miércoles, 20 de julio de 2016

LA CAMPANA SILENCIOSA Y EL DESTINO DE LA RANA


Por: Lic. Oscar Méndez Casanueva

Un filósofo francés, al reconstruir algunas páginas de su infancia, recuerda que en su pueblo había una pequeño convento cuya existencia se hacía presente mediante el diario tañir de una pequeña campana. Al paso de los años, ésta dejó de escucharse. Alguna vez, para su azoro, descubrió que la campana jamás había dejado de repicar y que lo que en realidad había sucedido era que el pueblo había crecido y se lo había comido la “modernidad” y el ruido.

Ciertamente, algo similar acontece en el corazón del hombre. La voz de Dios y su gracia, que tan nítidamente escuchábamos y vivíamos durante nuestra niñez, van quedando sepultadas por los trajines y dificultades que ofrece la vida adulta, especialmente en el seno de un mundo racionalista y petulante.

Este proceso se inicia en la época de la adolescencia y adquiere todo su vigor durante la juventud. Toda una maquinaria enajenante incide en la formación de mentalidades homogéneas que alejan al hombre de Dios con pretextos de una formación laica –en realidad atea- y una corriente “cientificista”. Nunca ha sido tan cierto aquello de que poca ciencia aleja de Dios y mucha y verdadera ciencia acercan a la criatura a su Hacedor.

Escuelas y universidades difunden conocimientos y técnicas, pero se olvidan del espíritu y de la formación axiológica del hombre. No tienen una escala de valores, más no sólo eso, sino lo que es aún peor: ridiculizan los más altos valores morales y tachan de supersticiosas las creencias religiosas.

Los medios de comunicación no se quedan atrás. En su gran mayoría utilizan la vieja táctica de dos pasos al frente y uno para atrás, en el programa de la descatolización permanente.

No hay más que ver un botón de muestra: La propaganda abortiva que efectúan siguiendo la recomendación que se hizo al gobierno mexicano denunciada, en su momento, por el Dr. Bernard Nathanson.

El cine y la televisión con su gran influencia en la creación de criterios y mentalidades han formado generaciones completas de hedonistas sin un verdadero criterio intelectual. El sexo, la violencia, la comodidad y la corrupción, en sus diferentes matices, bombardean a sus pasivos receptores.

Ni que decir de videos, revistas y “cuentos” –sobre todo para el sector más popular-, donde la vulgaridad ha alcanzado, en los últimos años, proporciones ilimitadas. Y también, ahora, la pornografía más cruda y deleznable se encuentra en un gran número de hogares -al alcance de niños y adultos- por medio del internet.

Todo este programa de descatolización que ataca a pasos, cada vez más acelerados, a toda la población, va generando una sociedad sin valores, cada día más alejada de Dios y despreocupada de contrarrestar esta ofensiva que actualmente toma la bandera de la "ideología de género". Lo asombroso consiste en que esta misma sociedad que tanto se queja de la corrupción –a todos los niveles- y de la delincuencia incontrolable que sufre, no sólo no ataca, sino ni siquiera alcanza a adivinar las verdaderas causas de sus males. Ciertamente, está sufriendo el destino de la rana: se dice que si se pone a este animal en una olla con agua muy caliente, brincará de inmediato procurando escapar. En cambio, si se le coloca en una olla con agua fría y se calienta ésta poco a poco, a fuego lento, la rana quedará ahí mansamente, hasta morir hervida.

Así exactamente igual, ha sido la embestida descatolizadora de nuestra sociedad que está viviendo el destino de la rana.

Un proceso social tan enajenante, que aleja al hombre de la verdad trascendente, que le hace olvidar, si no es que hasta desconocer su fin último, sólo es explicable por una suma de voluntades, quebrantadas y manipuladas si se quiere, pero culpables por actos de cerrazón y repudio a Dios. Porque si es una gracia de Dios creer en Él inicialmente, lo es también, y muy grande perseverar en la fe por encima de las dificultades que presenta el mundo desorbitado en el que hoy vivimos.

Si bien, la fe y la fidelidad a Dios y a su Iglesia son una gracia de Dios, también provienen de una determinación personal. No puede creer el que no quiere. El que desea creer, sólo creerá si recibe esta gracia de lo Alto. Don que Dios no niega a quienes lo piden y lo desean con sinceridad, pero que no otorga a aquellos que en el fondo de su realidad verdaderamente no buscan ese don. La gracia de la fe puede producirse en un instante, como una chispa, pero la de perseverar debe ganarse con la plegaria y el esfuerzo diarios. De otro modo, cuando el alma se cierra -en alguna medida- a Dios, puede perderse la fe, aunque se le cierre negando un solo artículo del Credo. Dios es celoso: todo o nada, porque Él no transige.

Es la tragedia de las tragedias, la del hombre infiel que pierde a Dios y el sentido de lo sobrenatural. Es un mundo interior desolado que por una parte se disfraza de suficiencia ante los demás y por la otra se trata de llenar frenéticamente con elementos que atemperen esa desolación y el vacío que lo aprisiona. Esta tragedia se procura acallar por mil medios: dinero, honores, poder, conocimientos, arte, etc.

Por último, la fe madura es una percepción interior y sobrenatural de la realidad en la que se cree. Es la vivencia de las verdades que una vez “sólo se creyeron”, es profunda, vital, imposible de confundir con convicciones simplemente intelectuales. Es la fe que impone entregar la vida por Cristo al mártir o desgastarse al máximo al misionero, olvidándose de sí mismo por evangelizar al prójimo.

Es pues necesario la reflexión de todo esto: ¿Cuántos hemos dejado de oír esa voz nítida de Dios que escuchábamos en nuestra niñez tal como ocurrió con la campana del convento de aquel pueblecillo? Esas vivencias, ese amor al Creador, esa experiencia inigualable de nuestra primera comunión –tan íntima y verdadera-, esos estudios de nuestra religión... ¿dónde quedaron? ¿Olvidamos seguir instruyendo nuestra fe como adultos y sentimos corta nuestra preparación católica infantil? ¿Nos envolvieron las dudas, el ruido, los afanes, el escepticismo, “la modernidad” y dejamos de escuchar la voz de Dios, olvidando que la gracia de la perseverancia se gana con el esfuerzo y la oración diaria? Finalmente: ¿Estamos mansamente esperando que el agua se caliente lentamente para morir hervidos como la rana? ¡Triste destino que se queda corto si lo comparamos con el último y trascendente que sufren los que a Dios rechazan!


3 comentarios:

  1. En verdad este escrito nos pone a reflexionar en serio.

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  2. El mal del hombre es olvidarse de Dios

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  3. Pues, el caldero ya está, desde hace tiempo, puesto. Y ya muchas ranas están cómodas y DESPREOCUPADAS!!! nadando en él. Y la verdad no es para que estuvieran así porque el agua está bastante CALIENTE. De hecho, ya está a punto de hervor!...

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