lunes, 6 de julio de 2015

MUCHO DEBEMOS AMAR A QUIEN MUCHO NOS HA PERDONADO

«¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me has dado agua con que se lavaran mis pies; en cambio, ella los bañó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. Tú no me has dado el ósculo de la paz; ella, en cambio, desde que entró, no cesó de besar mis pies. Tú no ungiste con óleo mi cabeza; ella derramó perfume sobre mis pies. Por eso te digo que sus numerosos pecados, le han sido perdonados porque ha amado mucho. Que ama menos aquél a quien menos se le perdona». En seguida dijo a la mujer: «Tus pecados te son perdonados». (Lc VII, 44-48).

Las ovejas no ponen condiciones ni establecen circunstancias para seguirle, sólo oyen y siguen su voz. ¡Su voz les basta!


El hombre, abandonado a su debilidad, es capaz de cometer los mayores pecados. Nada hay más frágil que la naturaleza humana. San Pedro prometió al Salvador que habría de morir antes que abandonarlo y, por unas palabras de una sirvienta, por tres veces renegó de su divino Maestro. ¿Qué más apto para hacernos temblar y para inspirarnos una saludable desconfianza en nosotros mismos? ¿Si ha caído quien sería la columna de la Iglesia, qué no nos sucederá a nosotros, que somos débiles como cañas? «Señor, he caído por mi propia flaqueza; sólo por vuestra bondad me he levantado» (San Agustín).

Si has caído en alguna falta, aunque fuese el más horrible de todos los pecados, no te desanimes por ello; la bondad de Dios sobrepuja infinitamente la malicia humana. Vuelve a tu Padre; Él te espera, te llama y está preparado para recibirte. Tu arrepentimiento borrará tu culpa en el Confesionario y volverás a ser parte del redil amoroso del Buen Pastor. Él se alegrará de haber recobrado a su querida oveja. Tanto te ama que está dispuesto a dejar a buen recaudo las otras noventa y nueve ovejas para ir amorosamente en tu busca... si tú deseas reencontrarte con Él. Dios está dispuesto a perdonar y siempre perdona cuando hay verdadero arrepentimiento y propósito de enmienda. Una vez ya confesado, entrégate a Él; porque mucho debes amar al que mucho ha perdonado. Y si Él te perdonó, también perdónate a ti mismo. Tanto ama Dios al pecador que mandó a su Hijo a morir por cada uno de nosotros para rescatarnos. "Como ovejas descarriadas hemos sido todos nosotros; cada cual se desvió para seguir su propio camino, y a Él le ha cargado el Señor sobre las espaldas la iniquidad de todos nosotros" (Is. LIII, 6). Cristo pensó en ti particularmente -y en cada uno de nosotros- en el momento de su Pasión, y se ofreció como víctima en pago de nuestros pecados. Cada una de nuestras faltas las tuvo presentes mientras sufría las peores torturas y pendía de un leño en el Calvario. Si meditáramos esto en toda su dimensión, deberíamos de no pecar más. ¿Puede haber más amor que dar, así, la vida por sus amigos?

Pero si aceptamos su Sacrificio y nos confesamos, una vez convertidos vendrán más pruebas para nosotros, pues el demonio envidioso rondará para tratar de hacernos caer de nuevo, pero...¡que nada nos descontrole ni nadie nos vuelva alejar de Él! Y si hay un tropiezo, incorporémonos de nuevo. Está la mano amiga de Cristo, ¡siempre presta para levantarnos! Nosotros fallamos, ¡Él nunca nos falla!. Él sabe qué conviene y qué quiere de nosotros. 

Agradezcamos mucho a Dios porque nos ha perdonado mucho y amemos mucho a Dios que mucho nos ha amado con un amor sin defectos ni límites, al contrario del nuestro. Cristo es el Buen Pastor que guía a sus ovejas y recupera a las perdidas, "va delante de ellas y las ovejas le siguen, porque conocen su voz" (Jn. X, 4-7). Las ovejas no ponen condiciones ni establecen circunstancias para seguirle, sólo oyen y siguen su voz. ¡Su voz les basta! Por eso Jesús dijo: "En verdad, en verdad os digo, que yo soy la puerta de las ovejas" (Jn. X, 4-7).

¿Estamos dispuestos a arrepentirnos y seguirlo, siempre, ¡siempre!, en cualquier circunstancia que se nos presente o sólo en las condiciones por nosotros impuestas? ¿En verdad, en verdad amamos mucho a Quien todo debemos y mucho nos ha perdonado?

Seamos de las ovejas que reconocen y siguen siempre la voz del Buen Pastor. Poco será lo que hagamos y lo que suframos comparado con la distancia que existe con lo que Cristo ha hecho por nosotros. A quienes más nos ha perdonado, más obligados estamos de amarle.

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