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viernes, 3 de octubre de 2025

LOS PECADOS CONTRA EL ESPÍRITU SANTO



En el Evangelio se nos habla de ciertos pecados contra el Espíritu Santo, que no serán perdonados en este mundo ni en el otro (cf. Mt. 12, 31-32; Mc. 3, 28-30; Lc. 12, 10). ¿Qué clase de pecados son ésos?

Noción.
 Los pecados contra el Espíritu Santo son aquellos que se cometen con refinada malicia y desprecio formal de los dones sobrenaturales que nos retraerían directamente del pecado. Se llaman contra el Espíritu Santo porque son como blasfemias contra esa divina Persona, a la que se le atribuye nuestra santificación.

Cristo calificó de blasfemia contra el Espíritu Santo la calumnia de los fariseos de que obraba sus milagros por virtud de Belcebú (Mt. 12, 24-32). Era un pecado de refinadísima malicia, contra la misma luz, que trataba de destruir en su raíz los motivos de credibilidad en el Mesías.

Número y descripción.
 En realidad, los pecados contra el Espíritu Santo no pueden reducirse a un número fijo y determinado. Todos aquellos que reúnan las características que acabamos de señalar, pueden ser calificados como pecados contra el Espíritu Santo.

Pero los grandes teólogos medievales suelen enumerar los seis más importantes, que recogemos a continuación:

1º. La desesperación, 
entendida en todo su rigor teológico, o sea, no como simple desaliento ante las dificultades que presenta la práctica de la virtud y la perseverancia en el estado de gracia, sino como obstinada persuasión de la imposibilidad de conseguir de Dios el perdón de los pecados y la salvación eterna. Fue el pecado del traidor Judas, que se ahorcó desesperado, rechazando con ello la infinita misericordia de Dios, que le hubiera perdonado su pecado si se hubiera arrepentido de él.

2º. La presunción, 
que es el pecado contrario al anterior y se opone por exceso a la esperanza teológica. Consiste en una temeraria y excesiva confianza en la misericordia de Dios, en virtud de la cual se espera conseguir la salvación sin necesidad de arrepentirse de los pecados y se continúa cometiéndolos tranquilamente sin ningún temor a los castigos de Dios. De esta forma se desprecia la justicia divina, cuyo temor retraería del pecado.

3º. La impugnación de la verdad
 conocida, no por simple vanidad o deseo de eludir las obligaciones que impone, sino por deliberada malicia, que ataca los dogmas de la fe suficientemente conocidos, con la satánica finalidad de presentar la religión cristiana como falsa o dudosa. De esta forma se desprecia el don de la fe, ofrecido misericordiosamente por el Espíritu Santo, y se peca directamente contra la misma luz divina.

4º. La envidia del provecho espiritual del prójimo. 
Es uno de los pecados más satánicos que se pueden cometer, porque con él «no sólo se tiene envidia y tristeza del bien del hermano, sino de la gracia de Dios, que crece en el mundo» (Santo Tomás). Entristecerse de la santificación del prójimo es un pecado directo contra el Espíritu Santo, que concede benignamente los dones interiores de la gracia para la remisión de los pecados y santificación de las almas. Es el pecado de Satanás, a quien duele la virtud y santidad de los justos.

5º. La obstinación en el pecado,
 rechazando las inspiraciones interiores de la gracia y los sanos consejos de las personas sensatas y cristianas, no tanto para entregarse con más tranquilidad a toda clase de pecados cuanto por refinada malicia y rebelión contra Dios. Es el pecado de aquellos fariseos a quienes San Esteban calificaba de «duros de cerviz e incircuncisos de corazón y de oídos, vosotros siempre habéis resistido al Espíritu Santo» (Act. 7,51).

6º. La impenitencia deliberada, 
por la que se toma la determinación de no arrepentirse jamás de los pecados y de resistir cualquier inspiración de la gracia que pudiera impulsar al arrepentimiento. Es el más horrendo de los pecados contra el Espíritu Santo, ya que se cierra voluntariamente y para siempre las puertas de la gracia. «Si a la hora de la muerte –decía un infeliz apóstata– pido un sacerdote para confesarme, no me lo traigáis: es que estaré delirando».

¿Son absolutamente irremisibles?

En el Evangelio se nos dice que el pecado contra el Espíritu Santo «no será perdonado ni en este siglo ni en el venidero» (Mt. 12,32). Pero hay que interpretar rectamente estas palabras. No hay ni puede haber un pecado tan grave que no pueda ser perdonado por la misericordia infinita de Dios, si el pecador se arrepiente debidamente de él en este mundo.
Pero, como precisamente el que peca contra el Espíritu Santo rechaza la gracia de Dios y se obstina voluntariamente en su maldad, es imposible que, mientras permanezca en esas disposiciones, se le perdone su pecado.
Lo cual no quiere decir que Dios le haya abandonado definitivamente y esté decidido a no perdonarle aunque se arrepienta, sino que de hecho el pecador no querrá arrepentirse y morirá obstinado en su pecado.
La conversión y vuelta a Dios de uno de estos hombres satánicos no es absolutamente imposible, pero sería en el orden sobrenatural un milagro tan grande como en el orden natural la resurrección de un muerto.

Fray Antonio Royo Marín

martes, 26 de agosto de 2025

LOS PECADOS DE COSTUMBRE



“Acuérdese todo pecador que hay muy grande diferencia de pecar por costumbre (con obstinación) y pecar accidentalmente (por fragilidad) y no por costumbre; y sepa cierto que es necesario a los hombres dejar los pecados de costumbre EN VIDA y no aguardar, por dejarlos, a la hora de la muerte...”  

“Para la salvación de mi alma me es tan necesario desacostumbrarme a pecar, por cuanto los pecados de costumbre son los que llevan a los hombres al Infierno...”

San Francisco Javier 

martes, 20 de mayo de 2025

TU ALMA ESTÁ OLVIDANDO QUIÉN ERES



No peques: porque fuiste creado para la luz.

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Antes de hablar del pecado, tenemos que hablar de ti.
No de lo que opinas, ni de lo que sientes.
No de tus logros, ni de tus heridas.
Pero de lo que eres.

Porque si no sabes quién eres, jamás entenderás por qué el pecado no solo te hiere… te desfigura.

Tú tienes un alma.
Y no es una metáfora, ni un símbolo, ni un estado emocional.
Es tu centro, tu raíz, tu forma invisible pero eterna.
Tu alma es lo que en ti permanece cuando todo cambia.
Lo que te busca cuando tú te olvidas.
Lo que te acusa en silencio cuando haces lo que sabías que no debías.
Lo que todavía llora por ti, incluso cuando tú ya no lloras por ti mismo.

—

Tu alma fue creada por Dios.
Y no como quien fabrica cosas en serie, sino como quien forma algo único, irrepetible y amado.
Fuiste creado con belleza, con un orden interior, con una vocación altísima: reflejar la luz del Creador.

Fuiste creado para vivir en la verdad,
para amar sin doblez,
para elevarte por encima de tus impulsos,
para ser libre de verdad,
para adorar con gozo,
para morir como un santo y vivir para siempre.

—

Y por eso, pecar no es simplemente portarse mal.
Se vuelve contra uno mismo.
Es romper tu forma.
Se apaga tu lámpara.
Es negar que tienes alma, y ​​empezar a vivir como si no la tuvieras.

El pecado te ofrece intensidad, pero te quita sustancia.
Te ofrece placer… pero a cambio de tu paz.
Te ofrece libertad... pero te encadena desde dentro.
Y tú lo sabes.
Porque cuando pecas —aunque nadie te lo diga— algo dentro de ti se vuelve más opaco.
Más frío.
Más falso.

—

Cada pecado es una traición a tu propia forma eterna.
Es como una estrella que reniega de su luz.
Como un fuego que se alimenta de cenizas.
Como un templo que decide derrumbarse desde dentro.

Y cuanto más pecas, más te acostumbras.
Y cuanto más te acostumbras, más olvidas.
Y un día, sin darte cuenta, ya no recuerdas qué era ser tú.
Ya no recuerdas qué se sentía estar limpio.
Ya no sabes cómo se escucha la voz de Dios.

Y el demonio no necesita hacer nada más.
Porque ya lograste que no quieras volver.

—

Por eso no peques.
No por miedo.
Sino por amor a lo que eres.
No solo porque “es prohibido”.
Pero porque es indignante de ti.

No solo porque te van a castigar.
Sino porque ya estás hecho para algo infinitamente mejor.

—

Fuiste creado para la luz.
No para arrastrarte, sino para arder.
No para esconderte, sino para brillar.
No para poseer cosas, sino para darte entero.

Y si algún día vuelves —porque todos caemos—, y levantas la vista, y clamas desde el fondo, y le dices a Dios:
“Señor, he olvidado quién soy, recuérdamelo Tú”…

Entonces descubrirás algo más hermoso aún:

Que Él nunca dejó de verte como lo que eras.
Y que su misericordia no restaure pecadores,
sino templos.

¿Por qué pecamos, si sabemos que nos hace daño?

La pregunta es simple, y sin embargo pocos se atreven a contestarla con honestidad:
¿Por qué el hombre, creado para el bien, elige lo que lo destruye?

Muchos jóvenes no pecan por odio, sino por hambre.
Hambre de belleza, de amor, de algo que llena, de algo que duela menos que el vacío.
Pero si no se les enseña a distinguir entre la miel y el veneno, tarde o temprano beberán lo que mata.
Y llamarán a ese veneno “experiencia”.

Nadie peca por aburrimiento.
Uno peca porque cree que va a encontrar algo mejor.
Nadie elige el mal diciendo: “quiero arruinarme”.
Lo elige porque lo confunde con un bien.

Y ahí empieza la trampa.

—

San Agustín, que conoció el alma desde dentro porque primero la había perdido, dijo que el alma humana es como un vaso inmenso que solo puede llenarse con Dios, pero que —en su desorden— intenta llenarse de cualquier cosa.

Y Santo Tomás, con su precisión luminosa, enseñó que el pecado nace cuando la inteligencia se oscurece y la voluntad se tuerce. No de golpe. No en un instante. Sino por una secuencia que se repite como un mecanismo perfecto.

La tentación tiene pasos. Tiene método. Tiene lógica.

Y entenderla es empezar a vencerla.

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Los cinco pasos de la tentación

1. La sugerencia
Todo comienza con una imagen, una emoción, un deseo.
No es pecado sentirlo. Pero ya es una llamada.
Una idea toca la puerta.
Y tú decides si la deja entrar.

2. El diálogo interior
Aquí el alma no cae, pero negocia.
No lo rechaces. Tampoco se rinde. Conversar en solitario.
Y en ese diálogo, la mentira comienza a tomar forma.
Empieza la justificación:
“No es tan grave.”
“Solo por esta vez.”
“Después me confío.”

Y poco a poco, la razón se debilita.
La voluntad se inclina.
Y lo que antes parecía impensable, ahora parece razonable.

3. El consentimiento
Aquí ya no hay confusión.
La voluntad se entrega.
Aunque sea en lo más secreto, aunque nadie vea:
Ya hay pecado.

El alma ha dicho que sí.
Y aunque Dios no deja de amarla, ella ha dado la espalda a la luz.

4. La repetición
Una caída, sin arrepentimiento, busca otra. Y otra.
Y otra.

Y entonces el pecado, que al principio dolía, ahora se vuelve costumbre.
Y lo que ayer ofendía la conciencia, hoy apenas se nota.
Y la lámpara del alma, aún encendida, ya no alumbra.

5. La ceguera o la desesperación

Aquí el demonio se sienta a contemplar su obra.

Porque si logra que el alma se desespere, pensará que ya no vale la pena luchar.
Y si logra que el alma presuma, pensará que no necesita luchar.

Ambas cosas son letales.
En ambas, el alma deja de caminar.
Y en ambas, el pecado ya no es solo acto: es estado.

Pero aún entonces, si el alma recuerda, si clama, si se humilla…
puede volver a levantarse.

Porque por más profunda que sea la caída,
La gracia puede más.

Cuando el alma se acostumbra a la sombra: la psicología del pecado en el joven actual

Antes, el pecado se cometía con vergüenza.
Hoy, se justifica con discursos.
Ayer, el alma caía y temblaba.
Hoy, cae y aplaude.
Y no porque el alma haya cambiado, sino porque el mundo ha aprendido a anestesiarla.

El joven moderno —ese que eres tú, o que podrías serlo— no peca por maldad directa.
Peca por hambre y por ruido.
Hambre de sentido. Ruido que lo distrae de escucharse.
Y cuando el alma tiene hambre y está distraída,
Acepta cualquier cosa como si fuera pan.

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1. Vacío: cuando el alma ya no sabe qué busca

Muchos jóvenes viven saturados de estímulos, pero desnutridos de sentido.
Tienen acceso a todo, excepto a lo que los sacia.

Saben lo que sienten, pero no saben para qué existen.
Conocen el placer, pero desconocen la paz.
Han probado de todo… y, sin embargo, siguen buscando.

Y en ese vacío, el pecado entra como oferta rápida:
una emoción, un escape, una pertenencia falsa.

Pero al final, queda lo mismo:
el hueco, ahora más hondo.

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2. Ruido: el gran enemigo del silencio interior

La conciencia necesita silencio para hablar.
Y hoy todo está diseñado para evitarlo.

Auriculares, pantallas, notificaciones, distracciones.
La voz de Dios, que suele ser suave, queda sepultada entre sonidos y luces.
Y entonces, no es que el joven no tenga alma.
Es que ya no la escucho.

La culpa no se ha ido.
Pero ha sido silenciada.
Y cuando la conciencia ya no duele, el alma no es libre:
está dormida

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3. La cultura del deseo: todo está permitido… menos la verdad

Hoy se celebra todo menos la pureza.
Se premia todo menos la fidelidad.
Se promueve todo menos la humildad.
Todo se puede redefinir… excepto la santidad.

Si un joven quiere entregarse al desorden, el mundo le aplaude.
Pero si quiere vivir casto, o rezar el Rosario, o confesarse, le llaman anticuado, represivo o ridículo.

Y, sin embargo, esa pureza despreciada es lo único que lo salvaría.

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4. Cuando el pecado ya no duele: el alma habituada

El mayor triunfo del mal no es que caigas.
Es que te acostumbres.

Que ya no sientas la mancha.
Que ya no llores tu miseria.
Que ya no deseas volver a la luz.

Y así, poco a poco, el alma que fue creada para arder, se vuelve tibia.

Y la tibieza no es media virtud:
es medio infierno

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¿Y entonces por qué?

Entonces es necesario despertar.
Volver al silencio.
Reconocer la sed.
Mirar el alma.
Volver a la verdad.

No la verdad que cambia según modas, sino la que te dice:
Tú no naciste para esto. Tú naciste para más.

Y aunque estés caído, aunque te sientas frío, aunque te hayas perdido…aún puedes volver.

Cómo resistir la tentación: el combate interior que define quién eres

Una vez que sabes lo que eres, una vez que entiendes que tienes alma, y ​​que el pecado es una deformación de tu forma eterna, la siguiente pregunta es inevitable:

¿Cómo se resiste el mal?

Porque el mal viene.
Con sutileza o con estruendo, con dulzura o con furia.
A veces con disfraz de deseo, otras con el argumento más “razonable” del siglo.
Y lo curioso es que el pecado rara vez se presenta como algo horrible.
Generalmente se presenta como algo urgente, necesario, comprensible, humano, legítimo, “tuyo”.

Y entonces, cuando el alma vacila, comienza el combate.
No el que se libra con espadas, sino el que se libra con lágrimas.
No el que tiene ruido, sino el que tiene eco.
El combate más decisivo de tu existencia.

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1. La vigilancia

El primer paso no es correr, sino abrir los ojos.
El demonio no necesita gritar si tú vas con los ojos cerrados.

Por eso Cristo dijo: “Velad y orad”.
Velad, porque el enemigo no duerme.
Orad, porque tú no puedes vencerlo solo.

Hay cosas que te hacen débil: evítalas.
Hay ambientes que te apagan: sal de ellos.
Hay personas que arrastran: ama su alma, pero guarda la tuya.

Y sobre todo: vigila tu interior.
Nadie cae por sorpresa.
Primero se descuida.

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2. La oración

La tentación susurra.
Y la única manera de reconocer su voz… es acostumbrarte a otra más alta.

Rezar no es hablar con el aire.
Es afinar el oído del alma.
Es respirar gracia.
Es recordarte quién eres… ya quién perteneces.

El que no ora, cae.
No por mala suerte.
Sino porque entró en batalla sin escudo.

Y si no sabes qué decir, entonces calla.
Dios escucha igual.
A veces el silencio que no se rinde ya es oración.

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3. Los sacramentos

¿Quieres resistir al pecado con tu sola fuerza?
Buena suerte. También lo intentaron Adán, David, Pedro.

Pero ¿quieres resistir con la fuerza de Dios dentro de ti?
Entonces comulga.
Confiesa.
Vuelve a la gracia como quien vuelve al hogar.

La confesión limpia.
La Eucaristía se fortalece.
La gracia transforma.

Y un alma en gracia no es perfecta,
pero es invencible en su fragilidad confiada.

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4. Las virtudes

No se vence al pecado solo con decirle “no”.
Hay que decirle “sí” a algo mejor.

La castidad no es represión.
Hay libertad interior.
Es amar con el cuerpo ordenado por el alma.
Es mirar con limpieza lo que el mundo ha vuelto objeto.

La humildad no es humillación.
Es fuerza que no se vanagloria.
Es saber que eres hijo, no Dios.

La templanza no es frialdad.
Es fuego bien encauzado.

Y la fortaleza no es insensibilidad,
sino amor que no se rinde en la batalla.

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5. La esperanza

Aquí está lo más importante.

Porque si el demonio no logra hacerte caer, querrás convencerte de que no puedes levantarte.

Y entonces viene el susurro fatal:
“Ya es tarde.”
“Ya lo hiciste.”
“Ya no puedes cambiar.”

Pero he aquí la verdad que el infierno detesta:
Dios ama levantar.
Y tú puedes volver.

La esperanza no es ilusión.
Es certeza sobrenatural.
Certeza de que Cristo venció.
De que su gracia no se agota.
Y de que tu miseria no es más fuerte que su misericordia.

La esperanza es la voz que dice, aun desde el barro:
“Estoy herido, pero soy hijo”.
“Estoy débil, pero no estoy solo”.
“Estoy caído… pero me levanto”.

—

Y si luchas, si resistes, si caes y vuelves a luchar,
Puedes estar seguro de algo:
el infierno tiembla.

Porque el alma que no se rinde, aunque esté herida, ya está venciendo.
Recuerda quién eres: la dignidad del alma y la gloria de volver a Dios (por María)

El alma no fue creada para soportar la vida.
Ni para adaptarse a lo mediocre, ni para arrastrarse por los pasillos del pecado justificándose con frases inteligentes.
El alma fue creada para cantar.
Para brillar.
Para amar con todo su ser, y ser amada hasta el fondo.

Y sin embargo, qué fácil es olvidarlo.

Se puede vivir años sin recordar que se tiene alma.
Se puede caminar mucho sin saber que se camina hacia ningún lado.
Y el mundo moderno ha logrado una proeza espantosa: convencer a millones de que la tibieza es sensatez.

Pero no.
El alma no fue hecha para lo gris.
Fue hecha para la gloria.
Para la forma.
Para el fuego.

Y cuando pecas, no solo fallas.
Te achicas.
Te desordenaste.
Te alejas del diseño que te hace tú.

Pecar es como dibujar con tinta sobre un vitral.
La forma sigue ahí… pero ya no deja pasar la luz.

—

Y sin embargo —he aquí la buena noticia que el demonio quisiera borrar de toda biblioteca—:
Puedes volver.

Puedes volver a la gracia.
Volver a la forma.
Volver al Dios que no solo te perdona,
sino que te recuerda quién eras antes de ensuciarte.

Y si quieres que ese regreso sea rápido, suave, ardiente y seguro…
Tengo una Ella.

⸻

María.

No es una figura decorativa.
Ni una emoción dulce.
Es el camino corto entre tu miseria y la gloria de Cristo.

Ella no es una versión femenina de Dios.
Es la criatura en la que Dios mostró lo que puede hacer cuando no se le pone resistencia.

No serás como Ella —no puedes—, pero en Ella puedes ver tu esperanza reflejada sin sombra.

Ella no es tu forma. Pero es la que jamás la perdió.

—

El demonio odia a María por eso:
Porque ella no discute.
Ella es.
Y todo lo que es, es perfectamente ordenado.
Y donde hay orden, él no puede entrar.

Ella no grita, no se impone, no manipula.
Solo dice: “Hagan lo que Él les diga”.
Y con eso basta para que el infierno empiece a crujir.

—

Así que si no sabes cómo volver, si estás muy sucio para mirar a Cristo, si te has olvidado hasta del lenguaje del alma…di su nombre.
María.

Y la forma empezará a volver.
El alma comenzará a respirar.
Y el pecado, que parecía invencible, será vencido
por una Mujer que ni siquiera discutió con la serpiente.
Sólo la aplastó.

—

No naciste para la sombra.
Y Ella —la que brilla sin mancha— no dejará que vivas como si no tuvieras forma.

Vuelve a la luz.
Vuelve al alma.
Vuelve por María.

OMO

lunes, 16 de diciembre de 2024

¿QUÉ SON LAS OCASIONES PRÓXIMAS DE PECADO?


Por Jesús Urones y Yasmin Oré

Se dice que la persona que está en peligro de ofender a Dios es porque se encuentra en una situación que lo conduce al pecado; es decir, en circunstancias que suponen para él una facilidad e incitación a pecar. La ocasión próxima de pecado puede proceder de personas que le incitan con su mal ejemplo o de cosas que atraen su voluntad al mal.

Por ello, no siempre debemos pensar que es fruto de malas compañías, también son hábitos o lugares que frecuentamos que nos llevan al mal camino. Para entender esto, podemos poner de ejemplo aquellos amigos que nos invitan a participar de actividades que incitan la lujuria, la embriaguez, la vanidad, etc. o ciertos lugares no recomendables para el católico por su alto contenido de tentación hacia los vicios o pecados de la carne tal como son las discotecas, disco-pubs, tabernas (cantinas), casinos, etc.

Es importante saber, que consentir las ocasiones de pecado, es similar a “amar el peligro”, pues estas poniendo en riesgo tu alma a caer en la tentación. Acercarnos al pecado (ocasión próxima) es dejarnos morder por la serpiente. La Escritura dice:

El corazón endurecido temerá al final el mal, y el que ama el peligro perecerá en él. Eclesiástico 3:27

"Como de serpiente huye del pecado, porque, si te acercas, te morderá. Dientes de león son sus dientes, que quitan la vida a los hombres. "Eclesiástico, 21:2

Por ello, debemos aprender a evitar estas ocasiones, o lo que viene a ser lo mismo “no ponernos en tentación”. La tentación es una solicitud, instigación o estímulo, interior o exterior, para cometer algún pecado. Decimos es interior cuando proviene de nuestra concupiscencia (egoísmo, soberbia, impaciencia, la carne), el apóstol Santiago enseña que: Cada uno es tentado por sus propias concupiscencias, que le atraen y seducen” (Santiago 1,14). Pero también existen tentaciones externas, en este sentido coincidirían con las ocasiones próximas de pecado: Sugestiones del mundo, o del demonio. Muchas de las tentaciones que sufrimos en el transcurso de nuestra vida provienen de las sugestiones e insinuaciones del demonio y del mundo. En este caso la propia escritura nos recomienda huir de lo que ocasionará el pecado:

Y si tu ojo derecho te escandaliza, sácalo y échalo de ti. Porque te conviene que se pierda uno de tus miembros, antes que todo tu cuerpo sea echado al infierno. Y si tu mano derecha te escandaliza córtala y échala de ti; porque te conviene que se pierda uno de tus miembros, antes que todo tu cuerpo sea echado al infierno "Mateo 5: 29-30

Este texto, no debe entenderse literalmente sino la enseñanza que de éste se deriva y es que cuando estamos ante una ocasión próxima de pecado, debemos actuar rápidamente evitando todo diálogo con ella o darle gusto, alejándonos de la tentación, en definitiva, cortar toda relación con lo que nos va a generar esa tentación que nos incitará a pecar.

Evidentemente la división en los dos tipos de tentaciones se debe a que existen tres enemigos del alma: el demonio, la carne y el mundo. Los tres actúan juntos, nos inducen al pecado y a la condenación, por eso es fundamental conocer quiénes son los enemigos del hombre en su progreso espiritual y su camino de santidad para poderlos hacer frente.

Cuando en teología se habla de “ocasión de pecado”, se suele diferenciar entre “ocasión próxima” y “ocasión remota”. Son próximas las que ponen en un peligro serio y grave; es decir, un peligro tal que prudentemente se ha de temer que hará sucumbir a la persona de quien se trata. Son remotas las que conllevan un peligro ligero, que pide cautela, pero que se supone fácilmente superable.

Ejemplos prácticos de ocasión próxima de pecado:

Pongamos algunos ejemplos de ocasión próxima de pecado: digamos que tengo la costumbre de murmurar sobre la gente, hablando a sus espaldas. Digamos que Dios me da la gracia de arrepentirme de ese pecado, de confesarlo y de sentir un fuerte deseo de romper ese hábito. Para hacerlo, será de ayuda evitar situaciones que tienden a fomentar el chisme (esas situaciones son las “ocasiones de pecado” que estamos considerando). Quizás almorzar en el club de tenis es una situación en la que los chismes tienden a dominar la conversación. O tal vez salir a tomar algo con amigos que tienen esta mala costumbre y nos incitan a ello. Evitar ir a estos lugares frecuentemente o no pasar mucho tiempo con esas personas puede ser una buena elección. Me ayudarían a evitar situaciones (ocasiones) en las que tiendo a ceder a la tentación del chisme.

Otro ejemplo, sé que me entra la tentación por la vista, pues a los hombres la tentación de la carne, del sexo , de la excitación les entra por los sentidos en concreto el de la vista, si yo conozco que tengo esa tentación evitaré comprar revistas que me generen dicha tentación, evitaré ver películas de contenido erótico o sexual, e incluso ir a lugares donde estaré siendo tentado, como son las discotecas, playas, disco-pubs etc.

¿Cómo evitar las tentaciones y las ocasiones próximas de pecado?

Por último, os dejo algunas enseñanzas de sacerdotes que han tratado este tema más ampliamente:

Jose Maria Iraburu :

La tentación hay que combatirla desde el principio, desde que se insinúa. Hay que apagar la chispa del fuego inmediatamente, antes de que haga un incendio. Hay que aplastar la cabeza de la Serpiente tentadora en cuanto asoma, al punto, sin entrar en diálogo, sin darle ninguna opción.

Royo Marin en su obra “Teología de la perfección cristiana”:

Durante la tentación. - La conducta práctica durante la tentación puede resumirse en una sola palabra: resistir. No basta mantener una actitud meramente pasiva (ni consentir ni dejar de consentir), sino que es menester una resistencia positiva. Pero esta resistencia positiva puede ser directa o indirecta.

a) RESISTENCIA DIRECTA es la que se enfrenta con la tentación misma y la supera haciendo precisamente lo contrario de lo que ella sugiere. Por ejemplo: empezar a hablar bien de una persona cuando nos sentíamos tentados a criticarla, dar una limosna espléndida cuando la tacañería trataba de cerrarnos la mano para una limosna corriente, prolongar la oración cuando el enemigo nos sugería acortarla o suprimirla, hacer un acto de pública manifestación de fe cuando el respeto humano trataba de atemorizarnos, etc. Esta resistencia directa conviene emplearla en toda clase de tentaciones, a excepción de las que se refieren a la fe o a la pureza, como vamos a decir en seguida.

b) RESISTENCIA INDIRECTA es la que no se enfrenta con la tentación, sino que se aparta de ella, distrayendo la mente a otro objeto completamente distinto. Está particularmente indicada en las tentaciones contra la fe o la castidad, en las que no conviene la lucha directa, que quizá aumentaría la tentación por lo peligroso y resbaladizo de la materia.

Adolfo Tanquerei en su obra “Compendio de Teologías ascética y mística”:

Para vencer las tentaciones y hacerlas redundar en provecho de nuestra alma, hemos de procurar tres cosas principales: 1º prevenir la tentación; 2º pelear con ella valientemente; 3º dar gracias a Dios después de la victoria, o levantarnos después de la caída.

Fuente: ReL

Nota: Es conveniente saber y tener presente que exponerse voluntaria y deliberadamente, Y SIN NECESIDAD ALGUNA, a una ocasión próxima de pecado mortal (aunque no se incurra en el mismo), es ya en sí misma una falta grave.