jueves, 14 de agosto de 2014

VANIDAD DEL MUNDO por San Alfonso María de Ligorio



¿De qué le vale al hombre conquistar el mundo entero, si pierde su alma? ¡Oh máxima poderosa, que tantas almas ha llevado al cielo y tantos santos ha dado a la Iglesia! ¿De qué sirve ganar todo este mundo, que muere, si se pierde el alma, que es eterna?

¡El mundo! ¿Qué es el mundo, sino una ficción, una jornada de comedia, que luego pasa? Llega la muerte, cae el telón, se acaba la comedia y se acabó todo.

¡Ay de mí! En la hora de la muerte, a la luz de la candela, ¿cómo verá el creyente las cosas del mundo?

Aquella vajilla de plata, aquel dinero acumulado, aquellos muebles lujosos y vanos, ¡qué pronto los ha de dejar!

Jesús mío, haced que de hoy en adelante mi alma sea toda vuestra y no ame más que a Vos. Quiero desprenderme de todo antes que la muerte me desprenda a la fuerza.

Escribía Santa Teresa: «Dé a cada cosa su valor, y como lo que ha de acabar tan presto, lo estime». Procuremos, pues, la ganancia que sobrevive al tiempo. ¿De qué sirve ser feliz durante cuatro días si es que puede haber felicidad fuera de Dios al que ha de ser desgraciado por siempre jamás?

Dice David que en la muerte todos los bienes terrenos parecerán un sueño. ¡Qué desilusión, encontrarse tan pobre como antes, después de haber soñado uno que era rey!

Dios mío, ¿quién sabe si esta meditación es para mí la última llamada? Dadme fuerza para desasir mi corazón de todos los afectos terrenos, antes que tenga que partir de este mundo. Y hacedme comprender la desgracia que fue para mí el haberos ofendido y el dejaros por amor de las criaturas: Padre, no merezco llamarme hijo, tuyo. Me arrepiento de haberos vuelto la espalda; no me rechacéis ahora que vuelvo a Vos.

En la muerte no serán para un religioso ningún consuelo ni los oficios honrosos, ni la magnificencia de las fiestas del monasterio, ni las diversiones, ni las honras recibidas; no tendrá más consuelo que el amor que haya tenido a Jesucristo y lo poquito que haya padecido por su amor.

Felipe II exclamaba al morir: «¡Ojalá hubiera sido simple lego de un convento antes que rey!» Felipe III decía también: «¡Oh! Si hubiera vivido en un desierto, me presentaría ahora con más confianza en el tribunal de Dios». Así hablaban al morir los que pasan por los más afortunados de la tierra.

Sí; todas las cosas terrenas vienen a resumirse en la hora de la muerte en remordimientos de conciencia y en temores de condenación eterna. ¡Dios mío -dirán entonces muchos religiosos-, abandoné el mundo, pero seguí amando sus vanidades y viviendo según sus máximas! ¿De qué me sirve haber dejado el mundo; para llevar una vida desgraciada que no fue ni para el mundo ni para Dios? ¡Qué loco he sido! Podía haberme hecho santo con tantos medios y tanta facilidad como tenía; podía haber llevado una vida feliz en la unión con Dios; pero ¿qué es lo que me queda de la vida pasada?

Todo esto lo dirán cuando ya va a terminar la escena y están para entrar en la eternidad, próximos al momento supremo del que depende el ser felices o desgraciadas por toda la eternidad.

Señor, tened piedad de mí. No he sabido amaros en lo pasado. De hoy en adelante, Vos seréis mi único bien. «¡Dios mío y todas mis cosas!» Vos sólo merecéis todo mi amor, y a Vos sólo quiero amar.

¡Oh grandes del mundo! Ahora que estáis en el infierno, ¿qué provecho os dan vuestras riquezas y vuestros honores? Y responden, llorando: «¡Ninguno, ninguno; aquí no encontramos más que tormentos y desesperación. Pasó el mundo, pero nuestra pena no pasará jamás!».

¿Qué nos aprovecha nuestra soberbia? -dirán los miserables-. ¿De qué nos sirve el orgullo de nuestras riquezas? Todo pasó como una sombra, y no ha quedado de todo aquello más que tormentos eternos. Ay, ¡sí!, En la hora de la muerte el recuerdo de las prosperidades mundanas no nos producirá confianza, sino temor y confusión.

¡Pobre de mí! En tantos años de vida y de religión, ¿qué he hecho hasta ahora por Dios? Señor, tened piedad de mí, y no me arrojéis de vuestra presencia.

La hora de la muerte es la hora de la verdad; entonces se ve que todo lo de este mundo es vanidad, humo, ceniza. ¡Oh Dios mío! ¡Cuántas veces os he cambiado por nada! Ya no me atrevería a esperar el perdón si no supiera que habéis muerto por mí. Ahora os amo sobre todas las cosas, y aprecio más vuestra gracia que todos los reinos del mundo.

La muerte es un ladrón: Aquel día viene como un ladrón; es un ladrón que nos despoja de todo: de todo, de hermosura, de dignidades, de parientes, y hasta de nuestra misma carne.

Se le llama también a aquel día de ruina; en él perdemos todos los bienes y todas las esperanzas de este mundo.

Poco me importa, Jesús mío, perder los bienes de la tierra, con tal que no os pierda a Vos, bien infinito.

Ensalzamos a los santos que por amor de Jesucristo despreciaron todos los bienes de la tierra, y, sin embargo, nosotros nos apegamos a ellos con tanto peligro de condenación.

Tan avisados como somos para las ganancias terrenas, ¿cómo descuidamos tanto las ganancias eternas?

Iluminadme, Dios mío; hacedme comprender la nada que son las criaturas, y el todo infinito, que sois Vos. Haced que todo lo deje por conquistaros a Vos; sólo a Vos quiero, Dios mío, y nada más.

Decía Santa Teresa que todos los pecados y todos los apegos a las cosas terrenas suponen una falta de fe. Reavivemos, pues, la fe; un día lo tenemos que dejar todo y entrar en la eternidad. Dejemos ahora con mérito lo que tendremos que dejar un día a la fuerza. ¡Ni riquezas, ni honores, ni parientes! ¡Dios, Dios! Busquemos sólo a Dios, y Dios lo suplirá todo.

La gran sierva de Dios Margarita de Santa Ana, hija del emperador Rodolfo, y religiosa descalza, decía: ¿Para qué sirven los reinos en la hora de la muerte?

La muerte de la emperatriz Isabel hizo que San Francisco de Borja renunciara al mundo y se entregase del todo a Dios; en presencia de aquel cadáver, exclamó: « ¡Así acaban las grandezas y las coronas de este mundo!».

¡Oh, siempre os hubiera amado, Dios mío! Haced que sea todo vuestro antes que me sorprenda la muerte.

Gran fuerza secreta de la muerte ¡Cómo hace desvanecerse todas las ilusiones del mundo! ¡Cómo hace ver el humo y el engaño de las grandezas terrenas! Miradas desde el lecho de muerte, las cosas más ambicionadas por el mundo pierden todo su encanto. La sombra de la muerte empaña el brillo de todas las bellezas.

¿Para qué las riquezas, si no ha de quedar de ellas más que un sudario para el cadáver? ¿Para qué la belleza del cuerpo, si ha de reducirse a un puñado de gusanos? ¿Para qué los altos cargos, si han de sepultarse en el olvido de una fosa?

Exhorta San Juan Crisóstomo: «Vete al sepulcro; mira el polvo y los gusanos; llora y piensa: En eso me he de convertir yo, y no lo pienso, y no me doy a Dios.» ¡Ah! ¿Quién sabe si los pensamientos que ahora leo no son para mí la última llamada?

Amado Redentor mío, yo acepto la muerte tal cuál os plazca enviármela; pero antes de llamarme ajuicio dadme tiempo para llorar las ofensas que os he hecho. Os amo, Jesús mío, y me pesa de haberos menospreciado.

¡Oh, Dios mío! ¡Cuántos desgraciados pierden su alma por alcanzar una miseria de la tierra, un placer, una vaciedad! ¡Y con el alma lo perdieron todo!

¿Creemos que hay que morir, y que hay que morir una sola vez? ¿Sí o no? Pues ¿cómo no lo dejamos todo para obtener una buena muerte? Dejémoslo todo, para ganarlo todo.

¿Cómo se puede vivir una vida desordenada, sabiendo que en la hora de la muerte nos ha de causar un pesar inmenso?

Dios mío, os doy gracias por las luces que me dais. ¿Qué es lo que hacéis, Señor? ¡Yo aumentando los pecados, y Vos aumentando las gracias! ¡Pobre de mí, si no sé por fin aprovecharlas!

Tiene que desprenderse del mundo el que tiene que salir de él.

¡Oh, qué paz en la vida y en la muerte el de aquellos religiosos que, desasidos de todo, pueden decir alegremente: ¡Dios mío y todas mis cosas!

Decía Salomón que todos los bienes de esta tierra no son más que vanidad y aflicción de espíritu, puesto que aquel que más favorecido se ve por ellos, más tiene que sufrir.

San Felipe Neri llamaba locos a los que tienen el corazón apegado a las cosas del mundo. Locos verdaderos, puesto que son infelices hasta en la presente vida.

¡Oh Dios mío! ¿Qué me queda de tantas ofensas contra Vos sino dolor y remordimientos, que me torturan y me torturarán más todavía en la hora de la muerte? Perdonadme. Vos me queréis todo vuestro, y yo quiero serlo. Desde ahora mismo me doy todo a Vos. Yo no quiero de Vos más que a Vos mismo.

No creamos que el vivir desprendidos de todo y no amar más que a Dios haga la vida triste. ¿Quién disfruta en este mundo de mayor alegría que aquel que ama a Jesucristo de todo corazón? Buscadme entre todas las reinas alguna más feliz que la religiosa que se ha dado toda a Dios.

Si tuvieras que salir ahora de este mundo alma mía, ¿estarías contenta de tu vida? Pues ¿a qué esperas? ¿A que la luz que Dios te da ahora por su misericordia vaya a ser la acusadora de tu ingratitud en el día de las cuentas?

Jesús mío, yo me desprendo de todo para darme a Vos; ya que me habéis buscado cuando huía, no me rechacéis ahora que os busco.

Vos me amasteis cuando yo no os amaba ni me preocupaba de vuestro amor; no me rechacéis ahora, que no deseo más que amaros y ser amado por Vos. Ya veo, Dios mío, que queréis salvarme; pues yo quiero salvarme, para daros gusto. Todo lo dejo por Vos.

María Madre de Dios, rogad a Jesús por mí.

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