miércoles, 8 de junio de 2016

EL REMEDIO... NO LO POSPONGAS MÁS. DESPUÉS PUEDE SER DEMASIADO TARDE.


Como es necesaria el agua para lavar las manchas, así es necesaria la confesión para lavar y quitar los pecados. Así lo ha establecido Dios, y desde el momento que ha creído obrar de este modo, a nosotros no nos toca sino obedecer. Por otra parte, ¿qué otro remedio se puede haber escogido más fácil? Ninguno. Pongamos, por ejemplo, que por cada pecado hubiera ordenado que se diera una gran limosna, ¿a cuántos no les parecería gravosa y hasta imposible?... Supongamos que hubiese establecido un ayuno, ¿cuántos no podrían o no querrían ayunar?... Imaginemos que hubiese mandado una larga peregrinación, ¿cuántos, aún con la mejor voluntad, no podrían cumplirla? Más nada de todo eso. Cualquiera que sea el pecado, por cualquier número de veces que lo hubiese cometido, basta que con verdadero arrepentimiento y propósito de enmienda se confiese con un ministro suyo, que el pecador puede elegir libremente, del modo más secreto, todo queda perdonado. Dime: si las leyes humanas y civiles hicieran lo mismo, si bastara presentarse al juez y confesar su delito para obtener el perdón, ¿habría cárceles y galeras?

Confiésate bien con frecuencia, cada vez que lo requieras. La Confesión habitual es el camino para la salvación.

Para saber cómo confesarse bien, haz clic aquí: CINCO PASOS QUE SE REQUIEREN PARA REALIZAR UNA BUENA CONFESIÓN

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