viernes, 29 de mayo de 2020

¿CREÉIS QUE HABÉIS PERDIDO LA FE? LEED LO SIGUIENTE:


¡Pobres incrédulos! ¡Qué pena me dan! No todos son igualmente culpables. Distingo muy bien dos clases de incrédulos completamente distintos. Hay almas atormentadas que les parece que han perdido la fe. No la sienten, no la saborean como antes. Les parece que la han perdido totalmente. Esta misma tarde he recibido una carta anónima: no la firma nadie. A través de sus palabras se transparenta, sin embargo, una persona de cultura más que mediana. Escribe admirablemente bien. Y después de decirme que está oyendo mis conferencias por Radio Nacional de España, me cuenta su caso. Me dice que ha perdido casi por completo la fe, aunque la desea con toda su alma, pues con ella se sentía feliz, y ahora siente en su espíritu un vacío espantoso. Y me ruega que si conozco algún medio práctico y eficaz para volver a la fe perdida que se lo diga a gritos, que le muestre esa meta de paz y de felicidad ansiada.

¡Pobre amigo mío! Voy a abrir un paréntesis en mi conferencia para enviarte unas palabras de consuelo. Te diré con Cristo: “No andas lejos del Reino de Dios”. Desde el momento en que buscas la fe, es que ya la tienes. Lo dice hermosamente San Agustín: “No buscarías a Dios si no lo tuvieras ya”. Desde el momento en que deseas con toda tu alma la fe, es que ya la tienes. Dios, en sus designios inescrutables, ha querido someterte a una prueba. Te ha retirado el sentimiento de la fe, para ver cómo reaccionas en la oscuridad. Si a pesar de todas las tinieblas te mantienes fiel, llegará un día –no sé si tarde o temprano, son juicios de Dios– en que te devolverá el sentimiento de la fe con una fuerza e intensidad incomparablemente superior a la de antes. ¿Qué tienes que hacer mientras tanto? Humillarte delante de Dios. Humíllate un poquito, que es la condición indispensable para recibir los dones de Dios. El gozo, el disfrute, el saboreo de la fe, suele ser el premio de la humildad. Dios no resiste jamás a las lágrimas humildes. Si te pones de rodillas ante Él y le dices: “Señor: Yo tengo fe, pero quisiera tener más. Ayuda Tú mi poca fe”. Si caes de rodillas y le pides a Dios que te dé el sentimiento íntimo de la fe, te la dará infaliblemente, no lo dudes; y mientras tanto, pobre hermano mío, vive tranquilo, porque no solamente no andas lejos del Reino de Dios, sino que, en realidad, estás ya dentro de él.

¡Ah! Pero tu caso es completamente distinto del de los verdaderos incrédulos. Tú no eres incrédulo, aunque de momento te falte el sentimiento dulce y sabroso de la fe. Los verdaderos incrédulos son los que, sin fundamento ninguno, sin argumento alguno que les impida creer, lanza una insensata carcajada y desprecian olímpicamente las verdades de la fe. No tienen ningún argumento en contra, no lo pueden tener, señores. La fe católica resiste toda clase de argumentos que se le quieran oponer. No hay ni puede haber un argumento válido contra ella. Supera infinitamente a la razón, pero jamás la contradice. No puede haber conflicto entre la razón y la fe, porque ambas proceden del mismo y único manantial de la verdad, que es la primera Verdad por esencia, que es Dios mismo, en el que no cabe contradicción. Es imposible encontrar un argumento válido contra la fe católica. Es imposible que haya incrédulos de cabeza –como os decía el otro día–, pero los hay abundantísimos de corazón. El que lleva una conducta inmoral, el que ha adquirido una fortuna por medios injustos, el que tiene cuatro o cinco amiguitas, el que está hundido hasta el cuello en el cieno y en el fango, ¡cómo va a aceptar tranquilamente la fe católica que le habla de un infierno eterno! Le resulta más cómodo prescindir de la fe o lanzar contra ella la carcajada de la incredulidad.

“¡Ay de vosotros los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis!” (Lc 6, 25)

¡Insensato! ¡Como si esa carcajada pudiera alterar en nada la tremenda realidad de las cosas! ¡Ríete ahora! Carcajaditas de enano en una noche de barrio chino. ¡Ríete ahora! ¡Ya llegará la hora de Dios para toda la eternidad!

“EL MISTERIO DEL MÁS ALLÁ ”

Padre Antonio Royo Marín. O.P.

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miércoles, 27 de mayo de 2020

LA ESTRATEGIA DEL ENEMIGO


El papa Pío XII en su alocución del 12-X-1952:

"No preguntéis quién es el enemigo, ni qué vestidos lleva. Este se encuentra en todas partes y en medio de todos. Sabe ser violento y taimado. En estos últimos siglos ha intentado llevar a cabo la disgregación intelectual, moral, social, de la unidad del organismo misterioso de Cristo. Ha querido la naturaleza sin la gracia; la razón sin la fe; la libertad sin la autoridad; a veces, la autoridad sin la libertad. Es un enemigo que cada vez se ha hecho más concreto con una despreocupación que deja todavía atónitos: Cristo, sí; Iglesia, no. Después: Dios, sí; Cristo, no. Finalmente el grito impío: Dios ha muerto; más aún, Dios no ha existido jamás. Y he aquí la tentativa de edificar la estructura del mundo sobre fundamentos que Nos no dudamos en señalar como a principales responsables de la amenaza que gravita sobre la humanidad: una economía sin Dios, un derecho sin Dios, una política sin Dios.

"El enemigo se ha preparado y se prepara para que Cristo sea un extraño, en la universidad, en la escuela, en la familia, en la administración de la justicia, en la actividad legislativa, en la inteligencia entre los pueblos, allí donde se determina la paz o la guerra.

"Este enemigo está corrompiendo el mundo con una prensa y con espectáculos que matan el pudor en los jóvenes y en las doncellas, y destruye el amor entre los esposos".

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martes, 26 de mayo de 2020

ORACIÓN POR LOS HIJOS


Señor, ilumina la mente de nuestros hijos para que conozcan el camino que tú has querido para ellos, para que te puedan dar gloria y alcancen la salvación. Sostenlos con tu fuerza, para que alienten en su vida los ideales de tu Reino. Ilumínanos también a nosotros, sus padres, para que les ayudemos a reconocer su vocación cristiana y a realizarla generosamente, colaborando con tus inspiraciones interiores. Amén.

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lunes, 25 de mayo de 2020

SERMÓN SOBRE LA VIRGEN MARÍA. Palabras de San Juan Bosco dirigida a los jóvenes.


María ama a la juventud, y por lo tanto ama y bendice mucho a quienes se dedican a hacer bien a los jóvenes.

Porque Ella es Madre, y las madres se preocupan más por los hijos más pequeños que por los adultos, porque los pequeños son más inocentes; porque los jóvenes están en mayor peligro de ser engañados y ser llevados hacia los vicios.

Además los jovencitos le representan más a lo vivo a Jesús que pasó su infancia y juventud bajo sus ojos maternales.

Sabiendo pues que la Madre de Dios os ama tanto, escuchad con atención lo que os voy a decir: Si queremos gracias y favores recurramos a María, recemos a María; pero para que Ella interceda por nosotros es necesario demostrarle nuestra verdadera devoción en tres cosas: Primera evitar a toda el pecado y procura mantenerlo alejado siempre de nosotros. Nada hay que nos pueda hacer más daño y que disguste más a Nuestra Señora y a su Santísimo Hijo, que el pecado. Una vez había un joven que ofrecía a la Virgen oraciones, obras buenas y limosnas, y una noche vio en un sueño que la Virgen Santísima se le aparecía y le presentaba una bandeja con las más bellas y atrayentes frutas: manzanas, uvas, peras, etc.; pero todas cubiertas con el sucio trapo con el que se había limpiado las llagas un enfermo. La Virgen decía: “recibe estas frutas y come”. Pero el joven le contestó: “Señora las frutas son muy hermosas, pero el trapo con que están cubiertas es tan asqueroso, que no me atrevo a recibir estas frutas porque me vomitaría”. Entonces la Reina dele Cielo le respondió: “Así son las ofrendas y oracioens que tú me ofreces: muy bellas y atrayentes, pero vienen todas cubiertas con un trapo horrible: esos pecados que sigues cometiendo y que no quieres dejar de cometer”. Al día siguiente el joven se despertó muy preocupado por este sueño, pero desde ese mismo día dejó las ocasiones de pecar y abandonó definitivamente esos pecados que tan antipática hacían su vida ante Nuestro Señor.

La segunda condición para que nuestra devoción a la Virgen sea verdadera es imitarla en sus virtudes, especialmente en su gran caridad y en su gran pureza. Una devoción a María que no consiga un mejoramiento en nuestra vida no es verdadera devoción. Si rezamos a la Virgen y seguimos en nuestros pecados como antes, puede ser que nuestra devoción sea falsa. El verdadero devoto de Nuestra Señora la imita a Ella en su amor al prójimo. María, dice la Biblia, “fue corriendo a ayudar a Isabel”, fue corriendo porque los favores hay que hacerlos pronto sin hacerse de rogar. Las personas más devotas de María son siempre las que tratan con más caridad y generosidad a los demás.

Y hay una tercera condición para que nuestra devoción a la Reina Celestial sea verdadera: demostrarle con acciones externas, pequeñas pero frecuentes, el gran amor que le tenemos. Por ejemplo: llevar siempre su medalla y besar esa imagen de la Virgen al levantarse o al acostarse. Tener su estampa en el pupitre o mesa de trabajo para acordarse de Ella e invocarla. Colocar un bello cuadro de la Madre de Dios en nuestra habitación, adornar las imágenes de la Virgen en el mes de mayo. Ofrecer por Ella alguna pequeña mortificación o alguna buena obra o una pequeña limosna los sábados o las fiestas marianas. Narrar a otros los favores que María Auxiliadora ha hecho a sus devotos. La genuina devoción a la Virgen es prendediza, es contagiosa. Los que la aman le prenden a otros esta devoción. Repartir estampas o imágenes de Nuestra Señora, etc. Ella nos dice: “Si tú haces algo por mí: yo haré mucho por ti”.

Recordad siempre: en toda ocasión, en toda angustia, en toda necesidad hay que recurrir a María. Ella puede lo mismo que puede Dios, aunque lo puede de distinta manera. Dios cuando quiere algo lo hace. Y María cuando quiere algo le pide a su Hijo que es Dios, y Jesucristo que es el mejor Hijo del mundo, y que en el cielo sigue teniendo las mismas cualidades de buen hijo que tenía en la tierra, nada le niega a su Amadísima Madre. Por eso recurrir a María es señal segura de obtener (si es realmente para nuestro bien) todo lo que necesitamos.

Estad seguros que todas las gracias que pidáis a esta Buena Madre os serán concedidas. Pero hay tres gracias que os recomiendo pedirle a Ella todos los días, sin cansaros nunca de pedirle porque son importantísimas para vuestra salvación: 1ra. Evitar siempre el pecado mortal y conservar la gracia de Dios. 2da. Huir siempre de toda amistad dañosa para el alma. 3ra. Conservar siempre la bella virtud de la castidad. Para obtener estas tres gracias yo he recomendado muchas veces una novena... Demostradle también vuestro amor llevando una vida santa, una conducta excelente.

Y termino con un consejo que es un secreto para obtener éxitos: Cuando necesitéis alguna gracia decid muchas veces: “María Auxiliadora, rogad por nosotros”. Decidlo cuando vais por la calle, cuando subís las escaleras o estáis en el patio. Decidlo en la clase, en el dormitorio, por la mañana, por la noche, siempre. Cuando os vengan a visitar, o cuando escribáis a vuestros familiares decidles: “Don Bosco os asegura que si necesitáis alguna gracia digáis muchas veces “María Auxiliadora, rogad por nosotros” y que seréis escuchados”. Y que si alguno dice muchas veces por fe esta oración y la Virgen Poderosa no lo ayuda, me comuniquen a mí esta noticia, y yo inmediatamente escribiré a San Bernardo en el cielo reclamándole que él cometió un grandísimo error cuando nos enseñó aquella oración que dice: “Acuérdate Oh Madre Santa, que jamás se oyó decir, que alguno te haya invocado, sin tu auxilio recibir…” Sí, le escribiré una carta muy fuerte a ese Santo pidiéndole explicaciones. Pero estad seguros de que no necesitaré escribir esta carta. Bromas aparte, grabad en vuestra memoria esta bella oración: “María Auxiliadora, rogad por nosotros”. Para repetirla en todas las tentaciones, en todos los peligros, en toda necesidad y siempre. Mirad hace cuarenta años que vengo repitiendo a la gente que invoque a la Madre de Dios y que Ella los ayudará y les digo que si alguno reza a la Virgen y Ella no lo ayuda venga y me avise.

Pero hasta ahora ni uno solo ha venido a decirme que perdió su tiempo rezándole a Nuestra Señora. El mismo demonio ha tenido que retirarse, y ha fracasado cuando las personas empiezan a ser devotas de la Madre Celestial y ha llegado a no poder hacerles cometer pecado mortal.

Así como los latidos del corazón son señal de la vida, así el invocar frecuentemente a María Santísima es señal segura de salvación.

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sábado, 23 de mayo de 2020

FUERZA DE LÁGRIMAS por Lope de Vega


Con ánimo de hablarle en confianza
de su piedad entré en el templo un día,
donde Cristo en la cruz resplandecía
con el perdón de quien le mira alcanza.

Y aunque la fe, el amor y la esperanza
a la lengua pusieron osadía,
acordéme que fue por culpa mía
y quisiera de mí tomar venganza.

Ya me volvía sin decirle nada
y como vi la llaga del costado,
paróse el alma en lágrimas bañada.

Hablé, lloré y entré por aquel lado,
porque no tiene Dios puerta cerrada
al corazón contrito y humillado.

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viernes, 22 de mayo de 2020

MARCHA VIRTUAL POR LA VIDA

*Mañana sábado 23 de mayo a las 11:00 am se llevará a cabo la Marcha Nacional por la Vida en México.*

Ya ganamos la batalla por la vida en San Luis Potosí, ¡vamos a celebrarlo! Se discute la siguiente semana Guanajuato, ¡vamos a apoyarlos!

Mueren diariamente 55 niños en el vientre de sus madres en los centros de aborto públicos y aproximadamente 150 en las empresas privadas. *SE REALIZAN APROXIMADAMENTE 200 ABORTOS DIARIOS EN LA CDMX*

México te necesita, mañana marchamos mexicanos de todo el país. No nos dejes solos. Te necesitamos.

*Únete el sábado 23 de mayo a las 11:00 am* a esta marcha virtual en este enlace: https://m.facebook.com/PasosPorlaVida/

*Hoy tenemos la oportunidad de hacer historia*

*¡Qué viva la vida! ¡Qué viva México!*

_Por favor, ayuda a replicar este mensaje_

...Y TODO LO DEMÁS SE TE DARÁ POR AÑADIDURA.


jueves, 21 de mayo de 2020

LA QUE APLASTARÁ LA CABEZA DEL DRAGÓN


Por el Padre Roger-Thomas Calmel O. P. (1914-1975)

“Quisiera vivir en tiempos del Anticristo” escribía la pequeña Teresa sobre su lecho de agonía. No cabe duda que la carmelita que se ofreció como víctima de holocausto al Amor misericordioso intercederá por nosotros cuando surja el Anticristo, ni cabe duda que ya esté intercediendo muy especialmente en nuestra época, en la que los precursores del Anticristo se han introducido en el seno de la Iglesia; tampoco cabe duda de que su oración se una con la súplica infinitamente más poderosa de la Santísima Virgen María, Madre de Dios. La que aplasta la cabeza del Dragón infernal en su Concepción Inmaculada y en su Maternidad virginal, la que ha sido glorificada incluso en su cuerpo y que reina en el Cielo con su Hijo, Ella domina como soberana todos los tiempos de nuestra historia y particularmente los tiempos más tremendos para las almas, a saber, los de la venida del Anticristo y aquellos en que sus diabólicos precursores prepararán esta venida.

María se manifiesta no solamente como Virgen Poderosa y consoladora en las horas de angustia para la ciudad terrestre y la vida corporal, sino que se muestra sobre todo como Virgen auxiliadora, fuerte como un ejército en orden de batalla, en las épocas de devastación de la Santa Iglesia y de agonía espiritual de sus hijos. Ella es la reina de la historia del género humano, no solamente para los tiempos de angustia, sino también para los tiempos del Apocalipsis.

La Primera Guerra mundial fue uno de esos tiempos de angustia: hecatombes de las ofensivas mal preparadas, derrota implacable bajo un huracán de hierro y de fuego… ¡Cuántos hombres al abrochar sus cinturones salían con la certeza terrible de perecer en este tornado alucinante sin nunca ver la victoria; incluso a veces, y era lo más atormentador, la duda les venía a la mente respecto al valor de sus jefes y a la prudencia en sus órdenes. Pero, al final, sobre un punto no tenían duda y esa cuestión superaba a todas: la de la autoridad espiritual. El capellán que auxiliaba a esos hombres al servicio de la patria hasta la muerte era absolutamente firme en cuanto a todos los artículos de la fe y nunca hubiera pensado en adaptar pastoralmente la Santa Misa; celebraba el Santo Sacrificio de la Misa según el rito y las palabras antiguas; celebraba con una piedad tanto más profunda, que el sacerdote sin armas y sus parroquianos armados, podían ser llamados a unir de un momento a otro su sacrificio de pobres pecadores con el único Sacrificio del Hijo de Dios que quita los pecados del mundo. La misma fidelidad del capellán se fundaba tranquilamente en la fidelidad de la autoridad jerárquica que conservaba y defendía la doctrina católica y el culto tradicional y no dudaba en apartar de la comunión católica a los herejes y a los traidores. Después, en pocos instantes quizá, en el frente de batalla, los cuerpos iban a ser aplastados, despedazados en un horror sin nombre, quizá se sofocarían inexorablemente y se asfixiarían lentamente en medio de una capa de gas. Pero, a pesar del suplicio de los cuerpos, las almas quedarían intactas, su serenidad inalterada, su interior preservado, y el más negro de todos los demonios, el de las supremas mentiras, no dejaría escuchar sus sarcasmos. El alma no quedaría abandonada a los ataques pérfidos, cobardemente tolerada de los pseudo-profetas de la pseudo-Iglesia; a pesar del suplicio de los cuerpos, el alma volaría del recinto de una fe protegida al recinto luminoso de la visión beatifica en el paraíso.

La Primera Guerra mundial fue un tiempo de angustia. Pero ahora, entramos en un tiempo del Apocalipsis. Sin duda, todavía no llegamos al huracán de fuego que enloquece los cuerpos, pero ya presenciamos la agonía de las almas, porque la autoridad espiritual parece ya no querer defenderlas y se desinteresa de la verdad de la doctrina como de la integridad del culto, al no condenar ostensiblemente a los culpables. He aquí la agonía de las almas en la Santa Iglesia socavada desde el interior por traidores y herejes todavía no exiliados.

En la historia, hubo otros tiempos del Apocalipsis. Acordémonos, por ejemplo, de los interrogatorios a Santa Juana de Arco, privada de los Sacramentos por los hombres de la Iglesia, relegada al fondo de un calabozo oscuro, bajo la guardia de horribles carceleros.

Pero las victorias de la gracia siempre sellan los tiempos del Apocalipsis. Porque, aunque las bestias del Apocalipsis penetren hasta dentro de la ciudad santa y la pongan en gran peligro, la Iglesia no deja de ser Iglesia, ciudad muy amada, inexpugnable para el demonio y sus secuaces, ciudad pura y sin mancha cuya Reina es Nuestra Señora.

Ella, la Reina Inmaculada, es la que abreviará los siniestros años del Anticristo por medio de Jesucristo, su Hijo. Incluso, más que nunca, ella nos obtendrá durante esa época la gracia de perseverar y de santificarnos. Ella nos conservará la porción de autoridad espiritual legítima que absolutamente nos hace falta. Su presencia en el Calvario, de pie cerca de la Cruz, nos lo anuncia infaliblemente. Estaba de pie cerca de la Cruz de su Hijo, el Hijo de Dios mismo, para unirse más perfectamente con su Sacrificio redentor y merecer toda gracia para sus hijos adoptivos. Toda gracia: la gracia de enfrentarnos con las tentaciones y las tribulaciones sembradas hasta en las vidas más unidas; pero la gracia también de perseverar, de volver a levantarse y de santificarse en las peores pruebas, pruebas del agotamiento del cuerpo y las pruebas más negras de la agonía del alma, tiempos en que la ciudad carnal es invadida y tiempos en que la Iglesia de Jesucristo debe resistir a la autodestrucción. Al estar de pie cerca de la Cruz de su Hijo, la Virgen María cuya alma fue traspasada por una espada de dolor, la divina Virgen molida y anonadada como ninguna criatura nunca lo será, nos dará a entender sin lugar a duda que será capaz de sostener a los redimidos en las pruebas más terribles con una intercesión materna del todo pura y poderosa. Esta Virgen muy dulce y Reina de los mártires, nos persuade que la victoria se esconde en la Cruz misma y que muy pronto será manifiesta; la mañana brillante de la Resurrección pronto se levantará sobre el día sin fin de la Iglesia triunfante.

En la Iglesia de Jesús, presa del modernismo hasta en su cabeza, el sufrimiento de las almas y la quemadura del escándalo alcanzan una intensidad conmovedora. Tal drama es sin precedente, pero la gracia del Hijo de Dios Redentor es más profunda que este drama. Y nada interrumpe la intercesión del Corazón Inmaculado de María que alcanza toda gracia. En las almas más abatidas y más cercanas a la muerte, la Virgen María interviene de día y de noche para poner fin, misteriosamente, a este drama y romper también misteriosamente las cadenas que el demonio creía irrompibles: Solve vincla reis.

Todos nosotros, a quienes Nuestro Señor Jesucristo, por una marca especial de honor, llama a la fidelidad en medio de nuevos peligros y en una forma de lucha que nunca habíamos experimentado –lucha contra los precursores del Anticristo infiltrados en la Iglesia-, volvamos a lo esencial: nuestra fe. Acordémonos que creemos en la divinidad de Jesús, en la maternidad divina y en la maternidad espiritual de María Inmaculada. Consideremos un poco la plenitud de gracia y de sabiduría escondida en el Corazón del Hijo de Dios hecho hombre y que fluye eficazmente en todos aquellos que creen; consideremos también la plenitud de dulzura y de intercesión que es privilegio único del Corazón Inmaculado de la Virgen María. Recemos como hijos a Nuestra Señora y hagamos la experiencia inefable que los tiempos del Anticristo son tiempos de victoria: victoria de la Redención plena de Jesucristo y de la intercesión soberana de María.

Padre R. Th. Calmel O.P. - 1975



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