martes, 31 de marzo de 2026

LA CORREDENTORA


La Virgen María es nuestra Corredentora. Nos salvó juntamente con Nuestro Señor Jesucristo. Pero ¡a precio de qué dolor! El martirio de la Santísima Virgen María es incomparablemente más trágico que el sacrificio que se le pidió al Patriarca Abraham cuando Dios le ordenó inmolar a su hijo Isaac. Porque el Patriarca Abraham era el padre, no la madre; y porque el sacrificio que se le pidió fue solamente intencional: no llegó a consumarse. En el Calvario no es el padre, sino la Madre, y el sacrificio se está consumando trágicamente. Y no de un golpe, sino gota a gota. ¡Martirio inefable! «Oh, vosotros los que cruzáis por los caminos de la vida, mirad y ved si hay dolor semejante a mi dolor».

P. Antonio Royo Marín. O.P


sábado, 28 de marzo de 2026

RESISTIDLE, FIRMES EN LA FE


“Y todos, los unos para con los otros, revestíos de la humildad, porque ‘Dios resiste a los soberbios, pero a los humildes da gracia’. Humillaos por tanto bajo la poderosa mano de Dios, para que Él os ensalce a su tiempo. ‘Descargad sobre Él todas vuestras preocupaciones, porque Él mismo se preocupa de vosotros’. Sed sobrios y estad en vela: vuestro adversario el diablo ronda, como un león rugiente, buscando a quién devorar. Resistidle, firmes en la fe, sabiendo que los mismos padecimientos sufren vuestros hermanos en el mundo. El Dios de toda gracia, que os ha llamado a su eterna gloria en Cristo, después de un breve tiempo de tribulación, Él mismo os hará aptos, firmes, fuertes e inconmovibles. A Él sea el poder por los siglos de los siglos. Amén.”

Primera Carta de San Pedro, V, 5-11.


viernes, 27 de marzo de 2026

EXCELENCIAS DEL AYUNO, SUS ADMIRABLES EFECTOS Y SUS VENTAJAS - Por Cornelio A Lápide.



   El ayuno, dice San León, engendra los pensamientos castos, las voluntades razonables y rectas, y los más saludables consejos: con esta aflicción voluntaria, la carne muere para, las concupiscencias, y el espíritu se renueva con las virtudes. 

   Oíd a San Ambrosio: ¿Qué es el ayuno, dice, sino la imagen del cielo y el precio con que puede adquirirse? El ayuno es el alimento del alma, el alimento del espíritu. El ayuno es la vida de los ángeles; el ayuno es la muerte del pecado, la destrucción de los crímenes, el remedio de la salvación, el manantial de la gracia, el fundamento le la castidad. Por medio del ayuno se llega pronto a Dios. 

   El ayuno, dice San Efrén, es el carro que conduce al cielo. El ayuno suscita profetas, y enseña sabiduría a los legisladores. El ayuno es el guarda perfecto del alma, cohabita con el cuerpo sin dañarle.

   El ayuno es un alma a toda prueba para los soldados valientes y los intrépidos atletas. El ayuno resiste a las tentaciones; da unción a la piedad. El ayuno apaga la violencia del fuego, cierra las fauces de los leones, y encamina las oraciones al cielo. La abstinencia es madre de la santidad, disciplina de la juventud y adorno de la vejez.  No sólo es el ayuno una virtud perfecta, sino el cimiento de las demás virtudes; es la santificación, la pureza, la prudencia, virtudes sin las cuales nadie puede ver a Dios. 

   El hambre, dice San Ambrosio, es amiga de la virginidad, y enemiga de la lujuria; pero los excesos en la mesa ahogan la castidad y alimentan las pasiones: (Serm, de Quadrag.).

   Asi como el soldado no es nada sin armas, dice San Crisóstomo, y las armas no son tampoco nada sin el soldado, de la misma manera la oración no es nada sin el ayuno, ni el ayuno sin la oración. (In Matth., c. VI).

   El ayuno, Dice San Basilio, hace que los hombres sean semejantes a los ángeles. El ayuno es el alimento del alma, dice S. Crisóstomo. El ayuno, añade el mismo Santo, purifica el alma, alivia los sentidos, sujeta la carne al espíritu, hace que el corazón esté contrito y humillado, disipa las nubes de la concupiscencia, apaga los ardores de las pasiones abrasadoras, y enciende la antorcha de la castidad. 

   Ved lo que hace el ayuno, dice San Atanasio: cura las enfermedades, calma la impetuosidad de la sangre, ahuyenta los demonios, arroja los malos pensamientos, da más belleza y blancura al alma, más pureza al corazón, y hace que el cuerpo esté más sano y robusto. 

   Por medio del ayuno es como Elias sube al cielo en un carro triunfal, dice San Ambrosio. Sabemos, dice San Pedro de Ravena, que es el ayuno el alcázar de Dios, el campo de Jesucristo, la muralla inexpugnable del Espíritu Santo, el estandarte de la fe, el signo de la castidad, el trofeo de la santidad.

   Puesto que por gula perdimos las alegrías del paraíso, dice San Gregorio, esforcémonos en conquistarlas de nuevo con el ayuno y la abstinencia.

   ¿A qué debió Sansón el ser tan fuerte e invencible? dice San Basilio. ¿No fué el ayuno el que hizo merecer a su madre la gracia de concebirle? El ayuno le concibió, el ayuno le alimentó, y el ayuno hizo de él un prodigio de fuerza.  El ayuno, añade aquel gran Doctor, engendra profetas, da más fuerza a los fuertes: el ayuno da sabiduría a los que dictan leyes, es el escudo de los que combaten con valor. El ayuno es el que dió fuerza a Sansón, y en tanto que éste fué fiel en guardarlo, derribó a millares de enemigos en cada combate, arrancó las puertas de las ciudades, y los leones no pudieron resistir al vigor de su brazo. Pero desde el momento en que la embriaguez del vino y de la voluptuosidad se apoderó de él, en seguida lo prendieron los enemigos, le arrancaron los ojos, y fué juguete de los niños.

   Cuando el alma derrama lágrimas de arrepentimiento, dice San Gregorio, es también indispensable que la carne, que ha sido esclava de los criminales placeres, sea castigada con el ayuno.

   Samuel, dice S. Jerónimo, reunió el pueblo en Masphath, le fortificó con un ayuno que impuso, y asi le hizo victorioso de sus enemigos. (In Lib. Rey.) A fin de poder combatir a sus enemigos, dice San León, repararon las fuerzas de su alma y de su cuerpo por medio de un ayuno severo. Se abstuvieron de comer y de beber; se impusieron esta ruda penitencia, y para vencer a sus enemigos, empezaron por vencer en sí mismos el atractivo de la gula.

   Los ayunos, añade el mismo San León, nos hacen fuertes contra el pecado; triunfan de las concupiscencias, rechazan las tentaciones, calman el orgullo, templan la ira, y alimentan todos los afectos de la buena voluntad para hacernos practicar perfectamente todas las virtudes.

    El ayuno, dice San Atanasio, eleva al hombre hasta el trono de Dios (Tract, de Virgin.).  Judith ayunaba todos los días de su vida menos el día del sábado, dice la Escritura. (Judith. VIII. 6.) Holofernes y sus soldados, amigos de beber mucho, se embriagaban, dice San Ambrosio; pero había una mujer, Judith, que no bebía, ayunaba todos los días, menos los festivos. Armada con el ayuno, sé adelanta y destruye todo el ejército de los Asirios. Por medio de la energía de una resolución formada en la abstinencia, corta la cabeza á Holofernes, salva su pudor y alcanza la victoria. Fortificada con el ayuno, se introduce en el campo extranjero; Holofernes queda sumergido en el vino, y no siente el golpe mortal. Asi el ayuno de una sola mujer anonada el numeroso ejército de los asirios y salva el pueblo de Dios. 

   Por causa del odio y de la crueldad de Aman, el rey Asuero ordenó el exterminio de los judíos que estaban cautivos. Al momento, dice la Escritura, la reina Esther, asustada del inminente peligro, acude al Señor. Dejando todos sus adornos de reina, se pone vestidos de luto; en vez de usar perfumes, cubre su cabeza con cenizas y polvo, castiga su cuerpo con ayunos, y manda decir a Mardoqueo: id, reunid a todos los judíos que encontréis en Lusan, y rogad por mí: no comáis ni bebáis nada durante tres días y tres noches: yo ayunaré también con mis criadas; y entonces, a pesar de la ley que lo prohíbe, entraré sin ser llamada a las habitaciones del rey, y me expondré al peligro y A la muerte para salvar A mí pueblo.

   Esther, dice San Ambrosio, se volvió más hermosa con el ayuno; porque el Señor aumentaba su gracia en aquella alma sobria. Así es que desde el momento en que se presentó al rey, dice la Escritura, Dios cambió el corazón de Asuero, el cual se lanzó en sus brazos. ¿Qué tenéis, Esther? La dijo: soy vuestro hermano, nada temáis, no moriréis. (XV. 11-13). De este modo Esther, con su ayuno y su oración, se conquistó un nombre inmortal, alcanzando libertad para su pueblo, un patíbulo para el cruel Aman, justicia para Asuero y gloria para Dios. 

   La que ayunó tres días, dice San Ambrosio, gustó al rey y obtuvo lo que pedía, la salvación de su pueblo y entre tanto Aman, sentado en un regio festín, en medio de su intemperancia pagó la pena que su embriaguez merecía. El ayuno es pues el sacrificio de la reconciliación y el aumento de las virtudes. Esther con su ayuno, dice Clemente de Alejandría es más  fuerte que todos sus enemigos; desgarra el decreto tiránico que hacía perecer A su pueblo, y calma al tirano; reprimió a Aman y hace triunfar a los suyos. 

   Judas Macabeo y sus soldados obtienen con sus ayunos los socorros del cielo, y numerosas victorias sobre sus poderosos y temibles enemigos. (Lib. Macabeos.).

   El Ayuno, dice San Ambrosio, es el dueño de la continencia, la disciplina de la pureza, la humildad del espíritu, la flagelación de la carne corrompida, la expresión de la sobriedad, la regla de la virtud, la purificación del alma, la mano de la misericordia, el principio de la dulzura, el atractivo de la caridad, la gracia de la vejez, el custodio de la juventud. El ayuno es el alivio de las enfermedades, el alimento de la salvación, el viático del buen camino, el tesoro de toda la vida.

   Los Ninivitas son condenados por la justicia de Dios a ser destruidos; se dedican a un riguroso y universal ayuno, y al momento Dios les perdona. Los Apóstoles ayunan y oran; el Espíritu Santo baja sobre ellos, los llena de sus dones y los convierte en hombres heroicos...

   San Ambrosio atribuye todos los milagros de Elias a sus ayunos.  Con sus ayunos, dice, Elias cierra el cielo al criminal pueblo judaico; con su ayuno resucita al hijo de la viuda; su ayuno detiene las inundaciones; su ayuno hace bajar el fuego del cielo; su ayuno lo hace subir al cielo en un carro de fuego; con su ayuno de cuarenta días consigue conversar con Dios y hallarse en su presencia. Cuanto más ayuna, más poderoso es; detiene también las aguas del Jordán con su ayuno. 
   El ayuno es la salud del cuerpo, del alma, de la memoria y de la inteligencia. El ayuno prolonga la vida, nos libra de mil enfermedades precoces y crueles ¿Cuál es siempre el primer mandato de un médico? cuál es su primero y principal remedio? La dieta, que es un ayuno y una abstinencia absolutos...

"TESOROS DE CORNELIO A LAPIDE"

jueves, 26 de marzo de 2026

EL MÉDICO Y LA PACIENTE

 

Una mujer fue al médico y después de algunas preguntas, sobre su historia clínica, el médico que  era católico le preguntó:
- Usted es evangélica?
- ¡Sí! (Respondió la paciente).
El médico comentó:
- Me agradan los evangélicos, sólo hay un problema: Hablan mucho acerca de Jesús y no hablan de María.

*Silencio

- Doctor, ¿puedo hacerle una pregunta? 
- Por supuesto - Dijo el médico.
- Doctor, si algún día yo llegara a su consultorio y su secretaria me dijera que usted no está, pero que su madre me puede atender ¿cree que me gustaría ser atendida por ella?

- ¡Por supuesto que no! -Respondió el médico. Quien se graduó en Medicina fui yo, no mi madre.
- Y la mujer continuó: Bueno, doctor. Quien murió en la cruz por mí fue Jesús, no su madre.

Entonces el médico le respondió ..

- Pero si usted llegara a la recepción y encontrara a mi madre y resulta que ya no hay más turno y que además Ud. no tuviera dinero para pagar la consulta, y ella me pidiera que la atendiera...yo con gusto la atendería y hasta le daría gratis los medicamentos que necesitara, ¿sabe Ud. por qué?... por el simple hecho de ser una petición de mi AMADÍSIMA MADRE.

Un "querer" de mi Madre, es un "hacer" para mi..❤
La Virgen María no hace milagros, porque no es Dios, pero es Intercesora ante su Hijo y por ello nos alcanza milagros.

¡¡¡Amén!!!

miércoles, 25 de marzo de 2026

DÍA DEL NIÑO POR NACER


 

LA ANUNCIACIÓN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA Y ENCARNACIÓN DEL VERBO



La fiesta de hoy nos recuerda el gran acontecimiento de la historia: la Encarnación del Señor en el seno purísimo de una Virgen. En este día el Verbo se hizo carne, y se unió para siempre a la humanidad de JESÚS. El misterio de la Encarnación merece a María Santísima su título más hermoso, el de «Madre de DIOS», en griego Teotokos nombre que la Iglesia oriental escribía siempre con letras de oro, a manera de preciosa diadema en la frente de sus imágenes pintadas y en sus estatuas. «Colocada en los confines de la Divinidad», pues suministró al Verbo de DIOS la carne a que hipostáticamente se unía, la Virgen fue honrada siempre con culto supereminente llamado de «hiperdulía»: el hijo del Padre y el hijo de la Virgen se convierten naturalmente en un solo y mismo Hijo, dice San Anselmo; y siendo desde entonces María Virgen la reina del humano linaje todos debemos de venerarla. 

Ya que el título de Madre de DIOS hace a María Plenipotenciaria, pidámosle interceda ante Nuestro Redentor, para que por los méritos de Su Pasión y Su Cruz, lleguemos a la gloria de Su Resurrección. Que así sea.

MEDITACIÓN SOBRE LA ANUNCIACIÓN

I. Hoy, María Santísima es hecha Madre de DIOS; su humildad y su pureza le han valido este inefable honor. ¡Cuánta alegría me da, oh divina María, veros elevada a tan alto rango de gloria! Y puesto que sois Madre de JESUCRISTO N.S., también lo sois de los cristianos. ¡Ah, cuán consolador es este pensamiento! Sois todopoderosa para socorrerme, porque sois la Madre de DIOS; poseéis un corazón henchido de amor por mí, porque sois mi Madre. También yo, si quiero, mediante la fe y la caridad puedo poseer a JESÚSús en mi corazón. María Virgen ha engendrado a CRISTO según la carne, todos los cristianos pueden engendrarle en sus corazones por la fe (San Ambrosio).

II. Desde hoy, JESÚS es nuestro hermano; el amor que nos tiene lo hace semejante a nosotros, a fin de hacernos semejantes a Él. Viene a la tierra para que vayamos al Cielo. ¡Os adoro, Verbo encarnado en el seno virginal de María Castísima! ¡Quien me diera el poder de haceros una merced tan preciosa como Vos me hicisteis! Oh. Hermano y Redentor amabilísimo, os ofrezco todos mis afanes y mis obras , todo mi ser.

III. María Purísima es nuestra Madre, JESÚS nuestro Hermano: ¿somos dignos hijos de María Inmaculada, dignos hermanos de JESUCRISTO N.S.? María Santísima es totalmente pura, humilde y obediente: ¿posees tú esas virtudes? NS JESUCRISTO en todo busca la gloria de Su Padre y la salvación de las almas: ¿estás animado tú del mismo celo? ¿No tendría motivo JESÚS para quejarse y decir a su Madre amada: Los hijos de mi Madre han combatido contra mí? (Cantar de los Cantares).

ORACIÓN

Oh DIOS y Señor Nuestro, que habéis querido que Vuestro Verbo se encarnase en el seno de la bienaventurada Virgen María en el momento en el que al anunciarle el Ángel este misterio, Ella pronunció su «Fíat», conceded que nuestras plegarias, mientras honramos a la que firmemente creemos que verdaderamente es Madre de DIOS, obtengan el auxilio de su intercesión junto a Vos.

Por JESUCRISTO N.S., Amén.

martes, 24 de marzo de 2026

EL INFIERNO ESPERA A LOS QUE CALLAN PECADOS MORTALES EN LA CONFESIÓNl – Por Monseñor de Segur.



   El sabio arzobispo de Florencia San Antonino refiere en sus escritos un hecho no menos terrible que el anterior (se refiere al terrible caso de Raymond Diocrés, 1084), y que hacia la mitad del siglo XV había asombrado a todo el Norte de Italia. 

   Un joven de buena familia, que a los diez y seis o diez y siete años había tenido la desgracia de callar un pecado mortal en la confesión, y de comulgar en este estado, Habia ido dilatando de semana en semana y de mes en mes la penosa manifestación de sus sacrilegios, continuando, sin embargo, sus frecuentes confesiones y comuniones por un miserable respeto humano. Atormentado de remordimientos, pretendía acallarlos imponiéndose tan grandes penitencias, que le hacían pasar por un Santo.

   Pero como no lo consiguiese así tampoco, se resolvió a entrar en un convento. “Allí al menos, se decía, lo declararé todo y expiaré seriamente mis afrentosos pecados.” Más, por su desdicha, fué recibido como un Santo por los superiores, que ya le conocían de oídas, y con esto la vergüenza que sentía de aclarar sus graves pecados se sobrepuso una vez más. Dilató su confesión sincera para más adelante; redobló sus penitencias, y un año, dos años, tres años fué pasando en tan deplorable estado, sin atreverse jamás a revelar el peso horrible y vergonzoso que le abrumaba.

   Al fin una enfermedad grave vino, al parecer, a facilitarle el medio de descargar su conciencia. “Ahora voy, se dijo, a confesarlo todo de una vez; voy a hacer una confesión general antes de morir.” Pero sobreponiéndose aún entonces el amor propio al arrepentimiento, embrollo de tal manera la confesión de sus faltas, que el confesor no pudo entenderle. Quedóle todavía un vago deseo de volver sobre aquel asunto al día siguiente; pero le sobrevino un acceso de delirio, y desgraciadamente murió así.

   Los frailes, que ignoraban la horrorosa realidad, se decían unos á, otros: “Si éste no está en el cielo, ¿quién de nosotros podrá entrar allá?” Y hacían tocar a las manos del cadáver cruces, rosarios y medallas.

   El cuerpo fué llevado con cierta especie de veneración a la iglesia del monasterio, y quedó expuesto en el coro hasta la mañana del día siguiente, en que debían celebrarse sus funerales.

   Algunos momentos antes de la hora señalada para el entierro, uno de los frailes, encargado de tocar la campana, se encontró de repente cerca del altar con el difunto, rodeado de cadenas que parecían enrojecidas por el fuego, y mostrando en toda su persona ciertas señales de incandescencia.

   El pobre fraile, lleno de espanto, cayó de rodillas, fijos los ojos en la aterradora aparición; y entonces el réprobo le dijo: “No reguéis por mí: estoy en el infierno por toda la eternidad.” Y enseguida le contó la triste historia de su malhadada vergüenza y de sus sacrilegios, después de lo cual desapareció, dejando en la iglesia un olor infecto, como para atestiguar la verdad de todo lo que el fraile acababa de ver y de escuchar.

   Enterados del caso los superiores, hicieron llevar de allí el cadáver, juzgándole indigno de sepultura eclesiástica.

Por MONSEÑOR DE SEGUR.

domingo, 22 de marzo de 2026

JACARANDAS DE PASIÓN



Por Oscar Méndez Oceguera

En México, la Semana Santa no llega: desciende. Baja por las torres de las parroquias con una lentitud de sudario; se posa en los manteles almidonados de las señoras antiguas, en los cirios que velan como un pequeño ejército doméstico, en la miel morena de la capirotada y en el anís del pan, en el pregón apagado de las campanas que de pronto enmudecen como si el bronce hubiese sentido, antes que nosotros, el pudor de la muerte de Dios. Entra por el zaguán, cruza el patio, roza la cal de los muros y deja en la alacena, junto a la loza y al misal gastado, una gravedad de sacristía.

Y entonces florecen las jacarandas.

No florecen como un jardín de recreo ni como un parque que se ofrece al domingo. Florecen con seriedad litúrgica, con recogimiento de entierro real. Es como si el cielo, al ver que la Iglesia entra en sus días más hondos, quisiera vestirse también de un morado mexicano: no el morado de las cortes, sino ese lila nuestro, un poco polvoso, un poco humilde, un poco triste y un poco glorioso, que cabe igual sobre la capital que sobre la frente recatada de la provincia. Es el color del atrio en la hora violeta, del rebozo limpio, de la solterona piadosa que guarda un relicario, de la tarde que se arrodilla sobre la teja y la cantera.

Porque la Semana Santa en México no se piensa: se anda.

Se anda en la palma del Domingo de Ramos, que entra en la casa como una victoria mansa y verde. Se anda en la procesión del Nazareno, cuya túnica avanza entre rezos como si arrastrara detrás de sí no sólo la cruz, sino el cansancio de nuestros padres, el sudor de la frente, el pan escaso y la tierra trabajada. Se anda en el Jueves Santo, cuando las mujeres más piadosas —y a veces los hombres más silenciosos, los que guardan la fe como una navaja buena en el bolsillo— salen a visitar las Siete Casas. Cada templo es una estación del alma; cada sagrario, una herida de luz; cada campanario, una vigilancia. Y el corazón mexicano mide entonces la distancia en avemarías, en pasos sobre piedra, en suspiros que se quedan prendidos de la reja del atrio.

Qué cosa tan nuestra esa peregrinación de iglesia en iglesia.

No se trata sólo de cumplir una devoción. Se trata de ir recogiendo el temblor distinto de cada templo. En uno huele a incienso noble; en otro, a yeso húmedo y flores de mercado; en otro, a banca vieja, a madera que ha escuchado generaciones de rodillas; en otro, a silencio de cantera. El fiel va de templo en templo como va de herida en herida, buscando al Esposo escondido, siguiendo las huellas de una majestad humillada que esa noche ya no reina desde el trono, sino desde la vulnerabilidad de la carne. Y mientras tanto la ciudad, con sus zaguanes, sus corredores y sus macetas, parece acordarse de pronto de que también tuvo alma.

En las cocinas, la religión se vuelve aroma.

Hierve la miel oscura de la capirotada, y en ella México hace una de sus confesiones más delicadas y más pobres. Nada más nuestro que esa alianza de pan duro, piloncillo, canela, clavo, pasas, queso y memoria. Allí está el pan como cuerpo de pobreza; la miel como dulzura redentora; el queso con ese contraste grave con que la vida corrige la fiesta. La abuela revuelve la cuchara como quien guarda un rito; la loza espera con mansedumbre; la lámpara del Sagrado Corazón vela la vigilia; y hasta el humo parece subir con ese pudor con que a veces suben las mejores oraciones.

En casa de mis tías, que habían traído de Zacatecas no sólo la sangre, sino el luto, la fe y la cocina, nunca había una sola capirotada. Había dos, a veces tres, puestas casi en callada competencia, como si cada una quisiera demostrar que también la penitencia podía tener memoria y gracia. Una llevaba más piloncillo, otra más queso, otra ese secreto mínimo que su autora guardaba con un orgullo manso. Nosotros, los niños, no entendíamos del todo aquella rivalidad buena; sólo sabíamos que cada capirotada sabía distinta y que en cada cazuela humeaba algo más que pan, miel y clavo: humeaba la casa, la familia, Zacatecas entero vuelto dulzura grave sobre la mesa.

Porque nuestro pueblo, cuando era todavía pueblo y no mero gentío, entendía que la fe debía entrar por la boca, por la vista, por la rodilla, por el cansancio de los pies y hasta por el sueño vencido de la madrugada. Por eso callaban las campanas y aparecían las matracas con su estrépito de madera penitente, como si la alegría metálica del mundo hubiese sido suspendida para dejar hablar al hueso seco del dolor. Por eso se cubrían las imágenes. Por eso el altar se entristecía. Por eso las calles sacaban Cristos y Dolorosas entre cirios temblorosos, como quien saca a la noche sus reservas más delicadas. Y en las casas quedaban la palma del año pasado detrás del crucifijo, el rosario sobre la mesa, la estampa dentro del misal: pequeñas fortalezas de una patria que se defendía con costumbres.

Y en medio de todo eso, las jacarandas.

Las jacarandas tienen en estos días una elocuencia que avergüenza a los retóricos. Sus flores caen sobre las banquetas, sobre los atrios, sobre los coches profanos, sobre los zapatos de quienes ya no saben que pisan una metáfora. Caen como cae una gracia fina, sin escándalo, sin aparato. Y uno siente que no están ahí por casualidad botánica, sino por un acuerdo secreto entre la naturaleza y la liturgia, entre la savia y la sangre.

Yo no puedo verlas sin que regresen de golpe ciertas cosas que parecían dormidas: la voz baja de mi madre, el paso más lento de mis abuelos, el rumor de las tías en la cocina, el cansancio de los pies al salir de la séptima iglesia, el brillo de la cera en la tarde, la penumbra del templo, la casa entrando poco a poco en silencio. Todo vuelve, y sin embargo no vuelve igual. La memoria tiene esa piedad y esa herida: nos restituye las escenas cuya sustancia ya no se deja tocar, pero cuya verdad sigue viviendo en nosotros. Uno mira las jacarandas y siente que debajo de su lila pasan otra vez aquellas manos, aquellas voces, aquellos pasos; no como sombras vacías, sino como un bien recibido, como algo que formó el alma y que todavía nos acompaña.

Tal vez por eso la Semana Santa se vuelve más honda con los años. De niño, uno la recibe; después la ama; al final comprende que también le fue confiada. Ya no se anda sólo por memoria, sino por devoción y por fidelidad: devoción a los misterios santos, fidelidad a quienes nos enseñaron a arrodillarnos, a callar, a mirar, a acompañar. Uno entra a los templos con los presentes y con los ausentes. Uno prueba la capirotada y no busca solamente un sabor, sino una casa entera. Uno oye la matraca y no escucha sólo la madera: escucha la transmisión de un mundo. Y entiende, con gratitud y temblor, que todo aquello era bello no sólo para ser recordado, sino para ser conservado y entregado.

En otros países, tal vez la primavera sea apenas una estación. Aquí, cuando se junta con la Semana Santa, se vuelve memoria viva. La tierra florece cuando la Iglesia contempla la muerte. El cielo se adorna cuando el altar se desnuda. La ciudad se pone violeta cuando Cristo entra en sus horas más oscuras. Y esa contradicción, que de niño sólo parecía hermosa, con los años revela su verdad: entre nosotros la hermosura nunca estuvo separada de la herida. La gloria no borra el sacrificio: lo recoge y lo vuelve fecundo.

Por eso el Viernes Santo mexicano no fue para mí un espectáculo, sino una impresión honda. El Santo Entierro avanzaba con una lentitud que todavía gravita en la sangre. Las velas alzaban su arquitectura humilde. Los hombres se descubrían la cabeza. Las mujeres llevaban sus oraciones con la misma naturalidad con que llevan el peso de la casa. Y uno, siendo niño, aprendía que hay tristezas hermosas, y que ciertas solemnidades no pasan: se depositan en el alma como una reserva secreta para la hora en que toque sostenerlas.

Luego venía el Sábado Santo, con esa pobreza desnuda que deja el alma como una casa a medio vaciar. No ocurría nada visible, y sin embargo todo quedaba suspendido. Y aun allí permanecían las jacarandas, no como anuncio ruidoso, sino como promesa derramada. No decían todavía el Aleluya, pero ya preparaban el aire. No rompían el luto: lo perfumaban.

Por eso la Semana Santa mexicana no es folclor, aunque el folclor la ronde; no es turismo, aunque el turismo la explote; no es color local, aunque la tierra y el cielo le presten sus tintas más hondas. Es algo más serio, más tierno y más hondo: una herencia sagrada, recibida en la fe y custodiada en la memoria, transmitida por las manos de las madres, por el paso de los padres, por el silencio de los abuelos, por la paciencia amorosa de las tías. Está escrita en azúcar y en cera, en incienso y en cantera, en la matraca y en la campana muda, en la visita a las Siete Casas y en la capirotada plural de las casas antiguas. Y ahora también, como una pena florecida y fiel, en la lila penitencial de las jacarandas.

sábado, 21 de marzo de 2026

ACERCA DEL DOLOR



El dolor pone una cierta manera de igualdad entre todos los que padecen, lo cual es ponerla en todos los hombres, porque padecen todos; por el gozar nos separamos, por el padecer nos unimos con vínculos fraternales. 

El dolor nos quita lo que nos sobra y nos da lo que nos falta, poniendo en el hombre un perfectísimo equilibrio: el soberbio no padece sin perder algo de su soberbia, ni el ambicioso sin perder algo de su ambición, ni el colérico sin perder algo de sus iras, ni el lujurioso sin perder algo de su lujuria. 

El dolor es soberano para apagar los incendios de las pasiones; al propio tiempo que nos quita lo que nos daña, nos da lo que nos ennoblece; el duro no padece nunca sin sentirse más inclinado a compasión, ni el altivo sin encontrarse más humilde, ni el voluptuoso sin hacerse más casto; el violento se amansa, el flaco se fortalece. Ninguno sale peor que entró de esa gran fragua de los dolores; los más salen de ella con altísimas virtudes que nunca conocieron: quién entró impío y sale religioso; quien avaro y sale limosnero; quién entra sin haber llorado nunca y sale con don de lágrimas; quién empedernido y sale misericordioso. 

En el dolor hay un no sé qué de fortificante, y de viril, y de profundo, que es origen de toda heroicidad y de toda grandeza; ninguno ha sentido su misterioso contacto sin crecerse; el niño adquiere con el dolor la virilidad de los mozos, los mozos la madurez y la gravedad de los hombres, los hombres la fortaleza de los héroes, los héroes la santidad de los santos. 

JUAN DONOSO CORTÉS


viernes, 20 de marzo de 2026

ORACIÓN PARA SER MENOS


 ORACIÓN PARA SER MENOS


Señor, que ves mi sed de ser nombrado,

líbrame de esta vana señoría;

que no busque mi pecho en este día

más honra que la de haberte amado.


Si otro es alzado, no me cause herida;

si otro resplandece, yo no tema;

que el amor propio es sombra que se quema,

y tu verdad, silencio que da vida.


Hazme pequeño, sin tristeza oscura;

humilde, sin bajeza ni desmayo;

que es más firme la espiga que se inclina

que el árbol que se quiebra por su altura.


Jesús, manso y humilde, a Ti me vuelvo.

Desnuda en mí la vana presunción;

que más honra recibe el alma humilde

que cien coronas dadas al error.


jueves, 19 de marzo de 2026

19 DE MARZO: SEÑOR SAN JOSÉ


 Si el que está triste le pide consuelo, lo obtiene;  si el atribulado le pide alivio, le alcanza; si el que está en peligro acude a él, le libra; si el enfermo le suplica la salud, se la otorga (sí conviene a su alma); si el justo le ruega le conceda la perseverancia en el bien y si el pecador le suplica, alcanza de él también la verdadera penitencia. En suma, San José favorece a todos sin distinción de edad, estado, ni condición, porque él es el protector de los niños, el abogado de los casados, el modelo de los sacerdotes, el amparo de las vírgenes y el consuelo de los enfermos y el patrono de la buena muerte.

miércoles, 18 de marzo de 2026

QUE LA TRISTEZA NO DETERMINE TU OBRAR


"Esfuérzate en contrariar vivamente las inclinaciones de la tristeza, y aunque te parezca que en este estado todo lo haces con frialdad, pena y cansancio, no dejes, empero, de hacerlo; porque el enemigo, que pretende hacernos aflojar en nuestras buenas obras mediante la tristeza, al ver que a pesar de ella no dejamos de hacerlas, y que haciéndolas con resistencia tienen más valor, cesa entonces de afligirnos".

San Francisco de Sales


martes, 17 de marzo de 2026

SOBRE LA DEVOCIÓN A SAN JOSÉ, CARTA ENCÍCLICA QUAMQUAM PLURIES DEL SUMO PONTÍFICE LEÓN XIII



 A nuestros Venerables Hermanos los Patriarcas, Primados, Arzobispos y otros Ordinarios, en paz y unión con la Sede Apostólica.

1. Aunque muchas veces antes Nos hemos dispuesto que se ofrezcan oraciones especiales en el mundo entero, para que las intenciones del Catolicismo puedan ser insistentemente encomendadas a Dios, nadie considerará como motivo de sorpresa que Nos consideremos el momento presente como oportuno para inculcar nuevamente el mismo deber. Durante periodos de tensión y de prueba —sobre todo cuando parece en los hechos que toda ausencia de ley es permitida a los poderes de la oscuridad— ha sido costumbre en la Iglesia suplicar con especial fervor y perseverancia a Dios, su autor y protector, recurriendo a la intercesión de los santos —y sobre todo de la Santísima Virgen María, Madre de Dios— cuya tutela ha sido siempre muy eficaz. El fruto de esas piadosas oraciones y de la confianza puesta en la bondad divina, ha sido siempre, tarde o temprano, hecha patente. Ahora, Venerables Hermanos, ustedes conocen los tiempos en los que vivimos; son poco menos deplorables para la religión cristiana que los peores días, que en el pasado estuvieron llenos de miseria para la Iglesia. Vemos la fe, raíz de todas las virtudes cristianas, disminuir en muchas almas; vemos la caridad enfriarse; la joven generación diariamente con costumbres y puntos de vista más depravados; la Iglesia de Jesucristo atacada por todo flanco abiertamente o con astucia; una implacable guerra contra el Soberano Pontífice; y los fundamentos mismos de la religión socavados con una osadía que crece diariamente en intensidad. Estas cosas son, en efecto, tan notorias que no hace falta que nos extendamos acerca de las profundidades en las que se ha hundido la sociedad contemporánea, o acerca de los proyectos que hoy agitan las mentes de los hombres. Ante circunstancias tan infaustas y problemáticas, los remedios humanos son insuficientes, y se hace necesario, como único recurso, suplicar la asistencia del poder divino.

2. Este es el motivo por el que Nos hemos considerado necesario dirigirnos al pueblo cristiano y exhortarlo a implorar, con mayor celo y constancia, el auxilio de Dios Todopoderoso. Estando próximos al mes de octubre, que hemos consagrado a la Virgen María, bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario, Nos exhortamos encarecidamente a los fieles a que participen de las actividades de este mes, si es posible, con aún mayor piedad y constancia que hasta ahora. Sabemos que tenemos una ayuda segura en la maternal bondad de la Virgen, y estamos seguros de que jamás pondremos en vano nuestra confianza en ella. Si, en innumerables ocasiones, ella ha mostrado su poder en auxilio del mundo cristiano, ¿por qué habríamos de dudar de que ahora renueve la asistencia de su poder y favor, si en todas partes se le ofrecen humildes y constantes plegarias? No, por el contrario creemos en que su intervención será de lo más extraordinaria, al habernos permitido elevarle nuestras plegarias, por tan largo tiempo, con súplicas tan especiales. Pero Nos tenemos en mente otro objeto, en el cual, de acuerdo con lo acostumbrado en ustedes, Venerables Hermanos, avanzarán con fervor. Para que Dios sea más favorable a nuestras oraciones, y para que Él venga con misericordia y prontitud en auxilio de Su Iglesia, Nos juzgamos de profunda utilidad para el pueblo cristiano, invocar continuamente con gran piedad y confianza, junto con la Virgen-Madre de Dios, su casta Esposa, a San José; y tenemos plena seguridad de que esto será del mayor agrado de la Virgen misma. Con respecto a esta devoción, de la cual Nos hablamos públicamente por primera vez el día de hoy, sabemos sin duda que no sólo el pueblo se inclina a ella, sino que de hecho ya se encuentra establecida, y que avanza hacia su pleno desarrollo. Hemos visto la devoción a San José, que en el pasado han desarrollado y gradualmente incrementado los Romanos Pontífices, crecer a mayores proporciones en nuestro tiempo, particularmente después que Pío IX, de feliz memoria, nuestro predecesor, proclamase, dando su consentimiento a la solicitud de un gran número de obispos, a este santo patriarca como el Patrono de la Iglesia Católica. Y puesto que, más aún, es de gran importancia que la devoción a San José se introduzca en las prácticas diarias de piedad de los católicos, Nos deseamos exhortar a ello al pueblo cristiano por medio de nuestras palabras y nuestra autoridad.

3. Las razones por las que el bienaventurado José debe ser considerado especial patrono de la Iglesia, y por las que a su vez, la Iglesia espera muchísimo de su tutela y patrocinio, nacen principalmente del hecho de que él es el esposo de María y padre putativo de Jesús. De estas fuentes ha manado su dignidad, su santidad, su gloria. Es cierto que la dignidad de Madre de Dios llega tan alto que nada puede existir más sublime; mas, porque entre la santísima Virgen y José se estrechó un lazo conyugal, no hay duda de que a aquella altísima dignidad, por la que la Madre de Dios supera con mucho a todas las criaturas, él se acercó más que ningún otro. Ya que el matrimonio es el máximo consorcio y amistad —al que de por sí va unida la comunión de bienes— se sigue que, si Dios ha dado a José como esposo a la Virgen, se lo ha dado no sólo como compañero de vida, testigo de la virginidad y tutor de la honestidad, sino también para que participase, por medio del pacto conyugal, en la excelsa grandeza de ella. El se impone entre todos por su augusta dignidad, dado que por disposición divina fue custodio y, en la creencia de los hombres, padre del Hijo de Dios. De donde se seguía que el Verbo de Dios se sometiera a José, le obedeciera y le diera aquel honor y aquella reverencia que los hijos deben a sus propio padres. De esta doble dignidad se siguió la obligación que la naturaleza pone en la cabeza de las familias, de modo que José, en su momento, fue el custodio legítimo y natural, cabeza y defensor de la Sagrada Familia. Y durante el curso entero de su vida él cumplió plenamente con esos cargos y esas responsabilidades. El se dedicó con gran amor y diaria solicitud a proteger a su esposa y al Divino Niño; regularmente por medio de su trabajo consiguió lo que era necesario para la alimentación y el vestido de ambos; cuidó al Niño de la muerte cuando era amenazado por los celos de un monarca, y le encontró un refugio; en las miserias del viaje y en la amargura del exilio fue siempre la compañía, la ayuda y el apoyo de la Virgen y de Jesús. Ahora bien, el divino hogar que José dirigía con la autoridad de un padre, contenía dentro de sí a la apenas naciente Iglesia. Por el mismo hecho de que la Santísima Virgen es la Madre de Jesucristo, ella es la Madre de todos los cristianos a quienes dio a luz en el Monte Calvario en medio de los supremos dolores de la Redención; Jesucristo es, de alguna manera, el primogénito de los cristianos, quienes por la adopción y la Redención son sus hermanos. Y por estas razones el Santo Patriarca contempla a la multitud de cristianos que conformamos la Iglesia como confiados especialmente a su cuidado, a esta ilimitada familia, extendida por toda la tierra, sobre la cual, puesto que es el esposo de María y el padre de Jesucristo, conserva cierta paternal autoridad. Es, por tanto, conveniente y sumamente digno del bienaventurado José que, lo mismo que entonces solía tutelar santamente en todo momento a la familia de Nazaret, así proteja ahora y defienda con su celeste patrocinio a la Iglesia de Cristo.

4. Ustedes comprenden bien, Venerables Hermanos, que estas consideraciones se encuentran confirmadas por la opinión sostenida por un gran número de los Padres, y que la sagrada liturgia reafirma, que el José de los tiempos antiguos, hijo del patriarca Jacob, era tipo de San José, y el primero por su gloria prefiguró la grandeza del futuro custodio de la Sagrada Familia. Y ciertamente, más allá del hecho de haber recibido el mismo nombre —un punto cuya relevancia no ha sido jamás negada— , ustedes conocen bien las semejanzas que existen entre ellos; principalmente, que el primer José se ganó el favor y la especial benevolencia de su maestro, y que gracias a la administración de José su familia alcanzó la prosperidad y la riqueza; que —todavía más importante— presidió sobre el reino con gran poder, y, en un momento en que las cosechas fracasaron, proveyó por todas las necesidades de los egipcios con tanta sabiduría que el Rey decretó para él el título de "Salvador del mundo". Por esto es que Nos podemos prefigurar al nuevo en el antiguo patriarca. Y así como el primero fue causa de la prosperidad de los intereses domésticos de su amo y a la vez brindó grandes servicios al reino entero, así también el segundo, destinado a ser el custodio de la religión cristiana, debe ser tenido como el protector y el defensor de la Iglesia, que es verdaderamente la casa del Señor y el reino de Dios en la tierra. Estas son las razones por las que hombres de todo tipo y nación han de acercarse a la confianza y tutela del bienaventurado José. Los padres de familia encuentran en José la mejor personificación de la paternal solicitud y vigilancia; los esposos, un perfecto de amor, de paz, de fidelidad conyugal; las vírgenes a la vez encuentran en él el modelo y protector de la integridad virginal. Los nobles de nacimiento aprenderán de José como custodiar su dignidad incluso en las desgracias; los ricos entenderán, por sus lecciones, cuáles son los bienes que han de ser deseados y obtenidos con el precio de su trabajo. En cuanto a los trabajadores, artesanos y personas de menor grado, su recurso a San José es un derecho especial, y su ejemplo está para su particular imitación. Pues José, de sangre real, unido en matrimonio a la más grande y santa de las mujeres, considerado el padre del Hijo de Dios, pasó su vida trabajando, y ganó con la fatiga del artesano el necesario sostén para su familia. Es, entonces, cierto que la condición de los más humildes no tiene en sí nada de vergonzoso, y el trabajo del obrero no sólo no es deshonroso, sino que, si lleva unida a sí la virtud, puede ser singularmente ennoblecido. José, contento con sus pocas posesiones, pasó las pruebas que acompañan a una fortuna tan escasa, con magnanimidad, imitando a su Hijo, quien habiendo tomado la forma de siervo, siendo el Señor de la vida, se sometió a sí mismo por su propia libre voluntad al despojo y la pérdida de todo.

5. Por medio de estas consideraciones, los pobres y aquellos que viven con el trabajo de sus manos han de ser de buen corazón y aprender a ser justos. Si ganan el derecho de dejar la pobreza y adquirir un mejor nivel por medios legítimos, que la razón y la justicia los sostengan para cambiar el orden establecido, en primer instancia, para ellos por la Providencia de Dios. Pero el recurso a la fuerza y a las querellas por caminos de sedición para obtener tales fines son locuras que sólo agravan el mal que intentan suprimir. Que los pobres, entonces, si han de ser sabios, no confíen en las promesas de los hombres sediciosos, sino más bien en el ejemplo y patrocinio del bienaventurado José, y en la maternal caridad de la Iglesia, que cada día tiene mayor compasión de ellos.

6. Es por esto que —confiando mucho en su celo y autoridad episcopal, Venerables hermanos, y sin dudar que los fieles buenos y piadosos irán más allá de la mera letra de la ley— disponemos que durante todo el mes de octubre, durante el rezo del Rosario, sobre el cual ya hemos legislado, se añada una oración a San José, cuya fórmula será enviada junto con la presente, y que esta costumbre sea repetida todos los años. A quienes reciten esta oración, les concedemos cada vez una indulgencia de siete años y siete cuaresmas. Es una práctica saludable y verdaderamente laudable, ya establecida en algunos países, consagrar el mes de marzo al honor del santo Patriarca por medio de diarios ejercicios de piedad. Donde esta costumbre no sea fácil de establecer, es al menos deseable, que antes del día de fiesta, en la iglesia principal de cada parroquia, se celebre un triduo de oración. En aquellas tierras donde el 19 de marzo —fiesta de San José— no es una festividad obligatoria, Nos exhortamos a los fieles a santificarla en cuanto sea posible por medio de prácticas privadas de piedad, en honor de su celestial patrono, como si fuera un día de obligación.

7. Como prenda de celestiales favores, y en testimonio de nuestra buena voluntad, impartimos muy afectuosamente en el Señor, a ustedes, Venerables Hermanos, a su clero y a su pueblo, la bendición apostólica.

Dado en el Vaticano, el 15 de agosto de 1889, undécimo año de nuestro pontificado.

LEÓN PP. XIII

Oración a San José

A ti, bienaventurado san José, acudimos en nuestra tribulación, y después de implorar el auxilio de tu santísima esposa, solicitamos también confiadamente tu patrocinio.

Con aquella caridad que te tuvo unido con la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, y por el paterno amor con que abrazaste al Niño Jesús, humildemente te suplicamos que vuelvas benigno los ojos a la herencia que con su Sangre adquirió Jesucristo, y con tu poder y auxilio socorras nuestras necesidades.

Protege, oh providentísimo Custodio de la divina Familia, la escogida descendencia de Jesucristo; aleja de nosotros, oh padre amantísimo, este flagelo de errores y vicios. Asístenos propicio desde el cielo, en esta lucha contra el poder de las tinieblas; y como en otro tiempo libraste de la muerte la vida amenazada del Niño Jesús, así ahora defiende a la santa Iglesia de Dios de las hostiles insidias y de toda adversidad. Y a cada uno de nosotros protégenos con tu constante patrocinio, para que, a ejemplo tuyo, y sostenidos por tu auxilio, podamos vivir y morir santamente y alcanzar en los cielos la eterna bienaventuranza. Amén

lunes, 16 de marzo de 2026

¿QUÉ ESTÁS DISPUESTO A HACER PARA ALCANZAR LA SALVACIÓN?



“Si el profeta te hubiera 
mandado algo difícil, 
lo habrías hecho; 
cuánto más ahora 
que te dice: lávate y 
quedarás limpio.”

¡A cuántas personas se podrá hacer esta reconvención en la hora de la muerte! ¡Y a cuántas puede hacérseles ya durante la vida!

Si Dios hubiera exigido para salvarnos retirarnos a los desiertos, practicar las penitencias más austeras o vivir en ayuno continuo; si hubiera sido necesario sufrir los mayores tormentos para evitar el infierno, o si solo los mártires y los más severos penitentes pudieran entrar en el cielo, ¿habría sido razonable dudar en la elección?

Entre los fuegos eternos o unos pocos años de penitencia, entre los sufrimientos pasajeros o la felicidad eterna, ¿qué persona sensata habría vacilado?

“Cuánto más ahora que te dice: lávate y quedarás limpio.”

¡Cuánto más debemos obedecer cuando Dios no nos pide sino que lo amemos de todo corazón, que lo sirvamos y que vivamos según su voluntad!

¿Qué nos pide el Señor que no sea suave y razonable? Nos pide que lo amemos: ¿acaso no merece nuestro amor? ¿Hay dificultad en amar a un Dios infinitamente amable que nos ama primero?

Nos pide que guardemos sus mandamientos: ¿hay alguno que no sea para nuestro bien? ¿Ha habido jamás yugo más suave ni carga más ligera que la de Jesucristo? Él mismo lo ha asegurado.

Comparemos lo que Dios pide a sus siervos con lo que el mundo exige de los suyos. Pensemos en lo que se sufre por una carrera, por una fortuna, por un empleo, por agradar a los hombres o por conseguir reputación.

¡Cuántos trabajos!
¡Cuántas preocupaciones!
¡Cuántas fatigas y desvelos!
Se consume la salud, se acortan los días y muchas veces sin provecho alguno.

Si la salvación exigiera tantos esfuerzos como los que se hacen por las cosas del mundo, ¿no se diría que su precio sería justo según la opinión de los mismos mundanos?

Y sin embargo, una Cuaresma parece demasiado larga; algunos días de ayuno parecen demasiado duros; la menor mortificación por Dios parece impracticable.

Estamos cubiertos de pecados; nuestra alma está herida por la culpa. Y se nos dice: “Lávate y quedarás limpio.” Jesucristo nos ofrece el baño saludable de su Sangre en el sacramento de la Penitencia, por el cual podemos recobrar la inocencia; y sin embargo rehusamos emplear este remedio.

¡Qué reproche tan justo se podrá hacer también a muchas personas piadosas que, habiéndolo dejado todo por Dios, viven sin fervor ni constancia, en una vida tibia y peligrosa, por descuidar pequeñas fidelidades!

A quienes han abrazado un estado más perfecto no se les pide sino un poco más de recogimiento, un poco más de puntualidad y fidelidad en lo pequeño, para gozar de la paz interior y asegurar una muerte santa.

Pero muchos prefieren arrastrarse toda la vida en la tristeza de una vida imperfecta antes que observar lo que llaman cosas pequeñas.

“Si te hubiera mandado algo difícil, lo habrías hecho; cuánto más ahora que solo te dice: lávate y quedarás limpio.”

P. JEAN CROISSET SJ: REFLEXIONES DE CUARESMA

LUNES DEL TERCER DOMINGO DE CUARESMA
(2 Reyes 5, 1-15).

viernes, 13 de marzo de 2026

UN VIEJO TRUCO DEL ENEMIGO REVELADO



Uno de los males más silenciosos de nuestro tiempo es la pérdida de esperanza.

Muchos no niegan a Dios, pero piensan:
“Nada va a cambiar.”
“Ya es tarde para mí.”
“No vale la pena intentarlo.”

Pero esa voz no viene de Dios.
La Iglesia siempre ha enseñado que la desesperación es una tentación contra la virtud de la esperanza.

El enemigo del alma intenta convencer al hombre de que su historia está perdida.

Sin embargo, la verdad es otra:
Mientras el alma vive, Dios puede obrar en ella. Por eso siempre debe haber Esperanza.

La misma mentira de siempre:

Antes del pecado el demonio sugiere:
“No pasa nada.”
“No es grave.”
“Hazlo.”

Después del pecado susurra:
“Ya caíste.”
“Dios no te perdonará.”
“Es inútil levantarte.”

Pero la misericordia de Dios es más grande que cualquier pecado.

Lo que realmente pierde al alma es dejar de levantarse de sus pecados mortales y rendirse.

Cuando llega el desaliento

La vida moderna llena la mente de ruido: preocupaciones, comparaciones, miedo al futuro.

El alma se cansa. Y cuando el alma se cansa, aparece la desesperanza.

Pero el cristiano recuerda una verdad fundamental:
Si Dios permite una prueba grande, también concederá una gracia más abundante para superarla.

El camino de regreso

Cambian los tiempos, pero los remedios siguen siendo los mismos:
~Oración diaria
~Confesión frecuente
~Menos ruido y distracción
~Caridad con el prójimo
~Confianza en la Providencia

Verdades que sostienen al católico:
Nuestro Señor Jesucristo venció al pecado.
Nuestro Señor Jesucristo venció al demonio.
Nuestro Señor Jesucristo venció la muerte.

Por eso ninguna persona mientras tenga vida está realmente derrotada.
Incluso el pecador más gravemente caído puede y debe levantarse.

¿Qué hacer si me cuesta levantarme?
Empieza con algo pequeño.
A veces basta:
Una oración sincera pidiendo volver a la gracia.
Una confesión bien hecha (necesaria para recuperar la gracia).
Un acto de Caridad.

Da un pequeño paso.
Y Dios hará el resto.

Aleja la desesperación, porque viene de la mentira.
Deja entrar la virtud de la Esperanza, para que more siempre en tu alma.

Y si te sientes agobiado y no sabes a dónde acudir, acude al refugio seguro, la Santísima Virgen María y dile:

“Madre de la Esperanza,
Refugio de los pecadores,
Consuelo de los afligidos,
Ruega por nosotros.”

jueves, 12 de marzo de 2026

ODA A LA MUJER FUERTE



 ODA A LA MUJER FUERTE 

Bendita seas, mujer de virtud,
tesoro más precioso que las perlas del mar;
tu valor no se mide en riquezas pasajeras,
porque tu alma está anclada en Dios.

Tu corazón es fiel como roca firme,
y quien confía en ti no será defraudado;
porque en tus manos hay trabajo honrado,
y en tus palabras, prudencia y verdad.

Te levantas cuando aún reina la noche,
y ya piensa tu amor en el bien de los tuyos;
como lámpara que nunca se apaga
tu cuidado ilumina el hogar.

Tus manos conocen el trabajo,
pero tu espíritu permanece sereno;
porque cada esfuerzo ofrecido a Dios
se vuelve oración silenciosa.

Tu modestia es más bella que el oro,
tu pureza más clara que el alba;
no buscas adornos del orgullo,
pues tu gloria es agradar al Señor.

Amas a la Santísima Virgen
como hija que aprende de su Madre;
y en su ejemplo hallas la dulzura
de la obediencia y de la fe.

Cuando hablas, tu voz trae sabiduría;
cuando corriges, lo haces con caridad;
porque en tu corazón habita la ley
de la bondad y la misericordia.

Engañosa es la gracia del mundo
y vana la belleza que pasa;
mas la mujer que teme al Señor
esa será alabada para siempre.

miércoles, 11 de marzo de 2026

LOS SANTOS NOS HABLAN DE LA CRUZ DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO



“Cristo reinó desde el madero; la cruz es su trono, y desde allí sometió al mundo entero, no por la fuerza de las armas, sino por la fuerza del amor.”
(San Agustín de Hipona)

“La sangre de Cristo derramada en la cruz es el precio de nuestra redención; por ella fuimos comprados, por ella fuimos rescatados del poder del demonio.”
(San León Magno)

“La cruz del Señor es la esperanza de los cristianos, la resurrección de los muertos, el camino de los que estaban perdidos, el bastón de los cojos y el consuelo de los pobres.”
(San Juan Crisóstomo)

“Contempla al Señor crucificado y aprende cuánto te ha amado: sus manos clavadas, sus pies atravesados, su costado abierto y su sangre derramada por la salvación del mundo.”
(San Agustín de Hipona)

“Por el árbol del paraíso entró la muerte en el mundo; por el árbol de la cruz ha sido restaurada la vida.”
(San Ireneo de Lyon)

“Cristo extendió sus manos en la cruz para abrazar a toda la humanidad y reunir en uno a los hijos de Dios dispersos.”
(San Atanasio de Alejandría)

“No te avergüences de la cruz; por ella fueron abiertos los cielos, fue destruida la muerte y fue vencido el diablo.”
(San Cirilo de Jerusalén)

“En la cruz el Señor ofreció el sacrificio verdadero, y su sangre derramada purificó al mundo entero.”
(San Cirilo de Alejandría)

“La sangre de Cristo habla mejor que la de Abel; aquella clamaba venganza, esta implora misericordia para los pecadores.”
(San Juan Crisóstomo)

“En la cruz el Señor inclinó su cabeza para besarnos y abrió su costado para acogernos en su corazón.”
(San Agustín de Hipona)

“La cruz que fue instrumento de suplicio se convirtió en el trofeo de Cristo y en el signo de la victoria sobre el infierno.”
(San León Magno)

“Cristo fue elevado en la cruz para levantar al mundo que había caído por el pecado.”
(San Gregorio Nacianceno)

“En la cruz vemos al Cordero inmolado por nuestros pecados y su sangre derramada para nuestra salvación.”
(San Efrén de Siria)

“El Señor fue clavado en la cruz, pero con esos clavos fijó al enemigo y destruyó el poder del pecado.”
(San Juan Crisóstomo)

“La sangre de Cristo es medicina para las almas, rescate para los cautivos y perdón para los pecadores.”
(San Ambrosio de Milán)

“La cruz del Señor es el altar sobre el cual fue ofrecido el sacrificio que reconcilió al mundo con Dios.”
(San León Magno)

“Cristo fue despojado en la cruz para revestirnos con la gracia divina.”
(San Gregorio de Nisa)

“Los brazos abiertos del Crucificado muestran que Él quiso morir abrazando al mundo.”
(San Atanasio de Alejandría)

“Por la cruz fue destruida la maldición y por la sangre de Cristo nos vino la bendición.”
(San Juan Crisóstomo)

“El costado abierto de Cristo derramó sangre y agua, fuente de los sacramentos y vida de la Iglesia.”
(San Agustín de Hipona)

“La cruz es el árbol de la vida plantado en medio del mundo.”
(San Efrén de Siria)

“Cristo venció al enemigo no con poder humano, sino con la humildad de la cruz.”
(San León Magno)

“El Señor aceptó la muerte para destruir la muerte, y derramó su sangre para dar vida al mundo.”
(San Atanasio de Alejandría)

“En la cruz fue escrito el perdón del mundo con la sangre del Redentor.”
(San Ambrosio de Milán)

“La cruz de Cristo es la puerta del paraíso que estaba cerrada desde Adán.”
(San Cirilo de Jerusalén)

“El Señor fue levantado en la cruz como un médico que se ofrece a sí mismo como remedio para los enfermos.”
(San Gregorio Nacianceno)

“La sangre del Señor derramada en el Calvario purifica la tierra y santifica al mundo.”
(San Juan Crisóstomo)

“En la cruz el Señor pagó nuestra deuda con su propia sangre.”
(San Agustín de Hipona)

“Cristo cargó con nuestros pecados sobre el madero para devolvernos la vida.”
(San Ireneo de Lyon)

“La cruz es el estandarte del Rey crucificado y el terror de los demonios.”
(San Efrén de Siria)

“La pasión de Cristo es el precio de la libertad del mundo.”
(San León Magno)

“La sangre de Cristo es bebida de inmortalidad para los fieles.”
(San Juan Crisóstomo)

“La cruz es el trono del amor divino desde el cual Cristo gobierna los corazones.”
(San Agustín de Hipona)

“La muerte de Cristo destruyó la muerte y su sangre abrió el camino al cielo.”
(San Atanasio de Alejandría)

“La cruz es la gloria de Cristo y la salvación del mundo.”
(San Cirilo de Alejandría)