jueves, 7 de octubre de 2010

BATALLA DE LEPANTO (7 DE OCTUBRE 1571)


DESDE ENTONCES Y PARA SIEMPRE LA GRAN FIESTA DEL TRIUNFO DEL SANTÍSIMO ROSARIO DE NUESTRA SEÑORA

Autor: R. P. Rivadeneira S. I.
de "Vida y Misterios de Nuestra Señora".

“Aunque ha sido muy célebre esta devoción del Rosario desde el tiempo de Santo Domingo, se hizo más célebre con ocasión de la famosa batalla naval de Lepanto, que se ganó por intercesión de nuestra Señora, y particularmente por la devoción de su santo Rosario, la cual, siendo tan sabida, no hay para qué referirla aquí de propósito, y siendo muy propia de la fiesta de hoy no se puede callar del todo, y por eso diré la suma de ella.

Después que Selim II de este nombre, gran turco, rompió las paces con la república de Venecia, y viéndose señor del mar por la multitud de sus naves y soldados, se señoreó del reino de Chipre, y empezó a hacer hostilidades y estragos en los cristianos, el santísimo Pontífice Pío V procuró unir todas las armas católicas contra el enemigo común de la cristiandad que deseaba dominarlo todo con su poder, y presumía eclipsar con sus lunas las luces clarísimas de nuestra fe. Excusáronse los otros príncipes cristianos, y solamente el rey católico Felipe II se coligó con el Papa y con la república de Venecia para oponerse a tan formidable enemigo. Dispúsose una poderosa armada, de la que iba por general D. Juan de Austria, hijo del invicto emperador Carlos V, en quien parecía herencia el valor y patrimonio el vencer. Buscó la armada católica a la turquesa, que esperaba en el golfo de Lepanto.

Los turcos contaban doscientas treinta galeras reales, con otras muchas galeotas y vasos menores; los cristianos llevaban más de doscientas galeras: ochenta y una del rey de España, ciento nueve de Venecia, y doce del Sumo Pontífice, tres de Malta y otras de caballeros particulares. Al llegar nuestra armada a vista de la del enemigo, el viento, que para los turcos era favorable y para los cristianos contrario, amainó casi de repente, empezando ya a desfavorecerles este elemento, y el mar se sosegó, como si pretendiera ver con reposo los dos más poderosos ejércitos del mundo disputarse sobre la posesión de él.

El de los turcos era muy superior en número; el de los cristianos era mayor en el valor: los turcos presumían alistarse debajo de sus banderas la fortuna, hinchados con repetidas victorias; los cristianos sabían qué venía con ellos la justicia de la causa; ambas armadas tenían presente la batalla y el riesgo, y esperaban la victoria y el triunfo; pero los infieles lo esperaban de su valor y los fieles del favor divino.

Por esto, ya que se acercaban a tiro de cañón, mandó su alteza enarbolar un crucifijo y muchas imágenes de Nuestra Señora, y todos, puestos de rodillas hicieron oración a Dios, poniendo por intercesora a la Virgen, suplicándole que no diese la victoria a sus enemigos por castigar a los que le confesaban y llamaban arrepentidos de sus culpas. Luego, habiendo esforzado los dos capitanes a sus soldados, y dado la señal de aceptar de ambas partes la batalla con dos tiros de bombarda, se acometieron las naves con increíble ímpetu, y se peleó por espacio de dos horas con extraño valor, con diferentes sucesos, ya prósperos, ya adversos, como los lleva la guerra, sin saberse aún dónde estaba la victoria, hasta que se reconoció en nuestra armada, y se fue declarando tanto por los cristianos, que en breve tiempo quedó desbaratada y deshecha la armada de los turcos; treinta mil con su bajá muertos, diez mil cautivos, ciento ochenta naves presas, noventa sumergidas, quince mil cristianos rescatados, casi trescientos tiros de artillería tomados; y lo principal fue cobrar las armas católicas la reputación perdida, y perder las mahometanas la soberbia y confianza ganadas en muchas victorias. Murieron de nuestra parte seis mil hombres, por lo cual fue esta batalla la más célebre que han conseguido en el mar los cristianos, y no sé si vio antes primera, ha visto después segunda en sus campañas el elemento del agua.

Debióse esta insigne victoria a las oraciones de San Pío V y de la cristiandad, donde el Santo Pontífice les mandó hacer; y fuera del valor de los soldados cristianos, ayudó mucho la devoción y celo con que confesados y bien dispuestos entraron en la batalla, para morir defendiendo la fe, si Dios por nuestras culpas diese a los infieles la victoria; y principalmente se debió a la intercesión de la sacratísima Virgen María nuestra Señora, singular patrona de las batallas, a quien el Sumo Pontífice encomendó esta empresa, y el general y capitanes hicieron diversos votos.

Consiguióse esta victoria en el primer domingo de octubre de 1571, día que la religión de Predicadores tenía consagrado, como todos los primeros domingos de cada mes, al culto de nuestra Señora del Rosario; y en éste, especialmente encomendaba a Dios el buen suceso de las armas católicas, por mandato del Sumo Pontífice San Pío V, el cual, en reconocimiento de tan señalada merced como recibió toda la cristiandad de la Madre de Dios, consagró este día a su culto, con título de "Santa María de la Victoria"; y Gregorio XIII, que le sucedió, mandó que se celebrase cada año, en el primer domingo de octubre, en todas las iglesias del orbe cristiano donde hubiese capilla o altar de nuestra Señora del Rosario, fiesta a nuestra Señora con título del Rosario, por haberse alcanzado esta victoria por su devoción. Confirmó esta fiesta Clemente VIII, y también Clemente X; a instancia de la reina nuestra señora doña Mariana de Austria. Y se fijó definitivamente para el día 7 de octubre, día de la grandiosa victoria de Nuestra Señora con su arma invencible de todos los tiempos: Su Santísimo Rosario.”


Hoy la Cristiandad no está amenazada por poderosas flotas ni ejércitos temibles. Pero sí la asedian, desde adentro y desde afuera de ella misma, fuerzas oscuras y siniestras que bajo la inspiración directa de Satanás procuran destruirla y desterrar de la faz de la tierra el Santísimo Nombre de Cristo.

Volvamos a Lepanto.
Volvamos a María, la siempre Virgen Madre de Dios.
Volvamos al Rosario.
Como Don Juan de Austria, Capitán de la Flota Cristiana que venció a los infieles, volvamos a gritar: ¡Cristo, Nuestro Capitán General!
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Fuente: http://mariocaponnetto.blogspot.com/2009/10/1571-7-de-octubre-2009-batalla-de.html
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miércoles, 6 de octubre de 2010

LA PÉRDIDA DE LA CONFESIÓN

Donde el sacerdote ya no es confesor, se convierte en un trabajador social religioso. Le falta, de hecho, la experiencia del éxito pastoral más grande

Autor: Card. Joachim Meisner, arzobispo de Colonia

Ciertamente no trataré de brindar una nueva exposición sobre la teología de la penitencia y de la misión. Pero quisiera dejarme guiar por el Evangelio hacia la conversión, para luego ser enviados por el Espíritu Santo a llevar a los hombres la buena noticia de Cristo, dijo a los sacerdotes que peregrinaron a Roma con motivo del fin del Año Sacerdotal.

En este camino, quisiera ahora recorrer 15 puntos de reflexión.

1. Debemos convertirnos nuevamente en una “Iglesia en camino a los hombres” (Geh-hin-Kirche), como le gustaba decir a mi predecesor, el entonces Arzobispo de Colonia, el cardenal Joseph Höffner. Esto, sin embargo, no puede ocurrir por un mandato. A esto nos debe mover el Espíritu Santo.

Una de las pérdidas más trágicas que nuestra Iglesia ha sufrido en la segunda mitad del siglo XX es la pérdida del Espíritu Santo en el sacramento de la Penitencia. Para nosotros, los sacerdotes, esto ha causado una tremenda pérdida de perfil interior. Cuando los fieles cristianos me preguntan: “¿Cómo podemos ayudar a nuestros sacerdotes?”, entonces siempre respondo: “¡Id a confesaros con ellos!”. Allí donde el sacerdote ya no es confesor, se convierte en un trabajador social religioso. Le falta, de hecho, la experiencia del éxito pastoral más grande, es decir, cuando puede colaborar para que un pecador, también gracias a su ayuda, deje el confesionario siendo nuevamente una persona santificada. En el confesionario, el sacerdote puede echar una mirada al corazón de muchas personas y de esto le surgen impulsos, estímulos e inspiraciones para el propio seguimiento de Cristo.

2. A las puertas de Damasco, un pequeño hombre enfermo, san Pablo, es tirado al suelo y queda ciego. En la segunda Carta a los Corintios, él mismo nos habla de la impresión que sus adversarios tenían de su persona: era físicamente insignificante y de retórica débil (cfr. 2 Cor 10,10). A las ciudades del Asia Menor y de Europa, sin embargo, a través de este pequeño hombre enfermo, será anunciado, en los años venideros, el Evangelio. Las maravillas de Dios no ocurren nunca bajo los “reflectores” de la historia mundial. Estas se realizan siempre a un lado; precisamente, a las puertas de la ciudad como también en el secreto del confesionario. Esto debe ser para todos nosotros un gran consuelo, para nosotros que tenemos grandes responsabilidades pero, al mismo tiempo, somos conscientes de nuestras, a menudo limitadas, posibilidades. Forma parte de la estrategia de Dios: obtener, mediante pequeñas causas, efectos de grandes dimensiones. Pablo, derrotado a las puertas de Damasco, se convierte en el conquistador de las ciudades del Asia Menor y de Europa. Su misión es la de reunir a los llamados en la Iglesia, dentro de la “Ecclesia” de Dios. Aún si -vista desde fuera- es sólo una pequeña y oprimida minoría, es impulsada desde dentro, y Pablo la compara al cuerpo de Cristo, más aún, la identifica con el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Esta posibilidad de “recibir de las manos del Señor”, en nuestra experiencia humana, se llama “conversión”. La Iglesia es la “Ecclesia semper reformanda” y, en ella, tanto el sacerdote como el obispo son un “semper reformandus” que, como Pablo en Damasco, deben ser tirados a tierra desde el caballo siempre de nuevo para caer en los brazos de Dios misericordioso, que luego nos envía al mundo.

3.  ..Tenemos necesidad de un cambio del corazón, de mi corazón. Sólo un Pablo convertido pudo cambiar el mundo, no un ingeniero de estructuras eclesiásticas. El sacerdote, a través de su ser en el estilo de vida de Jesús, está de tal modo habitado por Él que el mismo Jesús, en el sacerdote, se hace perceptible para los otros. En Juan 14, 23, leemos: “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él”. ¡Esto no es sólo una bella imagen! Si el corazón del sacerdote ama a Dios y vive en la gracia, Dios uno y trino viene personalmente a habitar en el corazón del sacerdote. Ciertamente, Dios es omnipresente. Dios habita en todos lados. El mundo es como una gran iglesia de Dios, pero el corazón del sacerdote es como un tabernáculo en la iglesia. Allí, Dios habita de un modo misterioso y particular.

4. El mayor obstáculo para permitir que Cristo sea percibido por los otros a través nuestro es el pecado. Este impide la presencia del Señor en nuestra existencia y, por eso, para nosotros no hay nada más necesario que la conversión, también en orden a la misión. Se trata, por decirlo sintéticamente, del sacramento de la Penitencia. Un sacerdote que no se encuentra, con frecuencia, tanto de un lado como del otro de la rejilla del confesionario, sufre daños permanentes en su alma y en su misión. Aquí vemos ciertamente una de las principales causas de la múltiple crisis en la que el sacerdocio ha estado en los últimos cincuenta años. La gracia especialmente particular del sacerdocio es aquella por la que el sacerdote puede sentirse “en su casa” en ambos lados de la rejilla del confesionario: como penitente y como ministro del perdón. Cuando el sacerdote se aleja del confesionario, entra en una grave crisis de identidad. El sacramento de la Penitencia es el lugar privilegiado para la profundización de la identidad del sacerdote, el cual está llamado a hacer que él mismo y los creyentes se acerquen a la plenitud de Cristo.

En la oración sacerdotal, Jesús habla a los suyos y a nuestro Padre celestial de esta identidad: “No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del Maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Conságralos en la verdad: tu palabra es verdad” (Jn. 17,15-17). En el sacramento de la Penitencia, se trata de la verdad en nosotros. ¿Cómo es posible que no nos guste enfrentar la verdad?

5. Ahora debemos preguntarnos: ¿no hemos experimentado todavía la alegría de reconocer un error, admitirlo y pedir perdón a quien hemos ofendido? “Me levantaré e iré a la casa de mi padre y le diré: “Padre, pequé contra el Cielo y contra ti” (Lc 15,18). ¿No conocemos la alegría de ver, entonces, cómo el Otro abre los brazos como el padre del hijo pródigo: “su padre lo vio y se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó” (Lc 15,20)? ¿No podemos imaginar, entonces, la alegría del padre, que nos ha vuelto a encontrar: “Y comenzó la fiesta” (Lc 15,24)? Si sabemos que esta fiesta es celebrada en el Cielo cada vez que nos convertimos, ¿por qué, entonces, no nos convertimos más frecuentemente? ¿Por qué - y aquí hablo de un modo muy humano - somos tan mezquinos con Dios y con los santos del Cielo al punto de dejarlos tan raramente celebrar una fiesta por el hecho de que nos hemos dejado abrazar por el corazón del Señor, del Padre?

6. A menudo no amamos este perdón explícito. Y, sin embargo, Dios nunca se muestra tanto como Dios como cuando perdona. ¡Dios es amor! ¡Él es el donarse en persona! Él da la gracia del perdón. Pero el amor más fuerte es aquel amor que supera el obstáculo principal al amor, es decir, el pecado. La gracia más grande es el ser perdonados (die Begnadigung), y el don más precioso es el darse (die Vergabung), es el perdón. Si no hubiese pecadores, que tuvieran más necesidad del perdón que del pan cotidiano, no podríamos conocer la profundidad del Corazón divino. El Señor lo subraya de modo explícito: “Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse” (Lc. 15,7). ¿Cómo es posible - preguntémonos una vez más - que un sacramento, que evoca tan gran alegría en el Cielo, suscita tanta antipatía sobre la tierra? Esto se debe a nuestra soberbia, a la constante tendencia de nuestro corazón a atrincherarse, a satisfacerse a sí mismo, a aislarse, a cerrarse sobre sí. En realidad, ¿qué preferimos?: ¿ser pecadores, a los que Dios perdona, o aparentar estar sin pecado, viviendo en la ilusión de presumirnos justos, dejando de lado la manifestación del amor de Dios? ¿Basta realmente con estar satisfechos de nosotros mismos? ¿Pero qué somos sin Dios? Sólo la humildad de un niño, como la han vivido los santos, nos deja soportar con alegría la diferencia entre nuestra indignidad y la magnificencia de Dios.

7. El fin de la confesión no es que nosotros, olvidando los pecados, no pensemos más en Dios. La confesión nos permite el acceso a una vida donde no se puede pensar en nada más que en Dios. Dios nos dice en el interior: “La única razón por la que has pecado es porque no puedes creer que yo te amo lo suficiente, que estás realmente en mi corazón, que encuentras en mí la ternura de la que tienes necesidad, que me alegro por el mínimo gesto que me ofreces, como testimonio de tu consentimiento, para perdonarte todo aquello que me traes en la confesión”. Sabiendo de tal perdón, de tal amor, entonces seremos inundados de alegría y de gratitud. De este modo, perderemos progresivamente el deseo del pecado, y el sacramento de la Penitencia se convertirá en una cita fija de la alegría en nuestra vida. Ir a confesarse significa hacer un poco más cordial el amor a Dios, sentir, decir y experimentar eficazmente, una vez más - porque la confesión no es estímulo sólo desde el exterior -, que Dios nos ama; confesarse significa recomenzar a creer - y, al mismo tiempo, a descubrir - que hasta ahora nunca hemos confiado de modo suficientemente profundo y que, por eso, debemos pedir perdón. Frente a Jesús, nos sentimos pecadores, nos descubrimos pecadores, que hemos dejado de lado las expectativas del Señor. Confesarse significa dejarse elevar por el Señor a su nivel divino.

8. El hijo pródigo abandona la casa paterna porque se ha vuelto incrédulo. Ya no tiene confianza en el amor del Padre, que lo satisface, y exige su parte de herencia para resolver por sí sólo todo lo que a él concierne. Cuando se decide a volver y pedir perdón, su corazón está aún muerto. Cree que ya no será amado, que ya no será considerado hijo. Vuelve sólo para no morir de hambre. ¡Esto es lo que llamamos contrición imperfecta! Pero hacía tiempo que el padre lo esperaba. Hacía tiempo que no tenía pensamiento que le diera más alegría que el de creer que el hijo podría volver un día a casa. Tan pronto lo ve, corre al encuentro, lo abraza, no le da tiempo ni siquiera para terminar su confesión, y llama a los sirvientes para hacerlo vestir, alimentar y curar. Dado que se le muestra un amor tan grande, el hijo, en ese momento, comienza también a sentirlo nuevamente, dejándose colmar. Un arrepentimiento inesperado le sobreviene. Esta es la contrición perfecta. Sólo cuando el padre lo abraza, él mide toda su ingratitud, su insolencia y su injusticia. Sólo entonces retorna verdaderamente, se vuelve a convertir en hijo, abierto y confidente con el padre, reencuentra la vida: “Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado” (Lc. 15,32), dice el padre, al respecto, al hijo que había permanecido en la casa.

9. El hijo mayor, “el justo”, ha vivido un cambio similar - así, al menos, quisiéramos esperar que continúe la parábola. El caso de este hijo es, sin embargo, mucho más difícil. ¡No se puede decir que Dios ama a los pecadores más que a los justos! Una madre ama a su niño enfermo, al que dirige sus cuidados particulares, no más que a los niños sanos, a los que deja jugar solos, a los que expresa su amor - no ciertamente menor - pero de modo diverso. Mientras las personas rechazan reconocer y confesar los propios pecados, mientras siguen siendo pecadores orgullosos, Dios prefiere a los humildes pecadores.

Tiene paciencia con todos. El Padre tiene paciencia también con el hijo que se ha quedado en la casa. Le ruega y le habla con bondad: “Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo” (Lc. 15,31). El perdón de la insensibilidad del hijo mayor no es expresado aquí pero está implícito. ¡Qué grande debe ser la vergüenza del hijo mayor frente a tal clemencia! Había previsto todo pero no ciertamente esta humilde ternura del padre. De repente, se encuentra desarmado, confundido, copartícipe de la alegría común. Y se pregunta cómo pudo pensar en quedarse a un lado, cómo pudo, aunque por un solo instante, preferir ser infeliz solo mientras todos los otros se amaban y se perdonaban mutuamente. Afortunadamente, el padre está allí y lo trata a tiempo. Afortunadamente, ¡el padre no es como él! Afortunadamente, el padre es mucho mejor que todos los otros juntos. Sólo Dios puede perdonar los pecados. Sólo Él puede realizar este gesto de gracia, de alegría y de abundancia de amor. Por eso, el sacramento de la Penitencia es la fuente de permanente renovación y de revitalización de nuestra existencia sacerdotal.

10. Por eso, para mí, la madurez espiritual de un candidato al sacerdocio, para recibir la ordenación sacerdotal, se hace evidente en el hecho de que reciba regularmente -al menos, en la frecuencia de una vez al mes- el sacramento de la Penitencia. De hecho, es en este sacramento donde encuentro al Padre misericordioso con los dones más preciosos que ha de dar, y esto es el donarse (Vergabung), el perdón y la gracia. Pero cuando alguno, a causa de su falta de frecuencia de confesión, dice al Padre: “¡Ten para ti tus preciosos dones! Yo no tengo necesidad de ti y de tus dones”, entonces deja de ser hijo porque se excluye de la paternidad de Dios, porque ya no quiere recibir sus preciosos dones. Y si ya no es más hijo del Padre celestial, entonces no puede convertirse en sacerdote, porque el sacerdote, a través del bautismo, es antes que nada hijo del Padre y, luego mediante la ordenación sacerdotal, es con Cristo, hijo con el Hijo. Sólo entonces podrá ser realmente hermano de los hombres.

11. El paso de la conversión a la misión puede mostrarse, en primer lugar, en el hecho de que yo paso de un lado al otro de la rejilla del confesionario, de la parte del penitente a la parte del confesor. La pérdida del sacramento de la Penitencia es la raíz de muchos males en la vida de la Iglesia y en la vida del sacerdote. Y la así llamada crisis del sacramento de la Penitencia no se debe sólo a que la gente no vaya más a confesarse sino a que nosotros, sacerdotes, ya no estamos presentes en el confesionario. Un confesionario en que el está presente un sacerdote, en una iglesia vacía, es el símbolo más conmovedor de la paciencia de Dios que espera. Así es Dios. Él nos espera toda la vida. En mis treinta y cinco años de ministerio episcopal conozco ejemplos conmovedores de sacerdotes presentes cotidianamente en el confesionario, sin que viniera un penitente; hasta que, un día, el primer o la primera penitente, después de meses o años de espera, se hizo finalmente presente. De este modo, por así decir, se ha desbloqueado la situación. Desde ese momento, el confesionario empezó a ser muy frecuentado. Aquí el sacerdote está llamado a poner de su parte todos los trabajos exteriores de planificación de la pastoral de grupo para sumergirse en las necesidades personales de cada uno. Y aquí debe, sobre todo, escuchar más que hablar. Una herida purulenta en el cuerpo sólo puede sanar si puede sangrar hasta el final. El corazón herido del hombre puede sanar sólo si puede sangrar hasta el final, si puede desahogar todo. Y se puede desahogar sólo si hay alguien que escucha, en la absoluta discreción del sacramento de la Penitencia. Para el confesor es importante, primero que nada, no hablar sino escuchar. ¡Cuántos impulsos interiores experimenta y recibe el sacerdote, precisamente en la administración del sacramento de la confesión, que le sirven para su seguimiento de Cristo! Aquí puede sentir y constatar cuánto más avanzados que él, en el seguimiento de Cristo, están los simples fieles católicos, hombres, mujeres y niños.

12. Si nos falta en gran parte este ámbito esencial del servicio sacerdotal, entonces caemos fácilmente en una mentalidad funcionalista o en el nivel de una mera técnica pastoral. Nuestro estar a ambos lados de la rejilla del confesionario nos lleva, a través de nuestro testimonio, a permitir que Cristo se haga perceptible para el pueblo. Para decirlo claramente, con un ejemplo negativo: quien entra en contacto con el material radioactivo, también él se vuelve radioactivo. Si luego se pone en contacto con otro, entonces también -éste quedará igualmente infectado por la radioactividad. Pero ahora volvamos al ejemplo positivo: aquellos que entran en contacto con Cristo, se vuelven “Cristo-activos”. Y si, entonces, el sacerdote, siendo “Cristo-activo”, se pone en contacto con otras personas, éstas ciertamente serán comunicadas de su “Cristo-actividad”. Ésta es la misión, así como fue concebida y estuvo presente desde el comienzo del cristianismo. La gente se reunía en torno a la persona de Jesús para tocarlo, aunque sólo fuera el borde de su manto. Y quedaban sanados incluso cuando esto ocurría mientras Él estaba de espaldas: “porque salía de él una fuerza que sanaba a todos” (Lc. 6,19).

13. Con nosotros, en cambio, con frecuencia las personas huyen, ya no buscan nuestra cercanía para entrar en contacto con nosotros. Por el contrario, como dije, se nos escapan. Para evitar que esto suceda, debemos plantearnos la pregunta: ¿con quién entran en contacto cuando se ponen en contacto conmigo? ¿Con Jesucristo, en su infinito amor por la humanidad, o bien con alguna privada opinión teológica o alguna queja sobre la situación de la Iglesia y del mundo? A través de nosotros, ¿entran en contacto con Jesucristo? Si este es el caso, entonces las personas tendrán vida. Hablarán entre ellas de tal sacerdote. Se expresarán sobre él con términos similares: “Con él sí se puede hablar. Me entiende. Realmente puede ayudar”. Estoy profundamente convencido de que la gente tiene una profunda nostalgia de tales sacerdotes, en los cuales pueden encontrar auténticamente a Cristo, que los hace libres de todos los lazos y los vincula a su Persona.

14. Para poder perdonar realmente, tenemos necesidad de mucho amor. El único perdón que podemos conceder realmente es el que hemos recibido de Dios. Sólo si experimentamos al Padre misericordioso, podemos hacernos hermanos misericordiosos para los otros. Aquel que no perdona, no ama. Aquel que perdona poco, ama poco. Quien perdona mucho, ama mucho. Cuando dejamos el confesionario, que es el punto de partida de nuestra misión, tanto de un lado como del otro de la rejilla, entonces se quisiera abrazar a todos, para pedirles perdón y esto ocurre especialmente después de habernos confesado. Yo mismo he experimentado de forma tan gratificante el amor de Dios que perdona, como para poder solamente pedir con urgencia: “¡Acoge también tú su perdón! Toma una parte del mío, que ahora he recibido en sobreabundancia. ¡Y perdóname que te lo ofrezca tan mal!”. Con la confesión se vuelve dentro del mismo movimiento del amor de Dios y del amor fraterno, en la unión con Dios y con la Iglesia, del cual nos había excluido el pecado. Si Dios nos ha enseñado a amar de un modo nuevo, podemos y debemos amar a todos los hombres. Si no fuese así, sería un signo de que no nos hemos confesado bien y que, por lo tanto, deberíamos confesarnos de nuevo.

Probablemente, el más grande sacerdote confesor de nuestra Iglesia es el Santo Cura de Ars. Con este santo párroco he reflexionado sobre el misterio de la santa confesión ya que su ministerio cotidiano de la reconciliación, en el confesionario de Ars, ha hecho que se convirtiera en un gran misionero para el mundo. Se ha dicho que, como sacerdote confesor, ha vencido espiritualmente a la Revolución francesa. Lo que me ha inspirado este diálogo espiritual con Juan María Vianney, lo he dicho aquí. Sin embargo, me ha recordado también algo muy importante.

15. ¡Amamos a todos, perdonamos a todos! ¡Hay que prestar atención, sin embargo, a no olvidar a una persona! Existe un ser, de hecho, que nos desilusiona y nos pesa, un ser con el que estamos constantemente insatisfechos. Y somos nosotros mismos. Con frecuencia tenemos bastante de nosotros. Estamos hartos de nuestra mediocridad y cansados de nuestra misma monotonía. Vivimos en un estado de ánimo frío e incluso con una increíble indiferencia hacia este prójimo más próximo que Dios nos ha confiado para que le hagamos tocar el perdón divino. Y este prójimo más próximo somos nosotros mismos. Está dicho, de hecho, que debemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (cfr. Lv. 19,18). Por lo tanto, debemos amarnos también a nosotros mismos así como tratamos de amar a nuestro prójimo. Entonces debemos pedir a Dios que nos enseñe que debemos perdonarnos: la rabia de nuestro orgullo, las desilusiones de nuestra ambición. Pidamos que la bondad, la ternura, la paciencia y la confianza indecible con la que Él nos perdona, nos conquiste hasta el punto de que nos liberemos del cansancio de nosotros mismos, que nos acompaña por todas partes, y con frecuencia incluso nos causa vergüenza. No somos capaces de reconocer el amor de Dios por nosotros sin modificar también la opinión que tenemos de nosotros mismos, sin reconocer a Dios mismo el derecho de amarnos. El perdón de Dios nos reconcilia con Él, con nosotros, con nuestros hermanos y hermanas, y con todo el mundo. Nos hace auténticos misioneros.

¿Lo creéis, queridos hermanos? ¡Probadlo, hoy mismo!
Fuente: temas.cl
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martes, 5 de octubre de 2010

NUEVAS "CATEDRALES"

Apenas hay lugar, en este mundo nuestro, para parroquias...Por el contrario, sí para estas modernas catedrales del consumismo.
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Autor: Pbro. Miguel Rivilla San Martín..

En una de sus interesantes “Canelas finas”, el director de La Razón, Luis María Anson, hace tiempo abogaba por una nueva catedral del siglo XXI para Madrid. Sin sumarse a las críticas que se hacen a la actual Almudena, a veces infundadas, dejaba claro que no era el templo que exigía el siglo XXI para Madrid. No le faltaban argumentos de todo tipo para apoyar su petición y también “esperanza sobre una carencia artística y espiritual que enturbia la osatura histórica de la capital de las Españas”.

Como contraste a este justo deseo del insigne periodista y sin ánimo de polémica propia de expertos, quisiera dejar mi punto de vista sobre otras catedrales que están apareciendo en los cuatro puntos cardinales de nuestra comunidad y que son visitadas asiduamente y conocidas por todos los madrileños. Son las nuevas catedrales del consumismo.

Han surgido como por ensalmo, casi de la noche a la mañana, en la periferia de la capital, a pocos kilómetros de la misma.. Claras, luminosas, modernas, funcionales. Su ritmo de construcción ha sido y es imparable. Con estupendas vías de acceso. Ubicadas en puntos estratégicos de comunicación. Con amplios aparcamientos, que apenas dan abasto. No necesitan grandes ni costosos reclamos. La gente acude como moscas para solazarse y lograr gratificación y felicidad, máxime los festivos y en vacaciones.

Su coste de inversión ha sido multimillonario. Funcionan abiertas, mañana, tarde y parte de la noche. Algunos sectores de las mismas, hasta altas horas de madrugada. Los domingos y festivos, apenas hay sitio para el acomodo. Cubren las necesidades más apremiantes y exigentes del hombre y la mujer modernos. Se han construido para el “homo consumísticus”. Allí se encuentra, como pez en el agua. No falta de nada para comprar y pasarlo bien. Hay amplios espacios para alimentación, vestimenta, caprichos, moda, diversión, ocio, restauración, gimnasios, cines, etc..

Sí, hay casi de todo, menos de una cosa. Es sólo una pequeña carencia. ¡No lo tomen a broma! No hay en estas nuevas catedrales, un rinconcito, siquiera, para adquirir paz, silencio, tranquilidad y soledad plenas. Para encontrarse el hombre consigo mismo, con lo único importante y trascendente, con el único Dios vivo y verdadero. ¡Qué engorro y qué falta de previsión! ¡¡Imperdonable!!

Este agudo contraste y esta anómala situación nos mueve a algunos -¿chalados, nostálgicos, raros, anticuados?- a una seria reflexión compartida:

Apenas hay lugar, en este mundo nuestro, para parroquias, iglesias, templos y lugares de culto. Por el contrario, sí y en abundancia y derroche crematístico, para estas modernas catedrales del consumismo.

El dios dinero “Mammona”, puede sentirse feliz y satisfecho por el culto que le tributan la generalidad de sus fieles. Él ha ido desplazando a todos los demás dioses, incluso -¡duele el decirlo!- a Jesucristo, el único y verdadero Dios. Hoy no es raro ver las iglesias casi vacías y estas nuevas catedrales abarrotadas..

A pesar de esta aparente derrota, todavía sigue resonando con fuerza, en muchos sitios y ambientes, la palabra radical de Jesús de Nazaret : "No podéis servir a dos señores. No podéis servir a Dios y al dinero".

Para terminar, una práctica advertencia: No estén tan preocupados por OTRA CATEDRAL. Mediten solo esta frase del desaparecido
monseñor Fulton J. Sheen, estrella de la televisión americana: "Entre la erección de una catedral y la fundación de un diario católico, no dudaría de apostar por este último".
.Fuente: C.A.R.
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ORACIÓN DEL PADRE PÍO

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ORACIÓN
(compuesta por Padre Pío para rezarla después de la comunión)

Has venido a visitarme
como Padre y como amigo
Jesús, no me dejes solo...
¡quédate Señor conmigo!

Por el mundo envuelto en sombras
soy errante peregrino,
dame tu luz y tu gracia...
¡quédate Señor conmigo!

En este precioso instante
abrazado estoy contigo
que esta unión nunca me falte...
¡quédate Señor conmigo!

Acompáñame en la vida
tu presencia necesito,
sin ti desfallezco y caigo...
¡quédate Señor conmigo!

Declinando está la tarde
voy corriendo como río al
hondo mar de la muerte...
¡quédate Señor conmigo!

En la pena y en el gozo
sé mi aliento mientras vivo.
Hasta que muera en tus brazos
¡quédate Señor conmigo!

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lunes, 4 de octubre de 2010

OCTUBRE, MES DEL ROSARIO - CÓMO REZARLO - ORACIONES DEL MISMO

Par a saber qué es el Rosario, cómo se reza, leer sus oraciones y letanías, saber cuáles son los misterios del día, etc. Haz click abajo:

http://catolicidad-catolicidad.blogspot.com/2009/10/octubre-mes-del-rosario-como-rezarlo.html

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TESTIMONIO CONMOVEDOR DE UNA RELIGIOSA VIOLADA

"A mi hijo, sólo le enseñaré el Amor"

Reproducimos el impresionante testimonio de Sor Lucy Vertrusc, una joven religiosa que durante la guerra de Yugoslavia quedó embarazada como consecuencia de una violación. Este hecho traumático la situó ante una encrucijada como persona y como religiosa. En la carta que Lucy escribió a su Superiora explica cual va a ser su respuesta a la violencia y al odio: “Alguien tiene que empezar a romper la cadena de odio que destruye desde siempre nuestros países. Por eso, al hijo que vendrá le enseñaré sólo el amor”.

Nota Importante: Posteriormente a la publicación de este post que se ha reproducido en múltiples sitios y que tomamos de un sitio católico que defiende la vida, recibimos una nota de un lector que nos remite a la aclaración realizada por el Padre Fernando Pascual en www.camineo.info. Agradeceremos a nuestros lectores-amigos leer la nota aclaratoria que realiza CATOLICIDAD, (pues nuestro lema será siempre lo dicho por Cristo: "La Verdad os hará libres") sobre el origen de esta carta que publicamos, abajo, en comentarios. 

Soy Luci, una de las jóvenes religiosas que ha sido violada por los soldados serbios. Le escribo, Madre, después de lo que nos ha sucedió a mis hermanas Tatiana, Sandria y a mí.

Permítame no entrar en detalles del hecho. Hay en la vida experiencias tan atroces que no pueden confiarse a nadie más que a Dios, a cuyo servicio, hace apenas un año, me consagré.

Mi drama no es tanto la humillación que padecí como mujer, ni la ofensa incurable hecha a mi vocación de consagrada, sino la dificultad de incorporar a mi fe un evento que ciertamente forma parte de la misteriosa voluntad de Aquél, a quien siempre consideraré mi Esposo divino.

Hace pocos días que había leído "Diálogos de Carmelitas", y espontáneamente pedí al Señor la gracia de poder también yo morir mártir. Dios me tomó la palabra, pero ¡de qué manera! Ahora me encuentro en una angustiosa oscuridad interior. Él ha destruido el proyecto de mi vida, que consideraba definitivo y exultante para mí y me ha introducido de improviso en un nuevo designio suyo que, en este momento, me siento incapaz de descubrir.

Cuando era una adolescente escribí en mi Diario: nada es mío, yo no soy de nadie, nadie me pertenece. Alguien, en cambio, me apresó una noche, que jamás quisiera recordar, me arrancó de mi misma, queriendo hacerme suya...

Era ya de día cuando desperté y mi primer pensamiento fue el de la agonía de Cristo en el Huerto. Dentro de mí se desencadenó una lucha terrible. Me preguntaba por qué Dios había permitido qué yo fuese desgarrada, destruida precisamente en lo que era la razón de mi vida; pero, también me preguntaba a qué nueva vocación Él quería llamarme.

Me levanté con esfuerzo y mientras ayudada por Josefina me enderezaba, me llegó el sonido de la campana del convento de las Agustinas, cercano al nuestro, que llamaba a la oración de las nueve de la mañana.

Hice la señal de la cruz y recité mentalmente el himno litúrgico: En esta hora sobre el Gólgota, Cristo, verdadero Cordero Pascual, paga el rescate de nuestra salvación.

¿Qué es, Madre, mi sufrimiento y la ofensa recibida, comparados con el sufrimiento y la ofensa de Aquél por quien había jurado mil veces dar la vida? Dije despacio, muy despacio: “que se cumpla tu voluntad, sobre todo ahora que no tengo dónde aferrarme y que mi única certeza es saber que Tú, Señor, estás conmigo”.

Madre, le escribo no para buscar consuelo, sino para que me ayude a dar gracias a Dios por haberme asociado a millares de compatriotas ofendidas en su honor y obligadas a una maternidad indeseada. Mi humillación se añade a la de ellas, y porque no tengo otra cosa que ofrecer en expiación por los pecados cometidos por los anónimos violadores y para reconciliación de las dos etnias enemigas, acepto la deshonra sufrida y la entrego a la misericordia de Dios.

No se sorprenda, Madre, si le pido que comparta conmigo un "gracias" que podría parecer absurdo. En estos meses he llorado un mar de lágrimas por mis dos hermanos asesinados por los mismos agresores que van aterrorizando nuestras ciudades, y pensaba que no podría sufrir más. ¡Qué lejos estaba de imaginar lo que me habría de suceder!

A diario llamaban a la puerta de nuestro convento centenares de criaturas hambrientas, tiritando de frío, con la desesperación en los ojos. Hace unas semanas un muchacho de dieciocho años me dijo: Dichosas ustedes que han elegido un lugar donde la maldad no puede entrar. El chico tenía en la mano el rosario de las alabanzas del Profeta. Y añadió en voz baja: Ustedes no sabrán nunca lo que es la deshonra.

Pensé largamente sobre ello y me convencí de que había una parte secreta del dolor de mi gente que se me escapaba y casi me avergoncé de haber sido excluida. Ahora, soy una de ellas, una de las tantas mujeres anónimas de mi pueblo, con el cuerpo desbastado y el alma saqueada. El señor me admitió a su misterio de vergüenza. Es más, a mí, religiosa, me concedió el privilegio de conocer hasta el fondo la fuerza diabólica del mal.

Sé que de hoy en adelante, las palabras de ánimo y de consuelo que podré arrancar de mi pobre corazón, ciertamente serán creíbles, porque mi historia es su historia, y mi resignación, sostenida por la fe, podrá servir si no de ejemplo, por lo menos de referencia de sus reacciones morales y efectivas.

Basta un signo, una vocecita, una señal fraterna para poner en movimiento la esperanza de tantas criaturas desconocidas.

Dios me ha elegido -que Él me perdone esta presunción- para guiar a las más humilladas de mi pueblo hacia un alba de redención y de libertad. Ya no podrán dudar de la sinceridad de mis palabras, porque vengo, como ellas, de la frontera del envilecimiento y la profanación.

Recuerdo que cuando frecuentaba en Roma la universidad para la Licenciatura en Letras, una anciana eslava, profesora de literatura, me recitaba estos versos del poeta Alexej Mislovic: “Tú no debes morir porque has elegido estar de parte del día”.

Ahora ya todo pasó y al volver hacia atrás tengo la impresión de haber sufrido una terrible pesadilla. Todo ha pasado, Madre, pero, todo empieza. En su llamada telefónica, después de sus palabras de aliento, que le agradeceré toda la vida, usted me hizo una pregunta concreta: ¿Qué harás de la vida que te han impuesto en tu seno? Sentí que su voz temblaba al hacerme esa pregunta; pregunta a la que no creí oportuno responder de inmediato; no porque no hubiese reflexionado sobre el cambio a seguir, sino para no turbar sus eventuales proyectos respecto de mí. Yo ya decidí. Seré madre. El niño será mío y de nadie más. Sé que podría confiarlo a otras personas, pero él - aunque yo no lo quería ni lo esperaba- tiene el derecho a mi amor de madre. No se puede arrancar una planta con sus raíces. El grano de trigo caído en el surco tiene necesidad de crecer allí, donde el misterioso, aunque inicuo sembrador le echó para crecer.

Realizaré mi vocación religiosa de otra manera. Nada pediré a mi congregación que me ha dado ya todo. Estoy muy agradecida por la fraterna solidaridad de las hermanas, que en este tiempo me han llenado de delicadezas y atenciones, y particularmente por no haberme importunado con preguntas indiscretas.

Me iré con mi hijo, no sé adonde; pero Dios, que rompió de improviso mi mayor alegría, me indicará el camino a recorrer para hacer su voluntad.

Volveré pobre, retomaré el viejo delantal y los zuecos que usan las mujeres los días de trabajo y me iré con mi madre a recoger en nuestros bosques la resina de la corteza de los árboles...

Alguien tiene que empezar a romper la cadena de odio que destruye desde siempre nuestros países. Por eso, al hijo que vendrá le enseñaré sólo el amor. Este mi hijo, nacido de la violencia, testimoniará junto a mí que la única grandeza que honra al ser humano es el perdón.

Tomado de Eligelavida 

 ACLARACIÓN IMPORTANTE sobre el origen de esta carta, verla en comentarios:
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MOMENTO CERO: UN VIDEO QUE DEJA PENSANDO



El próximo viernes 8 se estrena en España, al fin, Blood Money. El valor de una vida, un documental sobre la verdad del aborto y de los que se lucran con esta práctica violenta y cruel.

Blood Money. El valor de una vida es una película de producción norteamericana, realizada por el joven cineasta David K. Kyle.

El personaje conductor del relato es la Doctora Alveda King (sobrina de Martin Luther King), que guía al espectador por la historia del aborto en Estados Unidos, desde las primeras políticas públicas de planificación familiar, pasando por la célebre sentencia judicial Roe vs. Wade, que impulsó la industria del aborto, hasta llegar a la situación actual de este negocio, uno de los más boyantes y sucios.

El documental se apoya en testimonios de profesionales del aborto, mujeres que han abortado y médicos.

Blood Money. El valor de una vida ha conseguido reavivar el debate sobre el aborto en la sociedad norteamericana y poner contra las cuerdas al poderoso lobby abortista.

La versión que puedes ver en España desde el próximo viernes 8 de octubre ha sido adaptada especialmente a la realidad social, jurídica y política del aborto en nuestro país.

Un grupo de excelentes profesionales del cine, comprometidos con la causa del derecho a la vida y encabezados por Javier Santamaría, ha acordado con los productores de la cinta original introducir testimonios de científicos y portavoces del movimiento provida español (participan, por ejemplo, Ignacio Arsuaga, Alcia Latorre o Beningo Blanco), así como imágenes de las recientes manifestaciones cívicas a favor del derecho a la vida y en contra de la ley del aborto.

Puedes ver el trailer desde:

http://www.hazteoir.org/node/32610

En el siguiente enlace, encontrarás todos los cines en los que se estrenará Blood Money. El valor de una vida el próximo 8 de octubre.


Tienes que verla.

Lleva a tu familia al cine el próximo fin de semana y convence a un amigo para que la vea. Especialmente, si ese amigo no tiene una idea muy clara de lo que significa un aborto y de sus consecuencias. Esta magnífica película no le dejará indiferente, créeme.

Si te importa el derecho a nacer y quieres profundizar en el conocimiento del aborto para influir de manera más eficaz en tu entorno y cambiar la cultura de la muerte por la cultura de la vida humana, acude al cine y habla de esta película a la gente.

Si tu ciudad no está en la lista del estreno, pide ahora que Blood Money. El valor de una vida se exhiba en un cine de tu localidad.

Es muy sencillo. Escribe un mensaje en la siguiente dirección de la página oficial y di que quieres ver Blood Money. El valor de una vida proyectada en tu ciudad:


La distribuidora se encargará de negociar con las salas de tu ciudad para que proyecten este excelente documental.

Yo voy a ir el próximo viernes 8 de octubre al estreno de Blood Money. El valor de una vida. Es una película valiente y necesaria. Anímate a verla y anima a tus amigos.

¡Muchas gracias por promover la cultura de la vida!

Gádor Joya y todo el equipo DAV

PD.- Recuerda que si quieres que Blood Money. El valor de una vida se vea en tu ciudad, lo más eficaz es enviar un mensaje desde http://bit.ly/aI0RtL, solicitándolo. La productora del filme se encargará de buscar una o más salas en tu localidad.

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domingo, 3 de octubre de 2010

“EL HOMBRE QUE HACÍA MILAGROS”, producida por Mel Gibson


FUE SUPRIMIDA DE YOUTUBE PERO PUEDE VERSE EN ESTE ENLACE:

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The Miracle Maker (El hombre que hacía milagros) es probablemente la mejor película para niños sobre la figura de Jesucristo. Como película de animación sigue preferentemente el evangelio de Lucas introduciendo la novedad de una pequeña discípula de Jesús, Tamar, la hija de Jairo, que después de su vuelta a la vida acompaña al Señor hasta su muerte y resurrección.
Realizada por Stanislav Sokolov y Derek Hayes es una producción de Rusia y el Reino Unido con la compañía de Mel Gibson, Icon Entertainment. Se trata de un film de animación en plastilina con algunas escenas realizadas en 3D y con unos efectos muy notables para el año 2000 en el que se estrenó.
Vista en Apostolado Eucarístico Ver comentarios -------------------------------------------------------------------------------------------------------------

sábado, 2 de octubre de 2010

"NO HECHO POR MANOS HUMANAS..." Canto Gregoriano

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viernes, 1 de octubre de 2010

¿Y TÚ YA FIRMASTE? URGE LO HAGAS HOY



Quienes son menores de 30 años pueden hacerlo AQUÍ. Los mayores de 30 pueden firmar una declaración de apoyo ACÁ.

Ver: JÓVENES LANZAN LA "DECLARACIÓN A LA ONU Y AL MUNDO" A FAVOR DE LA VIDA Y LA FAMILIA
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