viernes, 28 de agosto de 2026

CUANDO LO BELLO FUE DESTERRADO



Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé."* Así confesó San Agustín que había buscado la belleza en las cosas hermosas sin advertir que ninguna la tenía por sí misma: todas la habían recibido.

En eso creyó siempre el arte cristiano. Que lo bello no se fabrica: se recibe. Que la catedral, el retablo y el canto no inventaban esplendor alguno, sino que devolvían, agradecidos, el que Dios había derramado primero sobre el mundo.

Santo Tomás lo dijo con precisión de orfebre: es bello *aquello que, visto, agrada*. No lo que halaga el capricho, sino lo que sacia la inteligencia cuando contempla la verdad de una cosa.

Y pedía a lo bello tres señales. Integridad, porque nada mutilado es hermoso. Proporción, porque nada en guerra consigo mismo lo es. Y claridad: ese brillo con que una cosa, de pronto, entrega la verdad que guardaba.

Así, mirar lo bello era ya un modo de adorar. La creación entera resplandecía porque era criatura. La materia era digna porque el Verbo la había asumido. Y el artista no competía con Dios: hacía visible una brizna del orden recibido.

Entonces el hombre moderno quiso invertir el orden.

Se cansó de recibir y decidió inventar. Dejó de imitar la naturaleza; luego renunció a la forma; después a la armonía; al final, a la belleza misma. Y un arte que ya no descubre el ser sólo puede exhibir al artista.

Por eso la fealdad de nuestro tiempo no es un accidente del gusto. Es una confesión. Donde las cosas no tienen forma recibida, no queda esplendor que mostrar; sólo el grito de quien, no pudiendo crear, se conforma con provocar.

Pero la belleza no había muerto. Sólo había sido desterrada del corazón que dejó de reconocerla. Seguía intacta en cada cosa que existe sin habérselo pedido a sí misma.

Porque todo lo que es, por el solo hecho de ser criatura, es bello.

Y el día en que el hombre vuelva a mirar antes de fabricar, y a recibir antes de mirar, descubrirá que la Hermosura tan antigua y tan nueva nunca se había marchado: lo esperaba, callada, en el umbral de todas las cosas.

Aguardaba, como escribió el Santo, que alguien volviera a amarla.

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