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lunes, 11 de septiembre de 2023
sábado, 12 de marzo de 2022
¿POR QUÉ LOS PASTORES NO INSISTEN Y ADVIERTEN CONSTANTEMENTE DE ESTE GRAVÍSIMO PELIGRO? LOS MODERNISTAS SON CANES MUDOS, MUCHOS SIN FE
"Yo me digo muchas veces: Es de fe que hay cielo para los buenos e infierno para los malos; es de fe que las penas del infierno son eternas; es de fe que basta un solo pecado mortal para hacer condenar a una alma, por razón de la malicia infinita que tiene el pecado mortal, por haber ofendido a un Dios infinito. Sentados esos principios certísimos, al ver la facilidad con que se peca, con la misma con que se bebe un vaso de agua, como por risa o por diversión; al ver la multitud que están continuamente en pecado mortal, y que van así caminando a la muerte y al infierno, no puedo tener reposo, tengo que correr y gritar, y me digo:
Si yo viera que uno se cae en un pozo, en una hoguera, seguro que correría y gritaría para avisarle y preservarle de caer; ¿por qué no haré otro tanto para preservar de caer en el pozo y en la hoguera del infierno?
Ni sé comprender cómo los otros sacerdotes que creen estas mismas verdades que yo creo, y todos debemos creer, no predican ni exhortan para preservar a las gentes de caer en los infiernos.
Y aun admiro cómo los seglares, hombres y mujeres que tienen fe, no gritan, y me digo: Si ahora se pegara fuego en una casa y, por ser de noche, los habitantes de la misma casa y los demás de la población están dormidos y no ven el peligro, el primero que lo advirtiese, ¿no gritaría, no correría por las calles gritando: ¡fuego, fuego! en tal casa? Pues ¿por qué no han de gritar fuego del infierno para despertar a tantos que están aletargados en el sueño del pecado, que cuando se despertarán se hallarán ardiendo en las llamas del fuego eterno?".
SAN ANTONIO MARÍA CLARET
viernes, 12 de marzo de 2021
UN MAL SACERDOTE ES EL QUE NO CUMPLE CON SU DEBER DE PREVENIR DEL INFIERNO A SUS FIELES
"Yo me digo muchas veces: Es de fe que hay cielo para los buenos e infierno para los malos; es de fe que las penas del infierno son eternas; es de fe que basta un solo pecado mortal para hacer condenar a una alma, por razón de la malicia infinita que tiene el pecado mortal, por haber ofendido a un Dios infinito. Sentados esos principios certísimos, al ver la facilidad con que se peca, con la misma con que se bebe un vaso de agua, como por risa o por diversión; al ver la multitud que están continuamente en pecado mortal, y que van así caminando a la muerte y al infierno, no puedo tener reposo, tengo que correr y gritar, y me digo:
Si yo viera que uno se cae en un pozo, en una hoguera, seguro que correría y gritaría para avisarle y preservarle de caer; ¿por qué no haré otro tanto para preservar de caer en el pozo y en la hoguera del infierno?
Ni sé comprender cómo los otros sacerdotes que creen estas mismas verdades que yo creo, y todos debemos creer, no predican ni exhortan para preservar a las gentes de caer en los infiernos.
Y aun admiro cómo los seglares, hombres y mujeres que tienen fe, no gritan, y me digo: Si ahora se pegara fuego en una casa y, por ser de noche, los habitantes de la misma casa y los demás de la población están dormidos y no ven el peligro, el primero que lo advirtiese, ¿no gritaría, no correría por las calles gritando: ¡fuego, fuego! en tal casa? Pues ¿por qué no han de gritar fuego del infierno para despertar a tantos que están aletargados en el sueño del pecado, que cuando se despertarán se hallarán ardiendo en las llamas del fuego eterno?".
SAN ANTONIO MARÍA CLARET
sábado, 28 de noviembre de 2020
viernes, 13 de marzo de 2020
LO QUE UN SACERDOTE CATÓLICO DEBE ADVERTIR A LOS FIELES
"Yo me digo muchas veces: Es de fe que hay cielo para los buenos e infierno para los malos; es de fe que las penas del infierno son eternas; es de fe que basta un solo pecado mortal para hacer condenar a una alma, por razón de la malicia infinita que tiene el pecado mortal, por haber ofendido a un Dios infinito. Sentados esos principios certísimos, al ver la facilidad con que se peca, con la misma con que se bebe un vaso de agua, como por risa o por diversión; al ver la multitud que están continuamente en pecado mortal, y que van así caminando a la muerte y al infierno, no puedo tener reposo, tengo que correr y gritar, y me digo:
-Si yo viera que uno se va a caer en un pozo o en una hoguera, seguro que correría y gritaría para avisarle y preservarle de caer; ¿por qué no haré otro tanto para preservar de caer en el pozo y en la hoguera del infierno?
-Ni sé comprender cómo los otros sacerdotes que creen estas mismas verdades que yo creo, y todos debemos creer, no predican ni exhortan para preservar a las gentes de caer en los infiernos.
-Y aun admiro cómo los seglares, hombres y mujeres que tienen fe, no gritan, y me digo: Si ahora se pegara fuego en una casa y, por ser de noche, los habitantes de la misma casa y los demás de la población están dormidos y no ven el peligro, el primero que lo advirtiese, ¿no gritaría, no correría por las calles gritando: ¡fuego, fuego! en tal casa? Pues ¿por qué no han de gritar fuego del infierno para despertar a tantos que están aletargados en el sueño del pecado, que cuando se despertarán se hallarán ardiendo en las llamas del fuego eterno?".
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lunes, 18 de junio de 2018
domingo, 27 de mayo de 2018
lunes, 4 de diciembre de 2017
¿QUÉ HARÍA ÉL?... ¿QUÉ HACES TÚ?
Esta devoción bien realizada te llevará al cielo (haz clic): http://www.catolicidad.com/2010/05/devocion-de-las-tres-aves-marias.html
martes, 5 de noviembre de 2013
MÁXIMAS PARA CADA DÍA DEL MES, SEGÚN SAN ANTONIO MARÍA CLARET
Máximas para tenerlas presentes a menudo. Sacadas del "CAMINO RECTO Y SEGURO PARA LLEGAR AL CIELO", (pgs. 53 a 69).
He aquí unos pensamientos del gran pescador de almas por Cristo y María: San Antonio María Claret. Estas reflexiones -de sentido común cristiano- pueden servirnos de tema de meditación diaria. Hay una para cada día del mes. Emplea al menos 2 ó 3 minutos diarios.
San Antonio María Claret escribe:
1ª. Has de morir en la hora que menos pienses. Tanto si lo piensas como si no lo piensas, tanto si lo crees como si no lo crees, morirás y serás juzgado, y te salvarás o te condenarás, según el bien o el mal que hayas obrado; y de eso no te escaparás, por más que digas o hagas.
2ª. ¿Y qué te aprovechará el adquirir todas las riquezas, y alcanzar todos los honores y dar al cuerpo todos los gustos, si pierdes tu alma?
3ª. Las riquezas y los honores se quedarán en el mundo, el cuerpo en la sepultura, para ser comido de gusanos, y el alma en pecado como la de aquel Epulón, en el infierno, donde nos dice el Evangelio que fue sepultada.
MÁXIMAS PARA CADA DÍA DEL MES
1ª.Dios me ve, Dios me oye, Dios me ha de juzgar.
2ª. Dios es mi Creador, mi Redentor, mi Bienhechor, mi Padre; ¿me atreveré,
pues, a ofenderle?
3ª. El alma es mía, es sola, es eterna… ¡Desdichado de mí si la pierdo!
4ª. Salvada el alma, todo está salvado; perdida el alma, todo está perdido, y perdido para siempre.
5ª. ¿De qué le aprovechará al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?
6ª. No hay paz, felicidad ni contento para quien vive apartado de Dios.
7ª. La muerte llega en la hora que menos se piensa.
8ª. En un instante se peca, en un instante se muere y en un instante se cae en el infierno.
9ª. La muerte es conforme a la vida.
10ª. Somos criados únicamente para Dios y para el cielo.
11ª. Todo es vanidad, menos amar a Dios.
12ª. Un momento de placer… ¿y después?… Después una eternidad de tormentos.
13ª. ¿Quién podrá habitar en medio del fuego devorador del infierno y entre los ardores sempiternos?
14ª. ¿Qué haría un condenado si tuviese el tiempo que yo tengo? Y yo, ¿qué hago?.
15ª. El infierno está lleno de buenos deseos no puestos por obra.
16ª. El camino del cielo es estrecho, y son pocos los que andan por él; el del infierno es ancho, y son muchos los que lo siguen. Conviene vivir con los pocos, para salvarse con los pocos.
17ª. Breve padecer y eterno gozar.
18ª. Quien desprecia los pecados veniales no tardará en caer en los mortales.
19ª. En la hora de la muerte nada nos consolará sino las buenas obras, nada nos dará pena sino el mal que hayamos hecho.
20ª. Fue conveniente que Jesucristo padeciese, y así entrase en su gloria.
21ª. Cristo en ayunas, yo en harturas; Cristo desnudo, yo bien vestido; Cristo entre penas, yo nadando en delicias…
22ª. Haz al presente lo que quisieras haber hecho en la hora de la muerte, pues entonces querrás hacerlo y ya no será tiempo.
23ª. Velad y orad para no caer en tentación: Jesucristo es quien os avisa.
24ª. Es necesario orar sin cesar.
25ª. Sin hacerse violencia a sí mismo, no se entra en el reino de los cielos.
26ª. ¡Ay del mundo por causa de los escándalos! Pero más desgraciado aún aquel por quien viene el escándalo: Jesucristo es quien lo dice.
27ª. ¿Qué consuelo reciben ahora los condenados de los deleites que gozaron en este mundo y con los que compraron el infierno?
28ª. El que no hace todo cuanto puede para salvar su alma, o no tiene fe o es un loco.
29ª. Para salvarse conviene tener la eternidad en la cabeza, a Dios en el corazón y el mundo debajo de los pies.
30ª. Si deseamos entrar en el cielo, acordémonos siempre que la puerta del cielo es María.
31ª. El Ángel custodio está siempre con nosotros: respetemos su presencia, agradezcamos su amor, confiemos en su ayuda y tengamos una tierna devoción a San José.
Por favor propaguen estos consejos saludables y fortificantes.
HAGAMOS EL BIEN MIENTRAS SE PUEDE.
DESPERTAR A LAS ALMAS DE SU LETARGO ES OBRA DE CARIDAD.
viernes, 1 de noviembre de 2013
"¿A DÓNDE VAS, INFELIZ?, ATRÁS, ¡ANDA!" por san Antonio María Claret
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| "Quien no crea, se condenará". Mc. 16,16. |
...“Igualmente me obliga a predicar sin parar el ver la multitud de almas que caen en los infiernos, pues que es de fe que todos los que mueren en pecado mortal se condenan. ¡Ay! Cada día se mueren ochenta mil personas (según cálculo aproximado)*, ¡y cuántas se morirán en pecado y cuántas se condenarán! Pues que talis vita, finis ita. Tal es la muerte según ha sido la vida.
"Y como veo la manera con que viven las gentes, muchísimas de asiento y habitualmente en pecado mortal, no pasa día que no aumenten el número de sus delitos. Cometen la iniquidad con la facilidad con que beben un vaso de agua, como por juguete y por risa obran la iniquidad. Estos desgraciados, por sus propios pies, marchan a los infiernos como ciegos, según el Profeta Sofonías: Ambulaverunt ut caeci quía Domino peccaverunt (andarán como ciegos porque han pecado contra el Señor).
"Si vosotros viérais a un ciego que va a caer en un pozo, en un precipicio, ¿no le advertiríais? He aquí lo que yo hago y que en conciencía debo hacer: advertir a los pecadores y hacerles ver el precipicio del infierno a que van a caer. ¡Ay de mí si no lo hiciera, que me tendría por reo de su condenación!
"...¡Ay, hermanos míos! Cuando yo veo a uno que está en pecado mortal, veo a uno que cada paso que va dando, al suplicio del infierno se va acercando; y yo que veo al reo en tan infeliz estado, conozco el medio de librarle, que es el que se convierta a Dios, que le pida perdón y que haga una buena confesión. ¡Ay de mí si no lo hiciera!
"Quizá me diréis que el pecador no piensa en infierno, ni siquiera cree en infiernos. Tanto peor. Y que ¿por ventura pensáis que por esto dejará de condenarse? No por cierto; antes bien es una señal más clara de (su) fatal condenación, como dice el Evangelio: Qui non crediderit, condemnabitur (quien no crea, se condenará). Y, como dice Bossuet, esta verdad es independiente de su creencia; aunque no crea en el infierno, no dejará por esto de ir, si tiene la desgracía de morir en pecado mortal, aunque no crea ni piense en el infierno.
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| San Antonio María Claret: "El amor de Cristo nos estimula y apremia a correr y volar con las alas del santo celo". |
"Os digo con franqueza que yo, al ver a los pecadores, no tengo reposo, no puedo aquietarme, no tengo consuelo, mi corazón se me va tras ellos, y para que vosotros entendáis algún tanto lo que me pasa, me valdré de esta semejanza. Si una madre muy tierna y cariñosa viera a un hijo suyo que se cae de una ventana muy alta o se cae en una hoguera, ¿no correría, no gritaría: hijo mío, hijo mío, mira que te caes? ¿No le cogería y le tiraría por detrás si le pudiera alcanzar? ¡Ay, hermanos míos! Debéis saber que más poderosa y valiente es la gracia que la naturaleza. Pues si una madre, por el amor natural que tiene a su hijo, corre, grita, y coge a su hijo y le tira y le aparta del precipicio: he aquí, pues, (lo) que hace en mí la gracia.
"La caridad me urge, me impele, me hace correr de una población a otra, me obliga a gritar: ¡Hijo mío, pecador, mira que te vas a caer en los infiernos! ¡Alto, no pases más adelante! Ay, cuántas veces pido a Dios lo que pedía Santa Catalina de Sena. Dadme, Señor, el ponerme por puertas del infierno y poder detener a cuantos van a entrar allá y decir a cada uno. ¿A dónde vas, infeliz? Atrás, anda, haz una buena confesión y salva tu alma y no vengas aquí a perderte por toda la eternidad!”.
* Habla de su tiempo.
* Habla de su tiempo.
( Autobiografía de san Antonio María Claret - Capítulo XI).
http://www.catolicidad.com/2012/10/fiesta-de-todos-los-santos.html
lunes, 12 de marzo de 2012
LA MANSEDUMBRE, ENEMIGA DEL CELO AMARGO por San Antonio María Claret
La virtud que más necesita un misionero apostólico, después de la humildad y pobreza, es la mansedumbre. Por esto, Jesucristo decía a sus amados discípulos: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y así hallaréis descanso para vuestras almas. La humildad es como la raíz del árbol, y la mansedumbre es el fruto. Con la humildad, dice San Bernardo, se agrada a Dios, y con la mansedumbre, al prójimo. En el sermón que Jesucristo hizo en el monte dijo: Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra. No solo la tierra de promisión y la tierra de los vivientes que es el Cielo, sino también los corazones terrenos de los hombres.
No hay virtud que los atraiga tanto como la mansedumbre. Pasa lo mismo que en un estanque de peces; que, si se les tira pan, todos vienen a la orilla, sin miedo ninguno se acercan a los pies; pero, si en lugar de pan se les tira una piedra, todos huyen y se esconden. Así son los hombres. Si se les trata con mansedumbre, todos se presentan, todos vienen y asisten a los sermones y al confesonario; pero, si se les trata con aspereza, se incomodan, no asisten y se quedan allá murmurando del ministro del Señor.
La mansedumbre es una señal de vocación al ministerio de misionero apostólico. Cuando Dios envió a Moisés, le concedió la gracia y la virtud de la mansedumbre. Jesucristo era la misma mansedumbre, que por esta virtud se le llama Cordero: será tan manso, decían los profetas, que la caña cascada no acabará de romper; ni la mecha apagada acabará de extinguir; será perseguido, calumniados y saciado de oprobios, y como sino tuviera lengua, nada dirá. ¡Qué paciencia! ¡Qué mansedumbre! Sí, trabajando, sufriendo, callando y muriendo en la cruz, nos redimió y enseñó cómo nosotros lo hemos de hacer para salvar las almas que él mismo nos ha encargado.
Los Apóstoles, adoctrinados por el divino Maestro, todos tenían la virtud de la mansedumbre, la practicaban y enseñaban a los demás, singularmente a los Sacerdotes. Así es que Santiago decía: ¿Hay entre vosotros alguno tenido por sabio y bien amaestrado para instruir a otros? Muestre por el buen porte su proceder y una sabiduría llena de dulzura. Mas, si tenéis un celo amargo y el espíritu de discordia en vuestros corazones, no hay para qué gloriaros y levantar mentiras contra la verdad, que esa sabiduría no es la que desciende de arriba, sino más bien una sabiduría terrena, animal y diabólica.
Yo quedé espantado la primera vez que leí estas palabras del santo Apóstol al ver que la ciencia sin dulzura, sin mansedumbre, la llama diabólica. ¡Jesús, diabólica!... Sí, diabólica es, y me consta además por la experiencia que el celo amargo es arma de que se vale el diablo, y el Sacerdote que trabaja sin mansedumbre sirve al diablo y no a Jesucristo. Si predica, ahuyenta a los oyentes, y si confiesa, ahuyenta a los penitentes, y si se confiesan, lo hacen mal, porque se aturden y se callan los pecados por temor. Muchísimas confesiones generales he oído de penitentes que se habían callado los pecados porque los confesores les habían reprendido ásperamente.
En cierta ocasión hacía el Mes de María. Concurrían muchísimos a los sermones y a confesarse. En la misma capilla en que yo confesaba, confesaba también un sacerdote muy sabio y muy celoso. Había sido Misionero, pero por su edad y achaques se había vuelto tan iracundo y de tan mal genio, que no hacía más que regañar. Así es que los penitentes quedaban tan cortados y confundidos, que se quedaban los pecados sin decir, y, por lo tanto, hacían mala confesión. Y quedaban tan desconsolados, que para tranquilizarse se venían a confesar conmigo.
Como no pocas veces el mal genio y la ira o falta de mansedumbre se encubre con la máscara de celo, estudié muy detenidamente en qué consistía una y otra cosa, a fin de no padecer equivocación en una cosa en que va tanto. Y he hallado que el oficio del celo es aborrecer, huir, estorbar, detestar, desechar, combatir, y abatir, si es posible, todo lo que es contrario a Dios, a su voluntad y gloria y a la santificación de su santo nombre, según David, que decía: Iniquitatem odió habui et abominatus sum; legem autem tuam dilexi.
He observado que el celo verdadero nos hace ardientemente celosos de la pureza de las almas, que son esposas de Jesucristo, según dice el Apóstol a los de Corinto: Yo soy amante celoso de vosotros y celoso en nombre de Dios, pues que os tengo desposados con este único esposo que es Cristo para presentaros a él como una pura y casta virgen.
Por cierto que Eliecer se hubiera picado de celos, si hubiera visto a la casta y bella Rebeca, que llevaba para esposa del hijo de su Señor, en algún peligro de ser violada, y, sin duda, hubiera podido decir a esta santa doncella: Celador soy vuestro de los celos que tengo por mi Señor, porque os he desposado con un hombre para presentaros una virgen casta al hijo de mi amo Abraham. Con esta comparación se entenderá mejor el celo del Apóstol y de los varones apostólicos.
Decía el mismo en otra carta: Yo muero todos los días por vuestra gloria. ¿Quién está enfermo que no lo esté yo también? ¿Quién está escandalizado que yo no me abrase?
Los Santos Padres, para dilucidar más esta materia, se valen de la comparación de la gallina y dicen: ¡Mirad qué amor, qué cuidado y qué celos tiene una gallina por sus polluelos! La gallina es un animal tímido, cobarde, espantadizo mientras no cría; pero cuando es madre tiene un corazón de león, trae siempre la cabeza levantada, los ojos atentos, mirando a todas partes, por pequeña apariencia de peligro que se le presente para sus polluelos. No se pone enemigo delante de ella que no acometa para defenderlos, viviendo en un perpetuo cuidado que la hace continuamente vocear y es tan grande la fuerza del amor que tiene a sus hijos, que anda siempre enferma y descolorida. ¡Oh qué lección tan interesante de celo me dais, Señor, por medio de la gallina!
Yo he comprendido que el celo es un ardor y vehemencia de amor que necesita ser sabiamente gobernado. De otra manera violaría los términos de la modestia y discreción; no porque el Amor divino, por vehemente que sea, pueda ser excesivo en sí mismo ni en los movimientos o inclinaciones que da a los espíritus, sino porque el entendimiento no escoge los medios más a propósito o los ordena mal, tomando caminos muy ásperos y violentos, y, conmovida la cólera, no pudiéndose contener en los límites de la razón, empeña el corazón en algún desorden, de modo que el celo por este medio se ejecuta indiscreta y desarregladamente, con que viene a ser malo y reprensible.
Cuando David envió a Joab con su ejército contra su desleal y rebelde hijo Absalón, le encargó que no le tocase; pero Joab, estando en la batalla, como una furia por el deseo de la victoria, mató con su propia mano al pobre Absalón. Dios manda al Misionero que haga la guerra a los vicios, culpas y pecados; pero le encarga con el mayor encarecimiento que le perdone al pecador, que lo presente vivo a ese hijo rebelde para que se convierta, viva en gracia y alcance la eterna gloria.
¡Oh Dios mío!, dadme un celo discreto, prudente, a fin de que obre en todas las cosas fortiter et suaviter, con fortaleza, pero al propio tiempo suavemente, con mansedumbre con una santa prudencia, y al efecto me acordaré que la prudencia es una virtud que nace en el hombre con la razón natural, la instrucción la cultiva, la edad la fortifica, el trato y comunicación con los sabios la aclara y se consuma con la experiencia de los acontecimientos.
ANTE TODO LA SALVACIÓN DE LAS ALMAS
San Antonio María Claret
Visto en Apostolado Eucarístico con el título La Mansedumbre
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jueves, 8 de marzo de 2012
LA HUMILDAD. Reflexiones autobiográficas de San Antonio María Claret
La humildad es el fundamento de todas las virtudes. Desde que pasé al Seminario de Vich para estudiar filosofía, empecé el examen particular de esta virtud de la humildad, que bien lo necesitaba, pues en Barcelona, con los dibujos, máquinas y demás tonterías, se me había llenado la cabeza de vanidad, y cuando oía que me alababan, mi corazón contaminado se complacía en aquellos elogios que me tributaban. ¡Ay Dios mío, perdonadme, que ya me arrepiento de veras! Al recordar mi vanidad, me hace derramar muchas y amargas lágrimas, pero Vos, Dios mío, me humillasteis, y así no puedo menos que daros gracias por ello y decir con el profeta: "Bueno será el haberme tú humillado" (Salmo 118, 71). Vos, Señor, me humillasteis, y yo también me humillaba ayudado con vuestro auxilio.
En un principio que estaba en Vich pasaba en mi lo que en un taller de cerrajero, que el director mete la barra de hierro en la fragua y cuando está bien caldeado, lo saca y le pone sobre el yunque y empieza a descargar golpes con el martillo; el ayudante hace lo mismo y los dos van alternando y como a compás van descargando martillazos y van machacando hasta que toma la forma que se ha propuesto el director. Vos, Señor mío y Maestro mío, pusisteis mi corazón en la fragua de los santos Ejercicios espirituales y frecuencia de sacramentos, y así, caldeado mi corazón en el fuego del amor a Vos y a María Santísima, empezasteis a dar golpes de humillaciones y yo también daba los míos con el examen particular que hacia de esta virtud, para mi tan necesaria.
Con mucha frecuencia repetía aquella petición de San Agustín "noverim me, noverim te" y aquella otra de San Francisco de Asís: "¿Quién sois Vos? ¿Quién soy yo?" Y como si el Señor me dijese: "Yo soy el que soy" (Ex. 3, 14) y tú eres el que do eres; tu eres nada y menos que nada, pues que la nada no ha pecado y tu sí.
Conocí clarísimamente que de mi nada tengo sino el pecado. Si algo soy, si algo tengo, todo lo he recibido de Dios. El ser físico no es mío, es de Dios; Él es mi Creador, es mi Conservador, es mi motor por el concurso físico. A la manera que un molino, que por más bien que esté montado, si no tiene agua, no puede andar, así he conocido que soy yo en el ser físico y natural.
Lo mismo digo, y mucho más, en lo espiritual y sobrenatural. Conozco que no puedo invocar el nombre de Jesús ni tener un solo pensamiento bueno sin el auxilio de Dios, que sin Dios nada absolutamente puedo. ¡Cuántas distracciones a pesar mío!
Conozco que en el orden de la gracia soy como un hombre que se puede echar en un profundo pozo, pero que por sí solo no puede salir. Así soy yo. Puedo pecar, pero no puedo salir del pecado sino por los auxilios de Dios y méritos de Jesucristo. Puedo condenarme, pero no puedo salvarse sino por la bondad y misericordia de Dios. Conocí que en esto consiste la virtud de la humildad, esto es, en conocer que soy nada, que nada puedo sino que estoy pendiente de Dios en todo: ser, conservación, movimiento, gracia; y estoy contentísimo de esta dependencia de Dios y prefiero estar en Dios que en mí mismo. No me suceda lo que a Luzbel, que conocía muy bien que todo su ser natural y sobrenatural estaba totalmente dependiente de Dios, y fue soberbio, porque como el conocimiento era meramente especulativo, la voluntad estaba descontenta, y deseó llegar a la semejanza de Dios no por gracia, sino de su propia virtud.
Ya desde un principio conocí que el conocimiento es práctico cuando siento que de nada me he de gloriar ni envanecer, porque de mi nada soy, nada tengo, nada valgo, nada puedo. Soy como una sierra en manos del aserrador.
Comprendí que de ningún desprecio me he de resentir porque, siendo nada, nada merezco, y puesto en ejercicio, lo ejecuto, pues ninguna prenda ni honra basta para engreírme, ni vituperio o deshonra para contristarme. Yo conocía que el verdadero humilde debe ser como la piedra que, aunque se vea levantada a lo más alto del edificio, siempre gravita hacia abajo. He leído muchos autores ascéticos que tratan de esta virtud de la humildad a fin de entender bien en qué consiste y los medios que señalan para conseguirla. Leía las vida de los santos que más se han distinguido en esta virtud para ver cómo la practicaban, pues yo deseaba alcanzarla.
Al efecto, me propuse el examen particular, escribí los propósitos sobre el particular y los ordené tal cual se hallan en aquel opúsculo o librito llamado "La Paloma" (obra del mismo). Todos los días lo hice por el mediodía y por la noche y lo continué por quince años y aún no soy humilde. A lo mejor observaba en mí algún retoño de vanidad, y al instante tenía que acudir a cortarlo ya sintiendo alguna complacencia cuando alguna cosa me salía bien, ya diciendo alguna palabra vana, que después tenía que llorar, arrepentirme y confesarme de ella, haciendo de ella penitencia.
Muy claramente conocía que Dios me quería humilde y me ayudaba mucho para ello, pues me daba motivos de humillarme. En aquellos primeros años de misiones me veía muy perseguido por todas partes en común y esto, a la verdad, es muy humillante. Me levantaban las más feas calumnias, decían que había robado un burro, qué se yo qué farsas contaban. Al empezar la misión o función en las poblaciones, hasta la mitad de los días eran farsas, mentiras, calumnias de todas especie lo que decían de mi, por manera que me daban mucho que sentir y ofrecer a Dios, y al propio tiempo materia para ejercitar la humildad, la paciencia, la mansedumbre, la caridad y demás virtudes.
Esto duraba hasta media misión y en todas las poblaciones pasaba lo mismo, pero de medía misión hasta concluir, cambiaba completamente. Entonces el diablo se valía del medio opuesto. Todos decían que era un santo, a fin de hacerme engreír y envanecer, pero Dios tenía buen cuidado de mí, y así en aquellos últimos días de la misión, en que acudía tanta gente a los sermones, a confesarse, a la comunión y a todo lo demás, en aquellos últimos días, en que se veía el fruto copiosísimo que se había reportado y se oían los elogios que de mí hacían todos, buenos y malos; en aquellos días, pues, el Señor me permitía una tristeza tan grande, que yo no puedo explicar sino diciendo que era la especial providencia de Dios, que me la permitía como un lastre, a fin de que el viento de la vanidad no me diera un vuelvo.
¡Bendito seáis, Dios mío, que tanto cuidado habéis tenido de mi! ¡Ay cuántas veces habría perdido el fruto de mis trabajos si Vos no me hubieseis guardado! Yo, Señor, habría hecho como la gallina, que después que ha puesto el huevo, cacarea, y van y se lo quitan y se queda sin él, y aunque en un año ponga muchos, no tiene ninguno, porque ha cacareado y se los han llevado.
Si vos no me hubieseis impuesto silencio, con ganas que a veces sentía de hablar en los sermones, habría cacareado como la gallina y habría perdido todo el fruto y habría merecido el castigo, porque Vos habéis dicho, Señor: "No daré mi gloria a otro" (Is. 42, g.) y me habríais castigado y con justicia, Señor, por no haberlo referido todo a Vos, sino al diablo, vuestro capital enemigo. Con todo, Vos sabéis si alguna vez el diablo ha pellizcado algo, no obstante los poderosísimos auxilios que me dabais.
LOS DOCE GRADOS DE LA VIRTUD DE LA HUMILDAD
A fin de no dejarme llevar de la vanidad, procuraba tener presentes los doce grados de la virtud de la humildad que dice San Benito y sigue y prueba Santo Tomás, y son los siguientes:
-El primero es manifestar humildad en lo interior y en lo exterior, que es en el corazón y en el cuerpo, llevando los ojos sobre la tierra; por eso se llama humi-litas ("humi" de "humus", tierra).
-El segundo es hablar pocas palabras, y éstas conforme a la razón y en voz baja.
-El tercero es no tener facilidad ni prontitud para la risa.
-El cuarto es callar hasta ser preguntado.
-El quinto es no apartarse en sus obras regulares de lo que hacen los demás.
-El sexto es tenerse y reputarse por el más vil de todos y sinceramente decirlo así.
-El séptimo es considerarse indigno e inútil para todo.
-El octavo es conocer sus propios defectos y confesarlos ingenuamente.
-El nono es tener pronta obediencia en las cosas duras y mucha paciencia en las ásperas.
-El décimo es obedecer y sujetarse a los superiores.
-El undécimo es el no hacer cosa alguna por su propia voluntad.
-El duodécimo es temer a Dios y tener siempre en la memoria su santa Ley.
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¡Oh Dios mío, qué bueno sois! Estas inspiraciones santas me dabais para que os imitara y fuera humilde. ¡Bendito seáis, Dios mío! ¡Oh, si a otro le hubierais dado las gracias y auxilios que a mí, qué otro sería de lo que soy yo!
San Antonio María Claret (Escritos Autobiográficos)
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