lunes, 12 de octubre de 2026

CATOLICISMO E HISPANIDAD por el Cardenal Isidro Gomá

 




Con todo el bagaje espiritual, cuando, jadeante todavía España por el cansancio secular de las luchas con la morisma, pudo rehacer la patria rota en la tranquilidad apacible que da el triunfo, abordó en las costas de esta América, no para uncir el Nuevo Mundo al carro de sus triunfos, que eso lo hubiese hecho un pueblo calculador y egoísta, sino para darle la fe y hacerle vivir al unísono del sobrenaturalismo cristiano. Así quedamos definitivamente unidos, América y España, en lo más substancial de la vida, que es la religión.

Y esta es, americanos y españoles, la ruta que la Providencia nos señala en la historia: la unión espiritual en la religión del Crucificado. Un poeta americano nos describe el momento en que los indígenas de América se postraban por vez primera "ante el Dios silencioso que tiene los brazos abiertos": es el primer beso de estos pueblos aborígenes a Cristo Redentor; beso rudo que da el indígena "a la sombra de un añoso fresno", "al Dios misterioso y extraño que visita la selva", hablando con el poeta. Hoy, lo habéis visto en el estupor de vuestras almas, es el mismo Dios de los brazos abiertos, vivo en la Hostia, que en esta urbe inmensa, en medio de esplendores no igualados, ha recibido, no el beso rudo, sino el tributo de alma y vida de uno de los pueblos más gloriosos de la tierra. Es que este Dios, que acá trajera España, ha obrado el milagro de esta gloriosa transformación del Nuevo Mundo.

No hay otro camino. "Toda tentativa de unión latina que lleve en sí el odio o el desprecio del espíritu católico está condenada al mismo natural fracaso"; son palabras de Maurras, que no tiene* la suerte de creer en la verdad del catolicismo. Y fracasará (otro camino) porque la religión lo mueve todo y lo religa todo; y un credo que no sea el nuestro, el de Jesús y la Virgen, el de la Eucaristía y el papa, el de la misa y los santos, el que ha creado en el mundo la abnegación y la caridad y la pureza; todo otro credo, digo, no haría más que crear en lo más profundo de la raza hispanoamericana esta repulsión instintiva que disgrega las almas en lo que tienen de más vivo y que hace imposible toda obra de colaboración y concordia...

Catolicismo, que es el denominador común de los pueblos de raza latina: romanismo, papismo, que es la forma concreta, por derecho divino e histórico, del catolicismo, y que el positivista Comte consideraba como la fuerza única capaz de unificar los pueblos dispersos de Europa. Una confederación de naciones, ya que no en el plano político, porque no están los tiempos para ello, de todas las fuerzas vivas de la raza para hacer prevalecer los derechos de Jesucristo en todos los órdenes sobre las naciones que constituyen la hispanidad. Defensa del pensamiento de Jesucristo, que es nuestro dogma, contra todo ataque, venga en nombre de la "razón" o de otra religión...La misma moral, la moral católica, que ha formado los pueblos más perfectos y más grandes de la historia; porque las naciones lo son, ha dicho Le Play, a medida que se cumplen los preceptos del Decálogo. Los derechos y prestigio de la Iglesia, el amor profundo a la Iglesia y a su cabeza visible, el papa, signo de catolicidad verdadera, porque la Iglesia es el único baluarte en que hallarán refugio y defensa los verdaderos derechos del hombre y de la sociedad. El matrimonio, la familia, la autoridad, la escuela, la propiedad, la misma libertad, no tienen hoy más garantía que la del catolicismo, porque sólo él tiene la luz, la ley y la gracia, triple fuerza divina capaz de conservar las esencias de estas profundas cosas humanas.

Organícense para ello los ejércitos de la Acción Católica según las direcciones pontificias, y vayan con denuedo a la reconquista de cuanto hemos perdido, recatolizándolo todo, desde el a b c de la escuela de párvulos hasta las instituciones y constituciones que gobiernan los pueblos.

Esto será hacer catolicismo, es verdad, pero hay una relación de igualdad entre catolicismo e hispanidad; sólo que la hispanidad dice catolicismo matizado por la historia que ha fundido en el mismo troquel y ha atado a análogos destinos a España y a las naciones americanas.

Esto, por lo mismo, será hacer hispanidad, porque por esta acción resurgirá lo que España plantó en América, y todo americano podrá decir, con el ecuatoriano Montalvo: "¡España! Lo que hay de puro en nuestra sangre, de noble en nuestro corazón, de claro en nuestro entendimiento, de ti lo tenemos, a ti te lo debemos. El pensar grande, el sentir animoso, el obrar a lo justo, en nosotros son de España, gotas purpurinas son de España. Yo, que adoro a Jesucristo; yo, que hablo la lengua de Castilla; yo, que abrigo las afecciones de mi padre y sigo sus costumbres, ¿cómo haría para aborrecerla?"

Esto será hacer hispanidad, porque será poner sobre todas las cosas de América aquel Dios que acá trajeron los españoles, en cuyo nombre pudo Rubén Darío escribir este cartel de desafío al extranjero que osara desnaturalizar esta tierra bendita: "Tened cuidado: ¡Vive la América española! Y, pues contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios!"

Esto será hacer hispanidad, porque cuando acá reviva el catolicismo, volverán a cuajar a su derredor todas sus virtudes de la raza: "el valor, la justicia, la hidalguía"; y "los mil cachorros sueltos del león español", "las ínclitas razas ubérrimas, sangre de España fecunda", de que hablaba el mismo poeta, sentirán el hervor de la juventud remozada que los empuje a las conquistas que el porvenir tiene reservadas a la raza hispana.

Esto será hacer hispanidad, porque será hacer unidad, y no hay nada, es palabra profunda de San Agustín, que aglutine tan fuerte y profundamente como la religión.

¡Americanos! En este llamamiento a la unidad hispana no veáis ningún conato de penetración espiritual de España en vuestras repúblicas; menos aún la bandera de una confederación política imposible. Unidad espiritual en el catolicismo universal, pero definida en sus límites, como una familia en la ciudad, como una región en la unión nacional, por las características que nos ha impuesto la historia, sin prepotencias ni predominios, para la defensa e incremento de los valores e intereses que nos son comunes.

Seamos fuertes en esta unidad de hispanidad. Podemos serlo más, aún siéndolo igual que en otros tiempos, porque hoy la naturaleza parece haber huido de las naciones. Ninguna de ellas confía en sí misma; todas ellas recelan de todas. Los colosos fundaron su fuerza en la economía, y los pies de barro se deshacen al pasar el agua de los tiempos. Deudas espantosas, millones de obreros parados, el peso de los Estados gravitando sobre los pueblos oprimidos, y, sobre tanto mal, el fantasma de guerras futuras que se presienten y la realidad de las formidables organizaciones nihilistas, sin más espíritu que el negativo de destruir y en la impotencia de edificar.

Cardenal Gomá 1869-1940
El espíritu, el espíritu que ha sido siempre el nervio del mundo; y la hispanidad tiene uno, el mismo espíritu de Dios, que informó a la madre en sus conquistas y a las razas aborígenes de América al ser incorporadas a Dios y a la patria. La patria se ha multiplicado en muchas; no debe dolernos. El espíritu es el que vivifica. El es el que puede hacer de la multiplicidad de naciones la unidad de hispanidad.

La Hostia divina, el signo y el máximo factor de la unidad, ha sido espléndidamente glorificada en esta América. Un día, y con ello termino, una mujer toledana, "La loca del Sacramento", fundaba la cofradía del Santísimo, y no habían pasado cincuenta años del descubrimiento de América cuando esta cofradía, antes de la fundación de la Minerva, en 1540, estaba difundida en las regiones de México y el Perú. Otro día Antonio de Ribera coge de los campos castellanos un retoño de oliva y lo lleva a Lima y lo planta y cuida con mimo, ocurre la procesión del Corpus, y Ribera toma la mitad del tallo para adornar las andas del Santísimo; un caballero lo recoge y lo planta en su huerta, y de allí proceden los inmensos olivares de la región. Es un símbolo: el símbolo de que la devoción al Sacramento ha sido un factor de la unidad espiritual de España y América. 

*Nota: no tenía entonces, pues luego volvió a la fe.
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sábado, 10 de octubre de 2026

LA PAZ AUSENTE

 



El alma bajo el imperio de lo exterior.
Los maestros de la vida interior frente a la gran crisis silenciosa del hombre contemporáneo.

POR ÓSCAR JOSÉ MÉNDEZ OCEGUERA

Pacem relinquo vobis, pacem meam do vobis; non quomodo mundus dat ego do vobis.
Jn 14, 27

INTRODUCCIÓN
La generación que busca respuestas sin encontrar descanso.

Es de noche. En una habitación cualquiera de Europa, apenas iluminado por el resplandor azul de una pantalla, un muchacho escribe lo que nunca ha dicho a nadie. No se lo ha dicho a su padre, que duerme al otro lado de la pared, ni al amigo, ni al sacerdote, ni a Dios. Se lo confía a una máquina, que le responde al instante con frases tersas y una comprensión infatigable, sin cansancio y sin reproche. Hace pocos años la escena habría pertenecido a la novela; hoy pertenece a la estadística. Una encuesta europea encargada por la CNIL francesa y el Groupe VYV, levantada a comienzos de 2026 entre jóvenes de once a veinticinco años, encontró que en Francia casi nueve de cada diez usan ya la inteligencia artificial conversacional y que cerca de la mitad le habla de su vida personal. Y los más ansiosos declaran abrirse ante ella con más facilidad que ante sus allegados o ante quienes tienen por oficio escucharlos.

El dato pide algo más que alarma: pide inteligencia. Encierra una pregunta que desborda la técnica y toca la entraña del hombre. ¿Por qué el hombre contemporáneo busca fuera de sí aquello que durante siglos encontró en Dios, en la oración, en la familia, en la amistad, en el maestro, en el director espiritual y en la propia conciencia? Ninguno de esos nombres está puesto al azar. Cada uno es Dios mismo, o una persona que ama, o esa estancia secreta del alma donde el hombre comparece a solas ante la verdad. La máquina no ha desplazado a uno de ellos. Se ha sentado, a la vez, en todas esas sillas vacías.

La tentación inmediata es responder con la técnica. Unos acusan al instrumento y piden contenerlo; otros lo absuelven y piden perfeccionarlo. Los propios autores del estudio concluyen que el reto consiste, más que en frenar la innovación o en trivializar sus usos, en levantar un marco de confianza. Las dos actitudes parecen opuestas y comparten, sin embargo, el mismo punto ciego: miran el instrumento y nadie mira el alma. El diagnóstico es exacto; el remedio se busca allí donde el mal no habita.

Hay que distinguir entre el signo y la causa. La causa hace que algo sea; el signo, que algo se sepa. La inteligencia artificial no ha producido el vacío que hoy ocupa: lo ha vuelto visible. Nadie busca fuera lo que posee dentro. Si el muchacho entrega su angustia a una máquina, es porque antes no halló, o nadie le enseñó a buscar, el lugar interior donde la angustia se ordena. La máquina llegó a una casa que ya estaba deshabitada. Y es revelador que la misma encuesta registre que los jóvenes siguen apegados a los suyos y esperan con fuerza ser acompañados. La sed permanece intacta. Lo que se ha perdido es el camino del manantial.

Ese manantial tiene un nombre que nuestra época ha olvidado: la vida interior. Y lo que se pierde con ella tiene también un nombre: la paz. He aquí la tesis de estas páginas. La paz es el orden del alma bajo Dios. El hombre contemporáneo la ha perdido porque ha perdido la vida interior, que es el gobierno de sí mismo desde dentro, a la luz de la fe; y la busca en lo exterior, que por su naturaleza misma no puede dársela. La inteligencia artificial no es la causa de esa pérdida. Es su signo más elocuente: el primer interlocutor exterior capaz de imitar la interioridad.

Nuestro Señor Jesucristo dejó dicha, la víspera de su Pasión, la palabra que ilumina todo el problema: «La paz os dejo, mi paz os doy; no como la da el mundo os la doy yo». El mundo da la paz como el mercader entrega su mercancía por encima del mostrador: desde fuera, por añadidura de bienes o por sustracción de molestias, y por eso la da siempre a plazo, con fecha de caducidad. Cristo da su paz, la que le pertenece, y no la entrega desde fuera: la enciende dentro, por la gracia. Todo lo que sigue es el comentario de esta sola distinción. Hay una paz que viene de fuera y nunca termina de llegar, y otra que nace dentro y nadie puede arrebatar.

PRIMERA PARTE
LA NATURALEZA DE LA PAZ
✠
I
La paz que el mundo promete y la paz que Cristo ofrece

NINGUNA época habló tanto de bienestar. La palabra preside los programas de gobierno, las estrategias de las empresas y las aplicaciones que el hombre lleva en el bolsillo. Nunca se ofreció tanto para procurar el sosiego, y nunca fue tan escaso el reposo del alma. La paradoja sólo se disuelve con una definición, porque nadie puede lamentar con justicia la ausencia de lo que no sabe nombrar.

Hay dos maneras de concebir la paz: como un hueco o como una plenitud. La primera la entiende como ausencia de conflicto, de perturbación, de dolor; la segunda, como presencia de un orden. La primera es la idea del bienestar; la segunda, la de la tradición cristiana. Y la primera lleva en sí su condena. Lo que se define por una carencia vive a merced de las circunstancias: basta que la molestia aparezca para que la paz se desvanezca. Una paz así es, por definición, exterior, y por eso precaria. Reducida además a un sentimiento de calma, puede convivir con el desorden más hondo. El salmista se escandalizaba de la pax peccatorum, la serenidad del impío que no teme porque no ve. Y a la inversa, la paz verdadera ha convivido con el tormento: los mártires la conocieron en el suplicio. La paz, pues, es algo más hondo que la falta de problemas y más firme que la sensación de calma.

San Agustín la definió con una exactitud que nadie ha superado: pax omnium rerum tranquillitas ordinis, la paz de todas las cosas es la tranquilidad del orden; y el orden es la disposición que asigna a cada cosa su lugar (De civitate Dei, XIX, 13). En esas pocas palabras cabe una metafísica entera. El orden pone cada cosa en su sitio; la tranquilidad es el reposo estable de ese orden. La paz no es un clima del ánimo: es una arquitectura del ser.
Santo Tomás recoge la definición y la lleva al interior del hombre. La paz, enseña, incluye la concordia, pero la desborda: la concordia une las voluntades de muchos, mientras que la paz supone además la unidad de los deseos dentro de uno mismo (Suma teológica, II-II, q. 29, a. 1). Se puede firmar la concordia con todos y vivir en guerra consigo mismo. ¿Quién obra entonces esa unidad interior? La respuesta del Doctor Angélico tiene la sencillez de las cosas definitivas: la caridad. Al hacer amar a Dios con todo el corazón, la caridad refiere a Él todos los deseos y los congrega en uno. Por eso la paz es obra de la justicia sólo indirectamente, en cuanto aparta los obstáculos, y obra de la caridad de modo directo (a. 3, ad 3). La justicia despeja el camino; la caridad lo recorre.

De ahí que la paz dependa del orden del amor. Virtus est ordo amoris, la virtud es el orden del amor (De civitate Dei, XV, 22). Donde Dios es amado sobre todas las cosas, y todo lo demás en Él, el alma está en su sitio y descansa. Donde el amor se desordena, el alma se parte, y ninguna abundancia exterior alcanza a recomponerla. Santo Tomás añade que la paz consuma el gozo de dos maneras: aquietando lo que perturba desde fuera y sosegando el deseo que fluctúa (I-II, q. 70, a. 3). Esta última expresión retrata con exactitud la dolencia de nuestro tiempo: un deseo que no cesa de oscilar, como la aguja de una brújula que ha perdido su norte.

La tradición distingue todavía una paz natural, que la razón introduce en las pasiones por medio de las virtudes, y una paz sobrenatural, que la caridad obra al ordenar al hombre entero hacia Dios. La gracia no destruye la naturaleza: la perfecciona. Por eso el alma puede padecer en su parte sensible y conservar la paz en su cima, como el mar que se agita en la superficie mientras guarda en lo hondo una quietud que la tormenta no alcanza. Lo que en esa superficie pertenece a la medicina, la gracia no lo desprecia ni lo suplanta; pero tampoco la medicina puede dar lo que sólo la gracia da.

La paz, pues, es una presencia: la del orden del alma, cuyo principio es la caridad. Por eso es participación del orden divino, y por eso sobrepasa todo entendimiento. El mundo la promete como un paréntesis entre dos tormentas; Cristo la ofrece como un orden que las tormentas no deshacen.

II
La vida interior: el continente olvidado

NUNCA supo el hombre tantas cosas, y nunca supo tan poco dónde estaba. La información multiplica los datos; la orientación exige un centro desde el cual juzgarlos. Se puede poseer el inventario completo del mundo y no saber hacia dónde se camina.

Ese centro es lo que la tradición llama vida interior, y conviene limpiarla de sus caricaturas. No es la introspección, que vigila sin descanso los propios estados de ánimo y, lejos de pacificar, inquieta. No es el sentimentalismo religioso, que confunde la devoción con la emoción. Tampoco es una fuga del mundo. La vida interior es la vida del alma con Dios, que habita en ella por la gracia: regnum Dei intra vos est. San Agustín formuló su ley en una línea: «No salgas fuera; vuelve a ti mismo; en el hombre interior habita la verdad» (De vera religione, 39, 72). Y confesó su drama con palabras que parecen escritas para nosotros: «Tú estabas dentro y yo fuera, y allí te buscaba» (Confesiones, X, 27). En esa frase cabe entera la tragedia que estas páginas estudian: Dios dentro, el hombre fuera, y el hombre buscando fuera a Quien lo esperaba dentro.

Dom Romain Banquet, el monje fundador de la abadía de En-Calcat, concibió la vida interior como la irradiación de la fe sobre todas las potencias del alma. La fe reside en la inteligencia, pero su luz no se queda quieta: se difunde como la claridad de una lámpara encendida en el centro de una casa, que alcanza una a una todas las moradas. Ilumina la inteligencia, que aprende a juzgar las cosas por su verdad y no por la impresión que causan. Habita la memoria, que San Agustín recorrió como un palacio hasta descubrir que allí, en sus aposentos más hondos, había encontrado a Dios; la misma memoria que el hombre de hoy ha mudado a depósitos ajenos, exteriorizándola en el sentido más literal. Inflama la voluntad, donde la fe se prolonga en caridad y pone en orden el amor. Y alcanza los afectos, que la razón iluminada gobierna sin tiranía, como el buen príncipe a ciudadanos libres y no como el amo a sus esclavos. La vida interior no sofoca la sensibilidad: la reconcilia con su fin.

Dom Columba Marmion mostró que esta vida no es un esfuerzo moral sobrepuesto a la naturaleza, sino la participación en la vida misma de Cristo por la gracia de la adopción. El cristiano es hijo en el Hijo, y vivir interiormente es dejar que esa filiación lo informe todo: vivo autem iam non ego, vivit vero in me Christus. Por eso el hombre interior es uno. Sus potencias convergen, sus actos brotan de un mismo centro, su acción exterior nace de su vida interior como el río nace de la fuente. El hombre exterior, en cambio, podría llamarse legión, porque son muchos los que tiran de él.

Vivir interiormente es, en suma, vivir desde el centro del alma, donde Dios habita, de modo que la fe ilumine, la caridad ordene y toda acción mane de allí. Ese es el continente olvidado. No ha desaparecido; sigue allí, intacto, aguardando ser habitado. El hombre moderno vive en las costas de sí mismo, como esos pueblos que nunca se atrevieron a internarse en su propia tierra.

SEGUNDA PARTE

EL IMPERIO DE LO EXTERIOR
✠
III
Cuando lo exterior comenzó a gobernar el alma

EL signo de nuestro tiempo es la hipertrofia del movimiento. El hombre se desplaza, responde y consulta sin tregua; la agenda, la notificación y la pantalla le dictan el compás del día. Se mueve mucho, se detiene poco, casi nunca habita.

¿Cómo pierde el gobierno de sí mismo? No por un asalto, sino por una sucesión de concesiones. Lo exterior no es malo: los sentidos son las puertas del alma, y por ellas entra, según el orden de la naturaleza, todo lo que llegamos a conocer. El desorden empieza cuando la puerta se cree dueña de la casa. Lo exterior no conquista el alma por la fuerza. Es el alma la que, una tras otra, le va entregando las llaves.

La primera fue el recogimiento. Recogerse es reunir las potencias dispersas en la unidad de su centro; su contrario es la distracción, que en su raíz latina significa ser arrastrado en direcciones contrarias. Hoy la distracción ha dejado de ser un accidente para volverse un régimen: la atención está fragmentada por diseño. Ahora bien, la atención es el acto por el que la voluntad aplica la inteligencia a su objeto. Quien no gobierna su atención no gobierna lo que conoce, y quien no gobierna lo que conoce ya no elige lo que ama. La dispersión de la mirada es, en el fondo, una dispersión del amor.

La segunda llave fue el activismo. Dom Jean-Baptiste Chautard, abad de Sept-Fons, advirtió en El alma de todo apostolado que la acción que no procede de la vida interior es estéril, por copiosa que parezca, y denunció lo que llamaba la «herejía de las obras»: la persuasión práctica de que la fecundidad se mide por el volumen de la actividad. Chautard pensaba en los apóstoles; hoy esa herejía se ha secularizado y es la moral común del mundo productivo. San Bernardo había dado ya la imagen precisa: sé concha y no canal. El canal deja pasar el agua sin retener una gota; la concha primero se colma, y sólo entonces desborda.

La tercera llave fue la exteriorización permanente. El hombre de nuestro tiempo publica su intimidad, deposita su memoria en archivos ajenos, confía su juicio a sistemas de recomendación y entrega su atención a corrientes que otros trazan. Cada cesión fue pequeña, cómoda, inocente en apariencia. Su suma es una abdicación.

Aquí se comprende el lugar exacto de la inteligencia artificial. No inaugura el proceso: lo corona. Después de haber delegado la memoria, la atención y el juicio, el hombre delega ahora la confidencia y el consejo, que son los actos más íntimos del trato humano. La máquina entra así en el fuero interno, en el aposento reservado a la conciencia y al director de almas. Es la última llave, la del cuarto más secreto. La tendencia era antigua; la técnica sólo le dio su forma consumada.

En el fondo de todo late la ruptura entre la acción y la contemplación. Santo Tomás enseña que lo más perfecto es contemplar y entregar a otros lo contemplado (II-II, q. 188, a. 6): la acción nace del silencio y a él regresa. Cortado ese vínculo, la acción pierde su fin y degenera en agitación, movimiento que ya no va a ninguna parte. La escolástica distinguía los actos humanos, que proceden de la voluntad deliberada, de los meros actos del hombre, que suceden en él sin que él los gobierne. El imperio de lo exterior consiste precisamente en esto: en reducir, día tras día, los actos humanos a actos del hombre. El hombre ya no obra; reacciona. Y quien sólo reacciona ha dejado de ser señor en su propia casa.

IV
La inquietud: la gran enfermedad espiritual

NUNCA el hombre controló tantas cosas, y nunca vivió tan inquieto. Mide sus pasos, su sueño, su gasto y su rendimiento; programa, anticipa, asegura. Y la ansiedad crece al mismo ritmo que el control. La coincidencia no es fortuita, y desentrañarla es tocar el corazón del problema.

San Francisco de Sales dejó sobre esta materia una sentencia que pide ser meditada sin prisa: la inquietud es el mayor mal que puede sobrevenir al alma, exceptuado el pecado (Introducción a la vida devota, IV, 11). Y señaló su origen con pulso de médico: nace de un deseo desordenado de librarse del mal que se padece o de alcanzar el bien que se espera. El desorden no está en desear, sino en el modo de hacerlo, con prisa y con ansia, como si todo pendiera de nosotros. El santo lo ilustró con los pájaros caídos en la red, que al debatirse sin concierto se enredan cada vez más. La inquietud no libra del mal: lo anuda.

Sus rostros son muchos y su raíz es una. La precipitación quiere el fruto antes de su estación; la impaciencia no tolera la demora que Dios permite; el miedo al porvenir pretende habitar hoy lo que aún no existe; la ansiedad por los resultados reclama lo que nunca estuvo en nuestra mano; y el amor propio, el más sutil de todos, se viste de responsabilidad para no soltar lo que pertenece a la Providencia. En cada caso sucede lo mismo: la voluntad pretende ser causa allí donde sólo le toca ser instrumento.

El Padre Ambrosio de Lombez, capuchino del siglo XVIII cuyo Tratado de la paz interior prolonga con fidelidad la escuela salesiana, recuerda una verdad que nuestra época ha olvidado: la inquietud nunca viene de Dios, ni siquiera cuando se presenta con el rostro del celo. La paz no es lujo de almas avanzadas; es la condición ordinaria para que la gracia obre. La Escritura lo había enseñado en el Horeb, cuando Elías esperaba al Señor: no estaba en el huracán, ni en el temblor de la tierra, ni en el fuego, sino en el silbo de una brisa delgada. Non in commotione Dominus.

¿Significa esto que el hombre no debe prever ni velar por los suyos? En modo alguno, y aquí la distinción tomista resulta decisiva. Santo Tomás llama lícita la solicitud que consiste en el cuidado diligente de lo que nos corresponde, y la declara desordenada cuando hace de los bienes temporales un fin, cuando su cuidado aparta de Dios, o cuando teme que falte lo necesario aun después de haber hecho lo debido, que es desconfiar de la Providencia (II-II, q. 55, a. 6). La solicitud trabaja; la ansiedad pretende garantizar. San Francisco de Sales tradujo esta doctrina en una de las imágenes más tiernas de la literatura espiritual: ocuparse de los asuntos como el niño que con una mano se aferra a la de su padre y con la otra va cogiendo moras de los setos.

He ahí por qué la búsqueda del control destruye la paz. Invierte el orden: hace del hombre principio de lo que depende de Dios, cambia la Providencia por la planificación y lanza la voluntad hacia lo que no puede poseer, condenándola a una oscilación sin término, que es exactamente lo contrario del sosiego. Cuanto más se controla, más se percibe lo que escapa al control. La ilusión de la omnipotencia engendra la angustia de la impotencia.

V
Las falsas promesas de paz

EL hombre busca descanso en todo aquello que jamás podrá concedérselo. No le falta empeño; le falta dirección.

Santo Tomás recorrió una por una las promesas del mundo cuando se preguntó en qué consiste la felicidad (I-II, q. 2), y su razonamiento conserva una vigencia que sobrecoge. La paz es el reposo del deseo en el bien que lo sacia. Ningún bien creado sacia el deseo humano, porque la voluntad está hecha a la medida de un bien sin medida, que sólo es Dios. Luego ningún bien creado puede dar la paz.

Basta aplicar el principio a nuestro tiempo para verlo cumplirse. El bienestar promete la paz en el cuerpo y en el placer; pero el placer acompaña al bien poseído sin ser el bien mismo, y quien lo persigue como fin persigue una sombra que retrocede a cada paso. El éxito y el reconocimiento la prometen en el honor; pero Santo Tomás observa con finura que el honor reside en quien lo tributa y no en quien lo recibe, de modo que quien pone su paz en el aplauso la deposita en manos ajenas, y nada hay más voluble que el juicio de los otros. El dinero la promete en la riqueza, que es camino y no morada. La productividad la promete en la eficacia, que es una forma del poder, y el poder es principio de la acción, nunca término del reposo. La hiperconectividad la promete en la multiplicación de los vínculos, y se puede estar unido a todos y desunido por dentro. La inteligencia artificial, última de las promesas, ofrece consejo sin consejero y compañía sin presencia: una paz hecha de respuestas.

La tradición ascética condensó en una línea la condición de todos estos bienes: su adquisición agita, su posesión preocupa, su pérdida aflige. No son malos. Son medios, y se les pide lo que sólo un fin puede dar. San Agustín dio a esta distinción su forma clásica: gozar es adherirse a una cosa por sí misma; usar es servirse de ella para alcanzar lo que se ama (De doctrina christiana, I, 4). El desorden consiste en gozar de lo que se debía usar. Y aquí se revela el verdadero rostro del orden del consumo: la conversión metódica de los medios en fines que se agotan y se reemplazan, un sistema concebido para no saciar nunca, porque vive de que el deseo se renueve. El consumo es, en rigor, una organización de la inquietud.

¿Por qué buscamos fuera la paz que sólo nace dentro? Porque hemos olvidado que existe un dentro, y porque lo exterior se nos ofrece sin término y con todos los recursos de la seducción. Pero la inquietud misma testimonia la verdad que desconoce. «Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti». La inquietud no es un accidente de la condición humana: es el peso del corazón que tiende hacia su lugar. Pondus meum amor meus, mi peso es mi amor; él me lleva adondequiera que voy. El corazón inquieto no se equivoca al buscar. Se equivoca de lugar.

TERCERA PARTE
LA RECONQUISTA DEL ALMA
✠
VI
El combate invisible

LLEGADOS aquí, sería un error, y un error cómodo, concluir que el mal reside en las pantallas o en la máquina. Lo exterior sólo gobierna a un alma que ya se ha desordenado por dentro. Nuestro Señor lo enseñó sin sombra de ambigüedad: es del corazón del hombre de donde salen los malos pensamientos. La verdadera batalla no se libra fuera.

La teología distingue la ocasión de la causa. La ocasión es la circunstancia que favorece el mal; la causa, el principio que lo engendra. Lo exterior es ocasión. La causa late en el corazón y tiene un nombre preciso: el amor desordenado de sí, que Santo Tomás señala como raíz de todo pecado (I-II, q. 77, a. 4). San Agustín leyó con él la historia entera: dos amores fundaron dos ciudades, el amor de sí hasta el desprecio de Dios y el amor de Dios hasta el desprecio de sí.

El Padre Réginald Garrigou-Lagrange mostró, en Las tres edades de la vida interior, que el amor propio no muere con la conversión. Sobrevive en el alma piadosa bajo máscaras cada vez más finas, y cada una de ellas hiere la paz. El orgullo, que es su raíz. La susceptibilidad, que entrega el propio sosiego a la opinión ajena y es, por eso mismo, otra forma del imperio de lo exterior. La curiosidad desordenada, que Santo Tomás distinguía de la estudiosidad virtuosa y que nuestro tiempo ha convertido en industria. La necesidad de tener razón, que prefiere vencer a conocer. El temor, que es desconfianza con apariencia de prudencia. Las pantallas no inventaron ninguno de estos vicios: les levantaron un escenario sin bordes.

El Padre Ambrosio de Lombez señala la virtud en que la paz echa raíz: la humildad. El alma humilde no se turba por sus caídas, porque no esperaba otra cosa de sí misma; se levanta, se confía y prosigue. El Maestro lo había dicho con una dulzura que es también una doctrina: aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. El descanso no se promete al que lo controla todo, sino al manso y al humilde.

El arma de este combate es la mortificación cotidiana, que no destruye la naturaleza: hace morir su desorden. No se trata de austeridades heroicas, sino de las pequeñas renuncias que la vida ofrece a cada hora: callar la réplica, aceptar la contradicción, dejar la curiosidad sin pasto, no justificarse. Así entendida, la mortificación prepara la paz, porque restituye el orden del que la paz es reposo. La reconquista del alma empieza, pues, por dentro. Suprimir la ocasión es prudencia; curar la causa es necesidad.

VII
La escuela de la paz

EL hombre moderno ha aprendido a hacer muchas cosas y ha olvidado aprender a estar con Dios. La palabra aprender es exacta. La paz no se improvisa ni se fabrica con técnicas: se forma, como todo hábito, en una escuela. San Benito llamó al monasterio dominici schola servitii, escuela del servicio divino, y lo que el claustro enseña de modo eminente todo cristiano ha de aprenderlo a su medida. Cada lección de esa escuela es un camino de regreso a casa.

La oración es la primera, porque es el acto por el que el alma, en lugar de reaccionar ante el mundo, se vuelve hacia su principio. La máquina responde; Dios escucha, y al escuchar transforma. San Alfonso María de Ligorio lo dijo sin atenuantes: el que ora se salva, el que no ora se condena. La liturgia educa el alma con un orden que no depende del sentimiento. San Benito quiso que nada se antepusiera a la obra de Dios y que en la salmodia la mente concordara con la voz; Dom Marmion mostró cómo el año litúrgico va configurando la vida del fiel con los misterios de Cristo. Frente a la corriente caótica de lo exterior, la liturgia ofrece un tiempo santificado, un ritmo recibido y no inventado.

La presencia de Dios devuelve la unidad a la jornada entera. Fray Lorenzo de la Resurrección, lego carmelita que pasó buena parte de su vida entre las ollas del convento, decía que el tiempo del trabajo no difería para él del de la oración, y que en el estrépito de la cocina poseía a Dios con la misma tranquilidad que de rodillas ante el Santísimo. Es la respuesta más sencilla al activismo: no dejar de obrar, sino obrar en presencia. El silencio la hace posible. La Regla benedictina se abre con una palabra que es todo un programa, Ausculta, escucha; y el salmista había dicho: Vacate, et videte quoniam ego sum Deus. Un alma que nunca calla no puede oír, y un alma que no oye a Dios acaba oyendo sólo el ruido.

El examen de conciencia y el sacramento de la penitencia devuelven al hombre al tribunal interior, y aquí el signo inicial se ilumina con una luz inesperada. El muchacho que confía a una máquina lo que no dice a nadie conserva, sin saberlo, la necesidad de confesarse. Su gesto es una confesión sin confesor, sin absolución y sin gracia. La Iglesia guarda para esa necesidad algo infinitamente mayor que una respuesta: el perdón. Y en el umbral de la comunión pone en labios del sacerdote el mismo versículo que preside estas páginas: «Señor Jesucristo, que dijiste a tus Apóstoles: la paz os dejo, mi paz os doy; no mires mis pecados, sino la fe de tu Iglesia». La paz de Cristo se implora allí donde se da.

La última lección es el abandono en la Providencia, remedio directo de la inquietud nacida del control. San Alfonso enseña que la perfección del amor consiste en unir nuestra voluntad a la de Dios hasta hacer de las dos una sola. La teología distingue la voluntad divina que se expresa en mandamientos y deberes, a la que se obedece, y la que se manifiesta en los acontecimientos, a la que el alma se entrega. Garrigou-Lagrange mostró que ese abandono no es pasividad, sino la forma más alta de la confianza: hacer con toda diligencia lo que nos toca y dejar en las manos de Dios lo que le toca a Él, sabiendo que a los que aman a Dios todas las cosas les cooperan para el bien.

Una advertencia cierra esta escuela, y sin ella todo lo anterior se malograría. La paz no es el objeto directo de estas lecciones: es su fruto. Quien la busca como un sentimiento que procurarse recae en la lógica del bienestar; quien busca a Dios la recibe por añadidura. Quaerite primum regnum Dei.

VIII
El deber de estado como escuela de paz

SE cree con frecuencia que la paz pertenece al claustro y no al mundo. San Francisco de Sales desmontó ese prejuicio en el tercer capítulo de la Introducción: la devoción ha de vivirse de modo distinto por el caballero, el artesano, el príncipe o la casada, y una devoción que contraría los deberes del propio estado es una devoción falsa. Como la abeja que liba las flores sin herirlas, la verdadera vida interior no estropea ninguna vocación; las lleva todas a su plenitud. La razón es teológica. La perfección cristiana consiste en la caridad, y la caridad no se ejerce en abstracto, sino en los deberes concretos que la Providencia confía a cada uno. El deber de estado es la materia misma de la vida interior.

Así, el abogado halla la paz cuando entrega a su causa toda su diligencia y todo su saber, sabiendo que la sentencia no le pertenece; el juez, cuando oye al pequeño como al grande, libre del miedo al poderoso y del halago a la multitud; el empresario, cuando ordena la ganancia al bien de su casa y de quienes trabajan a su lado; el maestro, cuando entrega lo que antes contempló. El padre y la madre la hallan en una presencia que es la primera escuela de paz que conoce el hombre, y aquí no es posible callar que lo que el muchacho confía de noche a la máquina es, muchas veces, lo que en su casa no encontró quién escuchara. El sacerdote, en fin, sólo puede dar la paz que posee: el Señor mandó a los suyos decir al entrar en cada casa Pax huic domui, y nadie da lo que no tiene.

El Evangelio de Marta y María guarda la clave de todo esto, y conviene leerlo con exactitud. El Señor no reprocha a Marta que sirva. Le reprocha que esté inquieta y turbada por muchas cosas: sollicita es et turbaris erga plurima; porro unum est necessarium. La censura recae sobre la turbación y deja intacto el servicio. La paz no se alcanza huyendo de los deberes, sino cumpliéndolos desde dentro, en el orden de la caridad. Se puede trabajar con las manos de Marta y el corazón de María.

CONCLUSIÓN

La paz ausente y el retorno al orden del alma
VOLVAMOS a la habitación del principio. El muchacho sigue escribiendo, y la máquina sigue respondiendo. Los más ansiosos, decía la encuesta, se abren ante ella con más facilidad que ante nadie. ¿De dónde nace esa facilidad? De que la máquina no mira, no espera, no exige. No pide conversión ni compromete en un vínculo de amor. Esa facilidad, que se presenta como su virtud, es la medida exacta de su insuficiencia.

La máquina responde preguntas. Pero responder una pregunta no es ordenar un alma. La respuesta pertenece al orden de la información; la paz, al orden del amor. Y la paz, según hemos visto, requiere tres cosas: un fin que sacie el deseo, que es Dios; un principio que ordene el amor hacia ese fin, que es la caridad derramada en el corazón por el Espíritu Santo; y el acto libre de la propia voluntad, que nadie puede realizar en lugar de otro. Ningún instrumento puede dar el fin, ni infundir la caridad, ni querer por nadie. Luego ningún instrumento puede dar la paz.

Esta imposibilidad es de principio, y ningún perfeccionamiento futuro la remediará. Una máquina más elocuente, más empática y más segura seguirá estando fuera del alma, y la paz sólo se da dentro. Por eso ningún marco de confianza resuelve la cuestión: la cuestión nunca estuvo en el marco, sino en el alma.

Sólo Dios devuelve el orden al alma, porque sólo Él es su fin y sólo Él puede infundir el amor que la ordena. La restauración de la vida interior es el regreso del hombre a su centro: Redite, praevaricatores, ad cor, volved al corazón, palabra del profeta que San Agustín hizo suya. Es el hombre que vuelve a habitarse. No para encerrarse en sí mismo, sino para encontrar dentro a Aquel que es más íntimo que lo más íntimo suyo y más alto que lo más alto suyo: interior intimo meo et superior summo meo. Y cuando lo encuentra, descubre lo que descubrió Agustín: que Dios había estado siempre allí, esperando. «Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé». La casa deshabitada vuelve a tener dueño, y la lámpara del centro alcanza de nuevo todas las moradas.

En la cumbre de ese orden está la paz de Cristo. Él es el Príncipe de la paz; Él es nuestra paz; y por la sangre de su cruz pacificó todas las cosas. La paz que el alma alcanza aquí por la caridad es la aurora de aquella otra que San Agustín describía como la sociedad perfectamente ordenada y concorde de los que gozan de Dios y unos de otros en Dios. No son dos paces, sino una sola: aquí en camino, allá en su término.

El versículo que preside estas páginas no termina donde lo hemos citado. El Señor añade enseguida: Non turbetur cor vestrum, neque formidet. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Es la palabra que necesita oír el muchacho de la habitación, y con él la generación entera que representa. Ninguna máquina puede pronunciarla con verdad, porque sólo puede decirla Aquel que tiene poder para cumplirla.

✠
Nota. Los datos citados proceden del estudio de Ipsos BVA para el Groupe VYV y la CNIL, aplicado a 3 800 jóvenes de 11 a 25 años en Francia, Alemania, Suecia e Irlanda a comienzos de 2026. Cada capítulo parte de un signo del presente, formula la pregunta que ese signo plantea y la resuelve a la luz de los maestros, con Santo Tomás como Doctor Común.

viernes, 9 de octubre de 2026

LA DISCRECIÓN DEL HOMBRE VERDADERAMENTE RELIGIOSO

 

"Cuanto más religioso es un hombre menos ganas tiene de ostentar su religiosidad, de orar a gritos o de tocar trompetas -e invitar a los periodistas- cuando da limosna. El gran pudor de mostrar lo que hay de mejor en nosotros viene del miedo al manoseo, que lo estropea todo. Cuando un hombre tiene dones extraordinarios tiene un grandísimo deseo de parecer un hombre ordinario; por lo menos en lo religioso."

P. Leonardo Castellani


jueves, 8 de octubre de 2026

EL ADULTERIO, LA FORNICACIÓN, EL DIVORCIO Y LA CASTIDAD SEGÚN LA SAGRADA ESCRITURA



Doctrina católica sobre la castidad, el adulterio, la fornicación y la indisolubilidad del matrimonio, haciendo las precisiones necesarias para que las afirmaciones correspondan exactamente a la Sagrada Escritura.

1. El adulterio

El adulterio consiste en mantener relaciones sexuales con una persona distinta del propio cónyuge cuando existe un matrimonio válido. Es un pecado gravemente contrario a la fidelidad matrimonial y al sexto mandamiento: «No cometerás adulterio» (Éxodo 20,14; Deuteronomio 5,18).

Nuestro Señor Jesucristo confirma la gravedad de este pecado:

«Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola ya cometió adulterio con ella en su corazón.» (Mateo 5,27-28).

Cristo no solamente condena el acto exterior, sino también el consentimiento interior deliberado al deseo impuro.

San Pablo enseña claramente que el adulterio es incompatible con la salvación mientras el pecador permanezca voluntariamente en él:

«¿No sabéis que los injustos no heredarán el Reino de Dios? No os engañéis: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los estafadores heredarán el Reino de Dios.» (1 Corintios 6,9-10).

Y nuevamente:

«Porque tened entendido que ningún fornicario o impuro o avaro —que es un idólatra— tendrá herencia en el Reino de Cristo y de Dios.» (Efesios 5,5).

La Escritura, por tanto, no presenta el adulterio como una falta pequeña o meramente privada. Es un pecado grave que, si se mantiene deliberadamente sin arrepentimiento, excluye del Reino de Dios.

2. La fornicación

La Sagrada Escritura emplea frecuentemente el término fornicación para designar las relaciones sexuales ilícitas fuera del matrimonio.

San Pablo dice:

«La voluntad de Dios es vuestra santificación: que os alejéis de la fornicación; que cada uno de vosotros sepa poseer su cuerpo con santidad y honor, y no dominado por la pasión, como los gentiles que no conocen a Dios.» (1 Tesalonicenses 4,3-5).

Y añade:

«Pues Dios no nos ha llamado a la impureza, sino a la santidad.» (1 Tesalonicenses 4,7).

Por eso, las relaciones sexuales entre personas que no están unidas en matrimonio válido contradicen el orden establecido por Dios. El matrimonio es el ámbito propio de la unión sexual.

San Pablo es absolutamente explícito:

«Huid de la fornicación. Todo pecado que comete el hombre queda fuera de su cuerpo; pero el que fornica peca contra su propio cuerpo. ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? Habéis sido comprados a precio. Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo.» (1 Corintios 6,18-20).

Por eso, el cristiano soltero está llamado a vivir la castidad, no teniendo relaciones sexuales ni consintiendo deliberadamente deseos impuros.

3. La castidad de los solteros

La castidad cristiana no significa solamente abstenerse físicamente de relaciones sexuales. Comprende también ordenar los pensamientos, deseos, miradas, conversaciones y acciones según la voluntad de Dios.

Nuestro Señor Jesucristo enseñó:

«Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola ya cometió adulterio con ella en su corazón.» (Mateo 5,27-28).

San Pablo exhorta:

«Haced morir, pues, lo que hay de terreno en vosotros: fornicación, impureza, pasiones, malos deseos y la codicia, que es una idolatría.» (Colosenses 3,5).

Y también:

«La fornicación y toda clase de impureza o de avaricia, ni siquiera se mencionen entre vosotros, como conviene a los santos; ni palabras deshonestas, ni necedades, ni groserías, que no están bien, sino más bien acciones de gracias.» (Efesios 5,3-4).

El soltero cristiano, por tanto, está llamado a vivir en castidad, guardando el cuerpo y el alma para Dios y evitando deliberadamente aquello que conduce al pecado contra la pureza.

4. El matrimonio y la fidelidad

El matrimonio no es simplemente una relación sentimental. Desde el principio Dios estableció una unión entre el hombre y la mujer caracterizada por su exclusividad y fidelidad.

El Génesis dice:

«Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne.» (Génesis 2,24).

Nuestro Señor Jesucristo utiliza precisamente este texto para enseñar la indisolubilidad matrimonial:

«¿No habéis leído que el Creador, desde el principio, los hizo varón y hembra, y que dijo: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”? De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre.» (Mateo 19,4-6).

Por tanto, el matrimonio exige fidelidad mientras viven los esposos.

5. El divorcio y una nueva unión

La enseñanza de Jesucristo es particularmente clara:

«Todo el que repudia a su mujer y se casa con otra comete adulterio; y el que se casa con una repudiada por su marido comete adulterio.» (Lucas 16,18).

San Marcos transmite igualmente:

«Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquella; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.» (Marcos 10,11-12).

Y San Pablo enseña:

«A los casados les ordeno, no yo sino el Señor: que la mujer no se separe del marido; pero si se separa, que permanezca sin casarse o que se reconcilie con su marido; y que el marido no despida a su mujer.» (1 Corintios 7,10-11).

La separación de los esposos puede darse en determinadas circunstancias, pero la separación no convierte automáticamente en libre para contraer otro matrimonio a quien permanece unido por un matrimonio válido.

Por eso, mientras vive el cónyuge y permanece el vínculo matrimonial válido, una nueva unión sexual o matrimonial constituye adulterio.

San Pablo lo explica mediante la analogía del vínculo matrimonial:

«La mujer casada está ligada por la ley a su marido mientras él vive; pero si muere el marido, queda libre de la ley del marido. Por eso, mientras vive el marido, será llamada adúltera si se une a otro hombre; pero si muere el marido, queda libre de esa ley, de modo que no es adúltera si se une a otro hombre.» (Romanos 7,2-3).

6. «Hasta que la muerte los separe»

La Sagrada Escritura presenta el vínculo matrimonial como permanente durante la vida de los esposos.

San Pablo afirma:

«La mujer casada está ligada por la ley a su marido mientras él vive.» (Romanos 7,2).

Y respecto del matrimonio cristiano:

«El marido no tiene poder sobre su propio cuerpo, sino la mujer; del mismo modo, tampoco la mujer tiene poder sobre su propio cuerpo, sino el marido. No os privéis el uno del otro, sino de común acuerdo, por cierto tiempo, para dedicaros a la oración; y luego volved a estar juntos, para que Satanás no os tiente por vuestra incontinencia.» (1 Corintios 7,4-5).

La fidelidad matrimonial, por tanto, es una obligación seria delante de Dios.

7. ¿Puede un soltero tener relaciones con una persona divorciada?

Aquí es necesario distinguir cuidadosamente las situaciones.

Si una persona divorciada estuvo verdaderamente casada y su matrimonio sigue siendo válido porque el cónyuge vive, el divorcio civil no destruye por sí mismo el vínculo matrimonial ante Dios. Una relación sexual con esa persona constituye una unión ilícita y participa en el adulterio respecto del vínculo existente, además de constituir fornicación por parte de quien no está casado con ella.

La enseñanza de Cristo es precisamente:

«Todo el que repudia a su mujer y se casa con otra comete adulterio, y el que se casa con una mujer repudiada por su marido comete adulterio.» (Lucas 16,18).

Sin embargo, estar simplemente en compañía, hablar o relacionarse SOCIALMENTE con una persona divorciada no es pecado. El pecado se produce cuando existe consentimiento o actuación contraria a la castidad: relaciones sexuales, actos sexuales deliberados o, según el caso, otros actos gravemente desordenados.

8. El matrimonio civil y el matrimonio sacramental

La Sagrada Escritura, en cualquier caso, establece que la unión matrimonial debe respetarse y que no se puede utilizar un divorcio civil como autorización automática para contraer una nueva unión mientras subsiste un matrimonio válido.

Por eso, cuando existe un caso concreto, corresponde determinar canónicamente si existe realmente un vínculo matrimonial válido.

9. La masturbación

La Sagrada Escritura no utiliza expresamente la palabra moderna «masturbación», pero condena la impureza, la lujuria y los actos sexuales realizados fuera del orden querido por Dios.

San Pablo enseña:

«La voluntad de Dios es vuestra santificación: que os alejéis de la fornicación; que cada uno de vosotros sepa poseer su cuerpo con santidad y honor, y no dominado por la pasión, como los gentiles que no conocen a Dios.» (1 Tesalonicenses 4,3-5).

Y:

«Huid de la fornicación.» (1 Corintios 6,18).

También:

«Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios.» (Romanos 8,8).

La doctrina católica considera la masturbación un acto GRAVEMENTE desordenado contra la castidad. Para determinar la culpabilidad mortal subjetiva (objetivamente es pecado mortal) se debe considerar que siempre es materia grave, pero también debe considerarse el pleno conocimiento y el deliberado consentimiento.

10. La pornografía

La pornografía es radicalmente contraria a la dignidad de la persona y a la virtud de la castidad. Aunque la Biblia no emplea el término moderno «pornografía», Nuestro Señor condena incluso la mirada deliberadamente lujuriosa:

«Todo el que mira a una mujer deseándola ya cometió adulterio con ella en su corazón.» (Mateo 5,28).

Job expresa la necesidad de custodiar los ojos:

«Había hecho un pacto con mis ojos: no mirar a una doncella.» (Job 31,1).

Y San Pablo manda:

«La fornicación y toda clase de impureza o de avaricia, ni siquiera se mencionen entre vosotros, como conviene a los santos.» (Efesios 5,3).

También:

«No os engañéis: ni los fornicarios, ni los adúlteros, ni los impuros heredarán el Reino de Dios.» (cf. 1 Corintios 6,9-10; Efesios 5,5).

Por consiguiente, buscar deliberadamente imágenes o videos pornográficos, con consentimiento y conocimiento de su carácter, constituye materia grave contra la castidad.

11. La impureza excluye del Reino de Dios si no hay arrepentimiento

San Pablo repite esta enseñanza con una claridad impresionante:

«¿No sabéis que los injustos no heredarán el Reino de Dios? No os engañéis: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los estafadores heredarán el Reino de Dios.» (1 Corintios 6,9-10).

Y añade inmediatamente algo importantísimo:

«Y esto erais algunos de vosotros. Pero habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios.» (1 Corintios 6,11).

Esto demuestra que la doctrina cristiana no solamente condena el pecado: ofrece también el camino de la conversión, del perdón y de la santificación.

12. La solución: vivir en castidad según el propio estado.

La respuesta cristiana no es buscar excepciones para justificar el pecado, sino vivir según la vocación recibida de Dios.

San Pablo dice:

«Pues esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación.» (1 Tesalonicenses 4,3).

Y:

«Huid de la fornicación.» (1 Corintios 6,18).

Y también:

«El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo.» (1 Corintios 6,13).

El casado debe vivir la fidelidad matrimonial. El soltero debe vivir la continencia y la castidad. El viudo debe vivir también castamente. La persona que se encuentra separada debe respetar el vínculo matrimonial mientras éste subsista (la muerte de un cónyuge lo rompe). Todos están llamados a ordenar su vida conforme a Dios.

13. La lucha interior contra los pensamientos impuros

La castidad también exige luchar contra los malos pensamientos voluntariamente consentidos.

San Pablo enseña:

«Todo lo que es verdadero, todo lo honorable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo digno de estima, todo lo que haya de virtuoso y merecedor de alabanza, tenedlo en cuenta.» (Filipenses 4,8).

Y:

«Haced morir, pues, lo que hay de terreno en vosotros: fornicación, impureza, pasiones, malos deseos y la codicia.» (Colosenses 3,5).

No todo pensamiento involuntario constituye pecado. La tentación no es pecado mientras no sea deliberadamente aceptada. El pecado aparece cuando existe consentimiento voluntario al pensamiento o deseo desordenado.

14. Dios llama a la santidad del cuerpo y del alma

La razón profunda de la castidad cristiana es que el cuerpo humano pertenece a Dios.

San Pablo declara:

«¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? Habéis sido comprados a precio. Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo.» (1 Corintios 6,19-20).

Por eso, la moral sexual cristiana no es simplemente un conjunto de prohibiciones. Es una llamada a reconocer la dignidad del cuerpo humano, la santidad del matrimonio, la fidelidad entre los esposos y la pureza del corazón.

15. Resumen de la enseñanza bíblica

Adulterio: relaciones sexuales con una persona distinta del propio cónyuge cuando existe un matrimonio válido. La Escritura lo condena expresamente: Éxodo 20,14; Levítico 20,10; Mateo 5,27-28; Mateo 19,4-9; Marcos 10,11-12; Lucas 16,18; Romanos 7,2-3; 1 Corintios 6,9-10; Hebreos 13,4.

Fornicación: relaciones sexuales fuera del matrimonio. Textos fundamentales: Hechos 15,20; 1 Corintios 6,18-20; 1 Corintios 10,8; Gálatas 5,19-21; Efesios 5,3-5; Colosenses 3,5-6; 1 Tesalonicenses 4,3-8; Apocalipsis 21,8.

Divorcio y nueva unión: Mateo 5,31-32; Mateo 19,3-9; Marcos 10,2-12; Lucas 16,18; Romanos 7,2-3; 1 Corintios 7,10-11.

Castidad: Génesis 39,7-12; Job 31,1; Mateo 5,27-30; 1 Corintios 6,18-20; 1 Tesalonicenses 4,3-8; Efesios 5,3-5; Colosenses 3,5-6; Filipenses 4,8.

Masturbación e impureza: aunque la masturbación no aparece nombrada literalmente en la Biblia, los principios bíblicos sobre la santidad corporal, la continencia, la pureza y el dominio de las pasiones se encuentran especialmente en Mateo 5,27-30; Romanos 6,12-13; 1 Corintios 6,18-20; Gálatas 5,16-24; 1 Tesalonicenses 4,3-8.

Pornografía y mirada lujuriosa: Mateo 5,27-28; Job 31,1; Salmo 101,3; Filipenses 4,8; Efesios 5,3-5; Colosenses 3,5.

Conclusión: La Sagrada Escritura enseña inequívocamente que el cristiano debe vivir la virtud de la castidad y que el adulterio y la fornicación son pecados graves. Nuestro Señor Jesucristo confirma la santidad y permanencia del matrimonio, y San Pablo advierte que quienes permanecen deliberadamente en la fornicación, el adulterio y la impureza no heredarán el Reino de Dios. Pero la misma Escritura proclama que el pecador puede convertirse: «habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo» (1 Corintios 6,11). Por eso, ante el pecado sexual, el camino cristiano es: arrepentimiento, propósito de enmienda, confesión con el sacerdote, conversión, lucha contra la tentación y vida de castidad según el propio estado.

miércoles, 7 de octubre de 2026

EL ROSARIO Y ALFONSO, REY DE LEÓN Y GALICIA


Según la tradición recogida por san Luis María Grignion de Montfort en El secreto del Rosario, el rey Alfonso llevaba siempre un gran Rosario en el cinturón para motivar a sus cortesanos a rezarlo, aunque él apenas lo practicaba. Considerando que era ésa la voluntad del rey, muchos lo rezaron.

 Cuenta la historia que tras enfermar gravemente y tener una visión del juicio divino, observó que la Virgen intercedió por él pesando en una balanza el ejemplo que dio con su rosario, librándolo de la muerte y del infierno. Tras la visión, se convirtió para rezarlo diariamente, ahora sí, devotamente el resto de su vida y fue un buen cristiano.

De hecho, una edición del Secreto admirable aclara en una nota que donde el texto dice simplemente "Alfonso, rey de León y Galicia, probablemente se trata de Alfonso IX".