viernes, 3 de abril de 2026

LA MADRE Y LAS ESPINAS


 LA MADRE Y LAS ESPINAS

Ya me lo ponen.
Ya me lo dejan
sobre mis brazos, que una vez lo alzaron
cuando era sólo
peso pequeño,
calor de leche y sueño entre mis manos.

Ya me lo dejan.
Y al recibirlo
se me doblaron dentro las entrañas.
No caí al suelo,
pero hubo un golpe
más hondo que caer: quedarse viva.

Miré su rostro.

¡Ay, rostro mío!
¡Ay, Hijo mío!
¡Ay, flor herida de mi misma sangre!
¿Cuántas veces
besé esa frente
cuando el cansancio lo vencía en la tarde?

¿Cuántas veces
cerré sus ojos
para dormirlo sobre mi regazo?
¿Y quién me lo devuelve
tan deshecho,
tan sin aliento, tan despedazado?

Quise llamarlo.
Decir su nombre.
Moverle el pelo endurecido en sangre.
Poner mi boca
sobre sus párpados
como si un beso pudiera despertarle.

Pero no habló.
No abrió los ojos.
No me buscó las manos como niño.
Y entonces supe,
con un dolor
que me partió el alma y me dejó en silencio,
que estaba muerto.

No lloro sólo
porque esté muerto.
Lloro porque el mundo lo ha herido.
Lloro porque el hombre
tocó al Amor
y no tembló al dejarlo así vencido.

Lloro el pecado.
Pero lo lloro
no como idea ni como palabra:
lo lloro aquí,
sobre esta frente
donde su peso se volvió desgarradura.

Y al levantar
la mano trémula
para llegar a la corona dura,
sentí que el pecho
se me cerraba
como si en mí se abriera la misma punta.

No era un adorno.
No era un castigo
que yo pudiera mirar desde lejos.
Era la culpa
de todos puesta
sobre la nieve donde puse besos.

Y comencé
a quitar las espinas.

Despacio.
Muy despacio.
Como quien teme herir más al herido.
Como quien saca
de carne viva
un hierro ardiente clavado en sí mismo.

Tomé la una.

Salió con sangre.

Y al verla así,
temblando en mis dedos,
vi la soberbia del linaje humano:
ese no querer
doblar la frente,
ese soñar que puede ser su propio amo.

Y le dije quedo,
casi sin voz,
porque el dolor ya no me daba aliento:

—Hijo del alma,
¿por esta altivez
te atravesaron la pureza y el silencio?

Y aunque no habló,
su misma herida
me respondió con una luz oscura:

—Por esta espina
bajé la frente,
para inclinar al hombre hacia la altura.

Tomé la otra.

Ésta quemaba.

Y al arrancarla,
me temblaron tanto
las manos,
que tuve miedo
de hacerle daño aun estando muerto.

Era la carne
fuera del cielo,
el don sagrado torcido en caída,
la sed del cuerpo
cuando ya no ama
y sólo busca devorar la vida.

Entonces lloré
más humanamente.
No con gran voz: con un llanto oprimido.
De esos que apenas
dejan al pecho
seguir llevando el peso de sí mismo.

—Amado mío,
¿también por esto
te abrió la frente la mano enemiga?

Y su silencio
dejó en el mío
una respuesta más honda que la herida:

—Por esta fiebre
quise ser llaga,
para enseñar al hombre su altura perdida.

Tomé otra más.

Ésta era fría.

No abrasaba.
Helaba el alma.

Era la avaricia:
mano cerrada,
corazón chico,
mesa abundante y puerta clausurada.

La saqué lenta,
y en ese instante
sentí una pena seca, casi blanca.
No todo llanto
sale con lágrimas:
hay dolor hondo que por dentro sangra.

—Hijo,
¿también esta dureza
cayó sobre tu sien como castigo?

Y me respondió
su paz deshecha:

—Por esta estrechez me hice pobre, hijo.

Tomé la otra.

Oscura y roja.

La ira amarga.
La voz que hiere.
La mano pronta.
El juicio duro.
La poca piedad con el que cae.
La fuerza usada
para humillar
al mismo hermano que dolor comparte.

La saqué apenas
y me faltó
la respiración por un momento.
Porque hay espinas
que al arrancarse
parecen arrancar también el pecho.

—Hijo querido,
¿también por ésta
quedó tu rostro al golpe abandonado?

Y el gran silencio
de tu costado
me dijo más que un libro desgarrado:

—Por esta herida
dejé que hirieran
la mansedumbre misma de mis labios.

Tomé la quinta.

Verde y amarga.

La envidia triste,
pequeña y sucia,
que se entristece cuando el otro alcanza
lo que no roba,
lo que recibe,
lo que florece por divina gracia.

La vi tan poca,
tan miserable,
que me dolió aún más su pequeñeza.
Porque hay venenos
que no hacen ruido
y, sin embargo, secan la nobleza.

—Hijo mío,
¿también esta sombra
entró en tu frente como espina mala?

Y tu silencio
cayó en mi alma:

—Perdí hermosura para curar la mirada.

Tomé la sexta.

Y aquí mi llanto
se volvió más hondo.

Porque casi no hería.
Casi no pesaba.
Casi no quemaba.

Era la tibieza.

El alma que sigue
rezando a medias,
amando a medias,
viviendo a medias;
la que no niega,
pero pospone;
la que no huye,
pero no entrega.

La quité lenta.

Y al hacerlo sentí
que esto dolía más que lo violento.
Porque hay frialdades
que van matando
sin derramar apenas sufrimiento.

—Hijo…,
esta espina
me duele más de lo que yo sabía.

Y desde el fondo
de tu abandono
tu silencio dejó caer su herida:

—Por esta noche
sudé sangre a solas,
para encender lo que dormido había.

Quedaba una.

Y mis dos manos
temblaron tanto
que tuve que cerrar los ojos antes.
Porque esta espina
era más honda:
no era una culpa entre las otras graves.

Era el olvido.
Era la vida
gastada entera de espaldas al Eterno.
Era llenar
el alma de ruido
hasta no oír ya la voz del cielo.

La tomé al fin.

Y cuando salió,
sentí que el mundo entero estaba herido.
Como si el hombre,
al olvidarse de Dios,
se hubiera también olvidado a sí mismo.

—Hijo…
¿también por esto?

Y tu silencio,
más tierno entonces,
me respondió desde su noche inmensa:

—Por el que ya no me busca, Madre,
abrí mi herida para darle puerta.

Entonces miré
tu frente abierta.

Ya sin espinas.
Baño de sangre.
Paz destrozada.
Lirio vencido.

Y no pude más.

Incliné mi rostro
sobre tu pecho,
y lloré al fin como lloran las madres
cuando el dolor
ya no pregunta
y sólo sabe amar lo que ha perdido.

Lloré por Ti.
Lloré por ellos.
Lloré al mirar
que cada espina
había salido de nuestras miserias.

Y, sin embargo,
allí en tu herida,
nació una esperanza más honda que el llanto:
que si el pecado
te abrió la frente,
tu amor abrió más hondo todavía.

Entonces me volví
hacia mis hijos.

Y les dije quedo:

—No huyáis de esto.
Mirad las espinas.
Mirad lo que hace el pecado en el Amor.
Pero no desesperéis.

Venid aquí.
Llorad conmigo.
Porque quien se atreve a llorar de verdad
ante la frente herida de mi Hijo,
ya empezó a volver.

Y besé entonces
su frente limpia,
ya no para arrancar,
sino para adorar.

Y entendí, temblando,
que al quitarle las espinas de la carne
no había hecho más que mostrar
las que siguen sangrando en nuestras almas.

Miradlo bien.

Porque el que no llora ante esa frente
todavía tiene dormida el alma
donde debía temblar la eternidad.

OMO

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