Onís y adquirir para Estados Unidos una parte considerable de Texas. En 1827 fue autorizado a ofrecer un millón de dólares por determinados territorios texanos, y posteriormente la administración de Andrew Jackson llegó a contemplar una oferta todavía mayor. Poinsett consideraba, además, que el creciente establecimiento de colonos angloamericanos en Texas facilitaría su futura adquisición por Estados Unidos.
Poinsett no dirigió personalmente la independencia texana de 1836 ni la anexión de 1845, pero su misión anticipó con sorprendente claridad la dirección que tomaría posteriormente la expansión estadounidense. La presión para adquirir Texas fue seguida por la creciente colonización angloamericana, la separación de Texas de México en 1836 y, finalmente, su incorporación a Estados Unidos en 1845.
La anexión de Texas desencadenó una nueva crisis con México y precedió inmediatamente a la guerra mexicano-estadounidense de 1846-1848. Bajo la presidencia de James K. Polk, Estados Unidos llevó su expansión territorial hasta sus mayores dimensiones. El Tratado de Guadalupe Hidalgo de 1848 obligó a México a reconocer la pérdida de Texas y a ceder Alta California y Nuevo México, un vastísimo territorio que, sumado a Texas, representó aproximadamente la mitad del territorio que México había reclamado al alcanzar su independencia.
Vista retrospectivamente, aparece así una continuidad geopolítica que trasciende a Poinsett como individuo: primero, separar cultural y políticamente al nuevo México de su antigua matriz hispánica; simultáneamente, desplazar hacia el sur y el oeste la frontera de Estados Unidos; y finalmente convertir aquella expansión demográfica y territorial en una nueva realidad continental.
España, la monarquía católica y la herencia novohispana pasaban a representar, para determinados sectores del México independiente, el pasado del cual había que desprenderse. En contrapartida, el México prehispánico —Moctezuma, Cuauhtémoc y la antigua Tenochtitlan— ofrecía los símbolos necesarios para construir una genealogía nacional anterior a Cortés.
Así se fue desarrollando una lectura según la cual México no habría nacido del dramático encuentro iniciado en 1519 y de la nueva sociedad cristiana y mestiza surgida después de 1521, sino que constituiría esencialmente la restauración política de una nación interrumpida por la conquista española.
La conjura tenía enormes consecuencias simbólicas: Cortés dejaba de ser uno de los fundadores del México histórico para convertirse exclusivamente en su destructor; Cuauhtémoc pasaba de último tlatoani mexica a héroe nacional de un Estado que aparecería tres siglos después; y la continuidad novohispana era sustituida progresivamente por una narración que saltaba de Tenochtitlan a la Independencia.
No puede atribuirse toda esta construcción histórica únicamente a Poinsett ni a las logias lorquinas. Pero su intervención contribuyó a fortalecer en el México independiente una corriente republicana, federalista y anti hispánica que veía en Estados Unidos, y no en la tradición monárquica hispánica, el modelo político hacia el cual debía orientarse la nueva nación.
En términos simplificados, el mensaje era poderoso: el pasado está en Tenochtitlan; el futuro, en Washington.
Y aquella disputa sobre la identidad mexicana nunca terminó completamente. Bajo distintas formas reaparece hasta nuestros días, cada vez que la historia se divide entre indígenas y españoles, vencidos y vencedores, Cuauhtémoc y Cortés, como si cinco siglos de mestizaje pudieran reducirse nuevamente a los dos ejércitos enfrentados en 1521.
Pero dejemos por un momento la guerra de las etiquetas y pasemos a una realidad histórica mucho más profunda.
En la relación entre México y Estados Unidos se está produciendo desde hace décadas una transformación sustancial: la presencia masiva y creciente de mexicanos y de sus descendientes en territorio estadounidense. Decenas de millones de personas de origen mexicano viven hoy en Estados Unidos, y ciudades como Los Ángeles poseen una dimensión cultural mexicana imposible de ignorar.
Dentro de este proceso se podría hablar, provocativamente, de una suerte de «reconquista», no territorial ni militar, sino cultural, demográfica y espiritual, de espacios que México perdió en el siglo XIX bajo el avance ideológico del llamado Destino Manifiesto.
Y aquí aparece una de las ironías mayores de la historia.
El país que durante el siglo XIX ejerció una poderosa influencia sobre la transformación política y territorial de México observa ahora cómo millones de mexicanos y sus descendientes transforman culturalmente a Estados Unidos desde dentro. Y, para información de la presidente Sheinbaum, esa transformación no se está produciendo por obra de un indigenismo retrogrado, sino, fundamentalmente, por la fuerza de la presencia hispana.
El castellano se ha convertido desde hace tiempo en la segunda lengua más hablada de Estados Unidos y constituye uno de los elementos centrales de una transformación cultural de largo alcance.
Aquí adquieren particular relevancia unas palabras atribuidas a Octavio Paz en la década de 1990: «La Virgen de Guadalupe ha sido más “antimperialista” que 60 años de fervorosos discursos de los políticos mexicanos». Paz apuntaba con ello a algo mucho más profundo que la política coyuntural: la capacidad de una cultura para resistir mediante sus instituciones naturales, sus símbolos y sus formas tradicionales de vida.
Al explicar la resistencia cultural de México frente a la influencia de la mayor potencia del continente, Paz destacaba la fuerza de la organización comunitaria, de la familia, de la madre como centro de esa familia, de la religión tradicional y de las imágenes religiosas. En otras palabras, aquello que preserva a una cultura no es únicamente el Estado ni su discurso político, sino una trama mucho más profunda de costumbres, creencias, lengua, memoria y vínculos sociales.
Una idea semejante fue formulada por san Juan Pablo II en su célebre discurso ante la UNESCO, en 1980:
«La nación es, en efecto, la gran comunidad de los hombres que están unidos por diversos vínculos, pero, sobre todo, precisamente por la cultura. La nación existe “por” y “para” la cultura».
Y añadía que existe una «soberanía fundamental de la sociedad» que se manifiesta precisamente en la cultura de la nación.
Es ahí donde el asunto deja de ser jocoso.
La migración mexicana hacia Estados Unidos no representa solamente un fenómeno laboral, económico o demográfico. Lleva consigo una lengua, una religión, una concepción de la familia, determinadas formas comunitarias y una memoria histórica. Es decir, transporta cultura en el sentido más profundo señalado por Juan Pablo II.
La magnitud de este fenómeno terminó incluso modificando radicalmente el pensamiento de Samuel P. Huntington. El autor de El choque de civilizaciones, que inicialmente había planteado los grandes conflictos internacionales en términos de bloques culturales, acabó concentrando buena parte de su preocupación en la inmigración hispana —y muy particularmente mexicana— hacia Estados Unidos.
En Who Are We? The Challenges to America’s National Identity, Huntington llegó a presentar la continuidad territorial, demográfica, lingüística y cultural de la inmigración mexicana como un desafío sin precedentes para la identidad estadounidense. Muchas de aquellas preocupaciones reaparecen hoy, explícita o implícitamente, en sectores de la política estadounidense y ayudan a comprender parte del trasfondo cultural de la política migratoria de Donald Trump.
Aquí se encuentra, quizá, la paradoja principal. Mientras Trump y Sheinbaum libran sus respectivas batallas simbólicas por los nombres, los mapas y la interpretación del pasado, debajo de esa superficie se desarrolla un proceso histórico mucho más poderoso y difícil de controlar desde los palacios presidenciales: el encuentro —y también la tensión— entre dos grandes espacios culturales unidos por una frontera que separa Estados, pero que cada vez separa menos a sus sociedades.