domingo, 23 de abril de 2017

TRES DEFECTOS QUE HACEN INÚTILES GRAN PARTE DE LAS CONFESIONES



 por Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Queridos hermanos, deseo hablarles de tres defectos que hacen que la mayor parte de las confesiones sean inútiles, por no decir sacrílegas; una la falta de luz de en el examen de conciencia, es decir la ceguera en cuantos a nuestros pecados; segundo, la falta de sinceridad en manifestarlos, y por último, una verdadera falta de dolor de contrición, de sincero arrepentimiento.

Falta de luz en el examen de conciencia

El principal inconveniente que tiene el hombre es la falta de conocimiento de uno mismo, lo que supone un gran obstáculo para la confesión; y la razón de ello es que no nos examinamos con la suficiente madurez y tiempo debido; que cuando nos examinamos lo hacemos mayormente de nuestras preocupaciones personales, y que rara vez nos examinamos de nuestras obligaciones.

El examen de nuestros actos debería ser constante. Nuestra vida debería ser un examen y una censura continua y secreta de nuestras acciones, deseos y pensamientos. Pero es la inconstancia lo que predomina en nosotros, los deseos desordenados se nos acumulan en nuestro corazón, así como, envidias, temores, esperanzas, alegrías, pesares, odios y amores, y de esta forma todas estas pasiones convierten en nuestro corazón en un abismo difícil de sondear y del que nunca vemos más que la superficie.

Es sumamente necesario una continua vigilancia sobre todas muestras acciones para poder disponernos a hacer una verdadera confesión. Esta continua vigilancia es la que nos dispone adecuadamente para una buena confesión. Es necesario acostumbrarse a tomar en cuenta de forma continuada nuestras acciones, a entrar en juicio con nuestro corazón en esos momentos de tranquilidad y silencio del día, que son los más apropiados para ello. Qué importante es el examen diario, al final de la jornada, presentar en nuestras manos nuestra alma al Señor, pensar en su presencia, el uso que hemos hecho del día que ha pasado. Así, con estos exámenes diarios de nuestra conciencia nos vamos familiarizando, por decirlo así, con nosotros mismos, y nos disponemos para llevar al confesionario un corazón probado y unos pecados mil veces examinados.

No basta el breve examen de conciencia que muchos hacen antes de la confesión. Si somos sinceros aceptaremos la realidad, que para muchos su vida es una vida llena de continuos olvidos de uno mismo, de placeres y cuidados personales; un continuo huir de uno mismo, de evitar reflexionar sobre la propia vida y estado. Nunca la luz iluminará su corazón para conocer su verdadera realidad. He aquí el primer gran defecto de las confesiones, no emplear el debido y necesario tiempo para un correcto examen; únicamente el breve tiempo anterior a la confesión. Cada día debería ser un examen que nos dispusiera a ella.

La realidad es que el examen de conciencia suele hacerse más bien según las preocupaciones de nuestro amor propio. Nos examinamos de nuestras propias preocupaciones. ¿Qué es examinarse? Es poner a un lado los mandatos de Dios, y en el otro la parte de nuestra vida que no los ha seguido; ver en cada una de nuestras acciones lo que el Evangelio manda, permite o prohíbe, y compararlas con nuestras acciones. Pero la realidad es que en el examen de conciencia se sustituyen estas santas reglas por las preocupaciones del amor propio.

Junto con lo anterior, otra causa que hace inútil la confesión, es que muchos no hacen examen de conciencia según sus obligaciones. Pocos hacen el examen con las luces de la fe y con las reglas del Evangelio; cada uno presenta en las confesiones sus preocupaciones, en vez de presentar sus pecados. Es necesario confesarse de los defectos en el cumplimiento de las obligaciones personales, de padre de familia, de persona pública, etc. Muchos no conocen en sí mismo más que sus defectos personales.

Cuántos son los que viven en aquel género de vida que condena Jesucristo en los Santos Evangelios, y luego no tienen casi nada que decir en la confesión; les cuesta trabajo acusarse de algo pecaminoso, y reducen la confesión de un largo periodo de su vida a unos solos instante, los que se emplean para acusarse de los pecados o faltas cometidos en un día. Más un alma justa confiesa, con la amargura de su corazón, lo que son algunas leves imperfecciones, y aún en sus virtudes encuentra materia de acusación y penitencia, y parece que nunca acaba de referir sus flaquezas. ¿De dónde proviene esta diferencia entre ambos penitentes? De que uno vela continuamente en la guarda de su corazón, y el otro no se examina hasta el momento de ir a confesarse. El uno se juzga a la luz de la fe, y el otro con las preocupaciones de su amor propio. El uno conoce todas sus obligaciones y las reflexiona; el otro no se examina más que acerca de algunas obligaciones más palpables y conocidas, de las que ignora su extensión y consecuencias.

Falta de sinceridad en manifestar los pecados


Es una gran verdad el que para muchos su vida con un verdadero disfraz y que nunca son como se manifiestan. Les cuesta mucho confesarse culpables. Para muchos la confesión les hace sentir descubiertos en la farsa de su vida y sienten que su falsa y vana imagen se desfigura. El disimulo lo llevan a la misma confesión. Son los que no caminan a Dios por el camino derecho, y que no llegan a la penitencia con la rectitud y sencillez de corazón que cura y sana la herida descubriéndola, poniéndola de manifiesto.

El primer defecto de sinceridad consiste en no usar de expresiones claras. Mezclan la información del pecado con la propia soberbia, no manifiestan del todo su conciencia; pecan de falta de rectitud y de sinceridad. No usan expresiones claras, callan los motivos y principios por los que pecaron. Habría que recordarles a tales penitentes que vienen al tribunal de Jesucristo que los conoce muy bien, que es el invisible testigo de todas sus acciones y vida secreta; que lee el corazón como un libro abierto lo más vergonzoso que se oculta en él.

Un segundo defecto de sinceridad consiste en no declarar los motivos y los principios de las acciones realizadas. Se dicen las acciones pero no sus motivos; se refieren los pecados, pero no se manifiesta la consecuencia. Hay que considerar todo lo que hacemos según el motivo por lo que lo hacemos, y pesar nuestras acciones dentro de nuestro corazón. El corazón es el que decide todo en el hombre; pero este corazón es el que nunca descubren algunos en la confesión.

Ocurre que estos penitentes se confiesan, por ejemplo, de haber hablado mal del prójimo, pero no dicen que la razón ha sido la envidia que sienten hacia él; se confiesan de los enfados con tal persona, pero nada dicen de las propias aficiones frívolas y pecaminosas que son la casusa del enfado. En fin, no cuentan los secretos combates que pasan entre la flaqueza de la carne y el corazón. Suele ocurrir en estos casos, con estos penitentes, que la mayoría de las veces es el confesor quien tiene que adivinar el estado del alma del penitente.

Un último defecto de la falta de sinceridad está en las acciones dudosas, que siempre se exponen a favor del penitente. Lo que ocurre, verdaderamente, es que no quieren romper definitivamente con las pasiones personales, y a su vez quieren tener la conciencia tranquila: En este estado de infidelidad lo que se busca es una sentencia a su propio favor y para ello se exponen los hecho de tal forma que el confesor no los condene. Se falta a la sinceridad en las expresiones que usan, porque las mitigan; en los motivos, porque no los dicen; en las dudas, porque se exponen a su propio favor. Siempre se manifiestan con una falsa apariencia, ocultando la propia realidad de la persona y manifestando lo que querrían ser; manifiestan una conciencia que en realidad es falsa. De esta forma, es imposible que sientan el alivio que siente el alma compungida de verdad, la paz del alma, la serenidad de conciencia, que en definitiva son los frutos de la confesión sincera y perfecta.

Falta de dolor de un verdadero arrepentimiento

El dolor es el alma y la verdad de la confesión. Lo comentado anteriormente, siendo importante, no son más que disposiciones exteriores de la penitencia. El dolor de contrición es un movimiento de la gracia de Dios y no de la naturaleza. Es necesario que surja en el penitente una verdadera detestación del pecado, un verdadero dolor interior fruto de la acción del Espíritu que ilumina al penitente con la luz de la fe para que descubra en su pecado la ofensa cometida a Dios y las desgracias que se derivan del pecado. A su vez, este dolor ha de ser principio de un nuevo y sincero amor que haga aborrecer la culpa.

La mayor parte de los penitentes van a la confesión con la turbación de su amor propio en el que no tiene parte el Espíritu Santo. Sienten más bien la turbación y preocupación de confesar de sus pecados, más que dolor por la ofensa a Dios. Confunden su soberbia con su arrepentimiento; el malestar que sienten de confesarse con el sincero arrepentimiento que es necesario para ello; confunden la inconveniencia de confesarse con el dolor de sus pecados. Se hallan soberbios y confusos y creen estar motivados y penitentes.

El verdadero dolor de los pecados supone una sincera resolución de acabar con los desórdenes que llevan a pecar, y empezar una vida santa e irreprensible. La pregunta del Jesucristo a los enfermos: ¿Quieres sanar? nos puede parecer inútil, pues es lo que desea el enfermo. Más no todos quieren sanar de la enfermedad de su alma. Cuando el penitente se dirige a la confesión ha de darse testimonio a sí mismo de que real y verdaderamente desea sanar; esto es, que quiere renunciar a sus pasiones y seguir el camino de piedad. La conciencia no puede engañarse a sí misma, y conoce muy bien si el propósito de una nueva vida es verdadero; los preludios de una conversión y de una sincera renovación de costumbres tienen unas propias manifestaciones que no dejan lugar a dudas.

Queridos hermanos, estas son los principios más comunes que hacen inútil el sacramento de la penitencia. Nos falta luz en el examen de conciencia, sinceridad en manifestar los pecados y dolor en el arrepentimiento. Entremos dentro de nosotros mismos, acordémonos delante de Dios que toda nuestra vida y de la historia secreta de nuestra conciencia. Repasemos el número de confesiones realizadas, muchas repetidas y muchas inútiles. Las pasiones de hoy en el alma son llagas de la infancia que han envejecido con uno mismo. Hoy muchos son tan sensuales, soberbios y disolutos como en el principio de su vida. Nada han cambiado, ni sus reiteradas confesiones lo han conseguido; eran confesiones inútiles. La vida los ha llevado de un lado para otro, pero su vergonzosa pasión les ha seguido a donde han ido.

¿Terminaremos diciendo?: Mi vida es un continuo pecado, distinto sólo por los distintos estados y circunstancias. ¡Dios no lo quiera! Sabemos qué hacer para evitarlo.

Ave María Purísima.

viernes, 21 de abril de 2017

SE BUSCAN FAMILIAS CONFORME AL CORAZÓN DE CRISTO


La familia está fracturada, y no es solo por la ideología de género, sino porque no tenemos raíces profundas de fe. Está fracturada, porque tenemos volteados nuestros valores y prioridades, trabajamos sin descanso por una casa, un carro y unos bienes perecederos, y ponemos nuestro corazón y nuestras metas en esas cosas pasajeras y superfluas.

La familia está herida porque no le inculcamos a nuestros hijos el amor a Dios y al prójimo, porque no aceptamos que nuestros hijos sean personas con defectos y necesitados de corrección. Porque no toleramos que se les llame la atención, y nos comportamos como fieras cuando algún profesor los llama al orden. Estamos heridos, porque le huimos a la palabra sencillez, porque no aceptamos la austeridad ni la pobreza, porque creemos que tenemos el derecho de ser servidos, pero no nos gusta servir. Porque criamos hijos orgullosos y soberbios al haberles puesto el mundo en bandeja y les robamos la capacidad de aceptar la frustración y la dificultad.

La familia está herida porque no sabemos perdonar, porque no sabemos hablar sin herir al otro, porque le pedimos a los nuestros una perfección que no tenemos. Porque caímos en la trampa de considerar el matrimonio algo desechable.

La familia está herida, porque sacamos a Dios de nuestro corazón, porque relativizamos la verdad, porque nunca hay tiempo para orar, porque aceptamos la infidelidad, el maltrato verbal y físico, porque humillamos a nuestro cónyuge delante de nuestros hijos o nuestros amigos. Porque guardamos silencio ante el pecado y la maldad.

Definitivamente, es tiempo de ser mejores familias, es tiempo de reconocer humildemente nuestros errores, es tiempo de dar lo mejor de nosotros mismos. Es tiempo de abrir las puertas de nuestros hogares de par en par, para dejar entrar a Dios.

Es tiempo de dedicarle tiempo a nuestros hijos, de decirles aquí estoy, de enseñarles más que con palabras con obras, que aunque la vida sea dura, siempre podrán contar con nuestra ayuda. Es tiempo de volver al primer amor, de llenar las tinajas de vino que se agotaron cuando le dijimos a nuestra esposa (o nuestro esposo) que estaríamos juntos en la salud y la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza.

La familia no ha sido lastimada tan solo con estas nuevas doctrinas e ideologías que tanto nos alarman en estas semanas, tal vez tú o yo como padres, nos hemos encargado de abrir heridas en eso que decimos amar con toda nuestra alma. Tal vez, hemos perdido el norte por estar buscando las cosas de abajo y olvidado las de arriba.

Si, tal vez, se nos olvidó, que la meta es el cielo.

Dios nos bendiga y nos ayude a ser mejores familias, lugares donde reine el amor de Dios. Donde se ame al Señor por encima de todas las cosas... Familias conforme al corazón de nuestro Creador.

Felipe Gómez.

martes, 18 de abril de 2017

MI PADRE: MI HÉROE



Si ellos olvidan, no lo hagas tú. Como trates a tus padres ancianos, será el ejemplo que tus hijos seguirán para tratarte a ti. 


Ver también (haz clic): ¿CÓMO ERES COMO HIJO?
Fuente: victormanuelleVEVO. Facebook. 

lunes, 17 de abril de 2017

ABSOLUTA INCOMPATIBILIDAD ENTRE LA MASONERÍA Y EL CATOLICISMO: MONS. VALENZUELA, ARZOBISPO DE ASUNCIÓN, PARAGUAY

"NO SE DEJEN ENGAÑAR"

Paraguay. El arzobispo de Asunción, Edmundo Valenzuela, hizo un llamado de atención durante la misa crismal, el pasado día 13 de abril (2017), asegurando que “no se puede ser católico y masón a la vez” ya que la masonería es absolutamente incompatible con la fe cristiana.

Durante la celebración, hizo un llamado de atención muy especial sobre la autenticidad de la fe católica y haciendo mención especial a la asamblea de la Conferencia Masónica Interamericana (CMI), que se realizará esta semana en Asunción.

En ese sentido, expresó: “En estos días se tendrá en Paraguay un encuentro internacional de la masonería, le recuerdo a los cristianos que no se puede ser católico y masón porque son incompatibles para la fe cristiana los principios de la masonería”.

El monseñor Valenzuela pidió las familias y jóvenes que “no se dejen engañar por quienes digan lo contrario”, asegurando que “la apostasía es negar la propia fe cristiana”.

A su vez, mencionó que junto con el sincretismo (la presunción de conciliar doctrinas o religiones diferentes), constituye un alejamiento práctico y doctrinal de la comunidad, además que al considerarse como un pecado gravísimo exige la renuncia a la masonería y al sincretismo religioso para acercarse a los sacramentos de la Iglesia.


domingo, 16 de abril de 2017

¡CRISTO HA RESUCITADO!


Pasado el sábado, María Magdalena y otras piadosas mujeres fueron muy de madrugada al sepulcro. Llegadas allí observaron que la piedra había sido removida. Entraron en el sepulcro y no hallaron el cuerpo del Señor, pero vieron a un ángel que les dijo: «Buscáis a Jesús de Nazaret, el Crucificado; ha resucitado, no está aquí».

Como Jesús resucitó, entonces sabemos que venció a la muerte y al pecado; sabemos que Jesús es Dios, sabemos que nosotros resucitaremos también, sabemos que ganó para nosotros la vida eterna y de esta manera, toda nuestra vida adquiere sentido.

Esta es la noche de la que está escrito: Y la noche será tan clara como el día, y la noche resplandecerá para alumbrarme en mis delicias. La santidad de esta noche ahuyenta los pecados, lava las culpas y devuelve la inocencia a los caídos, y a los tristes la alegría; destierra los odios, prepara la concordia y doblega el orgullo.

Alegraos todos. No es vana nuestra fe. Cristo resucitó. ¡Aleluya, aleluya!

Felices pascuas de resurrección a todos nuestros amigos-lectores. Propongámonos, a partir de hoy, hacer un gran esfuerzo, con la ayuda de Dios y de la Santísima Virgen, para no volver a incurrir jamás en pecado mortal. Pidamos la perseverancia final y ser fieles, a toda costa, por encima de los enemigos internos y externos, a Cristo y a su verdadera Iglesia.

Cristo resucitó. ¡Aleluya, aleluya!