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lunes, 12 de octubre de 2026

CATOLICISMO E HISPANIDAD por el Cardenal Isidro Gomá

 




Con todo el bagaje espiritual, cuando, jadeante todavía España por el cansancio secular de las luchas con la morisma, pudo rehacer la patria rota en la tranquilidad apacible que da el triunfo, abordó en las costas de esta América, no para uncir el Nuevo Mundo al carro de sus triunfos, que eso lo hubiese hecho un pueblo calculador y egoísta, sino para darle la fe y hacerle vivir al unísono del sobrenaturalismo cristiano. Así quedamos definitivamente unidos, América y España, en lo más substancial de la vida, que es la religión.

Y esta es, americanos y españoles, la ruta que la Providencia nos señala en la historia: la unión espiritual en la religión del Crucificado. Un poeta americano nos describe el momento en que los indígenas de América se postraban por vez primera "ante el Dios silencioso que tiene los brazos abiertos": es el primer beso de estos pueblos aborígenes a Cristo Redentor; beso rudo que da el indígena "a la sombra de un añoso fresno", "al Dios misterioso y extraño que visita la selva", hablando con el poeta. Hoy, lo habéis visto en el estupor de vuestras almas, es el mismo Dios de los brazos abiertos, vivo en la Hostia, que en esta urbe inmensa, en medio de esplendores no igualados, ha recibido, no el beso rudo, sino el tributo de alma y vida de uno de los pueblos más gloriosos de la tierra. Es que este Dios, que acá trajera España, ha obrado el milagro de esta gloriosa transformación del Nuevo Mundo.

No hay otro camino. "Toda tentativa de unión latina que lleve en sí el odio o el desprecio del espíritu católico está condenada al mismo natural fracaso"; son palabras de Maurras, que no tiene* la suerte de creer en la verdad del catolicismo. Y fracasará (otro camino) porque la religión lo mueve todo y lo religa todo; y un credo que no sea el nuestro, el de Jesús y la Virgen, el de la Eucaristía y el papa, el de la misa y los santos, el que ha creado en el mundo la abnegación y la caridad y la pureza; todo otro credo, digo, no haría más que crear en lo más profundo de la raza hispanoamericana esta repulsión instintiva que disgrega las almas en lo que tienen de más vivo y que hace imposible toda obra de colaboración y concordia...

Catolicismo, que es el denominador común de los pueblos de raza latina: romanismo, papismo, que es la forma concreta, por derecho divino e histórico, del catolicismo, y que el positivista Comte consideraba como la fuerza única capaz de unificar los pueblos dispersos de Europa. Una confederación de naciones, ya que no en el plano político, porque no están los tiempos para ello, de todas las fuerzas vivas de la raza para hacer prevalecer los derechos de Jesucristo en todos los órdenes sobre las naciones que constituyen la hispanidad. Defensa del pensamiento de Jesucristo, que es nuestro dogma, contra todo ataque, venga en nombre de la "razón" o de otra religión...La misma moral, la moral católica, que ha formado los pueblos más perfectos y más grandes de la historia; porque las naciones lo son, ha dicho Le Play, a medida que se cumplen los preceptos del Decálogo. Los derechos y prestigio de la Iglesia, el amor profundo a la Iglesia y a su cabeza visible, el papa, signo de catolicidad verdadera, porque la Iglesia es el único baluarte en que hallarán refugio y defensa los verdaderos derechos del hombre y de la sociedad. El matrimonio, la familia, la autoridad, la escuela, la propiedad, la misma libertad, no tienen hoy más garantía que la del catolicismo, porque sólo él tiene la luz, la ley y la gracia, triple fuerza divina capaz de conservar las esencias de estas profundas cosas humanas.

Organícense para ello los ejércitos de la Acción Católica según las direcciones pontificias, y vayan con denuedo a la reconquista de cuanto hemos perdido, recatolizándolo todo, desde el a b c de la escuela de párvulos hasta las instituciones y constituciones que gobiernan los pueblos.

Esto será hacer catolicismo, es verdad, pero hay una relación de igualdad entre catolicismo e hispanidad; sólo que la hispanidad dice catolicismo matizado por la historia que ha fundido en el mismo troquel y ha atado a análogos destinos a España y a las naciones americanas.

Esto, por lo mismo, será hacer hispanidad, porque por esta acción resurgirá lo que España plantó en América, y todo americano podrá decir, con el ecuatoriano Montalvo: "¡España! Lo que hay de puro en nuestra sangre, de noble en nuestro corazón, de claro en nuestro entendimiento, de ti lo tenemos, a ti te lo debemos. El pensar grande, el sentir animoso, el obrar a lo justo, en nosotros son de España, gotas purpurinas son de España. Yo, que adoro a Jesucristo; yo, que hablo la lengua de Castilla; yo, que abrigo las afecciones de mi padre y sigo sus costumbres, ¿cómo haría para aborrecerla?"

Esto será hacer hispanidad, porque será poner sobre todas las cosas de América aquel Dios que acá trajeron los españoles, en cuyo nombre pudo Rubén Darío escribir este cartel de desafío al extranjero que osara desnaturalizar esta tierra bendita: "Tened cuidado: ¡Vive la América española! Y, pues contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios!"

Esto será hacer hispanidad, porque cuando acá reviva el catolicismo, volverán a cuajar a su derredor todas sus virtudes de la raza: "el valor, la justicia, la hidalguía"; y "los mil cachorros sueltos del león español", "las ínclitas razas ubérrimas, sangre de España fecunda", de que hablaba el mismo poeta, sentirán el hervor de la juventud remozada que los empuje a las conquistas que el porvenir tiene reservadas a la raza hispana.

Esto será hacer hispanidad, porque será hacer unidad, y no hay nada, es palabra profunda de San Agustín, que aglutine tan fuerte y profundamente como la religión.

¡Americanos! En este llamamiento a la unidad hispana no veáis ningún conato de penetración espiritual de España en vuestras repúblicas; menos aún la bandera de una confederación política imposible. Unidad espiritual en el catolicismo universal, pero definida en sus límites, como una familia en la ciudad, como una región en la unión nacional, por las características que nos ha impuesto la historia, sin prepotencias ni predominios, para la defensa e incremento de los valores e intereses que nos son comunes.

Seamos fuertes en esta unidad de hispanidad. Podemos serlo más, aún siéndolo igual que en otros tiempos, porque hoy la naturaleza parece haber huido de las naciones. Ninguna de ellas confía en sí misma; todas ellas recelan de todas. Los colosos fundaron su fuerza en la economía, y los pies de barro se deshacen al pasar el agua de los tiempos. Deudas espantosas, millones de obreros parados, el peso de los Estados gravitando sobre los pueblos oprimidos, y, sobre tanto mal, el fantasma de guerras futuras que se presienten y la realidad de las formidables organizaciones nihilistas, sin más espíritu que el negativo de destruir y en la impotencia de edificar.

Cardenal Gomá 1869-1940
El espíritu, el espíritu que ha sido siempre el nervio del mundo; y la hispanidad tiene uno, el mismo espíritu de Dios, que informó a la madre en sus conquistas y a las razas aborígenes de América al ser incorporadas a Dios y a la patria. La patria se ha multiplicado en muchas; no debe dolernos. El espíritu es el que vivifica. El es el que puede hacer de la multiplicidad de naciones la unidad de hispanidad.

La Hostia divina, el signo y el máximo factor de la unidad, ha sido espléndidamente glorificada en esta América. Un día, y con ello termino, una mujer toledana, "La loca del Sacramento", fundaba la cofradía del Santísimo, y no habían pasado cincuenta años del descubrimiento de América cuando esta cofradía, antes de la fundación de la Minerva, en 1540, estaba difundida en las regiones de México y el Perú. Otro día Antonio de Ribera coge de los campos castellanos un retoño de oliva y lo lleva a Lima y lo planta y cuida con mimo, ocurre la procesión del Corpus, y Ribera toma la mitad del tallo para adornar las andas del Santísimo; un caballero lo recoge y lo planta en su huerta, y de allí proceden los inmensos olivares de la región. Es un símbolo: el símbolo de que la devoción al Sacramento ha sido un factor de la unidad espiritual de España y América. 

*Nota: no tenía entonces, pues luego volvió a la fe.
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lunes, 20 de abril de 2026

CATOLICISMO Y PATRIOTISMO – Por el Cardenal Isidro Gomá y Tomás



   Empezamos por definir los términos. Catolicismo y Patriotismo son dos palabras que expresan la proyección social de dos grandes conceptos: Dios y Patria. Para nosotros...., Dios es el Dios Trino y Uno que confesamos en el Credo; y es, en su manifestación temporal y humana, el Enviado del Padre, su Hijo Jesucristo, Fundador de la religión católica, con su doctrina, su ley, su culto y su organización social. Y la Patria es... tierra de nuestros padres, terra patrum, con su territorio, sus instituciones y su historia, con su vida específica que la distingue de todos los pueblos, con los hermanos que son, fueron y serán, y que hace su camino a lo largo de los siglos.

   Catolicismo es, pues, sinónimo de religión católica, no sólo en cuanto es un sistema religioso peculiar de una institución fundada por el Hijo de Dios, la Iglesia católica; sino en cuanto es la profesión de la doctrina, la práctica de la ley y el ejercicio del culto que la Iglesia católica impone a sus adeptos. Y Patriotismo es el complejo de las virtudes que se condensan en el amor y servicio de la Patria.

   La filosofía y el sentido popular de todos los pueblos civilizados unieron siempre en lazo sagrado los nombres de Dios y Patria. Sólo los sin-Dios y sin- Patria han podido romperlo. La razón es profunda y simple, como todos los grandes hechos de orden universal. Dios es el Autor del hombre, su Hacedor. Sin Dios no hay hombre. Desde el momento en que el hombre tiene conciencia de sí, habrá de reconocer el lazo profundo que le une al Ser que le dió la vida. Es la relación de la obra con su autor, con los vínculos de amor, de dependencia, de servicio que exige la creación en un ser moral, y que vienen comprendidos en la palabra santa de “religión”, expresión de la “religadura” que el acto creador implica entre la criatura racional y su Criador.

   Pero Dios no nos ha manifestado directamente su pensamiento y su voluntad con respecto a nosotros. Somos, por exigencia de nuestra naturaleza, seres enseñados y educados. Ni ha querido darnos personalmente la totalidad del ser y la perfección del ser. Somos hijos de nuestros padres, en nuestro ser orgánico y en nuestra educación. Y somos hijos de la Patria, que no es más que una prolongación y una ampliación del hogar paterno, donde recibimos la plenitud de nuestra vida natural. Ser social como es el hombre por naturaleza, aparece en el seno de una sociedad determinada que es su Patria, que labra la nueva vida en colaboración con Dios y con los padres, con todos los recursos de una pedagogía más o menos perfecta según sea su civilización.

   Así el hombre, por exigencia de su misma naturaleza, está atado con triple vínculo: a Dios, a sus padres y a la Patria; y este triple vínculo, que es de criatura racional y por lo mismo de pensamiento y de voluntad, implica una triple religión o “religadura”, con su expresión que es el “culto” o servicio, de pensamiento, de libertad, de acción: el que debemos a Dios, que es propiamente la religión, función sagrada que tiene por objeto al Dios santísimo; el culto a los padres, que se dice por analogía del que debemos a Dios, y que se traduce en los servicios de amor y obediencia reverente; y el culto de la Patria, con sus exigencias de amor y servicio, hasta de la vida en ciertos casos.

   Dios, los padres, la Patria. Son tres paternidades a cuyas influencias ningún hombre se sustrae. Dios Padre, “de quien viene toda paternidad en los cielos y en la tierra” (Eph. 3-15); nuestros padres según la carne, que nos engendran y educan dentro de ciertos límites; y la Patria, que recibe la obra de Dios y de los padres al nacer un nuevo ciudadano y en cuyo seno, prolongación del de la familia, como ésta, es prolongación espiritual del útero materno en frase de Santo Tomás, el hombre logrará la plenitud de su desarrollo: fuerza, amplitud y trascendencia para su pensamiento; energía y eficacia para su voluntad, formación de su sentido estético, satisfacción plena de las necesidades materiales, el goce, en fin, de la vida perfecta en el orden natural, que es el fin de la sociedad para los hombres que la integran.

   A la luz de estas sencillas reflexiones aparece claro el sentido de estas palabras: Catolicismo y Patriotismo. Prescindiendo, para nuestro objeto, del pequeño coto de la familia, “seminario” de la sociedad, sagrado reducto de las virtudes domésticas que dan su fuerza íntima al hombre y que tienen su expansión en la vida social, queda la doble paternidad, de Dios y Patria: Dios, que reclama para sí toda la actividad de la vida humana, como último fin que es de ella; y la Patria, que exige, salvando la dignidad de la persona humana y las exigencias de otras instituciones, todo el servicio que puedan prestarla los ciudadanos para la formación de esta obra maravillosa, la sociedad humana, la más excelsa de las manos de Dios en el orden natural.

   Catolicismo, que es nuestra Religión. Hijos del Padre Jesús y de la Madre Iglesia, que salió de su costado abierto por la lanza en la Cruz, nos llamamos “cristianos”, de Cristo nuestro Padre, y “católicos”, porque es católica nuestra Madre la Iglesia; y nuestra profesión religiosa, esta ligadura que nos ata al Soberano Señor de Cielos y tierra, es la religión católica o Catolicismo. Religión sobrenatural, porque Dios, por Jesucristo, ha querido darnos una participación de su misma naturaleza (Divinae consortes naturae, 2 Petr. 1-4.) y, por último destino, la visión de su propia esencia en un cielo eterno. Y Patriotismo, el culto de la Patria de la tierra... para nosotros, que reclama el abnegado esfuerzo de todos para su grandeza, ayudándonos ella en cambio al logro de nuestros destinos temporales y eternos.

   Así Catolicismo y Patriotismo representan para nosotros a un tiempo los factores máximos de nuestra grandeza y el doble altar en que ofrezcamos los mayores sacrificios. Lo primero, porque todo en el hombre tiene su aspecto social, en orden a la Patria de la tierra y a la del cielo. Lo segundo, porque los sacrificios responden al favor de nuestros bienhechores, y no hay otro superior al que nos hace Dios al hacernos hijos suyos, y el que le sigue en orden, que es el que nos hace la Patria al acabar en nosotros, en el orden natural, la obra de Dios y de nuestros padres.

   Ya veis, amados diocesanos, cómo el doble concepto de Dios y Patria, que tiene su expresión social en el Catolicismo y Patriotismo, están profundamente vinculados, en el orden objetivo y en el de nuestros afectos; y que difícilmente puede sufrir quebranto uno de los dos amores sin que de rechazo sufra el otro, en el tesoro de nuestros sentimientos o en su manifestación externa y social.

“CATOLICIMOS Y PATRIOTISMO”
Editorial Difusión (Bs. As. Arg.) Año 1940