miércoles, 12 de septiembre de 2012

EL BATALLÓN DE SAN PATRICIO: AQUELLOS HÉROES DE CABELLO ROJO.



Por: Oscar Méndez Cervantes.

Cruel destino el de aquellos hombres de cabello rojo, robustos y sanotes de cuerpo y –más aún-, de alma. Tiempo hacía que habían dejado, al otro lado del océano, la patria bienamada: la verde isla de Irlanda. De ella salieron porque la opresión de los terratenientes ingleses y del parlamento británico habían llevado a lo indecible la miseria del país gaélico. Un antagonismo racial, y, sobre todo, religioso, lo sostenía en una lucha desesperada y secular por sus libertades. El antiguo y prestigioso árbol de la raza celta rechazaba en Irlanda la invasión constrictora de los elementos de raíz germánica que a la postre predominaron en Inglaterra con los sajones, primero, y los normandos, después. Y desde los tiempos de la evangelización de San Patricio, aquel árbol hizo savia de su savia la catolicidad sin mengua. Sólo una rama, el nórdico Ulster, desgajóse y se injertó en el tronco de la defección anglicana, en el siglo XVI.

La intolerante coalición inglesa entre protestantismo y anglicanismo, vino a exasperar la triste condición de la católica Irlanda. Feroces degollinas e incontables despojos marcáronla, entonces, con el sello del martirio colectivo. Pero la fe de sus hijos en la supervivencia de la Patria y en la verdad religiosa, realizó uno de los más notables prodigios de la Historia moderna: la incolumidad de un pueblo pobre y débil frente a uno de los más colosales y ricos imperios de todos los tiempos. Cumplióse, así aquello de los pueblos no perecen por débiles, sino por viles. Irlanda fue lo uno, pero nunca lo otro.

PARTIERON A AMÉRICA

Distantes estaban aún el “home rule” y las grandes reformas electorales inglesas, que habrían de señalar el principio de las victorias políticas de Irlanda en el lancinante camino de su liberación. Millares de irlandeses fuéronse entonces a la América anglosajona pidiendo sólo un poco de libertad para su fe, y una coyuntura para ganar, con trabajo honrado, el pan de los suyos.

Vinieron a parar muchos de ellos a Texas, y dieron a un condado el tradicional y glorioso nombre de San Patricio: al propio tiempo que una nostalgia, una valerosa afirmación de destino. Pero hasta acá hubo de seguirles la cruz de las vejaciones discriminatorias, de renovadas crueldades que en nada desdecían de aquellas de que habían huído desde los litorales de Erín. En la que creyeron tierra de promisión, prolongóseles la esclavitud de Egipto, a tres mil millas de distancia, por sobre la anchura marina del Atlántico. Los soldados de Faraón no habían ahora perecido en el seno del Mar Rojo: más bien parecían habérseles adelantado para, aguardándolos en la otra ribera, consumar su sino de infortunio.

Fue así como a la fuerza fueron alistados en la expedición militar contra México enviada por los Estados Unidos en los aciagos años de 1846 y 1847. Pero apenas traspuesta la frontera, hubieron de notar en los habitantes del país que empezaban a conocer la ausencia de discriminaciones y la vibrante afinidad religiosa en un credo consubstancial al alma nacional, tal y como ocurría en su no olvidada y lejana tierra isleña. Y no bien se acercaba Taylor a Monterrey, los irlandeses comenzaron a voltear sus armas por México. Otro tanto ocurrió, después, en Puebla.

LUCHARON, CODO CON CODO, CON LOS MEXICANOS

John Riley
Codo con codo con los soldados mexicanos, esas compañías que tomaron ¡una vez más! por abanderado y patrón a San Patricio, lucharon con denuedo que llegó al heroísmo. Pero después de las tristes jornadas del 20 de agosto de 1847 en Padierna y Churubusco, muchos irlandeses de este famoso batallón cayeron en poder del general Scott. Nada valieron súplicas de extranjeros prominentes, de la Mitra, de elementos del mismo gobierno mexicano, de las señoras de Tacubaya y San Ángel, porque “se habían creado vivísimas simpatías por su conducta irreprochable y por el valor y entusiasmo con que defendían nuestra causa”, según atestigua don Guillermo Prieto, quien añade:

“Ni ruegos, ni lágrimas, ni respetos humanos fueron capaces de ablandar aquel corazón de hiena… Detrás de la plaza de San Jacinto, a la espalda de las casas que ven al oriente, se pusieron de trecho en trecho y se macizaron gruesos vigones con trabas gruesas, tendidas horizontalmente en la parte superior, colgando otras reatas verticales de espacio en espacio… Los prisioneros fueron puestos en carros distribuidos según los claros de las vigas; a cierta distancia, entre gritos y chasquidos de látigos, ataron con soga corrediza el extremo de los lazos colgantes al cuello de los prisioneros… y en medio de gritos hicieron correr a los caballos que tiraban de los carros, quedando balanceándose en los aires entre horribles convulsiones y muestras de dolor aquellos defensores de nuestra Patria… Por supuesto que la agonía de aquellos mártires duró mucho tiempo… Los cuerpos de las víctimas fueron sepultados en el florido pueblecito de Tlacoquemeca, situado entre Mixcoac y San Ángel…”

¿Por qué no habrá ahora, para estos héroes, un digno homenaje proporcional a su gesta en las conmemoraciones oficiales de septiembre?

Temas relacionados (haz click): 1) 12 DE SEPTIEMBRE: HOMENAJE AL BATALLÓN DE SAN PATRICIO 2) EL BATALLÓN DE SAN PATRICIO: HÉROES IRLANDESES DE CORAZÓN MEXICANO
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