martes, 13 de abril de 2021

QUÉ DISPOSICIÓN SE DEBE TENER, Y CÓMO SE DEBE ORAR CUANDO SE DESEA OBTENER ALGUNA COSA – Por Tomás de Kempis


Pide así en toda ocasión:

 “Señor, que se haga esto, así, si es de tu agrado. Señor, que en tu nombre se haga esto, si ha de ser para tu honra. Señor, si ves que esto me conviene, y sabes que me será provechoso, dámelo para hacer uso de ello en tu honor. Pero quítame este deseo, si conoces que lo que quiero no me ayudará a salvarme, y sí me dañará.”

  Porque no todos los deseos vienen del Espíritu Santo, aunque le parezcan al hombre razonables y buenos.

  Difícil es discernir con certeza si es el espíritu bueno o un espíritu extraño quien te impele a desear las cosas; o si quien te mueve es tu propio espíritu.

  Muchos se engañaron al fin, los cuáles al principio parecían guiados del espíritu bueno.

  Por eso, con temor de Dios y humildad de corazón se debe desear y pedir lo que se presente a la voluntad como deseable; y más que todo, se me deben encomendar todas las cosas, renunciando a la voluntad propia, orando de esta manera:

  “Señor, que se haga esto, así, si es de tu agrado. Señor, que en tu nombre se haga esto, si ha de ser para tu honra. Señor, si ves que esto me conviene, y sabes que me será provechoso, dámelo para hacer uso de ello en tu honor. Pero quítame este deseo, si conoces que lo que quiero no me ayudará a salvarme, y sí me dañará.

  Señor, tú sabes cuál de estas dos cosas es la mejor. Hágase la una o la otra, como tú quieras. Dame lo que sabes que es lo mejor, lo que más te agrade y sea para tu mayor honra. Ponme donde quieras, y en todo haz de mí lo que quieras. Estoy en tus manos: dame vueltas y revueltas como quieras. Soy tu siervo, y estoy dispuesto a todo. No quiero vivir para mí, sino para ti. ¡Ojalá viva con la santidad que debo!

  Concédeme, Jesús misericordioso, que me visite tu gracia, conmigo coopere y hasta morir me acompañe.

  Concédeme querer siempre y desear siempre lo que más te agrade, lo que más conforme sea con tu voluntad.

  Que tu voluntad sea la mía, que siempre siga la tuya, y con ella se conforme perfectamente. Que tu querer y no querer sean también mí querer y no querer. Que yo no pueda querer o no querer sino lo que tú quieras o no quieras. Concédeme morir a todo lo del mundo y amar por ti los desprecios y la obscuridad en esta vida.

  Concédeme descansar en ti sobre todo bien, y hallar la paz de mi corazón en ti.

  Porque tú eres la paz verdadera del corazón y su único descanso. Fuera de ti, todo es inquietud y amargura. 

  En esta paz, esto es, en ti, Bien sumo y eterno, descansaré y dormiré para siempre. Así sea."

“LA IMITACIÓN DE CRISTO”.

lunes, 12 de abril de 2021

LUCHÓ POR LEGALIZAR EL ABORTO EN ARGENTINA, SE PRACTICÓ UNO Y MURIÓ

María del Valle González fue presidente de la Juventud Radical de La Paz y murió este domingo después de habérsele suministrado una pastilla, para eliminar la vida de su hijo no nato, en un hospital de Mendoza. 

 El lema era, "Aborto legal, gratuito y seguro" pero de eso solo va quedando lo de "legal" porque "seguro" nunca lo será. Como tampoco son "gratuitos" ya que se costean con los impuestos de todos los ciudadanos.

 Lamentamos tanto la muerte del hijo como la de la madre. El crimen de la indu$tria del aborto nunca debe ser una opción. Detengamos este genocidio. 

jueves, 8 de abril de 2021

IMPULSAN REFORMA PARA DESPENALIZAR EL CRIMEN DEL ABORTO EN TODO MÉXICO, AÚN DESPUÉS DE 12 SEMANAS


Aprovechando que son mayoría y ante el temor de perder ésta las próximas elecciones, diputadas de Morena y el PT, a las que se sumaron otras del PRI y sin partido, impulsan una reforma para despenalizar el crimen del aborto en todo el país, aun cuando se practique el asesinato de no natos después de las 12 semanas de gestación.

 La iniciativa presentada busca reformar los Códigos Penal Federal y Nacional de Procedimientos Penales.

  Sólo unos días antes, la Iglesia Católica en México, a través de la editorial de su publicación semanal Desde la Fe, advirtió que la vida debe estar por encima de las ideologías y reclamó que en el país haya cada vez más intentos por pasar legislaciones para la despenalización del aborto y de la muerte dizque "digna".

  “En México vemos cada vez más intentos legislativos por aprobar reformas de ley que atentan contra la vida, en una agenda legislativa cargada de ideología y lejana de los Derechos Humanos, la Iglesia camina y seguirá caminando en la misma ruta que ha seguido durante dos mil años: proclamar y defender los Derechos de todo ser humano, la igualdad de todos los seres humanos en derechos”.

  Advirtió que "cada vez más" se impulsa tanto la eutanasia como el aborto y que en el segundo caso se decide sobre la vida humana según los planes o la circunstancia social, mientras que en el caso del suicidio asistido o muerte "digna", criticó, es necesario no eliminar al doliente sino el dolor.

  "Ante ello, el aborto se impulsa cada vez más, como un supuesto derecho a decidir; ¿Decidir qué? Decidir sobre la vida del ser humano que se está formando en el vientre materno: vive o muere, según sean los planes de vida o la circunstancia social.

  "La eutanasia se presenta como un alivio; ¿Un alivio para quién? ¿Para el enfermo o para la familia que tiene la responsabilidad de cuidarle? Bien se dice que cuando se ayuda a un enfermo a sentir menos dolor, lo menos en lo que piensa es en morir. Hay que eliminar el dolor, no al doliente", señala el documento.

  Es fundamental que la sociedad rápidamente reaccione, firme y vigorosamente, ante la criminal intentona de Morena y secuaces por "legalizar" el crimen contra mexicanos no natos.  

  México debe defender la vida de todos sus hijos contra estos apátridas que se someten a los intereses internacionales de la indu$tria del aborto.

Fuentes: Desde la Fe, El Universal y Catolicidad. 

sábado, 3 de abril de 2021

SÁBADO SANTO

Durante el Sábado santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y su muerte, su descenso a los infiernos y esperando en oración y ayuno -que no obliga- su resurrección.


Es el día del silencio: la comunidad cristiana vela junto al sepulcro. Callan las campanas y los instrumentos. Es día para profundizar. Para contemplar. El altar está despojado. El sagrario, abierto y vacío.

La Cruz sigue entronizada desde ayer. Dios ha muerto. Ha querido vencer con su propio dolor el mal de la humanidad.

Es el día de la ausencia. El Esposo nos ha sido arrebatado. Día de dolor, de reposo, de esperanza, de soledad. El mismo Cristo está callado. Él, que es el Verbo, la Palabra, está callado. Después de su último grito de la cruz "¿por qué me has abandonado"?- ahora él calla en el sepulcro.Descansa: "consummatum est", "todo se ha cumplido".

Pero este silencio se puede llamar plenitud de la palabra. El anonadamiento, es elocuente. "Fulget crucis mysterium": "resplandece el misterio de la Cruz."

El Sábado es el día en que experimentamos el vacío. Si la fe, ungida de esperanza, no viera el horizonte último de esta realidad, caeríamos en el desaliento: "nosotros esperábamos... ", decían los discípulos de Emaús.

Es un día de meditación y silencio. Algo parecido a la escena que nos describe el libro de Job, cuando los amigos que fueron a visitarlo, al ver su estado, se quedaron mudos, atónitos ante su inmenso dolor: "se sentaron en el suelo junto a él, durante siete días y siete noches. Y ninguno le dijo una palabra, porque veían que el dolor era muy grande" (Job. 2, 13).
Eso sí, no es un día vacío en el que "no pasa nada". Ni un duplicado del Viernes. La gran lección es ésta: Cristo está en el sepulcro, ha bajado al lugar de los muertos, a lo más profundo a donde puede bajar una persona. Y junto a Él, como su Madre María, está la Iglesia, la esposa. Callada, como Él.

El Sábado está en el corazón mismo del Triduo Pascual. Entre la muerte del Viernes y la resurrección del Domingo nos detenemos en el sepulcro. Un día puente, pero con personalidad. Son tres aspectos - no tanto momentos cronológicos - de un mismo y único misterio, el misterio de la Pascua de Jesús: muerto, sepultado, resucitado:

"...se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo...se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, es decir conociese el estado de muerte, el estado de separación entre su alma y su cuerpo, durante el tiempo comprendido entre el momento en que Él expiró en la cruz y el momento en que resucitó. Este estado de Cristo muerto es el misterio del sepulcro y del descenso a los infiernos. Es el misterio del Sábado Santo en el que Cristo depositado en la tumba manifiesta el gran reposo sabático de Dios después de realizar la salvación de los hombres, que establece en la paz al universo entero".

Vigilia Pascual

La celebración es el sábado por la noche, es una Vigilia en honor del Señor, según una antiquísima tradición (Ex. 12, 42), de manera que los fieles, siguiendo la exhortación del Evangelio (Lc. 12, 35 ss), tengan encendidas las lámparas como los que aguardan a su Señor cuando vuelva, para que, al llegar, los encuentre en vela y los haga sentar a su mesa.

Dicha celebración tiene tres partes importantes que terminan con la celebración del Santo Sacrificio de la Misa:

1. Celebración del fuego nuevo.
2. Liturgia de la Palabra.
3. Liturgia Bautismal.

Era costumbre, durante los primeros siglos de la Iglesia, bautizar por la noche del Sábado Santo, a los que querían ser cristianos. Ellos se preparaban durante los cuarenta días de Cuaresma y acompañados por sus padrinos, ese día se presentaban para recibir el Bautismo.

También, ese día los que hacían penitencia pública por sus faltas y pecados eran admitidos como miembros de la asamblea.

Actualmente, la Vigilia Pascual conserva ese sentido y nos permite renovar nuestras promesas bautismales y acercarnos a la Iglesia con un espíritu renovado.

a) Celebración del fuego nuevo:

Al iniciar la celebración, el sacerdote apaga todas las luces de la Iglesia, enciende un fuego nuevo y con el que prende el cirio pascual, que representa a Jesús. Sobre el cirio, marca el año y las letras griegas "Alfa" y "Omega", que significan que Jesús es el principio y el fin del tiempo y que este año le pertenece.

El sacerdote llevará a cabo la bendición del fuego. Luego de la procesión, en la que se van encendiendo las velas y las luces de la Iglesia, el sacerdote canta el Pregón Pascual.

El Pregón Pascual es un poema muy antiguo (escrito alrededor del año 300) que proclama a Jesús como el fuego nuevo.

b) Liturgia de la Palabra:

Después de la Celebración del fuego nuevo, se sigue con la lectura de la Palabra de Dios. Se acostumbra leer siete lecturas, empezando con la Creación hasta llegar a la Resurrección.

Una las lecturas más importantes es la del libro del Éxodo, en la que se relata el paso por el Mar Rojo, cómo Dios salvó a los israelitas de las tropas egipcias que los perseguían. Se recuerda que esta noche Dios nos salva por Jesús.

c) Liturgia Bautismal:

Suelen haber bautizos este día, pero aunque no los haya, se bendice la Pila bautismal o un recipiente que la represente y se recita la Letanía de los Santos. Esta letanía nos recuerda la comunión de intercesión que existe entre toda la familia de Dios. Las letanías nos permiten unirnos a la oración de toda la Iglesia en la tierra y la Iglesia triunfante, de los ángeles y santos del Cielo.

El agua bendita es el símbolo que nos recuerda nuestro Bautismo. Es un símbolo que nos recuerda que con el agua del bautismo pasamos a formar parte de la familia de Dios.

A todos los que ya estamos bautizados, esta liturgia nos invita a renovar nuestras promesas y compromisos bautismales: renunciar a Satanás, a sus seducciones y a sus obras. También, de confirmar nuestra entrega a Jesucristo. Se reza la segunda parte de las letanías. Se inicia la Misa de la Noche de Pascua.

Sugerencias para vivir la fiesta

Hay quienes acostumbran este día encender sus velas del bautismo y llevar un cirio pascual a la iglesia o agua bendita, para tener en sus hogares.


Fuentes: Catholic.net, Aciprensa y CATOLICIDAD
Temas relacionados con esta fecha (haz click): 1) ESTE SÁBADO SANTO PIDAMOS A DIOS SABIDURÍA  2) SÁBADO SANTO: LA IGLESIA MEDITA JUNTO AL SEPULCRO DE JESÚS
Otros temas recomendados: los mismos del Viernes 

viernes, 2 de abril de 2021

VIERNES SANTO. LA CRUCIFIXIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO


Es la hora sexta (mediodía), en la cumbre del Monte Calvario. 

 La meseta de rocas sobre la cual debía de ejecutarse la crucifixión, dista trescientos metros de la Puerta Judiciaria. En hebreo se la llama Gólgota, esto significa, Calvario o sitio del Cráneo. Este nombre fuéle dado a este lugar, según las más antiguas y piadosas tradiciones, perpetuando así un gran recuerdo.  

  Más de cuatro mil años antes de la venida de Nuestro Señor Jesucristo al mundo, un hombre agobiado bajo el peso de los años y principalmente de los sufrimientos, expiraba en este mismo monte solitario; era Adán, padre del género humano. Desterrado por Dios de los Jardínes del Edén, había vivido más de nueve siglos en las lágrimas y la penitencia. Habíale sido preciso comer el pan de sus días con el sudor de su frente, sufrir las torturas de las enfermedades, apagar a fuerza de austeridades el fuego de las pasiones que ardía en su cuerpo, llorar por hijos culpables que se mataban en luchas fratricidas y oír en su alma la voz justiciera de Dios ofendido: – "¡Adán, Adán, morirás de muerte porque has pecado!" Esto no obstante, jamás vino la desesperación a turbar el alma del pobre desterrado del Edén. En sus momentos de congoja y tedio recordaba que, al arrojarlo del Paraíso, Dios le había prometido que uno de sus descendientes lo salvaría y con él, a toda su raza. Fue por esta gran promesa que, durante los largos siglos de su existencia, no cesó Adán de inculcar a sus hijos la esperanza de un futuro Redentor. Adán repitió ahora su desafío vuelto ruego. Sentía que Dios no lo rechazaba, reconocía las señas augusta de la Adoración. Habiendo sido él la obra perfecta y lujosa salida de las manos de Dios ahora rota, sabía que no se podía hacer nada igual, y no sabía como era posible hacer algo mejor; pero sabía también que la serpiente infernal debía ser vencida. Recogió todos los dolores que había sufrido y los que había visto sufrir; y con inmenso esfuerzo los puso sobre su cabeza y se ofreció con ellos a Dios. Extendió a lo largo sobre la tierra los dos brazos en forma de ruego, juntó sus pies... gimió. Recorriendo todo el tiempo futuro, se ofreció al Omnipotente con todas las penas de la humanidad, varón de dolores, sabedor de lo que es la enfermedad. Como la noche inmensa llena de estrellas, como la calma augusta y amarga del mar, como una montaña humeante, inmovil en su ancho solio, el Primer Hombre hablaba con Dios; y sus hijos oían solamente sus sollozos en la obscuridad. Y por fin, cuando vió levantarse ante sí al espectro terrible de la muerte, adoró la justicia de Dios, y sus sollozos se torcieron en un único estertor; luego se hizo un gran silencio, y el patriarca Adán durmióse apaciblemente saludando por la última vez al Libertador que había de venir a rescatarle a él y a sus hijos de la tiranía de Satanás y abrirles las puertas del Cielo cerradas por su pecado.  

  Sus hijos recogieron el cuerpo del que nunca había nacido, sino simplemente sido, y lo soterraron en los flancos de la montaña, y abriendo una profunda cavidad en la roca que domina la cumbre del monte depositaron en ella su cabeza venerable, conforme a su voluntad, en el lugar por él designado; en el mismo lugar en el que algún día otro Ser debía derramar su Sangre por Adán y por todos los nacidos.    

 Esta roca fue llamada Gólgota o Calvario, sitio bajo la cual reposa el cráneo de Adán. Aquí fue precisamente, sobre esta misma roca donde los verdugos y sayones plantaron la cruz después de haber crucificado en ella al Cristo.    

  Y asimismo, como Adán simboliza el árbol del orgullo y la voluptuosidad que perdió a la humanidad; Jesucristo, el nuevo Adán, luego de subir penosamente la cumbre del Monte Calvario llevando sobre su hombro el Sacrosanto Lábaro de nuestra Salvación, el pesado madero de la Cruz, símbolo hasta ese entonces de la ignominia del escarnio y del martirio, fue crucificado sobre la roca debajo de la cual yacía el cráneo de Adán con el fin salvífico de lavar con su Sangre Divina y Redentora de la expiación el cráneo del viejo pecador que infectó en su fuente a todas las generaciones humanas.    

   La tradición relativa al cráneo de Adán, muy anterior a Jesucristo, se encuentra en los escritos de casi todos los Padres, en particular de Tertuliano, Orígenes, san Epifanio, san Basilio, san Juan Crisóstomo, san Ambrosio, san Agustín. San Jerónimo la refiere en una carta a Marcela.     

  San Epifanio afirma que ella nos ha sido transmitida, no sólo por la voz de las generaciones, sino por monumentos de la antigüedad, librorum monumentis. Cornelio a Lápide, la llama una tradición común en la Iglesia.     

  Por lo demás, se la encuentra viva en Jerusalén en la basílica del Santo Sepulcro. Debajo de la capilla de la Plantación de la Cruz, se encuentra la capilla o la Tumba de Adán. La sangre de Cristo, filtrándose por la grieta de la roca, ha podido mezclarse con el polvo del primer hombre.     

  Con el fin de recordar esta conmovedora tradición, se coloca en los crucifijos una cabeza de muerto a los pies de Jesús: es el cráneo de Adán bajo la cruz, como en el Gólgota.    

  Cuando un condenado a muerte llegaba al Gólgota, era costumbre presentarle una bebida generosa para saciar su sed y reanimar sus fuerzas. Mujeres caritativas se encargaban de prepararla y los verdugos la ofrecían a los criminales antes de la ejecución. Entregóse pues, a los soldados una pócima compuesta de vino y mirra; pero el paciente la tocó ligeramente con la extremidad de los labios como para saborear su amargura y rehusó beberla a pesar de la ardiente sed.    

  A la hora de sexta comenzó la sangrienta ejecución, los cuatro verdugos despojaron a Jesús de sus vestidos, como su túnica estaba completamente, adherida a su cuerpo desgarrado, arrancáronsela con tanta violencia, que todas las llagas se abrieron nuevamente y el Salvador apareció cubierto de una púrpura verdaderamente real, la púrpura de su propia sangre. Los verdugos le tendieron sobre la cruz para enclavarlo en ella. Hízose entonces un profundo silencio: con los ojos fijos en el paciente, cada uno quería oir sus gritos y saciarse en sus dolores. Un brazo fue luego extendido sobre el travesaño de la cruz. Mientras los demás verdugos mantenían el Cuerpo sujeto, uno de ellos colocó sobre la mano un enorme clavo y descargando recios golpes de martillo, lo hundió completamente en las carnes y madero hasta atravesarlos. La sangre brotó abundante, los nervios se contrajeron; Jesús con los ojos anegados en lágrimas, lanzó un profundo suspiro. Un segundo clavo atravesó la otra mano.     

  Fijos ya los brazos, los verdugos hubieron de emplear todas sus fuerzas para extender sobre la cruz el cuerpo horriblemente dislocado; pronto resonaron nuevos martillazos y los dos pies fueron a su vez clavados. Estos golpes arrancaban a Jesús, suspiros; a María y a las santas mujeres, sollozos; a los judíos, aullidos feroces.     

 Concluida la crucifixión, los verdugos procedieron a levantar en alto el patíbulo y ponerlo vertical. Mientras unos lo sostenían por los brazos, otros aproximaban su base, a la cavidad abierta en la roca sobre, la cima del Calvario. La cruz fue allí plantada y al efectuarlo, prodújose un sacudimiento tal en todos los miembros del crucificado, que sus huesos chocaron unos contra otros, las llagas de los clavos se ensancharon y la sangre corrió por todo el cuerpo. Se inclinó su cabeza; sus labios entreabiertos dejaron ver su lengua seca; sus ojos moribundos se empañaron con denso velo. Cuando apareció así entre el cielo y la tierra, un clamor salvaje se levantó de todas partes: era el pueblo que lanzaba maldiciones al crucificado, como estaba escrito : «¡Maldito sea el criminal suspendido en la cruz!» Los dos ladrones crucificados con él, fueron colocados, uno a su derecha y otro a su izquierda, a fin de que se cumpliera otra profecía: «Ha sido asimilado a los más viles malhechores».     

  Mientras que el populacho insultaba a los reos, los cuatro verdugos, fatigados por su trabajo, se sentaron al pie de la cruz del Salvador para repartirse sus vestidos como la ley se los permitía. Dividiéronlos en cuatro partes para tener cada uno la suya; pero siendo la túnica inconsútil o sin costura, resolvieron, por propio interés dejarla intacta y que la suerte decidiera a cuál de ellos pertenecería. Ignoraban que con esto daban a la letra cumplimiento a las palabras que un profeta pone en boca del Mesías: «Repartiéronse mis vestidos y sobre mi túnica, echaron suertes». Los jefes del Sanhedrín versados en las Escrituras, habrían debido recordar los divinos oráculos al verlos cumplirse a sus propios ojos; pero el gozo del odio satisfecho, ahogaba en ellos todo recuerdo y todo humano sentimiento.     

  Un incidente bastante extraño vino a perturbar aquella criminal alegría. Vióse de improviso que los soldados colocaban en lo alto de la cruz un rótulo dictado por el mismo Pilatos en estos términos: «Jesús de Nazaret, rey de los Judíos». En cuatro palabras, esta inscripción contenía una injuria sangrienta dirigida a los fariseos. Para vengarse de aquel pueblo que lo había obligado a condenar a un inocente, el gobernador hacía pregonar que el criminal juzgado por ellos digno del suplicio de los esclavos, era nada menos que su rey. Y a fin de que todos los extranjeros que invadían entonces Jerusalén pudieran, saborear la amarga ironía, leíase dicha inscripción en tres idiomas diferentes: hebreo, griego y latín.   

   Encolerizados a la vista de aquel rótulo, los jefes del pueblo despacharon un mensajero; a Pilatos para manifestarle el ultraje que se hacía a la nación y pedirle que modificara la inscripción en esta forma: «Jesús de Nazaret, quien se llama rey de los judíos». Pero Pilatos respondió bruscamente: «Lo escrito, escrito está».     

  En esta circunstancia, Pilatos profetizó como antes lo había hecho Caifás. Este declaró que un hombre debía morir por todo el pueblo y Pilatos proclama en todas las lenguas del mundo que este hombre, este Redentor, este Mesías, este Rey que debe dominar a todos los pueblos, Judíos, Griegos y Romanos, es el Crucificado del Gólgota.    

  La mala voluntad de Pilatos exasperó a los judíos. No pudiendo quitar aquel cartel que daba a Jesús el título de rey, resolvieron convertirlo en nuevo motivo de escarnio y de blasfemia. Los sacerdotes y escribas daban el ejemplo. «Ha salvado a otros!, decían burlándose, ¡que se salve a sí mismo! ¡Que este Mesías, que este rey de Israel descienda de la cruz y entonces creeremos en él! Llamábase Dios y se proclamaba el Hijo de Dios ¡que venga Dios a librarlo!».    

  El pueblo, alentado con las blasfemias de sus jefes, las repetía agregando groseros insultos. Pasaban y volvían a pasar frente a la cruz grupos enfurecidos y clamaban moviendo la cabeza: «Tú que destruyes el templo y lo reedificas en tres días, baja de la cruz y sálvate, si puedes. Si eres el Hijo de Dios, desciende de la cruz».    

 Los mismos que, de ordinario, ejecutan su consigna en silencio, acabaron por tomar parte en este desbordamiento de injurias. Acercándose al Crucificado, ofrecíanle vinagre para refrigerarlo y le decían: ¡Si eres el rey de los judíos, sálvate, pues!     

 No era, por cierto, bajando de la cruz cómo el Hijo de Dios debía consolidar su reino, sino muriendo en ella para cumplir su misión de Redentor y de Salvador. Por esta razón, al oir aquellas provocaciones sacrílegas, sólo experimentó un sentimiento más vivo de amor. Sus ojos inundados en lágrimas se detuvieron un momento sobre aquellos judíos delirantes y por primera vez desde su llegada al Calvario, salió de sus labios una palabra: «Padre mío, perdónalos, porque no saben lo que hacen». No solamente pedía gracia para aquellos grandes culpables, sino que disculpaba, por decirlo así, sus crímenes y blasfemias atribuyéndolos a ignorancia. En efecto, ignoraban su divinidad, lo que hacía en parte menos criminal esa horda de deicidas.     
Excitado por las irrisiones e insultos que la multitud lanzaba contra Jesús, uno de los ladrones crucificados a su lado, volvió la cabeza hacia él y comenzó a su vez a blasfemar. «Tienen razón, exclamó; si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y sálvanos también a nosotros». Mas su compañero, tranquilo y resignado, le reprochó su conducta: ¿No temes a Dios?, preguntóle indignado. ¿Por qué dirigir semejantes imprecaciones contra un hombre condenado como tú? Nosotros, sí somos justamente castigados; pero él ¿qué crimen ha cometido?     

 Pronunciando estas palabras, el ladrón sintió que una gran transformación se operaba en su alma. Bajo la acción de una luz interior, abriéronse sus ojos y comprendió que Jesús era el Hijo de Dios que moría por la redención del género humano. El arrepentimiento, pero un arrepentimiento lleno de amor, penetró en su corazón e hizo subir las lágrimas a sus ojos. «Señor, dijo a Jesús, acuérdate de mí cuando entres a tu reino». Y en el acto oyó esta respuesta de la infinita misericordia: «Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso», es decir, en el seno de Abraham donde los justos esperaban a Aquel que debía abrirles las puertas del cielo.     

Mientras que los príncipes de los sacerdotes, los doctores, los soldados y el populacho se burlaban de la dignidad real de Jesús y se deleitaban en sus dolores, un nuevo espectáculo vino de repente a infundir el espanto entre aquellos deicidas. Hacia el medio día, cuando el sol brillaba en todo su esplendor, el cielo hasta entonces claro y sereno, comenzó a ponerse sombrío y amenazante. Nubes, cada vez más espesas, cubrieron el disco del sol y poco a poco las tinieblas se esparcieron por el Gólgota, por la ciudad de Jerusalén y por toda la tierra. Era la noche misteriosa profetizada por Amós: «En aquel día, el sol se apagará en la mitad de su carrera, y las tinieblas invadirán el mundo en medio de la más viva luz».     

 De estas tinieblas predichas por el profeta Amós (VlIL, 9) y atestiguadas por los evangelistas, hacen mención los historiadores profanos. Thallus, liberto de Tiberio, dice que en su época, «una horrible obscuridad cubrió el universo entero. Phlegón, liberto de Adriano, escribía cien años después «que hubo en esa época un eclipse de sol tan completo, como nadie lo vió semejante. Ahora bien, encontrándose la luna en su plenilunio, un eclipse de sol era imposible. Después de haber dicho que el sol se oscureció en la mitad de su carrera, Tertuliano (Apologista) añade: «Tenéis en vuestros archivos el relato de este suceso». Un mártir, San Luciano, hablaba al juez de la divinidad de Jesucristo: «Os cito por testigo al sol mismo que, al ver el crimen de los deicidas, ocultó su luz en la mitad del día. Registrad vuestros anales y encontraréis que en tiempo de Pilatos, mientras el Cristo sufría, el sol desapareció y el día fué interrumpido por las tinieblas». Tinieblas evidentemente milagrosas: a la vista de este fenómeno inexplicable, Dionisio el apologista del Areópago, exclamó: ¡O la divinidad padece, o la máquina del universo perece!     

 De esta manera respondía Dios a las provocaciones de los judíos: el sol se ocultaba para no ver su crimen; la naturaleza toda se cubría con fúnebre velo para llorar la muerte del Creador.     

 Al instante mismo, callaron los blasfemos, helados de pavor: un silencio de muerte reinó en el Calvario. La multitud, desatinada, huyó temblando; los mismos jefes del pueblo, creyendo ver en todo aquello los signos de la venganza divina, desaparecieron unos en pos de otros. Sólo quedaron en el monte los soldados encargados de la guarda de los ajusticiados, el centurión que los mandaba, algunos grupos aislados que deploraban de corazón el gran crimen cometido por la nación, Juan y las santas mujeres que acompañaban a la Virgen María. Apartadas éstas hasta entonces por los soldados, pudieron ya acercarse a la cruz. A la tenue luz del cielo enlutado, se veía el cuerpo lívido de Jesús y su rostro contraído por el dolor. Sus ojos estaban fijos en el cielo: sus labios entreabiertos murmuraban una oración. Cerca de María, Madre de Jesús, se encontraban Juan el discípulo amado, María de Cleofás y Salomé esposa del Zebedeo. María Magdalena, abismada en su dolor, se había arrojado al pie de la cruz y a ella se mantenía abrazada derramando un torrente de lágrimas. Jesús inclinó su mirada divina sobre estos privilegiados de su corazón. Sus ojos se encontraron con los de su Madre que le miraban sin cesar y en ellos vió su martirio interior y cómo la espada de dolor profetizada por el anciano del templo, penetraba hasta lo más íntimo de su alma. Juzgóla digna de cooperar a la obra de la Redención, así como había cooperado al misterio de su Encarnación y no contento con darse a sí mismo, llevó la bondad al extremo de darnos su Madre. Lloraba Juan al pie de la cruz. Lloraba a su buen Maestro y aunque no le faltaban todavía sus padres, se creía huérfano sin Jesús, el Dios de su corazón. Jesús no pudo ver sin enternecerse las lágrimas del apóstol mezcladas a las lágrimas de María. Dirigiéndose a la divina Virgen, le dice: «Mujer, he ahí a tu hijo». Este hijo que María daba a luz en medio de sus lágrimas, representaba a la humanidad entera rescatada por la sangre divina. Jesús lo entregaba a la nueva Eva, encargándole comunicar la vida a todos aquellos a quienes la primera había dado la muerte y desde entonces María sintió dilatarse su corazón y llenarse del amor más misericordioso para todos los hijos de los hombres.     

 Jesús se dirige entonces a Juan y mostrándole con los ojos a la Virgen desolada, le dice: Hijo, he ahí a tu Madre». Y desde aquel día Juan la amó y la sirvió como a su propia madre. También desde ese día, todos aquellos que Jesús ha iluminado con su gracia, han comprendido que para ser verdaderos miembros de Jesús crucificado, es necesario nacer de esta Madre espiritual creada por el Salvador en el Calvario.     
 Después de este don supremo de su amor, pareció Jesús aislarse de la tierra. Se hizo en torno suyo un silencio aterrador que se prolongó por tres horas. Los guardias, espantados, iban y venían entre las tinieblas sin decir, palabra. El centurión, inmóvil delante de la cruz, parecía querer penetrar hasta el fondo del alma de este singular ajusticiado, con los ojos fijos en el cielo, Jesús oraba a su Padre, ofreciendo por todos sus invisibles sufrimientos, sus ignominias; la sangre que vertían sus heridas y la muerte que iba a poner término a su martirio.     

 Súbitamente palideció su rostro y una espantosa agonía oprimió su corazón: vióse solo, cargado de crímenes, maldito de los hombres, expirando en un patíbulo entre dos malhechores. Proscrito de la tierra, su alma busca el cielo; pero con más viveza que en Getsemaní, experimentó una indecible amargura del abandono más completo. La justicia de Dios hacía sentir todo su peso sobre la víctima de expiación, sin que un ángel del cielo viniera a consolarla en el momento supremo. Hacia la hora de nona, se escapó de su corazón despedazado este clamor de angustia: «Eli, Eli ¿lamma Sabachtani?» lo que quiere decir: «Dios mío, Dios mío ¿por qué me has desamparado?» Eran las primeras palabras del salmo en que David refiere anticipadamente los dolores y agonía del Hombre-Dios.     

 Entre tanto, comenzaban a desaparecer las tinieblas. Algunos judíos que habían permanecido en el Calvario, se atrevieron a burlarse nuevamente de su víctima moribunda: «Llama a Elías, decían; veamos si viene a librarle».    

 Jesús sentía en aquel instante esa sed devoradora que causa el más horrible tormento de los crucificados. Sus entraña estaban abrasadas, su lengua pegada al paladar. En medio del silencio, déjase oir de nuevo su voz: «¡Tengo sed!» dijo, dando un profundo suspiro. Había al pie de la cruz un vaso lleno de vinagre. Uno de los soldados mojó en él una esponja y atándola a una caña de hisopo, la aproximó a los labios de Jesús, quien sorbió algunas gotas para dar cumplimiento a la profecía de David: «Me han abrevado con vinagre para saciar mi sed».     

 Había bebido hasta la hez el cáliz del dolor, cumplido en todo la voluntad de su Padre, realizado las profecías, expiado los pecados del género humano: «Todo está consumado», dijo. A esta palabra solemne, púdose notar que el cuerpo de Jesús se ponía más lívido, que su cabeza coronada de espinas caía más pesadamente sobre el pecho, que sus labios perdían el color, que se apagaban sus ojos. Iba a exhalar el último suspiro, cuando de repente, levantando la cabeza, da un grito tan vigoroso, que todos los asistentes quedaron helados de espanto. No era el gemido plañidero del moribundo, sino el grito de triunfo de un Dios que dice a la tierra: «Yo muero porque quiero». Sus labios benditos se abren por última vez y exclaman: «¡Padre mío, en tus manos encomiendo mi alma!». Dichas estas palabras, inclinó la cabeza y expiró.     

 Jesús ha muerto: pontífices, doctores, ancianos del pueblo, escribas y fariseos, vosotros creéis que su reino ha concluido, cuando al contrario, ahora más comienza. Esta cruz en la que le habéis enclavado, se convierte desde luego en el trono del gran Rey. A sus pies vendrán a arrodillarse los pueblos todos de la tierra, como él lo ha predicho: «Cuando fuere levantado entre el cielo y la tierra, todo lo atraeré hacia mí». 
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 Fuentes: 1° - JESUCRISTO, su Vida, su Pasión, su Triunfo por el Rvdo. P. Berthe, SS. RR. 2° - Cristo, ¿vuelve o no vuelve? del Rvdo. P. Leonardo Castellani, S. J.

VIERNES SANTO. LA VÍA DOLOROSA

 


LOS PREPARATIVOS DEL SUPLICIO. — LA SUBIDA AL CALVARIO. — JESÚS ENCUENTRA A SU MADRE. — SIMÓN DE CYRENE. EL LIENZO DE L A VERÓNICA. — LA PUERTA JUDICIARIA. — «NO LLORÉIS POR MÍ.» (Evangelios de San Mateo, cap. XXVII, vers. XI - XIV; — San Marcos, cap. XV, vers. XX - XXIII; — San Lucas, cap. XXII, vers. XVI - XXXII; — San Juan, cap. XIX, vers. XVI - XVII). 

 En todas las naciones civilizadas, se deja transcurrir un tiempo más ó menos largo entre la sentencia y la ejecución de los reos condenados á muerte. Los romanos concedían hasta diez días de plazo; según las leyes judaicas las ejecuciones debían tener lugar después de la caída del sol. Pero estaba visto que, tratándose de Jesús, todas las leyes de la humanidad serían violadas, a fin de que todos comprenderán que un odio satánico perseguía a la Santa víctima. Apenas proferida la sentencia, Pilatos entregó a Jesús a la rabia de los príncipes de los sacerdotes quienes decidieron fuera llevado sin tardanza al lugar del suplicio. Les pareció peligroso diferir la crucifixión hasta después de las solemnidades pascuales: ¿quién sabe si aquellas turbas desenfrenadas, después de haber pedido con frenesí la muerte de Cristo, no volverían a entonar ocho días más tarde el hosanna en su honor? Además, en lugar de llamar a aquellos salvajes al respeto a la ley, el mismo Pilatos estaba ansioso de llegar al término haciendo desaparecer cuanto antes en el secreto de la túmba la víctima de su criminal cobardía. Desde el tribunal, Jesús fué conducido al pretorio para los preparativos del suplicio. Cuatro verdugos le arrancaron el jirón de púrpura pegado a su cuerpo ensangrentado y cubriéronle de nuevo con sus vestidos ordinarios, prodigándole toda suerte de injurias. Dejáronle en la cabeza la corona de espinas a fin de provocar con esta alusión a su realeza, los insultos y burlas del populacho. Para envilecerle más aún, los príncipes de los sacerdotes sacaron de la prisión á dos ladrones condenados a muerte para exhibirlos al público y crucificarlos al lado de Jesús. Las cruces que los reos debían llevar al lugar de la ejecución se componían de dos maderos, de los cuales el principal tenía diez codos de largo y estaba atravesado en los dos tercios de su altura por el otro que medía la mitad del primero. Era este un peso abrumador para Jesús, agotado como estaba ya por la pérdida de sangre, la fatiga y los dolores, sobre todo después de aquella horrible flagelación. Impusiéronle bruscamente sobre sus hombros aquella cruz, símbolo de la infamia en la cual morían los esclavos, los ladrones, los asesinos, los falsarios. En lugar de quejarse, Jesús recibió con amor aquel patíbulo de ignominia, convertido para él desde ese día en el madero más precioso, el madero redentor del mundo, el trofeo de la más brillante de las victorias, el cetro del Rey de los reyes. Los dos ladrones colocados a ambos lados del Cristo, fueron igualmente cargados con su cruz. Terminados estos preparativos, los tres reos conducidos por los verdugos, llegaron a la plaza donde debía formarse el cortejo. Una multitud inmensa los recibió dando gritos de muerte y mostrando con el dedo entre afrentosas burlas, al rey coronado de espinas, al Mesías entre dos ladrones. La tuba dió la señal de partida y el ejército de deicidas se puso en marcha. Un pregonero iba a la cabeza proclamando los nombres y los crímenes de los reos; luego los soldados romanos encargados de mantener el orden y facilitar el pasaje del cortejo. Seguía un grupo de hombres y niños que llevaban cuerdas, escaleras, clavos, martillos y el título que debía colocarse en lo alto de la cruz del Cristo. Tras estos, avanzaban los dos ladrones y al fin Jesús con los pies desnudos, cubiertos de sangre, encorvado bajo el peso de la cruz, con pasos vacilantes como un hombre próximo a esfallecer. Inundado de sudor, devorado por la sed, jadeante el pecho, sostenía con la mano diestra la cruz sobre su hombro y levantaba con la otra mano el largo manto que embarazaba su marcha. Sus ensangrentados cabellos caían en desorden bajo las espinas que laceraban toda su cabeza, sus mejillas y barba manchadas de sangre de tal manera le desfiguraban, que era imposible reconocerle. Los verdugos le sujetaban con dos cuerdas atadas á la cintura y se divertían en fatigarle, ya tirándolo con violencia, ya golpeándole para apresurar su marcha. Como cordero inocente que se lleva al matadero, Jesús soportaba estas crueldades sin dejar escapar una sola queja y en su magullado rostro cada uno podía leer la expresión más sublime del amor y de la resignación. En torno de él se agrupaban sus encarnizados enemigos, los príncipes de los sacerdotes, los jefes del pueblo, aquellos fariseos tantas veces reducidos al silencio por el gran profeta, felices ahora con poder arrojar sobre él las olas desbordadas de su implacable odio. Uno en pos de otro, se aproximaban a Jesús, llenábanle de invectivas, burlábanse de sus predicaciones y de sus milagros. Un destacamento de ciensoldados mandados por un centurión a caballo, cerraba la marcha y mantenía a raya a aquella multitud de esclavos, obreros, hombres de la hez del pueblo que desde la mañana habían estado lanzando gritos de muerte y que acudían ahora al lugar de la ejecución, ávidos de ver correr sangre humana. El camino que Jesús debía recorrer, pedregoso y accidentado, medía cerca de mil doscientos pasos. Del Moria descendía hacia la ciudad baja y luego volvía á subir por una escarpada pendiente para llegar a la puerta occidental de la ciudad. La crucifixión debía verificarse en el Monte Gólgota, fuera del recinto urbano. La vía del Gólgota se llama con propiedad la "Vía Dolorosa", ya que Jesús pudo decir al recorrerla: – «Vosotros los que pasáis por este camino, venid y ved si hay dolor semejante a mi dolor.» Puédese también llamarla con no menos razón, "Vía Triunfal", pues ella ha visto pasar armado de su glorioso estandarte, a un vencedor más grande que los Césares al subir al Capitolio. La humanidad jamás olvidará el camino del Gólgota. De todos los puntos de la tierra, los discípulos de Jesús se reunirán en Jerusalén para seguir paso a paso la senda que ha recorrido el Maestro, mezclar lágrimas de amor á las gotas de su sangre adorable y meditar los memorables episodios que han marcado las etapas de esa vía ya para siempre sagrada. Desde el palacio de Pilatos el siniestro cortejo descendió de la colina del templo por una calle estrecha con dirección al oeste, hasta llegar a una calle más ancha que a doscientos pasos de distancia, corre hacia el mediodía. Antes de llegar al punto de unión de estas dos calles, Jesús, abrumado bajo el peso de su carga, cayó penosamente en el camino. Detúvose un momento el cortejo para levantarlo, lo que dió ocasión a los verdugos para maltratarle de nuevo y a los fariseos para dirigir sus sarcasmos a ese extraño taumaturgo que hacía andar a los paralíticos y él mismo no podía mantenerse en pie. Con la ayuda de los soldados, Jesús volvió por fin a tomar su cruz y prosiguió su camino. Apenas había andado cincuenta pasos por la gran calle de Efraín, cuando el más desgarrador de los espectáculos vino a conmover los corazones todavía capaces de compasión. Una mujer, la Madre de Jesús, acompañada de algunas amigas le salió repentinamente al encuentro. María quería verlo por la última vez y darle el postrer adiós. La noche y la mañana habían sido para ella de agonías morales. A cada instante, Juan, el discípulo amado, dejaba la multitud para ir a dar cuenta a la pobre madre de las escenas que se sucedían hora tras hora del juicio del Sanhedrín, de los interrogatorios de Pilatos y Herodes y, por fin, de la condenación a muerte. Acompañada de María Magdalena y demás santas mujeres, acudió con presteza a la plaza del pretorio, oyó las vociferaciones de la turba y presenció aquel horrendo espectáculo en que Pilatos presentaba ante el pueblo a su Hijo ensangrentado y coronado de espinas. Con el corazón despedazado y los ojos anegados en lágrimas, tomó entonces la resolución heroica de acompañar á Jesús al Gólgota y sufrir con él el tremendo martirio. Cuando el cortejó se puso en movimiento, María siguió una calle paralela y fue a esperar a su Hijo a la avenida de Efraín.    

  El encuentro fué para ella un momento de indecible amargura. Después de haber visto pasar a los soldados y auxiliares de los verdugos llevando clavos y martillos, divisó entre los dos ladrones a Jesús con la cruz a cuestas. Al ver aquel rostro lívido, aquellos ojos inyectados de sangre, aquellos labios descoloridos y secos, el primer impulso de la pobre Madre fué precipitarse hacia su Hijo con los brazos abiertos; pero los verdugos la rechazaron con violencia. Jesús se detuvo un momento; sus ojos se encontraron con los de María y con esta mirada llena de inefable ternura, le hizo comprender que él sabía lo que pasaba en su corazón y cuán íntima parte tomaba ella en sus dolores. Embargada por la emoción y el dolor, María se sintió desfallecer y cayó desmayada en los brazos de las mujeres que la acompañaban(1). Cerráronse sus ojos, pero a sus oídos llegaban los insultos dirigidos al Hijo y a la Madre. Pronto, sin embargo, oleajes de pueblo precipiándose unos sobre otros, pusieron fin á aquella escena desgarradora. Veinte pasos más adelante, dejaron la calle Efraín, para tomar la que conducía directamente al Gólgota. Apenas había marchado Jesús algunos instantes por esta nueva vía terriblemente escarpada, cuando una palidez mortal cubrió su rostro, dobláronse sus rodillas y a pesar de sus esfuerzos, le fue imposible seguir adelante. Viéndolo próximo a sucumbir y temiendo verse privados del placer de contemplar su agonía en la cruz, los fariseos rogaron al centurión romano que buscara un hombre que ayudase al reo a llevar su carga.    

  Por orden del centurión, los soldados detuvieron a un jardinero que volvía del campo, llamado Simón el Cyreneo(2) y le obligaron a llevar la cruz con Jesús. Simón no puso resistencia, no sólo porque rehusando aquel trabajo se exponía a ser maltratado, sino principalmente porque la vista de aquel hombre extenuado cuya mirada moribunda parecía implorar su socorro, excitó en su corazón la más sincera piedad. Levantó por el medio el pesado madero, de modo que quedara lo más liviano posible para los hombros del Salvador. Jesús no olvidó este acto de cáridad: hizo del Cyreneo un discípulo ferviente y de sus dos hijos, Alejandro y Rufo, apóstoles de la verdadera fe.    

  Habían andado como doscientos pasos por esta calle espaciosa hermoseada por grandes y vistosos edificios. Sus moradores miraban con indiferencia ó desprecio a los criminales conducidos al suplicio, cuando, de improviso, una mujer de aspecto distinguido salió precipitadamente de una casa situada a la izquierda del camino. Sin miramiento a los soldados que intentaban impedirle el paso, acercóse al divino Maestro, contempló su semblante desfigurado, cubierto de esputos y llagas sangrientas; luego, tomando él finísimo velo que cubría su propia frente, enjugó con él el rostro de la Santa Víctima. Dióle Jesús las gracias con una mirada y continuó su camino; pero ¿cuál no sería, la sorpresa de aquella mujer cuando, de vuelta a su casa, vió en el velo de que se había servido impreso el divinó rostro del Salvador, aquel rostro triste y lívido, verdadero retrato del dolor? En memoria de este hecho, los discípulos de Jesús inmortalizaron con el nombre de Verónica a esta heroína(3) de la caridad.    

  Sólo faltaban cerca de cien pasos para llegar a la puerta judiciaria, así llamada, porque por ella pasaban los condenados a la pena capital para subir al Gólgota. En este camino pedregoso, la subida se hacía con dificultad; a pesar de los esfuerzos del Cyreneo para ayudarle, Jesús cayó de nuevo bajo el, peso de la cruz. Levantóse con gran trabajo y se acercó a la puerta en donde en una columna de piedra llamada «columna de infamia», estaba fijado el texto de la sentencia condenatoria. El Salvador pudo leer, de paso, que iba a morir por haber sublevado al pueblo contra el César y usurpado el título de Mesías. Los fariseos no dejaron de mostrarle con el dedo la odiosa inscripción que recordaba sus acusaciones.    

  Jesús se encontraba ya al pie del Monte Gólgota. No obstante la prohibición de llorar durante el tránsito de los condenados a muerte, un grupo de valerosas mujeres, al ver a Jesús, no pudo menos de prorrumpir en gritos y lamentos. Muchas llevaban niños en sus brazos y estos lloraban junto con sus madres. Movido a compasión al pensar en las calamidades próximas a descargarse sobre la ingrata Jerusalén, Jesús, se enterneció a la vista de aquellas afligida mujeres: – «Hijas de Jerusalén, les dijo, no lloréis por mí; antes llorad por vosotras y por vuestros hijos. Días vendrán en que se exclamará: ¡Dichosas las mujeres que no han tenido hijos, y los pecho que no dieron de mamar! Entonces, se dirá los montes: ¡Caed sobre nosotros! y a los collados: ¡Sepultados! Porque si esto pasa con el árbol verde, con el seco ¿qué se hará?». Si así es tratado el inocente ¿qué será del culpable?     

  Seis días antes, desde la altura del Monte de los Olios, Jesús lloraba por Jerusalén y predecía su ruina; Hoy que esta ciudad culpable pone el colmo a sus crímenes, el Salador anuncia solemnemente su reprobación y la espantosa catástrofe que pondrá fin á sus destinos. Los jefes del pueblo, al oir esta profecía, habrían debido temblar de espanto; pero cegados y endurecidos como los demonios, irritáronse por las amenazas que aquel condenado á muerte profería contra la ciudad santa. Excitados por ellos, los verdugos descargaron sobre Jesús repetidos golpes, de manera que, tratado como bestia de carga, rendido de fatiga, cayó por tercera vez sobre las piedras del camino antes de llegar a la cima del Monte Calvario(4). Levantáronle casi exánime y a fuerza de violencias de todo género, llegó por fin al lugar del suplicio. En estos instantes, la multitud venida de todas partes, estrechaba sus filas al rededor del montículo para saborear los últimos sufrimientos del ajusticiado y aplaudir su muerte.    

  La hora sexta del día va a sonar, el momento es, entre todos, solemne: la gran tragedia a que asisten los Ángeles, los hombres y los demonios, la tragedia del Hombre-Dios toca a su desenlace.  
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  (1) En este sitio había antes una capilla dedicada a Nuestra Señora del Espasmo, cuyas ruinas se ven todavía.  

   (2) Porque era de Cyrene, en Africa.  

   (3) La tradición nos ensefia que esta intrépida mujer se llamaba antes Serapia. Su nombre de Verónica seria una alusión al sagrado Rostro, en griego, "Vera icón", que significa, "verdadera imagen". Cuando Saulo perseguía a la Iglesia naciente, santa Verónica dejó la Palestina llevando consigo su precioso tesoro. Es una de las grandes reliquias cuya manifestación se hace todos los años en San Pedro de Roma.  

  (4) Según esta narración, nuestros lectores pueden figurase las catorce estaciones del Camino de la Cruz que la Iglesia propone a la piedad de los fieles. Las dos primeras, la condenación y la imposición de la cruz, se encuentran en el pretorio, hoy día cuartel militar turco. Las siete siguientes están escalonadas a las distancias aquí indicadas, en las tres calles que acabamos de recorrer. Las cinco últimas están encerradas en la basílica del Santo Sepulcro que cubre enteramente la cima del Calvario: figurarán en el capítulo siguiente.    

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  * Fuente: "JESUCRISTO, su Vida, su Pasión, su Triunfo", Capítulo VII, La Vía Dolorosa, por Rvdo. P. Berthe, SS.RR.

VIERNES SANTO. EL JUICIO DE JESÚS


JESÚS ANTE PILATOS EL GOBERNADOR ROMANO. — JESÚS EN EL PALACIO ANTONIA. — PILATOS QUIERE EXAMINAR EL PROCESO. — ACUSACION DE REBELIÓN CONTRA EL EMPERADOR. — INTERROGATORIO DE PILATOS. — TRASLADO DE LA CAUSA A HERODES. — MUTISMO DEL ACUSADO. — LA VESTIDURA BLANCA. — DE HERODES A PILATOS. — (Matth. XVII, 11-14. — Marc. XV, 2-5. — Luc. XXIII, 2-12. —Joan. XVIII, 29-38.) 

 Era necesario que el Hijo de Dios muriera, no como un criminal castigado por la justicia de su país, sino como inocente que da su Vida por los culpables. Y para que esta Verdad se imponga a todos los hombres y en todos los siglos, Dios va a obligar a la autoridad competente, a la autoridad suprema, a darle solemnemente y en pleno tribunal un atestado de inocencia, al mismo tiempo que pronunciará contra el procesado un veredicto de muerte. Esto parece imposible, es verdad, pero nada hay imposible para Dios.     

  La autoridad suprema en Jerusalén no pertenecía ya al Sanhedrín, sino al gobernador romano. Veintitrés años hacía que la Judea reducida a provincia del gran imperio, había perdido hasta aquella sombra de soberanía de que gozaba en tiempo de Herodes.     

   Correspondiendo al gobernador administrar el país a nombre del César, aquel se reservaba el derecho de espada, es decir, toda sentencia capital. El gran Consejo de lá nación podía excomulgar, aprisionar, flagelar, pero en ningún caso quitar la vida, derecho exclusivo del soberano. Para aquellos doctores de Israel, la profecía de Jacob: « El cetro no saldrá de Judá hasta que venga Aquel que deba ser enviado, » era letra muerta. El cetro había pasado ya de las manos de Judá á las de emperador; luego el Mesías había llegado. Pero, en lugar de reconocerle, irán a mendigar contra él una sentencia de muerte ante aquel mismo hombre que, merced a la usurpación, tiene empuñado el cetro de Judá.     

  Poncio Pilatos gobernaba la Judea hacía ya cinco años, tiempo suficiente para hacerse detestar de todos sus habitantes. Soberbio y ambicioso, altivo hasta la insolencia con su título de Romano, despreciaba á los Judíos, su religión, sus instituciones y les hacía sentir este desprecio en todas ocasiones. Sus éxacciónes y violencias le habían hecho tan odioso, que los príncipes del pueblo multiplicaban de día en día sus gestiones cerca del emperador para obtener su remoción. El lo sabía y su odio a los judíos se hacía cada vez más profundo; pero el temor de su destitución le obligaba, a guardar ciertos miramientos. Aunque residía en Cesárea a orillas del mar, se trasladaba todos las años a Jerusalén con ocasión de las fiestas pascuales.    

  Allí en el magnífico palacio Antonia, inexpugnable fortaleza que los romanos habían levantado cerca del templo para dominar la ciudad y estar protegidos contra toda tentativa de insurrección. Ante Poncio Pilatos, el orgulloso representante de la Roma imperial, era donde debía terminarse el proceso iniciado por el Sanhedrín. En consecuencia, Jesús fue conducido desde el palacio de Caifás al del gobernador que distaba cerca de mil trescientos pasos. Agobiado de fatiga después de aquella horrorosa noche, arrastrado con cuerdas por los guardias, escoltado siempre por los príncipes de los sacerdotes, por los soldados y en medio de un populacho desenfrenado que vociferaba en contra suya, Jesús descendió de las alturas de Sión a la parte baja de la ciudad; luego volviendo a subir por la avenida que se extiende por el costado occidental del templo, llegó al palacio del gobernador.     

  Eran cerca de las siete. La multitud permanecía estacionada en los afueras del palacio para no mancharse salvando los umbrales de una morada pagana, lo que les habría impedido celebrar la Pascua. Los jefes rogaron, pues, al gobernador que tuviera a bien presentarse en la azotea exterior del palacio para escuchar su demanda. Pilatos conocía perfectamente la disposición de los judíos respecto a Jesús, porque desde hacía tres años, en toda la Judea, en la Galilea y hasta en las naciones extranjeras, no se hablaba sino del Profeta de Nazaret. Su esposa misma, Prócula, iniciada en la doctrina de Jesús, le miraba como a un enviado de Dios. Pilatos se propuso arrancar este inocente a la odiosa venganza de aquellos fariseos hipócritas que él detestaba con todo su corazón.    

    Dirigiéndose, pues, a los jefes del Sanhedrín y señalando a Jesús con un ademán, hízoles esta pregunta: «¿Qué acusación traéis contra este hombre?».    

  Esta interrogación tan natural en boca de un juez, cayó mal á los judíos. Aguardaban que Pilatos les entregara a Jesús sin forma alguna de proceso y le respondieron bruscamente: –«Si este hombre no fuera un malhechor, no le hubiéramos traído a ti». Evidentemente, según ellos, revisar un fallo del Sanhedrín, no ratificar sin examen una sentencia pronunciada por él, era hacerle una injuria manifiesta. A semejante arrogancia, Pilatos respondió con una ironía que debió herirles profundamente: « Si es así, exclamó, tomad vuestro reo y juzgadle según vuestras leyes.»     

  — Bien lo sabes, vociferaron encolerizados, que nosotros no tenemos poder de condenar a muerte y ahora se trata de un criminal que merece la pena capital(1).    

  — Está bien, observó el gobernador, mas de nuevo os pregunto ¿qué acusación formuláis contra este hombre?».    

  Estaba manifiesto que Pilatos no ratificaría lisa y llanamente la sentencia del gran consejo, antes de pronunciarse sobre ella, procedería a examinarla. Era, pues, absolutamente necesario entablar un acto formal de acusación.     

  Ahora bien, los príncipes de los sacerdotes sabían perfectamente que una acusación de blasfemia no haría más que provocar la hilaridad del pagano Pilatos, aquel filósofo escéptico que no tomaba la religión en sus labios sino para hacerla el blanco de sus burlas. A fin, pues, de impresionar al gobernador, transformaron a Jesús en agitador político. Jesús fue, condenado por un tribunal romano, observa san Juan (XVI, 1, 32) a fin de que se cumpliese una de sus profecías. Había anunciado a sus apóstoles que serla crucificado. Los romanos crucificaban a sus condenados a muerte, mientras que los judíos reprobaban este género de suplicio. Condenado por el Sanhedrín, Jesús no habría sido crucificado, sino apedreado.    

  «¿Preguntas qué crimen ha cometido? Le dijeron. Lo hemos sorprendido tramando una revolución contra el emperador; prohíbe al pueblo pagar tributo al César; pretende ser el Mesías, el rey que debe librar á la nación judía del yugo extranjero». Ni el mismo Satanás habría podido imaginar calumnia más descarada. ¡Imputar á Jesús el crimen de insubordinación! A Jesús que predicaba al pueblo un reino puramente espiritual; que había rehusado la corona que se le ofreciera; que sólo tres días antes de entregarse á los judíos, había enseñado en el templo el deber de pagar tributo al César! A Jesús, a quien, desde tres años hacía, se negaban «los fariseos a reconocer por el Mesías a pesar de los signos más auténticos, sólo porque no lisonjeaba su pasión política, porque no veían en él al Mesías de sus ensueños, al revolucionario, al conquistador que debía libertarlos de la tiranía de Roma. Imputar a Jesús el crimen de una rebelión que siempre se había negado a cometer y que ellos, sí, acariciaban en el fondo de su alma; era el colmo de la perfidia. Cuán profundamente los conocía Jesús cuando les decía: –«Sois hijos del padre de la mentira, de aquel que fue homicida desde el principio». Pilatos no tomó a lo serio las groseras calumnias del Sanhedrín. Sabía mejor que nadie cuál era la secta que tramaba las revoluciones y se alzaba contra el pago del tributo. No obstante, quiso examinar qué había en el fondo de tales acusaciones y por qué los judíos se encarnizaban contra este hombre tan dulce y modesto, tan humilde y a la vez tan digno, presentándolo como un criminal soberanamente peligroso. Dejando, pues, a los judíos vociferar a su antojo, se retiró a la sala del pretorio y ordenó á los guardias traerle al acusado. Jesús subió por la gran escalera de mármol que conducía aquella sala y pronto se encontró solo con el gobernador. Esta escalera de mármol blanco de veintiocho gradas de altura que Jesús regó con su sangre después de la flagelación, fué trasladada a Roma por orden del emperador Constantino. Es la Scala sancta, que se encuentra cerca de San Juan de Letrán. Los fieles suben por ella sólo de rodillas. Preguntóle Pilatos qué significaban los títulos de rey y de Mesías que, según los judíos, él se arrogaba.     

  – «¿Eres tú verdaderamente rey? le dijo. — ¿Me haces esta pregunta espontáneamente para saber quién soy yo? ¿O te la han sugerido mis acusadores?, respondióle Jesús. — ¿Acaso soy yo judío?, replicó Pilatos con desdén. ¿Qué tengo yo que ver con vuestras querellas religiosas? Los pontífices y el pueblo te han traído a mi tribunal como usurpador de la dignidad real y yo te pregunto por qué tomas el título de rey. — Mi reino no es de este mundo, respondió el Salvador. Si fuera de este mundo, mis súbditos combatirían por mí y me defenderían contra los judíos. El estado en que me encuentro te muestra claramente que mi reino no es de acá». Pilatos no comprendió bien de qué reino hablaba Jesús, pero sabía ya lo bastante para convencerse de que el imperio nada tenía que temer de su interlocutor. ¿Qué podía contra el César y sus legiones el rey misterioso de otro mundo? Creyéndole, pues, un soñador inofensivo que tomaba sus quimeras por realidades, díjole como para lisonjear su debilidad: — «¿Con que tú eres rey? — Sí, respondió Jesús con majestad, dices bien, soy rey. He nacido para reinar y he venido al mundo para hacer reinar conmigo la verdad. Todo hombre que vive de la verdad oye mi voz y se hace mi súbdito». — ¡La verdad!, exclamó Pilatos sonriendo. ¿Qué es, pues, la verdad?». El romano había oído hablar de opiniones filosóficas y religiosas más o menos acreditadas, de intereses materiales que importaba tener en cuenta más aún que las opiniones; pero la verdad ¿quién la conocía?¿existía realmente la verdad ? Evidentemente, tenía delante de sí á un visionario, a un hombre sencillo que profesaba doctrinas opuestas a las de los fariseos; pero ¿qué le importaban a él las controversias judaicas? Volvióse, pues, de nuevo a los principes de los sacerdotes y les dijo, mostrándoles a Jesús: «No encuentro nada de reprensible en este hombre y por consiguiente no puedo condenarlo». Apenas, hubo proferido estas palabras, cuando estalló en la asamblea un espantoso tumulto. Los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo acumularon contra Jesús las acusaciones más monstruosas, a las cuales él sólo respondía con el silencio. Pilatos habría debido tratar con rigor a aquellos viles calumniadores, pero los vio en un estado tal de exaltación, que les tuvo miedo. «Ya ves, dijo a Jesús, cuántas acusaciones se levantan contra ti ¿por qué no respondes?» Pero Jesús, sereno e impasible, no desplegó sus labios para defenderse, lo que desconcertó por completo al gobernador.     

  Viendo su turbación, los judíos insistieron en el lado político de la cuestión. Según ellos, Jesús era un sedicioso que fomentaba por todas partes turbulencias e insurrecciones.     

  «Ha sublevado todo el país, clamaron, desde la Galilea en donde inició su predicación, hasta Jerusalén». A esta palabra: Galilea, Pilatos interrumpió a los judíos, viendo en ella una puerta de escape para verse libre de un asunto que ya comenzaba a inquietarle. «¿Es acaso Galileo este hombre?, preguntó. Y como se le respondiera afirmativamente, agregó en seguida: En tal caso, pertenece á la jurisdicción de Herodes quien se halla actualmente en Jerusalén. Llevadle vuestro prisionero para que él lo juzgue, ya que le corresponde de derecho». Esto diciendo, volvió la espalda a los sanhedristas, fariseos y al populacho que veían con esto frustradas sus esperanzas y retiróse q su palacio, contento por haber encontrado tan oportuno expediente para salir del apuro.     

  Ciertamente, había sacrificado la inocencia y traicionado la verdad; pero ¿no estaba su interés de por medio? y por otra parte ¿qué cosa es la verdad? 

  Hacia las ocho de la mañana, un heraldo de Pilatos llegaba a la casa de Herodes anunciándole que su señor por deferencia para con el tetrarca de Galilea, le enviaba un hombre llamado Jesús de Nazaret acusado de diferentes crímenes. Sin duda, él habría podido juzgar a este galileo aprehendido en territorio judío, pero prefería poner esta causa en manos de la autoridad de que Jesús dependía inmediatamente por razón de su origen y domicilio.     

  Herodes se encontró tanto más lisonjeado con esta muestra de benevolencia, cuanto menos lo esperaba, pues desde algunos años estaba en completa desavenencia con el gobernador de Judéa. Además, esta inesperada ocurrencia le procuraba la ocasión largo tiempo deseada, de ver al profeta de Nazaret. El rey disoluto, el marido incestuoso de Herodías, el asesino de Juan Bautista, se alegra de poder hacer conferencia con aquel sabio tan renombrado, con aquel poderoso taumaturgo aclamado por los pueblos tres años hacía.     

  El palacio de Herodes se encontraba a unos cien pasos de la torre Antonia. Jesús, siempre cargado de cadenas, fue conducido allí por los jefes del Sanhedrín en medio de la vocería de un populacho furioso. Aguardábale Herodes sentado sobre su trono, rodeado de cortesanos que se prometían, así como su señor, un espectáculo por demás interesante. Para hombres licenciosos, todo se convierte en espectáculo, todo, hasta el sufrimiento, hasta el martirio y agonía del justo. Pero esta vez, quedaron sus esperanzas frustradas.     

  Durante toda esta entrevista, a pesar de las injurias y atroces calumnias de los judíos, Jesús permaneció con los ojos bajos y en el más absoluto mutismo. Herodes que presumía de docto y sabio, le interrogó largamente sobre las doctrinas controvertidas entre él y los fariseos, sobre sus milagros, proyectos y sobre su reino. De pie, delante de él, el Salvador le escuchó sin dar la menor muestra de emoción, sin pronunciar siquiera una palabra. Herodes y los suyos mirábanse con asombro, confundidos y despechados.     

  Creyendo llegado el momento de arrancar al rey una sentencia de muerte, los príncipes de los sacerdotes le representaron que aquel sedicioso se atrevía a llamarse el Cristo y el Hijo de Dios. Esperaban que el tetrarca de Galilea, el amigo de los romanos, salvaría la religión y la patria inmolando al blasfemo. Herodes invitó á Jesús a disculparse, pero no obtuvo ni una palabra, ni un ademán, ni una mirada, como si el acusado hubiera sido sordo y mudo.    

  Jesús se dignó hablar a Judas, a Caifás, a Pilatos, aún al criado que tuvo la osadía de darle una bofetada; pero no habló a Herodes, porque este había ahogado las dos grandes voces de Dios: la voz de Juan Bautista y la voz de la conciencia. El Hijo de Dios enmudece ante el hombre que por sus crímenes y vicios desciende al nivel del bruto.    

  El tetrarca tomó entonces una determinación en perfecta armonía con sus instintos. Enrojecidas todavía sus manos con la sangre de Juan Bautista, no se atrevía a mancharlas de nuevo con la sangre de otro mártir; prefirió divertirse á expensas de Jesús. Después de todo, díjose, este mudo obstinado no pasa de ser un insensato inofensivo, bueno para costearnos la diversión durante algunos instantes y en seguida volvemos a enviarle a Pilatos para que haga de él lo que quiera. Semejantes ideas, dignas de tal amo, hicieron sonreír a la alegre corte que le rodeaba. Trajeron una vestidura blanca con la cual cubrieron al Salvador en medio del aplauso de los asistentes. Esta vestidura, distintivo de los grandes, de los reyes y de las estatuas de los dioses, era también la librea de los fatuos. Este Jesús que se decía el Mesías y el Hijo de Dios ¿no era acaso a los ojos de aquellos sabios el mayor de los necios, digno por ello del traje de ignominia?     

  A fin de hacerle sentir todo su desprecio, Herodes lo entregó como un juguete en manos de sus criados y soldadesca, y cuando se hubo divertido a su antojo con sus juegos cínicos y burlas sacrílegas, lo devolvió a Pilatos con los mismos que se lo habían traído.     

  No de otra manera obrarán los Herodes de todos los siglos: no pudiendo elevarse desde el lecho de fango en que yacen sumergidos, hasta la inteligencia de las cosas divinas, las despreciarán. Sprevit illum.    

  JESÚS ES CONDENADO A MUERTE 

 TEMORES Y VACILACIONES DE PILATOS. — MENSAJE DE SU ESPOSA. — BARRABÁS y JESÚS. — LA FLAGELACIÓN. — LA CORONACIÓN DE ESPINAS. — « Ecce homo-» — ACUSACIÓN DE BLASFEMIA. —PILATOS PROCLAMA LA INOCENCIA DE JESÚS Y LO CONDENA A MUERTE. (Matth. XXVIII, 15-30. — Marc. XV, 6-19. — Luc. XXIII, 6-25. — Joan. XVIII, 39-40; XIX, 1-16.) 

 Hacia las nueve, los jefes del Sanhedrín seguidos de una multitud cada vez más turbulenta, aparecieron de nuevo ante el palacio de Pilatos pidiendo a grandes voces la muerte de Jesús. Un hombre de conciencia habría declarado solemnemente la inocencia del acusado, y en caso necesario, dispersado por la fuerza a aquellos sanhedristas y demás energúmenos azuzados por ellos; pero dominado siempre por el temor de comprometerse, Pilatos retrocedió ante el deber y púsose a contemporizar con los agitadores, lo que les hizo todavía más audaces.       
 
  El preámbulo de su discurso revelaba no obstante cierta energía. «Hace algunas horas, les dijo, me habéis presentado a este hombre como un sedicioso en abierta rebelión contra la dominación romana; mas después de haberle interrogado en vuestra presencia, no he encontrado en su conducta fundamento alguno para vuestras acusaciones. Enviólo entonces a Herodes y vosotros fuisteis igualmente testigos de que tampoco el tetrarca le juzgó merecedor de la pena capital». Iba a continuar, cuando los revoltosos, presintiendo una sentencia absolutoria, prorrumpieron en gritos y amenazas de un furor diabólico. De tal manera se amedrentó Pilatos que, después de haber declarado la perfecta inocencia de Jesús, terminó su alocución de un modo singular y del todo inesperado. «No mereciendo este hombre la pena de muerte, agregó, lo haré flagelar y en seguida lo dejaré en libertad». Esta cobarde concesión trajo consigo las protestas más violentas. Si Jesús era inocente ¿por qué azotarlo ? Y si era culpable ¿por qué tratarlo con miramientos? De todos los ámbitos de la plaza se dejaron oir aullidos feroces: «¡La muerte! ¡la muerte! ¡queremos que muera!».     

  A la vista de aquella horda de furiosos, Pilatos iba tal vez a ceder, cuando un incidente misterioso le hizo recobrar algún valor. Un mensajero enviado por su esposa le entregó una carta. Claudia Prócula le decía: «No te mezcles en este asunto, ni te hagas culpable de la sangre de este justo. Por su causa, anoche he sufrido horriblemente durante el sueño». Pilatos era incrédulo, pero como buen pagano, también supersticioso: creyó, pues, ver en este sueño un supremo aviso del cielo, en lo que por cierto no se engañaba y resolvió hacer la última tentativa para salvar a Jesús.     

  Era costumbre antigua entre los judíos dar libertad a un preso con ocasión de las fiestas pascuales. El gozo del desgraciado libre de su prisión, les recordaba la alegría de sus padres al salir de la cautividad de Egipto. Dueños de la Judea, los romanos no creyeron conveniente abolir este uso inmemorial y cada año el gobernador ponía en libertad a un reo a elección de los judíos. Pilatos resolvió aprovechar esta circunstancia para conseguir su objeto.     

  Había entonces en la cárcel de Jerusalén un malhechor insigne llamado Barrabás cuyo solo nombre inspiraba espanto. Jefe de una gavilla de bandidos que desde largo tiempo se ocultaba en las montañas de Judá, había sido cogido en una sedición y condenado al suplicio de la cruz.   
     
  Pilatos tomó el partido de dejar al pueblo la elección entre Jesús y Barrabás. Cinco días antes, este mismo pueblo había llevado a Jesús en triunfo ¿iría ahora movido por execrable odio, a posponerlo a Barrabás? Pilatos se resistía a creerlo.        

  Levantando pues la voz para poder ser oído por la multitud, recordó que aquel día era costumbre poner en libertad a un criminal; luego, sin dar tiempo para reflexionar, hizo a los asistentes esta pregunta: «¿A quién de estos dos queréis que os entregue: al bandido Barrabás ó a Jesús, vuestro rey?». Al oir el nombre de Barrabás, prodújose un movimiento de estupor y vacilación entre la muchedumbre ; pero los jefes del Sanhedrín, comprendiendo el peligro, comenzaron a esparcirse entre las masas para atizar las pasiones y persuadir a aquella turba enloquecida que pidiera la libertad de Barrabás. Así, cuando al cabo de algunos instantes Pilatos reiteró su pregunta, sólo se oyó un clamor unánime y ensordecedor que repetía a sus oídos: «¡Barrabás! ¡Queremos a Barrabás! ¡Danos a Barrabás!». Indignado de semejante cinismo, Pilatos exclamó: «¿Qué queréis, pues, que haga de Jesús, rey de los judíos?» ¡Crucifícalo !¡crucifícalo!» prorrumpió el pueblo enfurecido. A pesar de aquel horrible clamor, Pilatos insiste: «¿Qué mal ha hecho?» Pero la multitud no escucha; sólo sabe clamar cada vez más furiosa: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!».     

  Pilatos estaba vencido de nuevo. En vez de dictar una sentencia en nombre de la justicia, había temido contrariar las pasiones de un pueblo delirante y ahora aquel mismo pueblo encarnizado sobre su presa se convierte en amo, manda como dueño. Ya no ve ni oye; es un tigre sediento de sangre. Pilatos vuelve a su idea primitiva: ya que el pueblo quiere sangre, la tendrá, pero con cierta medida; hará flagelar a Jesús para dar a los judíos una satisfacción cualquiera y en seguida lo hará poner en libertad. Propúsoles está transacción ya que no era posible aplicar la pena capital y, aunque reclamaban la crucifixión con frenética rabia, ordenó que se procediera á la flagelación.   
     
  Los romanos aplicaban este suplicio con tal crueldad, que a menudo las víctimas expiraban en él. Además, como en esta circunstancia sólo se trataba de excitar la compasión del pueblo, los verdugos recibieron orden de no tener con Jesús conmiseración alguna. El inocente cordero fue llevado á la plaza pública contigua al palacio de Pilatos. Cuatro verdugos le desnudaron hasta la cintura, atáronle las manos a una columna aislada en aquel vasto recinto y tomando en sus manos el terrible látigo armado de bolas de hierro, comenzaron a descargarlo sobre Jesús con un furor verdaderamente infernal. La sangre corría en abundancia, las carnes se desprendían despedazadas, el cuerpo todo desgarrado no era más que una viva llaga. De esta manera se cumplía la profecía:«Ha sido despedazado por nuestras iniquidades». Los verdugos continuaron su obra hasta que el látigo cayó de sus manos. Entonces, desatando al Salvador, le llevaron casi exánime al patio del pretorio en donde se hallaba reunida la cohorte de soldados.
     
  En este patio tuvo lugar una escena de irrisión sacrílega más irritante aún que la flagelación. Como era preciso cubrir de algún modo aquel cuerpo desgarrado y bañado en sangre, los soldados inventaron vestir como rey de burla a aquel mismo Jesús a quien se acusaba de aspirar a la dignidad real. Hiciéronle sentarse sobre un trozo de columna como si fuera un trono, arrojaron sobre sus hombros un jirón de púrpura color de escarlata a guisa de manto real y por cetro pusieron entre sus manos una caña. Faltábale la corona; trenzaron una de espinas y pusiéronla sobre su cabeza. Doblando entonces la rodilla, le decían mofándose: «¡Salud, rey de los judíos!». Y levantándose, le abofeteaban y escupían el rostro, y le golpeaban con la caña la corona hundiendo las espinas en su cabeza ensangrentada. Como en la columna de la flagelación, Jesús sufría estas humillaciones y torturas sin exhalar una sola queja.     

  Después de esta innoble y cruel parodia, los soldados condujeron de nuevo a Jesús a la presencia de Pilatos. Este, movido a compasión; creyó que la vista de aquel espectro cubierto de sangre excitaría por fin la conmiseración del pueblo. Desde lo alto de una galería exterior; dirigióse una vez más a aquella multitud exasperada ya por la tardanza: «Os traigo de nuevo al acusado y vuelvo a declararos que lo juzgo inocente; pero, aunque fuera culpable, vais a ver en el estado en que se encuentra y os daréis por satisfecho».     

  Y Jesús, conducido por los soldados, apareció al lado de Pilatos con el rostro bañado en sangre, la corona de espinas sobre la cabeza y el jirón de púrpura sobre sus hombros. Extendiendo el brazo, Pilatos mostróle al pueblo exclamando con voz poderosa: «¡Ecce Homo!», es decir: ¡Hé aquí al hombre! El infortunado juez imploraba la compasión de los judíos. La voz de los jefes respondió: «¡Crucifícalo!». Y la multitud repitió con gritos de furor: «¡Crucifícalo!¡Crucifícalo!». La vista de la sangre irritaba a aquellos monstruos en vez de calmarlos. Indignóse el corazón del romano ante semejante infamia y arrojando una mirada de desprecio sobre aquella turba dominada por el odio, díjoles: «¡Yo crucificarle! Tomadlo y crucificadlo vosotros. En cuanto a mí, os repito, que no encuentro en él nada que pueda motivar una condenación».     

  Pilatos eliminaba, pues, resueltamente el cargo de sedición con que los judíos habían contado para doblegarlo. Viéndose descubiertos, aferráronse nuevamente al pretendido crimen de blasfemia que le imputaba el Sanhedrín. «Es culpable, vociferaron en tono amenazador, porque ha tenido la osadía de proclamarse Hijo de Dios y según nuestra legislación, ese crimen merece la muerte». A estas palabras: "Hijo de Dios", Pilatos sintió que se le helaba la sangre. Su mirada se detuvo una vez más sobre Jesús siempre tranquilo y paciente en medio de indecibles dolores e ignominias sin número. Viniéronle a la memoria aquellas palabras: «Mi reino no es de este mundo» y preguntóse si no tendría delante de sus ojos a uno de esos genios benéficos que los dioses suelen enviar a los hombres para revelarles algún secreto. Los prodigios llevados a cabo por Jesús, el reciente sueño de Prócula, todo parecía confirmar sus temores. Aterrorizado ante el pensamiento de haber hecho flagelar tal vez a un inmortal, dejó a los judíos y entró de nuevo al pretorio en donde se hallaba Jesús para aclarar aquel misterio. «¿De dónde vienes?» le preguntó. Pilatos conocía el origen humano de Jesús; en cuanto a su generación eterna, era demasiado incrédulo para admitirla. Sabía por otra parte, que si el Cristo se llamaba rey, su reino invisible no debía alarmar al César y eso bastaba para tranquilizarle. Jesús guardó silencio y esto acabó de desconcertar al gobernador. Se sentía subyugado por el ascendiente de un ser del todo superior a los demás hombres.     

  No pudo, sin embargo, dejar de manifestar que aquel silencio le parecía ofensivo a su dignidad. «¿No me respondes? le dijo. ¿Ignoras que tengo todo poder sobre ti y que de mí depende el hacerte crucificar o ponerte en libertad?».    
 
  A esta afirmación del derecho de juzgar sin tomar en cuenta la justicia eterna, opuso Jesús el derecho de Dios. «Tú no tienes otro poder sobre mí, le respondió, que el que te ha sido dado de lo Alto». Al mismo tiempo, su ojo divino penetraba hasta el fondo del alma del gobernador para reprocharle la iniquidad de su conducta. Con todo, teniendo en cuenta los esfuerzos que había hecho para arrancarlo de la muerte, agregó: «Los que me han puesto en tus manos, son más culpables que tú».        

  Trastornado e inquieto, levantóse Pilatos completamente decidido a cumplir con su deber, aunque atrajera sobre sí la cólera de los judíos. Volvió a anunciarles su resolución definitiva de poner a Jesús en libertad; pero los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo aguardaban aquel momento decisivo para asestarle el último golpe. «Si lo pones en libertad, prorrumpieron con ademán furibundo, no digas más que eres amigo del César, pues quien quiera que se llame rey, conspira evidentemente contra el César. » Pilatos cayó como herido por un rayo. Al oir el nombre de César, olvidó a Jesús, olvidó los derechos de la justicia, olvidó el sentimiento de su dignidad personal, lo olvidó todo. El César era el terrible Tiberio rodeado de sus delatores; era el monstruo que, por una simple sospecha, enviaba a la muerte a sus amigos y parientes. Vióse denunciado, destituido, perdido sin remedio y sobreponiéndose el interés a la conciencia, decidióse por fin a sacrificar a Jesús.     

  Sólo faltaba dar a la sentencia las formalidades requeridas por la ley. En la plaza, frente al pretorio, había un sitio elevado formado de piedras de diversos colores, llamado en hebreo Gabbatha, eminencia, y en griego Lithóstrotos, o montículo de piedras. El gobernador romano debía promulgar sus sentencias desde lo alto de aquel tribunal. Ocupando Pilatos aquella especie de estrado desde donde dominaba a la multitud, hizo conducir ante él a Jesús atado y rodeado de guardias. Todos los ojos se fijaron en el juez y la víctima; todos los oídos se pusieron atentos para escuchar los términos de la sentencia que se iba a pronunciar.     

  Pilatos paseó una mirada sobre la muchedumbre como si quisiera pedir gracia por la última vez y mostrando a Jesús cubierto de sangre y heridas, dijo con voz commovida: ¡He aquí a vuestro rey!». Una fuerza superior le obligaba a proclamar la dignidad real de Jesús delante de aquel pueblo sublevado. Su voz quedó ahogada en medio del clamor general: ¡Quita, quítalo! ¡Crucifícalo!».     

  El romano trató de despertar los sentimientos patrióticos de aquellos judíos en otro tiempo tan ufanos de su nacionalidad y de sus príncipes: ¿Queréis entonces les dijo, que haga crucificar a vuestro rey? — ¡No tenemos otro rey que al César!» respondieron cobardemente. He aquí, pues, a este pueblo de Dios, a estos pontífices, escribas y magistrados, a estos judíos que sin cesar se proclamaban los descendientes de Abraham y de David; hélos aquí abdicando su nacionalidad, el reino del Mesías libertador, todas sus glorias del pasado, todas sus esperanzas del porvenir. Aquí están todos de rodillas delante del César reprochando a Pilatos no ser bastante adicto al emperador. Y ¿por qué todo un pueblo se prosterna con tanta impudencia a los pies de los paganos? ¿por qué? ¡Por odio al Cristo Hijo de Dios; para alcanzar de Pilatos que le clave en un patíbulo y que derrame las últimas gotas de su sangre!     

  El odio llevado hasta este extremo, no es ya un sentimiento humano: como el traidor Judas, los judíos de la Pasión, verdaderos secuaces de Satanás, obraban y hablaban como lo hubiera hecho el mismo Satanás.        

  Acosado por los remordimientos, pero más apegado a su puesto que a su deber, Pilatos quería a lo menos, ya que había resuelto inmolar al inocente, lanzar una solemne protesta contra el decreto que se le exigía. Hizo, pues, traer agua y lavándose las manos en presencia de la asamblea, exclamó: «Soy inocente de la sangre de este justo: vosotros responderéis de ella».        

  Un grito formidable salido de millares de pechos, resuena en la ciudad santa: «¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!».       
  Este grito subió hasta Dios y decidió la ruina de Jerusalén, el exterminio de todo un pueblo y la destrucción de la nación deicida.     

  Un instante después, un heraldo proclamaba la sentencia dictada por Pilatos: «Jesús de Nazaret, seductor del pueblo, despreciador del César, falso Mesías, será conducido a través de la ciudad hasta el lugar ordinario de las ejecuciones y allí, despojado de sus vestiduras, será clavado en una cruz, permaneciendo suspendido en ella hasta su muerte».        

  Así terminó el más inicuo de todos los procesos. Los príncipes de los sacerdotes se felicitaron de su triunfo; la multitud ebria de sangre, batió palmas; Pilatos, taciturno y sombrío, volvió a su palacio para ocultar allí su vergüenza.    
 
 Sólo Jesús, el condenado a muerte, experimentaba en medio de sus dolores una alegría inefable: la hora del sacrificio que debía salvar al mundo, aquella hora por la cual suspiraba desde su aparición en la tierra, había por fin llegado.
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 (1) Advinonius, Theat. terne sánete, p. 163, según antiguas tradiciones. 
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 * Fuente: "JESUCRISTO: su Vida, su Pasión, su Triunfo", Cap. V y VI. por el padre Berthe, SS.RR.