lunes, 3 de agosto de 2026

NUESTRA SEÑORA DEL SÓTANO



Por Óscar Méndez Casanueva 

"En verdad, os digo, si no volviereis a ser como los niños, no entraréis en el reino de la cielos. Quien se hiciera pequeño como este niñito, ése es el mayor en el reino de los cielos" Mt. XVIII, 3-4.

Hay imágenes que desaparecen de los altares, pero nunca del corazón. Las elimina el modernismo iconoclasta que despoja al pueblo fiel y a los templos de sus imágenes para parecerlos y asemejarlos más a los templos luteranos y privar de sacralidad a la Casa de Dios para transformarla casi en un desnudo salón protestante. Sin que nadie lo advierta, terminan esas imágenes relegadas a un rincón, cubiertas de polvo, entre bancas rotas, candelabros viejos y cajas olvidadas. Es el intento iconoclasta de cambiar la fe y la devoción de un pueblo para transformar su rostro y su memoria mediante el desprendimiento de aquello que durante años alimentó su fe.

Sin embargo, las imágenes sagradas poseen una misteriosa capacidad para esperar. No esperan aplausos ni homenajes; esperan el regreso de quien un día aprendió a rezar delante de ellas.

Pienso en aquella antigua Virgen que de niño contemplaba cada domingo. Frente a ella aprendí el Avemaría, le confié mis primeros temores y le di gracias por las primeras alegrías. Pasaron los años. Llegaron las prisas de la vida, los cambios, las mudanzas y las inevitables ausencias. Cuando, ya adulto, volví a la iglesia de mi infancia, la imagen había desaparecido del altar. Al preguntar por ella, alguien respondió con indiferencia: «Está abajo, en el sótano».

Descender aquellas escaleras era casi una parábola. Allí, entre objetos que parecían haber perdido toda utilidad, encontré a la dulcísima Virgen de mi niñez. El polvo cubría su manto; la pintura estaba desgastada; le faltaba alguna estrella. Pero el rostro permanecía igual: sereno, materno, acogedor. No había en él el menor reproche por tantos años de abandono. Parecía decir lo mismo que había dicho siempre: «Aquí estoy yo que soy tu madre».

Caí de rodillas ante Ella con mis ojos nublados por el llanto, volví a revivir mis sentimientos de la infancia: Aquella fe tan firme, aquella confianza infinita en la Madre, aquella inmensa ternura que me despertaba. Y recordé que debería volver a ser como niño para poder un día entrar al Reino.

Esa embestida iconoclasta de la herajía modernista no habla solamente de una imagen religiosa. Habla también de nosotros. Con frecuencia relegamos a un sótano interior aquello que un día dio sentido a nuestra existencia: la oración sencilla de la infancia, la confianza en Dios, la paz de una iglesia silenciosa, la devoción aprendida de nuestros padres o de nuestros abuelos. No lo destruimos; simplemente lo vamos arrumbando entre las preocupaciones, los éxitos y las decepciones.

Pero la Virgen tiene una paciencia que sólo puede tener una madre. No abandona al hijo que se aleja. Espera. Y cuando ese hijo, muchos años después, decide buscarla, descubre que Ella no ha cambiado. Quizá el mundo entero haya cambiado; quizá el modernismo haya contaminado la fe de muchos sin que ellos lo advirtieran; quizá el corazón esté más cansado; quizá la vida haya dejado cicatrices. Ella permanece con la misma sonrisa, con la misma mirada y con la misma disposición para recibir a quien vuelve, recordándonos que el depósito de la fe es inmutable y no cambia ni se transforma según los tiempos y los gustos. La fe es la misma, como Ella permanece siendo la misma 

Hay iglesias que conservan grandes tesoros artísticos. A veces se encuentran ocultos en un rincón o en un sótano, donde una antigua imagen sigue recordándonos que el amor verdadero no depende de los reflectores. La Virgen siempre seguirá siendo nuestra Madre. Siempre igual. Siempre la misma.

Quizá todos deberíamos bajar alguna vez al «sótano» de nuestra memoria. Allí, entre los recuerdos que creíamos olvidados, todavía nos espera aquella primera mirada de María. Y acaso descubramos, con emoción, que nunca fue Ella quien nos perdió de vista; fuimos nosotros quienes dejamos de buscarla.

Señora, triunfadora sobre las herejías, vence la herejía modernista y ruega por nosotros para que recobremos plenamente esa fe vívida, ese amor y esa confianza que en ti teníamos en nuestra infancia. Que nuestra fe católica se mantenga incólume pese a los intentos del mundo por socavarla, para así mantenernos fieles a Cristo hasta el final de esta vida.

viernes, 31 de julio de 2026

¿CRISTO DE DÓNDE ES REY?


«Mi Reino no es de este mundo».

Jesucristo dijo a Pilato que su reino no era de este mundo: «Regnum meum non est de hoc mundo» (Jn. XVIII, 36). Un liberal lee las palabras como si hubiese dicho que el reino de Cristo es exclusivamente sobrenatural, celestial, nunca con dimensiones naturales y/o terrenales. Es tan reiterado el argumento cuanto viejo. El drama está en que los católicos lo repiten como propio.

Lo que Cristo dijo no es que Su reino no esté «aquí»; en varios pasajes de los Evangelios se dice que Él anunciaba que el Reino de Dios había llegado, que estaba entre nosotros. «Mundo» no designa un lugar opuesto a «cielo» sino el origen y la raíz de su poderío regio. Sus palabras significan que su Reino no tiene su origen en el mundo; que su principio no es mundano ni se funda en las potestades terrenas, que no está rodeado de los honores del siglo; sino que es divino y, por serlo, se ejerce sobre todo lo creado, incluso sobre el mundo y sobre la vida humana en su plenitud.

Cristo –se decía en tiempos de la Cristiandad—afirmó que su reino no era de este mundo para refutar a Pilato que lo creía un puro hombre. Por eso sus palabras dicen que Él no es rey por mano humana y, sin embargo, Él es el rex mundo. Tal es la enseñanza de Conrado de Megenberg. Este contrargumento es clásico: que no sea de este mundo significa que no se constituye de manera humana, porque in hoc mundo (añade Agustín Trionfo) contamos con el vicio del pecado.

Tampoco dijo Nuestro Señor que, por ser celestial, su Reino no se despliega en la tierra, en el mundo. Cristo no está consagrando la «autonomía de lo temporal», como suele decirse, pues de inmediato replica a Pilato que no tendría ese poder sobre Él si no se le hubiese dado de lo Alto. Malamente podemos decir que Cristo separó lo sobrenatural de lo natural y abandonó el mundo humano a su propia suerte. En verdad, Cristo Rey es monarca terrenal en vista de la patria celestial: «El reino donde Cristo reinará eternamente con los suyos –afirma Calderón Bouchet—no es de este mundo, pero en él se incorpora. Una de las condiciones esenciales para la existencia de la ciudad cristiana es que Cristo impere y reine en ella como ‘sacerdos et rex’».

Juan Fernando Segovia, El dogma de la Realeza de Cristo. Quas primas, de Pío XI.

jueves, 30 de julio de 2026

LOS PAPAS SON CUSTODIOS DE LA REVELACIÓN DIVINA TRANSMITIDA POR LOS APÓSTOLES

 

SAN ROBERTO BELLARMINIO, DOCTOR DE LA IGLESIA:

«El poder de las llaves de Pedro no se extiende hasta el punto que el Sumo Pontífice puede declarar que "no es pecado" aquello que es pecado, o declarar "pecado" aquello que no es pecado. De hecho, llamar mal al bien, y bien al mal, es algo que siempre ha estado y estará muy fuera del alcance del que sea la cabeza de la Iglesia, columna y fundamento de la verdad» San Roberto Bellarmino, lib. 2 De Pontif., cap. 29, página 214.

CONCILIO VATICANO I:

D-1836 "... Pues no fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que por revelación suya manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, santamente custodiaran y fielmente expusieran la revelación trasmitida por los Apóstoles, es decir el depósito de la fe." Concilio Vaticano I. El Magisterio de la Iglesia. Enrique Denzinger.Biblioteca Herder.1963. D-1836.

miércoles, 29 de julio de 2026

OBRAS Y NO PALABRAS.


   Por sus frutos los conoceréis. Esta es la piedra de toque de la verdadera piedad y el verdadero amor a Dios. Obras, obras, y no palabras. Hablamos mucho de nuestra fe, de nuestra sumisión a la Iglesia, del rigorismo con que cumplimos sus preceptos, del fuego sagrado en que arde nuestro corazón, y si atendemos a nuestras obras y a los frutos de esa fe y ese amor a Dios de que blasonamos, no hallamos sino miseria y esterilidad. 

   Vivimos, pues, en torpe y desconsolador engaño. Una fe sin obras es una fe muerta. No bastan los labios para confesar la fe, es preciso corazón para quererla y voluntad para practicarla. Devoción que no se traduce en obras de amor a Dios y de socorro y sacrificio por el prójimo, es devoción falsa, o por la menos inútil. Jesucristo lo dice bien expresa y terminantemente: «No todos los que me dicen Señor, Señor, entrarán en el reino de los cielos.» 

   ¿Quiénes entrarán en las mansiones celestiales? El mismo Jesús da la respuesta: «Los que hagan la voluntad de Dios.» Y no olvidemos que la voluntad significada del Señor son los mandamientos de Dios y su Iglesia y las obras de misericordia. Además, cumpliremos con la voluntad de beneplácito de Dios, mirando, recibiendo y amando todo cuanto nos suceda aquí abajo, provenga de los hombres o del orden de la naturaleza, como dimanado de los designios inefables, pero siempre paternales de la Providencia divina.

EL APOSTOLADO DE LA PRENSA. 

Año 1897.


martes, 28 de julio de 2026

SI SOIS PERSEGUIDOS O CALUMNIADOS


“Tened la seguridad de que, si sufrís con paciencia las persecuciones, Dios saldrá a vuestra defensa, y si permitiera que en este mundo quedarais difamados, será con el fin de poder recompensar en la otra vida vuestra paciencia con honra incomparablemente mayor”.

San Alfonso María de Ligorio, “El que quiera venir conmigo”, Ed. Apostolado Mariano.


viernes, 24 de julio de 2026

HOY EN DÍA, EL MODERNISMO SOSTIENE ESTE ERROR CONTRA LA FE QUE DENUNCIÓ S.S. GREGORIO XVI

Papa Gregorio XVI:

«Otra causa que ha producido muchos de los males que afligen a la Iglesia es el indiferentismo, o sea, aquella perversa teoría extendida por doquier, merced a los engaños de los impíos, y que enseña que puede conseguirse la vida eterna en cualquier religión, con tal que haya rectitud y honradez en las costumbres. [...] Si dice el Apóstol que hay un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo, entiendan, por lo tanto, los que piensan que por todas partes se va al puerto de salvación, que, según la sentencia del Salvador, están ellos contra Cristo, pues no están con Cristo y que los que no recolectan con Cristo, esparcen miserablemente, por lo cual es indudable que perecerán eternamente los que no tengan fe católica y no la guardan íntegra y sin mancha.» 

(Encíclica Mirari vos, n. 9, 15 de agosto de 1832).


jueves, 23 de julio de 2026

LA ADQUISICIÓN DE LA PACIENCIA Y LA LUCHA CONTRA LA CONCUPISCENCIA – Por Tomás de Kempis.



El discípulo. Por lo que veo, Señor, necesito tener mucha paciencia, porque se sufren muchas adversidades en esta vida.

Pues, haga lo que hiciere por estar en paz, no puedo vivir sin lucha y dolor.

Cristo. Así es, hijo mío. Mas no quiero que busques una paz libre de tentaciones y adversidades; sino una en que, si bien sufras diversas tribulaciones, o la prueba de muchas adversidades, todavía creas haber hallado la paz.

Si dijeres que no puedes sufrir tantas cosas, ¿cómo sufrirás después el fuego del purgatorio?

De dos males, se debe siempre escoger el menor.

Para escapar de los eternos males de la otra vida, procura sufrir con paciencia y por amor de Dios los males de ésta.

¿Crees que los mundanos no sufren nada o casi nada?

Si lo investigas, no hallarás tal cosa ni aun en los más regalados.

El discípulo. Sí, Señor; pero gozan de muchos placeres, y siguen sus propias inclinaciones. Por eso les hacen poca mella sus tribulaciones.

Cristo. Suponiendo que tengan cuanto quisieren, ¿cuánto crees que les durará? Los ricos del mundo “como el humo se disiparán” (Sal 36, 20), sin que de los pasados goces les quede siquiera el recuerdo.

Pero ni aun en este mundo los gozan sin temor, amargura y hastío.

Porque la fuente del placer suele serlo también de castigo y dolor. Y muy bien merecido que, así como andan a caza de placeres prohibidos, así también sufran vergüenzas y amarguras al gozarlos.

¡Ay, cuán engañosos, desordenados y vergonzosos son todos esos placeres y qué poco duran!

Mas los infelices mundanos no lo entienden así por la embriaguez y ceguera que les producen. Y, como brutos animales, por un insignificante deleite de esta vida mortal, en la muerte del alma se precipitan.

Pero tú, “hijo mío, no sigas tus deseos y resiste a las pasiones” (Ecl 18, 30). “Pon tus delicias en el Señor, y te otorgará las peticiones de tu corazón” (Sal 36, 4).

Si de veras quieres gozar y que yo endulce tu corazón con mayores consuelos, mira que en el desprecio de todo lo mundanal y en la renuncia de todo vilísimo placer estará tu bendición, y se te darán en cambio muchas consolaciones. Y cuanto más renuncies a todo consuelo del mundo, tanto más dulces y eficaces consuelos hallarás en mí.

Más no lo conseguirás luego sin cierta tristeza y rudos combates.

Hábitos inveterados te resistirán; mas con otros mejores los domarás. Murmurará la carne; mas con el fervor del espíritu la domarás. La vieja culebra le vejará y tentará; mas con la oración la harás huir. Y si en útil trabajo vives ocupado, ancha entrada le taparás.

LA IMITACIÓN DE CRISTO