viernes, 14 de agosto de 2026

¿NO ES ÉSTE EL HIJO DEL CARPINTERO?



Imaginemos, sólo por un instante, que algunas de las categorías de nuestro tiempo bastaran para juzgar la paternidad.

San José podría resultarnos desconcertante.

Tiene autoridad. Obedece y es obedecido. Conduce una casa según un orden que no ha inventado. Cumple respecto del Niño los deberes de la Ley. Lo introduce en la vida concreta de Nazaret y en un oficio. No parece considerar que educar consista en preservar de toda dificultad a quien le ha sido confiado. Y el Evangelio, que conserva palabras de tantos otros, no nos transmite una sola palabra suya.

Acaso la dificultad no esté en José.

Acaso esté en las palabras con que hemos aprendido a mirarlo.

Porque hemos llegado a confundir autoridad con dominio; obediencia con disminución; ternura con complacencia; corrección con rechazo; dificultad con daño. Y, sobre todo, hemos comenzado a confundir el amor al hijo con una cosa distinta: la necesidad de ser aprobado por él.

Platón ya había advertido una forma semejante de desorden: llega un momento en que el padre teme al hijo y el maestro al discípulo; la autoridad, por miedo a contrariar, empieza a buscar permiso de aquel a quien debía formar. No es todavía la tiranía. Es algo anterior y más sutil: la renuncia a conducir.

Muchos siglos después, Hannah Arendt formuló la cuestión desde otro ángulo. Educar significa que el adulto responde ante el niño por un mundo que no empezó con ninguno de los dos. Abdicar de esa responsabilidad no deja al niño libre: lo deja solo frente a fuerzas más impersonales y más poderosas que la autoridad familiar.

Conviene distinguir.

El Evangelio ofrece una frase ante la cual algunas de nuestras equivalencias se deshacen:

«Y les estaba sujeto».

El sujeto es Cristo.

El Verbo encarnado quiso vivir verdaderamente sujeto a María y a José en el orden de aquella casa. No perdió por ello dignidad alguna. La obediencia debida a una autoridad legítima no es servidumbre cuando incorpora al hombre a un orden verdadero; como tampoco la autoridad es dominio cuando permanece ordenada al bien de aquel sobre quien se ejerce.

Éste es el punto decisivo.

La autoridad paterna no tiene por fin perpetuarse. Está ordenada al bien del hijo y, mediante la educación, a su perfección. El padre corrige para que un día la corrección exterior pueda ser sustituida por el gobierno interior de la virtud; protege para que nazca la fortaleza; manda allí donde todavía es necesario mandar para que el hijo aprenda a querer libremente aquello que es bueno.

Por eso la corrupción de la autoridad no consiste en tener «demasiada» autoridad. Consiste en desviarla de su fin.

El padre puede querer ser obedecido no ya por el bien que debe procurar, sino porque la obediencia del hijo confirma su propio poder. Entonces deja de servirse de la autoridad para educar y comienza a servirse del hijo para afirmarse.

Conocemos bien esa deformación.

Pero existe otra, más propia de nuestro tiempo y quizá más difícil de reconocer porque se presenta bajo la apariencia de la ternura.

El padre puede preferir la aprobación del hijo al bien del hijo.

Puede temer tanto contrariarlo que termine renunciando a corregirlo; evitar de tal manera su disgusto que confunda cualquier límite con una herida; necesitar de tal modo ser tenido por un buen padre que convierta, sin advertirlo, al propio hijo en juez de su paternidad.

Tocqueville vio con agudeza que la democratización de las costumbres podía hacer más próxima, confiada y afectuosa la relación entre padres e hijos. Había allí un bien verdadero. Pero precisamente por eso el riesgo era más fino: que la cercanía terminara borrando la asimetría propia de la educación.

Los dos errores parecen contrarios.

No lo son en aquello que tienen de más profundo.

Uno busca en el hijo la confirmación de su poder.

El otro busca en él la confirmación de su bondad.

En ambos casos, el hijo termina sirviendo a una necesidad del padre.

Y amar es precisamente lo contrario.

Amar, enseña Santo Tomás, es querer el bien para otro. También un padre desea legítimamente ser querido por su hijo. Pero ese bien deja de estar ordenado cuando se antepone al bien que su oficio le obliga a procurar.

Hay ocasiones en que amar exigirá abrazar.

Otras, corregir.

A veces habrá que proteger del sufrimiento.

Otras habrá que permitir el encuentro con aquello que cuesta, porque la educación no consiste en preservar al hijo de todo lo arduo, sino en disponerlo para amar el bien incluso cuando el bien cuesta.

Y alguna vez el padre deberá soportar algo particularmente difícil: no ser comprendido por aquel a quien ama.

C. S. Lewis vio también esta paradoja del afecto: el amor que da puede corromperse cuando necesita que el otro siga dependiendo de aquello que recibe. La dádiva deja entonces de ser enteramente gratuita y comienza a reclamar una respuesta que confirme al que da.

Por eso la paternidad tiene una ley extraña: debe servir de tal modo que no necesite perpetuar su propia necesidad.

Es entonces cuando San José adquiere una claridad extraordinaria.

En él la paternidad no aparece como afirmación de sí mismo, sino como custodia.

Custodiar no es poseer.

José recibe una misión que no ha elegido, sobre una vida que no le pertenece y al servicio de un designio cuyo fin lo supera infinitamente.

Nada termina en él.

Trabaja para otros.

Protege a otros.

Se levanta de noche por otros.

Parte cuando se le manda partir.

Regresa cuando se le manda regresar.

Busca al Niño perdido.

Cumple.

Su autoridad es verdadera precisamente porque tampoco él es soberano. José puede conducir porque antes sabe obedecer. No establece el bien; se somete a él.

Y acaso haya en esto una misteriosa conveniencia con su silencio.

El Evangelio no conserva ninguna palabra de José. Conserva sus actos.

No sabemos qué dijo cuando recibió a María. No sabemos qué palabras pronunció camino de Egipto. No sabemos qué conversaciones llenaron el taller de Nazaret.

La Escritura ha querido dejarnos otra cosa: un hombre que escucha y hace.

Y hay una misteriosa conveniencia en que permanezca sin palabras aquel cuya misión entera estuvo al servicio del Verbo.

Después, incluso sus actos desaparecen del relato.

José deja de aparecer.

No está en Caná. No acompaña la predicación pública. No contempla a las multitudes. No comparece cuando el nombre de Jesús comienza a recorrer Galilea.

No sabemos cuándo murió.

Simplemente deja de estar.

También ahí la paternidad revela algo que nuestro tiempo comprende con dificultad.

El padre que verdaderamente sirve al bien confiado no mide el éxito de su misión por la duración de su protagonismo.

Hay un momento en que debe disminuir su intervención.

No porque haya dejado de amar, sino porque aquello que protegió ha crecido.

No porque su autoridad haya sido inútil, sino porque ha producido precisamente aquello para lo que existía.

La crisis moderna del padre no comenzó cuando dejó de mandar; comenzó cuando dejó de responder por aquello que debía entregar.

El poder desea perpetuarse.

El ego desea ser reconocido.

La paternidad sabe retirarse.

José no necesitó ocupar el centro.

Le bastó ocupar su lugar.

Y cuando aquel lugar hubo cumplido su servicio, el Evangelio permitió que el carpintero se retirara en silencio.

Pasaron los años.

Jesús volvió a su tierra y comenzó a enseñar. Los hombres se admiraron. Querían comprender quién era aquel que hablaba con semejante sabiduría.

Buscaron en su memoria.

No recordaron el nombre de un poderoso.

No citaron una escuela.

Recordaron una casa. Un oficio. Un hombre que ya no estaba.

Y preguntaron:

«¿No es éste el hijo del carpintero?»

Tal vez la paternidad recobre su grandeza cuando el padre deja de preguntarse qué recibe de su hijo y vuelve a preguntarse qué bien le ha sido confiado servir.

Porque el hijo no ha sido dado al padre para confirmar quién es el padre.

Ha sido confiado a sus manos para que aprenda a reconocer y amar un bien que los precede a ambos.

José había desaparecido.

Todavía podían reconocer al hijo del carpintero.

Autor: Óscar Méndez Oceguera

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