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martes, 15 de septiembre de 2026

LA GUERRA DE LAS ETIQUETAS (Trump-Sheinbaum).

 



Por Lorenzo Carrasco

Como en un reto entre infantes, los presidentes de Estados Unidos y México, Donald Trump y Claudia Sheinbaum, mantienen una peculiar guerra de etiquetas: de derecha a izquierda, compiten por rebautizar, reinterpretar o cancelar partes de la geografía y de la historia.

Trump, en su senectud narcisista, rediseña mapas y rebautiza territorios: todo es América y, a ser posible, todo es Trump. Canadá, Groenlandia, México y hasta el estratégico estrecho de Ormuz parecen caber, de una u otra manera, dentro de su cartografía mental. La guerra contra Irán demuestra, además, que el viejo impulso imperial estadounidense, a pesar de su notable capacidad geopolítica, no está precisamente sanforizado.

Por su parte, su colega mexicana, Claudia Sheinbaum, ha blandido la espada del indigenismo más elemental para combatir los fantasmas del hispanismo y, colocándose simbólicamente al lado de Cuauhtémoc, parece empeñada en derrotar definitivamente, cinco siglos después, a Hernán Cortés.

Todo esto podría no pasar de una pantomima infantil si no terminara convertido en política de Estado. La célebre película La guerra de los botones conservaba la gracia y la inocencia de la infancia y la adolescencia. De ambas carece, en gran medida, esta particular «guerra de las etiquetas» entre México y Estados Unidos, protagonizada por adultos que, desde el poder, parecen competir con la lógica de una riña escolar.

Hay, incluso, otro paralelismo interesante. Trump promete beneficios económicos directos a los ciudadanos estadounidenses en busca de respaldo electoral, quizá imaginando un efecto semejante al alcanzado en México por las pensiones para adultos mayores, que, siendo necesarias para millones de personas, se han convertido también en uno de los principales activos políticos y electorales de la llamada Cuarta Transformación.

Pero, para comprender mejor la raíz del culto político al indigenismo, acompañado frecuentemente por la descalificación de Cortés y de la herencia española, conviene retroceder en la historia mexicana. Esa narrativa no nació con Claudia Sheinbaum; es heredera de corrientes mucho más antiguas.

Podemos señalar, con las necesarias diferencias históricas, dos momentos particularmente significativos.

El primero aparece ya en los años inmediatamente posteriores a la conquista, durante el gobierno de la Primera Audiencia de México, presidida por Nuño de Guzmán. Su enfrentamiento con Hernán Cortés y con sus partidarios fue feroz. A ello se sumaron los abusos cometidos contra las poblaciones indígenas y el tráfico de esclavos, denunciados con enorme dureza por fray Juan de Zumárraga, primer obispo de México, quien llegó a describir en términos casi demoníacos la conducta de los gobernantes de aquella Audiencia.

No sería exacto afirmar que Carlos V creó formalmente la Primera Audiencia con el mandato explícito de destruir a Cortés; pero, en la práctica, su actuación produjo un violento desplazamiento del poder cortesiano y abrió una profunda confrontación con los conquistadores vinculados a él, con los franciscanos y con numerosos aliados indígenas que habían participado en la caída del imperio mexica.

En el trasfondo de aquella pugna se encontraba también una cuestión mayor: quién debía controlar y dar forma política a la Nueva España. La política diplomática del Imperio buscaba impedir que el enorme prestigio y poder adquirido por Cortés desembocara en un señorío prácticamente autónomo. Comenzaba así una tensión que recorrería buena parte del siglo XVI entre los protagonistas de la conquista, las órdenes misioneras y la creciente burocracia de la monarquía.

La firme actuación de Zumárraga y las denuncias contra la Primera Audiencia contribuyeron a poner fin a aquella experiencia. Pero, tres siglos después, en el México recién independizado, surgió otro proyecto de redefinición de la identidad nacional, esta vez bajo una poderosa influencia estadounidense.

 Aquí aparece Joel Roberts Poinsett.

Poinsett recorrió México en 1822 y posteriormente publicó sus Notes on Mexico. Regresaría en 1825 como primer ministro plenipotenciario de Estados Unidos ante la nueva república. Su intervención en la política mexicana fue considerable y su nombre quedó estrechamente ligado al desarrollo de las logias del rito de York, cuya patente fue obtenida con su intermediación y que pronto se convirtieron en uno de los grandes instrumentos de organización política del México independiente.

Alrededor de los lorquinos se consolidó una corriente marcadamente republicana y federalista, hostil a los sectores monárquicos y crecientemente enfrentada a la influencia política española. La pugna dejó de ser únicamente entre formas de gobierno: comenzó también una disputa por la memoria histórica y por la identidad que debía asumir la nueva nación.

Pero la misión de Poinsett tenía también una dimensión territorial que no debe pasarse por alto. Washington le había encargado explorar la posibilidad de modificar la frontera establecida por el Tratado Adams-Onís y adquirir para Estados Unidos una parte considerable de Texas. En 1827 fue autorizado a ofrecer un millón de dólares por determinados territorios texanos, y posteriormente la administración de Andrew Jackson llegó a contemplar una oferta todavía mayor. Poinsett consideraba, además, que el creciente establecimiento de colonos angloamericanos en Texas facilitaría su futura adquisición por Estados Unidos.

Poinsett no dirigió personalmente la independencia texana de 1836 ni la anexión de 1845, pero su misión anticipó con sorprendente claridad la dirección que tomaría posteriormente la expansión estadounidense. La presión para adquirir Texas fue seguida por la creciente colonización angloamericana, la separación de Texas de México en 1836 y, finalmente, su incorporación a Estados Unidos en 1845.

La anexión de Texas desencadenó una nueva crisis con México y precedió inmediatamente a la guerra mexicano-estadounidense de 1846-1848. Bajo la presidencia de James K. Polk, Estados Unidos llevó su expansión territorial hasta sus mayores dimensiones. El Tratado de Guadalupe Hidalgo de 1848 obligó a México a reconocer la pérdida de Texas y a ceder Alta California y Nuevo México, un vastísimo territorio que, sumado a Texas, representó aproximadamente la mitad del territorio que México había reclamado al alcanzar su independencia.

Vista retrospectivamente, aparece así una continuidad geopolítica que trasciende a Poinsett como individuo: primero, separar cultural y políticamente al nuevo México de su antigua matriz hispánica; simultáneamente, desplazar hacia el sur y el oeste la frontera de Estados Unidos; y finalmente convertir aquella expansión demográfica y territorial en una nueva realidad continental.

España, la monarquía católica y la herencia novohispana pasaban a representar, para determinados sectores del México independiente, el pasado del cual había que desprenderse. En contrapartida, el México prehispánico —Moctezuma, Cuauhtémoc y la antigua Tenochtitlan— ofrecía los símbolos necesarios para construir una genealogía nacional anterior a Cortés.

Así se fue desarrollando una lectura según la cual México no habría nacido del dramático encuentro iniciado en 1519 y de la nueva sociedad cristiana y mestiza surgida después de 1521, sino que constituiría esencialmente la restauración política de una nación interrumpida por la conquista española.

La conjura tenía enormes consecuencias simbólicas: Cortés dejaba de ser uno de los fundadores del México histórico para convertirse exclusivamente en su destructor; Cuauhtémoc pasaba de último tlatoani mexica a héroe nacional de un Estado que aparecería tres siglos después; y la continuidad novohispana era sustituida progresivamente por una narración que saltaba de Tenochtitlan a la Independencia.

No puede atribuirse toda esta construcción histórica únicamente a Poinsett ni a las logias lorquinas. Pero su intervención contribuyó a fortalecer en el México independiente una corriente republicana, federalista y anti hispánica que veía en Estados Unidos, y no en la tradición monárquica hispánica, el modelo político hacia el cual debía orientarse la nueva nación.

En términos simplificados, el mensaje era poderoso: el pasado está en Tenochtitlan; el futuro, en Washington.

Y aquella disputa sobre la identidad mexicana nunca terminó completamente. Bajo distintas formas reaparece hasta nuestros días, cada vez que la historia se divide entre indígenas y españoles, vencidos y vencedores, Cuauhtémoc y Cortés, como si cinco siglos de mestizaje pudieran reducirse nuevamente a los dos ejércitos enfrentados en 1521.

Pero dejemos por un momento la guerra de las etiquetas y pasemos a una realidad histórica mucho más profunda.

En la relación entre México y Estados Unidos se está produciendo desde hace décadas una transformación sustancial: la presencia masiva y creciente de mexicanos y de sus descendientes en territorio estadounidense. Decenas de millones de personas de origen mexicano viven hoy en Estados Unidos, y ciudades como Los Ángeles poseen una dimensión cultural mexicana imposible de ignorar.

Dentro de este proceso se podría hablar, provocativamente, de una suerte de «reconquista», no territorial ni militar, sino cultural, demográfica y espiritual, de espacios que México perdió en el siglo XIX bajo el avance ideológico del llamado Destino Manifiesto.

Y aquí aparece una de las ironías mayores de la historia.

El país que durante el siglo XIX ejerció una poderosa influencia sobre la transformación política y territorial de México observa ahora cómo millones de mexicanos y sus descendientes transforman culturalmente a Estados Unidos desde dentro. Y, para información de la presidente Sheinbaum, esa transformación no se está produciendo por obra de un indigenismo retrogrado, sino, fundamentalmente, por la fuerza de la presencia hispana.

El castellano se ha convertido desde hace tiempo en la segunda lengua más hablada de Estados Unidos y constituye uno de los elementos centrales de una transformación cultural de largo alcance.

Aquí adquieren particular relevancia unas palabras atribuidas a Octavio Paz en la década de 1990: «La Virgen de Guadalupe ha sido más “antimperialista” que 60 años de fervorosos discursos de los políticos mexicanos». Paz apuntaba con ello a algo mucho más profundo que la política coyuntural: la capacidad de una cultura para resistir mediante sus instituciones naturales, sus símbolos y sus formas tradicionales de vida.

Al explicar la resistencia cultural de México frente a la influencia de la mayor potencia del continente, Paz destacaba la fuerza de la organización comunitaria, de la familia, de la madre como centro de esa familia, de la religión tradicional y de las imágenes religiosas. En otras palabras, aquello que preserva a una cultura no es únicamente el Estado ni su discurso político, sino una trama mucho más profunda de costumbres, creencias, lengua, memoria y vínculos sociales.

Una idea semejante fue formulada por san Juan Pablo II en su célebre discurso ante la UNESCO, en 1980:

«La nación es, en efecto, la gran comunidad de los hombres que están unidos por diversos vínculos, pero, sobre todo, precisamente por la cultura. La nación existe “por” y “para” la cultura».

Y añadía que existe una «soberanía fundamental de la sociedad» que se manifiesta precisamente en la cultura de la nación.

Es ahí donde el asunto deja de ser jocoso.
La migración mexicana hacia Estados Unidos no representa solamente un fenómeno laboral, económico o demográfico. Lleva consigo una lengua, una religión, una concepción de la familia, determinadas formas comunitarias y una memoria histórica. Es decir, transporta cultura en el sentido más profundo señalado por Juan Pablo II.

La magnitud de este fenómeno terminó incluso modificando radicalmente el pensamiento de Samuel P. Huntington. El autor de El choque de civilizaciones, que inicialmente había planteado los grandes conflictos internacionales en términos de bloques culturales, acabó concentrando buena parte de su preocupación en la inmigración hispana —y muy particularmente mexicana— hacia Estados Unidos.

En Who Are We? The Challenges to America’s National Identity, Huntington llegó a presentar la continuidad territorial, demográfica, lingüística y cultural de la inmigración mexicana como un desafío sin precedentes para la identidad estadounidense. Muchas de aquellas preocupaciones reaparecen hoy, explícita o implícitamente, en sectores de la política estadounidense y ayudan a comprender parte del trasfondo cultural de la política migratoria de Donald Trump.

Aquí se encuentra, quizá, la paradoja principal. Mientras Trump y Sheinbaum libran sus respectivas batallas simbólicas por los nombres, los mapas y la interpretación del pasado, debajo de esa superficie se desarrolla un proceso histórico mucho más poderoso y difícil de controlar desde los palacios presidenciales: el encuentro —y también la tensión— entre dos grandes espacios culturales unidos por una frontera que separa Estados, pero que cada vez separa menos a sus sociedades.


martes, 24 de febrero de 2026

DÍA DE LA BANDERA MEXICANA



24 de febrero de 1821. Agustín de Iturbide proclama el Plan de Iguala enarbolando la bandera de las tres garantías, considerada como el primer lábaro patrio de México. 

 El Plan de Iguala fue un acto de acuerdo político, sumamente complejo en sus consecuencias, aunque simple en su fraseo, que unió insurgentes y realistas, criollos y españoles. La fuerza fundamental del Plan de Iguala fue lo que hizo posible el consenso necesario para la independencia.

 Los puntos principales del Plan de Iguala fueron llamados "las Tres garantías", y estos eran: "la religión, la independencia y la unión de todos los mexicanos". Un nuevo ejército, denominado Ejército Trigarante, sería el encargado de llevar a cabo este plan y sería identificado con una nueva bandera. 

 Iturbide decidió darle a cada una de las garantías un color distintivo y ordenó al sastre José Magdaleno Ocampo que confeccionara una bandera con franjas dispuestas en forma diagonal y con una estrella en cada una. En primer lugar aparecía el blanco que simbolizaba la pureza de la religión católica; al centro, se encontraba el verde que representaba la independencia, y al final el rojo, símbolo de unión entre criollos, españoles, indios, africanos, mulatos, asiáticos y todo tipo de castas surgidas de la mezcla racial que se dio en los tres siglos. Posteriormente cambió el orden de los colores tal como se encuentran actualmente.

 Erróneamente (y también con mala fe) se ha considerado a Vicente Guerrero como coautor del Plan de Iguala, creador de la bandera y copartícipe en la proclama el 24 de febrero de 1821, siendo que por primera vez, Iturbide y Guerrero se reúnen el 10 de marzo de 1821, días después de la creación de la bandera, así como de la proclama del Plan de Iguala y de la jura de dicho plan, el 2 de marzo.

 Lucas Alamán, “Historia de Méjico”, Tomo V: 

"Casi todos los escritores cometen el error de suponer, que Iturbide tuvo una conferencia con Guerrero antes de la publicación del Plan de Iguala. Esto es falso: Iturbide nunca vio a Guerrero, hasta estar en marcha hacia el bajío" pág. 76. 

 "En Teloloapan se presentó Guerrero a Iturbide, como se lo había anunciado en carta escrita desde el campo del gallo el 9 de marzo, en que le decía: "mañana muy temprano marcho sin falta de este punto para el de Ixcatepec, y en breve tendrá V.S. A su vista, una parte del ejército de las tres garantías, del que tendré el honor de ser un miembro y de presentármele con la porción de beneméritos hombres que acaudillo, como un subordinado militar. Esta será la más relevante prueba que confirme lo que le tengo ofrecido, advirtiendo que mi demora ha sido indispensable para arreglar varias cosas, como le informará el militar d. José Secundino Figueroa, que pondrá ésta en manos de V.S., y con el mismo espero su contestación" pág. 119.

 "En efecto, Guerrero se adelantó hasta las inmediaciones de aquel punto, y dejando a su gente acampada en una altura, entre su campo y el pueblo tuvo su primera entrevista con Iturbide". Pág. 119.

 Armando Herrera L.


 Manuscrito: 


 Artículo: 

lunes, 23 de febrero de 2026

ORACIÓN A LA VIRGEN DE GUADALUPE POR LA PAZ EN MÉXICO



«¡Oh Virgen Inmaculada, Madre del verdadero Dios y Madre de la Iglesia!. Tú, que desde tu Tepeyac manifiestas tu clemencia y compasión a todos los que solicitan tu amparo. 

Acudimos a ti, Reina de México y Madre de las Américas, para pedirte, Madre amorosa, que alcances la paz, la justicia y la prosperidad para nuestra nación. Tú conoces bien el dolor, el miedo y la inseguridad que afligen a tus hijos. 

Te pedimos, Señora nuestra, que cubras a México con tu manto sagrado y protejas a nuestras familias, niños y jóvenes. Cambia los corazones de quienes provocan sufrimiento y muerte, dales el don de la conversión y enséñanos a todos a ser promotores de justicia y paz. 

Madre Santísima, ante ti traemos nuestras preocupaciones y luchas, confiando en tu intercesión ante tu Hijo Jesús para encontrar refugio y consuelo. Que la verdadera paz, que viene de tu Hijo, inunde nuestros hogares y nuestra tierra. 

Amén.

sábado, 14 de febrero de 2026

RETRACTACIÓN DEL PATRIARCA PÉREZ



“Abjuro de todos los errores en que he caído, sea contra la santa fe, sea contra las legítimas autoridades de la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, única verdadera. Me arrepiento de todos mis pecados, y pido perdón a Dios, a mi prelados y a todos aquellos a quienes he escandalizado con mis errores y mi conducta. Protesto que quiero morir en el seno de la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, confiado en la bondad de Jesucristo nuestro señor, y de mi madre amorosa la santísima virgen de Guadalupe; creo todo lo que la misma Santa Iglesia nos enseña, y exhorto a todos a no apartarse de ella, porque es la única arca de salvación. México, octubre 6 de 1931. “

Declaración de José Joaquín Perez Budar.



viernes, 13 de febrero de 2026

NO FUE INÚTIL LA GESTA CRISTERA: S.S. PÍO XII


RADIOMENSAJE DE SU SANTIDAD PÍO XII A LOS FIELES MEXICANOS EN EL 50 ANIVERSARIO DE LA CORONACIÓN CANÓNICA DE LA VIRGEN DE GUADALUPE 
 
Viernes 12 de octubre de 1945

 Venerables Hermanos y amados hijos que, reunidos en torno a la persona de Nuestro dignísimo Cardenal Legado, conmemoráis los cincuenta años de la coronación canónica de la Virgen de Guadalupe. 

 Habían pasado ya más de tres siglos desde el día en que la dulce Madre del Tepeyac comenzó a recibir los homenajes de los católicos de Méjico y de toda la América, en el trono por ella misma elegido; la teníais en el centro de vuestros corazones y por eso la habíais repetidamente proclamado Señora y Patrona vuestra; le habíais dedicado primero una ermita, luego una capilla, después un templo y por último una magnífica Basílica; las voces mejicanas la aclamaban continuamente y nunca cesaba el grito: Noble indita, Madre de Dios; Noble indita, Madre nuestra. Pero vuestra piedad aún no estaba satisfecha; la queríais ver con la frente ceñida, como correspondía a una soberana. ¡Era vuestra Reina y la Reina tenía que ser coronada! 

 Y finalmente se realizó vuestro deseo. Hace hoy cincuenta años —recuerdan las crónicas— la Basílica, recién restaurada, era un ascua de oro; decenas de millares de peregrinos abarrotaban sus espaciosas naves y se derramaban por los alrededores; casi cuarenta mitras se inclinaban reverentes en el presbiterio; los vivas, los himnos y las plegarias llegaban al cielo. Y cuando sobre aquella frente angelical resplandeció la áurea corona, en todos los corazones y en todas las bocas acabó de estallar el grito, hasta entonces mal contenido: «¡Viva la Virgen de Guadalupe, Emperatriz de América y Reina de Méjico!». El espectáculo era tan hermoso, que parecía un dulce sueño. En realidad no era más que el triunfo, consciente y sereno, de vuestro amor y de vuestra fe. 

 Justísimo homenaje. Porque, ¿quién era capaz de ignorar lo que aquel pueblo debía a aquella Señora? ¿Quién podía no recordar la parte principalísima que Ella había tenido en su vocación a la verdadera Iglesia, en su conservación dentro de la práctica y la pureza de una fe. que había sido como el crisol en que su joven y potente nacionalidad se había fundido? 

 La Virgen Santísima fue el providencial instrumento, elegido por los designios del Padre celestial, para dar y presentar a su precioso Hijo al mundo; para ser Madre y Reina de los Apóstoles, que por todas partes habían de propagar su doctrina; para conculcar siempre las herejías, y hasta para intervenir prodigiosamente en todos los tiempos, dondequiera que fuera necesario para la implantación, la consolidación y la defensa de la santa fe católica. «Por Ella —dice a este propósito un gran devoto de María— la Santa Cruz es celebrada y adorada en todo el universo...; por Ella toda criatura, aprisionada en los errores de la idolatría, es llevada al conocimiento de la verdad; ... por Ella los Apóstoles predicaron la salvación a las naciones» [1]. 

 Y así sucedió, al sonar la hora de Dios para las dilatadas regiones del Anáhuac. Acaban apenas de abrirse al mundo, cuando a las orillas del lago de Texcoco floreció el milagro. En la tilma del pobrecito Juan Diego —como refiere la tradición— pinceles que no eran de acá abajo dejaban pintada una imagen dulcísima, que la labor corrosiva de los siglos maravillosamente respetaría. La amable doncellita pedía una sede para desde ella «mostrar y dar todo su amor y compasión, auxilio y defensa ... a todos los moradores de aquella tierra y a los demás que la invocasen y en Ella confiasen». Desde aquel momento histórico la total evangelización fue cosa hecha. Y, lo que es más, quedaba izada una bandera, alzada una fortaleza, contra la que se romperían las iras de todas las tempestades; estaba firmemente asentado uno de los pilares fundamentales de la fe en Méjico y en toda América. Como si la Cruz, que, tal día como hoy, a través de las ondas procelosas, habían llevado al continente nuevo las frágiles carabelas hispánicas, hubiera sido confiada a las manos débiles de aquella jovencita, a fin de que Ella la pasease triunfalmente por todas aquellas tierras, la plantase por doquier y se retirase luego a su castillo roquero, dominando la antigua Tenochitlán, para desde allí reinar en todo el mundo nuevo y velar por su fe; «porque, usando las felices expresiones de uno de vuestros vates, sabe que tal hija —como Reina la proclama— y fiel conserva el depósito de la fe, que al mundo salva »».

 Hoy, amadísimos congresistas americanos, Nuestro pensamiento, con vuelo más veloz y certero que el de las ondas que os llevan Nuestra voz, Nos pone en medio de vosotros; y una vez más Nuestro espíritu se siente confortado al admirar vuestro número sin número, vuestro entusiasmo sin límites: al ver que en este momento más de medio centenar de Arzobispos y Obispos representan allí, en medio de vosotros, la fe de todos los pueblos de América; al recibir, en la persona de Nuestro Legado, los magníficos testimonios de vuestra filial devoción, que ya Nos son conocidos. Y al comprobar que el centro de todos esos fervores sigue siendo vuestra Excelsa Patrona, al ver, casi con Nuestros propios ojos, que continuáis aclamando a la Virgen de Guadalupe como vuestra Madre y vuestra. Reina, elevamos al cielo la mirada y damos gracias al Autor de todo bien, porque en este amor y en esta fidelidad queremos ver la garantía de la conservación de vuestra fe. 

 Por ella, católicos mejicanos, vuestros hermanos y vuestros padres fueron víctima de la persecución, y para defenderla se encararon sin vacilar hasta con la misma muerte, al doble grito de «¡Viva Cristo Rey!, ¡Viva la Virgen de Guadalupe!». Hoy, las condiciones de la Iglesia y de la Religión en vuestra Patria han mejorado notablemente, demostrando que no fueron inútiles aquella invocación y aquella firmeza. Pero a vosotros toca, a vosotros y a todos los católicos americanos, seguir firmes en vuestro puesto, conscientes de vuestros derechos, con la frente siempre alta ante los enemigos de hoy y de siempre: los que no quieren a María porque no quieren a Jesús, los que querrían arrinconar o ignorar a Jesús, arrebatando así a María el más preciado de sus títulos. Frente a su rebelión, vuestra fidelidad. Que la morenita del Tepeyac, que la Emperatriz de América y Reina de Méjico no tenga que llorar deserciones. Que, como lo estuvo ayer, pueda estar también mañana orgullosa de sus hijos. 

 Vuestro Congreso, recogiendo millares de firmas, la ha aclamado como «Sedes sapientiae», trono de la sabiduría. No lo olvidéis, católicos de Méjico y de toda América: la verdadera sabiduría es la que Ella nos dio, la que en nombre de la Sabiduría encarnada Ella nos enseña. «¡Salve, fuente abundantísima de donde manan los arroyos de la divina sabiduría, rechazando con las aguas purísimas y limpidísimas de la ortodoxia las olas encrespadas del error![2]. ¡Salve, oh Virgen de Guadalupe! Nos, a quien la admirable disposición de la Divina Providencia confió, sin tener en cuenta Nuestra indignidad, el sagrado tesoro de la divina sabiduría en la tierra, para salvación de todas las almas, Nos colocamos hoy de nuevo sobre tus sienes la corona, que pone para siempre bajo tu poderoso patrocinio la pureza y la integridad de la santa fe en Méjico y en todo el continente americano. Porque estamos cierto de que mientras Tú seas reconocida como Reina y como Madre, América y Méjico se han salvado. 

 Prenda de estos Nuestros deseos sea, en el momento presente, la Bendición Apostólica, que de todo corazón os damos. 

 * AAS 37 (1945) 264-267 

 [1] S. Cyrilli Alex.,Hom.4 ex diversis: MIGNE, PG, 77, 991. 
 [2] S. Germ. Const., Serm. 1 in SS Deip. Praesent., n. 14: MIGNE, PG, 48, 305-306.

sábado, 7 de febrero de 2026

EXITOSO CONGRESO SOBRE LOS CRISTEROS SE REALIZÓ EN LA CIUDAD DE MÉXICO


El 5 y 6 de febrero se llevó a cabo en El Palacio de la Autonomía de la UNAM el seminario:

🔴100 años de la Cristiada (1926-2026) ¡Viva Cristo Rey!

Se desarrollaron con gran éxito una serie de conferencias académicas por el centenario de la gesta cristera con destacados intelectuales católicos.

El lugar se abarrotó y fue necesario abrir un salón contiguo al Auditorio donde se proyectaron en vivo las ponencias para aquellos que no encontraron cupo en el Auditorio.

Entre los conferenciantes estuvieron en el primer día, en orden de presentación, Jean Meyer (autor de la magistral obra "La Cristiada"), Óscar Méndez Oceguera, Fernán Alttuve, Jaime del Arenal, Juan Pablo Pampillo Baliño, Ricardo M. Dip, Rodrigo Ruiz Velasco, Alexander Gutiérrez Becker, Elizabeth del Carmen Flores, Rodrigo Fernández Díez y Anuar López Marmolejo.

Al día siguiente la ponencias estuvieron a cargo de Julio Alvear, Danilo Castellano, Luis María de Ruischi, John Rao, Austreberto Martínez Villegas y el magistral cierre del doctor Miguel Ayuso.

El exitoso evento fue convocado por el Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II (Madrid), la Unión Internacional de Juristas Católicos (Roma) y el Grupo Sectorial en Ciencias Políticas de la Federación Internacional de Universidades Católicas (París).

Varias de las conferencias pueden verse en el facebook de Mundo Católico, Televisión Network: https://www.facebook.com/share/1DPbVBuyNf/

En la fotografía: Jean Meyer, Oscar Méndez, Adrián Arzate y Miguel Ayuso. Foto: CATOLICIDAD.

sábado, 27 de septiembre de 2025

27 DE SEPTIEMBRE DE 1821: CONSUMACIÓN DE LA INDEPENDENCIA DE MÉXICO



Vicente Rivapalacio (nieto de Vicente Guerrero) nos describe la entrada del ejército trigarante a la Ciudad de México, el 27 de septiembre de 1821, al mando del realizador de la independencia: 

"Al descubrir al libertador -don Agustín de Iturbide- el pueblo sintió una embriaguez de entusiasmo. Los gritos atronaban el aire y se mezclaban en concierto con los ecos de las músicas, con los repiques de las campanas, con el estallido de los cohetes y con el ronco bramido de los cañones... 

Iturbide atravesaba por el centro de la ciudad para llegar hasta el palacio; su caballo pisaba sobre una espesa alfombra de rosas, y una verdadera lluvia de coronas, de ramos, y de flores caía sobre su cabeza y sobre las de sus soldados.

 Las señoras desde los balcones regaban el camino de aquel ejército, con perfumes, y arrojaban hasta sus pañuelos y sus joyas; los padres y las madres levantaban en sus brazos a los niños y les mostraban al libertador, y lágrimas de placer y de entusiasmo corrían por todas las mejillas. 

Las más elegantes damas, las jóvenes más bellas y más circunspectas se arrojaban a coronar a los soldados rasos y a abrazarlos; los hombres, aunque no se hubieran visto jamás, aunque fueran enemigos, se encontraban en la calle y se abrazaban y lloraban. 

Aquella era una locura sublime, conmovedora; aquel era el santo vértigo del patriotismo..."

EL DESCONOCIDO PLAN DE IGUALA 
Por Jorge Pérez Uribe 

“PLAN DE INDEPENDENCIA DE LA AMÉRICA SEPTENTRIONAL”

Consideraciones iniciales

Ahora, muchos años después de haber cursado la educación básica y media y al haber leído y analizado a fondo el Plan de Iguala que consta de tan sólo 24 breves artículos, me pregunto el por qué nunca lo estudiamos en clase de historia. ¡Cuánta tinta y consideraciones nos habríamos ahorrado con sólo leerlo y meditar un poco en su contenido! A quiénes he inquirido sobre si tuvieron ocasión de leerlo en sus cursos de historia, me confirman una respuesta negativa.

Fue obra exclusiva de Agustín de Iturbide. En él plasmó su visión de un México independiente, de los principios que lo inspirarían y del régimen que se instauraría, una vez conseguida la independencia. “Obra maestra de política y saber” fue llamado por el “padre del liberalismo” Lorenzo de Zavala

¿Alguien pensaría que en este breve plan, se estamparían las garantías individuales, los derechos humanos, hoy tan en boga? (artículos 12, 13, 20).

Al analizarlo, a muchos extrañará que Iturbide pensará en una moderna monarquía constitucional, es decir, no absoluta, sino moderada por una constitución, -pero eso sí- una constitución “peculiar” y “adaptable” a nosotros, un instrumento muy distinto al producto del pensamiento masónico-liberal francés que era la Constitución de Cádiz (artículos 3, 11).

Además de una constitución Iturbide pensaba en una división de poderes, ya que además del monarca o emperador existirían las Cortes (Congreso), -cuyo principal papel sería dotar al país de esa constitución-, y un poder judicial (artículos 21,24).

Nueva España al iniciar 1820

<<A comienzos de 1820, el dominio español se había vuelto a consolidar en la Nueva España después de años de luchas internas. Diversos factores habían contribuido a ello: el agotamiento de una sociedad envuelta en 10 años de guerra civil, el restablecimiento de la autoridad real –un tanto mermada- en la persona de Fernando VII, El deseado, y la derrota insurgente motivada, entre otras razones, por la incapacidad del proyecto iniciado por Hidalgo y continuado por Morelos para atraerse el apoyo de las élites criollas debido, entre otras razones, a que predicó la destrucción de los peninsulares. [...]

Una concesión de indultos fue favorecida por el virrey Juan Ruiz de Apodaca y tuvo los resultados esperados, ya que buena parte de los antiguos insurgentes depuso las armas y volvió a sus lugares de origen “a dedicarse al comercio, agricultura e industria”, lográndose, al finalizar la segunda década del siglo un evidente repunte en la actividad económica. Los habitantes de la Nueva España gozaron nuevamente de los beneficios de la paz, y la armonía de las clases sociales, seriamente afectadas por el estallido de Dolores, pareció restablecerse. Tanto criollos como peninsulares, castas, mestizos e indígenas nuevamente ejercieron las tareas que les correspondían según el rígido orden estamental que les correspondía. Las tropas expedicionarias y las milicias provinciales volvieron a sus cuarteles, salvo las encargadas de sofocar a las pocas partidas de guerrilleros insurgentes que no amenazaban ya a la estabilidad del reino. La Iglesia, por su parte, pareció retomar el control sobre una parte del clero que activamente había participado en la insurgencia o que había protestado el favor del fuero eclesiástico. Derogados los decretos de las Cortes de Cádiz, que la afectaron nada parecía amenazarla. >>

Restablecimiento de la Constitución de Cádiz de 1812

El 1° de enero de 1820 el teniente coronel Rafael del Riego [1] al grito de ¡viva la Constitución!, amotinó a las tropas acantonadas en localidad de Las Cabezas de San Juan, a unos sesenta kilómetros de Cádiz en el camino de Sevilla, mientras esperaban en el puerto gaditano ser embarcadas rumbo a las Américas. Riego formó una Junta Consultiva que tomó como rehén al soberano español, obligándolo a restablecer la Constitución de 1812.

Ante la noticia del restablecimiento y jura por el rey de la Constitución, conocida en la Nueva España a principios de abril, <<“se manifestó la mayor inquietud en los espíritus”, por lo que el virrey Apodaca pensó en aplazar y, de ser posible, evitar el juramento debido. Sin embargo, la presión de los grupos adictos a la Constitución, entre los que destacaban los comerciantes, los masones y las tropas expedicionarias, obligó primero al comandante Dávila de Veracruz y finalmente al propio virrey a jurarla a fines de mayo. A partir de ese momento, se proclamó en todas las provincias “jurando observarla todas las autoridades civiles, militares y eclesiásticas”. La Constitución al no obtener la adhesión general de todos los grupos que integraban la sociedad novohispana, fue la clave para explicar y entender la fase final de la independencia en México. Como afirmara un testigo de la época al comentar la jura de la Constitución, “esperen ustedes la independencia, que es lo que va a resultar de todo esto”

La Profesa y otras conjuras

Los primeros en reaccionar en forma desfavorable contra la Constitución fueron los grupos y autoridades peninsulares –civiles y eclesiásticas- que habían sido nombradas a partir del regreso de Fernando VII a España y que se vieron afectadas por el talante liberal de esta carta fundamental, planteándose incluso la posibilidad de desconocerla.

Durante mayo de 1820 en la casa de los oratorianos de México, conocida como La Profesa, se reunió un grupo de personas inconformes con la restauración constitucional y decidido, de ser posible, a impedir su aplicación en México. Entre los asistentes se encontraban el canónigo Matías de Monteagudo, el regente de la real Audiencia, Miguel Bataller, y el ex inquisidor José Tirado, contando con el apoyo velado del propio virrey Apodaca. [...] Su plan consistía en declarar la falta de libertad de Fernando VII para jurar la constitución y, en consecuencia, facultar al virrey para continuar en el gobierno de la Nueva España, en forma independiente al gobierno liberal instalado en España y bajo la vigencia de las Leyes de Indias, es decir, “la actitud y los argumentos del Ayuntamiento de México en 1808...se reproducían con intención contraria”. Para ejecutar este plan convinieron en la necesidad de contar con el apoyo de un militar de confianza, al que creyeron encontrar paradójicamente no en un español, quizá por la influencia que la masonería tenía ya por entonces en las filas realistas, sino en un militar criollo: el coronel Agustín de Iturbide, quien después de asistir a unos ejercicio espirituales en La Profesa y de conferenciar con Apodaca, aparentó ofrecer sus servicios para la realización del plan. Nada, sin embargo se pudo hacer, pues el 31 de mayo el virrey se vio obligado a jurar a la Constitución, juramento que le impidió llevar a cabo los planes de los conjurados. Después del juramento virreinal. Siguió el de todas las corporaciones civiles y eclesiásticas que se comprometieron a marchar por la “senda constitucional”, a ejemplo de su rey.

Una vez establecido el orden constitucional, en el lapso comprendido entre los meses de junio a diciembre de 1820, se forjaron otros proyectos y se fraguaron conjuras dirigidas a los más diversos propósitos: “en todas partes se hacían juntas clandestinas en las que se trataba del sistema de gobierno que debía adoptarse”, e incluso al mismo Fernando VII se le atribuye uno de esos proyectos dirigidos a Apodaca y tendiente a salvar sus derechos absolutos, ya que no en la vieja España, cuando menos en la Nueva. Como quiera que sea y en medio de un ambiente caldeado por una intensa labor panfletaria, Iturbide comenzó a elaborar su propio plan, destinado, éste sí, a triunfar. 

Surgimiento y difusión del plan

El plan fue fraguado en octubre de 1820, aunque sufrió modificaciones por las sugerencias que amigos le hicieron a Iturbide. A ello es debido que existan diversas versiones del plan, ya sean manuscritas o impresas y que se conservan hasta nuestros días.

Iturbide, reenganchado en el servicio de la Corona española, aunque ya no en la ejecución de ningún plan fue asignado a combatir a la guerrilla de Vicente Guerrero. Inició correspondencia y comunicación a través de enviados personales con Guerrero y a principios de 1821 empezó a entablar negociaciones dirigidas a consumar la independencia sobre las bases propuestas en el Plan de Iguala

El plan se hizo público el 24 de febrero de 1821, en la pequeña población de Iguala y se promulgó y juró solemnemente por los primeros oficiales y la tropa del nuevo ejército de las Tres Garantías en el mismo pueblo de Iguala entre el 1 y el 2 de marzo.

<< El contenido del plan propuesto en Iguala fue dado a conocer por Iturbide a través de una amplia correspondencia a un buen número de personas importantes: al virrey Apodaca, al arzobispo Fonte, de México, y al obispo Ruiz Cabañas, de Guadalajara: al fiero mariscal Cruz de la Nueva Galicia, al comandante Rafael Dávila, de Veracruz, y a militares de alta graduación, como Pedro Celestino Negrete; al propio rey Fernando VII y hasta las Cortes reunidas en Madrid, con el objeto de asegurarse la adhesión de estos europeos a su causa. Durante los meses siguientes la imprenta adquirida en Puebla por medio del presbítero Furlong no descansó: copias del plan, órdenes, actas y un periódico, El Mejicano Independiente, se encargaron de dar a conocer con más precisión y a mayor número de personas las verdaderas intenciones de Iturbide. Impresos, cartas y entrevistas personales llevadas a cabo por enviados de confianza del primer jefe del Ejército Trigarante dieron a la larga el fruto esperado. >>[2]

Consecuencias del Plan

Las adhesiones al plan, empezaron en el sur, luego simultáneamente en el oriente y en el bajío. En los primeros días de marzo llegaron al cuartel trigarante noticias de adhesiones de jefes, soldados, guarniciones, villas y ciudades: Echávarri, Miguel Torres, en Sultepec, Vicente Endérica y el teniente coronel Berdejo en Chilpancingo, Nicolás Bravo. Siguieron en el curso del mes los criollos José Joaquín Herrera y Antonio López de Santa Anna en la zona de Veracruz y el Bajío, Luis Cortázar y Anastasio Bustamante, que tomaron Amoles, Salvatierra, Celaya y Guanajuato. Salamanca, Silao, Irapuato, León y San Miguel se adhirieron espontáneamente.

<< En Michoacán, Juan Domínguez y Miguel Barragán, ex oficiales realistas, incorporaron Apatzingán y Ario, y entraron unidos a Pátzcuaro para conocer la adhesión de los capitanes Vicente Filisola y Juan José Codallos. Don Ramón Rayón se presentó a Iturbide en Cutzamala y fue encargado de rehabilitar el viejo fuerte de Cóporo: en mayo y junio se adhirieron Guadalupe Victoria, Quintanar y, por fin Pedro Celestino Negrete, quién declaró la independencia en Tlaquepaque.

En el campo realista, el ánimo era muy distinto, ya que si bien se dieron numerosas deserciones, el grueso de las tropas expedicionarias permanecieron leales a la corona española; no obstante las noticias de las defecciones y del rápido avance del movimiento trigarante, así como la indecisión de muchos oficiales criollos del ejército realista sobre el partido que debían tomar; más la aparentemente lenta reacción del Conde del Venadito para sofocar en forma eficaz la llama de la nueva rebelión hicieron que la débil cohesión que se mantenía dentro de las filas realistas por fin se derrumbara. En efecto, la derrota en la Hacienda de la Huerta, en las inmediaciones de Toluca, y la capitulación de las tropas de Domingo Luaces de Querétaro, marcaron el límite de la paciencia de las tropas expedicionarias que, exasperadas, obligaron a Apodaca a dimitir del mando superior de la Nueva España el día 5 de julio, nombrando en su lugar al mariscal de campo Francisco Novella. De esta forma, los propios españoles violaban flagrantemente la vigencia de la constitución que habían jurado obedecer hacía casi un año, hecho que no pasó inadvertido por la mayoría de las corporaciones civiles de la Ciudad de México –Audiencia, Diputación Provincial y Ayuntamiento- que, conscientes del golpe de estado llevado a cabo por los militares y contrarios a la supresión de la libertad de imprenta decretada por Apodaca días antes, a duras penas reconocieron la autoridad del usurpador Novella. En adelante les quedaría claro que, ante dos movimientos igualmente anticonstitucionales, resultaba más conveniente para sus intereses inclinarse por aquel que aseguraba la independencia y la construcción de un nuevo orden constitucional al cual podrían contribuir a edificar. >>[3]

El documento

Debemos distinguir entre el plan original de Iturbide o borrador que consta de 23 artículos, más una “Proclama inicial”, así como una “Proclama final” y que fue publicado en La Abeja Poblana (Puebla) seis días después de su promulgación (1 de marzo de 1821) y el publicado el 24 de febrero de 1821 o Plan e indicaciones para el Gobierno que debe instalarse provisionalmente con el objeto de asegurar nuestra sagrada religión y establecer la Independencia del Imperio Mexicano, el cual consta de 24 artículos, que es “una versión mejor redactada, más precisa y más completa”.

A CONTINUACIÓN SE PRESENTAN EN FORMA COMPARATIVA AMBAS VERSIONES:

Plan de Iguala

Plan e indicaciones para el Gobierno que debe instalarse provisionalmente con el objeto de asegurar nuestra sagrada religión y establecer la Independencia del Imperio Mexicano y tendrá el título de Junta Gubernativa de la América Septentrional, propuesto por el Sr. Coronel D. Agustín de Iturbide al Excelentísimo señor Virrey de Nueva España, Conde del Venadito.

1° La religión católica, apostólica, romana, sin tolerancia de otra alguna.

1° La religión de la Nueva España es y será la católica, apostólica, romana, sin soberanía [tolerancia] de otra alguna.

2° La absoluta independencia de este reino

2° La Nueva España es independiente de la antigua y de toda otra potencia, aun de nuestro continente.

3° Gobierno monárquico templado por una constitución análoga al país

3° Su gobierno será monarquía moderada, con arreglo a la constitución peculiar y adaptable del reino.

4° Fernando VII, y en sus casos los de su dinastía o de otra reinante serán los emperadores, para hallarnos con un monarca ya hecho, y precaver los atentados funestos de la ambición

4° Será su emperador el señor don Fernando VII, y no presentándose personalmente en México dentro del término que las Cortes señalaren a prestar el juramento, serán llamados en su caso el serenísimo señor infante don Carlos, el señor don Francisco de Paula, el archiduque Carlos u otro individuo de casa reinante que estime por conveniente el Congreso.

5° Habrá una junta ínterin [4] se reúnen las córtes, que haga efectivo este plan,

5° Ínterin las Córtes se reúnen, habrá una Junta que tendrá por objeto tal reunión y hacer que se cumpla con el Plan en toda su extensión.

6° Ésta se nombrará gubernativa, y se compondrá de los vocales ya propuestos al señor virrey

6° Dicha junta, que se denominará gubernativa, debe componerse de los vocales de que habla la carta oficial dirigida al excelentísimo señor Virrey.

7° Gobernará en virtud del juramento que tiene prestado al rey, ínterin éste se presenta en México y lo presta y hasta entonces se suspenderán todas ulteriores órdenes.

7° Ínterin el señor don Fernando VII se presenta en México y hace el juramento, gobernará la junta a nombre de Su Majestad, en virtud del juramento de fidelidad que le tiene prestado la nación; sin embargo de que se suspenderán todas las órdenes que diese, interín no haya prestado dicho juramento.

8° Si Fernando VII no se resolviere a venir a México, la junta o la regencia mandará á nombre de la nación, mientras se resuelve la testa que deba coronarse.

8° Si el señor don Fernando VII no se dignare venir a México, interín se resuelve el emperador que debe coronarse, la junta o la regencia mandará en nombre de la nación.

9° Será sostenido este gobierno por el ejército de las Tres Garantías.

9° Este gobierno será sostenido por el ejército de las Tres Garantías, de que se hablará después.

10° Las córtes resolverán si ha de continuar esta junta o substituirse una regencia, mientras llega el emperador.

10° Las Córtes resolverán la continuación de la junta o si debe sustituirla una regencia, ínterin llega la persona que debe coronarse.

11° Trabajarán luego que se unan, la constitución del imperio mexicano,

11° Las Córtes establecerán en seguida la Constitución del imperio mexicano.

12° Todos los habitantes de él, sin otra distinción, que  su mérito y virtudes, son ciudadanos idóneos para optar cualquier empleo.

12° Todos los habitantes de la Nueva España, sin distinción, alguna de europeos, africanos ni indios, son ciudadanos de esta monarquía con opción a todo empleo, según su mérito y virtudes.

13° Sus personas y propiedades serán respetadas y protegidas.

13° Las personas de todo ciudadano y sus propiedades serán respetadas y protegidas por el gobierno.

4° El clero secular y regular será conservado en todos sus fueros y propiedades.

14° El clero secular y regular será conservado en todos sus fueros y preeminencias.

15° Todos los ramos del estado y empleados públicos, subsistirán como en el día, y sólo serán removidos los que se opongan a este plan, y substituidos por los que más se distingan en su adhesión, virtud y mérito.

15° La junta cuidará de que todos los ramos del Estado queden sin alteración alguna, y todos los empleados políticos, eclesiásticos, civiles y militares, en el estado mismo en qué existen en el día [Sólo serán removidos los que manifiesten no entrar en el plan substituyendo en su lugar los que más se distingan en virtud y mérito].

16° Se formará, un ejército protector que se denominará: de las Tres Garantías, y que se sacrificará del primero al último de sus individuos antes que sufrir la más ligera infracción de ellas.

16° Se formará, un ejército protector que se denominará de las Tres Garantías, porque bajo su protección toma, lo primero, la conservación de la religión católica, apostólica, romana, cooperando por todos los medios que estén a su alcance, para que no haya mezcla alguna de otra secta y se ataquen oportunamente los enemigos que puedan dañarla; lo segundo, la independencia bajo el sistema manifestado; lo tercero, la unión, íntima de americanos y europeos; pues garantizando bases tan fundamentales de la felicidad de Nueva España, antes que consentir la infracción de ellas, se sacrificará dando la vida del primero al último de sus individuos.

17° Este ejército observará a la letra la Odenanza; y sus gefes y oficialidad continuará en el pié en que están, con la espectativa no obstante á los empleos vacantes, y a los que se estimen de necesidad ó conveniencia.

17° Las tropas del ejército observarán la más exacta disciplina a la letra de las ordenanzas, y los jefes y oficialidad continuarán bajo el pie en que están hoy; es, decir, en sus respectivas clases con opción a los empleos vacantes y que vacasen por los que no quisieren seguir sus banderas o cualquiera otra causa, y con, opción a los que se consideren de necesidad o conveniencia.

18° Las tropas de que se componga; se considerarán como de línea y lo mismo las que abracen luego este plan: las que lo difieran y los paisanos que quieran alistarse, se mirarán como milicia nacional, y el arreglo y forma de todas, lo dictarán las córtes.

18° Las tropas de dicho ejército se considerarán como de línea.

19° Los empleos se darán en virtud de informes de los respectivos gefes y á nombre de la nación provisionalmente.

19° Lo mismo sucederá con las que sigan luego este Plan. Las que no lo difieran, las del anterior sistema de la independencia que se unan inmediatamente a dicho ejército, y los paisanos que intenten alistarse, se considerarán como tropas de milicia nacional, y la forma de todas para la seguridad interior y exterior del reino la dictarán las Córtes.

20° Ínterin se reunen las córtes, se procederá en los delitos con total arreglo a la constitución española.

20° Los empleos se concederán al verdadero mérito, a virtud de informes de los respectivos gefes y en nombre de la nación provisionalmente.

21° En el de conspiración contra la independencia, se procederá a prisión, sin pasar á otra cosa hasta que las córtes decidan la pena al mayor de los delitos, después del de lesa Magestad divina.

21° Ínterin las Córtes se establecen, se procederá en los delitos con total arreglo a la Constitución española.

22° Se vigilará sobre los que intenten fomentar la división, y se reputarán como conspiradores contra la independencia.

22° En el de conspiración contra la independencia, se procederá a prisión, sin pasar a otra cosa hasta que las Córtes decidan la pena al mayor de los delitos, después del de lesa Magestad divina.

23° Como las córtes que van a instalarse son constituyentes, deben ser elegidos los diputados bajo este concepto. La junta determinará las reglas y el tiempo necesario para el efecto.

23° Se vigilará sobre los que intenten fomentar la desunión, y se reputarán como conspiradores contra la independencia.

24° Como las Córtes que van a instalarse han de ser constituyentes, se hace necesario que reciban los diputados los poderes bastantes para el efecto; y como a mayor abundamiento es de mucha importancia que los electores sepan que sus representantes han de ser para el Congreso de México y no de Madrid, la junta prescribirá las reglas justas para las elecciones y señalará el tiempo necesario para ellas y para la apertura del Congreso. Ya que no puedan verificarse las elecciones en marzo, se estrechará cuanto sea posible, el término.

Reproducido en Fase final de la guerra por la independencia. (Tomado del Mexicano Independiente número 2, publicado en Iguala el 17 de marzo de 1821.) México: Biblioteca Mínima Mexicana, 1955. 99-102. En las dos ocasiones que añadimos texto entre [corchetes], éste corresponde al texto del Plan publicado en La Abeja Poblana (Puebla) seis días después de su promulgación (1 de marzo de 1821). Edición digital de Marina Herbst.

Jorge Pérez Uribe

Novus dies est

Observación: Se ha respetado la ortografía de la época. 

Notas:

[1] Miembro de la logia masónica Lautaro de Cádiz. Como premio fue nombrado capitán general de Aragón y gran maestre del Gran Oriente 
[2] Op. cit., pág.28 
[3] Op. cit., págs. 28, 29 
[4] Adverbio antiguo del español, que debe entenderse como “en tanto”. Diccionario de la R.A.E

Bibliografía: 

Jaime del Arenal Fenochio, Un modo de ser libres Independencia y Constitución en México (1816-1822), Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones en México, México, 2010.

sábado, 13 de septiembre de 2025

SÍ EXISTIERON LOS NIÑOS HÉROES DE CHAPULTEPEC (Y EL SÉPTIMO NIÑO HÉROE)


Monumento a los Niños Héroes de Chapultepec.
por Pablo Ramos

En la historiografía Mexicana, cada 13 de septiembre México recuerda el ejemplo llevado a cabo por estudiantes del heroico Colegio Militar en la Ciudad de México, en el año de 1847; sus estudiantes casi niños de 14 años a 17 años de edad, defendieron su escuela del ejercito de ocupación norteamericano que había invadido a México desde mayo de 1846, ocurriendo varias batallas hasta llegar a la Capital de la República Mexicana. Los hechos heroicos de los cadetes y hasta su existencia, en años anteriores, se habían puesto en duda, pero el archivo histórico de la Secretaria de la Defensa Nacional cuenta en sus bóvedas con los expedientes de estos heroicos estudiantes, símbolo de valor y entrega y amor por su país, como ocurrió en Monterrey meses antes de la Batalla de Monterrey de 1846 cuando en julio los estudiantes del Seminario de Monterrey, entre ellos Simón de la Garza Melo e Indalecio Vidaurri y mas de 40 jóvenes estudiantes, solicitaron a su superior autorización para tomar las armas y defender la Ciudad. La petición fue aceptada. Esta historia es poco conocida.

Discurso pronunciado en septiembre de 1849 donde
se habla por vez primera de los Niños Heroes de 1847.
Haz clic para ampliarlo. Lee el final donde se les nombra.

El encabezado del mismo diario que se reproduce es de otra fecha.
Pero la tragedia de los niños héroes de Chapultepec del 13 de Septiembre de 1847 fue reseñada en periódicos de la época como el PERIÓDICO SIGLO DIEZ Y NUEVE que narra el discurso pronunciado por un CADETE del Colegio Militar en Septiembre de 1849, es decir apenas dos años después de ocurridos los hechos, donde se les señala nominalmente a cada uno de ellos.

En Nuevo León, la Batalla de Monterrey ocurrió un año antes, es decir en 1846, y esa ciudad fue defendida de manera heroica durante los tres días que duraron los combates, ocurriendo infinidad de hechos heroicos y de verdadero patriotismo. Ahí defendieron la ciudad los militares, los ciudadanos y las mujeres como María de Jesús Dosamantes y María Josefa Zozaya, entre otros; falta conocer más sobre los 40 seminaristas de Monterrey que defendieron su ciudad. ¿Serían acaso los Niños Héroes Regiomontanos?.

Fuente: labatallademonterrey1846.blogspot.mx






EL SÉPTIMO NIÑO HÉROE: MIGUEL MIRAMÓN

La historia oficial se encargó de reducir la jornada de
 Chapultepec, exclusivamente al sacrificio de seis jóvenes
 cadetes, pero entre ellos se encontraba, también, otro de
15 años de edad, que se convertiría en presidente de México.

Pintura: Miramón, presidente.
A la derecha se observa el Castillo de Chapultepec
que defendió heroicamente años antes.

A los 15 años de edad, siendo un joven cadete, estuvo apunto de morir en el ataque de los norteamericanos sobre el Castillo de Chapultepec. Sin embargo si el destino le perdonó en convertirse en el “Séptimo Niño Héroe”, solo sería para enfrentar, 20 años después, un pelotón de fusilamiento junto al Emperador Maximiliano.

Miguel Miramón fue una del las figuras más dinámicas y azarosas del siglo XIX mexicano. Militar destacado, líder del Partido Conservador, Presidente de la República a los 26 años, enemigo acérrimo de Benito Juarez; su vida ha cautivado a muchos y sido tema de diversas biografías.

El escritor José Fuentes Mares escribió sobre él: “Es el único de los defensores de Chapultepec de 1847, a quién la historia convencional de México mancha todavía con el estigma de traidor”.

Miramón nació en la Cd. de México un 29 de Septiembre, día de San Miguel, de 1831. Su abuelo paterno era de origen francés, de un poblado cercano a los Pirineos, lugar donde aún en la actualidad existe el título de Condes de Miramón.

Desde muy temprana edad Miramón se inclinó por las carrera de las armas. Un hecho poco de extrañar, sobre todo en una familia en donde todos eran militares. Su padre, el General Bernardo Miramón, había pertenecido al Ejército de las Tres Garantías de Agustín de Iturbide. Sus hermanos mayores, Bernardo y Joaquín, eran ya oficiales del Ejército Méxicano.

En febrero de 1846 Miramón ingresó al Colegio Militar. Creado 18 años atrás, el Colegio Militar era una institución en donde jóvenes selectos eran educados para ser formados como futuros oficiales del ejército. Aunque generalmente eran admitidos a los 16 años de edad, Miguel logró ingresar a los 14. Una excepción común de la época, sobre todo cuando eran hijos de militares.

Dirigido por el General José Mariano Monterde, un distinguido ingeniero y conocido intelectual, el Colegio Militar estaba integrado por alrededor de 100 alumnos, divididos en 2 compañías. Miramón fue agregado a la 2° Compañía, la cual estaba formada por los cadetes más jóvenes.

A finales de 1846 el colegio inauguró sus nuevas instalaciones en el Cerro de Chapultepec, en la antigua la mansión de verano de los Virreyes de la Nueva España, y que ahora era conocida como el Alcázar o Castillo de Chapultepec. Nombre dado por hallarse en la parte más alta del cerro, a la manera de los castillos medievales.

El Alcázar era en realidad un edificio de 2 pisos, dotado con aulas, dormitorios, comedor, biblioteca, alberca, capilla y dirección. Había incluso un amplio patio que servía como “Plaza de Armas”, en donde los alumnos pasaban revista y practicaban sus formaciones.

Sin embargo la vida de estudios y educación militar pronto fue interrumpida con el inicio de la guerra entre México y los Estados Unidos; y los jóvenes cadetes tendrían un inesperado bautizo de fuego.

En un principio limitada a los campos de batalla del norte del país -sitio donde los hermanos de Miramón se destacaron con creces- la guerra tomó un nuevo giro cuando los norteamericanos cambiaron de estrategia.

Siguiendo un camino más corto, los yankis desembarcaron en Veracruz y dirigiéndose tierra adentro, llegaron al Valle de México en Agosto de 1847. Después de una serie de sangrientas batallas, los norteamericanos se prepararon para la embestida final sobre la capital de México en Septiembre.

El General Winfield Scott, comandante del ejército invasor, decidió atacar la ciudad por el poniente, lugar donde el cerro de Chapultepec y su Alcázar dominaban la ruta. Durante todo el 12 de Septiembre, la artillería norteamericana bombardeó el Castillo de Chapultepec, en preparación para el ataque al día siguiente. Sin embargo el General Santa Anna, comandante del ejército mexicano, pensando que aquello solo era una finta, y que el verdadero asalto sería por el sur, decidió reforzar el Castillo con solo 800 hombres –la mayoría de ellos Guardias Nacionales- al mando del General Nicolás Bravo.

Para el anochecer, después de aquel intenso bombardeo, la moral de la guarnición mexicana estaba quebrantada. Muchos soldados habían ya desertado, y muchos más continuaron, aprovechando la obscuridad. No obstante los jóvenes alumnos del Colegio Militar permanecieron en sus puestos.

Al despuntar el aurora del 13 de Septiembre, los cadetes, como era su rutina, fueron llamados al comedor para tomar su desayuno. “Confieso que me supo muy amargo” –recordaría muchos años después uno de aquellos jóvenes - “pues me preocupaba, como a mis demás compañeros, que de un momento a otro pudiéramos ser destrozados por alguno de los proyectiles que caían sin interrupción”.

A las 8:00 de la mañana el bombardeo cesó, y las columnas norteamericanas comenzaron el ataque. En el castillo los cadetes aguardaban impacientes ser designados en algún punto para la defensa del colegio.

Finalmente la orden de formar filas llegó. Solo 50 cadetes se encontraban en el plantel ese día, ya que algunos alumnos habían sido retirados por sus padres desde semanas antes.

En posición de firmes, con sus rifles cargados y las bayonetas caladas, los cadetes escucharon a su director. Pero el discurso fue breve: los alumnos debían bajar del colegio. “Muy mal cayeron aquellas palabras” –declaró después un cadete- “porque consideramos aquel descenso como un acto de fuga”.

En grupos de dos o tres, los cadetes comenzaron a bajar por el lado del cerro que aún no era atacado. Sin embargo muchos de ellos se unieron a los soldados que defendía las faldas del cerro, e incluso un grupo, desobedeciendo las órdenes, decidió quedarse en el castillo. Entre ellos el cadete Miguel Miramón.

Después de conquistar la rampa o escalar el cerro, los yankis empezaron a precipitarse sobre el edificio del colegio. Cada aula y cada cuarto fue fieramente defendido por los mexicanos. Incluso en algunos sitios se dio la lucha cuerpo a cuerpo.

Herido en el rostro, Miramón cayó al suelo en lo más reñido del combate, y cuando su contrincante estaba a punto de atravesarlo con la bayoneta, la intervención oportuna de un oficial norteamericano impidió que aquel soldado acertara el golpe mortal.

En sus Memorias, Concepción Lombardo -quién sería después esposa de Miramón- afirma que el oficial norteamericano “admirado por el valor, la serenidad y la firmeza del alumno” lo tomó prisionero, escoltándolo hasta el hospital.

La providencia le salvó la vida aquel día, más no ocurrió lo mismo con seis de sus compañeros. Con el tiempo aquellos cadetes muertos se convertirían en los seis “Niños Héroes”, y la defensa heroica de su colegio, en una de las leyendas más populares de la historia de México. Honrados y venerados se transformarían en auténticos símbolos del sacrificio a la Patria.

El destino en cambio tomaría un rumbo muy distinto para Miguel Miramón. Contradictorio hasta cierta forma, del que pudo haber sido si hubiera muerto en Chapultepec. General a los 24 años, Presidente a los 26, sus proezas al mando del ejército Conservador –durante la Guerra de Reforma- lo harían famoso. Derrotado por Juárez,  se exilió en Europa durante algunos años. Regresaría a México, tratando de unir su suerte a la del Emperador Maximiliano y a la de una causa perdida. Hecho prisionero en Querétaro, finalmente murió fusilado en 1867, negando hasta el último momento la acusación por la que fue sentenciado.

Discurso del General Miguel Miramón antes de ser fusilado

Miramón, desde el lugar de honor en que fue colocado, con tono sereno y firme, pero con voz tronante, como cuando dictaba órdenes del ejercito en el campo de batalla, exclamó:
"¡Mexicanos!, mis defensores trataron de salvar mi vida en el consejo de guerra; aquí, próximo a perderla, y cuando voy a comparecer a la presencia de Dios, ¡protesto contra la acusación de traidor que se me ha lanzado al rostro para cubrir mi ejecución! Muero inocente de este crimen, con la esperanza de que Dios me perdonará y de que mis compatriotas apartarán de mis hijos tan vil mentira, haciéndome justicia. Mexicanos: ¡Viva México!".
El pelotón hizo fuego.