martes, 15 de septiembre de 2026

LA GUERRA DE LAS ETIQUETAS (Trump-Sheinbaum).

 



Por Lorenzo Carrasco

Como en un reto entre infantes, los presidentes de Estados Unidos y México, Donald Trump y Claudia Sheinbaum, mantienen una peculiar guerra de etiquetas: de derecha a izquierda, compiten por rebautizar, reinterpretar o cancelar partes de la geografía y de la historia.

Trump, en su senectud narcisista, rediseña mapas y rebautiza territorios: todo es América y, a ser posible, todo es Trump. Canadá, Groenlandia, México y hasta el estratégico estrecho de Ormuz parecen caber, de una u otra manera, dentro de su cartografía mental. La guerra contra Irán demuestra, además, que el viejo impulso imperial estadounidense, a pesar de su notable capacidad geopolítica, no está precisamente sanforizado.

Por su parte, su colega mexicana, Claudia Sheinbaum, ha blandido la espada del indigenismo más elemental para combatir los fantasmas del hispanismo y, colocándose simbólicamente al lado de Cuauhtémoc, parece empeñada en derrotar definitivamente, cinco siglos después, a Hernán Cortés.

Todo esto podría no pasar de una pantomima infantil si no terminara convertido en política de Estado. La célebre película La guerra de los botones conservaba la gracia y la inocencia de la infancia y la adolescencia. De ambas carece, en gran medida, esta particular «guerra de las etiquetas» entre México y Estados Unidos, protagonizada por adultos que, desde el poder, parecen competir con la lógica de una riña escolar.

Hay, incluso, otro paralelismo interesante. Trump promete beneficios económicos directos a los ciudadanos estadounidenses en busca de respaldo electoral, quizá imaginando un efecto semejante al alcanzado en México por las pensiones para adultos mayores, que, siendo necesarias para millones de personas, se han convertido también en uno de los principales activos políticos y electorales de la llamada Cuarta Transformación.

Pero, para comprender mejor la raíz del culto político al indigenismo, acompañado frecuentemente por la descalificación de Cortés y de la herencia española, conviene retroceder en la historia mexicana. Esa narrativa no nació con Claudia Sheinbaum; es heredera de corrientes mucho más antiguas.

Podemos señalar, con las necesarias diferencias históricas, dos momentos particularmente significativos.

El primero aparece ya en los años inmediatamente posteriores a la conquista, durante el gobierno de la Primera Audiencia de México, presidida por Nuño de Guzmán. Su enfrentamiento con Hernán Cortés y con sus partidarios fue feroz. A ello se sumaron los abusos cometidos contra las poblaciones indígenas y el tráfico de esclavos, denunciados con enorme dureza por fray Juan de Zumárraga, primer obispo de México, quien llegó a describir en términos casi demoníacos la conducta de los gobernantes de aquella Audiencia.

No sería exacto afirmar que Carlos V creó formalmente la Primera Audiencia con el mandato explícito de destruir a Cortés; pero, en la práctica, su actuación produjo un violento desplazamiento del poder cortesiano y abrió una profunda confrontación con los conquistadores vinculados a él, con los franciscanos y con numerosos aliados indígenas que habían participado en la caída del imperio mexica.

En el trasfondo de aquella pugna se encontraba también una cuestión mayor: quién debía controlar y dar forma política a la Nueva España. La política diplomática del Imperio buscaba impedir que el enorme prestigio y poder adquirido por Cortés desembocara en un señorío prácticamente autónomo. Comenzaba así una tensión que recorrería buena parte del siglo XVI entre los protagonistas de la conquista, las órdenes misioneras y la creciente burocracia de la monarquía.

La firme actuación de Zumárraga y las denuncias contra la Primera Audiencia contribuyeron a poner fin a aquella experiencia. Pero, tres siglos después, en el México recién independizado, surgió otro proyecto de redefinición de la identidad nacional, esta vez bajo una poderosa influencia estadounidense.

 Aquí aparece Joel Roberts Poinsett.

Poinsett recorrió México en 1822 y posteriormente publicó sus Notes on Mexico. Regresaría en 1825 como primer ministro plenipotenciario de Estados Unidos ante la nueva república. Su intervención en la política mexicana fue considerable y su nombre quedó estrechamente ligado al desarrollo de las logias del rito de York, cuya patente fue obtenida con su intermediación y que pronto se convirtieron en uno de los grandes instrumentos de organización política del México independiente.

Alrededor de los lorquinos se consolidó una corriente marcadamente republicana y federalista, hostil a los sectores monárquicos y crecientemente enfrentada a la influencia política española. La pugna dejó de ser únicamente entre formas de gobierno: comenzó también una disputa por la memoria histórica y por la identidad que debía asumir la nueva nación.

Pero la misión de Poinsett tenía también una dimensión territorial que no debe pasarse por alto. Washington le había encargado explorar la posibilidad de modificar la frontera establecida por el Tratado Adams-Onís y adquirir para Estados Unidos una parte considerable de Texas. En 1827 fue autorizado a ofrecer un millón de dólares por determinados territorios texanos, y posteriormente la administración de Andrew Jackson llegó a contemplar una oferta todavía mayor. Poinsett consideraba, además, que el creciente establecimiento de colonos angloamericanos en Texas facilitaría su futura adquisición por Estados Unidos.

Poinsett no dirigió personalmente la independencia texana de 1836 ni la anexión de 1845, pero su misión anticipó con sorprendente claridad la dirección que tomaría posteriormente la expansión estadounidense. La presión para adquirir Texas fue seguida por la creciente colonización angloamericana, la separación de Texas de México en 1836 y, finalmente, su incorporación a Estados Unidos en 1845.

La anexión de Texas desencadenó una nueva crisis con México y precedió inmediatamente a la guerra mexicano-estadounidense de 1846-1848. Bajo la presidencia de James K. Polk, Estados Unidos llevó su expansión territorial hasta sus mayores dimensiones. El Tratado de Guadalupe Hidalgo de 1848 obligó a México a reconocer la pérdida de Texas y a ceder Alta California y Nuevo México, un vastísimo territorio que, sumado a Texas, representó aproximadamente la mitad del territorio que México había reclamado al alcanzar su independencia.

Vista retrospectivamente, aparece así una continuidad geopolítica que trasciende a Poinsett como individuo: primero, separar cultural y políticamente al nuevo México de su antigua matriz hispánica; simultáneamente, desplazar hacia el sur y el oeste la frontera de Estados Unidos; y finalmente convertir aquella expansión demográfica y territorial en una nueva realidad continental.

España, la monarquía católica y la herencia novohispana pasaban a representar, para determinados sectores del México independiente, el pasado del cual había que desprenderse. En contrapartida, el México prehispánico —Moctezuma, Cuauhtémoc y la antigua Tenochtitlan— ofrecía los símbolos necesarios para construir una genealogía nacional anterior a Cortés.

Así se fue desarrollando una lectura según la cual México no habría nacido del dramático encuentro iniciado en 1519 y de la nueva sociedad cristiana y mestiza surgida después de 1521, sino que constituiría esencialmente la restauración política de una nación interrumpida por la conquista española.

La conjura tenía enormes consecuencias simbólicas: Cortés dejaba de ser uno de los fundadores del México histórico para convertirse exclusivamente en su destructor; Cuauhtémoc pasaba de último tlatoani mexica a héroe nacional de un Estado que aparecería tres siglos después; y la continuidad novohispana era sustituida progresivamente por una narración que saltaba de Tenochtitlan a la Independencia.

No puede atribuirse toda esta construcción histórica únicamente a Poinsett ni a las logias lorquinas. Pero su intervención contribuyó a fortalecer en el México independiente una corriente republicana, federalista y anti hispánica que veía en Estados Unidos, y no en la tradición monárquica hispánica, el modelo político hacia el cual debía orientarse la nueva nación.

En términos simplificados, el mensaje era poderoso: el pasado está en Tenochtitlan; el futuro, en Washington.

Y aquella disputa sobre la identidad mexicana nunca terminó completamente. Bajo distintas formas reaparece hasta nuestros días, cada vez que la historia se divide entre indígenas y españoles, vencidos y vencedores, Cuauhtémoc y Cortés, como si cinco siglos de mestizaje pudieran reducirse nuevamente a los dos ejércitos enfrentados en 1521.

Pero dejemos por un momento la guerra de las etiquetas y pasemos a una realidad histórica mucho más profunda.

En la relación entre México y Estados Unidos se está produciendo desde hace décadas una transformación sustancial: la presencia masiva y creciente de mexicanos y de sus descendientes en territorio estadounidense. Decenas de millones de personas de origen mexicano viven hoy en Estados Unidos, y ciudades como Los Ángeles poseen una dimensión cultural mexicana imposible de ignorar.

Dentro de este proceso se podría hablar, provocativamente, de una suerte de «reconquista», no territorial ni militar, sino cultural, demográfica y espiritual, de espacios que México perdió en el siglo XIX bajo el avance ideológico del llamado Destino Manifiesto.

Y aquí aparece una de las ironías mayores de la historia.

El país que durante el siglo XIX ejerció una poderosa influencia sobre la transformación política y territorial de México observa ahora cómo millones de mexicanos y sus descendientes transforman culturalmente a Estados Unidos desde dentro. Y, para información de la presidente Sheinbaum, esa transformación no se está produciendo por obra de un indigenismo retrogrado, sino, fundamentalmente, por la fuerza de la presencia hispana.

El castellano se ha convertido desde hace tiempo en la segunda lengua más hablada de Estados Unidos y constituye uno de los elementos centrales de una transformación cultural de largo alcance.

Aquí adquieren particular relevancia unas palabras atribuidas a Octavio Paz en la década de 1990: «La Virgen de Guadalupe ha sido más “antimperialista” que 60 años de fervorosos discursos de los políticos mexicanos». Paz apuntaba con ello a algo mucho más profundo que la política coyuntural: la capacidad de una cultura para resistir mediante sus instituciones naturales, sus símbolos y sus formas tradicionales de vida.

Al explicar la resistencia cultural de México frente a la influencia de la mayor potencia del continente, Paz destacaba la fuerza de la organización comunitaria, de la familia, de la madre como centro de esa familia, de la religión tradicional y de las imágenes religiosas. En otras palabras, aquello que preserva a una cultura no es únicamente el Estado ni su discurso político, sino una trama mucho más profunda de costumbres, creencias, lengua, memoria y vínculos sociales.

Una idea semejante fue formulada por san Juan Pablo II en su célebre discurso ante la UNESCO, en 1980:

«La nación es, en efecto, la gran comunidad de los hombres que están unidos por diversos vínculos, pero, sobre todo, precisamente por la cultura. La nación existe “por” y “para” la cultura».

Y añadía que existe una «soberanía fundamental de la sociedad» que se manifiesta precisamente en la cultura de la nación.

Es ahí donde el asunto deja de ser jocoso.
La migración mexicana hacia Estados Unidos no representa solamente un fenómeno laboral, económico o demográfico. Lleva consigo una lengua, una religión, una concepción de la familia, determinadas formas comunitarias y una memoria histórica. Es decir, transporta cultura en el sentido más profundo señalado por Juan Pablo II.

La magnitud de este fenómeno terminó incluso modificando radicalmente el pensamiento de Samuel P. Huntington. El autor de El choque de civilizaciones, que inicialmente había planteado los grandes conflictos internacionales en términos de bloques culturales, acabó concentrando buena parte de su preocupación en la inmigración hispana —y muy particularmente mexicana— hacia Estados Unidos.

En Who Are We? The Challenges to America’s National Identity, Huntington llegó a presentar la continuidad territorial, demográfica, lingüística y cultural de la inmigración mexicana como un desafío sin precedentes para la identidad estadounidense. Muchas de aquellas preocupaciones reaparecen hoy, explícita o implícitamente, en sectores de la política estadounidense y ayudan a comprender parte del trasfondo cultural de la política migratoria de Donald Trump.

Aquí se encuentra, quizá, la paradoja principal. Mientras Trump y Sheinbaum libran sus respectivas batallas simbólicas por los nombres, los mapas y la interpretación del pasado, debajo de esa superficie se desarrolla un proceso histórico mucho más poderoso y difícil de controlar desde los palacios presidenciales: el encuentro —y también la tensión— entre dos grandes espacios culturales unidos por una frontera que separa Estados, pero que cada vez separa menos a sus sociedades.


lunes, 14 de septiembre de 2026

EL JUICIO FINAL SEGÚN LAS SAGRADAS ESCRITURAS


El Juicio Final tendrá lugar después de la resurrección de los muertos. Jesucristo mismo juzgará a todos los hombres: «Cuando venga el Hijo del hombre en su gloria... serán congregadas delante de Él todas las naciones» (Mt 25,31-32). Dios manifestará públicamente la verdad sobre cada persona, sus obras buenas y malas, incluso aquello que permaneció oculto: «Dios juzgará las acciones secretas de los hombres» (Rom 2,16).

No será porque Dios necesite conocer algo, pues Él conoce perfectamente nuestros corazones, sino para manifestar ante todos su justicia. «Todos hemos de comparecer ante el tribunal de Cristo» (2 Cor 5,10). «Los que hicieron el bien saldrán para la resurrección de vida, y los que hicieron el mal, para la resurrección de condenación» (Jn 5,29).

Entonces Cristo separará definitivamente a los justos de los pecadores (Mt 25,33) y pronunciará la sentencia eterna: «Venid, benditos de mi Padre» (Mt 25,34), o «Apartaos de mí, malditos» (Mt 25,41).


viernes, 11 de septiembre de 2026

LA MANSEDUMBRE, SELLO DEL VERDADERO CRISTIANO



La mansedumbre es, junto con la humildad, el sello particular de los verdaderos cristianos y de las personas profundamente piadosas. Nuestro Señor Jesucristo quiso presentarse a nosotros como modelo de estas dos virtudes: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29).

La mansedumbre no es debilidad ni cobardía. Es la virtud que mantiene el alma serena y dueña de sí misma aun en medio de las ofensas, las contradicciones y los sufrimientos. El verdadero cristiano sabe defender la verdad y cumplir su deber con firmeza, pero sin odio, violencia interior ni deseo de venganza.

La serenidad propia de la mansedumbre acompaña a los cristianos hasta en el martirio. Así lo vemos admirablemente en San Esteban, quien, mientras era apedreado, oró por sus verdugos: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado» (Hch 7,60). De este modo, el discípulo imita a su Maestro, que desde la Cruz dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).

La mansedumbre, unida a la humildad, hace que el alma se parezca cada vez más a Jesucristo y pueda permanecer en paz incluso en las mayores pruebas. Por eso dijo el Señor: «Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra» (Mt 5,5).

miércoles, 9 de septiembre de 2026

PARA ORAR

 


Os dejo una oración por si os ayuda para hoy para iniciar ese diálogo con el Señor, esa conversación que Él siempre, pacientemente espera y que transforma nuestro dia..

Me comentaba una persona hace poco: "yo no sé rezar, ¿Cómo hay que hacer?"... Es muy sencillo, pero si os cuesta hablar con Él, intentadlo por ejemplo, con esta bella oración:

"Desde que mi voluntad

está a la vuestra rendida,

conozco yo la medida

de la mejor libertad.

Venid, Señor, y tomad

las riendas de mi albedrío;

de vuestra mano me fío

y a vuestra mano me entrego,

que es poco lo que me niego

si yo soy vuestro y vos mío.

 

A fuerza de amor humano

me abraso en amor divino.

La santidad es camino

que va de mí hacia mi hermano.

Me di sin tender la mano

para cobrar el favor;

me di en salud y en dolor

a todos, y de tal suerte

que me ha encontrado la muerte

sin nada más que el amor. Amén."


José Luis Blanco Vega.

martes, 8 de septiembre de 2026

MILLONES DE CONCIENCIAS CORROMPIDAS



Y a la pregunta de Dios "¿Dónde está tu hermano?" Hemos repondido: 

"No sé. ¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?"

Al igual que sucedió con Caín, Dios nos hace responsables de la sangre de nuestros hermanos los más pequeños asesinados en el vientre de sus madres. A diferencia de otros crímenes, en el aborto participan casi todos: la madre y el padre que engendraron, los abuelos que lo consintieron, los amigos que lo recomendaron, los que fabricaron el material quirúrgico, los doctores que lo ejecutaron, los políticos que lo impulsaron a ley, los jueces que lo despenalizaron, los que lo promueven, los laicos católicos que lo apoyan, los sacerdotes que no denuncian este crimen, los que opinan que está justificado en ciertas circunstancias y los que guardan silencio.

Por ello el aborto es el crimen más execrable de todos, porque no solo mata millones de seres humanos, también corrompe millones de conciencias. Hablamos de millones de almas perdidas cada día.

Lo que Dios nos envíe lo tenemos bien merecido...

lunes, 7 de septiembre de 2026

NADIE QUE PERSEVERE EN EL REZO DEL ROSARIO SE CONDENARÁ


"...Esta Madre de Cristo es omnipotente y puede impedir que sus siervos caigan en el Infierno. Ella, como un sol, disipa las tinieblas de nuestras astutas maquinaciones. Descubre nuestras intrigas, rompe nuestras redes y reduce a la inutilidad todas nuestras tentaciones. Nos vemos obligados a confesar que ninguno que persevere en su servicio se condena con nosotros.

Un solo suspiro que ella presente a la Santísima Trinidad vale más que todas las oraciones, votos y deseos de todos los santos. La tememos más que a todos los bienaventurados juntos y nada podemos contra sus fieles servidores

Tened también en cuenta que muchos cristianos la invocan al morir y que deberían condenarse, según las leyes ordinarias, se salvan gracias a su intercesión. 

Tenemos que añadir, con mayor claridad y precisión –obligados por la violencia que nos hacen– que nadie que persevere en el rezo del Rosario se condenará. Porque ella obtiene para sus fieles devotos la verdadera contrición de los pecados, para que los confiesen y alcancen el perdón e indulgencia de ellos”.

Esto dijeron los demonios a Santo Domingo de Guzmán.

Fuente: San Luis María Grignon de Monfort. El secreto admirable del Santo Rosario.


sábado, 5 de septiembre de 2026

ORACIÓN PARA UNA BUENA MUERTE


"Virgen Santa, socorredme en la hora de la muerte: Santa María, madre de Dios, ruega por mí, pecador, ahora y en la hora de mi muerte; en tí, Señora, puse mi confianza, no sea yo confundido para siempre. Señor San José, mi protector, obtenedme una santa muerte. Ángel mío de mi guarda, Arcángel San Miguel, defendedme del demonio en el último combate. Y vosotros, Santos del paraíso, vosotros, ¡oh defensores míos! Socorredme en aquel extremo. Jesús. María y José, téngalos yo a mi lado en la hora de mi muerte".

San Alfonso María de Ligorio