viernes, 3 de abril de 2026
LA MADRE Y LAS ESPINAS
LA MADRE Y LAS ESPINAS
Ya me lo ponen.
Ya me lo dejan
sobre mis brazos, que una vez lo alzaron
cuando era sólo
peso pequeño,
calor de leche y sueño entre mis manos.
Ya me lo dejan.
Y al recibirlo
se me doblaron dentro las entrañas.
No caí al suelo,
pero hubo un golpe
más hondo que caer: quedarse viva.
Miré su rostro.
¡Ay, rostro mío!
¡Ay, Hijo mío!
¡Ay, flor herida de mi misma sangre!
¿Cuántas veces
besé esa frente
cuando el cansancio lo vencía en la tarde?
¿Cuántas veces
cerré sus ojos
para dormirlo sobre mi regazo?
¿Y quién me lo devuelve
tan deshecho,
tan sin aliento, tan despedazado?
Quise llamarlo.
Decir su nombre.
Moverle el pelo endurecido en sangre.
Poner mi boca
sobre sus párpados
como si un beso pudiera despertarle.
Pero no habló.
No abrió los ojos.
No me buscó las manos como niño.
Y entonces supe,
con un dolor
que me partió el alma y me dejó en silencio,
que estaba muerto.
No lloro sólo
porque esté muerto.
Lloro porque el mundo lo ha herido.
Lloro porque el hombre
tocó al Amor
y no tembló al dejarlo así vencido.
Lloro el pecado.
Pero lo lloro
no como idea ni como palabra:
lo lloro aquí,
sobre esta frente
donde su peso se volvió desgarradura.
Y al levantar
la mano trémula
para llegar a la corona dura,
sentí que el pecho
se me cerraba
como si en mí se abriera la misma punta.
No era un adorno.
No era un castigo
que yo pudiera mirar desde lejos.
Era la culpa
de todos puesta
sobre la nieve donde puse besos.
Y comencé
a quitar las espinas.
Despacio.
Muy despacio.
Como quien teme herir más al herido.
Como quien saca
de carne viva
un hierro ardiente clavado en sí mismo.
Tomé la una.
Salió con sangre.
Y al verla así,
temblando en mis dedos,
vi la soberbia del linaje humano:
ese no querer
doblar la frente,
ese soñar que puede ser su propio amo.
Y le dije quedo,
casi sin voz,
porque el dolor ya no me daba aliento:
—Hijo del alma,
¿por esta altivez
te atravesaron la pureza y el silencio?
Y aunque no habló,
su misma herida
me respondió con una luz oscura:
—Por esta espina
bajé la frente,
para inclinar al hombre hacia la altura.
Tomé la otra.
Ésta quemaba.
Y al arrancarla,
me temblaron tanto
las manos,
que tuve miedo
de hacerle daño aun estando muerto.
Era la carne
fuera del cielo,
el don sagrado torcido en caída,
la sed del cuerpo
cuando ya no ama
y sólo busca devorar la vida.
Entonces lloré
más humanamente.
No con gran voz: con un llanto oprimido.
De esos que apenas
dejan al pecho
seguir llevando el peso de sí mismo.
—Amado mío,
¿también por esto
te abrió la frente la mano enemiga?
Y su silencio
dejó en el mío
una respuesta más honda que la herida:
—Por esta fiebre
quise ser llaga,
para enseñar al hombre su altura perdida.
Tomé otra más.
Ésta era fría.
No abrasaba.
Helaba el alma.
Era la avaricia:
mano cerrada,
corazón chico,
mesa abundante y puerta clausurada.
La saqué lenta,
y en ese instante
sentí una pena seca, casi blanca.
No todo llanto
sale con lágrimas:
hay dolor hondo que por dentro sangra.
—Hijo,
¿también esta dureza
cayó sobre tu sien como castigo?
Y me respondió
su paz deshecha:
—Por esta estrechez me hice pobre, hijo.
Tomé la otra.
Oscura y roja.
La ira amarga.
La voz que hiere.
La mano pronta.
El juicio duro.
La poca piedad con el que cae.
La fuerza usada
para humillar
al mismo hermano que dolor comparte.
La saqué apenas
y me faltó
la respiración por un momento.
Porque hay espinas
que al arrancarse
parecen arrancar también el pecho.
—Hijo querido,
¿también por ésta
quedó tu rostro al golpe abandonado?
Y el gran silencio
de tu costado
me dijo más que un libro desgarrado:
—Por esta herida
dejé que hirieran
la mansedumbre misma de mis labios.
Tomé la quinta.
Verde y amarga.
La envidia triste,
pequeña y sucia,
que se entristece cuando el otro alcanza
lo que no roba,
lo que recibe,
lo que florece por divina gracia.
La vi tan poca,
tan miserable,
que me dolió aún más su pequeñeza.
Porque hay venenos
que no hacen ruido
y, sin embargo, secan la nobleza.
—Hijo mío,
¿también esta sombra
entró en tu frente como espina mala?
Y tu silencio
cayó en mi alma:
—Perdí hermosura para curar la mirada.
Tomé la sexta.
Y aquí mi llanto
se volvió más hondo.
Porque casi no hería.
Casi no pesaba.
Casi no quemaba.
Era la tibieza.
El alma que sigue
rezando a medias,
amando a medias,
viviendo a medias;
la que no niega,
pero pospone;
la que no huye,
pero no entrega.
La quité lenta.
Y al hacerlo sentí
que esto dolía más que lo violento.
Porque hay frialdades
que van matando
sin derramar apenas sufrimiento.
—Hijo…,
esta espina
me duele más de lo que yo sabía.
Y desde el fondo
de tu abandono
tu silencio dejó caer su herida:
—Por esta noche
sudé sangre a solas,
para encender lo que dormido había.
Quedaba una.
Y mis dos manos
temblaron tanto
que tuve que cerrar los ojos antes.
Porque esta espina
era más honda:
no era una culpa entre las otras graves.
Era el olvido.
Era la vida
gastada entera de espaldas al Eterno.
Era llenar
el alma de ruido
hasta no oír ya la voz del cielo.
La tomé al fin.
Y cuando salió,
sentí que el mundo entero estaba herido.
Como si el hombre,
al olvidarse de Dios,
se hubiera también olvidado a sí mismo.
—Hijo…
¿también por esto?
Y tu silencio,
más tierno entonces,
me respondió desde su noche inmensa:
—Por el que ya no me busca, Madre,
abrí mi herida para darle puerta.
Entonces miré
tu frente abierta.
Ya sin espinas.
Baño de sangre.
Paz destrozada.
Lirio vencido.
Y no pude más.
Incliné mi rostro
sobre tu pecho,
y lloré al fin como lloran las madres
cuando el dolor
ya no pregunta
y sólo sabe amar lo que ha perdido.
Lloré por Ti.
Lloré por ellos.
Lloré al mirar
que cada espina
había salido de nuestras miserias.
Y, sin embargo,
allí en tu herida,
nació una esperanza más honda que el llanto:
que si el pecado
te abrió la frente,
tu amor abrió más hondo todavía.
Entonces me volví
hacia mis hijos.
Y les dije quedo:
—No huyáis de esto.
Mirad las espinas.
Mirad lo que hace el pecado en el Amor.
Pero no desesperéis.
Venid aquí.
Llorad conmigo.
Porque quien se atreve a llorar de verdad
ante la frente herida de mi Hijo,
ya empezó a volver.
Y besé entonces
su frente limpia,
ya no para arrancar,
sino para adorar.
Y entendí, temblando,
que al quitarle las espinas de la carne
no había hecho más que mostrar
las que siguen sangrando en nuestras almas.
Miradlo bien.
Porque el que no llora ante esa frente
todavía tiene dormida el alma
donde debía temblar la eternidad.
OMO
VIERNES SANTO (Obligan el ayuno y la abstinencia)
Hay un día en el año en que la Iglesia guarda silencio… y el mundo casi no lo entiende.
El Viernes Santo no es solo un día “triste”. Es el día en que el Amor fue llevado hasta el extremo.
Jesús, inocente, es traicionado, abandonado, humillado y crucificado. No hay cantos de gloria. No hay Eucaristía. El altar está desnudo. Todo parece derrota.
Y sí… humanamente, es un día profundamente doloroso.
Pero aquí está la clave que muchos olvidan: no es una tristeza vacía.
Es una tristeza llena de sentido.
Porque cada golpe, cada herida, cada clavo… fue por amor.
No fue un accidente. No fue un fracaso. Fue una entrega libre.
Jesús no pierde la vida… la entrega.
Y en ese aparente silencio de Dios, en esa oscuridad del Calvario, se está librando la batalla más importante de la historia: la redención del mundo.
Por eso el cristiano no vive el Viernes Santo como quien pierde toda esperanza, sino como quien contempla el precio de su salvación.
Es un día para detenerse. Para mirar la cruz. Para comprender cuánto valemos para Dios.
Porque si alguna vez dudas de cuánto te ama Dios… mira el Viernes Santo.
Ahí está la respuesta.
Hoy no es solo un día triste.
Es el día en que el amor de Cristo se hizo imposible de ignorar.
Y la pregunta ya no es qué le pasó a Jesús…
La pregunta es: ¿qué voy a hacer yo con ese amor?
🙏 Señor, enséñanos a contemplar tu cruz no con indiferencia, sino con un corazón agradecido, capaz de responder con amor al Amor que se entregó por nosotros. Amén.
V.C.
jueves, 2 de abril de 2026
AL ALMA, EN LA NOCHE DEL JUEVES SANTO
No busques consuelos, luces ni discursos.
Entra en silencio: el Amor se dispone a entregarse, y no lo reconocerás si no vas desnuda.
Donde hay caridad, allí está Dios.
No donde hay palabras, ni fervores, ni gestos bien compuestos.
Donde el corazón deja de buscarse, donde el querer propio cede, donde amar cuesta y no se retira… ahí, sin ruido, Dios habita.
No fuiste tú quien comenzó.
Fue su Amor el que te reunió.
Andabas dispersa, dividida en mil deseos; y Él, sin que lo merecieras, te trajo a esta mesa.
No te unas a ti misma: déjate unir por Él.
Gózate —pero no como el mundo.
Gózate en Él.
No en lo que sientes, ni en lo que entiendes, ni en lo que posees.
El gozo verdadero no se derrama: se recoge.
Nace donde el alma deja de pedir y comienza a descansar.
Tiembla, pero ama.
Es Dios vivo el que está delante.
No lo hagas pequeño para no temerlo.
No lo vuelvas cercano para no rendirte.
Ama con reverencia; porque sólo ama de verdad quien sabe ante Quién está.
Y mira ahora cómo amas.
No con palabras suaves, sino con verdad.
Ama con corazón sincero.
Sin doblez, sin medida, sin buscarte.
No ames para ser visto, ni para ser respondido.
Ama como Él: sabiendo… y entregándote.
Guárdate de la división interior.
No dejes que el juicio escondido, la sospecha o la herida ocupen tu pensamiento.
La ruptura comienza en lo secreto.
No te dividas por dentro, porque entonces, aun estando presente, ya te habrás ido.
Deja las contiendas.
No sostengas lo que nace de ti.
No defiendas tu lugar, ni tu razón, ni tu imagen.
Hay disputas que no buscan verdad, sino victoria.
Y esas nacen del yo que no ha muerto.
Cesen en ti las luchas que no son de Dios.
Y entonces, en ese vacío que queda, pon a Cristo en medio.
No en los bordes, no como consuelo, no como idea.
En medio.
Que sea Él el centro de tu mirar, de tu amar, de tu sufrir.
Cuando Él ocupa el centro, todo se ordena, aunque todo parezca quebrado.
Quédate.
No huyas.
Permanece en esta noche.
Vela con Él.
Mira cómo ama sin escudo y se entrega sin reserva;
cómo empieza a retirarse del mundo justo cuando más hondo se queda.
Y si la noche te parece amarga, no rehúses su amargura.
Ahí trabaja el Amor con mayor pureza que en todo consuelo.
No se te pide entender.
Se te pide rendirte.
No se te pide abrazar:
se te pide dejarte tomar.
Porque este Amor que ahora se te da, no sólo te visita: te transforma.
Y si perseveras, si consientes en ser purificada,
si aprendes a amar sin poseer, entonces —en lo secreto— comenzarás a ver.
No aún con los ojos, sino con un saber oscuro y cierto.
Y un día, cuando todo haya pasado, cuando la caridad haya consumido en ti lo que no era de Él,
verás su Rostro.
Y el gozo que ahora apenas tocas en pobreza, será entonces inmenso, verdadero, sin fin.
Y entenderás —al fin— que donde hubo caridad, aunque fuese pequeña, aunque fuese herida, aunque fuese en la noche… allí estaba Dios.
CUANDO LA LEY ACUSA Y LA JUSTICIA ABSUELVE.
Cristo ante el sábado y la restitución del orden jurídico en su principio y en su fin.
Por Óscar Méndez Oceguera
El Evangelio refiere unos hechos que conviene recordar con precisión, porque aquí la claridad del juicio depende de la claridad del caso. Nuestro Señor atraviesa en sábado los sembrados; sus discípulos, urgidos por el hambre, arrancan espigas y comen. Los fariseos no niegan el hambre ni el hecho. Cuestionan su calificación. Lo que en su realidad es sustento inmediato, en su lectura se convierte en infracción. Poco después, en la sinagoga, comparece un hombre con la mano seca. La misma inteligencia que había recodificado como culpa un acto de necesidad somete ahora a prueba un acto de curación. La pregunta es formulada expresamente: «¿Es lícito curar en sábado?». Y el texto añade la intención: preguntan así para poder acusarlo. Cristo hace pasar al enfermo al centro, interroga a los presentes sobre si es lícito hacer el bien o hacer el mal, salvar una vida o dejarla perder, y cura públicamente al hombre. El caso queda así enteramente fijado: necesidad real, bien manifiesto, precepto invocado como instrumento de imputación.
Sería una pobreza de inteligencia leer esta escena como si opusiera la blandura de la compasión al rigor de la norma. No comparecen aquí la ley y el sentimiento, sino dos inteligencias de la ley: una, fiel a su razón y a su fin; otra, reducida a su materialidad y, por eso mismo, ya dispuesta a volverse contra el bien que debía servir. El punto inicial debe, pues, establecerse sin vacilación: Cristo no viola la ley; la restituye cuando su lectura se ha corrompido. No la elude. No la rebaja. No la sustituye por una superioridad emotiva. La juzga desde aquello por lo que la ley merece propiamente el nombre de ley.
Santo Tomás ofrece aquí la clave de toda recta comprensión jurídica: la ley es ordenación de la razón al bien común, promulgada por quien tiene a su cargo la comunidad. Esta definición no es una fórmula escolar. Es la estructura misma del problema. Si la ley es ordenación de la razón, no puede ser comprendida al margen de su ratio. Si está ordenada al bien común, no puede ser aplicada rectamente contra el bien al que se dirige. Si recibe su entidad jurídica de una razón práctica superior, no puede degradarse impunemente en automatismo verbal sin perder, en ese tránsito, algo de su propia naturaleza. La letra es necesaria; no es soberana. El texto obliga; no se funda a sí mismo. Por eso enseña el Aquinate que la ley humana tiene fuerza de ley en cuanto deriva de la ley natural; y si en algo se separa de ella, ya no es ley, sino corrupción de la ley.
Tal fue precisamente el error farisaico. No consistió en amar demasiado la ley, sino en haber dejado de entenderla. El descanso sabático, dado para ordenar al hombre a Dios, fue tratado como un absoluto autónomo. El medio ocupó el lugar del fin. El signo absorbió la sustancia. Lo instrumental se erigió en criterio supremo. Y una vez consumada esa inversión, la ley dejó de guiar y comenzó a acusar. La pregunta «¿es lícito?» dejó de significar una búsqueda de lo justo para convertirse en una técnica de condena. La interpretación había sido sustituida por el procedimiento.
Aquí se impone una de las nociones más altas del pensamiento jurídico clásico: la epieikeia, la equidad. No como indulgencia sentimental, ni como mitigación subjetiva, ni como permiso tácito para sustraerse a la norma, sino como la justicia legal en su forma más perfecta cuando la universalidad del texto no basta, por sí sola, para resolver con rectitud el caso singular. La ley se establece para aquello que ocurre ordinariamente; pero la vida humana, por su contingencia, puede presentar situaciones en las que la observancia material de la letra contradiga el fin mismo del precepto. En ese punto, adherirse a la letra no perfecciona la obediencia: la degrada. No porque la ley sea defectuosa, sino porque la ley, en cuanto racional, no fue dada para producir el mal que su aplicación mecánica acarrearía.
De aquí deriva una precisión decisiva: la necesidad no es una causa exterior que rompe la ley, sino un límite interno de su obligación. La ley no puede obligar a lo imposible; tampoco puede obligar a la destrucción del fin para el cual fue instituida. Puede ser físicamente posible observar la letra y, sin embargo, moralmente imposible cumplirla, si esa observancia implica sacrificar el bien superior que la norma debía proteger. En tal caso, la obligación cesa, no por dispensa, sino por imposibilidad de cumplimiento moral. La ley no se deroga; deja de obligar en ese punto.
El ejemplo de David, al que Cristo remite, debe ser entendido con la misma claridad. David, perseguido y necesitado, llega con sus hombres al sacerdote Ajimélec y pide alimento. No habiendo pan ordinario, recibe los panes de la proposición, reservados en principio al uso sacerdotal. Nuestro Señor invoca este episodio no para banalizar lo sagrado, sino para mostrar que una determinación inferior no puede operar, en un caso concreto, contra un bien superior. No se introduce un privilegio ni se consagra la arbitrariedad. Se reconoce que la necesidad no crea el derecho, sino que manifiesta qué exige el derecho cuando la aplicación ordinaria de una norma se volvería contradictoria con su propio fin.
Lo mismo sucede con el argumento de los sacerdotes, que obran en sábado sin incurrir en culpa. El punto es decisivo. No todo lo que materialmente parece infringir la norma constituye formalmente su violación. Los sacerdotes realizan actos que, vistos desde la pura exterioridad, podrían calificarse como trabajo; sin embargo, esos mismos actos se ordenan al culto y, por lo mismo, realizan mejor el fin del precepto que una observancia puramente material del descanso. Lo que desde la superficie aparece como excepción se revela, desde la inteligencia del orden, como cumplimiento más alto.
Esto exige distinguir entre precepto moral y precepto ceremonial. Moral es el deber de ordenar al hombre a Dios. Ceremonial es la determinación positiva del modo. El error farisaico consistió en absolutizar lo ceremonial y oscurecer lo moral. Cristo no enfrenta dos leyes equivalentes; restablece su jerarquía. El signo no puede prevalecer contra la sustancia; el modo no puede anular el fin. El sábado no era un fin en sí mismo, sino una pedagogía. Preparaba al hombre para el descanso en Dios, no para la idolatría del rito. La ley antigua educaba; no encarcelaba. Quedarse en el signo cuando la Realidad está presente no es fidelidad, sino infancia espiritual prolongada hasta la ceguera.
La cita profética —«Misericordia quiero, y no sacrificio»— fija esa jerarquía con una sobriedad perfecta. No degrada el sacrificio; lo subordina. El medio no puede volverse autónomo frente al fin. La misericordia no aparece aquí como sentimiento blando opuesto a la ley, sino como afirmación del orden del bien querido por Dios. Por eso la consecuencia es jurídica: una lectura defectuosa de la ley condena inocentes. Allí donde la inteligencia del precepto se corrompe, la aplicación de la norma se vuelve injusta.
La afirmación «el sábado fue hecho para el hombre» debe entenderse en su rigor. No somete la ley al arbitrio humano; declara su finalidad. La ley fue instituida para la perfección del hombre en orden a Dios. El hombre no es medida soberana del derecho; es su sujeto propio en cuanto ordenado a un fin superior. El sábado es para el hombre porque el hombre es para Dios. Y Dios no es un legislador distante que multiplica obstáculos, sino el Bien sumo que comunica orden, verdad y vida. Cuando una interpretación convierte la norma en obstáculo para ese fin, no se manifiesta la fuerza del precepto, sino su corrupción. La ley no es trampa; es instrumento. Arrancada de su fin, deja de operar como ley en ese caso.
En este punto comparece la afirmación decisiva: Cristo es Señor del sábado porque es Señor de la ley. No se sitúa ante la norma como intérprete externo, sino como quien manifiesta desde dentro su sentido. En Él, la ley no es ajena. La ley eterna, la ley natural y toda determinación recta reciben de Él su medida. Su acto no es desobediencia, sino jurisdicción. No rompe el orden; lo salva. No relativiza la ley; la purifica de su mala inteligencia. Él no está eligiendo entre dos mandatos contrapuestos, como si vacilara entre la observancia y la excepción. Está realizando un acto de prudencia regia: juzga qué exige aquí y ahora la ley eterna en un caso concreto. La obediencia material al sábado, en ese momento, habría sido una desobediencia al orden de la caridad. Y la verdadera obediencia, por eso mismo, no consiste en ceguera voluntaria, sino en la docilidad racional de la voluntad a lo que la prudencia reconoce como justo.
De aquí se sigue una consecuencia sobre la autoridad. La autoridad es función del bien. La potestas sólo es jurídica en cuanto permanece subordinada a la auctoritas de lo justo. El oficio no se justifica por su mera ocupación, sino por su ejercicio recto. La obediencia no es servidumbre ciega a la voluntad del superior, sino acto de razón que reconoce en el mandato la voz del bien común. Cuando el mandato se separa de ese bien, la obediencia se ordena al principio superior del que la ley recibe su sentido. No porque el sujeto se erija en medida soberana, sino porque el derecho no nace del órgano de poder, sino de su adecuación a la realidad de lo justo.
Puede afirmarse entonces, con toda precisión, que hacer el bien nunca puede ser ilícito. No como consigna, sino como conclusión jurídica. El bien posee una juridicidad intrínseca. La ley no le otorga su validez; la presupone. Cuando una interpretación proscribe el bien que la ley debía servir, esa interpretación se descalifica a sí misma. El derecho que se vuelve contra la justicia deja de justificarse como derecho.
Todo converge, finalmente, en el punto más alto. El bien del hombre no es indeterminado. Es la salus animarum. El hombre es para la salvación; por eso la ley es para el hombre. Cuando la aplicación de la norma impide ese fin, la norma no puede obligar en ese caso sin contradecir su razón de ser. No se trata de una excepción tolerada, sino del reconocimiento de que el fin último del orden jurídico no puede ser sacrificado en nombre de una determinación inferior. La ley se calla allí donde pretendería destruir aquello para lo que fue dada.
De aquí se sigue una advertencia que conviene formular con sobriedad: cuando una estructura jurídica prefiere su propia conservación al bien para el que fue instituida, ha comenzado a separarse de su naturaleza. Permanece como organización; se vacía como orden. Conserva procedimientos; pierde justicia. No desaparece; se convierte en administración de sí misma.
Y queda aún una verdad más honda. El descanso sabático no es inercia, sino gozo. El reposo de Dios no significa esterilidad, sino complacencia en la obra realizada. Por eso curar en sábado no rompe el descanso; lo realiza. Sanar es devolver al hombre la capacidad de entrar nuevamente en el bien. Es restituirlo, en la medida de lo posible, al orden para el cual fue creado. En ese sentido profundo, la curación no es una suspensión del sábado, sino su cumplimiento más verdadero. Allí donde el hombre es devuelto al bien, el sábado halla su sentido. Allí donde Dios sana, el descanso se vuelve acto.
La sentencia final —«es lícito hacer el bien en sábado»— no es una concesión, sino una regla. Una regla que no disminuye la ley, sino que la revela. Una regla que no debilita la obediencia, sino que la purifica. Una regla que enseña que la fidelidad no consiste en adherirse a la superficie del mandato, sino en conformarse al orden del bien que el mandato expresa.
Así, en la controversia del sábado, no es Cristo quien comparece como acusado. Lo que comparece bajo juicio es una concepción deformada del derecho. Y el veredicto es inevitable: la ley sólo es plenamente ley cuando permanece ordenada a la verdad, al bien y al fin querido por Dios. Fuera de ese orden podrá conservar forma, fuerza y amenaza; pero habrá comenzado ya a perder justicia.
Cristo no enseñó a despreciar la ley. Enseñó a reconocer cuándo su lectura ha dejado de ser ley. Y lo hizo como maestro y como Señor de la ley, principio de su orden, medida de su justicia y fin de su cumplimiento.
miércoles, 1 de abril de 2026
TEMAS PARA SEMANA SANTA (No olviden que el Viernes Santo obligan el ayuno y la abstinencia)
ATENTO AVISO
Estimados amigos-lectores, existe abundante material apropiado para estas fechas en CATOLICIDAD. Para que puedan consultarlo y aprovecharlo durante estos santos días ponemos a continuación este ÍNDICE TEMÁTICO (hagan clic en los temas que vayan eligiendo). Seguramente obtendrán grandes frutos espirituales.
Recordemos que este Viernes Santo obligan el ayuno y la abstinencia de carne bajo pena de pecado grave. Procuremos seguir los oficios y la liturgia durante estos días evitando actividades profanas. Integremos a nuestra familia en la debida piedad de los días santos. No olvidemos realizar la Confesión anual y después de ello comulgar -que prescriben los mandamientos de la Santa Iglesia-. Que Cristo nos alcance nuestra conversión espiritual para no pecar más y perseverar hasta el fin para poder salvos.
¡Tengan ustedes una Santa semana!
LA SEMANA SANTA, DÍA A DÍA
ESTA SEMANA SANTA
LA SEMANA SANTA: ¿SEMANA DE DIVERSIONES Y PLAYA O DE LUTO?
LA ESTRATEGIA DE SATANÁS DURANTE SEMANA SANTA
VÍA CRUCIS EN ALTA RESOLUCIÓN
VÍA CRUCIS EN VIDEO
VIERNES SANTO: JESÚS EN EL CALVARIO
A LA VIRGEN DE LA SOLEDAD DEL SÁBADO SANTO
SUFRIMIENTOS MORALES DE CRISTO por el Cardenal Newman
VIERNES SANTO, SEGÚN LAS VISIONES DE ANA CATALINA EMMERICH (Resumen 1era. Parte)
2a. PARTE: LA PASIÓN, SEGÚN LAS VISIONES DE ANA CATALINA EMMERICH (Resumen)
3a. PARTE: LA RESURRECCIÓN, según las visiones de la Beata Ana Catalina Emmerich (Resumen)
MI CRISTO ROTO (AUDIO Y TEXTO)
ROMANCERO DE LA VÍA DOLOROSA de Fr. Asinello (AUDIOS).
REFLEXIÓN CUARESMAL
REFLEXIÓN ESPIRITUAL PARA CUARESMA por San Máximo Confesor, Abad y Relato sobre la misericordia de Dios
NO NOS DEJES CAER EN LA TENTACIÓN
SEÑOR, SÁLVAME QUE PEREZCO (Oración muy recomendable para esta Semana Mayor)
UNA REFLEXIÓN EN VIDEO: YO PECADOR
NO OLVIDES LA CONFESIÓN EN LA CUARESMA Y LA COMUNIÓN PASCUAL (Mandamientos)
ATTENDE DOMINE (Canto Penitencial)
MEDITACIÓN PARA EL MIÉRCOLES DE PASIÓN por San Pedro de Alcántara
MEDITACIÓN DE JUEVES SANTO
JUEVES Y VIERNES SANTOS
SÁBADO SANTO: LA IGLESIA MEDITA JUNTO AL SEPULCRO DE JESÚS Y ORACIONES LITÚRGICAS
ESTE SÁBADO SANTO PIDAMOS A DIOS SABIDURÍA
A LA VIRGEN DE LA SOLEDAD ESTE SÁBADO SANTO
CORONA DE LOS 7 DOLORES DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA
LA EDAD EN QUE OBLIGA EL AYUNO Y LA ABSTINENCIA
EL MARTIRIO DEL CARDENAL MINDSZENTY Y LA ABSTINENCIA
TRASCENDENTES REFLEXIONES DEL PADRE ANTONIO ROYO MARÍN, O.P.
¿EN QUÉ LADO QUIERES ESTAR? ¡SÓLO EL NECIO POSTERGA SU CONVERSIÓN!...¿TENDRÁ TIEMPO LUEGO?
MUERTE Y JUICIO PARTICULAR
¡EVITA ESTO! NO SIGAS CORRIENDO HACIA EL PRECIPICIO
Ver la película LA PASIÓN de Mel Gibson: LA PASIÓN DE CRISTO, EL FILME
Ver el filme EL MÁRTIR DEL CALVARIO con Enrique Rambal
CINCO PASOS PARA REALIZAR UNA BUENA CONFESIÓN
LA PASIÓN DEL SEÑOR por Fray Luis de Granada
EVANGELIO DE LA PASIÓN
LA "LEGALIDAD" DEL CRIMEN DEL CALVARIO
EL INICUO JUICIO A JESÚS
LA ROCA FRIA DEL CALVARIO
LA VIRGEN QUE LLORA Y RIE
A LAS PENAS DE JESÚS CRUCIFICADO, Saeta del Siglo XVII
LA PEDRADA de José María Gabriel y Galán (Poesía)
CONTEMPLANDO A CRISTO CRUCIFICADO
¿DÓNDE ESTÁN LAS RELIQUIAS DE LA PASIÓN?
EN ESTA CUARESMA: EL SALMO PENITENCIAL POR EXCELENCIA
PODRÍA SER TU ÚLTIMA OPORTUNIDAD...¡NUNCA SE SABE!
PODRÍA SER TU ÚLTIMA OPORTUNIDAD...¡NUNCA SE SABE!
MUERTE CLÍNICA DE JESÚS (video)
¿VAS ACOMPAÑAR A CRISTO ESTA SEMANA SANTA O TE VAS A IR AL BALNEARIO?
¿CARNAVAL O CUARESMA?¡DE UNA VEZ POR TODAS!
JERUSALÉN, JERUSALÉN, CONVIÉRTETE A DIOS TU SEÑOR. Coro de la Hermandad de la Buena Muerte Zamora.
AUDIO: EL JUICIO DE DIOS por el P. Antonio Royo Marín
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martes, 31 de marzo de 2026
LA CORREDENTORA
La Virgen María es nuestra Corredentora. Nos salvó juntamente con Nuestro Señor Jesucristo. Pero ¡a precio de qué dolor! El martirio de la Santísima Virgen María es incomparablemente más trágico que el sacrificio que se le pidió al Patriarca Abraham cuando Dios le ordenó inmolar a su hijo Isaac. Porque el Patriarca Abraham era el padre, no la madre; y porque el sacrificio que se le pidió fue solamente intencional: no llegó a consumarse. En el Calvario no es el padre, sino la Madre, y el sacrificio se está consumando trágicamente. Y no de un golpe, sino gota a gota. ¡Martirio inefable! «Oh, vosotros los que cruzáis por los caminos de la vida, mirad y ved si hay dolor semejante a mi dolor».
P. Antonio Royo Marín. O.P
lunes, 30 de marzo de 2026
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