miércoles, 25 de febrero de 2026
EL DEMONIO DE LA ACEDIA
Por Diego Casanueva Rivero
La vida cristiana está ordenada al gozo del bien divino y a la participación anticipada del Cielo por la acción santificadora del Espíritu Santo. Sin embargo, el hombre puede apartarse voluntariamente de ese gozo, rechazar el bien divino y consentir un pecado específico contra el Espíritu Santo: la acedia. Santo Tomás de Aquino la define como una tristeza que aleja del bien divino, y por ello la considera pecado capital, pues ataca directamente a la caridad, que es la amistad sobrenatural entre Dios y el hombre (Suma Teológica, II-IIæ, q.35).
La acedia no se presenta de forma estridente, sino silenciosa y progresiva. Comienza con un desorden en el amor a sí mismo y a las creaturas, poniendo por encima de Dios la comodidad, la seguridad o el éxito humano. Así endurece el corazón, genera inconstancia, aversión al propio deber de estado y abandono de los medios que conducen al fin sobrenatural. San Gregorio Magno le atribuye seis hijas: malicia, rencor, pusilanimidad, desesperación, indolencia respecto a los mandamientos y divagación de la mente por lo ilícito (Suma Teológica, II-IIæ, q.35, art. 4).
Evagrio Póntico la llama el “demonio de mediodía”, porque ataca cuando el peso de la rutina, la fatiga y la lejanía del término debilitan la voluntad, impulsando a huir de la perseverancia y de los compromisos asumidos con Dios. Se manifiesta tanto en la jornada diaria como en etapas decisivas de la vida, cuando el gozo en la asiduidad del amor de Dios se ve oscurecido.
En la vida religiosa, la acedia actúa como la describe Evagrio: genera aversión a la celda, al lugar y al propio estado de vida, insinuando que en otro sitio se serviría mejor a Dios. Así se debilita el gozo en la oración y se introduce la tentación de abandonar la perseverancia, bajo pretextos aparentemente espirituales.
En los laicos, la acedia se dirige contra el deber de estado, haciendo que el trabajo, la vida familiar o las obligaciones cotidianas se perciban como cargas.
El demonio sugiere evasiones y cambios no para un bien mayor, sino para huir de la constancia en el bien propio de la vocación recibida.
De modo semejante a lo que describe Evagrio en el monje —cuando, entre la cuarta y la octava hora, el cansancio, la rutina y la lejanía del término suscitan el deseo de abandonar la celda—, la acedia se presenta con particular fuerza en la media vida, entre los cuarenta y los cincuenta años. En ese momento surgen reproches por lo no alcanzado o autosuficiencia por la experiencia, el deber de estado se vuelve pesado y aparece la tentación de abandonar los compromisos asumidos con Dios, fruto de una tristeza interior que impulsa a huir de la perseverancia.
En este contexto, la oración ocupa un lugar decisivo: es el acto por el cual el alma permanece unida al bien divino. Cuando se descuida, la tristeza acédica encuentra terreno fértil; cuando se persevera en ella, aun sin consuelo sensible, se mantiene viva la fe, se robustece la esperanza y la caridad conserva su dinamismo sobrenatural.
La acedia endurece el corazón para los actos de caridad y conduce a los extremos de la presunción y la desesperación, con una religiosidad que admira sin imitar y pide perdón sin penitencia. Se concreta en ociosidad, somnolencia, indiscreción de la mente, desasosiego del cuerpo, inestabilidad y curiosidad, convirtiéndose en pecados contra la perseverancia gozosa en la caridad. En contraste, la caridad es constante y fiel porque tiene a Dios como fundamento; la acedia, en cambio, genera odio respecto al fin y abandono de los medios para alcanzarlo.
Este mal se ve reforzado por una visión moderna del hombre —racionalista, liberal y humanista— que relativiza la verdad, absolutiza la autonomía y debilita el sentido del fin último. Así, la acedia se vuelve un mal contagioso que corroe familias y comunidades bajo apariencias de normalidad, mientras apaga silenciosamente el gozo espiritual.
Indicios de la acedia:
– Inestabilidad interior y necesidad constante de cambio.
– Preocupación excesiva por la salud y el futuro.
– Aversión al propio deber de estado.
– Negligencia o excesos en la vida religiosa o matrimonial.
– Desánimo general y crisis vocacional.
Remedios y auxilios:
– Perseverar en la Santa Misa y los sacramentos.
– Oración fiel y constante.
– Responder al mal pensamiento con la Sagrada Escritura.
– Equilibrio entre oración, trabajo y descanso.
– Perseverancia fiel.
– Dirección espiritual y buenas amistades.
Conclusión
La acedia no es una simple fatiga anímica, sino una tristeza que mata silenciosamente la vida del alma. Frente a ella, la Iglesia propone volver al bien divino, perseverar en la caridad y comenzar a vivir el Cielo en esta vida. Unidos a la Cruz y alimentados por la Eucaristía, la oración y la comunión con Cristo y el prójimo son nuestra fuerza para combatir al demonio de la acedia, porque la caridad no desaparece nunca (1 Cor 13,8).
*Bibliografía*
– Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-IIæ, qq. 23 y 35.
– San Gregorio Magno, doctrina sobre los vicios capitales.
– Evagrio Póntico, Tratado Práctico.
– Pío XII, Mystici Corporis Christi.
– Sagrada Escritura: Mt 6, 9-13; 1 Cor 13; Flp 3, 20; Ef 6, 11-12; 1 Jn 4, 20-21.
Etiquetas:
Acedia
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