La Virgen María es nuestra Corredentora. Nos salvó juntamente con Nuestro Señor Jesucristo. Pero ¡a precio de qué dolor! El martirio de la Santísima Virgen María es incomparablemente más trágico que el sacrificio que se le pidió al Patriarca Abraham cuando Dios le ordenó inmolar a su hijo Isaac. Porque el Patriarca Abraham era el padre, no la madre; y porque el sacrificio que se le pidió fue solamente intencional: no llegó a consumarse. En el Calvario no es el padre, sino la Madre, y el sacrificio se está consumando trágicamente. Y no de un golpe, sino gota a gota. ¡Martirio inefable! «Oh, vosotros los que cruzáis por los caminos de la vida, mirad y ved si hay dolor semejante a mi dolor».
P. Antonio Royo Marín. O.P










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