miércoles, 8 de abril de 2026
EL TESTIMONIO DE LOS APÓSTOLES
Hechos de los Apóstoles 10,
37–43:
“Nos mandó Él mismo que
predicásemos al pueblo…”.
¡Qué doce pescadores pobres, groseros, que habían casi envejecido en la más espesa ignorancia; gentes de un genio y de un corazón apocado; almas naturalmente bajas y tímidas, sin educación, sin apoyo, sin otro arte que el de la pesca y las redes… que estos doce pescadores hayan podido convencer al universo y hacerle creer que aquel Jesús de Nazaret, que había expirado en una cruz, había resucitado, es un prodigio que parece desde luego casi tan pasmoso como el mismo prodigio de la Resurrección!
Pero cuando se considera que unos hombres, que no tenían interés alguno en fingir, no pudieron querer engañarnos con peligro cierto de su vida; que unos hombres tan incrédulos en vida de su Maestro no pudieron engañarse después de su muerte, y creerle resucitado sin tener de ello las pruebas más manifiestas; en fin, que unos hombres como estos, que obraban los más estupendos milagros para establecer la fe de la Resurrección, no pudieron engañarnos… ¿no debe pasmarnos más bien que haya habido incrédulos capaces de resistir a su testimonio?
Pero nuestra creencia, ¿es por ventura más cristiana?
Y creyendo en Jesucristo verdaderamente resucitado, ¿somos acaso más cristianos?
Como el misterio de la Resurrección encierra, por decirlo así, o al menos confirma todos los demás, este misterio, cuando es verdaderamente creído, convirtió al mundo entero.
Nosotros lo creemos; pero ¿qué efecto produce hoy en el entendimiento y en el corazón de los cristianos la fe de este misterio?
La Resurrección del Salvador es la prenda segura, y debe ser al mismo tiempo el modelo de la nuestra. Es el fundamento de nuestra fe, y debe serlo igualmente de nuestra esperanza; y ambas deben reglar nuestras costumbres.
¿Dónde se encuentra hoy esta reforma?
Muertos al pecado por la penitencia —que debe ser el fruto del gran ayuno que hemos concluido— una vida nueva debería ser el efecto ordinario de la Pascua.
¿Hay muchas personas de quienes se pueda decir con verdad que han resucitado?
Es necesario saber primero si hay muchas que hayan muerto al pecado, a los hábitos criminales, a las ocasiones voluntarias y peligrosas; si hay muchas que hayan resucitado a la gracia.
Después de una verdadera resurrección, la mudanza es visible, la reforma es palpable.
¿Se ven muchas reformas, muchas mudanzas en los fieles después de estas fiestas?
Y aquellos que se dispensaron en la Cuaresma de los saludables rigores de la penitencia, ¿gustan en la Pascua las dulzuras de una santa resurrección?
P. JEAN CROISSET S.J.
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