lunes, 17 de agosto de 2026

EL ABORTO: LA FRONTERA QUE SIEMPRE SE MUEVE


Massachusetts amplía nuevamente las fronteras del aborto. Pero detrás de las semanas, las excepciones y las consignas existe una pregunta anterior a todas las demás: ¿qué es aquello cuya vida termina?

Massachusetts vuelve a ampliar las fronteras legales del aborto.

Para quienes apoyan estas medidas, se trata de autonomía, acceso y libertad médica. Para quienes defendemos la vida humana desde su comienzo, significa algo muy distinto:

Se amplían las circunstancias en las que la ley permite terminar deliberadamente una vida humana antes de nacer.

Pero quizá llevamos demasiado tiempo discutiendo semanas, excepciones y fronteras.

Antes de preguntar cuándo puede realizarse un aborto, debemos responder una pregunta mucho más elemental.

¿QUÉ ES AQUELLO QUE MUERE?

La realidad biológica constituye el punto de partida.

Lo que se desarrolla dentro del vientre materno es un organismo humano vivo en una etapa prenatal de su desarrollo.

Cigoto, embrión y feto son términos que designan distintas etapas de ese desarrollo, como recién nacido, niño, adolescente y adulto designan etapas posteriores.

Ninguno de nosotros apareció repentinamente durante el parto.

El adulto que hoy lee estas palabras es el resultado de un proceso continuo de desarrollo que comenzó mucho antes de que pudiera hablar, pensar, recordar o sobrevivir independientemente.

Por eso, la controversia fundamental no debería consistir en preguntar si pertenece a la especie humana. La verdadera pregunta es ésta:

Si estamos ante un ser humano vivo en desarrollo, ¿qué característica tendría que faltarle para que pierda el derecho más elemental que reconocemos a los demás seres humanos: que nadie termine deliberadamente con su vida?

¿El tamaño? ¿La edad? ¿El grado de desarrollo? ¿La conciencia? ¿La capacidad de sentir? ¿La posibilidad de sobrevivir independientemente? ¿El hecho de ser deseado?

Cada respuesta exige justificar por qué esa característica —y no nuestra condición humana— debería determinar quién merece protección.

La biología nos dice qué está allí.

La cuestión moral consiste en decidir qué le debemos porque está allí.

MASSACHUSETTS: LA FRONTERA VUELVE A MOVERSE

Massachusetts acaba de ampliar nuevamente el margen legal para el aborto, incluso después de las 24 semanas.

La frontera vuelve a moverse: mayor margen de decisión y menos restricciones específicas.

Desde una perspectiva provida, eso significa ampliar las circunstancias en las que la ley permite provocar deliberadamente la muerte de seres humanos antes de nacer.

Pero sería un error pensar que nuestro problema comienza a las 24 semanas.

No comienza cuando el niño puede sobrevivir fuera del vientre.

No comienza cuando alcanza determinado tamaño.

No comienza cuando su apariencia hace más fácil reconocerlo como uno de nosotros.

Comienza con la existencia del nuevo organismo humano.

Por eso, Massachusetts no debería llevarnos solamente a preguntar:

“¿Hasta cuándo permitirán el aborto?”

La pregunta verdaderamente difícil es:

¿Por qué debería existir una etapa de la vida humana durante la cual terminar deliberadamente esa vida sea considerado un derecho?

A LAS 24 SEMANAS LA CONTRADICCIÓN SE HACE VISIBLE

Imagine un niño que nace extremadamente prematuro.

Médicos y enfermeras corren para salvarlo. Una incubadora mantiene su temperatura. Un respirador puede ayudarlo a respirar. Sus padres contemplan cada movimiento.

Cada hora importa.

Cada gramo ganado se celebra.

Y la medicina hace bien en luchar por él.

Los avances de la medicina neonatal permiten que algunos niños nacidos alrededor de las 24 semanas sobrevivan.

Ahora imaginemos otro ser humano de edad gestacional semejante que continúa dentro de su madre.

¿Qué ha cambiado en su naturaleza humana?

Su ubicación.

El nacimiento transforma muchas cosas, pero no crea nuestra humanidad.

El niño que sale del vientre ya era humano antes de salir.

Podemos emplear extraordinarios recursos humanos y tecnológicos para salvar a uno mientras la legislación permite, bajo ciertas condiciones, terminar deliberadamente con la vida de otro que permanece dentro del útero.

La situación jurídica cambia.

La ubicación cambia.

La naturaleza humana del individuo no.

Y aunque los abortos tardíos constituyan una pequeña proporción del total, eso tampoco resuelve el problema.

La estadística responde:

¿Con qué frecuencia ocurre?

No responde:

¿Qué ocurre?

La rareza de una conducta no determina si es justa.

Pero tampoco debemos cometer el error contrario y preocuparnos únicamente por los abortos tardíos. Si el individuo que observamos a las 24 semanas es humano, ese mismo individuo también era humano semanas antes.

El tamaño no concede dignidad.

La edad tampoco.

¿Y LOS CASOS EXTREMOS?

Violación, incesto, abandono, pobreza, enfermedad y diagnósticos devastadores.

Es fácil escribir esas palabras. Es mucho más difícil vivir esas realidades.

Una mujer violada merece justicia y su agresor, todo el peso de la ley. Una madre enferma merece la mejor medicina disponible. Una mujer abandonada necesita apoyo material, psicológico y familiar. Una familia enfrentada a un diagnóstico terrible necesita acompañamiento, medicina y, cuando corresponda, cuidados paliativos perinatales.

No hay nada provida en abandonar a una mujer en semejantes circunstancias.

Pero una tragedia modifica las circunstancias; no modifica la naturaleza del hijo.

El crimen del padre no convierte al hijo en culpable.

La pobreza no convierte al pobre en menos humano.

Una discapacidad no elimina la dignidad.

Una enfermedad tampoco.

También debemos distinguir entre provocar deliberadamente un aborto y sufrir una pérdida espontánea del embarazo.

Una cosa es no poder salvar una vida. Otra muy distinta es proponerse terminarla.

“MI CUERPO, MI DECISIÓN”

El cuerpo de una mujer le pertenece.

Pero el hijo no es un órgano de su madre.

Está dentro de ella y depende extraordinariamente de ella, pero dependencia no significa identidad ni ausencia de dignidad.

Un recién nacido depende completamente de otros. Una persona con discapacidad profunda puede depender de otros durante toda su vida. Un anciano con demencia puede necesitar asistencia incluso para alimentarse.

No concluimos que cuanto mayor es su dependencia, menor es su derecho a vivir.

Deberíamos sostener precisamente lo contrario:

Cuanto más vulnerable es un ser humano, mayor debería ser nuestra obligación de protegerlo.

¿Por qué ese principio tendría que invertirse antes del nacimiento?

¿Y LA MUJER?

Ésta es una pregunta necesaria.

Hay mujeres aterrorizadas ante un embarazo. Mujeres pobres. Mujeres abandonadas. Mujeres que temen perder sus estudios, su empleo o el futuro que habían imaginado. Mujeres enfrentadas a enfermedades y diagnósticos terribles.

Ellas importan.

Una sociedad que se proclama provida y después abandona a la madre ha entendido solamente la mitad de su obligación.

Hay que acompañarla, ayudarla materialmente, exigir responsabilidad al padre, facilitar alternativas reales, mejorar los procesos de adopción y ofrecer atención médica y psicológica.

Y esa responsabilidad no termina con el nacimiento.

Pero la pregunta “¿y la mujer?” tiene otra dimensión que casi nunca escuchamos:

¿Y LAS NIÑAS QUE NUNCA PUDIERON NACER?

Entre los seres humanos abortados también hay seres humanos de sexo femenino.

¿Dónde quedan ellas cuando hablamos de los derechos de las mujeres?

Una niña que muere antes de nacer nunca podrá marchar por sus derechos. Nunca votará. Nunca irá a la universidad. Nunca podrá descubrir cuál habría sido su vocación.

Nunca sabremos si habría sido médica, abogada, maestra, científica, religiosa, empresaria, madre o simplemente una mujer corriente que habría amado y sido amada.

Pero tampoco necesitaba convertirse en ninguna de esas cosas para tener valor.

Su dignidad no dependía de lo que algún día pudiera hacer.

Dependía de quién era.

La madre importa.

La hija también.

La respuesta humana no debería consistir en enfrentar una contra la otra, sino en decir:

“Tu vida importa. Y la de tu hijo también. No abandonaremos a ninguno.”

NI DESEADO NI INDESEADO: HUMANO

Un hijo puede haber sido esperado durante años. Otro puede llegar inesperadamente.

Uno puede ser concebido en un hogar estable. Otro, en circunstancias terribles.

Uno puede recibir un nombre desde la primera ecografía. Otro puede ser considerado un problema desde el primer instante.

Pero el hijo deseado y el no deseado no pertenecen a especies diferentes.

La voluntad de otra persona puede modificar sus circunstancias.

No puede modificar su naturaleza humana.

Si nuestra dignidad depende de que alguien nos quiera, nos considere convenientes o autorice nuestra existencia, entonces no poseemos verdaderos derechos.

Tenemos permisos.

Y quien concede un permiso también puede retirarlo.

Precisamente para impedir eso existen los derechos humanos: para que la dignidad del débil no dependa exclusivamente de la voluntad del fuerte.

“ABORTION IS HEALTH CARE”

Es una consigna frecuente en nuestra época.

Pero ninguna consigna puede sustituir una pregunta:

Health care, ¿para quién?

La madre es una paciente. Su salud importa. Su vida importa. Su sufrimiento importa.

Pero dentro de ella existe también otro ser humano vivo en desarrollo.

Podemos modificar las leyes y cambiar las palabras con las que describimos una realidad.

Lo que no podemos hacer es modificar esa realidad mediante el lenguaje.

Una ley puede declarar lícita una conducta.

Eso no demuestra automáticamente que sea justa.

Legalidad y moralidad nunca han sido sinónimos.

Si lo fueran, jamás habría existido una ley injusta que necesitara ser cambiada.

LA PREGUNTA QUE QUEDA

Eso es lo que hace relevante a Massachusetts.

No necesitamos imaginar conspiraciones ni atribuir intenciones ocultas a cada persona que piensa diferente.

Basta observar el resultado:

La frontera legal vuelve a ampliarse.

Y cuando una frontera se mueve debemos preguntarnos quién queda al otro lado.

A las seis semanas el ser humano es diminuto. A las doce está más desarrollado. A las veinticuatro sus capacidades son distintas. Después del nacimiento dependerá completamente de otros.

Cambian el tamaño, las capacidades, la apariencia y el grado de dependencia.

Lo que permanece es la continuidad del mismo organismo humano que se desarrolla.

Por eso, la cuestión no termina en Massachusetts.

Ni en 24 semanas.

Ni en doce.

Ni en seis.

Termina en una pregunta que nuestra generación debe responder:

Si sabemos que está vivo y sabemos que es humano, ¿qué circunstancia puede convertir en justo terminar deliberadamente su vida simplemente porque todavía no ha nacido?

La mujer merece nuestra ayuda.

La madre merece nuestra protección.

La víctima de violencia merece justicia.

La mujer enferma merece la mejor medicina posible.

La madre que enfrenta un diagnóstico devastador merece acompañamiento y compasión.

Y el ser humano que depende completamente de ella también merece ser protegido.

También si es pequeño.

También si está enfermo.

También si fue concebido en circunstancias terribles.

También si nadie lo esperaba.

También si todavía no puede hablar.

Porque los derechos humanos adquieren su significado más profundo precisamente frente al ser humano que carece del poder para exigirlos.

La madre importa.

El hijo importa.

Una sociedad verdaderamente humana debería ser suficientemente grande para defender a ambos.

No deberíamos exigirle a un ser humano que primero sea grande, fuerte, independiente o deseado para reconocer que ya es uno de nosotros.

RMO

sábado, 15 de agosto de 2026

NO PODEMOS DUDAR DE LO QUE CRISTO REVELÓ


"El infierno existe, señores. Lo ha dicho Cristo. Poco importa que lo nieguen los incrédulos. A pesar de esa negativa, su existencia es una terrible realidad. Pero es conveniente que avancemos un poco más y tratemos de descubrir lo que hay en él. El catecismo, ese pequeño librito en el que se contiene un resumen maravilloso de la doctrina católica, nos dice que el infierno es “el conjunto de todos los males, sin mezcla de bien alguno”. Maravillosa definición. Pero hay otra forma más profunda todavía: la que nos dejó en el Evangelio Nuestro Señor Jesucristo en persona. Es la misma frase que pronunciará el día del Juicio final: “Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno”. En esta fórmula terrible se contiene un maravilloso resumen de toda la teología del infierno".

P. Royo Marín


viernes, 14 de agosto de 2026

¿NO ES ÉSTE EL HIJO DEL CARPINTERO?



Imaginemos, sólo por un instante, que algunas de las categorías de nuestro tiempo bastaran para juzgar la paternidad.

San José podría resultarnos desconcertante.

Tiene autoridad. Obedece y es obedecido. Conduce una casa según un orden que no ha inventado. Cumple respecto del Niño los deberes de la Ley. Lo introduce en la vida concreta de Nazaret y en un oficio. No parece considerar que educar consista en preservar de toda dificultad a quien le ha sido confiado. Y el Evangelio, que conserva palabras de tantos otros, no nos transmite una sola palabra suya.

Acaso la dificultad no esté en José.

Acaso esté en las palabras con que hemos aprendido a mirarlo.

Porque hemos llegado a confundir autoridad con dominio; obediencia con disminución; ternura con complacencia; corrección con rechazo; dificultad con daño. Y, sobre todo, hemos comenzado a confundir el amor al hijo con una cosa distinta: la necesidad de ser aprobado por él.

Platón ya había advertido una forma semejante de desorden: llega un momento en que el padre teme al hijo y el maestro al discípulo; la autoridad, por miedo a contrariar, empieza a buscar permiso de aquel a quien debía formar. No es todavía la tiranía. Es algo anterior y más sutil: la renuncia a conducir.

Muchos siglos después, Hannah Arendt formuló la cuestión desde otro ángulo. Educar significa que el adulto responde ante el niño por un mundo que no empezó con ninguno de los dos. Abdicar de esa responsabilidad no deja al niño libre: lo deja solo frente a fuerzas más impersonales y más poderosas que la autoridad familiar.

Conviene distinguir.

El Evangelio ofrece una frase ante la cual algunas de nuestras equivalencias se deshacen:

«Y les estaba sujeto».

El sujeto es Cristo.

El Verbo encarnado quiso vivir verdaderamente sujeto a María y a José en el orden de aquella casa. No perdió por ello dignidad alguna. La obediencia debida a una autoridad legítima no es servidumbre cuando incorpora al hombre a un orden verdadero; como tampoco la autoridad es dominio cuando permanece ordenada al bien de aquel sobre quien se ejerce.

Éste es el punto decisivo.

La autoridad paterna no tiene por fin perpetuarse. Está ordenada al bien del hijo y, mediante la educación, a su perfección. El padre corrige para que un día la corrección exterior pueda ser sustituida por el gobierno interior de la virtud; protege para que nazca la fortaleza; manda allí donde todavía es necesario mandar para que el hijo aprenda a querer libremente aquello que es bueno.

Por eso la corrupción de la autoridad no consiste en tener «demasiada» autoridad. Consiste en desviarla de su fin.

El padre puede querer ser obedecido no ya por el bien que debe procurar, sino porque la obediencia del hijo confirma su propio poder. Entonces deja de servirse de la autoridad para educar y comienza a servirse del hijo para afirmarse.

Conocemos bien esa deformación.

Pero existe otra, más propia de nuestro tiempo y quizá más difícil de reconocer porque se presenta bajo la apariencia de la ternura.

El padre puede preferir la aprobación del hijo al bien del hijo.

Puede temer tanto contrariarlo que termine renunciando a corregirlo; evitar de tal manera su disgusto que confunda cualquier límite con una herida; necesitar de tal modo ser tenido por un buen padre que convierta, sin advertirlo, al propio hijo en juez de su paternidad.

Tocqueville vio con agudeza que la democratización de las costumbres podía hacer más próxima, confiada y afectuosa la relación entre padres e hijos. Había allí un bien verdadero. Pero precisamente por eso el riesgo era más fino: que la cercanía terminara borrando la asimetría propia de la educación.

Los dos errores parecen contrarios.

No lo son en aquello que tienen de más profundo.

Uno busca en el hijo la confirmación de su poder.

El otro busca en él la confirmación de su bondad.

En ambos casos, el hijo termina sirviendo a una necesidad del padre.

Y amar es precisamente lo contrario.

Amar, enseña Santo Tomás, es querer el bien para otro. También un padre desea legítimamente ser querido por su hijo. Pero ese bien deja de estar ordenado cuando se antepone al bien que su oficio le obliga a procurar.

Hay ocasiones en que amar exigirá abrazar.

Otras, corregir.

A veces habrá que proteger del sufrimiento.

Otras habrá que permitir el encuentro con aquello que cuesta, porque la educación no consiste en preservar al hijo de todo lo arduo, sino en disponerlo para amar el bien incluso cuando el bien cuesta.

Y alguna vez el padre deberá soportar algo particularmente difícil: no ser comprendido por aquel a quien ama.

C. S. Lewis vio también esta paradoja del afecto: el amor que da puede corromperse cuando necesita que el otro siga dependiendo de aquello que recibe. La dádiva deja entonces de ser enteramente gratuita y comienza a reclamar una respuesta que confirme al que da.

Por eso la paternidad tiene una ley extraña: debe servir de tal modo que no necesite perpetuar su propia necesidad.

Es entonces cuando San José adquiere una claridad extraordinaria.

En él la paternidad no aparece como afirmación de sí mismo, sino como custodia.

Custodiar no es poseer.

José recibe una misión que no ha elegido, sobre una vida que no le pertenece y al servicio de un designio cuyo fin lo supera infinitamente.

Nada termina en él.

Trabaja para otros.

Protege a otros.

Se levanta de noche por otros.

Parte cuando se le manda partir.

Regresa cuando se le manda regresar.

Busca al Niño perdido.

Cumple.

Su autoridad es verdadera precisamente porque tampoco él es soberano. José puede conducir porque antes sabe obedecer. No establece el bien; se somete a él.

Y acaso haya en esto una misteriosa conveniencia con su silencio.

El Evangelio no conserva ninguna palabra de José. Conserva sus actos.

No sabemos qué dijo cuando recibió a María. No sabemos qué palabras pronunció camino de Egipto. No sabemos qué conversaciones llenaron el taller de Nazaret.

La Escritura ha querido dejarnos otra cosa: un hombre que escucha y hace.

Y hay una misteriosa conveniencia en que permanezca sin palabras aquel cuya misión entera estuvo al servicio del Verbo.

Después, incluso sus actos desaparecen del relato.

José deja de aparecer.

No está en Caná. No acompaña la predicación pública. No contempla a las multitudes. No comparece cuando el nombre de Jesús comienza a recorrer Galilea.

No sabemos cuándo murió.

Simplemente deja de estar.

También ahí la paternidad revela algo que nuestro tiempo comprende con dificultad.

El padre que verdaderamente sirve al bien confiado no mide el éxito de su misión por la duración de su protagonismo.

Hay un momento en que debe disminuir su intervención.

No porque haya dejado de amar, sino porque aquello que protegió ha crecido.

No porque su autoridad haya sido inútil, sino porque ha producido precisamente aquello para lo que existía.

La crisis moderna del padre no comenzó cuando dejó de mandar; comenzó cuando dejó de responder por aquello que debía entregar.

El poder desea perpetuarse.

El ego desea ser reconocido.

La paternidad sabe retirarse.

José no necesitó ocupar el centro.

Le bastó ocupar su lugar.

Y cuando aquel lugar hubo cumplido su servicio, el Evangelio permitió que el carpintero se retirara en silencio.

Pasaron los años.

Jesús volvió a su tierra y comenzó a enseñar. Los hombres se admiraron. Querían comprender quién era aquel que hablaba con semejante sabiduría.

Buscaron en su memoria.

No recordaron el nombre de un poderoso.

No citaron una escuela.

Recordaron una casa. Un oficio. Un hombre que ya no estaba.

Y preguntaron:

«¿No es éste el hijo del carpintero?»

Tal vez la paternidad recobre su grandeza cuando el padre deja de preguntarse qué recibe de su hijo y vuelve a preguntarse qué bien le ha sido confiado servir.

Porque el hijo no ha sido dado al padre para confirmar quién es el padre.

Ha sido confiado a sus manos para que aprenda a reconocer y amar un bien que los precede a ambos.

José había desaparecido.

Todavía podían reconocer al hijo del carpintero.

Autor: Óscar Méndez Oceguera

jueves, 13 de agosto de 2026

MODERNISMO = RELATIVISMO= CONFUSIÓN

 El modernismo ha conquistado las cabezas, ha intoxicado las inteligencias y ha paralizado las voluntades. Porque la voluntad actúa según la luz que recibe de la inteligencia: cuando la inteligencia está oscurecida por el error, la voluntad queda desorientada y termina siguiendo el camino equivocado.

No se puede obtener harina de trigo si al molino se le entrega tierra. Del mismo modo, no se puede esperar una vida cristiana sólida cuando la inteligencia ha sido alimentada con errores, ambigüedades y doctrinas falsas. La voluntad necesita de la verdad para obrar bien. Por eso, la batalla decisiva comienza en la inteligencia: hay que devolver al alma la verdad católica, íntegra, clara y sin adulteraciones.

Recomendamos que te instruyas con el estudio del Catecismo de San Pío X que está libre de todo modernismo.


martes, 11 de agosto de 2026

EL MILAGRO DE LA VIDA por Jérôme Lejeune



"Un mes despues de la concepción, un ser humano mide de largo un sexto de pulgada. El diminuto corazón ya ha comenzado a latir desde hace una semana, y los brazos, piernas, cabeza y cerebro ya han comenzado a tomar forma. A los dos meses, el niño ya cabe en una cáscara de nuez: acurrucado, la persona mide poco más que una pulgada. Dentro de tu puño cerrado, la persona sería invisible, y podrían aplastarlo sin tener intención de ello incluso sin darte cuenta. Pero si abres tu mano, la persona está prácticamente completa, con manos, pies, cabeza, órganos internos, cerebro, todo en su sitio. Todo lo que necesita es crecer. Mirando incluso más cerca con un microscopio estándar, puedes ser capaz de ver sus huellas dactilares. Todo lo necesario para establecer su identidad ya está en su lugar".

-Jérôme  Lejeune. (Montrouge, 13 de junio de 1926 - París, 3 de abril de 1994) fue un famoso médico pediatra, francés, reconocido como una gran eminencia como genetista por ser el investigador principal en el descubrimiento de la trisomía 21 (causa del síndrome de Down).

lunes, 10 de agosto de 2026

DIOS TE AMA



"Te llama por tu nombre, seas quien seas, Dios se fija en ti a titulo individual. Te llama por tu nombre.

Te ve y te comprende tal como te hizo. Sabe lo que hay en ti, conoce todos los pensamientos
y sentimientos que te son propios, todas tus disposiciones y gustos, tu fuerza y tu debilidad.

Te ve en tus días alegres y también en los de tristeza. Se solidariza con tus esperanzas y tus tentaciones. Se interesa por todas tus ansiedades y recuerdos, por todos los altibajos de tu espíritu.

Ha contado los cabellos de tu cabeza y ha medido tu estatura. Te rodea con sus cuidados y te lleva en sus brazos, te alza y te deposita en el suelo.

Ve tu auténtico semblante ya esté sonriendo
o cubierto de lágrimas, sano o enfermo. Vigila con ternura tus manos y tus pies, oye tu voz, el latido de tu corazón y hasta tu respiración.

Tú no te amas a ti mismo más de lo que Él te ama".
 
John Henry Cardenal Newman

sábado, 8 de agosto de 2026

DESOLACIÓN



"DIOS permite, algunas veces, que sus elegidos queden PRIVADOS de CONSOLACIONES al punto de no encontrar descanso ni en la ORACIÓN. No te asombres de este triste estado: DIOS lo ve y lo permite, y a menudo es su autor. ¿Jesucristo no fue, acaso, sumergido en esta tristeza mortal en el HUERTO DE LOS OLIVOS y en la CRUZ, cuando dulcemente se quejaba de su PADRE lo hubiera abandonado? Cuando estés en ese estado de DESOLACIÓN, resígnate generosamente a la voluntad de DIOS, y resuélvete a sufrir por todo el tiempo que a ÉL le plazca. REZA con humildad, continúa tus ejercicios de PIEDAD: si los haces con menos gusto y consuelo, los harás con más mérito.

 Cuando DIOS permite que así seas privado de todo CONSUELO, ÉL lo hace, ya para castigar tu TIBIEZA, ya para darte a entender que la DEVOCIÓN sensible, que antes tenías, era un don de su pura bondad; o para hacerte estimar las CONSOLACIONES, que menospreciarías si fueran continuas: o, en fin,para darte ocasión a que adquieras mayores méritos. Busca, pues, con santa diligencia, al Esposo de las almas. "SE OCULTA CUANDO SE LO BUSCA, A FIN DE QUE, NO ENCONTRÁNDOLO, SE REDOBLE EL ARDOR".

San Gregorio Magno

viernes, 7 de agosto de 2026

LA IDEOLOGÍA DE GÉNERO


 El Colegio Americano de Pediatras (ACPeds, por sus siglas en inglés) ha presentando la siguiente declaración sobre identidad de género en los niños:

El Colegio Americano de Pediatras insta a los educadores y legisladores a rechazar todas las políticas que condicionan a los niños a aceptar como normal una vida de personificación química y quirúrgica del sexo opuesto. La realidad se determina en base a hechos, no a ideologías.

1. La sexualidad humana es un rasgo biológico binario objetivo: “XY” y “XX” son marcadores genéticos de salud; no marcadores genéticos de un trastorno. La norma para el diseño humano es la de ser concebido como hombre o como mujer. La sexualidad humana es binaria por diseño y su intención obvia es la reproducción y el florecimiento de nuestra especie. Este principio es evidente. Los Trastornos de Diferenciación Sexual (TDS), son extremadamente raros; incluyen pero no se limitan a la feminización testicular y a la hiperplasia suprarrenal congénita, y son desviaciones médicamente identificables de la norma binaria sexual y justamente reconocidos como trastornos del diseño humano. Los individuos con TDS no constituyen un tercer sexo.
2. Nadie nace con un género. Todo el mundo nace con un sexo biológico. Género (la conciencia y el sentido de sí mismo como masculino o femenino) es4 un concepto sociológico y psicológico; no objetivamente biológico. Nadie nace con una conciencia de sí mismo como hombre o como mujer. Esta toma de conciencia se desarrolla con el tiempo y, como todos los procesos de desarrollo, puede desviarse debido a las percepciones subjetivas, las relaciones y las experiencias adversas que experimente un niño desde y a partir de su infancia. Las personas que se identifican a sí mismas como teniendo “la sensación de pertenecer al sexo opuesto” o a “algún punto intermedio” no componen un tercer sexo. Siguen siendo biológicamente hombres o biológicamente mujeres.

3. La creencia que tenga una persona de ser algo que él o ella realmente no es se constituye, en el mejor de los casos, en un signo de pensamiento confuso. Cuando un niño que por lo demás es biológicamente sano cree que es una niña; o una niña que por lo demás es biológicamente sana cree que es un niño, existe un problema psicológico objetivo –en la mente, no en el cuerpo–, y debe ser tratado como tal. Estos niños sufren de Disforia de Género. La Disforia de Género (DG), anteriormente conocido como Trastorno de Identidad de Género (TIG), es un trastorno mental reconocido en la más reciente edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de la Asociación Americana de Psiquiatría (DSM-V). La teoría psicodinámica y la de aprendizaje social del DG / TIG nunca han sido desmentidas.

4. La pubertad no es una enfermedad y el uso de supresores hormonales en la pubertad puede ser peligroso. Sea de carácter reversible o no, el bloqueo hormonal de la pubertad induce a un estado de enfermedad –la ausencia de la pubertad– e inhibe el crecimiento y la fertilidad en un niño que previamente estaba biológicamente saludable.

5. De acuerdo con el DSM-V, hasta el 98% de los varones con confusión de género y el 88% de las niñas con confusión de género eventualmente aceptan su sexo biológico tras pasar por la pubertad de manera natural.

6. Los niños que utilizan supresores de la pubertad para personificar al sexo opuesto requerirán el uso de terapia de reemplazo hormonal en la adolescencia tardía. La terapia de reemplazo hormonal está asociada con peligrosos riesgos para la salud, que incluyen, pero no se limitan, a presión arterial alta, coágulos en la sangre, accidente cerebro vascular y cáncer.

7. Las tasas de suicidio es veinte veces mayor en los adultos que usan terapia de reemplazo hormonal y que se someten a cirugía de reasignación de sexo, incluso en Suecia, que se encuentra entre los países que brinda mayor apoyo y afirmación a los LBGT. ¿Qué persona compasiva y razonable sería capaz de condenar a niños pequeños a este destino sabiendo que después de la pubertad hasta el 88% de las niñas y el 98% de los niños eventualmente aceptarán la realidad y alcanzarán un estado de salud física y mental?

8. Condicionar a los niños en la creencia de que una vida de suplantación química y quirúrgica de su sexo es normal y saludable es abuso infantil. Avalar la disforia de género como normal a través de la educación pública y de políticas legales confundirá a los niños y a sus padres, lo cual conlleva a que un mayor número de niños acuda a “clínicas de género” en las cuáles le administrarán supresores hormonales. Esto, en consecuencia, prácticamente garantiza que ellos “elegirán” someterse a toda una vida bajo los efectos cancerígenos y diversamente tóxicos de las drogas de reemplazo hormonal, y que, como jóvenes adultos, muy probablemente considerarán la innecesaria mutilación quirúrgica de partes sanas de su cuerpo.

Michelle A. Cretella, M.D.
Presidente del Colegio Americano de Pediatras

Quentin Van Meter, M.D.
Vice Presidente del Colegio Americano de Pediatras
Endocrinólogo Pediátrico

Paul McHugh, M.D.
Profesor distinguido por la Universidad del Servicio de Psiquiatría de la Escuela de Medicina del Johns Hopkins y anterior jefe de psiquiatría del Hospital Johns Hopkins