Por sus frutos los conoceréis. Esta es la piedra de toque de la verdadera piedad y el verdadero amor a Dios. Obras, obras, y no palabras. Hablamos mucho de nuestra fe, de nuestra sumisión a la Iglesia, del rigorismo con que cumplimos sus preceptos, del fuego sagrado en que arde nuestro corazón, y si atendemos a nuestras obras y a los frutos de esa fe y ese amor a Dios de que blasonamos, no hallamos sino miseria y esterilidad.
Vivimos, pues, en torpe y desconsolador engaño. Una fe sin obras es una fe muerta. No bastan los labios para confesar la fe, es preciso corazón para quererla y voluntad para practicarla. Devoción que no se traduce en obras de amor a Dios y de socorro y sacrificio por el prójimo, es devoción falsa, o por la menos inútil. Jesucristo lo dice bien expresa y terminantemente: «No todos los que me dicen Señor, Señor, entrarán en el reino de los cielos.»
¿Quiénes entrarán en las mansiones celestiales? El mismo Jesús da la respuesta: «Los que hagan la voluntad de Dios.» Y no olvidemos que la voluntad significada del Señor son los mandamientos de Dios y su Iglesia y las obras de misericordia. Además, cumpliremos con la voluntad de beneplácito de Dios, mirando, recibiendo y amando todo cuanto nos suceda aquí abajo, provenga de los hombres o del orden de la naturaleza, como dimanado de los designios inefables, pero siempre paternales de la Providencia divina.
EL APOSTOLADO DE LA PRENSA.
Año 1897.










