viernes, 27 de marzo de 2026

EXCELENCIAS DEL AYUNO, SUS ADMIRABLES EFECTOS Y SUS VENTAJAS - Por Cornelio A Lápide.



   El ayuno, dice San León, engendra los pensamientos castos, las voluntades razonables y rectas, y los más saludables consejos: con esta aflicción voluntaria, la carne muere para, las concupiscencias, y el espíritu se renueva con las virtudes. 

   Oíd a San Ambrosio: ¿Qué es el ayuno, dice, sino la imagen del cielo y el precio con que puede adquirirse? El ayuno es el alimento del alma, el alimento del espíritu. El ayuno es la vida de los ángeles; el ayuno es la muerte del pecado, la destrucción de los crímenes, el remedio de la salvación, el manantial de la gracia, el fundamento le la castidad. Por medio del ayuno se llega pronto a Dios. 

   El ayuno, dice San Efrén, es el carro que conduce al cielo. El ayuno suscita profetas, y enseña sabiduría a los legisladores. El ayuno es el guarda perfecto del alma, cohabita con el cuerpo sin dañarle.

   El ayuno es un alma a toda prueba para los soldados valientes y los intrépidos atletas. El ayuno resiste a las tentaciones; da unción a la piedad. El ayuno apaga la violencia del fuego, cierra las fauces de los leones, y encamina las oraciones al cielo. La abstinencia es madre de la santidad, disciplina de la juventud y adorno de la vejez.  No sólo es el ayuno una virtud perfecta, sino el cimiento de las demás virtudes; es la santificación, la pureza, la prudencia, virtudes sin las cuales nadie puede ver a Dios. 

   El hambre, dice San Ambrosio, es amiga de la virginidad, y enemiga de la lujuria; pero los excesos en la mesa ahogan la castidad y alimentan las pasiones: (Serm, de Quadrag.).

   Asi como el soldado no es nada sin armas, dice San Crisóstomo, y las armas no son tampoco nada sin el soldado, de la misma manera la oración no es nada sin el ayuno, ni el ayuno sin la oración. (In Matth., c. VI).

   El ayuno, Dice San Basilio, hace que los hombres sean semejantes a los ángeles. El ayuno es el alimento del alma, dice S. Crisóstomo. El ayuno, añade el mismo Santo, purifica el alma, alivia los sentidos, sujeta la carne al espíritu, hace que el corazón esté contrito y humillado, disipa las nubes de la concupiscencia, apaga los ardores de las pasiones abrasadoras, y enciende la antorcha de la castidad. 

   Ved lo que hace el ayuno, dice San Atanasio: cura las enfermedades, calma la impetuosidad de la sangre, ahuyenta los demonios, arroja los malos pensamientos, da más belleza y blancura al alma, más pureza al corazón, y hace que el cuerpo esté más sano y robusto. 

   Por medio del ayuno es como Elias sube al cielo en un carro triunfal, dice San Ambrosio. Sabemos, dice San Pedro de Ravena, que es el ayuno el alcázar de Dios, el campo de Jesucristo, la muralla inexpugnable del Espíritu Santo, el estandarte de la fe, el signo de la castidad, el trofeo de la santidad.

   Puesto que por gula perdimos las alegrías del paraíso, dice San Gregorio, esforcémonos en conquistarlas de nuevo con el ayuno y la abstinencia.

   ¿A qué debió Sansón el ser tan fuerte e invencible? dice San Basilio. ¿No fué el ayuno el que hizo merecer a su madre la gracia de concebirle? El ayuno le concibió, el ayuno le alimentó, y el ayuno hizo de él un prodigio de fuerza.  El ayuno, añade aquel gran Doctor, engendra profetas, da más fuerza a los fuertes: el ayuno da sabiduría a los que dictan leyes, es el escudo de los que combaten con valor. El ayuno es el que dió fuerza a Sansón, y en tanto que éste fué fiel en guardarlo, derribó a millares de enemigos en cada combate, arrancó las puertas de las ciudades, y los leones no pudieron resistir al vigor de su brazo. Pero desde el momento en que la embriaguez del vino y de la voluptuosidad se apoderó de él, en seguida lo prendieron los enemigos, le arrancaron los ojos, y fué juguete de los niños.

   Cuando el alma derrama lágrimas de arrepentimiento, dice San Gregorio, es también indispensable que la carne, que ha sido esclava de los criminales placeres, sea castigada con el ayuno.

   Samuel, dice S. Jerónimo, reunió el pueblo en Masphath, le fortificó con un ayuno que impuso, y asi le hizo victorioso de sus enemigos. (In Lib. Rey.) A fin de poder combatir a sus enemigos, dice San León, repararon las fuerzas de su alma y de su cuerpo por medio de un ayuno severo. Se abstuvieron de comer y de beber; se impusieron esta ruda penitencia, y para vencer a sus enemigos, empezaron por vencer en sí mismos el atractivo de la gula.

   Los ayunos, añade el mismo San León, nos hacen fuertes contra el pecado; triunfan de las concupiscencias, rechazan las tentaciones, calman el orgullo, templan la ira, y alimentan todos los afectos de la buena voluntad para hacernos practicar perfectamente todas las virtudes.

    El ayuno, dice San Atanasio, eleva al hombre hasta el trono de Dios (Tract, de Virgin.).  Judith ayunaba todos los días de su vida menos el día del sábado, dice la Escritura. (Judith. VIII. 6.) Holofernes y sus soldados, amigos de beber mucho, se embriagaban, dice San Ambrosio; pero había una mujer, Judith, que no bebía, ayunaba todos los días, menos los festivos. Armada con el ayuno, sé adelanta y destruye todo el ejército de los Asirios. Por medio de la energía de una resolución formada en la abstinencia, corta la cabeza á Holofernes, salva su pudor y alcanza la victoria. Fortificada con el ayuno, se introduce en el campo extranjero; Holofernes queda sumergido en el vino, y no siente el golpe mortal. Asi el ayuno de una sola mujer anonada el numeroso ejército de los asirios y salva el pueblo de Dios. 

   Por causa del odio y de la crueldad de Aman, el rey Asuero ordenó el exterminio de los judíos que estaban cautivos. Al momento, dice la Escritura, la reina Esther, asustada del inminente peligro, acude al Señor. Dejando todos sus adornos de reina, se pone vestidos de luto; en vez de usar perfumes, cubre su cabeza con cenizas y polvo, castiga su cuerpo con ayunos, y manda decir a Mardoqueo: id, reunid a todos los judíos que encontréis en Lusan, y rogad por mí: no comáis ni bebáis nada durante tres días y tres noches: yo ayunaré también con mis criadas; y entonces, a pesar de la ley que lo prohíbe, entraré sin ser llamada a las habitaciones del rey, y me expondré al peligro y A la muerte para salvar A mí pueblo.

   Esther, dice San Ambrosio, se volvió más hermosa con el ayuno; porque el Señor aumentaba su gracia en aquella alma sobria. Así es que desde el momento en que se presentó al rey, dice la Escritura, Dios cambió el corazón de Asuero, el cual se lanzó en sus brazos. ¿Qué tenéis, Esther? La dijo: soy vuestro hermano, nada temáis, no moriréis. (XV. 11-13). De este modo Esther, con su ayuno y su oración, se conquistó un nombre inmortal, alcanzando libertad para su pueblo, un patíbulo para el cruel Aman, justicia para Asuero y gloria para Dios. 

   La que ayunó tres días, dice San Ambrosio, gustó al rey y obtuvo lo que pedía, la salvación de su pueblo y entre tanto Aman, sentado en un regio festín, en medio de su intemperancia pagó la pena que su embriaguez merecía. El ayuno es pues el sacrificio de la reconciliación y el aumento de las virtudes. Esther con su ayuno, dice Clemente de Alejandría es más  fuerte que todos sus enemigos; desgarra el decreto tiránico que hacía perecer A su pueblo, y calma al tirano; reprimió a Aman y hace triunfar a los suyos. 

   Judas Macabeo y sus soldados obtienen con sus ayunos los socorros del cielo, y numerosas victorias sobre sus poderosos y temibles enemigos. (Lib. Macabeos.).

   El Ayuno, dice San Ambrosio, es el dueño de la continencia, la disciplina de la pureza, la humildad del espíritu, la flagelación de la carne corrompida, la expresión de la sobriedad, la regla de la virtud, la purificación del alma, la mano de la misericordia, el principio de la dulzura, el atractivo de la caridad, la gracia de la vejez, el custodio de la juventud. El ayuno es el alivio de las enfermedades, el alimento de la salvación, el viático del buen camino, el tesoro de toda la vida.

   Los Ninivitas son condenados por la justicia de Dios a ser destruidos; se dedican a un riguroso y universal ayuno, y al momento Dios les perdona. Los Apóstoles ayunan y oran; el Espíritu Santo baja sobre ellos, los llena de sus dones y los convierte en hombres heroicos...

   San Ambrosio atribuye todos los milagros de Elias a sus ayunos.  Con sus ayunos, dice, Elias cierra el cielo al criminal pueblo judaico; con su ayuno resucita al hijo de la viuda; su ayuno detiene las inundaciones; su ayuno hace bajar el fuego del cielo; su ayuno lo hace subir al cielo en un carro de fuego; con su ayuno de cuarenta días consigue conversar con Dios y hallarse en su presencia. Cuanto más ayuna, más poderoso es; detiene también las aguas del Jordán con su ayuno. 
   El ayuno es la salud del cuerpo, del alma, de la memoria y de la inteligencia. El ayuno prolonga la vida, nos libra de mil enfermedades precoces y crueles ¿Cuál es siempre el primer mandato de un médico? cuál es su primero y principal remedio? La dieta, que es un ayuno y una abstinencia absolutos...

"TESOROS DE CORNELIO A LAPIDE"

jueves, 26 de marzo de 2026

EL MÉDICO Y LA PACIENTE

 

Una mujer fue al médico y después de algunas preguntas, sobre su historia clínica, el médico que  era católico le preguntó:
- Usted es evangélica?
- ¡Sí! (Respondió la paciente).
El médico comentó:
- Me agradan los evangélicos, sólo hay un problema: Hablan mucho acerca de Jesús y no hablan de María.

*Silencio

- Doctor, ¿puedo hacerle una pregunta? 
- Por supuesto - Dijo el médico.
- Doctor, si algún día yo llegara a su consultorio y su secretaria me dijera que usted no está, pero que su madre me puede atender ¿cree que me gustaría ser atendida por ella?

- ¡Por supuesto que no! -Respondió el médico. Quien se graduó en Medicina fui yo, no mi madre.
- Y la mujer continuó: Bueno, doctor. Quien murió en la cruz por mí fue Jesús, no su madre.

Entonces el médico le respondió ..

- Pero si usted llegara a la recepción y encontrara a mi madre y resulta que ya no hay más turno y que además Ud. no tuviera dinero para pagar la consulta, y ella me pidiera que la atendiera...yo con gusto la atendería y hasta le daría gratis los medicamentos que necesitara, ¿sabe Ud. por qué?... por el simple hecho de ser una petición de mi AMADÍSIMA MADRE.

Un "querer" de mi Madre, es un "hacer" para mi..❤
La Virgen María no hace milagros, porque no es Dios, pero es Intercesora ante su Hijo y por ello nos alcanza milagros.

¡¡¡Amén!!!

miércoles, 25 de marzo de 2026

DÍA DEL NIÑO POR NACER


 

LA ANUNCIACIÓN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA Y ENCARNACIÓN DEL VERBO



La fiesta de hoy nos recuerda el gran acontecimiento de la historia: la Encarnación del Señor en el seno purísimo de una Virgen. En este día el Verbo se hizo carne, y se unió para siempre a la humanidad de JESÚS. El misterio de la Encarnación merece a María Santísima su título más hermoso, el de «Madre de DIOS», en griego Teotokos nombre que la Iglesia oriental escribía siempre con letras de oro, a manera de preciosa diadema en la frente de sus imágenes pintadas y en sus estatuas. «Colocada en los confines de la Divinidad», pues suministró al Verbo de DIOS la carne a que hipostáticamente se unía, la Virgen fue honrada siempre con culto supereminente llamado de «hiperdulía»: el hijo del Padre y el hijo de la Virgen se convierten naturalmente en un solo y mismo Hijo, dice San Anselmo; y siendo desde entonces María Virgen la reina del humano linaje todos debemos de venerarla. 

Ya que el título de Madre de DIOS hace a María Plenipotenciaria, pidámosle interceda ante Nuestro Redentor, para que por los méritos de Su Pasión y Su Cruz, lleguemos a la gloria de Su Resurrección. Que así sea.

MEDITACIÓN SOBRE LA ANUNCIACIÓN

I. Hoy, María Santísima es hecha Madre de DIOS; su humildad y su pureza le han valido este inefable honor. ¡Cuánta alegría me da, oh divina María, veros elevada a tan alto rango de gloria! Y puesto que sois Madre de JESUCRISTO N.S., también lo sois de los cristianos. ¡Ah, cuán consolador es este pensamiento! Sois todopoderosa para socorrerme, porque sois la Madre de DIOS; poseéis un corazón henchido de amor por mí, porque sois mi Madre. También yo, si quiero, mediante la fe y la caridad puedo poseer a JESÚSús en mi corazón. María Virgen ha engendrado a CRISTO según la carne, todos los cristianos pueden engendrarle en sus corazones por la fe (San Ambrosio).

II. Desde hoy, JESÚS es nuestro hermano; el amor que nos tiene lo hace semejante a nosotros, a fin de hacernos semejantes a Él. Viene a la tierra para que vayamos al Cielo. ¡Os adoro, Verbo encarnado en el seno virginal de María Castísima! ¡Quien me diera el poder de haceros una merced tan preciosa como Vos me hicisteis! Oh. Hermano y Redentor amabilísimo, os ofrezco todos mis afanes y mis obras , todo mi ser.

III. María Purísima es nuestra Madre, JESÚS nuestro Hermano: ¿somos dignos hijos de María Inmaculada, dignos hermanos de JESUCRISTO N.S.? María Santísima es totalmente pura, humilde y obediente: ¿posees tú esas virtudes? NS JESUCRISTO en todo busca la gloria de Su Padre y la salvación de las almas: ¿estás animado tú del mismo celo? ¿No tendría motivo JESÚS para quejarse y decir a su Madre amada: Los hijos de mi Madre han combatido contra mí? (Cantar de los Cantares).

ORACIÓN

Oh DIOS y Señor Nuestro, que habéis querido que Vuestro Verbo se encarnase en el seno de la bienaventurada Virgen María en el momento en el que al anunciarle el Ángel este misterio, Ella pronunció su «Fíat», conceded que nuestras plegarias, mientras honramos a la que firmemente creemos que verdaderamente es Madre de DIOS, obtengan el auxilio de su intercesión junto a Vos.

Por JESUCRISTO N.S., Amén.

martes, 24 de marzo de 2026

EL INFIERNO ESPERA A LOS QUE CALLAN PECADOS MORTALES EN LA CONFESIÓNl – Por Monseñor de Segur.



   El sabio arzobispo de Florencia San Antonino refiere en sus escritos un hecho no menos terrible que el anterior (se refiere al terrible caso de Raymond Diocrés, 1084), y que hacia la mitad del siglo XV había asombrado a todo el Norte de Italia. 

   Un joven de buena familia, que a los diez y seis o diez y siete años había tenido la desgracia de callar un pecado mortal en la confesión, y de comulgar en este estado, Habia ido dilatando de semana en semana y de mes en mes la penosa manifestación de sus sacrilegios, continuando, sin embargo, sus frecuentes confesiones y comuniones por un miserable respeto humano. Atormentado de remordimientos, pretendía acallarlos imponiéndose tan grandes penitencias, que le hacían pasar por un Santo.

   Pero como no lo consiguiese así tampoco, se resolvió a entrar en un convento. “Allí al menos, se decía, lo declararé todo y expiaré seriamente mis afrentosos pecados.” Más, por su desdicha, fué recibido como un Santo por los superiores, que ya le conocían de oídas, y con esto la vergüenza que sentía de aclarar sus graves pecados se sobrepuso una vez más. Dilató su confesión sincera para más adelante; redobló sus penitencias, y un año, dos años, tres años fué pasando en tan deplorable estado, sin atreverse jamás a revelar el peso horrible y vergonzoso que le abrumaba.

   Al fin una enfermedad grave vino, al parecer, a facilitarle el medio de descargar su conciencia. “Ahora voy, se dijo, a confesarlo todo de una vez; voy a hacer una confesión general antes de morir.” Pero sobreponiéndose aún entonces el amor propio al arrepentimiento, embrollo de tal manera la confesión de sus faltas, que el confesor no pudo entenderle. Quedóle todavía un vago deseo de volver sobre aquel asunto al día siguiente; pero le sobrevino un acceso de delirio, y desgraciadamente murió así.

   Los frailes, que ignoraban la horrorosa realidad, se decían unos á, otros: “Si éste no está en el cielo, ¿quién de nosotros podrá entrar allá?” Y hacían tocar a las manos del cadáver cruces, rosarios y medallas.

   El cuerpo fué llevado con cierta especie de veneración a la iglesia del monasterio, y quedó expuesto en el coro hasta la mañana del día siguiente, en que debían celebrarse sus funerales.

   Algunos momentos antes de la hora señalada para el entierro, uno de los frailes, encargado de tocar la campana, se encontró de repente cerca del altar con el difunto, rodeado de cadenas que parecían enrojecidas por el fuego, y mostrando en toda su persona ciertas señales de incandescencia.

   El pobre fraile, lleno de espanto, cayó de rodillas, fijos los ojos en la aterradora aparición; y entonces el réprobo le dijo: “No reguéis por mí: estoy en el infierno por toda la eternidad.” Y enseguida le contó la triste historia de su malhadada vergüenza y de sus sacrilegios, después de lo cual desapareció, dejando en la iglesia un olor infecto, como para atestiguar la verdad de todo lo que el fraile acababa de ver y de escuchar.

   Enterados del caso los superiores, hicieron llevar de allí el cadáver, juzgándole indigno de sepultura eclesiástica.

Por MONSEÑOR DE SEGUR.

domingo, 22 de marzo de 2026

JACARANDAS DE PASIÓN



Por Oscar Méndez Oceguera

En México, la Semana Santa no llega: desciende. Baja por las torres de las parroquias con una lentitud de sudario; se posa en los manteles almidonados de las señoras antiguas, en los cirios que velan como un pequeño ejército doméstico, en la miel morena de la capirotada y en el anís del pan, en el pregón apagado de las campanas que de pronto enmudecen como si el bronce hubiese sentido, antes que nosotros, el pudor de la muerte de Dios. Entra por el zaguán, cruza el patio, roza la cal de los muros y deja en la alacena, junto a la loza y al misal gastado, una gravedad de sacristía.

Y entonces florecen las jacarandas.

No florecen como un jardín de recreo ni como un parque que se ofrece al domingo. Florecen con seriedad litúrgica, con recogimiento de entierro real. Es como si el cielo, al ver que la Iglesia entra en sus días más hondos, quisiera vestirse también de un morado mexicano: no el morado de las cortes, sino ese lila nuestro, un poco polvoso, un poco humilde, un poco triste y un poco glorioso, que cabe igual sobre la capital que sobre la frente recatada de la provincia. Es el color del atrio en la hora violeta, del rebozo limpio, de la solterona piadosa que guarda un relicario, de la tarde que se arrodilla sobre la teja y la cantera.

Porque la Semana Santa en México no se piensa: se anda.

Se anda en la palma del Domingo de Ramos, que entra en la casa como una victoria mansa y verde. Se anda en la procesión del Nazareno, cuya túnica avanza entre rezos como si arrastrara detrás de sí no sólo la cruz, sino el cansancio de nuestros padres, el sudor de la frente, el pan escaso y la tierra trabajada. Se anda en el Jueves Santo, cuando las mujeres más piadosas —y a veces los hombres más silenciosos, los que guardan la fe como una navaja buena en el bolsillo— salen a visitar las Siete Casas. Cada templo es una estación del alma; cada sagrario, una herida de luz; cada campanario, una vigilancia. Y el corazón mexicano mide entonces la distancia en avemarías, en pasos sobre piedra, en suspiros que se quedan prendidos de la reja del atrio.

Qué cosa tan nuestra esa peregrinación de iglesia en iglesia.

No se trata sólo de cumplir una devoción. Se trata de ir recogiendo el temblor distinto de cada templo. En uno huele a incienso noble; en otro, a yeso húmedo y flores de mercado; en otro, a banca vieja, a madera que ha escuchado generaciones de rodillas; en otro, a silencio de cantera. El fiel va de templo en templo como va de herida en herida, buscando al Esposo escondido, siguiendo las huellas de una majestad humillada que esa noche ya no reina desde el trono, sino desde la vulnerabilidad de la carne. Y mientras tanto la ciudad, con sus zaguanes, sus corredores y sus macetas, parece acordarse de pronto de que también tuvo alma.

En las cocinas, la religión se vuelve aroma.

Hierve la miel oscura de la capirotada, y en ella México hace una de sus confesiones más delicadas y más pobres. Nada más nuestro que esa alianza de pan duro, piloncillo, canela, clavo, pasas, queso y memoria. Allí está el pan como cuerpo de pobreza; la miel como dulzura redentora; el queso con ese contraste grave con que la vida corrige la fiesta. La abuela revuelve la cuchara como quien guarda un rito; la loza espera con mansedumbre; la lámpara del Sagrado Corazón vela la vigilia; y hasta el humo parece subir con ese pudor con que a veces suben las mejores oraciones.

En casa de mis tías, que habían traído de Zacatecas no sólo la sangre, sino el luto, la fe y la cocina, nunca había una sola capirotada. Había dos, a veces tres, puestas casi en callada competencia, como si cada una quisiera demostrar que también la penitencia podía tener memoria y gracia. Una llevaba más piloncillo, otra más queso, otra ese secreto mínimo que su autora guardaba con un orgullo manso. Nosotros, los niños, no entendíamos del todo aquella rivalidad buena; sólo sabíamos que cada capirotada sabía distinta y que en cada cazuela humeaba algo más que pan, miel y clavo: humeaba la casa, la familia, Zacatecas entero vuelto dulzura grave sobre la mesa.

Porque nuestro pueblo, cuando era todavía pueblo y no mero gentío, entendía que la fe debía entrar por la boca, por la vista, por la rodilla, por el cansancio de los pies y hasta por el sueño vencido de la madrugada. Por eso callaban las campanas y aparecían las matracas con su estrépito de madera penitente, como si la alegría metálica del mundo hubiese sido suspendida para dejar hablar al hueso seco del dolor. Por eso se cubrían las imágenes. Por eso el altar se entristecía. Por eso las calles sacaban Cristos y Dolorosas entre cirios temblorosos, como quien saca a la noche sus reservas más delicadas. Y en las casas quedaban la palma del año pasado detrás del crucifijo, el rosario sobre la mesa, la estampa dentro del misal: pequeñas fortalezas de una patria que se defendía con costumbres.

Y en medio de todo eso, las jacarandas.

Las jacarandas tienen en estos días una elocuencia que avergüenza a los retóricos. Sus flores caen sobre las banquetas, sobre los atrios, sobre los coches profanos, sobre los zapatos de quienes ya no saben que pisan una metáfora. Caen como cae una gracia fina, sin escándalo, sin aparato. Y uno siente que no están ahí por casualidad botánica, sino por un acuerdo secreto entre la naturaleza y la liturgia, entre la savia y la sangre.

Yo no puedo verlas sin que regresen de golpe ciertas cosas que parecían dormidas: la voz baja de mi madre, el paso más lento de mis abuelos, el rumor de las tías en la cocina, el cansancio de los pies al salir de la séptima iglesia, el brillo de la cera en la tarde, la penumbra del templo, la casa entrando poco a poco en silencio. Todo vuelve, y sin embargo no vuelve igual. La memoria tiene esa piedad y esa herida: nos restituye las escenas cuya sustancia ya no se deja tocar, pero cuya verdad sigue viviendo en nosotros. Uno mira las jacarandas y siente que debajo de su lila pasan otra vez aquellas manos, aquellas voces, aquellos pasos; no como sombras vacías, sino como un bien recibido, como algo que formó el alma y que todavía nos acompaña.

Tal vez por eso la Semana Santa se vuelve más honda con los años. De niño, uno la recibe; después la ama; al final comprende que también le fue confiada. Ya no se anda sólo por memoria, sino por devoción y por fidelidad: devoción a los misterios santos, fidelidad a quienes nos enseñaron a arrodillarnos, a callar, a mirar, a acompañar. Uno entra a los templos con los presentes y con los ausentes. Uno prueba la capirotada y no busca solamente un sabor, sino una casa entera. Uno oye la matraca y no escucha sólo la madera: escucha la transmisión de un mundo. Y entiende, con gratitud y temblor, que todo aquello era bello no sólo para ser recordado, sino para ser conservado y entregado.

En otros países, tal vez la primavera sea apenas una estación. Aquí, cuando se junta con la Semana Santa, se vuelve memoria viva. La tierra florece cuando la Iglesia contempla la muerte. El cielo se adorna cuando el altar se desnuda. La ciudad se pone violeta cuando Cristo entra en sus horas más oscuras. Y esa contradicción, que de niño sólo parecía hermosa, con los años revela su verdad: entre nosotros la hermosura nunca estuvo separada de la herida. La gloria no borra el sacrificio: lo recoge y lo vuelve fecundo.

Por eso el Viernes Santo mexicano no fue para mí un espectáculo, sino una impresión honda. El Santo Entierro avanzaba con una lentitud que todavía gravita en la sangre. Las velas alzaban su arquitectura humilde. Los hombres se descubrían la cabeza. Las mujeres llevaban sus oraciones con la misma naturalidad con que llevan el peso de la casa. Y uno, siendo niño, aprendía que hay tristezas hermosas, y que ciertas solemnidades no pasan: se depositan en el alma como una reserva secreta para la hora en que toque sostenerlas.

Luego venía el Sábado Santo, con esa pobreza desnuda que deja el alma como una casa a medio vaciar. No ocurría nada visible, y sin embargo todo quedaba suspendido. Y aun allí permanecían las jacarandas, no como anuncio ruidoso, sino como promesa derramada. No decían todavía el Aleluya, pero ya preparaban el aire. No rompían el luto: lo perfumaban.

Por eso la Semana Santa mexicana no es folclor, aunque el folclor la ronde; no es turismo, aunque el turismo la explote; no es color local, aunque la tierra y el cielo le presten sus tintas más hondas. Es algo más serio, más tierno y más hondo: una herencia sagrada, recibida en la fe y custodiada en la memoria, transmitida por las manos de las madres, por el paso de los padres, por el silencio de los abuelos, por la paciencia amorosa de las tías. Está escrita en azúcar y en cera, en incienso y en cantera, en la matraca y en la campana muda, en la visita a las Siete Casas y en la capirotada plural de las casas antiguas. Y ahora también, como una pena florecida y fiel, en la lila penitencial de las jacarandas.

sábado, 21 de marzo de 2026

ACERCA DEL DOLOR



El dolor pone una cierta manera de igualdad entre todos los que padecen, lo cual es ponerla en todos los hombres, porque padecen todos; por el gozar nos separamos, por el padecer nos unimos con vínculos fraternales. 

El dolor nos quita lo que nos sobra y nos da lo que nos falta, poniendo en el hombre un perfectísimo equilibrio: el soberbio no padece sin perder algo de su soberbia, ni el ambicioso sin perder algo de su ambición, ni el colérico sin perder algo de sus iras, ni el lujurioso sin perder algo de su lujuria. 

El dolor es soberano para apagar los incendios de las pasiones; al propio tiempo que nos quita lo que nos daña, nos da lo que nos ennoblece; el duro no padece nunca sin sentirse más inclinado a compasión, ni el altivo sin encontrarse más humilde, ni el voluptuoso sin hacerse más casto; el violento se amansa, el flaco se fortalece. Ninguno sale peor que entró de esa gran fragua de los dolores; los más salen de ella con altísimas virtudes que nunca conocieron: quién entró impío y sale religioso; quien avaro y sale limosnero; quién entra sin haber llorado nunca y sale con don de lágrimas; quién empedernido y sale misericordioso. 

En el dolor hay un no sé qué de fortificante, y de viril, y de profundo, que es origen de toda heroicidad y de toda grandeza; ninguno ha sentido su misterioso contacto sin crecerse; el niño adquiere con el dolor la virilidad de los mozos, los mozos la madurez y la gravedad de los hombres, los hombres la fortaleza de los héroes, los héroes la santidad de los santos. 

JUAN DONOSO CORTÉS


viernes, 20 de marzo de 2026

ORACIÓN PARA SER MENOS


 ORACIÓN PARA SER MENOS


Señor, que ves mi sed de ser nombrado,

líbrame de esta vana señoría;

que no busque mi pecho en este día

más honra que la de haberte amado.


Si otro es alzado, no me cause herida;

si otro resplandece, yo no tema;

que el amor propio es sombra que se quema,

y tu verdad, silencio que da vida.


Hazme pequeño, sin tristeza oscura;

humilde, sin bajeza ni desmayo;

que es más firme la espiga que se inclina

que el árbol que se quiebra por su altura.


Jesús, manso y humilde, a Ti me vuelvo.

Desnuda en mí la vana presunción;

que más honra recibe el alma humilde

que cien coronas dadas al error.


jueves, 19 de marzo de 2026

19 DE MARZO: SEÑOR SAN JOSÉ


 Si el que está triste le pide consuelo, lo obtiene;  si el atribulado le pide alivio, le alcanza; si el que está en peligro acude a él, le libra; si el enfermo le suplica la salud, se la otorga (sí conviene a su alma); si el justo le ruega le conceda la perseverancia en el bien y si el pecador le suplica, alcanza de él también la verdadera penitencia. En suma, San José favorece a todos sin distinción de edad, estado, ni condición, porque él es el protector de los niños, el abogado de los casados, el modelo de los sacerdotes, el amparo de las vírgenes y el consuelo de los enfermos y el patrono de la buena muerte.

miércoles, 18 de marzo de 2026

QUE LA TRISTEZA NO DETERMINE TU OBRAR


"Esfuérzate en contrariar vivamente las inclinaciones de la tristeza, y aunque te parezca que en este estado todo lo haces con frialdad, pena y cansancio, no dejes, empero, de hacerlo; porque el enemigo, que pretende hacernos aflojar en nuestras buenas obras mediante la tristeza, al ver que a pesar de ella no dejamos de hacerlas, y que haciéndolas con resistencia tienen más valor, cesa entonces de afligirnos".

San Francisco de Sales