sábado, 7 de abril de 2012

ESTE SÁBADO SANTO PIDAMOS A DIOS SABIDURÍA

Además: Interesantísimo documental sobre la Sábana Santa y el Rostro de Jesús

Haz click sobre la imagen para ver la explicación
de lo que se celebra el Sábado Santo

Se va cerrando el drama de la Pasión de Cristo, cuyas escenas hemos ido contemplando durante esta Semana Mayor.

Hoy, Jesús yace en su tumba y los apóstoles creen que todo se acabó. Todo el día sábado su cuerpo descansa en el sepulcro. Pero su madre, María, se acuerda de lo que dijo su Hijo : "Al tercer día resucitaré". Los Apóstoles van llegando a su lado, y Ella les consuela.

El Sábado Santo es un día de luto inmenso, de silencio y de espera vigilante de la Resurrección. La Iglesia en particular recuerda el dolor, la valentía y la esperanza de la Virgen María.

El misterio esencial del Sábado Santo es la ausencia del Señor. La Iglesia se encuentra en espera de la resurrección del esposo. Cristo ha ocultado su rostro; ha sustraído su presencia; el Señor está ausente; Jesús misteriosamente está muerto. Esto es lo que le distingue de cualquier otro momento de la vida terrestre y celeste del Redentor.

Cristo no está ya, está muerto y litúrgicamente esta ausencia se presenta como la privación de la Eucaristía. Es imposible celebrarla porque el Señor no está. Este es el único día del año en que no se celebra el Santo Sacrificio de la Misa en ninguna parte del mundo, porque Jesús está muerto.

Es necesario permanecer sobrecogidos ante la ausencia del Señor. Este es un buen día para pensar en lo que significa que Dios no esté con nosotros. Es una buena oportunidad para revisar nuestra vida con Dios. ¿Cuántas veces somos nosotros los que lo abandonamos? ¿Cuántas veces hemos dejado solo al Señor Jesús?

Hoy Jesús nos deja solos. No por su voluntad, sino porque está muerto.

Sólo puede ser entendida esta muerte en el contexto de la Salvación que Jesús nos ofrece. Sólo es posible entender que Dios Padre permitiera que a su Hijo le pasara algo tan grave porque era necesario que así sucediera para borrar nuestros pecados y alcanzarnos la salvación. Sin muerte no hay redención ni resurrección, no hay vida eterna.

Este día sábado, al caer la noche vamos a celebrar la Vigilia Pascual. La celebración de la Vigilia Pascual es la más importante fiesta del año cristiano. Es la noche santa, es la noche larga, es la noche victoriosa. Cristo resucita en la madrugada del domingo.

Hoy es el día de la esperanza… y en silencio esperamos confiados por una vida nueva: la Resurrección.

DANOS SABIDURÍA, SEÑOR

Preparémonos, desde las profundidades del silencio, a la luz que todo lo ilumina y que emana de su Resurrección. En tanto, permanezcamos junto al sepulcro del Señor, callados, meditando su Pasión y muerte, pidiéndole -durante estos momentos- nos dé Sabiduría.  Es fundamental comprender que la Sabiduría supera al simple conocimiento. Es preciso no confundir la Ciencia con la Sabiduría. El demonio supo de las cosas celestes y no aprovechó ese conocimiento con Sabiduría. Hoy conoce más cosas terrestres que todos los hombres del mundo y... ¿de qué le sirve? Por eso es nuestra súplica: ¡Señor, danos Sabiduría!  En los momentos de prueba, no es un gran cúmulo de conocimientos lo que nos salva, sino la Pasión de Cristo y la aceptación que de ella hagamos. Sin Fe nada valemos y sin obras, nuestra Fe está muerta. Sin Sabiduría es fácil desvariar. Por ello es que pedimos a Cristo que nos la otorgue para vivir la vida cristianamente y sortear las pruebas conforme a su Voluntad. Pidámosla también para nuestros pastores. Agradezcamos a Jesús su Redención mediante su muerte en Cruz. Sigamos en silencio recordando y meditando aquello de "aquel que se salva, sabe; y el que no, no sabe nada".

Mantengámonos, pues, junto al sepulcro del Señor. Supliquemos a Cristo que no nos deje más tiempo solos, proponiéndonos nosotros tampoco volver apartarnos de Él por el pecado. 

Ven, Señor. ¡Resucita y resucítanos a tu Gracia! Sin ti estamos perdidos.

Fuentes: varias.
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EL ROSTRO DE CRISTO CONFORME A LA SÁBANA SANTA


Nuestro Señor Jesucristo quiso dejarnos su imagen en el Sudario de Turín con el que fue envuelto en el sepulcro, y en esa misteriosa imagen podemos recorrer lo que fue toda su Pasión, por eso algunos la llaman devotamente “el quinto evangelio”.

En la Sábana Santa no vemos un cuerpo glorioso y resucitado, vemos un cuerpo lacerado y repleto de llagas, el cuerpo del “Varón de dolores”.

Presentamos a continuación un documental que pretende revelar el verdadero rostro de N.S. Jesucristo utilizando la más moderna tecnologia, basándose precisamente en el Sudario de Turín. Con complejos programas de tercera dimensión nos presentan su resultado:

Video No 1


Video No. 2


Video No. 3


Video No. 4


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jueves, 5 de abril de 2012

JUEVES Y VIERNES SANTOS


JUEVES SANTO

*Recordamos que el Viernes Santo obligan gravemente el ayuno y la abstinencia


El Jueves Santo se celebra:

-La Última Cena,

-El Lavatorio de los pies,

-La institución de la Eucaristía y del Sacerdocio

-La oración de Jesús en el Huerto de Getsemaní.

En la Misa vespertina, antes del ofertorio, el sacerdote celebrante toma una toalla y una bandeja con agua y lava los pies de doce varones, recordando el mismo gesto de Jesús con sus apóstoles en la Última Cena.

La Eucaristía

Este es el día en que se instituyó la Eucaristía, el sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo bajo las especies de pan y vino donde se renueva incruentamente el sacrificio del Calvario. Cristo tuvo la Última Cena con sus apóstoles y por el gran amor que nos tiene, se quedó con nosotros en la Eucaristía, con su Presencia Real, para guiarnos en el camino de la salvación.

Todos estamos invitados a celebrar la cena instituida por Jesús. Esta noche santa, Cristo nos deja su Cuerpo y su Sangre. Revivamos este gran don y comprometámonos a servir a nuestros hermanos.

El lavatorio de los pies

Jesús en este pasaje del Evangelio nos enseña a servir con humildad y de corazón a los demás. Este es el mejor camino para seguir a Jesús y para demostrarle nuestra fe en Él. Recordar que esta no es la única vez que Jesús nos habla acerca del servicio. Debemos procurar esta virtud para nuestra vida de todos los días. Vivir como servidores unos de otros.

La noche en el huerto de los Olivos

Lectura del Evangelio según San Marcos14, 32-42.:
Reflexionemos con Jesús en lo que sentía en estos momentos: su miedo, la angustia ante la muerte, la tristeza por ser traicionado, su soledad, su compromiso por cumplir la voluntad de Dios, su obediencia a Dios Padre y su confianza en Él. Las virtudes que nos enseña Jesús este día, entre otras, son la obediencia, la generosidad y la humildad.

Los monumentos y la visita de las siete iglesias

Se acostumbra, después de la Misa vespertina, hacer un monumento para resaltar la Eucaristía y exponerla de una manera solemne para la adoración de los fieles.
La Iglesia pide dedicar un momento de adoración y de agradecimiento a Jesús, un acompañar a Jesús en la oración del huerto. Es por esta razón que las Iglesias preparan sus monumentos. Este es un día solemne.

En la visita de las siete iglesias o siete templos, se acostumbra llevar a cabo una breve oración en la que se dan gracias al Señor por todo su amor al quedarse con nosotros. Esto se hace en siete templos diferentes y simboliza el ir y venir de Jesús en la noche de la traición. Es a lo que refieren cuando dicen “traerte de Herodes a Pilatos”.
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Fuente: Catholic.net

Otro post de este día, haz click:  LAVATORIO DE LOS PIES 
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VIERNES SANTO

ESTE DÍA OBLIGA GRAVEMENTE EL AYUNO Y LA ABSTINENCIA (Para ver su normatividad haz click AQUÍ)





-Obligación grave de ayuno y abstinencia
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-Día en que crucificaron a Cristo en el Calvario

-Cómo rezar el Via Crucis

-Pésame a la Virgen

En este día recordamos cuando Jesús muere en la cruz para salvarnos del pecado y darnos la vida eterna. Obliga el ayuno y la abstinencia (haz click). El sacerdote lee la pasión de Cristo en la liturgia de la Adoración a la cruz. Este día no se celebra la Santa Misa.

En las iglesias, las imágenes se cubren con una tela morada al igual que el crucifijo y el sagrario está abierto en señal de que Jesús no está.

El color morado en la liturgia de la Iglesia significa luto. Se viste de negro la imagen de la Virgen en señal de luto por la muerte de su Hijo.

Podemos recordar leyendo el Evangelio de San Juan, capítulo 18, versículos 1-19, 42.

¿Cómo podemos vivir este día?

Este día manda la Iglesia guardar el ayuno y la abstinencia.
Se acostumbra rezar el Vía Crucis y meditar en las Siete Palabras de Jesús en la cruz.
Se participa en la Liturgia de Adoración a la Cruz con mucho amor, respeto y devoción.
Se trata de acompañar a Jesús en su sufrimiento.
A las tres de la tarde, recordamos la crucifixión de Jesús rezando el Credo.

¿Cómo se reza un Viacrucis?

Esta costumbre viene desde finales del siglo V, cuando los cristianos en Jerusalén, se reunían por la mañana del Viernes Santo a venerar la cruz de Jesús. Volvían a reunirse al empezar la tarde para escuchar la lectura de la Pasión.

El Viacrucis es una manera de recordar la pasión de Jesús y de revivir con Él y acompañarlo en los sufrimientos que tuvo en el camino al Calvario.

Se divide en catorce estaciones que narran, paso a paso, la Pasión de Cristo desde que es condenado a muerte hasta que es colocado en el sepulcro.

El Viacrucis se reza caminando en procesión, como simbolismo del camino que tuvo que recorrer Jesús hasta el Monte Calvario. Hasta adelante, alguno de los participantes lleva una cruz grande y es el que preside la procesión. Se hacen paradas a lo largo del camino para reflexionar en cada una de las estaciones, mediante alguna lectura específica.

Antes de cada estación se reza: "Adorámoste Cristo y te bendecimos que por tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mí, pecador. Amén". Después de escuchar con atención la estación que se medita, al final de cada una, se reza: "Señor pequé, ten misericordia de mi, pecamos y nos pesa ten misericordia de nosotros", seguido de un Padrenuestro, una Ave María y un Gloria, mientras se camina hasta la siguiente estación. El que lleva la cruz, se la puede pasar a otra persona.

El sermón de las Siete Palabras

Esta devoción consiste en reflexionar en las últimas siete frases que pronunció Jesús en la cruz, antes de su muerte.

Primera Palabra

"Padre: Perdónalos porque no saben lo que hacen". (San Lucas 23, 24)

Jesús nos dejó una gran enseñanza con estas palabras, ya que a pesar de ser Dios, no se ocupó de probar su inocencia, ya que la verdad siempre prevalece. Nosotros debemos ocuparnos del juicio ante Dios y no del de los hombres. Jesús no pidió el perdón para Él porque no tenía pecado, lo pidió para quienes lo acusaron. Nosotros no somos nadie para juzgar. Dios nos ha perdonado grandes pecados, por lo que nosotros debemos perdonar a los demás. El perdonar ayuda a quitar el odio. El amor debe ganar al odio. La verdadera prueba del cristiano no consiste en cuánto ama a sus amigos, sino a sus enemigos. Perdonar a los enemigos es grandeza de alma, perdonar es prueba de amor.

Segunda Palabra

"Yo te aseguro: Hoy estarás conmigo en el paraíso". (San Lucas 23,43)

Estas palabras nos enseñan la actitud que debemos tomar ante el dolor y el sufrimiento. La manera como reaccionemos ante el dolor depende de nuestra filosofía de vida. Dice un poeta que dos prisioneros miraron a través de los barrotes de su celda y uno vio lodo y otro vio estrellas. Estas son las actitudes que se encuentran manifestadas en los dos ladrones crucificados al lado de Jesús: uno no le dio sentido a su dolor y el otro sí lo hizo. Necesitamos espiritualizar el sufrimiento para ser mejores personas. Jesús en la cruz es una prueba de amor. El ladrón de la derecha, al ver a Jesús en la cruz comprende el valor del sufrimiento. El sufrimiento puede hacer un bien a otros y a nuestra alma. Nos acerca a Dios si le damos sentido.

Tercera Palabra

"Mujer, ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu Madre". (San Juan 19, 26-27)

La Virgen es proclamada Madre de todos los hombres.
El amor busca aligerar al que sufre y tomar sus dolores. Una madre cuando ama quiere tomar el dolor de las heridas de sus hijos. Jesús y María nos aman con un amor sin límites. María es Madre de cada uno de nosotros. En Juan estamos representados cada uno de nosotros. María es el refugio de los pecadores. Ella entiende que somos pecadores.

Cuarta Palabra

"Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (San Marcos 15, 34)

Es una oración, un salmo. Es el hijo que habla con el Padre.
Estas palabras nos hacen pensar en el pecado de los hombres. El pecado es la muerte del alma. La bondad es el constante rechazo al pecado. El pecado es el abandono de Dios por parte del hombre. El hombre rechazó a Dios y Jesús experimentó esto.

Quinta Palabra

"¡Tengo sed!" (San Juan 19, 28)

La sed es un signo de vida. Tiene sed de dar vida y por eso muere.
Él tenía sed por las almas de los hombres. El Pastor estaba sólo, sin sus ovejas. Durante toda su vida Jesús había buscado almas. Los dolores del cuerpo no eran nada en comparación del dolor del alma. Que el hombre despreciara su amor le dolía profundamente en su corazón. Todo hombre necesita ser feliz y no se puede ser feliz sin Dios. La sed de todo hombre es la sed del amor.

Sexta Palabra

"Todo está consumado". (San Juan 19, 30)

Todo tiene sentido: Jesús por amor nos da su vida. Jesús cumplió con la voluntad de su Padre. Su misión terminaría con su muerte. El plan estaba realizado. Nuestro plan no está aún terminado, porque todavía no hemos salvado nuestras almas. Todo lo que hagamos debe estar dirigido a este fin. El sufrimiento, los tropiezos de la vida nos recuerdan que la felicidad completa solo la podremos alcanzar en el cielo. Aprendemos a morir muriendo a nosotros mismos, a nuestro orgullo, nuestra envidia, nuestra pereza, miles de veces cada día.

Séptima Palabra

"Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". (San Lucas 23, 46)

Jesús muere con serenidad, con paz, su oración es de confianza en Dios. Se abandona en las manos de su Padre.
Estas palabras nos hacen pensar que debemos de cuidar nuestra alma, no sólo nuestro cuerpo. Jesús entregó su cuerpo, pero no su alma. Devolvió su espíritu a su Padre no con grito de rebelión sino con un grito triunfante. Nadie nos puede quitar nuestro espíritu. Es importante recordar cual es nuestro destino en al vida para no equivocarnos de camino a seguir. Jesús nunca perdió de vista su meta a seguir. Sacrificó todo para alcanzarla. Lo más importante en la vida es la salvación de nuestras almas.

Pésame a la Virgen

Bajo el título de la Virgen de la Soledad o la Dolorosa, se venera a María en muchos lugares y se celebra el viernes santo. Se acostumbra rezar "el Santo Rosario de Pésame"

El Viernes Santo se acompaña a María en la experiencia de recibir en brazos a su Hijo muerto con un sentido de condolencia. Se dice que se le va a dar el pésame a la Virgen, cuya imagen se viste de negro ese día, como señal de luto.

Acompañamos a María en su dolor profundo, el dolor de una madre que pierde a su Hijo amado. Ha presenciado la muerte más atroz e injusta que se haya realizado jamás, pero al mismo tiempo le alienta una gran esperanza sostenida por la fe. María vio a su hijo abandonado por los apóstoles temerosos, flagelado por los soldados romanos, coronado con espinas, escupido, abofeteado, caminando descalzo debajo de un madero astilloso y muy pesado hacia el monte Calvario, donde finalmente presenció la agonía de su muerte en una cruz, clavado de pies y manos.

María saca su fortaleza de la oración y de la confianza en que la Voluntad de Dios es lo mejor para nosotros, aunque nosotros no lo comprendamos.

Es Ella quien con su compañía, su fortaleza y su fe nos da fuerza en los momentos del dolor, en los sufrimientos diarios y pidámosle la gracia de sufrir unidos a Jesucristo, en nuestro corazón, para así unir los sacrificios de nuestra vida a los de ella y comprendamos que en el dolor, somos más parecidos a Cristo y capaces de amarlo con mayor intensidad.

La imagen de la Virgen dolorosa nos enseña a tener fortaleza ante los sufrimientos de la vida. Encontremos en Ella una compañía y una fuerza para dar sentido a los propios sufrimientos.

Autora: Teresa Fernández



"¡Oh maravillosa y nueva virtud! ¡Lo que no hiciste desde el cielo servido de ángeles, hiciste desde la cruz acompañado de ladrones! Y no solamente la cruz, mas la misma figura que en ella tienes, nos llama dulcemente a amor; la cabeza tienes reclinada, para oírnos y darnos besos de paz, con la cual convidas a los culpados, siendo tú el ofendido; los brazos tendidos, para abrazarnos; las manos agujereadas, para darnos tus bienes; el costado abierto, para recibirnos en tus entrañas; los pies clavados, para esperarnos y para nunca poder apartarte de nosotros. De manera, que mirándote, Señor, todo me convida a amor: el madero, la figura, el misterio, las heridas de tu cuerpo; y, sobre todo, el amor interior me da voces que te ame y que nunca te olvide de mi corazón".

-San Juan de Ávila.


¡Oh Cruz  fiel! El más noble de los árboles; ningún bosque produjo otro igual en hoja ni en flor ni en fruto. ¡Oh dulce leño, dulces clavos los que sostuvieron tan dulce peso!
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Reflexión

La vida del cristiano es un “vía crucis” si se acepta la invitación de Jesús de llevar la propia cruz detrás de Él cada día.

Podemos ser condenados al desprecio, podemos sentir el silencio que hiere y condena nuestra fidelidad cristiana. En nuestro “via crucis” hay también momentos de caída, de fragilidad y de cansancio, pero también nosotros tenemos una Madre (María) que nos acompaña en nuestro caminar como a Jesús.

El camino de la cruz de Cristo y el nuestro son unas vías de salvación y de apostolado, porque hemos sido invitados a colaborar en la salvación de nuestros hermanos. Todos los cristianos somos responsables del destino eterno de quienes nos rodean. Cristo nos enseña con la cruz a salir de nosotros mismos, y a dar así un sentido apostólico a nuestra vida.

Cuando contemplemos el crucifijo, cuando veamos la figura sufriente de Cristo en la cruz, pidamos la gracia de recordar que los dolores de Cristo crucificado son fruto del pecado. Evitemos, y pidamos la fortaleza a Dios para ello, cada una de las ocasiones de pecado que se nos presenten en nuestras vidas.

Recomendamos escuchar hoy (haz click): MI CRISTO ROTO (AUDIO Y TEXTO)


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TEMAS RECOMENDADOS PARA SEMANA SANTA:
(Haz click sobre los título que vayas eligiendo)

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miércoles, 4 de abril de 2012

LA PASIÓN DEL SEÑOR por Fray Luis de Granada


 


Preámbulo

Conclusión es de todos los doctores que los dolores y tormentos que el Hijo de Dios sufrió en su pasión exceden a todos cuantos dolores se han hasta hoy en el mundo padecido.

Si preguntas la causa de esto, entre innumerables maneras de causas y conveniencias que para esto hay, la principal fue la grandeza de su caridad y la grandeza de nuestra necesidad. Porque a la grandeza de su caridad pertenecía redimirnos copiosísima y perfectísimamente, y la grandeza de nuestra necesidad pedía esta manera de remedio tan grande. Porque ¿quién podrá explicar cuán inhábil quedó el hombre por el pecado para todo lo bueno, especialmente para poner todo su amor, temor y esperanza en Dios, y asimismo para las virtudes de la humildad, de la castidad, de la paciencia, de la obediencia, de la mansedumbre, de la pobreza de espíritu, de la aspereza de vida, de la victoria de sí mismo, y finalmente para todos los trabajos y ejercicios virtuosos? Porque como el pecado quedó el hombre tan resfriado en el amor de Dios y tan encendido en el amor de sí mismo, de aquí procedió quedar tan inhábil y tan manco para todo lo bueno.

Pues aquel Señor que vino a remediar todos estos males, convenía que remediase estos dos tan principales, transformando nuestro corazón de tal manera, que lo hiciese arder en el amor que estaba tan frío, y lo enfriase en el que estaba tan fervoroso. Pues esto hizo nuestro benditísimo Salvador y reformador, no sólo mereciéndonos y enviándonos al Espíritu Santo para que hiciese esta transformación, sino también dejándonos en su vida, y mucho más en su muerte, eficacísimos y potentísimos estímulos para todas estas virtudes. Para lo cual propondremos ahora los principales pasos y misterios de su sagrada pasión, en la cual hallará el hombre tan grandes estímulos y incentivos, por una parte para amar, temer y esperar en Dios, y por otra, para las virtudes contrarias a nuestra carne, como son, humildad, paciencia y obediencia, con todas las demás, que no podrá dejar de quedar muchas veces atónito de ver cómo no arde el mundo en amor de tal Dios, y cómo no desea de padecer mil cuentos de martirios por tal Señor, según son grandes los motivos que hallará aquí para lo uno y para lo otro.

La Cena del Señor y el lavatorio de los pies

Entre todas las obras memorables que obró nuestro Salvador en este mundo, una de las más dignas de perpetua recordación es aquella postrera cena que cenó con sus discípulos. Donde no solamente se cenó aquel cordero figurativo que mandaba la ley, sino el mismo Cordero sin mancilla, que era figurado por la ley.

En el cual convite resplandece primeramente una maravillosa suavidad y dulzura de Cristo, en haber querido asentarse a una mesa con aquella pobre escuela, que es con aquellos pobres pescadores, y juntamente con el traidor que lo había de vender, y comer con ellos en un mismo plato. Resplandece también una espantosa humildad, cuando el Rey de la gloria se levantó de la mesa, y ceñido con un lienzo a manera de siervo, echó agua en un baño, y postrado en tierra, comenzó a lavar los pies de los discípulos, sin excluir de ellos al mismo Judas que lo había vendido. Y resplandece sobre todo esto una inmensa liberalidad y magnificencia de este Señor, cuando a aquellos primeros sacerdotes, y en aquellos a toda la Iglesia, dio su sacratísimo cuerpo en manjar, y su sangre en bebida: para que lo que había de ser el día siguiente sacrificio y precio inestimable del mundo, fuese nuestro perpetuo viático y mantenimiento, y también nuestro sacrificio cotidiano.

Mas ¿quién podrá explicar los efectos y virtudes de este nobilísimo sacramento? Porque con él por una manera maravillosa es unida el ánima con su esposo, con él se alumbra el entendimiento, avívase la memoria, enamórase la voluntad, deléitase el gusto interior, acreciéntase la devoción, derrítense las entrañas, ábrense las fuentes de las lágrimas, adormécense las pasiones, despiértanse los buenos deseos, fortalécese nuestra flaqueza, y toma con el aliento para caminar hasta el monte de Dios. Oh maravilloso sacramento, ¿qué diré de ti? ¿Con qué palabras te alabaré? Tú eres vida de nuestras ánimas, medicina de nuestras llagas, consuelo de nuestros trabajos, memorial de Jesucristo, testimonio de su amor, manda preciosísima de su testamento, compañía de nuestra peregrinación, alegría de nuestro destierro, brasas para encender el fuego del divino amor y prenda y tesoro de la vida cristiana.

¿Qué lengua podrá dignamente contar las grandezas de este Sacramento? ¿Quién podrá agradecer tal beneficio? ¿Quién no se derretirá en lágrimas, viendo a Dios corporalmente unido consigo? Faltan las palabras y desfallece el entendimiento, considerando las virtudes de este soberano misterio: mas nunca debe faltar en nuestras ánimas el uso, el agradecimiento de él.

La Oración del huerto

Acabada, pues, la sacratísima cena y ordenados los misterios de nuestra salud, abrió el Salvador la puerta a todas las angustias y dolores de su pasión, para que todos viniesen a embestir sobre su piadoso corazón, para que primero fuese crucificado y atormentado en el ánima lo que fuese en su misma carne. Y así dicen los evangelistas que tomó consigo tres discípulos suyos de los más amados, y comenzando a temer y angustiarse, díjoles aquellas tan dolorosas palabras: Triste esta mi ánima hasta la muerte; esperadme aquí, y velad conmigo. Y Él, apartándose un poco de ellos, fuese a hacer oración: para enseñarnos a recorrer a esta sagrada áncora todas las veces que nos halláremos cercados de alguna grave tribulación. Y la tercera vez que oró, fue tan grande la agonía y tristeza de su ánima, que comenzó a sudar gotas de sangre, que corrían hasta el suelo, y a decir aquellas palabras: Padre, si es posible, traspasa este cáliz de mí.

Considera, pues, al Señor en este paso tan doloroso, y mira como representándosele allí todos los tormentos que había de padecer, y aprehendiendo perfectísimamente con aquella imaginación suya nobilísima tan crueles dolores como se aparejaban para el más delicado de los cuerpos, y poniéndosele delante todos los pecados del mundo, por los cuales padecía, y el desagradecimiento de tantas ánimas que ni habían de reconocer este beneficio, ni aprovecharse de este tan grande y tan costoso remedio, fue su ánima en tanta manera angustiada, y sus sentidos y carne delicadísima tan turbados, que todas las fuerzas y elementos de su cuerpo se destemplaron, y la carne bendita se abrió por todas partes y dio lugar a la sangre que manase por toda ella hasta correr en tierra. Y si la carne, que de sola recudida padecía estos dolores, tal estaba, ¡qué tal estaría el ánima que derechamente los padecía!.

Testigos de esto fueron aquellas preciosas gotas de sangre que de todo su sacratísimo cuerpo corrían: porque una tan extraña manera de sudor como éste, nunca visto en el mundo, declara haber sido éste el mayor de todos los dolores del mundo, como a la verdad lo fue. Pues, oh Salvador y Redentor mío, ¿de dónde a ti tanta congoja y aflicción, pues tan de voluntad te ofreciste por nosotros a beber el cáliz de la pasión?

Esto hiciste, Señor, para que mostrándonos en tu persona tan ciertas señales de nuestra humanidad, nos firmases en la fe, y descubriéndonos en ti este linaje de tremores y dolores, nos esforzases en la esperanza, y padeciendo por nuestra causa tan terribles tormentos como aquí padeciste, nos encendieses en tu amor.

La prisión del Salvador y su presentación ante los pontífices

Con cuánta prontitud y voluntad se haya ofrecido el Salvador por nosotros al sacrificio de la pasión, fácilmente se conoce viendo como Él mismo salió a recibir a los que le venían a prender, aunque venían tan pertrechados y tan armados con laternas, y hachas, y lanzas. Y para que conociese la presunción humana que ninguna cosa podía contra la omnipotencia divina, antes que le prendiesen, con una sola palabra derribó aquellas huestes infernales en tierra: aunque ellos, como ciegos y obstinados en su malicia, ni con esto quisieron abrir los ojos y conocer su temeridad.

Mas con todo esto, el piadoso Cordero no cerró aun entonces las corrientes de su misericordia, ni dejó aquel suavísimo penar de miel de destilar gotas de miel, pues allí sanó la oreja del ministro que san Pedro había cortado, y detuvo sus manos de la justa venganza que en aquel tiempo se pudiera hacer. Maldito sea furor tan pertinaz, pues ni con la vista de tan gran milagro se rindió, ni con la dulzura de tan grande beneficio se amansó.

Mas ¿quien podrá oír sin gemido de la manera que aquellos crueles carniceros extendieron sus sacrílegas manos y ataron las de aquel mansísimo Cordero, que ni contradecía ni se defendía, y así maniatado como a un ladrón o público malhechor le llevaron con grande prisa y grita y con grande concurso y tropel de gentes por las calles públicas de Jerusalén? ¿Cuál sería entonces el dolor de los discípulos, cuando viesen su dulcísimo Señor y Maestro apartado de su compañía y llevado de esta manera, vendido por uno de ellos, pues el mismo traidor que lo vendió, sintió tanto el mal que hizo, que vino a ahorcarse y desesperar?

Preso, pues, de esta manera el pastor, descarriáronse las ovejas: aunque Pedro, como más fiel que los otros, seguía desde lejos al piadoso Maestro. Mas entrado dentro de la casa del Pontífice, a la voz de una mozuela negó tres veces al Señor con grandes juramentos y protestaciones, diciendo que no lo conocía, ni sabía quién se era, ni tenía que ver con Él. Entonces cantó el gallo, y miró el Señor con unos piadosísimos ojos a Pedro, y acordóse Pedro de lo que el Señor le había profetizado, y saliéndose fuera, por no tornar a padecer escándalo con la ocasión del mismo peligro, lloró amargamente su pecado.

¡Oh tú, quienquiera que seas, que a instancia y requerimiento de la mala sierva de tu carne negaste por obra o por voluntad a Dios, quebrantando su ley, acuérdate de la pasión de este dulcísimo Señor, y sal fuera de esa ocasión con Pedro, y llora amargamente tu pecado, si por ventura tendrá por bien mirarte Aquél que miró a Pedro, con los mismos ojos que a él miró, para que alimpiado y purificado con Pedro, merezcas recibir después con él al Espíritu Santo!

Después de esta negación, mira cuán maltratado fue el Señor en casa del pontífice: porque siendo Él conjurado en virtud y nombre del Padre que dijese quién era, como Él por reverencia de este nombre diese testimonio de la verdad, aquellos que tan indignos eran de oír tan alta respuesta, cegados con el resplandor de tan grande luz, se levantaron furiosísimamente contra Él, y como a blasfemo le comenzaron a escupir y maltratar. De manera que aquel rostro adorado de los ángeles y venerado de los hombres, el cual con su hermosura alegra toda la corte soberana, es allí por aquellas infernales bocas afeado con salivas, injuriado con bofetadas, afrentado con pescozones, deshonrado con vituperios y cubierto con un velo por escarnio. Finalmente, el Señor de todo lo criado es allí tratado como un vil esclavo, sacrílego y blasfemo, estando Él por otra parte con un rostro mansísimo y sereno, y así con blandas y comedidas palabras se quejó a uno de aquellos que lo herían, diciendo: Si mal hablé, muéstrame en qué, y si no, ¿por qué me hieres?12. ¡Oh dulce y piadoso Jesús! ¿Cuál hombre, viendo esto, podrá contener las lágrimas y no partírsele el corazón de dolor?

La presentación ante Pilato y Herodes, y los azotes a la columna

Pasada esta noche dolorosa con tantas ignominias en casa de los Pontífices, otro día por la mañana llevaron al Señor atado a Pilato, que en aquella provincia por parte de los romanos presidía, pidiendo con grande instancia que lo condenase a muerte. Y estando ellos con grandes clamores acusándole y alegando contra Él tantas falsedades y mentiras, y pidiendo que perdonase a Barrabás y crucificase a Cristo, Él entre toda esta barahúnda de voces y clamores estaba como un cordero mansísimo ante el que lo trasquila, sin excusarse, sin defenderse y sin responder una sola palabra: tanto que el mismo juez estaba grandemente maravillado de ver tanta gravedad y silencio y tanta serenidad de rostro en medio de tanta confusión y gritería.

Mas aunque el presidente sabía muy bien que toda aquella gente se había movido más con celo de envidia que de justicia, pero vencido con pusilanimidad y temor humano, determinó entregar al piadosísimo Rey en manos del cruel tirano de Herodes, para que él lo sentenciase. El cual, visto el Señor, y escarneciendo de él con toda su corte, y vistiéndolo por escarnio de una vestidura blanca, se lo torno a remitir. Entonces Pilato, para satisfacer a la furia y rabia de los acusadores, mandó azotar al inocentísimo Cordero, pareciéndole que con esto se amansaría el furor de sus enemigos. Llegan, pues, luego los sayones, y desnudan al Señor de sus vestiduras, y atándole fuertemente a una columna, comienzan a azotar y despedazar aquella purísima carne, y añadir llagas a llagas y heridas a heridas. Corren los arroyos de sangre por aquellas sacratísimas espaldas, hasta regarse con ellos la tierra y teñirse de sangre por todas partes. Oh pues hombre perdido, que eres causa de todas estas heridas, ¿cómo no revientas de dolor viendo lo que padece este inocentísimo Cordero, que por tus hurtos es azotado?

Mira también cuán grandes motivos tienes aquí para todas aquellas virtudes que arriba dijimos, especialmente para amar, temer y esperar en Dios. Para amar, viendo lo mucho que este Señor por tu amor padeció; para temer, viendo el rigor con que en sí mismo castigó tus pecados; y para esperar, considerando cuán copiosa redención y satisfacción se ofrece aquí a Dios por ellos.

La coronación de espinas y el Ecce Homo

Acabado el martirio de los azotes, comiénzase de nuevo otro no menos injurioso, que fue la coronación de espinas. Porque vinieron a juntarse allí todos los soldados del presidente a hacer fiesta de los dolores e injurias del Salvador, y tejiendo primeramente una corona de juncos marinos, hincáronla por su sacratísima cabeza, para que así padeciese con ella con una parte sumo dolor, y por otra suma deshonra.

Muchas de las espinas se quebraban al entrar por la cabeza, otras llegaban, como dice san Bernardo, hasta los huesos, rompiendo y agujereando por todas partes el sagrado cerebro.

Y no contentos con este tan doloroso linaje de vituperio, vístenle de una púrpura vieja y rasgada, y pónenle por cetro real una caña en la mano, e hincándose de rodillas, dábanle bofetadas y escupíanle en la cara, y tomándole la caña de las manos, heríanle con ella en la cabeza, diciendo: Dios te salve, Rey de los judíos. No parece que era posible caber tantas invenciones de crueldades en corazones humanos. Porque cosas eran estas que si en un mortal enemigo se hicieran, bastaran para enternecer cualquier corazón. Mas como era el demonio el que las inventaba, y Dios el que las padecía, ni aquella tan grande malicia se hartaba con ningún tormento, según era grande su odio, ni a aquella tan grande piedad bastaban todos estos trabajos, según era grande su amor.

Mas tu, ánima mía, deja de considerar ahora la crueldad de los hombres y la malicia de los demonios, y vuelve los ojos a considerar la figura tan lastimera que allí temía el más hermoso de los hijos de los hombres: ¡Oh pacientísimo y clementísimo Redentor!, ¿qué figura es esa tan dolorosa, qué martirio tan nuevo, que mudanza tan extraña? ¿Eres tú Aquél que poco antes discurrías por las ciudades, predicando y haciendo tantas maravillas? ¿Eres tú Aquél que poco antes en el monte Tabor resplandeciste con figura celestial y vestiduras de nieve? ¿Eres tú Aquél testificado con voces del cielo por Hijo de Dios y Maestro del mundo? Pues ¿cómo se perdió aquella hermosura tan grande? ¿Qué se hizo aquel resplandor de tu cara? ¿Dónde están las vestiduras de nieve? ¿Qué es de la gloria del Hijo? ¿Qué es de la dignidad y pompa del Rey? ¿Éste es el reino que te tenían aparejado? ¿Ésa es la corona, y la púrpura, y el centro, y las ceremonias de Rey?

Ésta es, Señor, la cura de mi soberbia, ésta la satisfacción de mis atavíos y regalos, éste el dechado de la verdadera paciencia y humildad, éste el camino de la cruz para el reino, y éste el ejemplo de menosprecio del mundo. Esto me predican tus llagas, esto me enseñan tus deshonras, esto es lo que leo en el libro de tu pasión.

Pues como el presidente tuviese claramente conocida la inocencia del Salvador, y viese que no su culpa sino la envidia de sus enemigos le condenaba, procuraba por todas vías librarle de sus manos. Para lo cual le pareció bastante medio sacarlo así como estaba a vista del pueblo furioso: porque Él estaba tal, que bastaba la figura que tenía, según él creyó, para amansar la furia de sus corazones. Pues tú, oh ánima mía, procura hallarte presente a este espectáculo tan doloroso, y como si ahí estuvieras, mira con grande atención la figura que trae este, que es resplandor de la gloria del Padre, por restituirte la que tu perdiste cuando pecaste. Mira cuan avergonzado estaría allí en medio de tanta gente, con su vestidura de escarnio colorada y mal puesta, con su corona de espinas en la cabeza, con su caña en la mano, con el cuerpo todo quebrantado y molido de los azotes pasados, las manos cruelmente atadas, y todo encogido y ensangrentado. Mira cuál estaba aquel divino rostro, hinchado con los golpes, afeado con las salivas, rasguñado con las espinas, arroyado con la sangre, por unas partes reciente y fresca, y por otras fea y denegrida. Y como el santo Cordero tenía las manos atadas, no podría con ellas limpiar los hilos de sangre que por los ojos caían: y así estarían aquellas dos lumbreras del cielo eclipsadas y cuasi ciegas, y hechas un pedazo de carne y de sangre.

Finalmente, tal estaba su figura, que ya ni parecía quien era, y aun apenas parecía hombre, sino un retablo de dolores pintado por manos de aquellos malvados sayones y de aquel cruel presidente, a fin de que abogase por Él ante sus enemigos esta tan dolorosa figura.

Del llevar la Cruz a cuestas

Mas como todo esto nada aprovechase, dióse por sentencia que el Inocente fuese condenado a muerte, y muerte de cruz. Y para que por todas partes creciese su tormento y su deshonra, ordenaron sus enemigos que Él mismo llevase sobre sí el madero en que había de ser justiciado.

Toman, pues, aquellos crueles carniceros el santo madero, que según se escribe era de quince pies, y cárganlo sobre los hombros del Salvador, el cual, según los trabajos de aquel día y de la noche pasada, y la mucha sangre que con los azotes había perdido, apenas podía tenerse en pie y sustentar la carga de su propio cuerpo; y sobre esta le añaden tan grande sobrecarga como era el peso de la cruz.

En este paso puedes considerar por una parte la mansedumbre inestimable del Salvador, y por otra la crueldad grande de sus enemigos: porque ni la mansedumbre pudo ser mayor, ni tampoco la crueldad. ¿Qué mayor crueldad que desde la hora de la pasión hasta el punto de la muerte no darle una sola hora de reposo, sino añadir siempre dolores a dolores y tormentos a tormentos? Uno le prende, otro le ata, otro le acusa, otro le escarnece, otro le escupe, otro le abofetea, otro le azota, otro lo corona, otro le hiere con la caña, otro le cubre los ojos, otro le viste, otro le desnuda, otro le blasfema, otro le carga la cruz a cuestas, y todos finalmente se ocupan en darle tormento. Vuelven y revuelven, llevarlo y traerlo de juicio en juicio, de tribunal en tribunal, de pontífice a pontífice, como si fuera un loco de atar o un público ladrón.

Pues ¿quién no se moverá a piedad, considerando un hombre tan manso y tan inocente, y que había hecho tantos bienes a los hombres, y curándolos de tantas enfermedades, y predicándoles tan maravillosa doctrina, y después le ve llevar con una cruz a cuestas por las calles públicas con tanta ignominia? ¡Oh crueles corazones!, ¿cómo no os mueve a piedad tanta mansedumbre? ¿Cómo podéis hacer mal a quien tanto bien os ha hecho? ¿Cómo no miráis siquiera esta tan grande inocencia, pues provocado con tantas injurias, ni os amenaza, ni se queja, ni se indigna contra vosotros?

¡Quién me diera, oh buen Jesús, que yo te pudiera dar un poco de refrigerio en esa tan grande agonía! Toda la noche has velado y trabajado, y los crueles sayones a porfía se han entregado en ti, dándote bofetadas y diciéndote injurias, y después de tan largo martirio, después de enflaquecido ya el cuerpo y desangrado con tantos azotes, cargan la cruz sobre tus delicadísimos hombros y así te llevan a justiticiar. Oh delicado cuerpo, ¿qué carga es ésa que llevas sobre ti? ¿A do caminas con ese peso? ¿Qué quieren decir esas insignias tan dolorosas? Pues ¿cómo? ¿Tú mismo hablas de llevar a cuestas los instrumentos de tu pasión?

Aquí, oh ánima mía, lleva el Señor sobre sí toda la carga de tus pecados: dale gracias por ese tan grande beneficio, y ayúdale a llevar esa cruz por imitación de su ejemplo, y síguelo con las lágrimas de esas piadosas mujeres que le van acompañando, y mira sobre todo esto que si eso se hace en el madero verde, en el seco ¿qué se hará?

De cómo fue crucificado el Salvador

Llegado el Salvador al monte Calvario, fue allí despojado de sus vestiduras, las cuales estaban pegadas a las llagas que los azotes habían dejado en sus espaldas: y al tiempo de quitárselas, harían esto aquellos crueles ministros con tanta inhumanidad, que volverían a renovarse las heridas pasadas y a manar sangre por todas ellas. Pues ¿qué haría el bendito Señor, cuando así se viese desollado y desnudo? Es de creer que levantaría entonces los ojos al Padre, y le daría gracias por haber llegado a tal punto, que se viese así tan pobre y tan desnudo por su amor.

Estando pues así ya desnudo, mándanle extender en la cruz, que estaba tendida en el suelo, y obedece Él como cordero a este mandamiento, y acuéstase en esta cama que el mundo le tenía aparejada, y entrega liberalmente sus pies y manos a los verdugos para enclavar en el madero. Pues cuando el Salvador del mundo se viese así tendido de espaldas sobre la cruz, y sus ojos puestos en el cielo, ¿qué tal estaría su piadoso corazón? ¿Qué haría? ¿Qué pensaría? ¿Qué diría en este tiempo?

Parece que se volvería al Padre y diría así: oh Padre Eterno, gracias doy a vuestra infinita bondad por todas las obras que en todo el discurso de la vida pasada habéis obrado por mi. Ahora fenecido ya con vuestra obediencia el número de mis días, vuelvo a Vos no por otro camino que por la cruz. Vos mandásteis que yo padeciese esta muerte por amor de los hombres; yo vengo a cumplir esta obediencia y a ofrecer aquí mi vida en sacrificio por su amor.

Tendido13, pues, el Salvador en esta cama, llega uno de aquellos malvados ministros con un grueso clavo en la mano, y puesta la punta del clavo en medio de la sagrada palma, comienza a dar golpes con el martillo y a hacer camino al hierro duro por las blandas carnes del Salvador. Los oídos de la Virgen oyeron estas martilladas, y recibieron estos golpes en medio del corazón, y sus ojos pudieron ver tal espectáculo como éste sin morir.

Verdaderamente aquí fue su corazón traspasado con esta mano, y aquí fueron rasgadas con este clavo sus entrañas y su pecho virginal. Con la fuerza del dolor de la herida todas las cuerdas y nervios del cuerpo se encogieron hacia la parte de la mano clavada, y llevaron en pos de sí todo lo demás. Y estando así cargado el buen Jesús hacia esta parte, tomo el ministro la otra mano, y por hacer que llegase al agujero que estaba hecho, estiróla tan fuertemente, que hizo desencajarse los huesos de los pechos y desabrocharse toda aquella compostura y armonía del cuerpo divino: y así quedaron sus huesos tan distintos y señalados, que, como el profeta dice, los pudieran contar. Y de esta misma manera de crueldad usaron cuando le enclavaron los sagrados pies. Y para mayor acrecentamiento de ignominia, crucificaron al Señor fuera de la ciudad en el lugar público de los malhechores y entre dos famosos ladrones. Y los que por allí pasaban, y los que estaban presentes, le escarnecían y baldonaban diciendo: A otros hizo salvos, y a sí mismo no puede salvar. Mas el Cordero mansísimo hacía oración al Padre por los unos y por los otros, y ofrecía liberalmente el paraíso al ladrón que le confesaba.

Después de esto, sabiendo el Señor que ya todo era acabado, para que se cumpliese la Escritura, dijo: Sed he. Y en esta sed le sirvieron con darle a beber vinagre mezclado con hiel: para que pues la causa de nuestra perdición había sido el gusto del árbol vedado, el remedio de ella fuese el gusto de la hiel y vinagre de Cristo.

Y demás de esto, no quiso este piadoso Señor que alguno de sus miembros quedase libre de tormento, y por esto quiso que la lengua también padeciese su pena, pues todos los otros miembros padecían cada uno su propio dolor. Pues ¿qué sentirías tú en este paso, Virgen bienaventurada? La cual, asistiendo a todos estos martirios y bebiendo tanta parte de este cáliz, viste con tus propios ojos aquella carne santísima que tu tan castamente concebiste y tan dulcemente criaste, y que tantas veces reclinaste en tu seno y apretaste en tus brazos, ser despedazada con azotes, agujereada con espinas, herida con la caña, injuriada con puñadas y bofetadas, rasgada con clavos, levantada en un madero, y despedazada con su propio peso, e injuriada con tantas deshonras, y al cabo jaropada con hiel y vinagre.

Y no menos viste con los ojos espirituales aquella ánima santísima llena de la hiel de todas las amarguras del mundo, ya entristecida, ya turbada, ya congojada, ya bramando, ya temiendo, ya agonizando, parte por el sentimiento vivísimo de sus dolores, parte por las ofensas y pecados de los hombres, parte por la compasión de nuestras miserias, y parte por la compasión que de ti su Madre dulcísima tenía, viéndote asistir presente a todos estos trabajos: para cuya consolación y compañía encomendándote al amado discípulo, dijo: Mujer, cata (mira) ahí tu hijo.

Después de esto, mira cómo el Salvador expiró, haciendo oración por nosotros con gran clamor y lágrimas, encomendando su espíritu en manos del Padre. Entonces el velo del templo súbitamente se rasgó, y la tierra tembló, y las piedras se hicieron pedazos, y las sepulturas de los muertos se abrieron. Entonces el más hermoso de los hijos de los hombres, oscurecidos los ojos y cubierto el rostro de amarillez de muerte, pareció el más feo de todos los hombres, hecho holocausto de suavísimo olor por ellos, para revocar la ira del Padre que tenían merecida.

Mira, pues, oh santo Padre, desde su santuario en la faz de Cristo: mira esta sacratísima Hostia, la cual te ofrece este sumo Pontífice por nuestros pecados. Mira tú también, hombre redimido, cuál y cuán grande es este que está pendiente en el madero, cuya muerte resucita los muertos, cuyo tránsito lloran los cielos, y la tierra, y hasta las mismas piedras. Pues, ¡oh corazón humano, más duro que todas ellas, si teniendo tal espectáculo delante, ni te espanta el temor, ni te mueve la compasión, ni te aflige la compunción, ni te ablanda la piedad!

La lanzada del Señor y la sepultura

Y como si no bastaran todos estos tormentos para el cuerpo vivo, quisieron también los malvados ejecutar su furor en él muerto, y así después de expirado el Señor, uno de los soldados le dio una lanzada por los pechos, de donde salió agua y sangre para lavatorio de nuestros pecados.

Levántate, pues, oh esposa de Cristo (la Iglesia Católica), y haz aquí tu nido como la paloma en los agujeros de la piedra, y como pajero edifica aquí tu casa, y como tórtola casta esconde aquí tus hijuelos. Pon aquí también la boca para que bebas aguas de las fuentes del Salvador: porque este es aquel río que salió de en medio del paraíso, el cual fecunda, riega y hace fructificar toda la sobrehaz de la tierra.

Finalmente, viniendo después aquel noble centurión Josef, y con él Nicodemus, habida licencia de Pilato, quitando el santo cuerpo de la cruz, lo envolvieron en una sábana limpia con olorosos ungüentos, y pusiéronlo en un monumento. Donde aquellas santas mujeres que seguían al Señor en la vida, le sirvieron también en la muerte, trayendo ungüentos olorosos para ungir su sacratísimo cuerpo. Entre las cuales María Magdalena ardía con tan grande fuego de caridad, que olvidada de la flaqueza mujeril, ni por la oscuridad de las tinieblas, ni por la crueldad de los sayones se podía apartar de la visitación del sepulcro, antes perseverando en aquel lugar y derramando muchas lágrimas, despidiéndose los discípulos, ella no se despedía: porque era tan grande su amor y la impaciencia de su deseo, que en ninguna otra cosa tomaba gusto sino en llorar la ausencia de su Redentor amado, diciendo con el profeta: Fuéronme mis lágrimas pan de noche y de día, mientras dicen a mi ánima: ¿dónde está tu Dios?14.

Pues, oh buen Jesús, concédeme, Señor, aunque indigno, que ya que entonces no merecí hallarme con el cuerpo presente a éstas tan dolorosas exequias, me halle en ellas meditándolas y tratándolas con fe y amor en mi corazón, y experimentando algo de aquel afecto y compasión que tu inocentísima Madre y la bienaventurada Magdalena experimentaron en este día.

12 Jn 18,23.
13 Esta página es una adaptación de G. SAVONAROLA, Trattato dell'amore di Gesu Cristo (operette spirituali), volt I, Roma, 1976, pp. 110-113.
14 Salmo 41,4.

Fuente: Fray Luis de Granada, VITA CHRISTI. Un breve sumario de los principales misterios de la vida de Cristo.


Fray Luis de Granada
  (Luis de Sarria; Granada, 1504-Lisboa, 1588) Escritor español, destacada figura de la literatura ascética del Siglo de Oro. Confesor de duques y de reyes, fue el orador sagrado más famoso de su tiempo en España y Portugal. Sus sermones, dentro del más puro estilo ciceroniano, sirvieron de modelo hasta el siglo XVIII; fue también uno de los mejores prosistas del siglo XVI en latín, castellano y portugués. Destacan sus Seis libros de la retórica eclesiástica (1576), el Libro de la oración y de la meditación (1554), la Guía de pecadores(1556) y el Memorial de la vida cristiana (1561). Fuente: Biografias y Vidas.

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