jueves, 17 de agosto de 2017

CARDENAL SARAH: "ESTAMOS LLAMADOS HOY A DAR TESTIMONIO, ES DECIR, ¡AL MARTIRIO! COMO NUESTROS HERMANOS VANDEANOS"

Formidable Homilía del Cardenal Robert Sarah


El cardenal africano exalta el heroísmo de la lucha vandeana contra la Revolución anticristiana

Las diócesis de Luçon y Maillezais nacieron el 13 de agosto de 1317. Para festejar este año el 700 aniversario de las mismas han contado con un invitado de excepción: el Cardenal Robert Sarah. En una visita que realizó en 2012 al mismo lugar, el Cardenal –que debe mucho de su vocación y formación a misioneros originarios de la Vendée, región en la que se encuentran estas diócesis- declaraba: “Si soy sacerdote, obispo y cardenal, ¡lo debo a la diócesis de Luçon!”
A modo de interludio entre los dos artículos que ya hemos publicado sobre la guerra de la Vendée (1 y 2) y el que publicaremos próximamente, les ofrecemos hoy la homilía completa que el Cardenal Sarah ofreció en la localidad vandeana de Le Puy du Fou el pasado sábado 12 de agosto de 2017.

Homilía de la misa de víspera del domingo XIX del tiempo ordinario por el Cardenal Robert Sarah:

Hermanos:
Ofrecemos esta noche el sacrificio de la misa por el descanso de todos los benefactores de Puy du Fou[1] fallecidos desde el comienzo de esta bella obra hace cuarenta años.
Por vuestro trabajo, todos los que hoy estáis aquí congregados, despertáis cada tarde la memoria de este lugar. El castillo de Puy du Fou, ruina dolorosa, abandonada por los hombres, se alza como un grito hacia el cielo. Con las entrañas abiertas, recuerda al mundo que, frente al odio por la fe, un pueblo se levantó: ¡El pueblo de la Vendée!
Queridos amigos, dando vida a estas ruinas, cada noche, dais vida a los muertos. Dais vida a todos aquellos vandeanos muertos por su fe, por sus iglesias y por sus sacerdotes.
Vuestra obra se eleva sobre esta tierra como un canto que lleva consigo el recuerdo de los mártires de la Vendée. ¡Hacéis revivir a esos trescientos mil hombres, mujeres y niños, víctimas del Terror! Dais voz a aquellos a quienes se quiso silenciar, ¡porque rechazaban la mentira de la ideología atea! ¡Rendís homenaje a aquellos a quienes se pretende ahogar en el olvido porque rechazaban que se les arrancara la libertad de creer y de celebrar la misa!
Os lo digo solemnemente: vuestro trabajo es justo y necesario. Con vuestro arte, vuestros cantos, vuestras proezas técnicas, ofrecéis al fin una digna sepultura a todos esos mártires a los que la Revolución quiso dejar sin tumbas, abandonados a los perros y los cuervos. Vuestro trabajo es más que una obra simplemente humana: es como la obra de una Iglesia.
¡Vuestro trabajo es necesario, especialmente en nuestro tiempo, que parece embobado. Frente a la dictadura del relativismo, frente al terrorismo del pensamiento que, de nuevo, quiere arrancar a Dios del corazón de los niños, necesitamos reencontrar la frescura de espíritu, la simplicidad alegre y ardiente de estos santos y mártires.
Cuando la Revolución quiso privar a los vandeanos de sus sacerdotes, todo un pueblo se sublevó. ¡Ante los cañones, estos pobres solo tenían sus bastones! ¡Frente a los fusiles, sólo poseían sus hoces! ¡Frente al odio de las columnas infernales, sólo presentaban su rosario, su oración y el Sagrado Corazón bordado en su pecho!
Hermanos, los vandeanos simplemente pusieron en práctica lo que nos enseñan las lecturas de hoy. Dios no está en el trueno ni los relámpagos, no está en el poder o el ruido de las armas, ¡se esconde en la brisa ligera!
Frente al despliegue planificado y metódico del Terror, los vandeanos sabían bien que serían aplastados. Sin embargo, ofrecieron cantando su sacrificio al Señor. Fueron esa brisa ligera, brisa aparentemente barrida por la poderosa tempestad de las “columnas infernales”.
Pero Dios estaba allí. ¡Su poder se reveló en la debilidad! La historia –la verdadera historia- sabe que en el fondo los campesinos vandeanos triunfaron. Con su sacrificio impidieron que la mentira de la ideología se erigiera en maestra. Gracias a los vandeanos, la Revolución ha tenido que quitarse la máscara y revelar su rostro de odio hacia Dios y hacia la fe. Gracias a los vandeanos, los sacerdotes no se convirtieron en los esclavos serviles de un estado totalitario y pudieron ser los servidores libres de Cristo y de la Iglesia.
Los vandeanos oyeron la llamada que Cristo nos lanza en el Evangelio de hoy: “¡Confiad! ¡Soy yo, no temáis!” Cuando rugía la tempestad, cuando la barca hacía aguas por todas partes, no tuvieron miedo…tan seguros estaban de que, más allá de la muerte, el Corazón de Jesús sería su única patria.
Hermanos míos, los cristianos necesitamos ese espíritu de los vandeanos. ¡Necesitamos ese ejemplo! ¡Como ellos, tenemos que abandonar nuestros campos y cosechas, dejar sus surcos, para combatir no por intereses humanos, sino por Dios!
¿Quién se levantará hoy por Dios? ¿Quién se enfrentará a los modernos perseguidores de la iglesia? ¿Quién tendrá el coraje de levantarse sin otras armas que el rosario y el Sagrado Corazón, para enfrentarse a las columnas de la muerte de nuestro tiempo que son el relativismo, el indiferentismo y el desprecio de Dios? ¿Quién dirá a este mundo que la única libertad por la que merece la pena morir es la libertad de creer?
Como nuestros hermanos vandeanos de otro tiempo, estamos llamados hoy a dar testimonio, es decir, ¡al martirio! Hoy en Oriente, en Pakistán, en África, nuestros hermanos cristianos mueren por su fe, aplastados por las columnas del islamismo perseguidor.
Y tú, pueblo de Francia, tú, pueblo de la Vendée, ¿cuándo te levantarás con las armas pacíficas de la caridad y la oración para defender tu fe? Amigos, la sangre de los mártires corre por vuestras venas, ¡sed fieles! Somos todos espiritualmente hijos de la Vendée mártir. Incluso nosotros, los africanos, que hemos recibido tanto de los misioneros vandeanos que vinieron a morir entre nosotros para anunciar a Cristo. Debemos ser fieles a su herencia.
Las almas de estos mártires nos rodean en este lugar. ¿Qué nos dicen? ¿Qué quieren transmitirnos? Para empezar su coraje. Cuando se trata de Dios no hay otro compromiso, ¡el honor de Dios no se disputa! Y ello debe empezar por nuestra vida personal, de oración y de adoración. Es tiempo, hermanos míos, de rebelarnos contra el ateísmo práctico que asfixia nuestras vidas. ¡Oremos en familia, pongamos a Dios en primer lugar! ¡Una familia que reza es una familia que vive! ¡Un cristiano que no reza, que no sabe dejar sitio a Dios a través del silencio y la adoración, acaba muriendo!
Del ejemplo de los vandeanos debemos también aprender el amor al sacerdocio.Se rebelaron porque sus “buenos curas” eran amenazados.
Vosotros, los más jóvenes, si sois fieles al ejemplo de vuestros mayores, ¡amad a vuestros curas, amad el sacerdocio! Debéis preguntaros: ¿Y yo, soy llamado a ser sacerdote, siguiendo a aquellos buenos curas martirizados por la Revolución? ¿Tendré la valentía de dar mi vida por Cristo y mis hermanos?
Los mártires de la Vendée nos enseñan además el sentido del perdón y la misericordia. Ante la persecución, ante el odio, guardaron en el corazón el deseo de la paz y el perdón. Recordad cómo el general Bonchamp liberó a cinco mil prisioneros solo unos minutos antes de morir. Sepamos enfrentar el odio sin resentimiento y sin acritud. ¡Somos el ejército del Corazón de Jesús y como él queremos estar llenos de dulzura!
Finalmente, de los mártires vandeanos, necesitamos aprender el sentido de la generosidad y el don gratuito. Vuestros ancestros no se batieron por sus intereses, no tenían nada que ganar. Nos dan hoy una lección de humanidad. Vivimos en un mundo marcado por la dictadura del dinero, del interés, de la riqueza. El gozo del don gratuito es despreciado y objeto de burla en todas partes. Sin embargo, solamente el amor generoso, el don desinteresado de la propia vida pueden vencer el odio por Dios y los hombres que es la matriz de toda revolución. Los vandeanos nos enseñaron a resistir estas revoluciones. Nos mostraron que frente a las columnas infernales, como frente a los campos de exterminio nazis o los gulags comunistas, ante la barbarie islamista, solo hay una respuesta posible: el don de sí, de toda la vida. ¡Solo el amor puede vencer el poder de la muerte!
Todavía hoy, tal vez más que nunca, los ideólogos de la revolución pretenden destruir el lugar natural del don de sí mismo, de la generosidad gozosa y del amor. Estoy hablando de la familia.
La ideología de género, el desprecio de la fecundidad y de la fidelidad son los nuevos slogans de esta revolución. Las familias son hoy como otras Vendées a las que hay que exterminar. Se planifica metódicamente su desaparición, como se hizo en otro tiempo en la Vendée. Estos nuevos revolucionarios se inquietan frente a la generosidad de las familias numerosas. Se burlan de las familias cristianas porque ellas encarnan todo lo que ellos odian. Están dispuestos a lanzar sobre África nuevas “columnas infernales” para presionar a las familias e imponerles la esterilización, el aborto y la anticoncepción. ¡África resistirá como hizo la Vendée! Por todas partes las familias deben ser como la punta de lanza de esta revuelta contra la nueva dictadura del egoísmo.
En adelante, en el corazón de cada familia, de cada cristiano, de cada hombre de buena voluntad, debe librarse una “Vendée interior”. ¡Todo cristiano es espiritualmente un vandeano! No dejemos que se ahogue en nosotros el don generoso y gratuito. Sepamos, como los mártires de la Vendée, extraer este don de su fuente: el Corazón de Jesús.
¡Oremos para que una poderosa y alegre Vendée interior se alce en la Iglesia y en el mundo!
Amén.
(Traducción: María Arratíbel)
Publicaciones en este blog sobre la guerra de la Vendée:


[1] En la localidad francesa de Le Puy du Fou se encuentra un parque temático inaugurado hace 40 años, que recrea la vida de los vandeanos desde la edad media hasta la actualidad. (N de T)
Fuente: Infocatólica (visto en Panorama Católico Internacional). Meme de CATOLICIDAD.
Comentario Druídico de Panorama Católico Internacional:
Bellísima y emocionante homilía. Faltó algo, sin embargo, para completar esta exhortación a revivir el espíritu vandeano: la Misa de San Luis María, la Misa Tradicional. Es muy difícil que prosperen los vandeanos en el ambiente del Novus Ordo. 

lunes, 14 de agosto de 2017

DESPUÉS DE LA TORMENTA


Demasiado calma la tarde, pensé. La demasía presagiaba justamente su opuesta: la inminente tempestad. Como en la música, como en el alma, antes de la tormenta hay una quietud peculiar, que poco tiene que ver con la dichosa paz, sino más bien con la inhalación profunda que antecede al grito y al clamor.

En el prado verde de la multiplicación de los panes, la desconcentración vista de arriba, describía una estrella policroma de tres puntas: por un vértice, sobre un fondo esmeralda, se volvía el cuantioso gentío a sus casas; por el otro flanco, en grises y ocres, el Maestro, como un sediento y solitario alce, trepa el monte inerte en busca de plegaria y soledad. Y nosotros doce, sobre un azul profundo, nos internábamos mar adentro, por mandato del Señor.

Cae la tarde en Palestina. Variopinta en sus tonos; no sólo los del suelo, sino los del cielo. Sobre el oeste abundan, confusos, los rosados y naranjas como un cosmos aún ruborizado por el exceso de panes y peces. Pero desde el sur arremete otro escenario: en plomos y peltres avanzan inmensos nubarrones como enrulados rollos de forraje ensilado, o lanosos carneros oscuros dando cabriolas, al son de un ritmado tronar como de pezuñas sobre el pedernal. El agua seguía plana y calma, haciendo caso omiso a lo inminente; sólo mutó su inofensivo celeste al belicoso cobalto.

Pensé qué poco afecto tengo por esta suerte de calma, tan turbia, incluso cínica, incapaz de decir una verdad de puño como lo hace el trueno. Esa nauseosa tranquilidad que el mundo vende como paz y bienestar y sólo es antesala de tempestades en ciernes.

La embarcación era grande y cómoda. Reinaba un gran silencio en el grupo, todavía atontado por la tarde mágica en la pradera. Las miradas se perdían lejos, recordando gestos y palabras del Maestro. También la mía, flagelada de mar, procuraba guardar en trazos indelebles esos canastos de pan caliente, ese mimbre rebalsando luminosos peces de alabastro… Mientras el redoble de tambores iba aumentando su volumen.

La inmensa mar respira profundo, en creciente agitación…También la noche prospera y como avanza una mancha de tinta sobre el papel, el negro fue ganándolo todo. La manada de densos nubarrones llegó hasta nosotros y se agolpó como si un invisible corral los retuviera allí, sobre nuestras cabezas…

Y como baja la mano el director de orquesta para desatar el compás inicial, con furia se abalanzó el viento, con furia el oleaje, furia en la lluvia torrencial, furiosos los truenos y relámpagos; todos juntos, en un sinfónico y estremecedor Confutatis, descargaron su vertiginosa música sobre nosotros. Ensordecedoras fusas y semicorcheas ritmaban el enojo divino reventando sus melladas olas sobre la inerme barcaza. Sólo una mente retorcida podría disociar la escena de la desatada Ira de Dios. Vehemente, elocuente, evidente, en aquel violento y antiguo ser que roe los pilares de la tierra.

Nuestra cáscara de nuez trepaba las inmensas olas, como un águila remonta a su ratón y casi de modo vertical, como desde un pináculo, era arrojada con furia a las raíces del orbe. La violencia de la impetuosa tempestad tenía, no obstante, la paradójica condición de enojo y amor, disgusto y compasión: nos arrancaba hasta desgarradoras alturas para luego recogernos suavemente en lo más cóncavo de su abismo. El mar, el siempre mar, abraza y acaricia, reta y castiga, aprisiona y libera. Todo en un solo movimiento envolvente. Como hace Dios…

Y me pareció que sería el final. Mientras la muchedumbre del milagro ya estaría durmiendo plácidamente en sus casas, y el Señor, ocupado en las cosas de Su Padre… esta docena de discípulos no contaríamos el cuento.

En amuchados segundos recordé que habíamos sido enviados a esa tormenta por mandato del Señor. Con vértigo caí en la cuenta de que había sido adrede. Pensé: se quiere deshacer de nosotros. Para elegir a otros doce y empezar de nuevo. Y bien que haría, pensé; bien que haría…

Y fue lo último que pensé, cacheteado por voraces lenguas de agua cuyos graves estampidos contrastaban con el rechinar agudo del viento huracanado. Las macabras venas blancas del mar, como telarañas, procuraban atraparnos. Vi en un instante el cementerio completo de los náufragos de las noches oscuras al correrse el espumoso velo del negro olvido sobre el oscuro océano. Sentí terror. No por la muerte inevitable, sino por ese sórdido mundo submarino, dominio del Enemigo.

La destrozada barcaza, dócil a la indomable singladura, está a la deriva. Ante cada nueva embestida, nos aferrábamos a los escombros náuticos, protegiéndonos mutuamente entre gritos y sogas y jirones de velas; sales, algas, heridas y sangre; y el látigo de Poseidón destrozándonos las carnes.

Lo que sigue es ocioso describirlo: el oleaje se calmó. Como un dragón cansado o herido. No así el viento ni la tormenta. Ni los rayos y truenos. Parecía una sinfonía desincronizada. Tampoco había amainado la negrura de la cerrada noche sin luna. 

Y llego ahora al centro de mi relato: en medio de la impenetrable oscuridad, muy a lo lejos, avanzaba hacia nosotros a paso señorial, sobre el oscuro mar, una blanquísima figura, que no lográbamos identificar. Al caos y el temor de la tormenta siguió la confusión y el terror ante esa suerte de espectro que parecía surgido del cementerio de náufragos.

Confieso, sin jactancia, que mientras la figura iba acercándose pensé: es Él, es Jesús. No quería refundar la Iglesia… o sí, pero con nosotros mismos. Nos ha zarandeado como se criba el grano, como se elimina la escoria.

Era abrupto el contraste del mar calmo y la tormenta furibunda. Entre medio de rayos y truenos y ensordecedores vientos cruzados se acercaba, solemnísimo, Nuestro Dios y Señor, sobre la blanda arcilla azul, hacia los asustados náufragos.

Pedro dijo lo que luego, por siglos he repetido al comulgar: mándame ir a Ti. Ven, dijo el Señor, experto en estampar monosílabos más densos que toda la verba humana junta.

Todos lo vimos apearse del barco en ruinas y caminar hacia el Señor, entre refucilos y estruendos. Lo vimos afirmarse sobre el blando desierto azul; lo vimos vacilar, lo vimos flaquear y hundirse. Lo vimos clamar y ser rescatado. Imaginé por un instante a todo el cementerio de náufragos colgados de ese arrancón del abismo, con que el Brazo poderoso levantaba al hombre de poca fe…

Cuando al fin el Señor subió a la barca tuve la espejada sensación de que era la barca a la deriva la que finalmente tocaba con su proa el malecón; que el naufragio llegaba a su fin al ser devueltos a tierra por las fauces del abismo. Cuando lo cierto era inverso: el Señor tomaba posesión de la barca, del abismo y del mar.

La noche se iba agotando. Los primeros rosados empezaban a pincelar el oriente. La procelosa tormenta, ahora sí, había concluido. Un silencio majestuoso reinaba en el cielo, en la barca y debajo de ella. Y allí estábamos, sobre la ajada cubierta, los doce hirsutos y salitrosos discípulos del Amo del mar. Agotados. Uno por uno, hechos de andrajos y heridas, nos fuimos postrando a sus Pies. La escena no podía ser más bella. Y por eso, más cierta. La destrozada barca volvía a tener mástil y vela mayor: era el mismo Señor, impecable, flameante y erguido. Rodeado de doce ovillados adoradores malheridos.

Alguien musitó Qué bien estamos aquí. El Mellizo murmuraba entre sollozos: Señor mío y Dios mío. Otro, con voz más sentenciosa, agregó: Verdaderamente Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres Dios…

Como se despegan los párpados, del horizonte salió el primer rayo del sol. Que atravesó un grueso gotón de lluvia que pendía de un remo astillado como usurpada bandera enemiga. Yo no pude o no supe articular sonido. Ni atinaba a levantar la vista del inmaculado Empeine. Sí recuerdo bien haber entendido para siempre que “eso”, exactamente esa experiencia que nos embargaba a todos, eso era la Paz que el mundo no puede dar. No era la insulsa calma. No era la anodina tranquilidad. Es el gozo después de la tormenta. 

Y conmovido oré en silencio: bendita tormenta, Señor; bendito huracán, benditas olas, bendito naufragio; bendita crisis y desolación, bendito aprieto, bendito zarandeo que hace posible este Tabor en alta mar. Sin tus pruebas y enojos, sin tu violenta criba, oh Dios, no hay modo de rendirse gozoso a tus Pies.

Bendito seas, Señor de las tormentas, que sin ellas jamás habría “después de la tormenta”.

Autor: Padre Diego de Jesús. Comentario al Evangelio (Mt 14, 22-33). Con autorización del autor.

domingo, 13 de agosto de 2017

RECORDATORIO DE ORACIÓN DE LOS DÍAS TRECE DE CADA MES

Cada día trece de mes, fecha de las apariciones de la Virgen en Fátima, los lectores y editores de este sitio rezaremos cinco minutos y pediremos por estas intenciones:

1) Por las peticiones particulares así como por las necesidades espirituales y materiales de todos y cada uno de los lectores de CATOLICIDAD.

2) Por el fin del proceso de "autodemolición" en la Iglesia Católica.

3) Por la intención de que, tal como lo pidió la Virgen en Fátima, el Papa finalmente consagre Rusia al Inmaculado Corazón de María y pida la conversión de ese país al catolicismo, nombrando -para ello- a esta nación de manera explícita, en unión con todo el episcopado mundial.

4) Por la reparación a Dios de nuestros pecados y por la de todas las ofensas que recibe, particularmente por las blasfemias que se profieren o los sacrilegios que se realizan.

5) Por la conversión de los pecadores, especialmente los más necesitados de la misericordia divina.

6) Por que se multipliquen las vocaciones sacerdotales y los sacerdotes vivan una vida de santidad conforme al Corazón de Cristo.

7) Por el triunfo del Inmaculado Corazón de María y la implantación del Reinado Social de Cristo en nuestras naciones.

8) Por la paz mundial, no como la da el mundo sino como la da N.S. Jesucristo y por el triunfo de la vida en las legislaciones.

9) Por la salvación propia y la de nuestros familiares, amigos y conocidos.

10) Por todas las necesidades de la Iglesia.

Bastará rezar:

-Un Señor mío Jesucristo: 
  • "Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, me pesa de todo corazón haber pecado, porque he merecido el infierno y perdido el cielo, y sobre todo, porque te ofendí a ti, que eres bondad infinita, a quien amo sobre todas las cosas. Propongo firmemente, con tu gracia, enmendarme y alejarme de las ocasiones de pecar, confesarme y cumplir la penitencia. Confío me perdonarás por tu infinita misericordia. Amén."
-Un Padre Nuestro
-Tres Aves Marías pidiendo que la Virgen nos preserve del pecado mortal durante las tentaciones (ver AQUÍ).
 -Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, como era en un principio ahora y siempre por los siglos de los siglos.
(Nota:  Todo católico debe saber de memoria las oraciones anteriores, al igual que el Credo. Si alguien no las sabe, puede aprenderlas haciendo click AQUÍ)
-La oración de la Virgen de Fátima: 
  •  "Oh Jesús mío, perdónanos y líbranos del fuego de infierno, lleva al Cielo a todas las almas, socorre especialmente a las más necesitadas de tu misericordia".
-Finalizando así: 
  • "Señor: te pedimos por todas las necesidades de la Iglesia, por la Consagración de Rusia tal como se pidió en Fátima, por el triunfo del Inmaculado Corazón de tu dulcísima Madre, por la implantación de tu Reinado Social y de tu Paz en nuestras naciones, por la santidad de los sacerdotes y por el aumento de las vocaciones sacerdotales, así como por el triunfo de la vida y la familia en nuestras legislaciones. Te ofrecemos nuestra vida entera en reparación de los pecados propios y de las ofensas que se hacen a tu sacratísimo nombre, así como por los graves sacrilegios que se realizan en todo el mundo. Finalmente ponemos en tus manos, por intercesión de la Santísima Virgen María, todas las necesidades espirituales y materiales, tanto propias como las de nuestros familiares, amigos y conocidos, y las de nuestros hermanos lectores y editores del blog CATOLICIDAD.
  • - Inmaculado Corazón de María, encadena a tu Corazón a toda la familia mía.
  • -Inmaculado Corazón de María, sed la salvación del alma mía.
  • -Santísima Virgen de Guadalupe, salva nuestra Patria, conserva nuestra fe y defiéndenos de los falsos pastores.
  • -San Miguel Arcángel, ampáranos de las asechanzas del demonio.
  • -San Pío V, ruega por nosotros. Amén".