viernes, 23 de octubre de 2026

LAS CINCO ORACIONES DE FÁTIMA

 

Si hay algo central en el mensaje de las apariciones de la Virgen María en el año 1917 en Fátima, Portugal, es la necesidad urgente de rezar. Si las cosas van mal, si la mirada que desplegamos hacia los acontecimientos de nuestra vida es sin esperanza, es porque nos falta más oración, nos falta espíritu de oración.

La Virgen ha querido enseñar a unos niños sencillos, humildes, la necesidad de oración e inspirarnos ese deseo de vivir en una atmósfera de oración todos los días. Hagamos, entonces, un recuento de lo que el acontecimiento mariano en Fátima nos dejó como parte del tesoro de oraciones que la Iglesia posee.

Primera Oración del Ángel: Oración del Perdón y de la Fe. (Primavera/verano de 1916).

«¡Dios mío! Yo creo, adoro, espero y os amo. Os pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan ni os aman.»

Esta primera oración fue comunicada a los niños durante la primavera o el verano de 1916. Los tres pastorcitos apacentaban sus rebaños en la propiedad familiar conocida como Chousa Velha y, sorprendidos por una fina lluvia de verano, buscaron refugio en las pequeñas cavernas rocosas de la gruta del cerro del Cabeço.

Mientras nuestros pequeños videntes permanecían resguardados, un viento fuerte sacudió los olivos circundantes. Levantando la mirada, contemplaron aproximarse por encima del olivar a un joven de catorce a quince años, de blancura superior a la nieve y de transparencia cristalina atravesada por la luz solar. Al aproximarse, la figura les tranquilizó diciendo:

«¡No temáis! Soy el Ángel de la Paz. Rezad conmigo».

Inclinándose profundamente hasta tocar el suelo con la frente en un gesto de postración adorativa, el Ángel hizo repetir a los niños esta oración tres veces consecutivas antes de incorporarse.

La oración que llamamos del Perdón y de la Fe constituye una profesión explícita de las virtudes teologales —fe, esperanza y caridad— acompañada con un acto supremo de adoración. Al concluir la tercera repetición, el Ángel añadió una promesa de consolación espiritual:

«Rezad así. Los Corazones de Jesús y de María están atentos a la voz de vuestras súplicas».

Segunda Oración del Ángel: Oración de Reparación Eucarística y Trinitaria.(Otoño de 1916).

«Santísima Trinidad —Padre, Hijo y Espíritu Santo—, os ofrezco el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los sagrarios de la tierra, en reparación de los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Santísimo Corazón y del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores.»

La tercera y última manifestación del Ángel de Portugal tuvo lugar a finales de septiembre u octubre de 1916 —otoño—, nuevamente en la gruta del Cabeço, adonde los niños habían acudido tras pastorear en el olivar de La Prégueira.

Mientras los tres niños oraban postrados en tierra repitiendo la primera oración del Ángel, una luz insólita los envolvió. Al erguirse, contemplaron al Ángel sosteniendo en su mano izquierda un cáliz sobre el cual flotaba una Sagrada Forma, de la que goteaban partículas de sangre al interior de la copa. Dejando el cáliz y la Forma suspendidos en el aire, el Ángel se postró al lado de los videntes y les enseñó esta profunda fórmula.

Tras hacerles rezar, el Ángel tomó de nuevo el cáliz y la Forma, administrando la Comunión sacramental a Lucía y dando a beber el contenido del cáliz a Francisco y Jacinta —quienes aún no habían recibido la Primera Comunión—. En ese instante, el Ángel pronunció el mandato reparador:

«Tomad y bebed el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios».

Tercera Oración: Oración de Adoración a la Santísima Trinidad y al Santísimo Sacramento. (13 de mayo de 1917).

«¡Oh, Santísima Trinidad, yo os adoro! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Yo os amo en el Santísimo Sacramento!»

Transmitida al mediodía del domingo 13 de mayo de 1917 durante la primera aparición de Nuestra Señora sobre la copa de una encina en Cova da Iria, terreno pedregoso propiedad de los padres de Lucía.

Luego de interrogar a los niños sobre su disposición para aceptar los sufrimientos en acto de reparación e intercesión, la Santísima Virgen abrió sus manos venerables. De sus palmas brotó una luz divina de deslumbrante intensidad que penetró en el pecho y en el fondo del alma de los videntes. Esta efusión luminosa los hizo verse sumergidos en Dios mismo. Cediendo a un impulso interior irresistible, cayeron de rodillas y comenzaron a recitar espontáneamente esta jaculatoria.

Una oración comunicada mediante las manos Inmaculadas de la Madre de Dios.

Cuarta Oración: Oración de Ofrecimiento del Sacrificio.(13 de julio de 1917).

«¡Oh, Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María!»

Fue revelada el viernes 13 de julio de 1917 durante la tercera aparición en Cova da Iria, acontecida ante la presencia de aproximadamente cuatro mil fieles y curiosos que desafiaban la persecución mediática y civil.

Nuestra Señora entregó esta jaculatoria para la vida diaria de los pastorcitos. Les mandó explícitamente pronunciar esta fórmula cada vez que tuvieran que afrontar un sufrimiento, mortificación o contrariedad:

«Sacrificaos por los pecadores y decid muchas veces, y especialmente cuando hagáis un sacrificio: ¡Oh, Jesús, es por tu amor...!».

La enseñanza de esta oración sirvió de preparación espiritual inmediata antes de que la Virgen les mostrara la pavorosa visión del infierno y les comunicara las dos primeras partes del famoso Secreto.

Quinta Oración: Oración Jaculatoria del Rosario / Oración de Fátima. (13 de julio de 1917).

«¡Oh, Jesús mío! Perdonad nuestras culpas, preservadnos del fuego del infierno, llevad al Cielo a todas las almas y, en especial, a las más necesitadas de Vuestra Misericordia.»

Fue transmitida también el 13 de julio de 1917 en Cova da Iria, inmediatamente después de contemplar la espeluznante visión del Infierno y de escuchar las advertencias proféticas sobre el fin de la Primera Guerra Mundial y la amenaza del comunismo ateo en Rusia.

En esa ocasión, la Madre de Dios ordenó la inserción obligatoria y perpetua de esta jaculatoria en el rezo del Santo Rosario, señalando:

«Cuando recéis el Rosario, recitad al final de cada misterio: ¡Oh, Jesús mío! Perdonad nuestras culpas...».

La oración se extendió rápidamente entre la piedad popular a partir de los testimonios recogidos durante los interrogatorios canónicos. Es una súplica confiada a la misericordia de Cristo para librar a la humanidad de la condenación eterna —«preservadnos del fuego del infierno»— e implora el perdón universal de los pecados. La Virgen quiere que nosotros nos preocupemos por la salvación de las almas, Salus animarum.

Durante las indagaciones canónicas de campo llevadas a cabo el 27 de septiembre de 1917, el Canónigo Manuel Nunes Formigão —el «Cuarto Vidente de Fátima»— registró en sus manuscritos originales el texto exacto dictado por Lucía. Asimismo, el canónigo anotó a continuación la adición piadosa:

«Y da consuelo a las almas del Purgatorio, sobre todo a las más abandonadas».

Esta variante, documentada en los folios iniciales de la investigación diocesana, responde a un añadido jaculatorio y fúnebre muy extendido en la praxis litúrgica portuguesa de la época, que los fieles integraron de manera natural como un comentario contemplativo complementario al dictado original de la Virgen María.

Una ilustración del efecto de estas oraciones en los pequeños videntes.

Francisco Marto. El Consolador de Jesús Escondido.

A este pastorcito la visión de la aparición del Ángel en el otoño de 1916 y la adoración trinitaria quedó muy marcada, como si hubiese asimilado en su profundidad las Oraciones 2 y 3. Tras recibir el contenido del cáliz de manos del Ángel, declaró con infantil asombro:

«Sentía que Dios estaba dentro de mí».

Despreocupado por pedir gracias para sí, Francisco reorientó toda su vida hacia la espiritualidad consoladora, dedicando largas horas a la oración solitaria e inmóvil para consolar a «Jesús escondido» en el Tabernáculo. Aceptó con serena alegría los brutales padecimientos de la gripe neumónica en 1919, expirando con una enigmática sonrisa en sus labios como supremo acto de adoración reparadora, figura que nos parece de lo que deben ser los miembros de la Adoración Nocturna Mexicana.

Jacinta Marto. La Heroica Víctima Reparadora.

Impactada de forma imborrable por la visión del infierno del 13 de julio, Jacinta hizo de las Oraciones 4 y 5 la brújula absoluta de sus días. Rezaba incesantemente la jaculatoria del Rosario de rodillas sobre la tierra dura, soportaba voluntariamente la sed bajo el sol abrasador de la sierra, cedía su merienda a niños pobres o a las ovejas y llevó atada a la cintura, día y noche, una cuerda áspera que le servía de cilicio.

Durante su dolorosa hospitalización en el Hospital Doña Estefanía de Lisboa, aquejada de una pleuresía purulenta y tras la extirpación de dos costillas sin anestesia general, soportó la humillación del desnudo y los atroces dolores sin lanzar una sola queja, ofreciéndolo todo por la salvación de las almas y la figura del Santo Padre.

Lucía dos Santos. La Custodia y Testigo del Mensaje.

Como voz y portavoz del grupo durante las apariciones, Lucía asumió el encargo providencial de conservar y difundir las oraciones. Soportó con serenidad y firmeza la hostilidad civil del alcalde masón Arturo da Oliveira Santos y los agotadores interrogatorios de la autoridad eclesiástica.

Bajo el perspicaz escrutinio del Canónigo Manuel Nunes Formigão, Lucía dio testimonio irrefutable del texto de las oraciones, fijándolas posteriormente de manera definitiva en la redacción de sus Memorias. De este modo, garantizó que la pedagogía de la Virgen María, manifestada en las oraciones y recibida por los pastorcitos en el Cabeço y Cova da Iria, se perpetuara intacta en el tesoro espiritual de la Iglesia Universal.

Conclusión:

No nos olvidemos de rezar. Nuestra primera obligación son nuestros ejercicios espirituales, nuestra segunda son nuestros ejercicios espirituales, nuestra tercera obligación son nuestros ejercicios espirituales.

Pidámosle a la Santísima Virgen que nos ayude a tener un espíritu pronto a la oración.

P Jhonny Vásquez

No hay comentarios:

Publicar un comentario