jueves, 21 de julio de 2016

JESÚS DA LA VISTA AL CIEGO (MEDITACIÓN)


De la vida que Cristo dio al ciego mendigo
(Puntos para meditarlos varios minutos, luego de su lectura)

Punto I. Considera cómo este ciego fue símbolo del pecador pobre de las riquezas verdaderas, mendigo de las criaturas, pidiendo a las puertas de ellas, sentado y descuidado de su salvación en el descanso de sus vicios junto al camino, porque a vista del verdadero que lleva al cielo, anda descaminado por despeñaderos y a riesgo de caer a cada paso y dar consigo en el infierno. Vuelve los ojos a ti mismo y considera el estado en que te puso el pecado, y llora y gime tu miseria, y cóbrale el aborrecimiento que debes tenerle. Mírate ciego, pobre, mendigo, sin luz ni providencia, descuidado y sin camino en la ceguedad de tus vicios, siguiendo desenfrenadamente tus desordenados apetitos, y clama al Señor con este ciego pidiéndole vista y salud: Jesu Fiti David míserere mei.

Punto II. Considera cómo el ciego clamaba á Jesús, y los que pasaban le impedían y denostaban, mas no por eso desistió de sus clamores hasta conseguir su petición; en que te enseña a clamar a Dios en tus necesidades, y cuánto impide el tropel de las cosas temporales que pasan con el tiempo, los cuidados exteriores que divierten el alma de la oración y no la dejan clamar a Dios; pero tú a imitación de este ciego debes no rendirte, sino perseverar clamando y orando hasta conseguir tu petición.

Punto III. Considera cómo Cristo se paró a las voces del ciego y ordenó a sus discípulos que se le trajesen y le sanó; en que tienes mucho que aprender. Lo primero, cómo la oración del pobre detuvo a Cristo, en que conocerás la fuerza de la oración que detiene a Dios en su camino y le hace parar a socorrer nuestras necesidades, y clama en las tuyas y dile con el ciego: Jesús, hijo de David, tened misericordia de mí, y no le dejes pasar sin que te oiga y remedie, como lo hizo con este ciego. Lo Segundo, aprende del Salvador a detenerte cuando oyeres la voz del pobre, y no pases sin remediarle en la manera que pudieres sus necesidades. Lo tercero, advierte cuán fácilmente pudiera Cristo llegarse al ciego, y no lo hizo sino mandó a los apóstoles que se le trajesen, para que supiésemos que es oficio de apóstoles traer los ciegos a Dios; y que les manda a sus discípulos, y a ti si eres uno de ellos, que le traigas todos los ciegos en el alma que pudieres para que les dé vista. Considera cuántos lo están, porque tú no se los traes y que son muchos los que ciegos con sus pasiones se despeñan en el abismo por no darles tú la mano ni traerlos al conocimiento de Dios. Duélete de tu poca caridad y procura en adelante el bien de tus prójimos amándolos como a ti, y haciendo el oficio con ellos que quisieras que hicieran contigo.

Punto IV. Considera cómo en dando Cristo vista al ciego, él le siguió dándole mil gracias, y toda la gente glorificó a Dios; adonde conviene meditar dos cosas. La primera, el agradecimiento de este ciego, no solo de palabra alabando a Dios, sino de obra siguiéndole como discípulo con los demás de su escuela: así debes darle tú gracias por las mercedes que te hace, no solo de palabra engrandeciendo su bondad, sino también de obra sirviéndole y siguiéndole y haciéndote su discípulo, que para eso te da ojos para que le sigas y le sirvas adonde quiera que fuere. Lo segundo, pondera que todos los que antes le impedían clamar a Cristo, después le ayudaron a darle gracias y alabanzas por la merced que le hizo. Si tienes valor para perseverar en llamar a Dios sin rendirte a las contradicciones de los hombres sentirás Su divino favor, y que los mismos que te contradicen se trocarán en un punto y te ayudarán a bendecir a Dios. Contempla el gozo de este ciego cuando se halló con vista y la alegría de su alma, cuando vio la luz del cielo y con ella a Cristo, el cual se la dio en el cuerpo y en el alma para conocerle, confesarle, seguirle y servirle. ¡Oh dichoso ciego, que en un punto alcanzaste tanto bien! ¡Oh piadoso Señor, que así oyes a quien te llama! No cierres los oídos a mis clamores. Ten, Señor, misericordia de mí y dame vista para que te conozca, ame, siga, y sirva eternamente. Amén.

Padre Alonso de Andrade, S.J

Fuente: Adelante la fe Título original: De la vida que Cristo dio al ciego mendigo.

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