martes, 10 de marzo de 2015

LA FE PERDIDA


por el padre Antonio Royo Marín

¡Esta misma tarde he recibido una carta anónima: no la firma nadie. A través de sus palabras se transparenta, sin embargo, una persona de cultura más que mediana. Escribe admirablemente bien. Y después de decirme que está oyendo mis conferencias por Radio Nacional de España, me cuenta su caso. Me dice que ha perdido casi por completo la fe, aunque la desea con toda su alma, pues con ella se sentía feliz, y ahora siente en su espíritu un vacío espantoso. Y me ruega que si conozco algún medio práctico y eficaz para volver a la fe perdida que se lo diga a gritos, que le muestre esa meta de paz y de felicidad ansiada.

¡Pobre amigo mío! Voy a abrir un paréntesis en mi conferencia para enviarte unas palabras de consuelo. Te diré con Cristo: “No andas lejos del Reino de Dios”. Desde el momento en que buscas la fe, es que ya la tienes. Lo dice hermosamente San Agustín: “No buscarías a Dios si no lo tuvieras ya”. Desde el momento en que deseas con toda tu alma la fe, es que ya la tienes. Dios, en sus designios inescrutables, ha querido someterte a una prueba. Te ha retirado el sentimiento de la fe, para ver cómo reaccionas en la oscuridad. Si a pesar de todas las tinieblas te mantienes fiel, llegará un día –no sé si tarde o temprano, son juicios de Dios– en que te devolverá el sentimiento de la fe con una fuerza e intensidad incomparablemente superior a la de antes. ¿Qué tienes que hacer mientras tanto? Humillarte delante de Dios. Humíllate un poquito, que es la condición indispensable para recibir los dones de Dios. El gozo, el disfrute, el saboreo de la fe, suele ser el premio de la humildad. Dios no resiste jamás a las lágrimas humildes. Si te pones de rodillas ante Él y le dices: “Señor: Yo tengo fe, pero quisiera tener más. Ayuda Tú mi poca fe”. Si caes de rodillas y le pides a Dios que te dé el sentimiento íntimo de la fe, te la dará infaliblemente, no lo dudes; y mientras tanto, pobre hermano mío, vive tranquilo, porque no solamente no andas lejos del Reino de Dios, sino que, en realidad, estás ya dentro de él.

¡Ah! Pero tu caso es completamente distinto del de los verdaderos incrédulos. Tú no eres incrédulo, aunque de momento te falte el sentimiento dulce y sabroso de la fe. Los verdaderos incrédulos son los que, sin fundamento ninguno, sin argumento alguno que les impida creer, lanza una insensata carcajada y desprecian olímpicamente las verdades de la fe.

No tienen ningún argumento en contra, no lo pueden tener, señores. La fe católica resiste toda clase de argumentos que se le quieran oponer. No hay ni puede haber un argumento válido contra ella. Supera infinitamente a la razón, pero jamás la contradice. No puede haber conflicto entre la razón y la fe, porque ambas proceden del mismo y único manantial de la verdad, que es la primera Verdad por esencia, que es Dios mismo, en el que no cabe contradicción. Es imposible encontrar un argumento válido contra la fe católica. Es imposible que haya incrédulos de cabeza –como os decía el otro día–, pero los hay abundantísimos de corazón. El que lleva una conducta inmoral, el que ha adquirido una fortuna por medios injustos, el que tiene cuatro o cinco amiguitas, el que está hundido hasta el cuello en el cieno y en el fango, ¡cómo va a aceptar tranquilamente la fe católica que le habla de un infierno eterno! Le resulta más cómodo prescindir de la fe o lanzar contra ella la carcajada de la incredulidad.

¡Insensato! ¡Como si esa carcajada pudiera alterar en nada la tremenda realidad de las cosas! ¡Ríete ahora! Carcajaditas de enano en una noche de barrio chino. ¡Ríete ahora! ¡Ya llegará la hora de Dios! Ya cambiarán las cosas. Escucha la Sagrada Escritura: “Antes desechasteis todos mis consejos y no accedisteis a mis requerimientos. También yo me reiré de vuestra ruina y me burlaré cuando venga sobre vosotros el terror”. (Prov. 1, 25-26). El mismo Cristo advierte en el Evangelio, con toda claridad: “¡Ay de vosotros los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis!” (Lc 6, 25). ¿Te burlas de todo eso? Pues sigue gozando y riendo tranquilamente. Estás danzando con increíble locura al borde de un abismo: ¡es la hora de tu risa! Ya llegará la hora de la justicia de Dios para toda la eternidad.

Título original: «¿PERDÍ LA FE?» por Antonio Royo Marín

lunes, 9 de marzo de 2015

EL PINO DE FORMENTOR (poesía)


Miguel -Miquel, en catalán- Costa y Llobera (Pollensa, Mallorca; 1854 – Palma de Mallorca; 1922) fue un poeta y sacerdote español considerado como uno de los máximos representantes de la poesía catalana de todos los tiempos.

domingo, 8 de marzo de 2015

EL FALSO ECUMENISMO SOFOCA LA VERDAD CATÓLICA Y ARRASTRA AL INDIFERENTISMO



“Otra causa que ha producido muchos de los males que afligen a la Iglesia es el indiferentismo, o sea, aquella perversa teoría extendida por doquier, merced a los engaños de los impíos, y que enseña que puede conseguirse la vida eterna en cualquier religión, con tal que haya rectitud y honradez en las costumbres. Fácilmente en materia tan clara como evidente, podéis extirpar de vuestra grey error tan execrable. Si dice el Apóstol que hay un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo, entiendan, por lo tanto, los que piensan que por todas partes se va al puerto de salvación, que, según la sentencia del Salvador, están ellos contra Cristo, pues no están con Cristo y que los que no recolectan con Cristo, esparcen miserablemente, por lo cual es indudable que perecerán eternamente los que no tengan fe católica y no la guardan íntegra y sin mancha…” (...) “Sólo los soberbios, o más bien los ignorantes, pretenden sujetar a criterio humano los misterios de la fe, que exceden a la capacidad humana, confiando solamente en la razón, que, por condición propia de la humana naturaleza, es débil y enfermiza”. (Encíclica Mirari Vos, Sobre los errores modernos, 15 de Agosto de 1832, S.S. Gregorio XVI).

Ver texto íntegro AQUÍ

viernes, 6 de marzo de 2015

LA IGLESIA AFRICANA CONTRA EL SACRILEGIO DE DAR LA COMUNIÓN A DIVORCIADOS CON NUEVA PAREJA


"PELIGROSA ESQUIZOFRENIA" DENOMINA EL CARDENAL SARAH A ESTA NUEVA HEREJÍA DE MANTENER LA DOCTRINA EN LA TEORÍA PERO CONTRADECIRLA EN LA PRÁCTICA

La editorial francesa Fayard se dispone a lanzar un libro en el que se entrevista a uno de los más influyentes miembros del Colegio Cardenalicio, el recientemente nombrado (noviembre de 2014) prefecto de la Congregación para el Culto Divino, cardenal Robert Sarah. Titulado “O Dios o nada” (Dieu ou rien), lleva el interesantísimo subtítulo “Entretien sur la foi” (Conversación sobre la fe).

En la presentación del libro realizada por la revista francesa Famille Chrétienne descubrimos este notable fragmento de las palabras del cardenal Sarah refutando -con toda la doctrina católica- un herético concepto argüido por el modernista cardenal Kasper quien propone la aprobación de la sacrílega comunión a los divorciados con nueva pareja.
El cardenal Sarah aniquila el "fundamento" de esta herejía kasperiana que dice sostener simultáneamente la teoría doctrinal mientras en los hechos la contradice, en nombre de la "práctica pastoral".  El purpurado advierte, además, que la Iglesia africana se mantendrá fiel a la doctrina de Cristo: "La idea de dejar el Magisterio en una bonita caja y así separarlo de la práctica pastoral -la cual evolucionaría dependiendo de las circunstancias, las modas y las pasiones-, es una forma de herejía, una peligrosa esquizofrenia patológica. Solemnemente afirmamos que la Iglesia en África se opondrá firmemente a cualquier forma de rebelión contra el magisterio de Cristo y de la Iglesia".

Fuentes: Rorate-caeli y otras.

jueves, 5 de marzo de 2015

ENTREVISTA AL PADRE PÍO SOBRE EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA




El Padre Pío celebró hasta su muerte el rito tradicional del Santo Sacrificio de la Misa según el misal de S.S. San Pío V codificado y autorizado a perpetuidad por este santo pontífice. Obsérvese el respeto a las rúbricas y la devoción y sacralidad en todo momento, que contrasta con tantos abusos y hasta sacrilegios en el modo de celebrar actualmente, pues muchos olvidan -o heréticamente niegan- que la Misa es la renovación incruenta del mismo e idéntico sacrificio del Calvario y la han convertido en una mera asamblea en la que dicen celebrar -al estilo protestante- sólo un memorial de la cena del Señor.




En 1974 se publicó una obra en italiano, titulada «Cosí parlò Padre Pio»: «Así habló el Padre Pio» (San Giovanni Rotondo, Foggia, Italia), con el imprimatur de Mons. Fanton, obispo auxiliar de Vincencia.
En este presente trabajo sacamos algunos pasajes en los que el Padre Pío hablaba de la Santa Misa:

Padre, ¿ama el Señor el Sacrificio?
Sí, porque con él regenera el mundo.

¿Cuánta gloria le da la Misa a Dios?
Una gloria infinita.

¿Qué debemos hacer durante la Santa Misa?
Compadecernos y amar.

Padre, ¿cómo debemos asistir a la Santa Misa?
Como asistieron la Santísima Virgen y las piadosas mujeres. Como asistió San Juan al Sacrificio Eucarístico y al Sacrificio cruento de la Cruz.

Padre, ¿qué beneficios recibimos al asistir a la Santa Misa?
No se pueden contar. Los veréis en el Paraíso. Cuando asistas a la Santa Misa, renueva tu fe y medita en la Víctima que se inmola por ti a la Divina Justicia, para aplacarla y hacerla propicia. No te alejes del altar sin derramar lágrimas de dolor y de amor a Jesús, crucificado por tu salvación. La Virgen Dolorosa te acompañará y será tu dulce inspiración.

Padre, ¿qué es su Misa?
Una unión sagrada con la Pasión de Jesús. Mi responsabilidad es única en el mundo -decía llorando.

¿Qué tengo que descubrir en su Santa Misa?
Todo el Calvario.

Padre, dígame todo lo que sufre Vd. durante la Santa Misa.
Sufro todo lo que Jesús sufrió en su Pasión, aunque sin proporción, sólo en cuanto lo puede hacer una creatura humana. Y esto, a pesar de cada uno de mis faltas y por su sola bondad.

Padre, durante el Sacrificio Divino, ¿carga Vd. nuestros pecados?
No puedo dejar de hacerlo, puesto que es una parte del Santo Sacrificio.

¿El Señor le considera a Vd. como un pecador?
No lo sé, pero me temo que así es.

Yo lo he visto temblar a Vd. cuando sube las gradas del Altar. ¿Por qué? ¿Por lo que tiene que sufrir?
No por lo que tengo que sufrir, sino por lo que tengo que ofrecer.

¿En qué momento de la Misa sufre Vd. más?
En la Consagración y en la Comunión.

Padre, esta mañana en la Misa, al leer la historia de Esaú, que vendió su primogenitura, sus ojos se llenaron de lágrimas.
¡Te parece poco, despreciar los dones de Dios!

¿Por qué, al leer el Evangelio, lloró cuando leyó esas palabras: «Quien come mi carne y bebe mi sangre»...?
Llora conmigo de ternura.

Padre, ¿por qué llora Vd. casi siempre cuando lee el Evangelio en la Misa?

Nos parece que no tiene importancia el que un Dios le hable a sus creaturas y que ellas lo contradigan y que continuamente lo ofendan con su ingratitud e incredulidad.

Su Misa, Padre, ¿es un sacrificio cruento?
¡Hereje!

Perdón, Padre, quise decir que en la Misa el Sacrificio de Jesús no es cruento, pero que la participación de Vd. a toda la Pasión si lo es. ¿Me equivoco?

Pues no, en eso no te equivocas. Creo que seguramente tienes razón.

¿Quien le limpia la sangre durante la Santa Misa?
Nadie.

Padre, ¿por qué llora en el Ofertorio?
¿Quieres saber el secreto? Pues bien: porque es el momento en que el alma se separa de las cosas profanas.

Durante su Misa, Padre, la gente hace un poco de ruido.
Si estuvieses en el Calvario, ¿no escucharías gritos, blasfemias, ruidos y amenazas? Había un alboroto enorme.

¿No le distraen los ruidos?
Para nada.

Padre, ¿por qué sufre tanto en la Consagración?
No seas malo... (no quiero que me preguntes eso...).

Padre, ¡dígamelo! ¿Por qué sufre tanto en la Consagración?
Porque en ese momento se produce realmente una nueva y admirable destrucción y creación.

Padre, ¿por qué llora en el Altar y qué significan las palabras que dice Vd. en la Elevación? Se lo pregunto por curiosidad, pero también porque quiero repetirlas con Vd.
Los secretos de Rey supremo no pueden revelarse sin profanarlos. Me preguntas por qué lloro, pero yo no quisiera derramar esas pobres lagrimitas sino torrentes de ellas. ¿No meditas en este grandioso misterio?

Padre, ¿sufre Vd. durante la Misa la amargura de la hiel?
Sí, muy a menudo...

Padre, ¿cómo puede estarse de pie en el Altar?
Como estaba Jesús en la Cruz.

En el Altar, ¿está Vd. clavado en la Cruz como Jesús en el Calvario?
¿Y aún me lo preguntas?

¿Como se halla Vd.?
Como Jesús en el Calvario.

Padre, los verdugos acostaron la Cruz de Jesús para hundirle los clavos?
Evidentemente.

¿A Vd. también se los clavan?
¡Y de qué manera!

¿También acuestan la Cruz para Vd.?
Sí, pero no hay que tener miedo.

Padre, durante la Misa, ¿dice Vd. las siete palabras que Jesús dijo en la Cruz?
Sí, indignamente, pero también yo las digo.

Y ¿a quién le dice: «Mujer, he aquí a tu hijo»?
Se lo digo a Ella: He aquí a los hijos de Tu Hijo.

¿Sufre Vd. la sed y el abandono de Jesús?
Sí.

¿En qué momento?
Después de la Consagración.

¿Hasta qué momento?
Suele ser hasta la Comunión.

Vd. ha dicho que le avergüenza decir: «Busqué quien me consolase y no lo hallé». ¿Por qué?
Porque nuestro sufrimiento, de verdaderos culpables, no es nada en comparación del de Jesus.

¿Ante quién siente vergüenza?
Ante Dios y mi conciencia.

Los Angeles del Señor ¿lo reconfortan en el Altar en el que se inmola Vd.?
Pues... no lo siento.

Si el consuelo no llega hasta su alma durante el Santo Sacrificio y Vd. sufre, como Jesús, el abandono total, nuestra presencia no sirve de nada.
La utilidad es para vosotros. ¿Acaso fue inútil la presencia de la Virgen Dolorosa, de San Juan y de las piadosas mujeres a los pies de Jesús agonizante?

¿Qué es la sagrada Comunión?
Es toda una misericordia interior y exterior, todo un abrazo. Pídele a Jesús que se deje sentir sensiblemente.

Cuando viene Jesús, ¿visita solamente el alma?
El ser entero.

¿Qué hace Jesús en la Comunión?
Se deleita en su creatura.

Cuando se une a Jesús en la Santa Comunión, ¿que quiere que le pidamos al Señor por Vd.?
Que sea otro Jesús, todo Jesús y siempre Jesús.

¿Sufre Vd. también en la Comunión?
Es el punto culminante.

Después de la Comunión, ¿continúan sus sufrimientos?
Sí, pero son sufrimientos de amor.

¿A quién se dirigió la última mirada de Jesús agonizante?
A su Madre.

Y Vd., ¿a quién mira?
A mis hermanos de exilio.

¿Muere Vd. en la Santa Misa?
Místicamente, en la Sagrada Comunión.

¿Es por exceso de amor o de dolor?
Por ambas cosas, pero más por amor.

Si Vd. muere en la Comunión ¿ya no está en el Altar? ¿Por qué?
Jesús muerto, seguía estando en el Calvario.

Padre, Vd. ha dicho que la víctima muere en la Comunión. ¿Lo ponen a Vd. en los brazos de Nuestra Señora?
En los de San Francisco.

Padre, ¿Jesús desclava los brazos de la Cruz para descansar en Vd.?
¡Soy yo quien descansa en El!

¿Cuánto ama a Jesús?
Mi deseo es infinito, pero la verdad es que, por desgracia, tengo que decir que nada, y me da mucha pena.

Padre, ¿por qué llora Vd. al pronunciar la última frase del Evangelio de San Juan: «Y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad»?
¿Te parece poco? Si los Apóstoles, con sus ojos de carne, han visto esa gloria, ¿cómo será la que veremos en el Hijo de Dios, en Jesús, cuando se manifieste en el Cielo?

¿Qué unión tendremos entonces con Jesús?
La Eucaristía nos da una idea.

¿Asiste la Santísima Virgen a su Misa?
¿Crees que la Mamá no se interesa por su hijo?

¿Y los ángeles?
En multitudes.

¿Qué hacen?
Adoran y aman.

Padre, ¿quién está más cerca de su Altar?
Todo el Paraíso.

¿Le gustaría decir más de una Misa cada día?
Si yo pudiese, no querría bajar nunca del Altar.

Me ha dicho que Vd. trae consigo su propio Altar...
Sí, porque se realizan estas palabras del Apóstol: «Llevo en mi cuerpo las señales del Señor Jesús» (Gal. 6, 17), «estoy crucificado con Cristo» (Gal. 2, 19) y «castigo mi cuerpo y lo esclavizo» (I Cor. 9, 27).

¡En ese caso, no me equivoco cuando digo que estoy viendo a Jesús Crucificado!
(No contesta).

Padre, ¿se acuerda Vd. de mí durante la Santa Misa?
Durante toda la Misa, desde el principio al fin, me acuerdo de tí.

La Misa del Padre Pío en sus primeros años duraba más de dos horas. Siempre fue un éxtasis de amor y de dolor. Su rostro se veía enteramente concentrado en Dios y lleno de lágrimas. Un día, al confesarme, le pregunté sobre este gran misterio:

Padre, quiero hacerle una pregunta.
Dime, hijo.

Padre, quisiera preguntarle qué es la Misa.
¿Por qué me preguntas eso?

Para oírla mejor, Padre.
Hijo, te puedo decir lo que es mi Misa.

Pues eso es lo que quiero saber, Padre.
Hijo mío, estamos siempre en la cruz y la Misa es una continua agonía.

miércoles, 4 de marzo de 2015

¿PUEDE HABER MAYOR ACTO DE CARIDAD QUE BUSCAR LA CONVERSIÓN Y LA SALVACIÓN DEL PRÓJIMO?

  • A PROPÓSITO DEL FALSO ECUMENISMO
  • ES UN CRIMEN DEJAR AL ERRADO EN SU FALSA RELIGIÓN
  • SOSTENER LA HEREJÍA QUE TODAS LAS RELIGIONES SON BUENAS LLEVA AL INDIFERENTISMO
  • SI NO SE EVANGELIZA SE TRAICIONA EL MANDATO DE CRISTO



lunes, 2 de marzo de 2015

LA VOLUNTAD DE DIOS, REGLA SUPREMA – Por Dom Vital Lehodey


Queremos salvar nuestra alma y tender a la perfección de la vida espiritual, es decir, purificarnos de veras, progresar en todas las virtudes, llegar a la unión de amor con Dios, y por este medio transformarnos cada vez más en El; he aquí la única obra a la que hemos consagrado nuestra vida: obra de una grandeza incomparable y de un trabajo casi sin límites; que nos proporciona la libertad, la paz, el gozo, la unción del Espíritu Santo, y exige a su vez sacrificios sin número, una paciente labor de toda la vida. Esta obra gigantesca no sería tan sólo difícil, sino absolutamente imposible si contásemos sólo con nuestras fuerzas, pues es de orden absolutamente sobrenatural.

«Todo lo puedo en Aquel que me conforta»; sin Dios sólo queda la absoluta impotencia, por nosotros nada podemos hacer: ni pensar en el bien, ni desearlo, ni cumplirlo. Y no hablemos de la enmienda de nuestros vicios, de la perfecta adquisición de las virtudes, de la vida de intimidad con Dios que representan un cúmulo enorme de impotencias humanas y de intervenciones divinas. El hombre es, pues, un organismo maravilloso, por cuanto es capaz con la ayuda de Dios de llevar a cabo las obras más santas; pero es a la vez lo más pobre y necesitado que hay, ya que sin el auxilio divino no puede concebir siquiera el pensamiento de lo bueno. Por dicha nuestra, Dios ha querido salir fiador de nuestra salvación, por lo que jamás podremos bendecirle como se merece, pero no quiere salvarnos sin nosotros y, por consiguiente, debemos unir nuestra acción a la suya con celo tanto mayor cuanto sin Él nada podemos.

Nuestra santificación, nuestra salvación misma es, pues, obra de entrambos: para ella se precisan necesariamente la acción de Dios y nuestra cooperación, el acuerdo incesante de la voluntad divina y de la nuestra. El que trabaja con Dios aprovecha a cada instante; quien prescinde de Él cae, o se fatiga en estéril agitación. Es, pues, de importancia suma no obrar sino unidos con Dios y esto todos los días y a cada momento, así en nuestras menores acciones como en cualquier circunstancia. Porque sin esta íntima colaboración se pierde trabajo y tiempo. ¡Cuántas obras, llenas en apariencia, quedarán vacías por sólo este motivo! Por no haberlas hecho en unión con Dios, a pesar del trabajo que nos costaron, se desvanecerán ante la luz de la eternidad como sueño que se nos va, así que despertamos.

Ahora bien, si Dios trabaja con nosotros en nuestra santificación, justo es que Él lleve la dirección de la obra: nada se deberá hacer que no sea conforme a sus planes, bajo sus órdenes y a impulsos de su gracia. Él es el primer principio y último fin; nosotros hemos nacido para obedecer a sus determinaciones. Nos llama «a la escuela del servicio divino», para ser Él nuestro maestro; nos coloca en «el taller del Monasterio», para dirigir allí nuestro trabajo; «nos alista bajo su bandera» para conducirnos Él mismo al combate. Al Soberano Dueño pertenece mandar, a la suma sabiduría combinar todas las cosas; la criatura no puede colaborar sino en segundo término con su Creador.

Esta continua dependencia de Dios nos impondrá innumerables actos de abnegación, y no pocas veces tendremos que sacrificar nuestras miras limitadas y nuestros caprichosos deseos con las consiguientes quejas de la naturaleza; mas guardémonos bien de escucharla. ¿Podrá cabernos mayor fortuna que tener por guía la divina sabiduría de Dios, y por ayuda la divina omnipotencia, y ser los socios de Dios en la obra de nuestra salvación; sobre todo si se tiene en cuenta que la empresa realizada en común sólo tiende a nuestro personal provecho? Dios no reclama para sí sino su gloria y hacernos bien, dejándonos todo el beneficio. Él perfecciona la naturaleza, nos eleva a una vida superior, nos procura la verdadera dicha de este mundo y la bienaventuranza en germen. ¡Ah, si comprendiéramos los designios de Dios y nuestros verdaderos intereses! Seguro que no tendríamos otro deseo que obedecerle con todo esmero, ni otro temor que no obedecerle lo bastante; le suplicaríamos e insistiríamos para que hiciera su voluntad y no la nuestra. Porque abandonar su sabia y poderosa mano para seguir nuestras pobres luces y vivir a merced de nuestra fantasía, es verdadera locura y supremo infortunio.

Una consideración más nos mostrará «que en temer a Dios y hacer lo que Él quiere consiste todo el hombre»; y es que la voluntad divina, tomada en general, constituye la regla suprema del bien, «la única regla de lo justo y lo perfecto»; y que la medida de su cumplimiento es también la medida de nuestro progreso.

«Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». No basta pues, decir: ¡Señor, Señor!, para ser admitido en el reino de los cielos; es necesario hacer la voluntad de nuestro Padre que está en los cielos. «El que mantiene unida su voluntad a la de Dios, vive y se salva: el que de ella se aparta muere y se pierde». «Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, ven y sígueme». Es decir, haz mejor la voluntad de Dios, añade a la observancia de los preceptos la de los consejos.

Si quieres subir hasta la cumbre de la perfección, cumple la voluntad de Dios cada día más y mejor. Te irás elevando a medida que tu obediencia venga a ser más universal en su objetivo, más exacta en su ejecución, más sobrenatural en sus motivos, más perfecta en las disposiciones de tu voluntad. Consulta los libros santos, pregunta a la vida y a la doctrina de nuestro Señor y verás que no se pide sino la fe que se afirma con las obras, el amor que guarda fielmente la palabra de Dios. Seremos perfectos en la medida que hagamos la voluntad de Dios.

Este punto es de tal importancia que nos ha parecido conveniente apoyarlo con algunas citas autorizadas.

«Toda la pretensión de quien comienza oración ––y no se olvide esto, que importa mucho––, ha de ser trabajar y determinarse y disponerse con cuantas diligencias puedan hacer que su voluntad se conforme con la de Dios; y, como diré después, en esto consiste toda la mayor perfección que se puede alcanzar en el camino espiritual. No penséis que hay aquí más algarabías, ni cosas no sabidas y entendidas, que en esto consiste todo nuestro bien». La conformidad ha de entenderse aquí en su más alto sentido.

«Cada cual ––explica San Francisco de Sales–– se forja la perfección a su modo: unos la ponen en la austeridad de los vestidos: otros, en la de los manjares, en la limosna, en la frecuencia de los Sacramentos, en la oración, en una no sé qué contemplación pasiva y supereminente: otros, en aquéllas gracias que se llaman dones gratuitos: y se engañan tomando los efectos por la causa, lo accesorio por lo principal y con frecuencia la sombra por el cuerpo... En cuanto a mí yo no sé ni conozco otra perfección sino amar a Dios de todo corazón y al prójimo como a nosotros mismos». Y completa el pensamiento en otra parte, cuando dice que «la devoción (o la perfección) sólo añade al fuego de la caridad la llama que la hace pronta, activa y diligente, no sólo en la guarda de los mandamientos de Dios, sino también en la práctica de los consejos e inspiraciones celestiales». Así como el amor de Dios es la forma más elevada y más perfecta de la virtud, una sumisión perfecta a la voluntad divina es la expresión más sublime y más pura, la flor más exquisita de este amor... Por otra parte, ¿no es evidente que, no existiendo nada tan bueno y tan perfecto como la voluntad de Dios, se llegará a ser más santo y más virtuoso, cuanto más perfectamente nos conformemos con esta voluntad?...

Tenemos verdadera satisfacción en repetirlo: toda la perfección, toda la santidad consiste en ejecutar lo que Dios quiere de nosotros; en una palabra, la voluntad divina es regla de toda bondad y de toda virtud; por ser santa lo santifica todo, aun las acciones indiferentes, cuando se ejecutan con el fin de agradar a Dios... Si queremos santificación, debemos aplicarnos únicamente a no seguir jamás nuestra propia voluntad, sino siempre la de Dios porque todos los preceptos y todos los consejos divinos se reducen en sustancia a hacer y a sufrir cuanto Dios quiere y como Dios lo quiere. De ahí que toda la perfección se puede resumir y expresar en estos términos: «Hacer lo que Dios quiere, querer lo que Dios hace».

«Toda nuestra perfección ––dice San Alfonso–– consiste en el amor de nuestro Dios infinitamente amable; y toda la perfección del amor divino consiste a su vez en la unión de nuestra voluntad con la suya... Si deseamos, pues, agradar y complacer al corazón de Dios, tratemos no sólo de conformarnos en todo a su santa voluntad, sino de unificarnos con ella (si así puedo expresarme), de suerte que de dos voluntades no vengamos a formar sino una sola... Los santos jamás se han propuesto otro objeto sino hacer la voluntad de Dios, persuadidos de que en esto consiste toda la perfección de un alma. El Señor llama a David hombre según su corazón, porque este gran rey estaba siempre dispuesto a seguir la voluntad divina; y María, la divina Madre, no ha sido la más perfecta entre todos los santos, sino por haber estado de continuo más perfectamente unida a la voluntad de Dios.» Y el Dios de sus amores, Jesús, el Santo por excelencia, el modelo de toda perfección, ¿ha sido jamás otra cosa que el amor y la obediencia personificados?... Por la abnegación que profesa a su Padre y a las almas, sustituye a los holocaustos estériles y se hace la Víctima universal. La voluntad de su Padre le conducirá por toda suerte de sufrimientos y humillaciones, hasta la muerte y muerte de cruz. Jesús lo sabe; pero precisamente para esto bajó del cielo, para cumplir esa voluntad, que a trueque de crucificarle, se convertiría en fuente de vida. Desde su entrada en el mundo declara al Padre que ha puesto su voluntad en medio de su corazón para amarla, y en sus manos para ejecutarla fielmente. Esta amorosa obediencia será su alimento, resumirá su vida oculta, inspirará su vida pública hasta el punto de poder decir: «Yo hago siempre lo que agrada a mi Padre»; y en el momento de la muerte lanzará bien alto su triunfante «Consummatum est»: Padre mío, os he amado hasta el último límite, he terminado mi obra de la Redención, porque he hecho vuestra voluntad, sin omitir un solo ápice.

«Uniformar nuestra voluntad con la de Dios, he ahí la cumbre de la perfección ––dice San Alfonso––, a eso debemos aspirar de continuo, ése debe ser el fin de nuestras obras, de todos nuestros deseos, de todas nuestras meditaciones, de nuestros ruegos.» A ejemplo de nuestro amado Jesús, no veamos sino la voluntad de su Padre en todas las cosas; que nuestra única ocupación sea cumplirla con fidelidad siempre creciente e infatigable generosidad y por motivos totalmente sobrenaturales. Este es el medio de seguir a Nuestro Señor a grandes pasos y subir junto a Él en la gloria. «Un día fue conducida al cielo en visión la Beata Estefanía Soncino, dominica, donde vio cómo muchos que ella había conocido en vida estaban levantados a la misma jerarquía de los Serafines; y tuvo revelación de que habían sido sublimados a tan alto grado de gloria por la perfecta unión de voluntad con que anduvieron unidos a la de Dios acá en la tierra.»

“El Santo Abandono”