miércoles, 31 de diciembre de 2025
ACCIÓN DE GRACIAS POR UN AÑO MÁS
Padre nuestro que estás en los cielos, dueño de la Verdad, del tiempo y de la eternidad: Tuyo es el hoy y el mañana, el pasado y el futuro. Al terminar el año 2025, en nombre propio y de los míos, queremos darte gracias, por todo aquello que recibimos de Ti.
Gracias por la familia que nos diste, por la vida y el amor, el aire y el sol, por la alegría y el dolor, por todo cuanto fue posible y por lo que no pudo ser.
Gracias por acogernos en tu verdadera Iglesia. Te ofrecemos todo cuanto hicimos este año que termina. El trabajo que pudimos realizar, las cosas que pasaron por nuestras manos, y lo que con ellas pudimos construir de positivo.
También, Señor, hoy queremos pedirte perdón.
Perdón por nuestros pecados, por el mal que hemos causado, por el tiempo perdido, por el dinero mal gastado, por las omisiones, por la palabra inútil y el amor desperdiciado.
Perdón por las obras vacías y por el trabajo mal hecho. Y perdón por vivir sin entusiasmo. También por la oración, que poco a poco, fuimos aplazando y que hasta ahora hacemos para agradecerte todo lo que nos has dado.
Por todos nuestros olvidos, descuidos y silencios. Nuevamente te pedimos perdón, Señor.
Iniciaremos un nuevo año y detenemos nuestra vida, ante el nuevo calendario aún sin estrenar. Te presentamos estos futuros 365 días, que sólo Tú sabes, quienes llegaremos a vivirlos completos. Si no los terminamos... ayúdanos a morir en Ti, en gracia santificante, luego de haber acudido -sinceramente contritos- al tribunal de la Confesión.
Hoy te pedimos para cada uno de nosotros: la paz y la alegría, la fuerza y la prudencia, la caridad y la sabiduría, el empeño para serte fieles y vivir siempre en tu Gracia, pues sólo en Gracia se transita el camino seguro. Sólo el necio esto no lo entiende, por lo que te pedimos que nos quites cualquier venda que nos impida ver nuestra estulticia.
Señor, ayúdanos a ser celosos de tu gloria y la de tu Iglesia, y vivir sólo por Ti, en Ti y para Ti.
Queremos vivir cada día con optimismo y bondad, llevando a todas partes, un corazón lleno de comprensión y paz que busque siempre la Verdad de tu Palabra. Que nada nos arranque de ella, pues tu fe es nuestro mayor tesoro.
Cierra Tú nuestros oídos, a toda calumnia, a las falsas doctrinas contra tu Palabra. Y nuestros labios, a palabras mentirosas, egoístas, mordaces o hirientes. Abre, en cambio, nuestro ser a todo lo que es bueno.
Que nuestro espíritu, se llene sólo de bendiciones, y las derrame a nuestro paso. Cólmanos de bondad y de alegría, para que cuantos conviven con nosotros, o los que se acerquen, encuentren en nuestras vida, un poquito de TI.
Gracias, Señor, por todo y perdona nuestras deudas contigo. Guíanos a todos por la senda del camino estrecho que nos permita un día entrar por la puerta angosta y estar en tu regazo eterno para bendecirte por los siglos de los siglos. Si para ello es necesario que utilices tu mano derecha que nos sacuda, de antemano aceptamos cualquier pena y dolor por difíciles que sean.
Danos un feliz 2026 y enséñanos a amarte viviendo siempre en tu gracia, y seguirte con plena fidelidad. Gracias, Señor, por todas las bendiciones del pasado año, así como por las que derramarás el que inicia.
Santísima Virgen María, encomiendo a tu Inmaculado Corazón a toda la familia mía.
Amén.
REFLEXIÓN:
Acaso pasaste parte de este año en pecado mortal. Si durante esa época hubieras muerto, ¿dónde estarías ahora? Dios te ha dado tiempo para hacer penitencia; aprovéchalo mejor en lo porvenir ¡acaso no tengas más que este año de vida! Prepárate, pues, a morir, haz una buena confesión, y si quieres pasar santamente todos los días del año que va a comenzar piensa todos los días en la muerte y en la eternidad. Dios te ha ocultado tu último día, para que te prepares a él todos los días de tu vida.
martes, 30 de diciembre de 2025
OTRO AÑO NUEVO. ¿MAÑANA O NUNCA?
Por Óscar Méndez Oceguera
Hablemos claro: el Año Nuevo es la fiesta nacional del “ahorita”.
No porque celebrar esté mal, sino porque esa noche cometemos un error elegante: tratamos la vida como si fuera un borrador.
Cambia el número y fingimos que cambió el corazón. Decimos “ahora sí”, pero lo que realmente decimos —con mejor presentación— es lo mismo de siempre: al ratito.
Lo más serio es esto: a casi nadie le roban el alma con violencia. Se la van quitando con diminutivos.
• Ahorita.
• Ahoritita.
• Luego.
• Primero esto.
• Cuando tenga tiempo.
Suena amable. Y a veces nace de cansancio real. Pero si se vuelve hábito, acaba significando lo mismo: posponer lo esencial.
Hasta aquí, el “ahorita” parece solo una manía simpática, casi entrañable. Una forma mexicana —y humana— de aligerar la vida.
Pero conviene decirlo con seriedad: ese mismo “ahorita” no se queda en la agenda. Lo reproducimos, casi sin darnos cuenta, en el punto más delicado de todos: la vida espiritual.
Porque también ahí usamos diminutivos.
Nos decimos: ahorita me confieso, ahorita ordeno esto, ahorita rezo bien, ahorita corto con lo que sé que me desordena. No estamos negando la conversión; la estamos posponiendo con educación.
Y ese es el problema real: la conversión no suele rechazarse de frente. Se aplaza. Se deja “para cuando haya más calma”, “cuando esté mejor”, “cuando tenga más tiempo”. El mismo “ahorita” que usamos para todo… lo usamos también para Dios.
A partir de aquí, el texto cambia de profundidad. Ya no hablamos de costumbres simpáticas, sino de algo decisivo: qué hacemos con el llamado interior cuando no lo negamos, pero tampoco lo obedecemos.
Porque el “mañana” no es un día: es un escondite.
Y el “ahorita” no es una medida de tiempo: es una forma de rendirse sin decirlo.
Escucha esto sin drama, pero con toda su verdad: tu vida interior no tiene botón de pausa. O crece, o se debilita. No existe el “me quedo igual”. El corazón que no avanza, retrocede; y casi nunca retrocede con una caída espectacular, sino con una inercia lenta que deja de doler.
Por eso la pregunta de este Año Nuevo no es “¿qué vas a lograr?”. Es más seria:
¿MAÑANA O NUNCA?
No para aplastarte: para despertarte. Porque existe la gracia. Porque el corazón puede ordenarse. Y porque hay un mapa real —no sentimental— para crecer: tres grandes conversiones, tres umbrales. Si no los cruzas, te quedas chico por dentro. Si los cruzas, maduras de verdad.
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I. CONVERTIRSE NO ES “MEJORAR”: ES CAMBIAR DE REY
Convertirse no es un proyecto de automejoramiento. Eso ayuda, pero no es el centro.
Convertirse es cambiar quién manda.
Mientras mande tu “yo” (gusto, impulso, excusa, comodidad), Dios queda como invitado: lo buscas cuando te conviene y lo apartas cuando estorba. Convertirse es reconocer algo más serio: Dios no es invitado; es Señor. Y el yo no es rey: es criatura.
La prueba de fuego no es lo que sientes, sino lo que ya no consientes.
Grábate esta distinción, porque es decisiva y limpia:
• Que aparezca una tentación no siempre depende de ti.
• Consentirla, alimentarla, buscarla: eso sí.
Ahí se juega la libertad. Convertirse es dejar de firmar tratados de paz con lo que sabes que te destruye.
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II. PRIMERA CONVERSIÓN: ROMPER EL PACTO
Esta es la puerta de entrada. No es “un propósito”; es una ruptura. Se corta el pacto con el pecado dominante.
Aquí el enemigo es la negociación:
• “no es tan grave”
• “la última y ya”
• “cuando esté más tranquilo”
• “ahorita no; luego sí”
El pecado dominante no se mantiene solo por fuerza: se mantiene por acuerdos. Y el “ahorita” muchas veces es tu firma en ese contrato.
Esta conversión se reconoce por hechos sobrios:
1. Dejas de justificar lo grave.
2. Cortas ocasiones antes de que sucedan.
3. Vuelves a la confesión sin maquillaje.
4. Aceptas que necesitas orden, no solo ganas.
5. Empiezas a rezar de forma estable (aunque sea poco).
No es perfección. Es dirección.
No es “ya llegué”. Es “dejé de caminar en círculo”.
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III. SEGUNDA CONVERSIÓN: MADURAR CUANDO NO HAY CONSUELO
Aquí se rinde mucha gente. No porque sea imposible, sino porque exige pasar del cristianismo “de gusto” al cristianismo de verdad.
Al principio, Dios suele conceder consuelos sensibles para atraer y sostener. Después puede permitir sequedades. No para castigarte, sino para purificar una mezcla muy común: buscar a Dios… pero buscando, al mismo tiempo, sentirte bien contigo.
Este umbral decide si tú buscas:
• al Dios verdadero, o
• la sensación que te acompaña cuando todo va fácil.
Preguntas directas (sin teatro):
• ¿Solo rezas cuando “te nace”?
• ¿Solo te acercas cuando estás inspirado?
• ¿Si no sientes nada, te sueltas?
La segunda conversión rompe esa dependencia. Te enseña una regla dura y liberadora: la vida interior no se mide por “lo que sentiste hoy”, sino por la fidelidad con que amaste, obedeciste y resististe el consentimiento al mal.
Aquí aparece algo que el libro subraya con fuerza: una crisis real, que muchos maestros describen como purificación pasiva de los sentidos. Dicho simple: hay un momento en que Dios permite que la parte sensible no “colabore” como antes, para que el amor sea más puro. Si no entiendes esto, te confundes y dices: “ya no siento nada; ya perdí”. Y no necesariamente. A veces estás entrando, por fin, en vida adulta por dentro.
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IV. TERCERA CONVERSIÓN: TRANSFORMACIÓN INTERIOR
La tercera conversión es más honda. Ya no se trata principalmente de dejar lo malo; se trata de purificar incluso lo bueno. Es la transformación por la que el alma deja de buscarse a sí misma —hasta en las cosas de Dios— y aprende a vivir con una simplicidad fuerte: amor más puro, humildad más real, voluntad más dócil.
Esta etapa va asociada a una segunda crisis más profunda, descrita por los grandes autores como purificación pasiva del espíritu. No es lenguaje raro: significa que Dios trabaja en la raíz del orgullo, del control interior, de la autosuficiencia. Y eso no se quita con un discurso ni con un impulso emotivo.
Los signos de esta conversión no son espectaculares. Son serios:
• haces lo correcto sin audiencia;
• rezas sin estar midiéndote;
• aceptas la cruz sin victimismo;
• amas con más verdad y menos pose.
Esta conversión no fabrica gente extraña. Fabrica gente libre: firme sin dureza, clara sin soberbia, serena sin flojera.
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V. NOTA CLAVE: LA SEQUEDAD NO ES FRACASO
Muchos jóvenes se asustan cuando “ya no sienten nada” y creen que retrocedieron. No siempre.
Dos claridades que te ordenan:
1. La sequedad no prueba ausencia de Dios.
Puede ser purificación: Dios enseñándote a amar con más pureza.
2. La tentación no es pecado.
Pecado es el consentimiento. Resistir con paciencia te humilla, y la humildad es medicina.
No todo lo difícil es castigo. A veces es ascenso.
Y a veces la madurez se nota precisamente cuando ya no dependes del gusto.
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VI. 5 DECISIONES PARA QUE ESTE AÑO NO SEA TEATRO
Menos promesas vagas. Más decisiones concretas.
1. Corta una ocasión hoy.
La que ya sabes que siempre te tira. Una. Córtala ya.
2. Diez minutos de silencio real.
Sin celular. Sin música. Tu alma necesita aire.
3. Oración fiel, no sentimental.
Poco, pero diario. Aunque no sientas nada.
4. Confesión sin adornos.
La herida se cura cuando se expone.
5. Custodia de lo que entra.
Ojos, oído, lenguaje. Nadie sostiene un corazón limpio alimentando la mente con basura.
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CIERRE
El mundo te dirá: “relájate, todos lo hacen”.
Tu conciencia te dirá: “no te mientas”.
Y la gracia te ofrece lo único verdaderamente nuevo: un corazón distinto.
OTRO AÑO NUEVO. ¿MAÑANA O NUNCA?
Si respondes “ahorita”, prepárate para lo peor: seguir exactamente igual.
Si respondes “hoy”, aunque tiembles, el año realmente empieza.
El calendario cambia el número.
La conversión cambia la historia.
Y la historia no se escribe con diminutivos.
lunes, 29 de diciembre de 2025
HAY QUE SABER DISCERNIR
Hoy muchos psicólogos confunden problemas espirituales con problemas psicológicos, y esa confusión termina perjudicando a la persona. No todo conflicto interior nace de una herida emocional, de un trauma infantil o de un desequilibrio químico. Hay luchas que tienen su raíz en la conciencia, en la vida moral, en la relación con Dios y en el sentido último de la vida. Cuando todo se psicologiza, se termina tratando como patología lo que en realidad es desorden espiritual, culpa objetiva, tentación o falta de vida interior.
La psicología moderna, al haber perdido una antropología integral, tiende a interpretar toda angustia como síntoma, toda exigencia interior como represión y toda lucha moral como conflicto neurótico. Así, una persona que vive en contradicción con su conciencia es tranquilizada en lugar de ser ayudada a ordenar su vida. Se anestesia el malestar sin discernir su causa. Pero hay sufrimientos que no desaparecen porque no provienen de una herida, sino de una ruptura interior entre lo que se vive y lo que se sabe que está bien. Eso no se sana solo hablando; se sana convirtiendo, ordenando y asumiendo responsabilidad.
San Antonio Abad decía que es importante distinguir con sobriedad entre fragilidad humana y combate espiritual. Enseñaba que el demonio actúa sobre todo en el pensamiento, aprovechando la pereza, la soberbia y la falta de vigilancia. Si el problema es espiritual, el remedio no es exclusivamente psicológico: es oración, sacramentos, disciplina interior y verdad vivida. Tratar eso como “trastorno” es desorientar al alma.
Esto no significa despreciar la psicología ni negar los trastornos reales. Hay ansiedad clínica, depresión patológica y heridas profundas que requieren intervención profesional seria. El error está en no saber discernir. Cuando un psicólogo no cree en la dimensión espiritual del hombre, todo lo interpreta desde lo emocional o lo conductual. Y así, la persona queda atrapada en terapias interminables para un problema que no es clínico, sino existencial y espiritual.
Saber diferenciar es un acto de responsabilidad profesional y humana. Un buen acompañamiento distingue entre lo que se trabaja con terapia y lo que se enfrenta con conversión, vida espiritual y orden moral. No todo se cura con técnicas, como no todo se resuelve solo rezando. Pero cuando se confunde una lucha espiritual con un problema psicológico, se priva a la persona del remedio que realmente necesita. La verdadera ayuda integra, no reduce; ilumina la realidad completa del hombre y no mutila una parte esencial de su vida interior.
El Psicólogo Católico.
¡LA NAVIDAD AÚN NO TERMINA! ¡NO GUARDES EL NACIMIENTO Y LOS DEMÁS ADORNOS!
Culturalmente le damos muchísima importancia al 25 de diciembre. Y eso está muy bien. Es el día central de la Navidad, el día en el que recordamos que Dios Hijo, que coexistía con el Padre y el Espíritu Santo desde siempre, se hizo carne y habitó entre nosotros.
Pero no debemos olvidar que los católicos no reducimos la Navidad a un solo día de celebración. Así que si en un tu casa ya estaban pensando en desarmar el Nacimiento, las luces y el arbolito… ¡esperen a que Navidad termine!
La Iglesia llama “Octava de Navidad” a los días transcurridos la primera semana desde Navidad, considerando todos como una misma celebración festiva. Durante esta semana se medita el Nacimiento de Cristo.
La idea de los 8 días, tiene su raíz bíblica en las celebraciones judías que duraban 8 días, como por ejemplo la fiesta de los Tabernáculos: "Durante siete días ofreceréis manjares abrasados a Yahveh. El día octavo tendréis reunión sagrada y ofreceréis manjares abrasados a Yahveh. Habrá asamblea solemne" (Lev 23, 36).
Siendo la Navidad un acontecimiento tan grande, pues es la nueva creación del hombre, no alcanza un día para celebrarla y por eso, este día se alarga por 8 días. (Únicamente la Pascua y la Navidad tienen Octava).
El tiempo litúrgico de la Navidad termina el día del Bautismo de nuestro Señor (13 de enero en el calendario tradicional). Y lo vive más intensamente durante la Octava de Navidad, que va desde el 25 de diciembre al 1 de enero.
Cabe destacar que durante la Octava de Navidad, tienen lugar las siguientes fiestas: San Esteban (primer mártir de la Iglesia: día 26); San Juan Apóstol y Evangelista (el discípulo a quien Jesús más amaba: día 27); Santos Inocentes (día 28) y Octava de Navidad (1 de enero, fiesta de obligación).
Posteriormente, en el calendario tradicional se celebra: El Santo Nombre de Jesús (variable, este año el día 4); Adoración de los Magos (Epifanía, 6 de enero); La Sagrada Familia (variable, este año el 11 de enero). Y el Bautismo de Nuestro Señor (13 de enero), con que termina en el calendario tradicional el tiempo litúrgico de la Navidad.
Aprovecha todo este tiempo para contemplar al Niño Dios, que a pesar de ser el Todopoderoso por quien todo fue hecho, quiso hacerse tan vulnerable como cualquier otro recién nacido para redimir a toda la humanidad.
HASTA CUÁNDO DEBE CONSERVARSE EL NACIMIENTO
Sí bien algunos lo quitan después de la Epifanía o del Bautismo del Señor, la costumbre tradicional es conservarlo hasta el día de La Candelaria, el 2 de febrero, en que se celebra la Presentación del Niño Jesús al Templo y la Purificación de la Santísima Virgen María.
¡Feliz y Santa Navidad a todos!
sábado, 27 de diciembre de 2025
viernes, 26 de diciembre de 2025
¿DÓNDE LO HAN LLEVADO?
Papa Pío XII: "Estoy preocupado por los mensajes de la Santísima Virgen a Lucía de Fátima. Esa persistencia de María sobre los peligros que amenazan a la Iglesia es una advertencia divina contra el suicidio de alterar la Fe en su Liturgia, en su Teología, en su alma... Escuché a mi alrededor innovadores que quieren desmantelar la Sagrada Capilla, destruir la llama universal de la Iglesia, rechazar sus ornamentos y hacerla sentir remordimientos de su pasado histórico.
Llegará un día en que el mundo civilizado negará a su Dios, en que la Iglesia dudará como Pedro dudó. Ella será tentada de creer que el hombre se ha vuelto Dios. En nuestras iglesias, los Cristianos buscarán en vano la lámpara roja donde Dios los esperaba. Como María Magdalena lloró ante la tumba vacía, ellos preguntarán, “¿Donde lo han llevado?”"
(Papa Pío XII, citado en Mons. Roche, Pius XII Devant l’Histoire, pp. 52-53).
jueves, 25 de diciembre de 2025
miércoles, 24 de diciembre de 2025
PERMITE QUE EN ESTA SANTA NOCHE EL DIOS NIÑO NAZCA EN TU CORAZÓN Y EN TU HOGAR, Y NO LO DEJES IR JAMÁS
Que el mundo siga su movimiento, mientras tú y tu familia se apartan de esa vorágine para en silencio, en reverente actitud, adorar al Niño que nace en el más humilde pesebre; después, con fervor habrá que cantarle y arrullarle con algunos villancicos y rezarle agradeciéndole todas las gracias que nos trae. La cena no es una cena familiar más: es la reunión de la familia para comemorar que el Dios Niño ha nacido.
San Alfonso María de Ligorio nos enseña:
"Solo en este Niño halló el eterno Padre sus delicias, porque, como dice san Gregorio, solamente en éste no halló culpa. Consolémonos, pues, nosotros miserables pecadores, porque este divino Infante ha venido del cielo a comunicarnos ésta su inocencia por medio de su pasión. Los méritos suyos, si nosotros supiésemos estimarlos, pueden mudarnos de pecadores en santos e inocentes; pongamos en ellos nuestra confianza, pidamos por los mismos al eterno Padre siempre la gracia, y lo alcanzaremos todo".
Dom Prósper Guéranger nos dice:
"Unámonos, oh cristianos, a esa jubilosa alegría; no es tiempo de lágrimas ni suspiros: Un Niño nos ha nacido. Ha llegado el que esperábamos y ha llegado para morar con nosotros. Como ha sido larga la espera, deberá ser embriagador el gozo de poseerle. Día llegará, y muy pronto, en que este niño que hoy nace, hecho ya hombre, será el varón de dolores. Entonces nos lamentaremos con El; ahora debemos alegrarnos de su venida y cantar con los Ángeles junto a su cuna".
martes, 23 de diciembre de 2025
MENDIGOS EN EL TRONO: LA AMNESIA DE LA NOCHEBUENA
Por Óscar Méndez Oceguera
Diciembre en México posee una luz que no existe en ningún otro mapa: una claridad diáfana que corta el aire frío del Altiplano y se mezcla, casi litúrgicamente, con el humo de la leña, el aroma de la fruta hervida y la pólvora que truena en los atrios. Nuestras calles se incendian con un barroquismo urgente, un mitote necesario que intenta conjurar el silencio y la soledad. La mesa se vuelve trinchera; el abrazo, muralla; la risa —a veces— una forma de resistencia contra el olvido.
Y, sin embargo, bajo esa efervescencia, a menudo nos quedamos en la superficie, acariciando la paja del pesebre, como si tuviéramos pudor de tocar el oro de la verdad que esconde.
Porque la Nochebuena nunca pretendió ser “bonita”. La Nochebuena es terrible y dulce: es el instante en que lo Eterno irrumpe en lo que se rompe. Es el momento en que Dios, pudiendo imponerse con truenos, elige pedirnos posada. Hay algo aquí que, si lo entendiéramos de veras —si nos atreviéramos a bajar la guardia—, nos haría temblar la mano antes de brindar y nos haría llorar de una gratitud que quema.
Para soportar la magnitud de este terremoto, apaguemos por un instante la banda sonora de la nostalgia. Escuchemos una voz que llega desde el siglo V, no de un sentimental, sino de un gigante: San León Magno. En su Sermón XXI, este hombre no nos ofrece consuelo barato, sino una verdad que arde: la Navidad es lo único que impide que el ser humano se ahogue en su propia nada.
I. El interdicto contra la tristeza
El texto comienza con un decreto casi judicial: la tristeza queda derogada. “No es justo que haya lugar para la tristeza cuando nace la Vida”. Pero cuidado: no es la alegría plástica del comercial, ni la euforia del que ignora sus problemas.
León Magno es de un realismo que corta la piel: nuestro gozo no nace de que “seamos buenos”, ni de que el año haya sido fácil. El gozo nace del hecho brutal de que, estando perdidos, condenados por nuestra propia pequeñez y nuestros errores, hemos sido visitados.
Es la alegría del náufrago que ve la vela en el horizonte cuando ya había tragado agua. Es el alivio del condenado que escucha girar la llave del indulto. La Navidad es la victoria de la Misericordia sobre nuestra miseria. El miedo a la muerte ha sido destruido, no porque seamos fuertes, sino porque Él llegó. Llegó una Presencia que no se compra, que no se merece y que no se va.
Esta noche nadie entra al portal por impecable: se entra por pobre. Se entra por necesitado.
II. La estrategia de la humildad: la omnipotencia que se abaja
¿Cómo nos rescató? Aquí la verdad se encarna. Dios, en su omnipotencia, podría haber borrado el mal con un chasquido, fulminando al enemigo desde las alturas. Pero León nos revela que el Creador eligió un camino que desafía toda lógica humana: eligió la humildad.
Decidió vencer a la soberbia utilizando nuestra propia naturaleza herida. Es el misterio que nos deja mudos: Dios se abaja. Asume nuestra carne, se reviste de nuestra fragilidad, aprende el lenguaje del llanto, siente el frío de la madrugada, el peso del hambre, el desamparo del sueño.
El Demonio fue vencido no por un rayo cósmico, sino por un Niño que necesitaba leche. Fue vencido por la humildad de la carne. Hay aquí una lección que desarma nuestro orgullo: en el reino de Dios, lo verdaderamente invencible no es la fuerza que domina, sino el amor que se entrega.
III. El reconocimiento de la criatura: “Agnosce, Christiane”
Llegamos al corazón de la noche, a la frase que deberíamos llevar escrita en el alma:
“Agnosce, o christiane, dignitatem tuam.”
(Reconoce, cristiano, tu dignidad).
Pero, por favor, no nos equivoquemos. No es la dignidad del soberbio que se cree un “pequeño dios”. No es la dignidad del que exige derechos al Cielo. Es la dignidad del hijo adoptivo. León Magno nos dice: “Has sido hecho partícipe de la naturaleza divina”.
Entendámoslo con el corazón en la mano: es un regalo inmerecido. Somos polvo, sí. Somos barro quebradizo. Pero somos polvo que Dios ha besado. Somos barro en el que Dios ha querido habitar. Nuestra grandeza no reside en nuestros logros, ni en una evolución inevitable, sino en la conmovedora humildad de sabernos mendigos a los que el Rey, inexplicablemente, ha sentado a su mesa.
Fuimos comprados. Y no con oro ni con plata: fuimos comprados con sangre. Por eso, esta dignidad no se grita con altivez; se custodia con temblor, como quien protege una llama en medio del viento.
IV. La nobleza obliga: la traición de la ingratitud
La conclusión ética de León Magno nace del asombro herido. Si tu cuerpo, con todas sus cicatrices y fatigas, ha sido convertido en Templo por el Bautismo, profanarlo es escupir sobre el regalo.
“No pienses en volver a las antiguas vilezas”. La palabra duele: vileza. Baratez. La moneda falsa del alma. La pregunta del Santo nos mira a los ojos: tú, que has sido rescatado a precio de sangre divina —tú que vales la vida de un Dios—, ¿por qué insistes en venderte por las monedas baratas del rencor? ¿Por qué te arrastras por la soberbia o la mentira? ¿Por qué cambias el pan del Cielo por migajas que te dejan más vacío?
No es un regaño moralista; es una llamada de atención al enamorado que está a punto de traicionar. La moral cristiana es un código de honor para quien se sabe amado sin merecerlo: es la decisión de no soltar la mano que nos sacó del abismo.
Epílogo: la rodilla que se dobla
Esta noche, la cena estará servida. El olor inconfundible de nuestra cocina inundará la casa. Habrá risas, brindis y el ruido hermoso de estar vivos. Pero quizás también haya una silla vacía que grite su ausencia, una nostalgia atorada en la garganta, o el peso de un año difícil en los hombros.
En medio del festín, hagamos una pausa. Respiremos.
Miremos a los ojos a los nuestros —a los que amamos fácil y a los que nos cuesta amar—. Tratemos de ver, más allá de sus grietas y las nuestras, el misterio de la elección divina. El Creador no tuvo asco de nuestro barro. El Rey quiso ser Niño para que nosotros, por fin, aprendiéramos a arrodillarnos sin humillarnos, y a levantarnos sin soberbia.
Que la Nochebuena no se nos quede en la paja. Que el oro del Misterio no pase de largo mientras nos distraemos con las luces. Volvamos al pesebre con gratitud —esa gratitud que aprieta la garganta y limpia los ojos— y aprendamos a vivir como lo que somos en verdad: mendigos sentados en el trono por pura misericordia.
Que no vivamos como plebeyos ingratos quienes, sin merecerlo, hemos sido llamados hijos del Rey.
Feliz Navidad.
lunes, 22 de diciembre de 2025
HUMILDAD
“Ser humilde es desear la estima de Dios y despreciar la de los hombres. “Ama ser ignorado y tenido por nada”: por lo tanto debemos trabajar por negar toda influencia sobre nuestro corazón a palabras como “promociones”, “popularidad”, “estima”, y otras fórmulas hechas de este género. Cristo fue contado entre los malhechores: ¿por qué nosotros queremos tanto ser contados entre los mejores?”.
P. Edouard Poppe
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