domingo, 15 de febrero de 2026

RELIGIOSIDAD y MISA EN NIÑOS DE 1 A 5 AÑOS


 
Por Diego Casanueva Rivero 

Desde la más tierna edad, la acción santificadora del Espíritu Santo puede llenar los corazones de los niños y disponer sus almas para recibir las gracias del Santo Sacrificio de la Misa, que eleva a los hombres hasta la Cruz y los une a Nuestro Señor Jesucristo crucificado. Por ello, no se debe ser un estorbo para que los niños pequeños se acerquen a Él, pues el buen comportamiento en el templo es la mejor preparación para que desde temprano amen el Sacramento de la Eucaristía y se formen religiosamente.

El fundamento para comenzar esta educación desde los nueve meses se apoya en que, a esa edad, el niño ya entiende la palabra “no”, puede dejar de balbucear y es capaz de guardar silencio si se le corrige física y verbalmente con constancia. Desde ese momento comienza un proceso de comprensión y aprendizaje que no cesa, siempre que exista guía firme y vigilancia continua, sin forzar el desarrollo natural, sino interiorizando progresivamente el silencio, la postura corporal y el respeto al santo recinto.

Esta tarea corresponde en general al papá, quien representa para los hijos la paternidad divina y es el modelo irremplazable de fuerza y congruencia. 

Además, ordinariamente es la mamá quien pasa la mayor parte de la semana con los hijos, lo que provoca un desgaste natural en la corrección cotidiana, mientras que la figura paterna introduce una objetividad distinta que renueva la autoridad y da seguridad a los niños. El papá saca a los hijos del ensimismamiento producido por la larga convivencia con mamá y aporta la fuerza, la firmeza y la congruencia necesarias para la formación religiosa, sin sustituir la ternura materna, sino complementándola. Por ello, en la Santa Misa, el papá resulta especialmente idóneo para guiar, corregir y enseñar, pues su presencia representa la paternidad divina y facilita que los niños se introduzcan con respeto y disciplina en el misterio del Sacrificio de la Cruz.

Introducir a los niños en el misterio del Sacrificio de la Cruz es misión propia del padre, pues la Santa Misa es substancialmente el mismo sacrificio que el de la Cruz. Así como Dios Padre entrega a su Hijo para la Redención, Abraham introduce a Isaac en el misterio del sacrificio, y San José fortalece al Niño Jesús y a la Santísima Virgen para el momento de la Cruz, de igual modo el papá debe conducir a sus hijos pequeños al altar y hacer de la Santa Misa su tesoro más querido.

Desde los primeros meses hasta los tres años, el papá debe corregir con constancia el ruido, la postura corporal y la falta de silencio, sin dejar pasar una sola indisciplina. Entre los dos y tres años, el niño puede distinguir los momentos principales de la Santa Misa, especialmente la Consagración y la Comunión, acercándose con manitas juntas y conciencia de la presencia real de Nuestro Señor. Si este camino ha sido constante, hacia los cinco años el niño puede estar quietecito, calladito y atento por largos momentos, con verdadera devoción. Cuando este proceso no ha sido adecuado o se han cometido errores en la primera etapa, es necesario rectificar, pues es de sabios volver al comienzo y empezar de nuevo cuando se ha perdido el rumbo, empezando con cosas fáciles pero puras, con verdades altas pero claras, con principios primeros pero inamovibles.

La constancia, la paciencia y la perseverancia permiten que el trabajo realizado dé fruto, aun cuando cueste mucho, pues en ello va la existencia, la vida y el futuro. Nunca es tarde para comenzar, ni para recomenzar, cuando se busca orientar con rectitud el tronco tierno y conducir a los niños hacia lo más elevado, edificante y digno que es lo espiritual.

*Consejos:*

- Preparar la Santa Misa antes de entrar al templo, explicando con palabras sencillas lo que sucede en el altar.

- Elegir un lugar donde el niño vea el altar y permita corrección inmediata.

- Mantener al papá de rodillas la mayor parte del tiempo para corregir con cercanía y ejemplo.

- Corregir siempre con voz muy baja, contacto físico y firmeza.

- No dejar pasar ninguna indisciplina conforme a la edad del niño.

- Sacar inmediatamente al niño cuando pierda el control, corregirlo y regresarlo lo antes posible.

- Mantener disciplina aun fuera del templo, sin elevar la voz.

- No permitir juguetes ni comida ni distracciones.


- No dar nunca la espalda al altar.

- Dirigir la atención del niño con palabras breves y piadosas hacia Nuestro Señor y la Santísima Virgen.

- Rezar en familia durante la semana, especialmente el rosario.

- Mantener vigilancia y constancia hasta los cinco años, renovando propósitos cuando haya fallas.

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