lunes, 6 de agosto de 2012
TRASCENDENTES REFLEXIONES DEL PADRE ANTONIO ROYO MARÍN, O.P.
Asistamos con la imaginación a aquella escena tremenda, la más trascendental de la historia de la humanidad, que tendrá lugar al fin de los siglos; y oigamos la sentencia de Jesucristo, sentencia de bendición para los buenos: “Venid, benditos de mi Padre, a poseer el reino que está preparado para vosotros”, y sentencia de maldición para los réprobos: “Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno.”
No podemos rehuir estos temas trascendentales que nos salen ahora al paso. Se trata de dos dogmas importantísimos de nuestra fe: la existencia del cielo y del infierno, el destino eterno de las almas inmortales. Prefiero dejar para otra ocasión la descripción del panorama deslumbrador del cielo. Será una conferencia llena de luz, de alegría, de colorido, que expansionará nuestro corazón. Pero ahora, señores, no tenemos más remedio que enfrentarnos con el tema tremendo, terriblemente trágico, del destino eterno de los réprobos.
Es un tema muy incómodo y desagradable, lo sé muy bien. Me gustaría y os gustaría muchísimo más que os hablara, por ejemplo, de la infinita misericordia de Dios para con el pecador arrepentido. Se ha dicho que la sensibilidad y el clima intelectual moderno no resiste el tema del infierno, tan incómodo y molesto; que es preferible hablar de la caridad, de la justicia social, del amor y compenetración de los unos con los otros, y otros temas semejantes.
Son temas maravillosos, ciertamente; son temas cristianísimos. Pero la Iglesia Católica no puede renunciar, de ninguna manera, a ninguno de sus dogmas. Yo respeto la opinión de los que dicen que en estos tiempos no se resisten estos temas tan duros; pero tratándose del misterio del más allá, yo no puedo cometer el grave pecado de omisión de soslayar el dogma del infierno, que forma parte del depósito sagrado de la divina revelación.
La Iglesia Católica viene manteniendo íntegramente, durante veinte siglos, el dogma terrible del infierno. La Iglesia no puede suprimir un solo dogma, como tampoco puede crear otros nuevos.
Cuando el Papa define una verdad como dogma de fe (v. gr., la Asunción corporal de María) no crea un nuevo dogma. Simplemente, se limita a garantizarnos, con su autoridad infalible, que esa verdad ha sido revelada por Dios.
El Papa no crea, no inventa nuevos dogmas; simplemente declara, con su autoridad infalible –que no puede sufrir el más pequeño error, porque está regida y gobernada por el Espíritu Santo–, que aquella verdad que define está contenida en el depósito de la revelación, ya sea en la Sagrada Escritura, ya en la verdadera y auténtica tradición cristiana.
Se trata de una verdad revelada por Dios, no de una opinión teológica inventada o patrocinada por la Iglesia. La Iglesia no altera, no cambia, no modifica, poco ni mucho, el depósito de la divina revelación que recibió directamente de Jesucristo y de los Apóstoles.
El dogma católico permanece siempre intacto e inalterable a través de los siglos. Si la Iglesia alterara, reformara o modificara sustancialmente alguno de sus dogmas, os digo con toda sinceridad que yo dejaría de ser católico; porque ésa sería la prueba más clara y más evidente de que no era la verdadera Iglesia de Jesucristo.
Este es, precisamente, el argumento más claro y convincente de que las Iglesias cristianas separadas de Roma (protestantes y cismáticos) no son las auténticas Iglesias de Jesucristo. Porque están cambiando y reformando continuamente sus dogmas. Ya creen esto, ya aquello; ya aceptan lo que antes rechazaron, ya rechazan lo que antes aceptaron, sin más norte ni guía que el capricho del “libre examen”. Y así, se da el caso pintoresco, señores, de que ciertas sectas protestantes que se separaron de la Iglesia Católica principalmente por no admitir la doctrina del purgatorio ahora proclaman que el infierno no es eterno, sino temporal. Con lo cual –como ya les echaba en cara, con fina ironía, José de Maistre–, después de haberse revelado contra la Iglesia por no admitir el purgatorio, vuelven a rebelarse ahora por no admitir más que el purgatorio. Es que el error, señores, conduce, lógicamente, a los mayores disparates.
La Iglesia Católica, en cambio, ha mantenido intacto, durante los veinte siglos de su existencia, el depósito sagrado de su divina revelación; porque sabe perfectamente que Jesucristo le confió ese tesoro para que lo custodie, vigile, defienda y lo mantenga intacto, sin alterarlo en lo más mínimo.
El dogma católico es siempre el mismo, señores, el dogma católico no cambia ni cambiará jamás. Y precisamente por eso, en el siglo veinte, lo mismo que en el siglo primero, la existencia del infierno es un dogma de fe y lo continuará siendo hasta el fin del mundo.
Os voy a hablar del infierno con serenidad, con altura científica, como debe hacerse hoy.
Por de pronto, os advierto que rechazo, en absoluto, las descripciones dantescas. “La Divina Comedia”, de Dante, es maravillosa desde el punto de vista poético o literario, pero tiene grandes disparates teológicos. Aquellas descripciones de los tormentos del infierno son pura fantasía, pura imaginación. El dogma católico no nos dice nada de eso. Rechazo, en absoluto, las descripciones dantescas. Voy a limitarme a exponeros lo que dice el dogma católico en torno a la existencia y naturaleza del castigo de los réprobos.
En primer lugar, os voy a hablar de la existencia del infierno. Lo hemos oído muchísimas veces: si un personaje histórico conocido del mundo entero (v. gr. Napoleón Bonaparte) viniese del otro mundo y, compareciendo visiblemente ante nosotros, nos dijera: “Yo he visto el infierno y en él hay esto y lo otro y lo de más allá”, causaría en el mundo una impresión tan enorme y definitiva, que nadie se atrevería ya a dudar de la existencia de aquel terrible lugar. ¿Por qué no lo envía Dios, para bien de toda la humanidad?
Señores: los que piden o desean esa prueba no han reflexionado bien; no han caído en la cuenta de que ese hecho que reclaman se ha producido ya, y en unas condiciones de autenticidad que jamás hubiera podido soñar la crítica más severa y exigente.
No voy a invocar el testimonio de alguna revelación privada hecha por Dios a alguna monjita de clausura. Ni siquiera voy a alegar el testimonio de Santa Catalina de Sena o el de Santa Teresa de Jesús, a quienes Nuestro Señor mostró el infierno y lo escribieron después en sus libros de manera impresionante. Ni voy a citar, en pleno siglo XX, a los pastorcitos de Fátima, que vieron también, por sus propios ojos, el fuego del infierno. Personalmente yo estoy convencido de la verdad de esas visiones y revelaciones privadas que acabo de citar. Pero nuestra fe católica, señores, no se apoya en estos testimonios de personas particulares, aunque se trate de grandes Santos canonizados por la Iglesia. Nuestra fe se apoya, directamente, en un testimonio mucho más fuerte, mucho más inconmovible.
Voy a deciros cuál es el gran testigo de la existencia y de la naturaleza del infierno. Os voy decir quién es. Trasladémonos con la imaginación a Jerusalén, en la noche del primer Jueves Santo que conoció la humanidad. Ante el jefe de la Sinagoga, reunida en Sanedrín con los principales escribas y fariseos de Israel, acababa de comparecer un preso maniatado: es Jesús de Nazaret. Y el jefe de la Sinagoga, o sea el representante legítimo de Dios en la tierra, el entonces jefe de la verdadera Iglesia de Dios –porque ya sabéis, señores, que el cristianismo enlaza legítimamente con la religión de Israel, de la que es su plenitud y coronamiento: no hay más que una sola Biblia, con su Antiguo y Nuevo Testamento–, el representante auténtico de Dios en la tierra se pone majestuosamente de pie, y, encarándose con aquel preso que tiene delante, le dice solemnemente: “Por el Dios vivo te conjuro que nos digas claramente, de una vez, si Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios.” Y aquel preso maniatado, levantando con serenidad su rostro, le contesta: “Tú lo has dicho, Yo lo soy. Y os digo que un día veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo (Mt 26, 63-64).
Señores: nadie hasta entonces, en toda la historia de la humanidad, se había atrevido jamás a decir: “Yo soy el Hijo de Dios”, y nadie se ha atrevido a repetirlo de entonces acá.
Esa tremenda afirmación, solamente Jesús de Nazaret ha tenido el inaudito atrevimiento de hacerla. Pero ese Jesús, que ha tenido la infinita osadía de decirlo, ha tenido también la infinita audacia de demostrarlo. Una serie de pruebas aplastantes, absolutamente infalsificables, han puesto la rúbrica divina a esa tremenda afirmación: “Yo soy el Hijo de Dios.” ¿Queréis que recordemos unas cuantas?
Un día se acercaba Jesús, acompañado de un gran gentío, a un pueblo llamado Jericó. Y a la entrada del pueblo, en lugar y sitio estratégico de paso, la escena que estamos contemplando todos los días: un ciego pidiendo limosna. El pobrecillo no veía absolutamente nada, pero oyó el murmullo de la muchedumbre que se acercaba, y preguntó: “¿Qué pasa?” “Es Jesús de Nazaret que se acerca”, le contestaron. Y al instante, el pobre ciego comenzó a gritar: “¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!” Y alargando las manos, que son los ojos del ciego, buscaba con ellas a Jesús. Le llevan ante Él, y le pregunta Jesús con dulzura: “¿Qué quieres?” ¡Pobrecito, qué iba a querer! “Señor, que vea.” Y Jesús pronuncia una sola palabra: “Quiero”. Y al instante se abren los ojos del ciego y comienza a ver claramente (Lc 18, 35-43).
Oculista que me escuchas: tú sabes muy bien lo que significa atrofia del nervio óptico, corteza cervical, ceguera de nacimiento... No tiene remedio, ¿verdad? Pues lo tuvo con una sola palabra de Jesucristo. ¿Qué te parece la prueba?
Otro día se le presenta un hombre cubierto de lepra, con su carne podrida que se le caía a pedazos; y aquella piltrafa humana cae de rodillas ante Jesús y le dice con lágrimas en los ojos: “Señor, si quieres, puedes limpiarme.” Y extendiendo Él su mano, le toca diciendo: “Quiero, sé limpio”. Y en el acto la carne podrida del leproso se vuelve fresca y sonrosada como la de un niño que acaba de nacer (Lc 5, 12-13).
Señores: La medicina moderna ha hecho progresos admirables. Pero con todos los adelantos modernos, ¡cuánto cuesta y con qué lentitud se logra la curación de un leproso! El bacilo de Hansen es dificilísimo de vencer, aún hoy, con todos los progresos y adelantos de la medicina. Pero a Cristo le bastó hace veinte siglos una sola palabra: “Quiero”, y al momento desapareció la lepra.
Otro día le seguía una inmensa multitud. Cinco mil hombres, sin contar las mujeres ni los niños. Y Jesús les dice a sus apóstoles: “Dadles de comer.” Pero ellos le respondieron: “No tenemos aquí sino cinco panes y dos peces.” Él les dijo: “Traédmelos acá.” Y alzando sus ojos al cielo, bendijo y partió los panes y se los dio a sus discípulos, y estos, a la muchedumbre. Y comieron todos y se saciaron y recogieron de los fragmentos sobrantes doce cestos llenos (Mt 14, 14-21). ¿Qué os parece?
Otro día dormía Jesús tranquilamente en la barca de sus discípulos. De pronto se levanta un fuerte viento, y la débil barquichuela, bajo los embates de las olas, amenaza zozobrar. Sus discípulos le despiertan atemorizados: “¡Señor, sálvanos, que perecemos!” Y Jesús se puso sencillamente de pie y mandó al viento y dijo al mar: “Calla, enmudece.” Y al instante se aquietó el viento y se hizo completa calma. Y sus discípulos se preguntaron asustados: “¿Quién será éste que hasta el viento y el mar le obedecen?” (Mc 4, 34-41).
Otro día Jesucristo caminó majestuosamente sobre las olas del mar como sobre una alfombra azul festoneadas de espumas (Mt 14, 25).
Otro día...
¿Para qué seguir? Aquel hombre jugaba con el mar, con los vientos y tempestades, con las enfermedades de los hombres y con las fuerzas de la Naturaleza como Dueño y Señor de todo.
Pero hay todavía, señores, una prueba más impresionante de la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.
Señores: en medicina legal no se admite más que una prueba definitiva de muerte real: la putrefacción. Mientras el cadáver no comience a descomponerse, no podemos tener una seguridad científica y absoluta de que está realmente muerto. Pero cuando empieza a descomponerse, cuando comienza la putrefacción, la muerte real es ciertísima, científicamente segura.
Recordemos ahora la impresionante escena evangélica. Lázaro de Betania, el amigo de Cristo, cae gravemente enfermo. Y sus hermanas Marta y María envían un recado al Maestro, diciéndole: “Señor, el que amas está enfermo”. Jesucristo no acude enseguida; deja pasar dos días después de recibido el aviso. Cuando llegó a Betania, Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Y cuando Marta le dice llorando a Jesús: “Señor: si hubieras estado aquí, mi hermano no hubiera muerto”, Jesús le dice: “Yo soy la resurrección y la vida... El que cree en Mí, aunque hubiese muerto, vivirá”. Se dirige al sepulcro, seguido de una gran muchedumbre. Y ordena: “Quitad la piedra”. Y al instante perciben todos el hedor pestilencial del cadáver putrefacto en descomposición. Y Jesucristo, alzando sus ojos al cielo, pronuncia estas palabras: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas, pero por la muchedumbre que me rodea, lo digo: para que crean que Tú me has enviado”. Y diciendo esto, gritó con fuerte voz: “¡Lázaro, sal fuera!” Y al instante, como un siervo obediente cuando su amo le da una orden, el cadáver putrefacto de Lázaro se presentó delante de todos lleno de salud y de vida.
Señores: el milagro, por definición, trasciende las fuerzas de toda naturaleza creada y creable. Solamente Dios, Autor de la Naturaleza, o alguien en nombre de Dios, puede suspender sus leyes inmutables. Ahora bien: Jesucristo hacía los milagros en nombre propio, no en nombre de Dios. Cuando invoca a Dios le llama Padre, y le invoca no para pedirle el poder de hacer milagros, sino únicamente para que los que le rodean crean que ha sido enviado por Él.
Jesucristo tuvo la osadía de decir que era el Hijo de Dios, pero lo demostró de una manera aplastante y definitiva. El mismo Dios se encargó de confirmarlo desde el cielo, cuando en el momento del bautismo de Jesús se abrieron los cielos y se oyó la voz augusta del Eterno Padre, que exclamaba: “Este es mi Hijo muy amado, en el que tengo puestas mis complacencias”. (Mt 3, 16-17).
Pues bien: ese que es el Hijo de Dios, ese que ha venido del cielo y sabe perfectamente lo que hay en el otro mundo, ése nos dice veinticinco veces en el Evangelio que existe el infierno y que es eterno, que no terminará jamás. “Que venga alguien del otro mundo a decirlo”. ¡Ya ha venido! Y nada menos que el que dijo y demostró que era el Hijo de Dios. ¿Comprendéis ahora la increíble insensatez de la carcajada volteriana negando la existencia del infierno? Las cosas de Dios son como Dios ha querido que sean, no como se les antojen a los incrédulos.
¡Pobres incrédulos! ¡Qué pena me dan! No todos son igualmente culpables. Distingo muy bien dos clases de incrédulos completamente distintos. Hay almas atormentadas que les parece que han perdido la fe. No la sienten, no la saborean como antes. Les parece que la han perdido totalmente. Esta misma tarde he recibido una carta anónima: no la firma nadie. A través de sus palabras se transparenta, sin embargo, una persona de cultura más que mediana. Escribe admirablemente bien. Y después de decirme que está oyendo mis conferencias por la Radio, me cuenta su caso. Me dice que ha perdido casi por completo la fe, aunque la desea con toda su alma, pues con ella se sentía feliz, y ahora siente en su espíritu un vacío espantoso. Y me ruega que si conozco algún medio práctico y eficaz para volver a la fe perdida que se lo diga a gritos, que le muestre esa meta de paz y de felicidad ansiada.
¡Pobre amigo mío! Voy a abrir un paréntesis en mi conferencia para enviarte unas palabras de consuelo. Te diré con Cristo: “No andas lejos del Reino de Dios”. Desde el momento en que buscas la fe, es que ya la tienes. Lo dice hermosamente San Agustín: “No buscarías a Dios si no lo tuvieras ya”. Desde el momento en que deseas con toda tu alma la fe, es que ya la tienes. Dios, en sus designios inescrutables, ha querido someterte a una prueba. Te ha retirado el sentimiento de la fe, para ver cómo reaccionas en la oscuridad. Si a pesar de todas las tinieblas te mantienes fiel, llegará un día –no sé si tarde o temprano, son juicios de Dios– en que te devolverá el sentimiento de la fe con una fuerza e intensidad incomparablemente superior a la de antes. ¿Qué tienes que hacer mientras tanto?
Humillarte delante de Dios. Humíllate un poquito, que es la condición indispensable para recibir los dones de Dios. El gozo, el disfrute, el saboreo de la fe, suele ser el premio de la humildad. Dios no resiste jamás a las lágrimas humildes. Si te pones de rodillas ante Él y le dices: “Señor: Yo tengo fe, pero quisiera tener más. Ayuda Tú mi poca fe”. Si caes de rodillas y le pides a Dios que te dé el sentimiento íntimo de la fe, te la dará infaliblemente, no lo dudes; y mientras tanto, pobre hermano mío, vive tranquilo, porque no solamente no andas lejos del Reino de Dios, sino que, en realidad, estás ya dentro de él.
¡Ah! Pero tu caso es completamente distinto del de los verdaderos incrédulos. Tú no eres incrédulo, aunque de momento te falte el sentimiento dulce y sabroso de la fe. Los verdaderos incrédulos son los que, sin fundamento ninguno, sin argumento alguno que les impida creer, lanzan una insensata carcajada y desprecian olímpicamente las verdades de la fe.
No tienen ningún argumento en contra, no lo pueden tener, señores. La fe católica resiste toda clase de argumentos que se le quieran oponer. No hay ni puede haber un argumento válido contra ella. Supera infinitamente a la razón, pero jamás la contradice. No puede haber conflicto entre la razón y la fe, porque ambas proceden del mismo y único manantial de la verdad, que es la primera Verdad por esencia, que es Dios mismo, en el que no cabe contradicción. Es imposible encontrar un argumento válido contra la fe católica. Es imposible que haya incrédulos de cabeza –como os decía el otro día–, pero los hay abundantísimos de corazón. El que lleva una conducta inmoral, el que ha adquirido una fortuna por medios injustos, el que tiene cuatro o cinco amiguitas, el que está hundido hasta el cuello en el cieno y en el fango, ¡cómo va a aceptar tranquilamente la fe católica que le habla de un infierno eterno! Le resulta más cómodo prescindir de la fe o lanzar contra ella la carcajada de la incredulidad.
¡Insensato! ¡Como si esa carcajada pudiera alterar en nada la tremenda realidad de las cosas! ¡Ríete ahora! Carcajaditas de enano en una noche de barrio chino. ¡Ríete ahora! ¡Ya llegará la hora de Dios! Ya cambiarán las cosas. Escucha la Sagrada Escritura: “Antes desechasteis todos mis consejos y no accedisteis a mis requerimientos. También yo me reiré de vuestra ruina y me burlaré cuando venga sobre vosotros el terror”. (Prov 1, 25-26). El mismo Cristo advierte en el Evangelio, con toda claridad: “¡Ay de vosotros los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis!” (Lc 6, 25). ¿Te burlas de todo eso? Pues sigue gozando y riendo tranquilamente. Estás danzando con increíble locura al borde de un abismo: ¡es la hora de tu risa! Ya llegará la hora de la risa de Dios para toda la eternidad.
El infierno existe, señores. Lo ha dicho Cristo. Poco importa que lo nieguen los incrédulos. A pesar de esa negativa, su existencia es una terrible realidad. Pero es conveniente que avancemos un poco más y tratemos de descubrir lo que hay en él. El catecismo, ese pequeño librito en el que se contiene un resumen maravilloso de la doctrina católica, nos dice que el infierno es “el conjunto de todos los males, sin mezcla de bien alguno”. Maravillosa definición. Pero hay otra forma más profunda todavía: la que nos dejó en el Evangelio Nuestro Señor Jesucristo en persona. Es la misma frase que pronunciará el día del Juicio final: “Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno”. En esta fórmula terrible se contiene un maravilloso resumen de toda la teología del infierno.
Porque el infierno, fundamentalmente, lo constituyen tres cosas y nada más que tres:
Lo que llamamos en teología pena de daño, lo que llamamos pena de sentido y la eternidad de ambas penas. Ahí tenemos toda la teología esencial del infierno; todo lo demás son circunstancias accidentales. Pues esas tres cosas están maravillosamente registradas y resumidas en la frase de Cristo: “Apartaos de Mí, malditos (pena de daño), al fuego (pena de sentido) eterno (eternidad de ambas penas)”.
Señores: maravilloso resumen el de Nuestro Señor Jesucristo. Vamos a meditarlo por partes.
Lo principal del infierno es lo que llamamos en teología la pena de daño. La condenación propiamente dicha, que consiste en quedarse privado y separado de Dios para toda la eternidad. Eso es lo fundamental del infierno.
Ya estoy oyendo la carcajada del incrédulo: “¿De verdad, Padre, que lo más terrible que hay en el infierno es estar privado o separado de Dios para toda la eternidad? Pues entonces, no tengo inconveniente en ir al infierno. Porque en este mundo sé prescindir muy bien de Dios, no me hace falta absolutamente para nada. De manera que si lo más terrible que me voy a encontrar en el infierno es que allí no tendré a Dios, ya puede enviarme allá cuando le plazca”.
¡Pobrecito! No sabes lo que dices, ¡no sabes lo que dices! Escúchame un momento, que puede ser que dentro de cinco minutos hayas cambiado de pensar. Escucha. Te gusta la belleza, ¿verdad? ¡Vaya si te gusta! Sobre todo cuando se te presenta en forma de mujer...
Te gusta el dinero, ¿verdad? Te gustaría mucho ser millonario. Quién sabe si precisamente por eso: porque te gusta tanto el dinero, porque has robado tanto, porque has cometido tantas injusticias, no quieres saber nada de la religión y del más allá.
Si eres una muchacha frívola, ligerilla, mundana, ¡cómo te gustaría ser una estrella cinematográfica, aparecer en primer plano en todas las pantallas, en la portada de todas las revistas cinematográficas del mundo, ser una figura de fama mundial, que todo el mundo hablara de ti...! ¡Cómo te gustaría todo esto! ¿Verdad?
Pues mira: todas esas cosas no son más que “gotitas” de una felicidad efímera, que no llena el corazón. ¡Si lo sabes tú mismo de sobra! Nunca te has sentido del todo bien, del todo satisfecho, del todo feliz, ¡jamás! En los caminos del mundo, del demonio, de la carne no se encuentra la verdadera y auténtica felicidad, ¡lo sabes muy bien por experiencia!
Ahora bien: en el momento mismo de tu muerte, cuando tu alma se arranque del cuerpo, aparecerá delante de ti un panorama completamente insospechado. Verás delante de ti como un mar inmenso, un océano sin fondo ni riberas. Es la eternidad, inmensa e inabarcable, sin principio ni fin. Y comprenderás clarísimamente, a la luz de la eternidad, que Dios es el centro del Universo, la plenitud total del Ser. Verás clarísimamente que en Él está concentrado todo cuanto hay de belleza y de riqueza, y de placer, y de honor, y de alabanza, y de gloria, y de felicidad inenarrable. Y cuando, con una sed de perro rabioso, trates de arrojarte a aquel océano de felicidad que es Dios, saldrán a tu encuentro unos brazos vigorosos que te lo impidan, al mismo tiempo que oirás claramente estas terribles palabras: “¡Apártate de Mí, maldito!” ¡Ah! Entonces sabrás lo que es bueno, y entonces verás que la pena de sentido, la pena de fuego que voy a describir inmediatamente, no tiene importancia, es un juguete de niños ante la rabia y desesperación espantosa que se apoderará de ti cuando veas que has perdido aquel océano de felicidad inenarrable para siempre, para siempre, para toda la eternidad.
Dios, señores, actuará sobre los réprobos como una especie de electroimán incandescente: les atraerá y abrasará al mismo tiempo. En este mundo no podemos formarnos la menor idea del tormento espantoso que esto ocasionará a los condenados. Esto es lo que constituye la entraña misma de la pena de daño.
Pero, me diréis: “Padre, ¿y por qué rechaza Dios a los que de manera tan vehemente tienden a Él? ¿No supone esto, acaso, falta de bondad y de misericordia?”
De ninguna manera, señores. Reflexionad un poco en la psicología del condenado. El condenado no se arrepiente ni se arrepentirá jamás de sus pecados. Tiende irresistiblemente a Dios, al mismo tiempo que le odia con todas sus fuerzas. Esa tendencia no es arrepentimiento, sino egoísmo refinadísimo. Tiende a Dios porque ve con toda evidencia que, poseyéndole, sería completa y absolutamente feliz, pero sin arrepentirse de haberle ofendido en este mundo.
El condenado no se arrepiente ni puede arrepentirse, porque en la eternidad son imposibles los cambios sustanciales. Nadie puede cambiar el último fin libremente elegido en este mundo. La muerte nos dejará fosilizados en el bien o en el mal, según nos encuentre en el momento de producirse. Si nos encuentra en gracia de Dios, la muerte nos fosilizará en el bien: ya no podremos pecar jamás, ya no podremos perder a Dios. Pero si la muerte nos sorprende en pecado mortal, quedaremos fosilizados en el mal, ya no podremos arrepentirnos jamás.
El condenado tiende a Dios con un refinadísimo egoísmo. Esa tendencia inmoral, no solamente no le justifica ante Dios, sino que es su último y eterno pecado. Desea a Dios por puro egoísmo, para gozar de la felicidad inmensa que su posesión le produciría; pero sin la menor sombra de amor o de arrepentimiento. En estas condiciones es muy justo, señores, que Dios le rechace: es necesario que sea así. Por eso os decía que Dios actúa sobre el condenado como un electroimán incandescente: le atrae y le quema al mismo tiempo. No podemos formarnos idea, acá en la tierra, del tormento espantoso que esto ocasionará a los condenados.
Y luego viene la pena de sentido, que, con ser terrible, no tiene importancia, comparada con la de daño. Es la pena del fuego. Yo no sé, señores, porque la Iglesia Católica no lo ha definido expresamente, si el fuego del infierno es de la misma naturaleza que el fuego de la tierra: no lo sé. Lo único que sé es que se trata de un fuego real, no imaginario o metafórico. Hay una declaración oficial de la Sagrada Penitenciaría Apostólica contestando a la pregunta de un sacerdote que preguntó qué tenía que hacer con un penitente que no aceptaba la realidad del fuego del infierno, como si se tratase únicamente de una metáfora evangélica. La Sagrada Penitenciaría contestó que ese penitente debía ser instruido convenientemente en la verdad, y si después de la debida instrucción se obstinaba en no querer aceptar la realidad del fuego del infierno, había que negarle la absolución. Está claro, señores.
El fuego del infierno es un fuego real, no metafórico, aunque no podemos precisar si es o no de la misma naturaleza que el fuego de la tierra. Desde luego tiene propiedades muy distintas, porque el fuego del infierno atormenta, no solamente los cuerpos, sino también las almas; y no destruye, sino que conserva la vida de los que entran en sus dominios.
Me acuerdo en estos momentos de aquel pobre muchacho de la provincia de Santander. Era un pobre vaquerillo que cuidaba las vacas de su propia casa. Y un día, en el establo de las vacas, se declaró un incendio. El muchacho, que estaba viendo la catástrofe económica que se les venía encima, penetró en el establo ardiendo con el fin de hacer salir las vacas por la puerta trasera. Y como tardaba mucho en salir y el incendio crecía por momentos, el padre del muchacho quiso lanzarse también, ya no por las vacas, sino por sacar a su hijo que iba a perecer abrasado. Cinco hombres apenas podían sujetarle. De pronto, el muchacho salió gritando y con los vestidos ardiendo. El mismo se arrojó de cabeza a una poza de agua que tenían allí cerca para abrevadero de las vacas y se hundió rápidamente en ella. Cuando poco después salió del agua, con quemaduras mortales, gritaba espantosamente al mismo tiempo que decía: “¡Confesión, confesión, que me quemo; confesión, que me abraso!” Pocas horas después de recibir el Viático murió retorciéndose con terribles dolores.
Señores: yo no sé si el fuego del infierno es de la misma naturaleza que el de la tierra, pero sé que es un fuego real, no metafórico, y que atormentará a los condenados para toda la eternidad. Lo ha revelado Dios y lo mismo da creerlo que dejarlo de creer. Las cosas son así, aunque nos resulten incómodas y molestas.
Pero lo más espantoso del infierno, señores, es la tercera nota, la tercera característica: su eternidad. El infierno es eterno.
¿Habéis contemplado la escena alguna vez a la orilla de un río o del mar? Cuando el pescador nota que el pez ha mordido el anzuelo, tira con fuerza de la caña y el pez se retuerce desesperadamente fuera del agua. Se está ahogando. Sus pobres branquias no están adaptadas para respirar directamente el oxígeno del aire: necesita absorberlo diluido en el agua. Su agonía es terrible, pero dura unos momentos nada más. Muy pronto da un nuevo y desesperado coletazo y queda inmóvil: ha muerto ahogado.
Imaginad ahora, señores, el caso de un hombre aparentemente muerto que vuelve a la vida en el sepulcro, y se da cuenta de que le han enterrado vivo. Su tormento no durará más que unos minutos, pero ¡qué espantosa desesperación experimentará cuando se encuentre en aquel ataúd estrecho y oscuro, cuando vea que no se puede mover, que le es imposible liberarse de su espantosa cárcel! ¡Qué angustia, qué desesperación tan espantosa! Pero durará unos minutos nada más, porque por asfixia morirá muy pronto, esta vez definitivamente.
Pues imaginad ahora lo que será un tormento y desesperación eternos. La eternidad no tiene nada que ver con el tiempo, no tiene relación alguna con él. En la esfera del tiempo pasarán trillonadas de siglos y la eternidad seguirá intacta, inmóvil, fosilizada en un presente siempre igual. En la eternidad no hay días, ni semanas, ni meses, ni años, ni siglos. Es un instante petrificado, es como un reloj parado, que no transcurrirá jamás, aunque en la esfera del tiempo transcurran millones de siglos.
¡Un trillón de siglos! Esa frase se dice muy pronto, la palabra trillón se pronuncia con mucha facilidad. Ya no es tan sencillo escribirla: hay que escribir la unidad seguida de dieciocho ceros. ¿Pero sabéis lo que un trillón da de sí? Si repartiéramos un trillón de céntimos entre todos los habitantes del mundo, al terminar el reparto cada uno de ellos tendría cinco millones de pesetas. ¡Lo que da de sí un trillón, aunque sea simplemente de céntimos! Pues cuando en la esfera del tiempo habrá transcurrido un trillón de siglos la eternidad permanecerá intacta, sin haber sufrido el menor arañazo. El instante eterno seguirá petrificado.
Señores: el infierno es eterno. ¡Lo ha dicho Cristo! Poco importa que los incrédulos se rían. Sus burlas y carcajadas no lograrán cambiar jamás la terrible realidad de las cosas.
... Las cosas de Dios son inmensamente grandes, nuestra pobre cabeza humana es demasiado pequeña para poderlas abarcar. Es cierto que en la Sagrada Escritura se proclama clarísimamente la misericordia infinita de Dios; pero con no menor claridad se proclama también el dogma terrible del infierno. ¿Qué cómo se compaginan ambas cosas? No lo sé. Pero ahí están los hechos, claros e indiscutibles.
Sin embargo, señores, no deja de ser curioso que no nos quepa en la cabeza el dogma terrible del infierno, y nos quepan sin dificultad algunas otras cosas incomparablemente más serias todavía. Si lo pensáramos bien, el misterio inefable de la Encarnación del Verbo es incomparablemente más grande y estupendo que el de la existencia del infierno. Nos cabe en la cabeza y lo aceptamos plenamente que Dios Nuestro Señor se haya hecho hombre y haya muerto en una cruz para salvar a los hombres. Si un hombre se transformase en hormiga y se dejase matar para salvar a las hormigas, diríamos que se había vuelto loco.
Y, sin embargo, señores, entre un hombre y una hormiga todavía hay alguna proporción, alguna semejanza; pero entre Dios y las criaturas no hay ninguna semejanza ni proporción: la distancia es rigurosamente infinita. Y Dios se hizo hormiga, se hizo hombre, para salvarnos a los hombres. Y no contento con esta humillación increíble, se dejó clavar en una cruz por aquellos mismos que venía a salvar. Y permitió que su Madre Santísima se convirtiese en la Reina y Soberana de los mártires, asistiendo a la terrible escena del Calvario, donde, a fuerza de increíbles dolores, conquistó su título de Corredentora de la humanidad.
Todo esto, señores, nos cabe perfectamente en la cabeza. Que Cristo esté clavado en la cruz, que su Madre Santísima sea la Virgen de los Dolores, con siete espadas en el corazón; todo esto, que es inmenso, que rebasa la capacidad intelectiva de los mismos ángeles del cielo, que no podrán comprender jamás con su portentosa inteligencia angélica, esto, señores, nos cabe perfectamente en nuestras pobres cabecitas humanas. Pero que ese mismo Dios que se ha vuelto loco de amor a los hombres mande al infierno para toda la eternidad al gusano asqueroso que abuse definitivamente de la sangre de Cristo, que traspase el corazón de la Virgen de los Dolores con las nuevas espadas de sus crímenes nefandos, ¡eso ya no nos cabe en la cabeza!
Señores: tenemos que reconocer que no jugamos limpio. ¡No jugamos limpio! Nos caben en la cabeza cosas infinitamente más grandes, porque no hacen referencia a castigos y penas personales y no nos caben otras cosas infinitamente más pequeñas cuando se trata de castigar nuestros propios crímenes y pecados. Señores: no jugamos limpio; hay aquí una falta evidente de honradez.
“¿Pero no es Dios infinitamente misericordioso?”. ¿Lo preguntas tú? ¿Cuántas veces te ha perdonado Dios? ¿Cinco? ¿Cinco mil? ¿Cincuenta mil? ¿Y todavía preguntas si Dios es infinitamente misericordioso? ¿Pero no sabes que si Dios no fuese infinitamente misericordioso, el mismo día que cometiste el primer pecado mortal se hubiera abierto la tierra y te hubiera tragado al infierno para toda la eternidad? Precisamente porque Dios es infinitamente misericordioso espera con tanta paciencia que se arrepienta el pecador y le perdona en el acto, apenas inicia un movimiento de retorno y de arrepentimiento. Dios no rechaza jamás, jamás, al pecador contrito y humillado. No se cansa jamás de perdonar al pecador arrepentido, porque es infinitamente misericordioso, precisamente por eso. ¡Ah!, pero cuando voluntariamente, obstinadamente, durante su vida y a la hora de la muerte, el pecador rechaza definitivamente a Dios, sería el colmo de la inmoralidad echarle a Dios la culpa de la condenación eterna de ese malvado y perverso pecador...
No es Dios quien condena al pecador. Es el pecador quien rechaza obstinadamente el perdón que Dios le ofrece generosamente. Es doctrina católica, señores, que Dios quiere sinceramente que todos los hombres se salven. A nadie predestina al infierno. Ahí está Cristo crucificado para quitarnos toda duda sobre esto. Ahí está delante del crucifijo la Virgen de los Dolores. Dios quiere que todos los hombres se salven, y lo quiere sinceramente, seriamente, con toda la seriedad que hay en la cara de Cristo Crucificado...
Más que entretenernos vanamente en poner objeciones al dogma del infierno –que en nada alterarán su terrible realidad– procuremos evitarlo con todos los medios a nuestro alcance. Por fortuna estamos a tiempo todavía. ¿Nos horroriza el infierno? Pues pongamos los medios para no ir a él. En realidad éste es el único gran negocio que tenemos planteado en este mundo. Todos los demás no tienen importancia. Son problemitas sin trascendencia alguna.
¡Muchacho, estudiante que me escuchas! El suspenso, el quedar en ridículo, el perder las vacaciones..., ¡cosa de risa! No tiene importancia alguna.
¡Millonario que te has arruinado, que viniste a menos, que estás sumergido en una miseria vergonzante...!, ¡cosa de risa! Dentro de unos años, se acabó todo.
Tú, el que en una catástrofe automovilística has perdido a tu padre, a tu madre, a tu mujer o a tu hijo, permíteme que te diga: ¡cosa de risa! Allá arriba les volverás a encontrar.
Y tú, la mujer mártir del marido infiel, o el marido víctima de la mujer infame. Humanamente hablando, eso es tremendo; pero mirado de tejas arriba, ¡cosa de risa! Ya volverá todo a sus cauces, en este mundo o en el otro.
La única desgracia terriblemente trágica, la única absolutamente irreparable, es la condenación eterna de nuestra alma. ¡Eso sí que es terrible sobre toda ponderación y encarecimiento!
¡Que se hunda todo: la salud, los hijos, los padres, la hacienda, la honra, la dignidad, la vida misma! ¡Que se hunda todo, menos el alma! La única cosa tremendamente seria: la salvación del alma.
Estamos a tiempo todavía. Cristo nos está esperando con los brazos abiertos.
¡Pobre pecador que me escuchas! Aunque lleves cuarenta o cincuenta años alejado de Cristo; aunque te hayas pasado la vida entera blasfemando de Dios y pisoteando sus santos mandamientos, fíjate bien: si quieres hacer las paces con Él no tendrás que emprender una larga caminata; te está esperando con los brazos abiertos. Basta con que caigas de rodillas delante de un Crucifijo, y honradamente, sinceramente, te arranques de lo más íntimo del alma este grito de arrepentimiento: “¡Perdóname, Señor! ¡Ten compasión de mí!” Yo te garantizo, por la sangre de Cristo, que en el fondo de tu corazón oirás, como el buen ladrón, la dulce voz del divino Crucificado, que te dirá: “Hoy mismo, al caer la tarde, al final de esta pobre vida, estarás conmigo en el Paraíso”.
Pero para ello Cristo te pone una condición sencillísima, facilísima. Que te presentes a uno de sus legítimos representantes en la tierra, a uno de los sacerdotes que dejó instituido en su Iglesia para que te extienda, en nombre de Dios, el certificado de tu perdón. Basta que hables unos pocos minutos con él. Te escuchará en confesión, te animará, te consolará con inmensa caridad y dulzura. Y en virtud de los poderes augustos que ha recibido del mismo Cristo a través de la ordenación sacerdotal, levantará después su mano y pronunciará la fórmula que será ratificada plenamente en el cielo. Así sea.
Nota: Se realizaron mínimas adaptaciones de forma, pues esto fue expuesto en una conferencia radial con el nombre El Misterio del más allá y el subtema se denominó El castigo del cupable.
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domingo, 5 de agosto de 2012
ORACIONES DIVERSAS POR LOS SACERDOTES
Localizamos en la red este excelente manualito de doce páginas que contiene varias oraciones por los sacerdotes. Es fundamental pedir por ellos. Un deber de caridad y agradecimiento nos lleva a ello, sobre todo en estos tiempos de crisis en la Iglesia donde el demonio está muy activo y enfoca contra ellos todas sus baterías para intentar desviarlos de la fe o de la moral. Oremos mucho para que se mantengan alejados de la herejía modernista. Que Dios nos permita reconocer a aquellos que en ella han caído para no ser ciegos guiados por otros ciegos, como dice la Sagrada Escritura y para que ellos retornen a la senda que Cristo les señaló al llamarles a su sagrado ministerio.
Usemos con frecuencia este devocionario, mismo que se puede ampliar al tamaño de toda tu pantalla haciendo click en el extremo inferior derecho, sobre las cuatro flechas. Con la barra vertical derecha se puede ir avanzando a las siguientes páginas.
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sábado, 4 de agosto de 2012
BASES DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA por Monseñor Fulton J. Sheen
NI LIBERALISMO NI COLECTIVISMO
El mal que padece el mundo se debe, más que a la aparición de ideas nuevas, al repudio de verdades antiguas. Y entre estas venerables verdades repudiadas, ninguna ha traído consecuencias más desastrosas que el abandono del verdadero concepto de la naturaleza humana. El Liberalismo, lo mismo que la doctrina Colectivista, es una deformación de la verdad del hombre. El primero engendró esclavos económicos por su egoísmo individualista, al aislar al hombre de la sociedad; la segunda engendró esclavos políticos al fomentar el egoísmo colectivo y absorber al hombre dentro de la sociedad.
Entre estos extremos, se halla el áureo término medio de la doctrina cristiana acerca del hombre, única que puede servir de base a un nuevo orden social. Ante todo, demos la verdadera definición de la libertad. La libertad no es el derecho de hacer lo que a mí se me antoje, ni la obligación de ejecutar lo que me ordene un dictador; digamos más bien que la libertad es el derecho de hacer lo que debo hacer. En estas tres palabras: “querer”, “deber” y “obligar”, están las alternativas entre las cuales ha de elegir el mundo actual. De las tres, elegimos “deber”.
Esa pequeña palabra “deber” implica que el hombre es un ser libre. El fuego está obligado a arder, el hielo a congelar, pero el hombre debe ser bueno. El verbo “deber” implica la moralidad toda, como poder moral diverso de la potencia física. La libertad no es un derecho a ejecutar lo que queramos, como suele decir tan a menudo la juventud moderna: “Si quiero, puedo hacer esto o lo otro, ¿no es así? ¿Quién me lo va a impedir?” Ciertamente, puede usted hacer cualquier cosa si se le antoja: robar a su prójimo, apalear a su esposa, rellenar colchones con hojas de afeitar usadas y ametrallar las gallinas de su vecino, pero no debe hacerlo, porque el deber implica la moralidad, los derechos y deberes recíprocos.
La doctrina cristiana sobre el hombre afirma, además, que no hay derecho que no engendre su correspondiente deber. Derechos y deberes son correlativos, como el lado cóncavo de una taza para el convexo. Tengo derecho a la vida, pero ello mismo me obliga al deber de respetar la vida de los demás. Y, desde el momento en que no existen derechos sin obligaciones, ambos han de poseer un carácter social. Por ello, en el Cristianismo la más elevada expresión moral no está en defender con egoísmo nuestros derechos, sino en servir a nuestros semejantes. Económica y políticamente, esto implica que cada “derecho” origina una “función” o un “papel”. He aquí la solución propuesta por la Iglesia: reconstruir la sociedad, pero no sobre “derechos” egoístas, sino sobre la base de la “función”, porque “los hombres han de estar ligados, pero no según la posición que ocupen en la bolsa o mercado de trabajo (es decir, de acuerdo con sus respectivos emolumentos) sino según las diferentes funciones que desempeñen en el seno de la sociedad”.
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| Mons. Fulton J. Sheen |
La diversidad entre la sociedad basada en derechos y la que se funda sobre la función es decisiva. En el sentido moderno, los derechos pertenecen al individuo; las funciones, en cambio, son sociales, puesto que están encaminadas al bien común, y sin embargo, ambos son inseparables, pues muchos derechos dependen de la función misma. Por ejemplo, mis ojos tienen derecho a ver, pero no pueden ejercitarlo sin antes reconocer su deber de formar parte de mi organismo. Mientras el ojo funciona en el cuerpo, disfruta de sus derechos. Mi corazón tiene derecho a su provisión de sangre, pero no puede ejercitar esa función a menos que demuestre su amor al bien del organismo entero, cumpliendo con su deber de enviar sangre a todos los demás miembros que lo integran. Pues bien, lo que afirmo como verdadero en el orden físico, es igualmente cierto en el orden social, vocacionalmente. Desde este punto de vista, el Capital y el Trabajo se relacionan en forma inseparable con el bien común de la sociedad. Este es el fundamento de la justicia social.
Por fin, la doctrina cristiana acerca del hombre está intrínsecamente ligada con el problema de la propiedad. Para este problema se ofrecen tres soluciones posibles. La primera quiere colocar todos los huevos en unos pocos cestos: es el capitalismo; la segunda quiere hacer una tortilla con todos, para que nadie sea dueño de ellos: es el comunismo; la tercera quiere distribuir los huevos en el mayor número posible de canastas: ésta es la solución de la Iglesia Católica.
El derecho de la propiedad fluye de mi personalidad directamente, y cuanto más íntima sea la relación entre los diversos objetos y mi propia persona, tanto más personal será mi derecho a poseerlos; serán más míos cuanto más honradamente les imprima el sello de mi naturaleza racional. Por este motivo los escritos, creación directa de la inteligencia, y los hijos, productos inmediatos del cuerpo, son tan nuestros. Por eso el Estado salvaguarda los derechos de autor mediante leyes de propiedad intelectual, y reconoce que el derecho a la educación pertenece más a los padres que a él mismo. Por consiguiente, el derecho del hombre a poseer, emana de su derecho a ser quien es y a vivir su existencia.
DESCUBRIR AL HOMBRE HECHO A SEMEJANZA DE DIOS
La personalidad es, pues, un núcleo en torno del cual se concentran numerosas zonas de propiedad: muy próximas algunas y otras muy alejadas; dentro de las primeras se hallan el cuerpo, el alimento, la indumentaria, la vivienda, las creaciones literarias y artísticas de nuestra mente y nuestras manos, etc. En las zonas remotas se hallan los elementos superfluos, los lujos de la vida. Por consiguiente, el derecho de propiedad no se aplica igualmente a todo; por el contrario, varía en razón directa de la cercanía o alejamiento del objeto respecto a la persona humana; cuanto más cerca esté de nuestra persona, más profundo el derecho de posesión; cuanto más unido a nuestra responsabilidad interna, más fuerte nuestro derecho a adueñarnos de él, del mismo modo que cuanto más nos aproximemos a una hoguera, sufriremos más su calor. Por eso un millonario no tiene el mismo derecho a su segundo millón que un trabajador pobre a participar en las ganancias, administración o propiedad de la industria para la cual trabaja. Por eso también, un hombre no tiene el derecho primario de poseer yate, pero sí el de ganar un salario que le permita vivir. El capitalista que invoca el derecho de propiedad cuando el Estado le obliga a pagar impuestos sobre sus riquezas superfluas a fin de ayudar con ese dinero a los necesitados, no apela al mismo derecho fundamental que invoca el granjero cuando dice que sus vacas le pertenecen. Puesto que la propiedad es extensión de la responsabilidad personal, se deduce lógicamente que cinco acciones en una Compañía que opera con billones de dólares no constituyen la misma suerte de propiedad, ni es tan sagrado nuestro título a esas acciones, como el de la pobre viuda a las cinco bolsas de patatas que ha cultivado en su terrenito. En otros términos, el derecho de propiedad no es absoluto e invariable: se acrecienta de acuerdo con su relación a la personalidad, disminuye cuando esta relación es más remota.
No existe incompatibilidad alguna entre la filosofía social de la Iglesia y el mundo actual; lo que existe es ignorancia, falta de información. El objetivo es restablecer la antigua verdad que afirma que es menester volver a descubrir al hombre, no al hombre-animal del cual tanto sabemos, sino al hombre racional del que tanto ignoramos. Y ese descubrimiento sólo se logrará cuando conozcamos a Aquél a cuya imagen y semejanza fue creado el hombre, pues comenzamos a ser libres cuando Dios comienza a ser importante.
Monseñor Fulton J. Sheen
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viernes, 3 de agosto de 2012
LAS MONJAS ASESINADAS EN NOMBRE DEL LEMA REVOLUCIONARIO: "LIBERTAD, IGUALDAD Y FRATERNIDAD"
Ver video:
En este impactante video podrás ver el histórico asesinato y martirio de las dieciséis monjas carmelitas (incluyendo una novicia) del monasterio de Compiègne por profesar el catolicismo, crimen ejecutado por parte del Estado liberal implantado por la Revolución francesa. Es el final del filme que narra esta historia. Fue el 17 de julio de 1794 en la plaza du Trône-Renversé (actualmente plaza de la Nación en París), donde todas ellas fueron decapitadas en nombre del masónico lema: "Libertad, igualdad y fraternidad"*.
Donde el liberalismo tiene el poder sin cortapisas siempre, de una u otra manera, termina persiguiendo al catolicismo. Es lo lógico, pues son cosmovisiones contrapuestas: el relativismo moral frente la Verdad.
Es la dialéctica derivada del totalitarismo del estado liberal que quiere controlar las inteligencias y las almas. El liberalismo puede llegar a tolerar cualquier creencia menos la Verdad católica.
Derivado de que el empleo de la persecución religiosa como vía única no ha dado históricamente todos los frutos esperados y considerando, además, que la sangre de los mártires ha sido siempre semilla fecunda que hace germinar más católicos firmes y decididos a defender su fe, hoy en día el accionar de la Revolución permanente, de la Revolución anticristiana, es distinto: Opera a través de la infiltración ideológica en los mismos creyentes, contaminando la propia ideología católica con los "valores" del relativismo moral y doctrinal, e imponiendo -sutilmente- en la sociedad los principios proclamados en 1789. Esa Revolución ha evolucionado y hoy -tras el devenir histórico- está más viva que nunca, y se ha infiltrado en todos los ámbitos preparando el gran asalto final por todos los medios -incluida la labor quintacolumnista en la propia Iglesia Católica a la que intenta socavar-. De este modo, programa un asalto interno y externo, ideológico pero también material, donde no sólo el engaño estará operante en lo intelectual sino combinado también con la violencia, buscando aniquilar toda resistencia a sus planes de dominio, siempre en nombre de los "valores" que enarbola -libertad, igualdad y fraternidad- interpretándolos con su propia filosofía que -en última instancia- pretende hacer del hombre un "dios" y declarar -ahora sí- que el Dios verdadero de los cristianos y su Iglesia han sucumbido sacrificados en nombre de la dizque "diosa-razón" por medio de un sincretismo ideológico, donde cada quien tendrá su propia versión subjetiva de la "verdad" en una gran confederación de falsas religiones y paganismo. El plan está ya a la vista de quien quiera verlo, pues ha dado ya grandes y significativos pasos.
La Revolución anticristiana programa y prepara, así, de manera permanente, unas generaciones "dignas" para cuando arribe -tarde o temprano- el Anticristo.
En nuestras manos está ser envueltos o no en ese programa materialista que exalta el hedonismo, la sociedad secularizada sin Dios, el terrorismo intrauterino contra los no natos, la rectoría antinatal y microabortiva, la libertad de pecar en nombre del pluralismo, el afán de lucro por sobre todo y el control económico; así como también la uniformidad de los criterios mediante la socialización del pensamiento dirigido, manipulado y atrapado por lo que difunden los medios informativos donde la Revolución, sutil pero eficazmente, dictaminará lo que es o no políticamente correcto; asimismo, la destrucción de la familia natural (con el divorcio, los dizque "matrimonios" gay y las adopciones por parte de homosexuales), la indistinción de los géneros, la libertad para sostener como un "derecho" la difusión, exposición y práctica de cualquier criterio amoral, y la negación de que existan verdades absolutas (paradojicamente afirmando esto como la más absoluta de las verdades). Este programa incluye, además, la relajación de toda costumbre moral (las modas indecentes, el sexo prematrimonial, el amor libre, el adulterio, etc.), la propagación de todo tipo de superticiones (astrología, adivinación, limpias, espiritismo, ouijas, new age, hinduismo, etc.), y, finalmente, hasta llegar al satanismo mismo que actualmente ya está presente en diversos países.
LA SOLUCIÓN
¿Cómo escapar a todo esto? Solamente aferrándonos a Cristo y a su Cruz, a la Iglesia Católica Romana y a la verdadera e incontaminada doctrina que Cristo le confió. Apartándonos de los falsos pastores modernistas que adulteran la fe o la moral. Conduciendo a los nuestros por ese único camino estrecho que nos llevará a la salvación si permanecemos fieles hasta el final. No cediendo un ápice al programa revolucionario, pues si se llega abrir un tanto la puerta, éste se colará poco a poco, imperceptiblemente, de manera que finalmente todo lo envolverá en mayor o menor medida. ¡Al hacerlo así, inicialmente pasará inadvertido!. Todo es cuestión de tiempo y nadie está exento. Finalmente se acaba -con los años- cediendo a lo que jamás se supuso. Todo es cuestión de empezar a contemporizar con lo que parecía de poca monta. No lo hagamos porque el que es, primero, infiel en lo poco, terminará siéndolo en lo mucho. No nos separemos nunca de Cristo. Finalmente el triunfo será suyo, pues las puertas del infierno no prevalecerán contra su Iglesia.
La escena del video presentado en este post es realmente ejemplar y aleccionadora. Se recomienda ver la película íntegra (ver link abajo) o leer la historia de estas religiosas AQUÍ. Ojalá que nosotros, al igual que ellas, estemos siempre en la disposición de dar todo por Cristo-Dios, sea esto lo que sea, incluso la vida misma. Pidamos a Dios la gracia de serle fieles siempre y no contemporizar nunca con esa Revolución permanente, esa Revolución anticristiana que programa apartarnos eternamente de Él.
En nosotros está no permitirlo nunca.
*Se solía emplear la fórmula Liberté, égalité, fraternité, ou la mort! (¡Libertad, igualdad, fraternidad o la muerte!)
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PARA VER COMPLETA LA PELÍCULA, HAZ CLICK: DIÁLOGOS DE CARMELITAS, EL FILM
La Revolución anticristiana programa y prepara, así, de manera permanente, unas generaciones "dignas" para cuando arribe -tarde o temprano- el Anticristo.
En nuestras manos está ser envueltos o no en ese programa materialista que exalta el hedonismo, la sociedad secularizada sin Dios, el terrorismo intrauterino contra los no natos, la rectoría antinatal y microabortiva, la libertad de pecar en nombre del pluralismo, el afán de lucro por sobre todo y el control económico; así como también la uniformidad de los criterios mediante la socialización del pensamiento dirigido, manipulado y atrapado por lo que difunden los medios informativos donde la Revolución, sutil pero eficazmente, dictaminará lo que es o no políticamente correcto; asimismo, la destrucción de la familia natural (con el divorcio, los dizque "matrimonios" gay y las adopciones por parte de homosexuales), la indistinción de los géneros, la libertad para sostener como un "derecho" la difusión, exposición y práctica de cualquier criterio amoral, y la negación de que existan verdades absolutas (paradojicamente afirmando esto como la más absoluta de las verdades). Este programa incluye, además, la relajación de toda costumbre moral (las modas indecentes, el sexo prematrimonial, el amor libre, el adulterio, etc.), la propagación de todo tipo de superticiones (astrología, adivinación, limpias, espiritismo, ouijas, new age, hinduismo, etc.), y, finalmente, hasta llegar al satanismo mismo que actualmente ya está presente en diversos países.
LA SOLUCIÓN
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| El que es fiel en lo poco, lo será en lo mucho... |
¿Cómo escapar a todo esto? Solamente aferrándonos a Cristo y a su Cruz, a la Iglesia Católica Romana y a la verdadera e incontaminada doctrina que Cristo le confió. Apartándonos de los falsos pastores modernistas que adulteran la fe o la moral. Conduciendo a los nuestros por ese único camino estrecho que nos llevará a la salvación si permanecemos fieles hasta el final. No cediendo un ápice al programa revolucionario, pues si se llega abrir un tanto la puerta, éste se colará poco a poco, imperceptiblemente, de manera que finalmente todo lo envolverá en mayor o menor medida. ¡Al hacerlo así, inicialmente pasará inadvertido!. Todo es cuestión de tiempo y nadie está exento. Finalmente se acaba -con los años- cediendo a lo que jamás se supuso. Todo es cuestión de empezar a contemporizar con lo que parecía de poca monta. No lo hagamos porque el que es, primero, infiel en lo poco, terminará siéndolo en lo mucho. No nos separemos nunca de Cristo. Finalmente el triunfo será suyo, pues las puertas del infierno no prevalecerán contra su Iglesia.
La escena del video presentado en este post es realmente ejemplar y aleccionadora. Se recomienda ver la película íntegra (ver link abajo) o leer la historia de estas religiosas AQUÍ. Ojalá que nosotros, al igual que ellas, estemos siempre en la disposición de dar todo por Cristo-Dios, sea esto lo que sea, incluso la vida misma. Pidamos a Dios la gracia de serle fieles siempre y no contemporizar nunca con esa Revolución permanente, esa Revolución anticristiana que programa apartarnos eternamente de Él.
En nosotros está no permitirlo nunca.
*Se solía emplear la fórmula Liberté, égalité, fraternité, ou la mort! (¡Libertad, igualdad, fraternidad o la muerte!)
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PARA VER COMPLETA LA PELÍCULA, HAZ CLICK: DIÁLOGOS DE CARMELITAS, EL FILM
-Tema relacionado: http://catolicidad-catolicidad.blogspot.mx/2011/09/mons-mariano-fazio-vicario-del-opus-dei.html
_______________________________________________________________________________________________jueves, 2 de agosto de 2012
EL PAPA CITA A SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO: «QUIEN ORA SE SALVA, QUIEN NO ORA SE CONDENA»
"El Señor no niega su ayuda a quien le reza con humildad"
El Papa Benedicto XVI aseguró ayer que la oración es fundamental en la vida del hombre, un vínculo con Dios que ilumina y da serenidad al camino diario, incluso en medio de las dificultades o los peligros. «La relación con Dios es esencial en nuestra vida, sin ella falta la relación fundamental, que se realiza en el hablar con Dios, en la oración personal cotidiana y en la participación a los sacramentos», indicó el Papa.
02/08/2012
(Agencias/InfoCatólica) Durante la audiencia general que presidió ante más de cinco mil personas congregadas en la plaza central del Castelgandolfo, el Papa recordó la figura de San Alfonso María de Ligorio, uno de los santos más conocidos del siglo XVIII, que tenía un estilo simple e inmediato además de ser un gran confesor.
«Hoy se celebra –comenzó el Papa- la memoria litúrgica de San Alfonso María Ligorio, obispo y doctor de la Iglesia, fundador de la Congregación del Santísimo Redentor, (padres redentoristas), patrono de los estudiantes de teología moral y de los confesores. San Alfonso es uno de los santos más populares del siglo XVIII, por su estilo sencillo e inmediato y por su doctrina sobre el sacramento de la Penitencia: en un período de gran rigorismo, fruto de la influencia jansenista, él recomendaba a los confesores administrar este Sacramento manifestando el abrazo gozoso de Dios Padre que en su misericordia infinita no se cansa de recibir al hijo arrepentido».
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| Si no nos salvamos, culpa nuestra será |
El Pontífice recordó que «Dios nos ha creado por amor, para poder donarnos la vida en plenitud; pero esta meta, la vida en plenitud, a causa del pecado se fue, por así decirlo, alejando, todos lo sabemos, y solo la gracia de Dios la puede hacer accesible».
El Santo Padre recordó que San Alfonso acuñó una famosa máxima muy elemental que dice: «Quien ora se salva, quien no ora se condena». Como comentario de esta frase lapidaria, añadía: ‘Sin oración cosa muy difícil es que nos podamos salvar; tan difícil que, es del todo imposible… con la oración, la salvación es segura y fácil’. Y aún dice: ‘Pensemos que, si no rezamos, ninguna excusa podremos alegar, porque Dios a todos da la gracia de orar; si no nos salvamos, culpa nuestra será. Y la causa de nuestra infinita desgracia será una sola: que no hemos rezado’».
El Santo Padre recordó que San Alfonso acuñó una famosa máxima muy elemental que dice: «Quien ora se salva, quien no ora se condena». Como comentario de esta frase lapidaria, añadía: ‘Sin oración cosa muy difícil es que nos podamos salvar; tan difícil que, es del todo imposible… con la oración, la salvación es segura y fácil’. Y aún dice: ‘Pensemos que, si no rezamos, ninguna excusa podremos alegar, porque Dios a todos da la gracia de orar; si no nos salvamos, culpa nuestra será. Y la causa de nuestra infinita desgracia será una sola: que no hemos rezado’».
Al señalar que la oración es un medio necesario, San Alfonso quería hacer comprender que en cada situación de la vida no se puede prescindir de la misma, en especial en el momento de la prueba y en las dificultades.
«Queridos amigos, finalizó el Papa su catequesis, San Alfonso nos recuerda que la relación con Dios es esencial en nuestra vida: sin la relación de Dios falta la relación fundamental y la relación de Dios se lleva a cabo hablando a Dios, en oración personal cotidiana y en la participación en los Sacramentos. Así esta relación puede crecer en nosotros. Puede crecer en nosotros la presencia divina que dirige nuestro camino, lo ilumina y lo hace seguro y sereno, también en medio de las dificultades y peligros».
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| El que no ora se condena (haz click en la imagen) |
miércoles, 1 de agosto de 2012
AÑO CRISTIANO con el santoral católico de cada día. Estupenda obra para bajarla gratuitamente a tu PC.
AVISO: SE HAN SUBIDO LOS ENLACES NUEVAMENTE
(SANTO DEL DÌA)
Autor: P. Jean Croisset, S.J.
Año 1864
La obra sobre la vida de los santos, está completa (tomos 1 al 12, uno por cada mes del año y con el santoral de cada día). Es una obra espléndida y de capital importancia su lectura diaria. Esta joya es muy buscada por coleccionistas y de alto costo comercial por su escasez en el mercado. La obra se rige por el santoral tradicional (fue escrita en 1864), por lo que muchas veces no coincide con el postconciliar. El santoral reseñado en el "AÑO CRISTIANO", aunque por cuestión cronológica no incluye las canonizaciones posteriores a su fecha de pubicación, en lo demás está plenamente vigente en la liturgia tradicional de acuerdo con el Motu Proprio "Summorum Pontificum" del papa Benedicto XVI.
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Agradecemos la cortesía y el mucho tiempo invertido para subir a la red una excelente obra tan voluminosa y única en su género. ¡Aprovechémosla mucho! Consultémosla diariamente o con mucha periodicidad para conocer más sobre los santos y mártires de nuestra santa Iglesia. Se recomienda mucho colocarla en otros blogs y páginas web católicas.
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