lunes, 29 de junio de 2026
LA FELICIDAD QUE NO CABE EN "EL ORGULLO". Santo Tomás y lo que el "orgullo gay" no puede dar al alma.
Por Oscar Méndez Oceguera
Junio vuelve a ofrecernos el espectáculo público del "orgullo": calles, banderas, música, consignas, instituciones, marcas y autoridades alineadas bajo una misma celebración. No se trata ya de un hecho marginal ni de una simple manifestación sectorial, sino de una verdadera liturgia civil de la modernidad tardía. El calendario no sólo recuerda; educa. No sólo organiza fechas; propone símbolos. No sólo permite que una multitud marche; enseña a una sociedad qué debe mirar, qué debe celebrar y qué debe llamar libertad.
Por eso el cristiano no debe quedarse en la superficie del fenómeno. En esta ocasión no se trata de juzgar la dignidad de las personas, sino de interrogar la suficiencia de una promesa cultural de felicidad. El llamado orgullo gay, considerado como signo espiritual de una época, afirma que el hombre se libera cuando convierte su deseo en identidad pública; Santo Tomás obliga a preguntar si esa operación puede dar al alma la paz que sólo nace del orden de la virtud.
La pregunta, por tanto, no es si "el orgullo" ha conquistado visibilidad. Eso es evidente. La pregunta es si la visibilidad basta para la felicidad; si el reconocimiento público puede sustituir a la virtud; si una identidad fundada en el deseo puede dar al alma el reposo que sólo se alcanza cuando el apetito se ordena al bien verdadero.
Conviene, antes de avanzar, despejar algunas palabras. Cuando aquí se habla de “antropología”, no se alude a la ciencia que estudia culturas, pueblos o costumbres, sino a algo más elemental y más decisivo: una idea del hombre. Toda cultura tiene una antropología, aunque no la declare. Toda legislación la presupone. Toda educación la transmite. Toda marcha pública la proclama. Decir qué debe celebrarse en el hombre equivale a decir qué se piensa que el hombre es.
También conviene aclarar la palabra “apetito”. En el lenguaje clásico, apetito no significa solamente hambre corporal. Significa toda inclinación interior hacia algo que se presenta como deseable: placer, afecto, poder, reconocimiento, descanso, compañía, posesión, venganza, ternura, dominio, pertenencia. El hombre está lleno de apetitos porque está lleno de movimientos hacia bienes reales o aparentes. El problema moral no nace de que el hombre desee; nace de que puede desear mal, puede desear desordenadamente, puede confundir un bien parcial con su bien último.
Y esto lo sabe cualquiera, aun antes de abrir a Santo Tomás. Nadie educa a un niño diciéndole que todos sus impulsos son igualmente buenos. Nadie llama libertad a dejarse arrastrar por la ira. Nadie llama plenitud a la adicción. Nadie cree que la mentira se vuelva noble porque alguien la sienta intensamente. Nadie considera que la venganza se convierta en justicia sólo porque el ofendido la desee con todo su corazón. Hay deseos que deben ser gobernados porque no todo lo que nace dentro de nosotros nos perfecciona.
Esta evidencia común es la puerta de entrada a Santo Tomás. La tradición cristiana no inventa artificialmente una enemistad contra el deseo; constata que el deseo humano necesita forma, medida y dirección. A esa forma estable de ordenar las inclinaciones hacia el bien la llama virtud.
La virtud no es una palabra decorativa. Tampoco es simple buena conducta exterior. Virtud significa fuerza interior ordenada. Es una perfección habitual del alma que permite obrar bien, no por arrebato pasajero, sino con estabilidad. El hombre virtuoso no es el que carece de pasiones, tentaciones o heridas. Es el que no permite que ellas ocupen el trono. Su grandeza no consiste en no tener lucha, sino en saber hacia dónde debe conducirla.
Aquí aparece el punto decisivo: Santo Tomás no empieza la moral preguntando qué siente el hombre, sino hacia dónde debe dirigirse para ser feliz. Su primera gran pregunta moral no es qué está permitido ni qué está prohibido, sino cuál es el fin último del hombre. Todo agente obra por un fin. Todo hombre busca algo que considera bueno. Todo hombre, incluso cuando yerra, quiere de algún modo ser feliz.
Pero precisamente porque el hombre quiere ser feliz, puede equivocarse acerca de la felicidad.
Puede buscarla en el placer y quedarse vacío. Puede buscarla en el aplauso y seguir inquieto. Puede buscarla en la fama y descubrir que la fama no aquieta el alma. Puede buscarla en el dinero, en el poder, en la aprobación social, en la independencia absoluta, en el dominio del propio cuerpo o en la reinvención de la propia identidad. Puede incluso llamar felicidad a lo que sólo le da alivio, intensidad o defensa frente a una herida antigua.
Ésta es la verdad que nuestro tiempo no tolera: el deseo sincero no garantiza el bien verdadero.
El hombre moderno ha sido educado para creer que la autenticidad consiste en afirmar lo que siente. Pero la sinceridad psicológica no basta para la rectitud moral. Un deseo puede ser sincero y, sin embargo, no conducir al bien. Una inclinación puede ser intensa y, sin embargo, no ordenar al alma. Una identidad puede ser defendida con pasión y, sin embargo, no dar paz.
El problema del "orgullo" gay, considerado como fenómeno cultural, debe ser situado precisamente en este punto. No se trata sólo de una demanda de tolerancia civil. Tampoco de una simple búsqueda de respeto frente a humillaciones reales o injusticias concretas. Su pretensión más profunda es otra: afirmar que cierta forma de deseo revela la identidad del sujeto y que esa identidad debe ser celebrada públicamente como camino de liberación.
Santo Tomás preguntaría: ¿liberación hacia qué?
Porque no toda liberación libera. Hay cadenas que se rompen para que el hombre pueda caminar hacia el bien, y hay cadenas que se rompen sólo para entregarlo a otro amo. El deseo sin virtud parece libertad mientras derriba límites; después se revela como tirano cuando ya no permite al alma descansar. La pasión desordenada no necesita cárceles exteriores: basta que el hombre aprenda a llamarla “yo”.
Aquí se encuentra una de las operaciones más graves de la modernidad: convertir el deseo en identidad. Mientras el deseo permanece como deseo, puede ser examinado, educado, ordenado, purificado, vencido o elevado. Pero cuando el deseo se convierte en identidad, toda corrección parece agresión. Si el hombre dice “esto me ocurre”, todavía puede preguntarse qué hacer con ello. Pero si dice “esto soy”, entonces toda llamada al orden parece una negación de su persona.
Esa mutación altera toda la vida moral. Lo que antes era materia de virtud se vuelve intocable. Lo que antes podía ser juzgado por la razón se protege contra todo juicio. Lo que antes debía ordenarse hacia un bien superior se presenta como centro de la propia dignidad. La inclinación deja de ser algo que el hombre experimenta y se convierte en aquello por lo cual pretende definirse completamente.
Ahí está la sustitución decisiva: la virtud es reemplazada por la identidad.
La virtud pregunta: ¿este deseo me conduce al bien?
La identidad moderna pregunta: ¿este deseo expresa quién soy?
La virtud pregunta: ¿debo ordenar esta inclinación?
La identidad moderna responde: esta inclinación debe ser reconocida.
La virtud pregunta: ¿qué perfecciona al hombre?
La identidad moderna responde: que el hombre sea confirmado en su autopercepción.
Pero la autopercepción no crea la verdad. El hecho de que alguien se perciba de una manera no basta para convertir esa percepción en medida última de la realidad. Todos sabemos esto en otros campos. El soberbio se percibe superior. El resentido se percibe víctima absoluta. El envidioso se percibe justiciero. El adicto se percibe necesitado de aquello que lo destruye. El iracundo se percibe autorizado a herir. Nadie sensato diría que esas percepciones, por ser intensas, deben gobernar la vida moral.
No se trata de comparar realidades diversas como si fueran idénticas. Se trata de mostrar un principio: el hombre no se perfecciona simplemente obedeciendo todo lo que siente. Necesita un criterio superior a su propio movimiento interior. Necesita razón. Necesita virtud. Necesita verdad.
Por eso la naturaleza humana no debe entenderse como una palabra rígida, biológica o brutal. Naturaleza significa aquí que el hombre no es una materia indeterminada que pueda darse cualquier forma sin consecuencias. Tiene una estructura. Tiene potencias. Tiene fines. Su inteligencia está hecha para la verdad. Su voluntad está hecha para el bien. Su cuerpo no es un objeto mudo, sino parte de su ser personal. Su libertad no existe para inventar arbitrariamente el bien, sino para adherirse a él.
Cuando una cultura niega esto, no libera al hombre. Lo deja sin mapa.
Y el hombre sin mapa no se vuelve más libre. Se vuelve más manipulable. Si no hay naturaleza, sólo queda voluntad. Si no hay bien objetivo, sólo queda preferencia. Si no hay virtud, sólo queda autenticidad subjetiva. Si no hay fin último, sólo quedan proyectos parciales que prometen demasiado y cumplen poco.
El orgullo moderno se inscribe dentro de esta lógica. Dice al hombre: no busques una medida fuera de ti; afirma lo que sientes. No preguntes si tu deseo debe ser ordenado; conviértelo en nombre. No aceptes que tu vida tenga un fin recibido; constrúyete desde tu propia voluntad. No admitas que la virtud pueda exigir renuncia; llama violencia a todo límite.
El resultado parece liberador, pero empobrece. Porque el hombre no se libera cuando todo deseo queda autorizado. Se libera cuando puede querer rectamente el bien. La libertad no es la simple ausencia de obstáculos. Tampoco es la capacidad de hacer cualquier cosa con uno mismo. La libertad verdadera es señorío interior para elegir aquello que perfecciona. Quien no puede resistir sus pasiones no es libre, aunque nadie lo impida desde fuera.
Por eso la castidad, tan incomprensible para la sensibilidad contemporánea, no es una negación sombría del amor. Es una forma alta de libertad. No es odio al cuerpo, sino defensa del cuerpo contra su reducción a instrumento. No es desprecio del afecto, sino custodia del afecto para que no se degrade en posesión. No es esterilidad del corazón, sino educación del deseo para que pueda amar sin devorar.
La cultura contemporánea ha logrado que casi nadie pueda entender esto. Ha identificado límite con represión, norma con odio, virtud con trauma, naturaleza con opresión y misericordia con confirmación incondicional. De ese modo ha privado al hombre de una de las posibilidades más nobles de su vida: combatir contra sí mismo por amor a un bien mayor.
Porque hay combates que no destruyen al hombre. Lo ennoblecen. Hay renuncias que no empobrecen. Purifican. Hay límites que no encarcelan. Salvan. Hay obediencias que no humillan. Ordenan. Hay heridas que no deben convertirse en identidad, sino abrirse a una esperanza más alta.
Aquí la palabra “misericordia” debe recuperar su sentido cristiano. La misericordia no consiste en confirmar al hombre en el punto exacto de su desorden. Tampoco consiste en humillarlo por ese desorden. Consiste en amarlo de tal manera que no se le reduzca a él. La falsa misericordia dice: “eres lo que deseas; celébralo”. La verdadera misericordia dice: “eres más que lo que deseas; ordénalo”.
Hay en muchas historias humanas sufrimientos reales. Sería injusto negarlo. Hay soledades, abandonos, burlas, rechazos, familias rotas, afectos deformados, heridas tempranas, búsquedas sinceras, confusiones dolorosas. Nadie que piense cristianamente puede convertir ese sufrimiento en ocasión de desprecio. Pero tampoco puede aceptar que la compasión consista en canonizar la herida.
Una herida no se cura convirtiéndola en bandera. Una inclinación no se ordena declarándola soberana. Un sufrimiento no se redime transformándolo en ideología. El dolor humano merece verdad, compañía, paciencia, justicia y gracia; no una liturgia civil que le diga que ya no necesita ser sanado, sino celebrado.
Por eso el orgullo no puede dar lo que promete. Puede dar visibilidad, pero la visibilidad no es verdad. Puede dar pertenencia, pero la pertenencia no es comunión. Puede dar reconocimiento, pero el reconocimiento no es virtud. Puede dar protección jurídica, pero la protección jurídica no es beatitud. Puede dar lenguaje, pero el lenguaje no cambia la naturaleza de las cosas. Puede dar fiesta, pero la fiesta no sustituye la paz del alma.
La multitud puede llenar avenidas. La música puede cubrir durante unas horas la inquietud interior. Las banderas pueden colorear la ciudad. Las instituciones pueden repetir sus fórmulas de adhesión. Las marcas pueden convertir la causa en campaña. El calendario puede otorgar solemnidad civil a lo que una época desea celebrar. Pero después de toda marcha llega el silencio. Después de toda consigna queda el alma. Después de toda fiesta permanece la pregunta: ¿soy feliz?
No si soy visible.
No si soy aplaudido.
No si soy reconocido por la ley.
No si pertenezco a un grupo.
No si tengo palabras para nombrar mi deseo.
No si he aprendido a defenderme.
La pregunta es más grave: ¿mi alma descansa en el bien?
Santo Tomás respondería que el alma no descansa en la afirmación de sí misma, sino en la posesión del bien verdadero. No descansa cuando logra que el mundo confirme su deseo, sino cuando su deseo es ordenado. No descansa cuando convierte su herida en identidad, sino cuando esa herida deja de gobernar. No descansa cuando proclama autonomía absoluta, sino cuando reconoce su fin.
La cultura del orgullo dice: “acéptate”.
Santo Tomás diría: “ordénate al bien”.
La cultura del orgullo dice: “afirma tu deseo”.
Santo Tomás diría: “discierne si ese deseo te perfecciona”.
La cultura del orgullo dice: “haz de tu inclinación tu nombre”.
Santo Tomás diría: “no confundas lo que experimentas con aquello para lo que fuiste creado”.
La cultura del orgullo dice: “la paz vendrá cuando todos te celebren”.
Santo Tomás diría: “la paz vendrá cuando tus potencias descansen bajo el orden de la razón y de la gracia”.
Ésa es la diferencia irreductible. O el hombre tiene una naturaleza y un fin, o es pura materia de autoconstrucción. O el deseo debe ordenarse al bien, o el bien debe redefinirse según el deseo. O la virtud perfecciona la libertad, o la libertad consiste en emanciparse de toda virtud. O la misericordia conduce al hombre hacia la verdad, o se convierte en simple confirmación afectiva de aquello que lo deja incompleto.
Nuestro tiempo ha preferido una misericordia sin verdad. Una misericordia que acompaña, pero no llama; que abraza, pero no levanta; que escucha, pero no corrige; que evita toda herida inmediata al precio de abandonar al hombre en una herida más profunda. Es una compasión cómoda, porque no quiere sufrir el costo de decir la verdad.
La verdadera misericordia es más severa porque ama más. No se conforma con que el hombre sea reconocido por el mundo; quiere que sea reconciliado con el bien. No se contenta con que deje de ser rechazado; quiere que deje de estar dividido interiormente. No le ofrece orgullo como anestesia; le ofrece virtud como camino.
Y aquí vuelve la actualidad del mes y de las marchas. Cuando una sociedad celebra públicamente el orgullo, no sólo celebra personas que desean no ser humilladas. Celebra una idea: que el hombre encuentra libertad cuando su deseo es reconocido como identidad y su identidad como motivo de orgullo. Esa idea merece ser examinada. No basta repetir que es inclusiva, moderna, compasiva o inevitable. Hay que preguntar si es verdadera. Y, sobre todo, hay que preguntar si puede hacer feliz al hombre.
Porque hay felicidades aparentes. Hay alivios que no son plenitud. Hay pertenencias que no son comunión. Hay reconocimientos que no son paz. Hay identidades que, aunque parezcan emancipadoras, se vuelven cárceles. El hombre cree haber salido de una opresión exterior y descubre demasiado tarde que quedó encerrado en una definición interior. Ya no se le permite decir: “esto me pasa”. Se le exige decir: “esto soy”. Ya no se le ofrece una vocación. Se le entrega una etiqueta. Ya no se le anuncia una conversión. Se le administra una pertenencia.
Pero el cristianismo no reduce al hombre a su etiqueta. No reduce el alma a su herida. No reduce la biografía a la inclinación dominante. No identifica la dignidad con la autoafirmación. Afirma, por el contrario, que el hombre es criatura racional, ordenada al bien, capaz de virtud, herida por el pecado, necesitada de gracia y llamada a una felicidad que supera infinitamente cualquier satisfacción sensible o reconocimiento político.
Por eso hay una felicidad que no cabe en el orgullo.
No cabe porque el orgullo se curva sobre sí mismo, y la felicidad verdadera exige salir de sí hacia el bien. No cabe porque el orgullo necesita afirmarse, y la felicidad verdadera necesita recibir. No cabe porque el orgullo vuelve intocable la herida, y la felicidad verdadera comienza cuando la herida acepta dejar de mandar. No cabe porque el orgullo hace del deseo una identidad cerrada, y la virtud abre el alma hacia su fin.
La palabra final, entonces, no debe ser odio. Debe ser advertencia. No una advertencia amarga, sino grave; no contra personas, sino contra la mentira que las encierra.
No eres tu deseo.
No eres tu inclinación.
No eres tu herida.
No eres la consigna que el siglo te dio.
No eres la bandera bajo la cual aprendiste a defenderte.
No eres el nombre político de tu tristeza.
Eres una criatura llamada al bien, capaz de virtud, necesitada de gracia, ordenada a una felicidad que no se fabrica en la calle, ni se decreta en la ley, ni se alcanza por la celebración pública de la propia fragilidad.
El orgullo puede llenar avenidas. Puede reunir multitudes. Puede conquistar instituciones. Puede vestir de colores el calendario civil. Puede conseguir que todos pronuncien las palabras de la época. Pero no puede dar al alma aquello que sólo nace cuando el deseo deja de gobernar y acepta ser ordenado.
Sólo entonces la libertad deja de ser ruido.
Sólo entonces el deseo deja de ser tirano.
Sólo entonces la identidad deja de ser cárcel.
Sólo entonces el alma deja de necesitar el orgullo como defensa.
Sólo entonces puede comenzar la paz.
sábado, 27 de junio de 2026
A TODOS LOS CATÓLICOS QUE CELEBRAN EL "ARCOIRIS"
Agravia seriamente a Dios ensalzar el pecado y promoverlo. Lesiona el honor divino y constituye una falta real promover esta sub-cultura que genera conductas que sabemos por ley natural y divina revelación son gravemente inmorales. Es sumamente triste ver que por una "moda" o "simpatía" muchos católicos se unan a este tipo de manifestaciones (a favor de este sistema de vida), ya sea físicamente ya se a través de las redes.
La actitud cristiana nos impulsa a buscar la salvación eterna de todos, para ello es necesario llamar mal al mal y pecado al pecado, para que todos los pecadores, de cualquier índole, abandonemos la vida de pecado y podamos alcanzar un auténtico espíritu de libertad como hijos de Dios y, finalmente, la vida eterna.
¡Que el Señor nos de su luz para comprender el auténtico significado del amor humano y la sexualidad, en medio de la oscuridad que se cierne sobre nuestra cultura y nuestro tiempo!
viernes, 26 de junio de 2026
jueves, 25 de junio de 2026
CONFORMIDAD CON LA VOLUNTAD DE DIOS Por San Alfonso María de Ligorio
Debemos conformamos con la voluntad de Dios en la adversidad como en la prosperidad.
La perfección de esta virtud exige que nuestra voluntad esté unida a la de Dios en todos los sucesos de nuestra vida, ya sean prósperos, ya adversos. Cuando se trata de sucesos prósperos, hasta los pecadores saben aceptar gustosos las disposiciones de Dios; pero los Santos saben identificarse con su voluntad santísima aun en las cosas adversas y contrarias a su amor propio; en éstas es donde se aquilata nuestra virtud y se aprecia el valor de nuestra perfección. Decía el B Padre Juan de Ávila “que vale más en la adversidad un gracias a Dios, un bendito sea Dios, que seis mil gracias de bendiciones en la prosperidad”.
Además, no sólo debemos recibir con resignación los trabajos que directamente nos vienen de la mano de Dios, como las enfermedades, las desolaciones de espíritu, la pobreza, la muerte de los parientes, sino también las que nos vienen por medio de los hombres, como son los desprecios, las calumnias, las injusticias, los hurtos y toda suerte de persecuciones. No debemos perder de vista que cuando alguno nos ofende en la fama, en la honra o en la hacienda, si bien Dios no aprueba el pecado del ofensor, quiere, esto no obstante, nuestra humillación, nuestra mortificación y pobreza. Es cierto, y de fe, que nada sucede en el mundo sino por voluntad y permisión de Dios. Yo soy el Señor, dice por Isaías, que formó la luz y creó las tinieblas; yo soy el que hago la paz y envío los castigos (Is., XLV, 6). De la mano de Dios nos vienen todos los bienes y todos los males, es decir, las cosas que nos molestan y que falsamente llamamos males: porque en realidad son bienes, cuando las aceptamos como venidas de parte del Señor. ¿Descargará alguna calamidad sobre la ciudad, pregunta el profeta Amós, que no sea por disposición del Señor? (III, 6). De Dios vienen los bienes y los males, había ya dicho el Sabio, la vida y la muerte, la pobreza y la riqueza (Eccli., XI, 14).
Verdad es, como acabamos de decir, que cuando un hombre te ofende injustamente, Dios no quiere el pecado que el otro comete, ni aprueba la malicia de su voluntad, aunque el Señor presta su general concurso a la acción material del que te injuria, te roba o te hiere; por tanto, el trabajo que padeces ciertamente lo quiere Dios y por su mano te lo envía. Por eso dijo el Señor a David que Él era el autor de las injurias que debía causarle Absalón, hasta el punto de quitarles en su presencia a sus mujeres, en castigo de sus pecados. Yo, le dijo el Señor, haré salir de tu propia casa los desastres contra ti, y te quitaré tus mujeres delante de tus ojos, y dárselas a otro (II Reg., XII, 1). También predice a los hebreos que, en justo castigo de sus iniquidades, lanzará contra ellos a los asirios, para que los despojen y arruinen. ¡Ay de Asur! , dice el Señor por Isaías, vara y bastón de mi furor, enviarle he contra un pueblo fementido, y daréle mis órdenes para que se lleve sus despojos, y le entregue al saqueo y le reduzca a ser pisado como el polvo de las plazas (Is., X, 5). La impiedad de los asirios era como un hacha en manos de Dios para castigar a los israelitas. Y el mismo Jesucristo dijo a San Pedro que su Pasión y Muerte no tanto le venía de la malicia de los hombres, como de la voluntad de su Padre, El cáliz que me ha dado mi Padre, le dijo, ¿he de dejar yo de beberlo? (Jo., XVIII, 11).
Cuando el mensajero (algunos quieren que sea un demonio) fue a anunciar al santo Job que los sabeos le habían robado toda su hacienda y que habían sido muertos todos sus hijos, ¿qué respondió? Estas muy expresivas palabras: El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó (Job., I, 21). No dijo, el Señor me ha dado los bienes y los hijos, y los sabeos me los quitaron; sino que, con mejor acuerdo, dijo: “El Señor me los dio, el Señor me los quitó”; porque sabía muy bien que la pérdida sufrida era conforme a su soberana voluntad, y por eso añadió: Se ha hecho lo que es de su agrado; bendito sea el nombre del Señor.
Por consiguiente, los trabajos que pesan sobre nosotros debemos mirarlos, no como cosas que suceden al acaso y por la sola malicia de los hombres, sino que debemos estar persuadidos de que cuanto sucede es por voluntad de Dios. “Todo cuanto nos acaece contra nuestra voluntad, dice San Agustín, hemos de convencernos que todo sucede por voluntad de Dios”. Cuando Atón y Epicteto, preclaros mártires de Jesucristo, eran torturados por el tirano con uñas de hierro, que araban sus carnes, y teas encendidas que abrasaban su cuerpo, no decían más que estas palabras: “Cúmplase, Señor, en nosotros tu santísima voluntad”. Y cuando llegaron al lugar del último suplicio, alzando la voz, añadieron: “Bendito seas, Dios eterno, porque nos ha dado la gracia de que se cumpla por entero en nosotros tu voluntad”.
Refiere Cesáreo que en cierto monasterio había un monje que, no obstante llevar vida ordinaria y no más austera que los demás, había alcanzado tal grado de santidad, que con sólo tocar sus vestiduras sanaban los enfermos. Maravillado el Superior de lo que veía, llamólo un día aparte, y le preguntó por la causa de hacer Dios por él tantos milagros, siendo así que no llevaba vida más santa y ejemplar que los otros. “Tampoco dejo yo de maravillarme, respondió el monje, de lo que hago”. —Pero, ¿cuáles son tus devociones y penitencias, tornó a preguntar el Abad? A lo que el buen religioso contestó, que bien poco o nada era lo que hacía; pero tenía particular empeño en conformarse en todo con la voluntad de Dios, y que el Señor le había otorgado la singular merced de abandonarse en manos del querer de Dios. Ni las cosas prósperas me levantan ni las adversas me abaten, porque yo las recibo todas como venidas de las manos de Dios, y a este fin enderezo mis oraciones, esto es, para que se cumpla en mí toda su perfección santísima. —Pero, ¿no te turbaste e inquietaste el otro día, prosiguió preguntando el Superior, cuando aquel caballero, nuestro contrario, nos arrebató los medios de subsistencia pegando fuego a nuestra granja donde teníamos nuestro trigo y nuestra hacienda? —No, Padre mío, replicó el monje, antes di gracias al Señor, como acostumbro hacerlo en semejantes casos, sabiendo como sé que todo lo hace o permite para su mayor gloria y para nuestro mayor provecho, y de esta suerte vivo siempre contento en todos los sucesos de la vida. Después de oír estas palabras, ya no se maravilló el Abad que obrase tan grandes milagros aquella alma que tan identificada estaba con la voluntad de Dios.
miércoles, 24 de junio de 2026
MEMORARE Fray Luis de Granada, O.P. (1504-1588)
No me desampare tu amparo,
no me falte tu piedad,
no me olvide tu memoria.
Si tú, Señora, me dejas, ¿quién me sostendrá?
Si tú me olvidas, ¿quién se acordará de mí?
Si tú, que eres Estrella de la mar
y guía de los errados, no me alumbras, ¿dónde iré a parar?
No me dejes tentar del enemigo,
y si me tentare, no me dejes caer,
y si cayere, ayúdame a levantar.
¿Quién te llamó, Señora, que no le oyeses?
¿Quién te pidió, que no le otorgases?
martes, 23 de junio de 2026
lunes, 22 de junio de 2026
sábado, 20 de junio de 2026
¿VOX DEI?
"Cuando nos digan que 'vox populi vox Dei' y que la mayoría siempre tiene la razón, recordemos aquella mayoría fraudulenta que gritó: «Crucifícalo». Los demagogos cuando quieren algo, dicen que «el pueblo lo quiere». Casi siempre es mentira. Pero aún cuando fuere verdad, con eso no está todo dicho todavía. El pueblo puede querer cosas malas y cosas buenas: según cómo se lo oriente."
-Leonardo Castellani, El evangelio de Jesucristo, Domingo de pasión.
viernes, 19 de junio de 2026
jueves, 18 de junio de 2026
CIVITAS DEI CONTRA CIVITATEM ARTIFICIALEM -La sustitución de la creación por la fabricación-
CIVITAS DEI CONTRA CIVITATEM ARTIFICIALEM
-La sustitución de la creación por la fabricación-
Por Oscar Méndez Oceguera
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Las civilizaciones no suelen morir cuando caen sus murallas. Para entonces la tragedia ya ha ocurrido. La verdadera muerte acontece antes, en una región más profunda y menos visible, allí donde una comunidad decide, consciente o inconscientemente, qué es lo real y cuál es el lugar que el hombre ocupa dentro de ello. Mucho antes de que se alteren las leyes, se transformen las instituciones o se desplomen los imperios, algo comienza a oscurecerse en la mirada misma con que los hombres contemplan el mundo. El vocabulario permanece. Los monumentos permanecen. Incluso las costumbres pueden sobrevivir durante algún tiempo. Pero el universo interior que daba sentido a todas esas cosas ha comenzado a desaparecer, silencioso como la retirada de una marea.
Toda gran crisis histórica es, en último término, una crisis de contemplación.
Los hombres dejan de ver aquello que durante siglos tuvieron ante sus ojos. No porque la realidad haya cambiado, sino porque han cambiado ellos. El orden que antes aparecía como evidente se vuelve opaco; lo que había sido recibido como verdad termina siendo percibido como una limitación; lo que había sido fundamento se transforma en obstáculo. Y cuando esta inversión alcanza cierta profundidad, comienza una larga marcha cuyo desenlace suele resultar invisible para quienes la inician, como es invisible para el río el mar hacia el que lentamente desciende.
Tal vez la historia de Occidente durante los últimos siglos pueda resumirse precisamente así: como el tránsito de una civilización que habitaba una creación hacia una civilización que habita un proyecto. La diferencia parece mínima. Contiene un mundo entero.
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Habitar una creación significa reconocer que la realidad posee una estructura anterior a nuestra voluntad; que las cosas son algo antes de convertirse en objeto de nuestros deseos; que la inteligencia existe para conocer y no para fabricar la verdad. Significa descubrir que la libertad existe para adherirse al bien y no para producirlo arbitrariamente, que la naturaleza posee una inteligibilidad propia, y que el hombre alcanza su dignidad más alta precisamente cuando aprende a participar conscientemente de un orden que no comenzó con él.
Durante siglos esta convicción constituyó el fundamento invisible de la civilización cristiana. No era una teoría. Era una atmósfera: se encontraba en las catedrales y en las universidades, en la filosofía y en el derecho, en la liturgia y en la organización de la ciudad. Incluso quienes no habrían sabido expresarla conceptualmente vivían dentro de ella como se vive dentro de la luz.
El universo aparecía como un cosmos: no una acumulación de cosas, sino una totalidad inteligible; no materia disponible, sino una obra; no un problema técnico, sino una realidad cargada de significado. Por eso el hombre medieval podía construir, comerciar, gobernar y transformar el mundo sin perder jamás la conciencia de que habitaba una creación. La acción no se oponía a la contemplación porque nacía de ella. La técnica no aspiraba a sustituir la naturaleza porque reconocía depender de ella. La política no pretendía crear la justicia porque sabía que debía descubrirla.
Toda esta arquitectura espiritual comenzó a fracturarse cuando Europa inició una rebelión silenciosa contra lo dado. No fue una rebelión política, ni económica, ni siquiera inicialmente religiosa. Fue una rebelión metafísica: la más difícil de nombrar, y precisamente por eso la más difícil de detener.
La naturaleza dejó lentamente de ser contemplada como una medida y comenzó a ser percibida como una resistencia. El orden dejó de ser recibido para convertirse en objeto de reconstrucción. La inteligencia abandonó progresivamente la actitud contemplativa y se orientó hacia la producción. El saber dejó de justificarse por la verdad y comenzó a justificarse por el poder. Y el laboratorio empezó a reemplazar al cosmos.
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Allí donde el cosmos desaparece, inevitablemente aparece otra figura humana.
Hay un momento preciso, aunque nadie lo vivió como tal, en que el mercader dejó de ser un hombre que comerciaba y se convirtió en la figura central de la ciudad. No porque cambiara él, sino porque cambió lo que la ciudad admiraba. La escuela, que había enseñado a leer para rezar y a contar para gobernar, comenzó a enseñar para producir. El padre de familia dejó de preguntarse si sus hijos serían buenos y comenzó a preguntarse si serían competitivos. Y el político, que en otra época habría invocado la justicia aunque mintiera al invocarla, aprendió a hablar el único idioma que sus electores todavía entendían: el de la eficiencia. Nadie decretó este cambio. Nadie lo firmó. Sencillamente llegó un día en que las palabras antiguas ya no convocaban nada, como campanas cuyo sonido se propaga pero no encuentra ningún oído dispuesto a reconocerlo.
La civilización entera empezó a girar alrededor de una nueva antropología. Y toda antropología termina produciendo una teología, aunque ya no se atreva a llamarla por su nombre.
La modernidad creyó haber expulsado a Dios. En realidad desplazó el altar.
Los hombres dejaron de mirar hacia el cielo, pero no dejaron de esperar una redención. Continuaron aguardando una liberación definitiva, una reconciliación final, una plenitud futura capaz de justificar los sacrificios del presente. Sólo cambió el objeto de la esperanza: lo que antes se esperaba de la gracia comenzó a esperarse del progreso; lo que antes pertenecía a la Providencia fue transferido a la historia; lo que antes era salvación se convirtió en innovación. Las antiguas escatologías no desaparecieron. Se secularizaron. Y como toda religión necesita templos, la nueva fe también los edificó.
La escuela fue uno de ellos, pero ya no la escuela que introduce al alma en una verdad anterior a ella misma. El Estado fue otro, pero ya no el Estado orientado a la justicia: la prudencia cedió espacio a la gestión, la autoridad a la administración, el gobernante al experto. Y el mercado extendió su lógica sobre regiones de la existencia que durante siglos habían permanecido relativamente protegidas de ella, hasta que llegó un día en que resultó difícil nombrar algo que no tuviera precio, y más difícil aún explicar por qué eso debería inquietarnos.
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Sin embargo, la lógica de la artificialidad no podía detenerse allí.
Una civilización que ha convertido la producción en principio organizador termina inevitablemente dirigiendo su atención hacia la única realidad que todavía conserva una resistencia significativa: el propio hombre. El cuerpo se convierte entonces en frontera. Y toda frontera constituye una provocación para una época fascinada por la expansión indefinida de la voluntad.
La naturaleza humana comienza a ser contemplada bajo la misma mirada que anteriormente había sido dirigida hacia la materia. Ya no aparece como una realidad que debe comprenderse, sino como un proyecto susceptible de rediseño. Lo dado pierde prestigio. Lo construido adquiere legitimidad. La libertad deja de ser conformidad con la verdad del ser para convertirse en poder de redefinir las condiciones mismas de la existencia. Y la Ciudad Artificial alcanza aquí una coherencia que es, a la vez, rigurosa como construcción intelectual e inhabitable como programa: porque una vez que la creación ha sido sustituida por la fabricación, ninguna realidad parece conservar un derecho propio a existir independientemente de la voluntad que desea transformarla.
Es en este contexto donde emerge la inteligencia artificial. Y tal vez por eso se ha comprendido tan poco su verdadero significado, porque se la ha leído como una revolución tecnológica cuando es, ante todo, una revelación antropológica. Hay algo en la imagen del ingeniero que mira la pantalla y ve un interlocutor, no una herramienta, que dice más sobre nuestra época que mil análisis del mercado digital: ese hombre no está asombrado por la máquina. Está reconociéndose en ella. Las máquinas no nos muestran lo que son ellas. Nos muestran lo que creemos ser nosotros.
Porque cada civilización fabrica artefactos a su propia imagen. La Cristiandad levantó catedrales porque contemplaba el universo como una creación ordenada hacia un fin. La revolución industrial construyó motores porque contemplaba el mundo como energía transformable. La Ciudad Artificial construye inteligencias artificiales porque ha terminado interpretando al hombre como una estructura compleja de procesamiento. La pregunta decisiva deja entonces de ser técnica y se vuelve metafísica: no consiste en determinar qué podrán hacer las máquinas, sino en decidir qué estamos dispuestos a creer acerca del hombre.
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Y precisamente allí comienza a manifestarse la gran paradoja de nuestra época.
Nunca una civilización dispuso de tantos medios para transformar el mundo, y nunca pareció tan incierta acerca de los fines que justifican esa transformación. Nunca acumuló tanto poder, y nunca experimentó una desorientación comparable respecto de sí misma. La crisis demográfica, la soledad creciente, la pérdida de sentido, la fragmentación cultural y la incertidumbre antropológica que caracterizan a las sociedades contemporáneas no son accidentes históricos independientes. Constituyen síntomas: señalan el momento en que una civilización descubre que puede reorganizar innumerables aspectos de la realidad sin lograr responder a la pregunta acerca de por qué debería hacerlo.
Y es entonces cuando la realidad regresa.
No dramáticamente. No con la elocuencia de las ruinas ni con el estruendo de los imperios que caen. Regresa en el hijo que a los treinta años busca un rito que nadie le enseñó. En la ciudad que construyó un centro comercial donde había una iglesia y descubrió que el vacío no desapareció sino que cambió de dirección. En el científico que llega al límite de su disciplina y encuentra, donde esperaba una respuesta técnica, una pregunta que su método no puede formular. Todo aquello que había sido declarado superado vuelve a presentarse, no con la fragilidad de lo antiguo sino con la solidez de lo que nunca dejó de ser verdad. Porque la realidad puede ser ignorada, nunca abolida. Puede ser combatida, nunca reemplazada. Puede ser deformada en la percepción humana, pero no destruida en sí misma.
La Ciudad Artificial descubre así el límite que ninguna técnica puede superar: puede producir medios, no puede producir fines; puede organizar sistemas, no puede crear significado; puede administrar información, no puede generar verdad. Y en ese silencio —en ese preciso silencio donde la técnica agota su vocabulario— reaparece la cuestión del fundamento. La cuestión de Dios. No como un añadido exterior a la realidad, sino como la condición misma de su inteligibilidad. Porque una civilización puede intentar vivir durante algún tiempo como si el ser no tuviera origen. Lo que no puede hacer es eliminar la pregunta de por qué existe algo y no más bien nada, por qué la verdad obliga, por qué la libertad exige un bien, por qué el hombre continúa buscando un significado que ninguna producción humana consigue proporcionarle.
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La Ciudad de Dios comienza precisamente aquí.
No en la nostalgia de formas desaparecidas, ni en la arqueología cultural, ni en la restauración sentimental de un pasado que no puede volver idéntico a sí mismo. Comienza en algo más austero y más radical: en el reconocimiento de que la realidad no procede de nosotros. Ésta fue la intuición inmortal de San Agustín, y la formuló no como sistema sino como confesión: toda ciudad termina pareciéndose a aquello que ama. No a aquello que proclama, ni a aquello que legisla, sino a aquello que ama en el sentido más hondo de la palabra, es decir, aquello hacia lo que se orienta el peso interior de su voluntad. Roma amó la gloria, y construyó un mundo que admiraba el poder. La ciudad moderna amó el progreso, y construyó un mundo que admira la novedad. Una civilización que vuelva a amar la verdad no restaurará mecánicamente el pasado: lo que ocurrirá es algo más parecido a una conversión, esa reorientación del centro de gravedad que cambia todo sin parecer que cambia nada, y que sin embargo lo cambia todo.
Quizá la cuestión decisiva de nuestro tiempo no consista en determinar cuánto poder puede adquirir el hombre sobre el mundo, sino en saber si conservará la lucidez necesaria para recordar que el mundo no procede de él. Toda la aventura moderna parece haber estado impulsada por el deseo de convertirse en autor absoluto de una realidad recibida primero como don. Sin embargo, el hombre continúa encontrándose, al final de todos sus proyectos, frente al mismo misterio que contemplaron sus antepasados: el ser no le pertenece. Ha llegado a una fiesta que había comenzado antes de su llegada y continuará cuando él se haya marchado. Puede comprender algunas de sus armonías, participar de su belleza y colaborar en su perfección. Lo que no puede hacer es ocupar el lugar del anfitrión.
Y quizá toda la diferencia entre la Ciudad de Dios y la Ciudad Artificial resida finalmente en esta sencilla verdad: una recuerda que habitamos una creación; la otra sueña con habitar una obra propia. De la elección entre ambas dependerá no solamente el destino de nuestras instituciones o de nuestras tecnologías, sino la posibilidad misma de seguir siendo plenamente humanos.
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