domingo, 5 de abril de 2026
FELICES PASCUAS DE RESURRECCIÓN A TODOS NUESTROS AMIGOS-LECTORES
“Si habéis resucitado con
Jesucristo, buscad las cosas
de arriba, gustad las cosas
de arriba.”
Cuando un alma ha resucitado con Jesucristo, gusta poco de lo que es de la tierra. Todos sus deseos, todas sus aspiraciones y todos sus suspiros se dirigen hacia las cosas del cielo.
La resurrección espiritual produce en el alma efectos semejantes a los que produce la resurrección corporal en el cuerpo.
Esta resurrección espiritual es una vida nueva. El hombre que ha resucitado espiritualmente es un hombre nuevo, que ya no conserva las imperfecciones del hombre viejo.
¡Qué luz tan brillante en su espíritu!
¡Qué pureza en sus deseos!
¡Qué regularidad en sus costumbres y en su conducta mientras dura esta nueva vida!
Los deseos terrenos nacen de un corazón corrompido. Un corazón dominado por las pasiones produce esas densas nieblas que oscurecen el entendimiento.
Todo se vuelve terreno en quien vive poco cristianamente. Las verdades sublimes, la moral santa y la espiritualidad práctica resultan entonces un lenguaje desconocido para el alma mundana.
De ahí nacen los corazones duros, los espíritus embotados, la obstinación en el mal, la ceguera espiritual y, finalmente, la impenitencia.
La descripción más exacta de una persona mundana es precisamente ésta.
Estamos sordos a la voz de Dios cuando no somos de sus ovejas. No se reconoce esa voz cuando no se vive dentro de su redil.
De aquí vienen las grandes dificultades para convertir a un mundano o a una persona dominada por el espíritu del mundo. De aquí también que tantos permanezcan en el error.
Pero cuando se ha resucitado con Jesucristo, el alma se vuelve verdaderamente espiritual.
Las pasiones, extinguidas o al menos mortificadas, ya no provocan revoluciones en el interior del hombre. El corazón purificado por la gracia deja de ser un terreno donde se levanten vapores corruptos.
El aire es demasiado puro para formar nubes; la fe es demasiado viva para sufrir confusión.
El cielo bajo el cual vive el alma resucitada es sereno, y el mar en que navega está en calma. Por eso el alma tiene libertad para pensar y obrar como cristiana.
Entonces descubre el vacío de los bienes creados, el falso brillo de los honores mundanos y el veneno oculto en los placeres que seducen.
Quien se reconoce ciudadano del cielo mira la tierra como un lugar de destierro.
Solo suspira por el cielo, solo encuentra solidez en los bienes del cielo y solo halla verdadero gusto en las cosas del cielo.
Todo otro gusto es extraño y desordenado, y siempre indica que el alma está enferma.
Las máximas y el espíritu del mundo causan compasión a quienes han resucitado verdaderamente a la gracia.
Ese puñado de días que llamamos vida pierde todo su atractivo cuando se compara con la eternidad.
Pero para quien no ha resucitado con el Salvador, todo sigue siendo encantador: dignidades brillantes, honores, riquezas y placeres fascinan a un corazón material y a un espíritu terreno.
Cuando llega la resurrección espiritual, ese encanto desaparece. El engaño se disipa, la ilusión se cae por sí misma, y aquello que parecía grande se revela tal como es.
¡Qué desgracia para aquellos que en las fiestas de Pascua no experimentan los saludables efectos de la Resurrección!
¡Ay de quien permanece en sus tinieblas!
Dios obra prodigios solo con quienes han salido de Egipto. El maná está reservado para quienes han atravesado el mar Rojo y han sido lavados en la Sangre del Cordero.
P. JEAN CROISSET SJ
sábado, 4 de abril de 2026
SÁBADO SANTO
Sábado Santo. Jesús ha pasado toda la noche y pasará también todo el sábado en el sepulcro, custodiado por los soldados, sobornados por el Sanedrín para testificar contra su Resurrección. La Iglesia está hoy toda absorta en ese hecho, y en virtud del decreto del 9 de febrero de 1951 de la Sagrada Congregación de Ritos, en el que se restituyó todo el rito de la Vigilia pascual a la noche del sábado al domingo, conforme al uso primitivo, todo el día del sábado lo dedica a conmemorar y venerar la muerte y sepultura del Redentor, a las que alude todo el Oficio del día. Tal debe ser también la preocupación de los fieles por todo el Sábado Santo: meditar y venerar la sepultura del Redentor, asistiendo, en cuanto les sea posible, a los oficios litúrgicos y funciones extralitúrgicas del día.
La Sagrada Congregación de Ritos, atendiendo a tantos; ruegos y deseos de liturgistas contemporáneos (nosotros mismos lo reclamábamos en las ediciones anteriores de este Manual) y de obispos de todos los países, después de haber estudiado seriamente el asunto a la luz de los documentos antiguos, se resolvió a restituir el rito de la vigilia de Pascua, que hasta ahora se celebraba en la mañana del Sábado Santo, a las horas de la noche, para que así recobrara todo su significado y sirviera de preparación inmediata a la Pascua de Resurrección. La novedad, aunque anunciada sólo como a título de "experiencia" para el año 1951, fué recibida con aplauso general. Ella significaba no sólo un feliz retorno a la antigüedad, sino también al buen sentido, en el terreno litúrgico.
Según, pues, el aludido Decreto, el Sábado Santo es un día "alitúrgico", es decir, sin sacrificio eucarístico, pero con el Oficio Divino completo. Éste, por lo tanto, se compone de Maitines y Laúdes, Horas Menores, Vísperas y Completas, y ha de rezarse en sus horas correspondientes. Por lo mismo, las Tinieblas del Viernes Santo ya no tienen lugar, como antes, al anochecer de ese día, sino el sábado por la mañana.
El Oficio Divino del Sábado Santo, a excepción de Maitines y Laudes, es el mismo del Jueves Santo, con algunas pequeñas variantes que se han hecho necesarias para acomodarlo al Sábado, que es un día medio de luto, medio de alegre esperanza. Así, por ejemplo, se ha suprimido el salmo "Miserére", que, por otro lado, no existía en el Oficio del Triduo pascual antes del siglo XII; se ha compuesto una Antífona apropiada para el "Magníficat" de Vísperas, y se ha sustituido la oración "Réspice" por la "Concede", que alude a la devota expectación del pueblo cristiano en la Resurrección del Hijo de Dios.
No habiendo, pues, en el Sábado Santo actual, como acabamos de exponer, más que Oficio Divino, los fieles harán bien en asistir a él y en visitar en los templos el Santo Sepulcro, preparando sus corazones para la celebración pascual.
S. Vigilia pascual. El decreto reformador del 9 de febrero de 1951, que hizo del Sábado Santo un día "alitúrgico", restauró en la noche del sábado al domingo la Vigilia pascual, que consta de los siguientes ritos:
a) la Bendición del fuego nuevo,
b) la Bendición del Cirio pascual,
c) la introducción del Cirio, con la luz nueva, en el templo, y el canto del "Exúltet"
d) las lecturas bíblicas,
e) la Bendición de la Pila bautismal,
f) la Renovación de las promesas del Bautismo,
g) la Letanía de los Santos, y
i) la Misa solemne de "Gloria".
La restauración de esta vigilia pascual en la forma indicada ha sido una obra feliz, fruto de concienzudos estudios y combinación muy acertada de los" elementos primitivos con las necesidades actuales. No es el caso ya de pasar toda o casi toda la noche en vela, sino de santificar en el templo las últimas horas del sábado y las primeras del domingo, esperando el triunfo de la Resurrección de Jesucristo, que presagia cada uno de esos ritos y que la solemne Misa pascual anuncia como sucedido.
a) La Bendición del fuego nuevo. La Vigilia pascual comienza con la Bendición del fuego nuevo, el cual ha de encenderse por medio del pedernal para significar que Cristo, a quien el pedernal representa, es el origen de la luz, la cual ha de brotar de ese fuego bendito.
Este rito puede hacerse o en el atrio o dentro del templo, pero cerca de la puerta, como pueda ser mejor visto por los asistentes.
b) Bendición del Cirio pascual. Terminada la Bendición del fuego, el celebrante prepara el Cirio pascual trazando sobre él con un estilete una cruz, escribiendo con el mismo la primera y la última letra del alfabeto griego (Alfa y Omega) y los números correspondientes al año en que se vive, en esta forma y diciendo las palabras del caso. Luego, se bendicen cinco granos de incienso (si no están ya benditos de otro año) y se los clava en el Cirio el cual se enciende con el fuego nuevo, y entonces, finalmente, es él bendecido con una breve fórmula:
Este Cirio, así con tanto cuidado preparado por el sacerdote y por fin encendido y bendecido, representa a Jesucristo Resucitado y recuerda a la vez a la columna luminosa que acompañaba y guiaba por la noche a los hebreos, a su paso por el desierto. Los granos de incienso recuerdan por un lado las llagas del Crucificado y por otro los perfumes y ungüentos que prepararon las santas mujeres para embalsamar el cadáver de Jesús. Por eso va a ser el Cirio el blanco de las miradas y de los homenajes de los fieles cristianos reunidos esta noche en el templo para la Vigilia pascual, y su luz va a iluminarlo y alegrarlo todo y a todos.
c) Introducción del Cirio encendido. En solemne procesión introduce el diácono en el templo el Cirio encendido, encendiendo con él, primero, el celebrante su propia vela; segundo, todo el clero, y tercero todo el pueblo y la luminaria del templo, inundándose así de la nueva luz, que simboliza a Cristo, todo el ambiente sagrado. A continuación el diácono canta el "Exúltet", previa incensación del libro y del Cirio, que ocupa un lugar céntrico del coro.
El Exúltet o "Angélica", o más propiamente Prcecónium paschale o "anuncio pascual", es un poema lírico dedicado a la luz y a la Resurrección de Jesucristo. Primitivamente su composición estaba librada a la inspiración personal del diácono encargado de cantarlo, lo que dio margen a veces a retóricos abusos y adornos excesivos de estilo, de los que el actual está exento. En cambio está henchido de teología, acerca del misterio de la Redención.
Antiguamente (y también hoy, por fortuna), se procuraba hacer en este momento una muy profusa iluminación dentro del templo, para que los hechos concordasen con las palabras del diácono. Este Cirio quedará en el presbiterio todo el tiempo pascual, como testimonio de la Resurrección de Jesucristo.
d) Lecturas bíblicas.-Como reminiscencia de la preparación doctrinal y bíblica que en la antigüedad se daba a los catecúmenos para el bautismo, en el nuevo rito de esta Vigilia pascual se han conservado cuatro de las antiguas lecciones o profecías del Misal romano, con sus tractos y las oraciones, correspondientes
e), f) y g) Letanía, Bendición de la Pila bautismal y Renovación de las promesas. - Terminadas las lecturas bíblicas, se comienza con la Letanía de los Santos, la cual se interrumpe antes de "Propitius esto" para efectuar la Bendición de la Pila bautismal, en medio del coro, o, si el baptisterio lo requiere, en el baptisterio, después de la cual se hace la Renovación de las promesas del Bautismo, y se prosigue la letanía hasta el fin, enlazándola con los Kyries de la Misa.
La Letanía de los Santos y la Bendición de la Pila ya estaban en el anterior rito del Sábado Santo, mas no así la Renovación de las promesas del Bautismo, que ha sido introducida por primera vez ahora. Ésta, lo mismo que la Bendición de la Pila, se hace delante del Cirio pascual, como si fuera delante de Cristo, incensándolo previamente. El rito no puede ser más solemne ni más apropiado para esta noche, en que primitivamente se administraba el bautismo a multitud de catecúmenos, y en que además recuerda al cristiano, con San Pablo, haber sido también él sepultado con Cristo por medio de su bautismo, dejando en la pila de la regeneración espiritual sus vicios y concupiscencias. Esta Renovación viene a ser una reminiscencia de la antigua "Pascua annotina", de la que hablan no pocos rituales antiguos.
La Bendición de la Pila bautismal, que podemos decir es el rito central de esta noche, es sumamente interesante y está llena de un rico simbolismo. Para expresar la infusión del Espíritu Santo sobre el agua bautismal, el celebrante sopla y alienta repetidas veces sobre ella y sumerge en la pila el Cirio pascual, pidiendo descienda con él en el agua "la virtud" del Paráclito. Reservada, luego, el agua necesaria para ' el uso del templo y de los fieles, a la que se destina para el bautismo se la mezcla con el óleo de los catecúmenos y el. Santo Crisma y se la guarda en el baptisterio.
Antiguamente se administraba en este momento el bautismo a los catecúmenos, que eran multitud, y luego se les confirmaba. Hoy, si se presenta el caso, se administra el bautismo, mas no la confirmación.
i) Misa de "Gloria". Se engarza con las Letanías de los Santos, cuyos Kyries finales reemplazan a los de la Misa. Los ministros usan ornamentos blancos. Al entonar el "Gloria", rompen su silencio el órgano y las campanas, descórrense las cortinas moradas que cubren los altares, y el templo entero recobra el aspecto festivo.
Después de la Epístola hace su entrada triunfal en los oficios litúrgicos el "Aleluya", que el celebrante y el coro cantan seis veces alternando. No hay Credo, Ofertorio, ni Agnus Dei, ni ósculo de paz, y también se han suprimido las Vísperas, que antes se intercalaban a continuación de la Comunión. Con el "Ite missa est" aleluyado, terminan los oficios de esta "noche feliz", los cuales son como la primera estrofa del himno triunfal de la triunfante y gloriosa Resurrección.
Es de esperar que, antes de dar a esta reforma su forma "definitiva", se le restituirá a esta Misa toda su solemnidad, sin suprimir ni el Credo, ni el Ofertorio, etc., y colocando los Laudes al fin de la misma, como acción de gracias.
En las iglesias benedictinas, al Ofertorio de la Misa se bendice el Cordero Pascual, figura de. Jesucristo, para reanudar, con esa carne bendita y con el beneplácito de la Iglesia, la comida de carnes prohibida a los monjes durante toda la Cuaresma. Además, simbolízase en él a Jesucristo, Cordero de Dios, inmolado por los hombres, y asado, que diríamos, en la parrilla de la Cruz y. dado en manjar en la Comunión.
Demás estará advertir que los qué asisten a esta Misa de media noche cumplen con ella el precepto dominical, y que los que en ella comulgan no pueden volver a comulgar el día de Pascua. Sin embargo, harán bien los cristianos en asistir a la Misa solemne del día, para santificar y distinguir al día más grande del Año litúrgico.
viernes, 3 de abril de 2026
LA MADRE Y LAS ESPINAS
LA MADRE Y LAS ESPINAS
Ya me lo ponen.
Ya me lo dejan
sobre mis brazos, que una vez lo alzaron
cuando era sólo
peso pequeño,
calor de leche y sueño entre mis manos.
Ya me lo dejan.
Y al recibirlo
se me doblaron dentro las entrañas.
No caí al suelo,
pero hubo un golpe
más hondo que caer: quedarse viva.
Miré su rostro.
¡Ay, rostro mío!
¡Ay, Hijo mío!
¡Ay, flor herida de mi misma sangre!
¿Cuántas veces
besé esa frente
cuando el cansancio lo vencía en la tarde?
¿Cuántas veces
cerré sus ojos
para dormirlo sobre mi regazo?
¿Y quién me lo devuelve
tan deshecho,
tan sin aliento, tan despedazado?
Quise llamarlo.
Decir su nombre.
Moverle el pelo endurecido en sangre.
Poner mi boca
sobre sus párpados
como si un beso pudiera despertarle.
Pero no habló.
No abrió los ojos.
No me buscó las manos como niño.
Y entonces supe,
con un dolor
que me partió el alma y me dejó en silencio,
que estaba muerto.
No lloro sólo
porque esté muerto.
Lloro porque el mundo lo ha herido.
Lloro porque el hombre
tocó al Amor
y no tembló al dejarlo así vencido.
Lloro el pecado.
Pero lo lloro
no como idea ni como palabra:
lo lloro aquí,
sobre esta frente
donde su peso se volvió desgarradura.
Y al levantar
la mano trémula
para llegar a la corona dura,
sentí que el pecho
se me cerraba
como si en mí se abriera la misma punta.
No era un adorno.
No era un castigo
que yo pudiera mirar desde lejos.
Era la culpa
de todos puesta
sobre la nieve donde puse besos.
Y comencé
a quitar las espinas.
Despacio.
Muy despacio.
Como quien teme herir más al herido.
Como quien saca
de carne viva
un hierro ardiente clavado en sí mismo.
Tomé la una.
Salió con sangre.
Y al verla así,
temblando en mis dedos,
vi la soberbia del linaje humano:
ese no querer
doblar la frente,
ese soñar que puede ser su propio amo.
Y le dije quedo,
casi sin voz,
porque el dolor ya no me daba aliento:
—Hijo del alma,
¿por esta altivez
te atravesaron la pureza y el silencio?
Y aunque no habló,
su misma herida
me respondió con una luz oscura:
—Por esta espina
bajé la frente,
para inclinar al hombre hacia la altura.
Tomé la otra.
Ésta quemaba.
Y al arrancarla,
me temblaron tanto
las manos,
que tuve miedo
de hacerle daño aun estando muerto.
Era la carne
fuera del cielo,
el don sagrado torcido en caída,
la sed del cuerpo
cuando ya no ama
y sólo busca devorar la vida.
Entonces lloré
más humanamente.
No con gran voz: con un llanto oprimido.
De esos que apenas
dejan al pecho
seguir llevando el peso de sí mismo.
—Amado mío,
¿también por esto
te abrió la frente la mano enemiga?
Y su silencio
dejó en el mío
una respuesta más honda que la herida:
—Por esta fiebre
quise ser llaga,
para enseñar al hombre su altura perdida.
Tomé otra más.
Ésta era fría.
No abrasaba.
Helaba el alma.
Era la avaricia:
mano cerrada,
corazón chico,
mesa abundante y puerta clausurada.
La saqué lenta,
y en ese instante
sentí una pena seca, casi blanca.
No todo llanto
sale con lágrimas:
hay dolor hondo que por dentro sangra.
—Hijo,
¿también esta dureza
cayó sobre tu sien como castigo?
Y me respondió
su paz deshecha:
—Por esta estrechez me hice pobre, hijo.
Tomé la otra.
Oscura y roja.
La ira amarga.
La voz que hiere.
La mano pronta.
El juicio duro.
La poca piedad con el que cae.
La fuerza usada
para humillar
al mismo hermano que dolor comparte.
La saqué apenas
y me faltó
la respiración por un momento.
Porque hay espinas
que al arrancarse
parecen arrancar también el pecho.
—Hijo querido,
¿también por ésta
quedó tu rostro al golpe abandonado?
Y el gran silencio
de tu costado
me dijo más que un libro desgarrado:
—Por esta herida
dejé que hirieran
la mansedumbre misma de mis labios.
Tomé la quinta.
Verde y amarga.
La envidia triste,
pequeña y sucia,
que se entristece cuando el otro alcanza
lo que no roba,
lo que recibe,
lo que florece por divina gracia.
La vi tan poca,
tan miserable,
que me dolió aún más su pequeñeza.
Porque hay venenos
que no hacen ruido
y, sin embargo, secan la nobleza.
—Hijo mío,
¿también esta sombra
entró en tu frente como espina mala?
Y tu silencio
cayó en mi alma:
—Perdí hermosura para curar la mirada.
Tomé la sexta.
Y aquí mi llanto
se volvió más hondo.
Porque casi no hería.
Casi no pesaba.
Casi no quemaba.
Era la tibieza.
El alma que sigue
rezando a medias,
amando a medias,
viviendo a medias;
la que no niega,
pero pospone;
la que no huye,
pero no entrega.
La quité lenta.
Y al hacerlo sentí
que esto dolía más que lo violento.
Porque hay frialdades
que van matando
sin derramar apenas sufrimiento.
—Hijo…,
esta espina
me duele más de lo que yo sabía.
Y desde el fondo
de tu abandono
tu silencio dejó caer su herida:
—Por esta noche
sudé sangre a solas,
para encender lo que dormido había.
Quedaba una.
Y mis dos manos
temblaron tanto
que tuve que cerrar los ojos antes.
Porque esta espina
era más honda:
no era una culpa entre las otras graves.
Era el olvido.
Era la vida
gastada entera de espaldas al Eterno.
Era llenar
el alma de ruido
hasta no oír ya la voz del cielo.
La tomé al fin.
Y cuando salió,
sentí que el mundo entero estaba herido.
Como si el hombre,
al olvidarse de Dios,
se hubiera también olvidado a sí mismo.
—Hijo…
¿también por esto?
Y tu silencio,
más tierno entonces,
me respondió desde su noche inmensa:
—Por el que ya no me busca, Madre,
abrí mi herida para darle puerta.
Entonces miré
tu frente abierta.
Ya sin espinas.
Baño de sangre.
Paz destrozada.
Lirio vencido.
Y no pude más.
Incliné mi rostro
sobre tu pecho,
y lloré al fin como lloran las madres
cuando el dolor
ya no pregunta
y sólo sabe amar lo que ha perdido.
Lloré por Ti.
Lloré por ellos.
Lloré al mirar
que cada espina
había salido de nuestras miserias.
Y, sin embargo,
allí en tu herida,
nació una esperanza más honda que el llanto:
que si el pecado
te abrió la frente,
tu amor abrió más hondo todavía.
Entonces me volví
hacia mis hijos.
Y les dije quedo:
—No huyáis de esto.
Mirad las espinas.
Mirad lo que hace el pecado en el Amor.
Pero no desesperéis.
Venid aquí.
Llorad conmigo.
Porque quien se atreve a llorar de verdad
ante la frente herida de mi Hijo,
ya empezó a volver.
Y besé entonces
su frente limpia,
ya no para arrancar,
sino para adorar.
Y entendí, temblando,
que al quitarle las espinas de la carne
no había hecho más que mostrar
las que siguen sangrando en nuestras almas.
Miradlo bien.
Porque el que no llora ante esa frente
todavía tiene dormida el alma
donde debía temblar la eternidad.
OMO
VIERNES SANTO (Obligan el ayuno y la abstinencia)
Hay un día en el año en que la Iglesia guarda silencio… y el mundo casi no lo entiende.
El Viernes Santo no es solo un día “triste”. Es el día en que el Amor fue llevado hasta el extremo.
Jesús, inocente, es traicionado, abandonado, humillado y crucificado. No hay cantos de gloria. No hay Eucaristía. El altar está desnudo. Todo parece derrota.
Y sí… humanamente, es un día profundamente doloroso.
Pero aquí está la clave que muchos olvidan: no es una tristeza vacía.
Es una tristeza llena de sentido.
Porque cada golpe, cada herida, cada clavo… fue por amor.
No fue un accidente. No fue un fracaso. Fue una entrega libre.
Jesús no pierde la vida… la entrega.
Y en ese aparente silencio de Dios, en esa oscuridad del Calvario, se está librando la batalla más importante de la historia: la redención del mundo.
Por eso el cristiano no vive el Viernes Santo como quien pierde toda esperanza, sino como quien contempla el precio de su salvación.
Es un día para detenerse. Para mirar la cruz. Para comprender cuánto valemos para Dios.
Porque si alguna vez dudas de cuánto te ama Dios… mira el Viernes Santo.
Ahí está la respuesta.
Hoy no es solo un día triste.
Es el día en que el amor de Cristo se hizo imposible de ignorar.
Y la pregunta ya no es qué le pasó a Jesús…
La pregunta es: ¿qué voy a hacer yo con ese amor?
🙏 Señor, enséñanos a contemplar tu cruz no con indiferencia, sino con un corazón agradecido, capaz de responder con amor al Amor que se entregó por nosotros. Amén.
V.C.
jueves, 2 de abril de 2026
AL ALMA, EN LA NOCHE DEL JUEVES SANTO
No busques consuelos, luces ni discursos.
Entra en silencio: el Amor se dispone a entregarse, y no lo reconocerás si no vas desnuda.
Donde hay caridad, allí está Dios.
No donde hay palabras, ni fervores, ni gestos bien compuestos.
Donde el corazón deja de buscarse, donde el querer propio cede, donde amar cuesta y no se retira… ahí, sin ruido, Dios habita.
No fuiste tú quien comenzó.
Fue su Amor el que te reunió.
Andabas dispersa, dividida en mil deseos; y Él, sin que lo merecieras, te trajo a esta mesa.
No te unas a ti misma: déjate unir por Él.
Gózate —pero no como el mundo.
Gózate en Él.
No en lo que sientes, ni en lo que entiendes, ni en lo que posees.
El gozo verdadero no se derrama: se recoge.
Nace donde el alma deja de pedir y comienza a descansar.
Tiembla, pero ama.
Es Dios vivo el que está delante.
No lo hagas pequeño para no temerlo.
No lo vuelvas cercano para no rendirte.
Ama con reverencia; porque sólo ama de verdad quien sabe ante Quién está.
Y mira ahora cómo amas.
No con palabras suaves, sino con verdad.
Ama con corazón sincero.
Sin doblez, sin medida, sin buscarte.
No ames para ser visto, ni para ser respondido.
Ama como Él: sabiendo… y entregándote.
Guárdate de la división interior.
No dejes que el juicio escondido, la sospecha o la herida ocupen tu pensamiento.
La ruptura comienza en lo secreto.
No te dividas por dentro, porque entonces, aun estando presente, ya te habrás ido.
Deja las contiendas.
No sostengas lo que nace de ti.
No defiendas tu lugar, ni tu razón, ni tu imagen.
Hay disputas que no buscan verdad, sino victoria.
Y esas nacen del yo que no ha muerto.
Cesen en ti las luchas que no son de Dios.
Y entonces, en ese vacío que queda, pon a Cristo en medio.
No en los bordes, no como consuelo, no como idea.
En medio.
Que sea Él el centro de tu mirar, de tu amar, de tu sufrir.
Cuando Él ocupa el centro, todo se ordena, aunque todo parezca quebrado.
Quédate.
No huyas.
Permanece en esta noche.
Vela con Él.
Mira cómo ama sin escudo y se entrega sin reserva;
cómo empieza a retirarse del mundo justo cuando más hondo se queda.
Y si la noche te parece amarga, no rehúses su amargura.
Ahí trabaja el Amor con mayor pureza que en todo consuelo.
No se te pide entender.
Se te pide rendirte.
No se te pide abrazar:
se te pide dejarte tomar.
Porque este Amor que ahora se te da, no sólo te visita: te transforma.
Y si perseveras, si consientes en ser purificada,
si aprendes a amar sin poseer, entonces —en lo secreto— comenzarás a ver.
No aún con los ojos, sino con un saber oscuro y cierto.
Y un día, cuando todo haya pasado, cuando la caridad haya consumido en ti lo que no era de Él,
verás su Rostro.
Y el gozo que ahora apenas tocas en pobreza, será entonces inmenso, verdadero, sin fin.
Y entenderás —al fin— que donde hubo caridad, aunque fuese pequeña, aunque fuese herida, aunque fuese en la noche… allí estaba Dios.
CUANDO LA LEY ACUSA Y LA JUSTICIA ABSUELVE.
Cristo ante el sábado y la restitución del orden jurídico en su principio y en su fin.
Por Óscar Méndez Oceguera
El Evangelio refiere unos hechos que conviene recordar con precisión, porque aquí la claridad del juicio depende de la claridad del caso. Nuestro Señor atraviesa en sábado los sembrados; sus discípulos, urgidos por el hambre, arrancan espigas y comen. Los fariseos no niegan el hambre ni el hecho. Cuestionan su calificación. Lo que en su realidad es sustento inmediato, en su lectura se convierte en infracción. Poco después, en la sinagoga, comparece un hombre con la mano seca. La misma inteligencia que había recodificado como culpa un acto de necesidad somete ahora a prueba un acto de curación. La pregunta es formulada expresamente: «¿Es lícito curar en sábado?». Y el texto añade la intención: preguntan así para poder acusarlo. Cristo hace pasar al enfermo al centro, interroga a los presentes sobre si es lícito hacer el bien o hacer el mal, salvar una vida o dejarla perder, y cura públicamente al hombre. El caso queda así enteramente fijado: necesidad real, bien manifiesto, precepto invocado como instrumento de imputación.
Sería una pobreza de inteligencia leer esta escena como si opusiera la blandura de la compasión al rigor de la norma. No comparecen aquí la ley y el sentimiento, sino dos inteligencias de la ley: una, fiel a su razón y a su fin; otra, reducida a su materialidad y, por eso mismo, ya dispuesta a volverse contra el bien que debía servir. El punto inicial debe, pues, establecerse sin vacilación: Cristo no viola la ley; la restituye cuando su lectura se ha corrompido. No la elude. No la rebaja. No la sustituye por una superioridad emotiva. La juzga desde aquello por lo que la ley merece propiamente el nombre de ley.
Santo Tomás ofrece aquí la clave de toda recta comprensión jurídica: la ley es ordenación de la razón al bien común, promulgada por quien tiene a su cargo la comunidad. Esta definición no es una fórmula escolar. Es la estructura misma del problema. Si la ley es ordenación de la razón, no puede ser comprendida al margen de su ratio. Si está ordenada al bien común, no puede ser aplicada rectamente contra el bien al que se dirige. Si recibe su entidad jurídica de una razón práctica superior, no puede degradarse impunemente en automatismo verbal sin perder, en ese tránsito, algo de su propia naturaleza. La letra es necesaria; no es soberana. El texto obliga; no se funda a sí mismo. Por eso enseña el Aquinate que la ley humana tiene fuerza de ley en cuanto deriva de la ley natural; y si en algo se separa de ella, ya no es ley, sino corrupción de la ley.
Tal fue precisamente el error farisaico. No consistió en amar demasiado la ley, sino en haber dejado de entenderla. El descanso sabático, dado para ordenar al hombre a Dios, fue tratado como un absoluto autónomo. El medio ocupó el lugar del fin. El signo absorbió la sustancia. Lo instrumental se erigió en criterio supremo. Y una vez consumada esa inversión, la ley dejó de guiar y comenzó a acusar. La pregunta «¿es lícito?» dejó de significar una búsqueda de lo justo para convertirse en una técnica de condena. La interpretación había sido sustituida por el procedimiento.
Aquí se impone una de las nociones más altas del pensamiento jurídico clásico: la epieikeia, la equidad. No como indulgencia sentimental, ni como mitigación subjetiva, ni como permiso tácito para sustraerse a la norma, sino como la justicia legal en su forma más perfecta cuando la universalidad del texto no basta, por sí sola, para resolver con rectitud el caso singular. La ley se establece para aquello que ocurre ordinariamente; pero la vida humana, por su contingencia, puede presentar situaciones en las que la observancia material de la letra contradiga el fin mismo del precepto. En ese punto, adherirse a la letra no perfecciona la obediencia: la degrada. No porque la ley sea defectuosa, sino porque la ley, en cuanto racional, no fue dada para producir el mal que su aplicación mecánica acarrearía.
De aquí deriva una precisión decisiva: la necesidad no es una causa exterior que rompe la ley, sino un límite interno de su obligación. La ley no puede obligar a lo imposible; tampoco puede obligar a la destrucción del fin para el cual fue instituida. Puede ser físicamente posible observar la letra y, sin embargo, moralmente imposible cumplirla, si esa observancia implica sacrificar el bien superior que la norma debía proteger. En tal caso, la obligación cesa, no por dispensa, sino por imposibilidad de cumplimiento moral. La ley no se deroga; deja de obligar en ese punto.
El ejemplo de David, al que Cristo remite, debe ser entendido con la misma claridad. David, perseguido y necesitado, llega con sus hombres al sacerdote Ajimélec y pide alimento. No habiendo pan ordinario, recibe los panes de la proposición, reservados en principio al uso sacerdotal. Nuestro Señor invoca este episodio no para banalizar lo sagrado, sino para mostrar que una determinación inferior no puede operar, en un caso concreto, contra un bien superior. No se introduce un privilegio ni se consagra la arbitrariedad. Se reconoce que la necesidad no crea el derecho, sino que manifiesta qué exige el derecho cuando la aplicación ordinaria de una norma se volvería contradictoria con su propio fin.
Lo mismo sucede con el argumento de los sacerdotes, que obran en sábado sin incurrir en culpa. El punto es decisivo. No todo lo que materialmente parece infringir la norma constituye formalmente su violación. Los sacerdotes realizan actos que, vistos desde la pura exterioridad, podrían calificarse como trabajo; sin embargo, esos mismos actos se ordenan al culto y, por lo mismo, realizan mejor el fin del precepto que una observancia puramente material del descanso. Lo que desde la superficie aparece como excepción se revela, desde la inteligencia del orden, como cumplimiento más alto.
Esto exige distinguir entre precepto moral y precepto ceremonial. Moral es el deber de ordenar al hombre a Dios. Ceremonial es la determinación positiva del modo. El error farisaico consistió en absolutizar lo ceremonial y oscurecer lo moral. Cristo no enfrenta dos leyes equivalentes; restablece su jerarquía. El signo no puede prevalecer contra la sustancia; el modo no puede anular el fin. El sábado no era un fin en sí mismo, sino una pedagogía. Preparaba al hombre para el descanso en Dios, no para la idolatría del rito. La ley antigua educaba; no encarcelaba. Quedarse en el signo cuando la Realidad está presente no es fidelidad, sino infancia espiritual prolongada hasta la ceguera.
La cita profética —«Misericordia quiero, y no sacrificio»— fija esa jerarquía con una sobriedad perfecta. No degrada el sacrificio; lo subordina. El medio no puede volverse autónomo frente al fin. La misericordia no aparece aquí como sentimiento blando opuesto a la ley, sino como afirmación del orden del bien querido por Dios. Por eso la consecuencia es jurídica: una lectura defectuosa de la ley condena inocentes. Allí donde la inteligencia del precepto se corrompe, la aplicación de la norma se vuelve injusta.
La afirmación «el sábado fue hecho para el hombre» debe entenderse en su rigor. No somete la ley al arbitrio humano; declara su finalidad. La ley fue instituida para la perfección del hombre en orden a Dios. El hombre no es medida soberana del derecho; es su sujeto propio en cuanto ordenado a un fin superior. El sábado es para el hombre porque el hombre es para Dios. Y Dios no es un legislador distante que multiplica obstáculos, sino el Bien sumo que comunica orden, verdad y vida. Cuando una interpretación convierte la norma en obstáculo para ese fin, no se manifiesta la fuerza del precepto, sino su corrupción. La ley no es trampa; es instrumento. Arrancada de su fin, deja de operar como ley en ese caso.
En este punto comparece la afirmación decisiva: Cristo es Señor del sábado porque es Señor de la ley. No se sitúa ante la norma como intérprete externo, sino como quien manifiesta desde dentro su sentido. En Él, la ley no es ajena. La ley eterna, la ley natural y toda determinación recta reciben de Él su medida. Su acto no es desobediencia, sino jurisdicción. No rompe el orden; lo salva. No relativiza la ley; la purifica de su mala inteligencia. Él no está eligiendo entre dos mandatos contrapuestos, como si vacilara entre la observancia y la excepción. Está realizando un acto de prudencia regia: juzga qué exige aquí y ahora la ley eterna en un caso concreto. La obediencia material al sábado, en ese momento, habría sido una desobediencia al orden de la caridad. Y la verdadera obediencia, por eso mismo, no consiste en ceguera voluntaria, sino en la docilidad racional de la voluntad a lo que la prudencia reconoce como justo.
De aquí se sigue una consecuencia sobre la autoridad. La autoridad es función del bien. La potestas sólo es jurídica en cuanto permanece subordinada a la auctoritas de lo justo. El oficio no se justifica por su mera ocupación, sino por su ejercicio recto. La obediencia no es servidumbre ciega a la voluntad del superior, sino acto de razón que reconoce en el mandato la voz del bien común. Cuando el mandato se separa de ese bien, la obediencia se ordena al principio superior del que la ley recibe su sentido. No porque el sujeto se erija en medida soberana, sino porque el derecho no nace del órgano de poder, sino de su adecuación a la realidad de lo justo.
Puede afirmarse entonces, con toda precisión, que hacer el bien nunca puede ser ilícito. No como consigna, sino como conclusión jurídica. El bien posee una juridicidad intrínseca. La ley no le otorga su validez; la presupone. Cuando una interpretación proscribe el bien que la ley debía servir, esa interpretación se descalifica a sí misma. El derecho que se vuelve contra la justicia deja de justificarse como derecho.
Todo converge, finalmente, en el punto más alto. El bien del hombre no es indeterminado. Es la salus animarum. El hombre es para la salvación; por eso la ley es para el hombre. Cuando la aplicación de la norma impide ese fin, la norma no puede obligar en ese caso sin contradecir su razón de ser. No se trata de una excepción tolerada, sino del reconocimiento de que el fin último del orden jurídico no puede ser sacrificado en nombre de una determinación inferior. La ley se calla allí donde pretendería destruir aquello para lo que fue dada.
De aquí se sigue una advertencia que conviene formular con sobriedad: cuando una estructura jurídica prefiere su propia conservación al bien para el que fue instituida, ha comenzado a separarse de su naturaleza. Permanece como organización; se vacía como orden. Conserva procedimientos; pierde justicia. No desaparece; se convierte en administración de sí misma.
Y queda aún una verdad más honda. El descanso sabático no es inercia, sino gozo. El reposo de Dios no significa esterilidad, sino complacencia en la obra realizada. Por eso curar en sábado no rompe el descanso; lo realiza. Sanar es devolver al hombre la capacidad de entrar nuevamente en el bien. Es restituirlo, en la medida de lo posible, al orden para el cual fue creado. En ese sentido profundo, la curación no es una suspensión del sábado, sino su cumplimiento más verdadero. Allí donde el hombre es devuelto al bien, el sábado halla su sentido. Allí donde Dios sana, el descanso se vuelve acto.
La sentencia final —«es lícito hacer el bien en sábado»— no es una concesión, sino una regla. Una regla que no disminuye la ley, sino que la revela. Una regla que no debilita la obediencia, sino que la purifica. Una regla que enseña que la fidelidad no consiste en adherirse a la superficie del mandato, sino en conformarse al orden del bien que el mandato expresa.
Así, en la controversia del sábado, no es Cristo quien comparece como acusado. Lo que comparece bajo juicio es una concepción deformada del derecho. Y el veredicto es inevitable: la ley sólo es plenamente ley cuando permanece ordenada a la verdad, al bien y al fin querido por Dios. Fuera de ese orden podrá conservar forma, fuerza y amenaza; pero habrá comenzado ya a perder justicia.
Cristo no enseñó a despreciar la ley. Enseñó a reconocer cuándo su lectura ha dejado de ser ley. Y lo hizo como maestro y como Señor de la ley, principio de su orden, medida de su justicia y fin de su cumplimiento.
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