lunes, 5 de abril de 2010

LA PASCUA


No hay alegría comparable a la alegría de la Pascua. Las cosas y las almas, el universo visible y el invisible se hacen uno en el coro exultante que escuchó el vidente de Patmos: “O en el cielo como la fuerte voz de una turba inmensa que cantaba: ¡Aleluya!"

Perfecto es el júbilo de la Pascua, porque es el día de la Vida plena. Cristo ha resucitado. Así queda vencido el horror de la muerte: “¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu victoria?”.

No es ya Miguel, el príncipe angélico, el que flamea en la diestra el “¿Quién como Dios?”. Es la estirpe misma de Adán, merced a la divina argucia de la unión hipostática, la que toma el desquite contra el vencedor del primer hombre. Jesús, hijo de Adán cuanto hijo de Dios, es ahora el “vencedor de los infiernos subyugados”… “Somete al rey de las tinieblas y lo encadena.”

“Resucité y aun estoy contigo, ¡Aleluya!

Ni el látigo del tirano; ni el hacha del verdugo; ni la mofa del impío, o el terror del abismo, o el dolor de la llaga son fuertes para impedir que suene el grito del cristiano: ¡Aleluya, aleluya!

No puede acallarlo el fragor de la tempestad que se avecina. Ni el augurio de un nuevo y más terrible desgarramiento del átomo. Nínive, la de las legiones esclavizadoras puede quedar arrasada. El peñón isleño de Tiro, la fenicia, con sus casas apiñadas en que el oro es el dios, puede volar convertido en fragmento de la Historia. La Ciudad del Espíritu es indestructible. No hay átomo que logre una fisura en la Roca de Pedro, que da cimiento a la perenne Ciudad de Dios: “La tierra tembló”, sí; pero “tornó al reposo al levantarse Dios a juicio”.

Por eso es invencible el júbilo pascual. Por eso no se entiende ya la tristeza en las ovejas: “¿Qué pláticas son éstas que traéis entre vosotros andando, y por qué estáis tristes?”… Ved que el Pastor, “resucitado de entre los muertos, no muere ya”.

Que los necios edifiquen sus casas y ciudades sobre la arena de pactos que desconocen el cimiento de Dios. Para quienes viven de certezas teológicas, Jesús, “la piedra que los constructores desecharon, ha venido a ser Piedra angular”.

Esa Piedra es inconmovible. Por eso nunca se vendrá abajo el edificio de su alegría. Por eso, cada Pascua de Resurrección, pueden confiadamente anegarse a la vibradora exultación del “¡Aleluya!”, esa “gotita de gozo sumo en que nada la Iglesia”, y que en su luminosa e irisada brevedad refleja y cifra todo el gigante júbilo de los cielos.

Autor: Oscar Méndez Cervantes

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domingo, 4 de abril de 2010

SOBRE EL EVANGELIO DE SAN JUAN, CAP: XX: LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR (Poesía)


Sobre el Evangelio de San Juan, capítulo XX
Por: Emma-Margarita R. A.-Valdés


Amanece la gloria
en el umbral abierto a la esperanza.
La Voz se manifiesta
como las Escrituras anunciaban.
María Magdalena
absorta le contempla y Él le manda
llevar a sus amigos
la Verdad revelada en sus palabras.
Dos discípulos quieren comprobarlo,
en el suelo, ordenada, la mortaja,
signo de la Resurrección,
y a uno de ellos se le conmueve el alma.
Se reúnen, por miedo, en el Cenáculo,
con las puertas cerradas
Al atardecer de aquel glorioso día,
el primero de la feliz semana,
se aparece Jesús a sus discípulos,
en el lugar en el que se encontraban.
Saluda con la Paz
y les muestra las manos taladradas
y su costado hendido
por la última lanzada.
Les envía a cumplir con la misión.
El Espíritu Santo les inflama.
Les da el poder de perdonar pecados.
Tomás, que era discípulo, no estaba,
no creería sin ver
lo que sus compañeros le narraban.
Ocho días después,
Jesús dijo a Tomás que comprobara.
Tomás tocó y creyó.
Señor mío y Dios mío, es la plegaria
que pronunció el incrédulo
por la gloria que ante él se desvelaba.
Las almas que, sin ver, en Él confían
son bienaventuradas.
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¡CRISTO RESUCITÓ! ¡ALELUYA, ALELUYA!


¡Cristo resucitó! ¡Aleluya, aleluya!

La Resurrección de Jesucristo es el misterio más importante de nuestra fe cristiana. En la Resurrección de Jesucristo está el centro de nuestra fe cristiana y de nuestra salvación. Por eso, la celebración de la fiesta de la Resurrección es la más grande del Año Litúrgico, pues si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe... y también nuestra esperanza.

Y esto es así, porque Jesucristo no sólo ha resucitado Él, sino que nos ha prometido que nos resucitará también a nosotros. La Sagrada Escritura nos dice que saldremos a una resurrección de vida o a una resurrección de condenación, según hayan sido nuestras obras durante nuestra vida en la tierra.

Así, la Resurrección de Cristo nos anuncia nuestra salvación; es decir, ser santificados por Él para poder llegar al Cielo. Y además nos anuncia nuestra propia resurrección, pues Cristo nos dice: “el que cree en Mí tendrá vida eterna: y yo lo resucitaré en el último día”.

El Domingo de Resurrección o Vigilia Pascual es el día en que incluso la iglesia más pobre se reviste de sus mejores ornamentos, es la cima del año litúrgico. Es el aniversario del triunfo de Cristo. Es la feliz conclusión del drama de la Pasión y la alegría inmensa que sigue al dolor. Y un dolor y gozo que se funden pues se refieren en la historia al acontecimiento más importante de la humanidad: la redención y liberación del pecado de la humanidad por el Hijo de Dios.

Nos dice San Pablo: "Aquel que ha resucitado a Jesucristo devolverá asimismo la vida a nuestros cuerpos mortales".
.
Cristo, al celebrar la Pascua en la Cena, dio a la conmemoración tradicional de la liberación del pueblo judío un sentido nuevo y mucho más amplio. No es a un pueblo, una nación aislada a quien Él libera sino al mundo entero, al que prepara para el Reino de los Cielos. Las pascuas cristianas -llenas de profundas simbologías- celebran la protección que Cristo no ha cesado ni cesará de dispensar a la Iglesia. Él abre las puertas de la Jerusalén celestial. La fiesta de Pascua es, ante todo la representación del acontecimiento clave de la humanidad, la Resurrección de Jesús después de su muerte consentida por Él para el rescate y la rehabilitación del hombre caído. Este acontecimiento es un hecho histórico innegable. Además de que todos los evangelistas lo han referido, San Pablo lo confirma como el historiador que se apoya, no solamente en pruebas, sino en testimonios.

Pascua es victoria, es el hombre llamado a su dignidad más grande. ¿Cómo no alegrarse por la victoria de Aquel que tan injustamente fue condenado a la pasión más terrible y a la muerte en la cruz?, ¿por la victoria de Aquel que anteriormente fue flagelado, abofeteado, ensuciado con salivazos, con tanta inhumana crueldad?

Este es el día de la esperanza universal, el día en que en torno al resucitado, se unen y se asocian todos los sufrimientos humanos, las desilusiones, las humillaciones, las cruces, la dignidad humana violada, la vida humana no respetada.

La Resurrección nos descubre nuestra vocación cristiana y nuestra misión: acercarla a todos los hombres. El hombre no puede perder jamás la esperanza en la victoria del bien sobre el mal. ¿Creo en la Resurrección?, ¿la proclamo?; ¿creo en mi vocación y misión cristiana?, ¿la vivo?; ¿creo en la resurrección futura?, ¿me alienta en esta vida?, son preguntas que cabe preguntarse.
El mensaje redentor de la Pascua debe llevarnos a la purificación total del hombre, la liberación de sus egoísmos, de su sensualidad, de sus complejos; purificación que, aunque implica una fase de limpieza y saneamiento interior, sin embargo se realiza de manera positiva con dones de plenitud, como es la iluminación del Espíritu , la vitalización del ser por una vida nueva, que desborda gozo y paz -suma de todos los bienes mesiánicos-, en una palabra, la presencia del Señor resucitado. San Pablo lo expresó con incontenible emoción en este texto : "Si habéis resucitado con Cristo vuestra vida, entonces os manifestaréis gloriosos con Él" (Col. 3 1-4).

Importancia de la fiesta

El Domingo de Resurrección o de Pascua es la fiesta más importante para todos los católicos, ya que con la Resurrección de Jesús es cuando adquiere sentido toda nuestra religión.

La Resurrección es fuente de profunda alegría. Cristo triunfó sobre la muerte y con esto nos abrió las puertas del Cielo. En la Misa dominical recordamos de una manera especial esta gran alegría. Se enciende el Cirio Pascual que representa la luz de Cristo resucitado y que permanecerá prendido hasta el día de la Ascensión, cuando Jesús sube al Cielo.

La Resurrección de Jesús es un hecho histórico, cuyas pruebas entre otras, son el sepulcro vacío y las numerosas apariciones de Jesucristo a sus apóstoles.

Cuando celebramos la Resurrección de Cristo, estamos celebrando también nuestra propia liberación. Celebramos la derrota del pecado y de la muerte.

En la resurrección encontramos la clave de la esperanza cristiana: si Jesús está vivo y está junto a nosotros, ¿qué podemos temer?, ¿qué nos puede preocupar?

Cualquier sufrimiento adquiere sentido con la Resurrección, pues podemos estar seguros de que, después de una corta vida en la tierra, si hemos sido fieles, llegaremos a una vida nueva y eterna, en la que gozaremos de Dios para siempre.

San Pablo nos dice: “Si Cristo no hubiera resucitado, vana seria nuestra fe” (I Corintios 15,14)

Si Jesús no hubiera resucitado, sus palabras hubieran quedado en el aire, sus promesas hubieran quedado sin cumplirse y dudaríamos que fuera realmente Dios.

Pero, como Jesús sí resucitó, entonces sabemos que venció a la muerte y al pecado; sabemos que Jesús es Dios, sabemos que nosotros resucitaremos también, sabemos que ganó para nosotros la vida eterna y de esta manera, toda nuestra vida adquiere sentido.

La Resurrección es una luz para los hombres y cada cristiano debe irradiar esa misma luz a todos los hombres haciéndolos partícipes de la alegría de la Resurrección por medio de sus palabras, su testimonio y su trabajo apostólico.

Debemos estar verdaderamente alegres por la Resurrección de Jesucristo, nuestro Señor. En este tiempo de Pascua que comienza, debemos aprovechar todas las gracias que Dios nos da para crecer en nuestra fe y ser mejores cristianos. Vivamos con profundidad este tiempo.

Con el Domingo de Resurrección comienza un Tiempo pascual, en el que recordamos el tiempo que Jesús permaneció con los apóstoles antes de subir a los cielos, durante la fiesta de la Ascensión.

Durante toda la Cuaresma la Palabra de Dios nos ha estado hablando de “conversión”, de cambio de vida. A esto se refiere ese llamado: a cambiar de vida, a enterrar nuestro “yo”, para poder resucitar con Cristo. Consiste todo esto en poner a Dios en primer lugar en nuestra vida y a amarlo sobre todo lo demás. Y amarlo significa complacerlo en todo. Y complacer a Dios en todo significa hacer sólo su Voluntad ... no la nuestra.

Así, poniendo a Dios primero en todo y ante todo, muriendo a nuestro “yo”, podremos estar seguros de esa resurrección de vida que Cristo promete a aquéllos que hayan obrado bien, es decir, que hayan cumplido, como Él, la Voluntad del Padre.



¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN A TODOS NUESTROS LECTORES-AMIGOS!
CRISTO HA RESUCITADO ¡REGOCIJÉMONOS!

Fuentes: YouTube, Laetare Jerusalem, Aciprensa, Catholic.net-Teresa Fernández, CATOLICIDAD
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sábado, 3 de abril de 2010

ESTA SEMANA SANTA...



He aquí la semana en que la Iglesia vive, otra vez, con Cristo el trágico desenlace que da centro a la Historia.

Urge subrayarlo: la Iglesia, en su medular aspecto sobrenatural, no hace sólo la evocación contristada y solemne, sino que positivamente cumple en estos días la “re-vivencia” de la Pasión del Señor. Esta es la honda realidad inadvertida por nuestro cristianismo de barniz o por nuestro diletantismo religioso. Que la Semana Mayor, como la totalidad del año litúrgico, más que una maravillosamente lograda remembranza de las grandes fases de la vida del Salvador, es su reiteración vital.

Esta verdad es lo que otorga su genuina tónica al espíritu penitencial y luctuoso de la Cuaresma y de la Semana Santa. Y tal certeza es la que debiera clavarse en el ánimo, al menos durante las santas jornadas que desde el Domingo de Ramos, han comenzado. Nos cumple, en ellas, padecer y morir con Cristo para poder, “al tercer día”, resucitar también con Él. Asociar la pequeñez de nuestro dolor y la diminuta generosidad de nuestra muerte al pecado, a este dolor gigantesco, inabarcable, que empieza otra vez a repetirse en la espantable y misteriosa agonía del Jueves Santo para volver a culminar en la suprema generosidad de la Cruz. Eso es lo solo que hará sensata la esperanza de “participar de la gloria de la Resurrección”.

Y hay en ello, además, una especial exigencia de esta hora entenebrecida de malos presagios, asaeteada por el amago de espantosos sufrimientos colectivos, sin paralelo anterior y con un evidente carácter de castigo histórico, que no sería al fin de cuentas más que el intermediario oficial de la Providencia en sus relaciones con los pueblos, ya que éstos, en cuanto tales, agotan su realidad en el tiempo, sus posibilidades de salud o de muerte, y que por ello en el tiempo forzosamente han de recibir el premio o la sanción.

Porque hubo una oportunidad para Babilonia, sede antonomástica de los siete pecados capitales. Y creyó en ella. Creyó en la advertencia del profeta, y, para aplacar la ira del Señor, su rey y sus magnates y su pueblo vistieron burdos sacos y se sentaron sobre cenizas penitenciales y la ciudad no fue destruida.

Pero este sentido común del hombre antiguo, ¿lo habrá perdido ya sin remedio el cristiano sumergido en esta nueva y desmesurada Babilonia, adoradora de la técnica, del dinero y de los placeres infames?

Ved ahí, quizá, la más dramática de todas las interrogaciones de nuestro tiempo. En su respuesta –tal es nuestra granítica certeza- se encierra el formidable secreto de lo que será o no será la Historia inminente.

Porque si nadie puede prever el día y la hora de las coyunturas supremas, puntualmente para el orbe cristiano la autenticidad expiatoria que sepa dar este año a su reviviscencia de la Pasión puede ser, acaso, lo que dé uno u otro sentido decisivo a esa respuesta.

¿Por qué no?

Autor: Oscar Méndez Cervantes
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SÁBADO SANTO

Durante el Sábado santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y su muerte, su descenso a los infiernos y esperando en oración y ayuno -que no obliga- su resurrección.


Es el día del silencio: la comunidad cristiana vela junto al sepulcro. Callan las campanas y los instrumentos. Es día para profundizar. Para contemplar. El altar está despojado. El sagrario, abierto y vacío.

La Cruz sigue entronizada desde ayer. Dios ha muerto. Ha querido vencer con su propio dolor el mal de la humanidad.

Es el día de la ausencia. El Esposo nos ha sido arrebatado. Día de dolor, de reposo, de esperanza, de soledad. El mismo Cristo está callado. Él, que es el Verbo, la Palabra, está callado. Después de su último grito de la cruz "¿por qué me has abandonado"?- ahora él calla en el sepulcro.Descansa: "consummatum est", "todo se ha cumplido".

Pero este silencio se puede llamar plenitud de la palabra. El anonadamiento, es elocuente. "Fulget crucis mysterium": "resplandece el misterio de la Cruz."

El Sábado es el día en que experimentamos el vacío. Si la fe, ungida de esperanza, no viera el horizonte último de esta realidad, caeríamos en el desaliento: "nosotros esperábamos... ", decían los discípulos de Emaús.

Es un día de meditación y silencio. Algo parecido a la escena que nos describe el libro de Job, cuando los amigos que fueron a visitarlo, al ver su estado, se quedaron mudos, atónitos ante su inmenso dolor: "se sentaron en el suelo junto a él, durante siete días y siete noches. Y ninguno le dijo una palabra, porque veían que el dolor era muy grande" (Job. 2, 13).
Eso sí, no es un día vacío en el que "no pasa nada". Ni un duplicado del Viernes. La gran lección es ésta: Cristo está en el sepulcro, ha bajado al lugar de los muertos, a lo más profundo a donde puede bajar una persona. Y junto a Él, como su Madre María, está la Iglesia, la esposa. Callada, como Él.

El Sábado está en el corazón mismo del Triduo Pascual. Entre la muerte del Viernes y la resurrección del Domingo nos detenemos en el sepulcro. Un día puente, pero con personalidad. Son tres aspectos - no tanto momentos cronológicos - de un mismo y único misterio, el misterio de la Pascua de Jesús: muerto, sepultado, resucitado:

"...se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo...se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, es decir conociese el estado de muerte, el estado de separación entre su alma y su cuerpo, durante el tiempo comprendido entre el momento en que Él expiró en la cruz y el momento en que resucitó. Este estado de Cristo muerto es el misterio del sepulcro y del descenso a los infiernos. Es el misterio del Sábado Santo en el que Cristo depositado en la tumba manifiesta el gran reposo sabático de Dios después de realizar la salvación de los hombres, que establece en la paz al universo entero".

Vigilia Pascual

La celebración es el sábado por la noche, es una Vigilia en honor del Señor, según una antiquísima tradición (Ex. 12, 42), de manera que los fieles, siguiendo la exhortación del Evangelio (Lc. 12, 35 ss), tengan encendidas las lámparas como los que aguardan a su Señor cuando vuelva, para que, al llegar, los encuentre en vela y los haga sentar a su mesa.

Dicha celebración tiene tres partes importantes que terminan con la celebración del Santo Sacrificio de la Misa:

1. Celebración del fuego nuevo.
2. Liturgia de la Palabra.
3. Liturgia Bautismal.

Era costumbre, durante los primeros siglos de la Iglesia, bautizar por la noche del Sábado Santo, a los que querían ser cristianos. Ellos se preparaban durante los cuarenta días de Cuaresma y acompañados por sus padrinos, ese día se presentaban para recibir el Bautismo.

También, ese día los que hacían penitencia pública por sus faltas y pecados eran admitidos como miembros de la asamblea.

Actualmente, la Vigilia Pascual conserva ese sentido y nos permite renovar nuestras promesas bautismales y acercarnos a la Iglesia con un espíritu renovado.

a) Celebración del fuego nuevo:

Al iniciar la celebración, el sacerdote apaga todas las luces de la Iglesia, enciende un fuego nuevo y con el que prende el cirio pascual, que representa a Jesús. Sobre el cirio, marca el año y las letras griegas "Alfa" y "Omega", que significan que Jesús es el principio y el fin del tiempo y que este año le pertenece.

El sacerdote llevará a cabo la bendición del fuego. Luego de la procesión, en la que se van encendiendo las velas y las luces de la Iglesia, el sacerdote canta el Pregón Pascual.

El Pregón Pascual es un poema muy antiguo (escrito alrededor del año 300) que proclama a Jesús como el fuego nuevo.

b) Liturgia de la Palabra:

Después de la Celebración del fuego nuevo, se sigue con la lectura de la Palabra de Dios. Se acostumbra leer siete lecturas, empezando con la Creación hasta llegar a la Resurrección.

Una las lecturas más importantes es la del libro del Éxodo, en la que se relata el paso por el Mar Rojo, cómo Dios salvó a los israelitas de las tropas egipcias que los perseguían. Se recuerda que esta noche Dios nos salva por Jesús.

c) Liturgia Bautismal:

Suelen haber bautizos este día, pero aunque no los haya, se bendice la Pila bautismal o un recipiente que la represente y se recita la Letanía de los Santos. Esta letanía nos recuerda la comunión de intercesión que existe entre toda la familia de Dios. Las letanías nos permiten unirnos a la oración de toda la Iglesia en la tierra y la Iglesia triunfante, de los ángeles y santos del Cielo.

El agua bendita es el símbolo que nos recuerda nuestro Bautismo. Es un símbolo que nos recuerda que con el agua del bautismo pasamos a formar parte de la familia de Dios.

A todos los que ya estamos bautizados, esta liturgia nos invita a renovar nuestras promesas y compromisos bautismales: renunciar a Satanás, a sus seducciones y a sus obras. También, de confirmar nuestra entrega a Jesucristo. Se reza la segunda parte de las letanías. Se inicia la Misa de la Noche de Pascua.

Sugerencias para vivir la fiesta

Hay quienes acostumbran este día encender sus velas del bautismo y llevar un cirio pascual a la iglesia o agua bendita, para tener en sus hogares.


Fuentes: Catholic.net, Aciprensa y CATOLICIDAD
Temas relacionados con esta fecha (haz click): 1) ESTE SÁBADO SANTO PIDAMOS A DIOS SABIDURÍA  2) SÁBADO SANTO: LA IGLESIA MEDITA JUNTO AL SEPULCRO DE JESÚS
Otros temas recomendados: los mismos del Viernes Santo.
Ver comentarios:
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viernes, 2 de abril de 2010

VIERNES SANTO


-Obligación grave de ayuno y abstinencia
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-Día en que crucificaron a Cristo en el Calvario

-Cómo rezar el Via Crucis

-Pésame a la Virgen

En este día recordamos cuando Jesús muere en la cruz para salvarnos del pecado y darnos la vida eterna. Obliga el ayuno y la abstinencia (haz click). El sacerdote lee la pasión de Cristo en la liturgia de la Adoración a la cruz. Este día no se celebra la Santa Misa.

En las iglesias, las imágenes se cubren con una tela morada al igual que el crucifijo y el sagrario está abierto en señal de que Jesús no está.

El color morado en la liturgia de la Iglesia significa luto. Se viste de negro la imagen de la Virgen en señal de luto por la muerte de su Hijo.

Podemos recordar leyendo el Evangelio de San Juan, capítulo 18, versículos 1-19, 42.

¿Cómo podemos vivir este día?

Este día manda la Iglesia guardar el ayuno y la abstinencia.
Se acostumbra rezar el Vía Crucis y meditar en las Siete Palabras de Jesús en la cruz.
Se participa en la Liturgia de Adoración a la Cruz con mucho amor, respeto y devoción.
Se trata de acompañar a Jesús en su sufrimiento.
A las tres de la tarde, recordamos la crucifixión de Jesús rezando el Credo.

¿Cómo se reza un Viacrucis?

Esta costumbre viene desde finales del siglo V, cuando los cristianos en Jerusalén, se reunían por la mañana del Viernes Santo a venerar la cruz de Jesús. Volvían a reunirse al empezar la tarde para escuchar la lectura de la Pasión.

El Viacrucis es una manera de recordar la pasión de Jesús y de revivir con Él y acompañarlo en los sufrimientos que tuvo en el camino al Calvario.

Se divide en catorce estaciones que narran, paso a paso, la Pasión de Cristo desde que es condenado a muerte hasta que es colocado en el sepulcro.

El Viacrucis se reza caminando en procesión, como simbolismo del camino que tuvo que recorrer Jesús hasta el Monte Calvario. Hasta adelante, alguno de los participantes lleva una cruz grande y es el que preside la procesión. Se hacen paradas a lo largo del camino para reflexionar en cada una de las estaciones, mediante alguna lectura específica.

Antes de cada estación se reza: "Adorámoste Cristo y te bendecimos que por tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mí, pecador. Amén". Después de escuchar con atención la estación que se medita, al final de cada una, se reza: "Señor pequé, ten misericordia de mi, pecamos y nos pesa ten misericordia de nosotros", seguido de un Padrenuestro, una Ave María y un Gloria, mientras se camina hasta la siguiente estación. El que lleva la cruz, se la puede pasar a otra persona.

El sermón de las Siete Palabras

Esta devoción consiste en reflexionar en las últimas siete frases que pronunció Jesús en la cruz, antes de su muerte.

Primera Palabra

"Padre: Perdónalos porque no saben lo que hacen". (San Lucas 23, 24)

Jesús nos dejó una gran enseñanza con estas palabras, ya que a pesar de ser Dios, no se ocupó de probar su inocencia, ya que la verdad siempre prevalece. Nosotros debemos ocuparnos del juicio ante Dios y no del de los hombres. Jesús no pidió el perdón para Él porque no tenía pecado, lo pidió para quienes lo acusaron. Nosotros no somos nadie para juzgar. Dios nos ha perdonado grandes pecados, por lo que nosotros debemos perdonar a los demás. El perdonar ayuda a quitar el odio. El amor debe ganar al odio. La verdadera prueba del cristiano no consiste en cuánto ama a sus amigos, sino a sus enemigos. Perdonar a los enemigos es grandeza de alma, perdonar es prueba de amor.

Segunda Palabra

"Yo te aseguro: Hoy estarás conmigo en el paraíso". (San Lucas 23,43)

Estas palabras nos enseñan la actitud que debemos tomar ante el dolor y el sufrimiento. La manera como reaccionemos ante el dolor depende de nuestra filosofía de vida. Dice un poeta que dos prisioneros miraron a través de los barrotes de su celda y uno vio lodo y otro vio estrellas. Estas son las actitudes que se encuentran manifestadas en los dos ladrones crucificados al lado de Jesús: uno no le dio sentido a su dolor y el otro sí lo hizo. Necesitamos espiritualizar el sufrimiento para ser mejores personas. Jesús en la cruz es una prueba de amor. El ladrón de la derecha, al ver a Jesús en la cruz comprende el valor del sufrimiento. El sufrimiento puede hacer un bien a otros y a nuestra alma. Nos acerca a Dios si le damos sentido.

Tercera Palabra

"Mujer, ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu Madre". (San Juan 19, 26-27)

La Virgen es proclamada Madre de todos los hombres.
El amor busca aligerar al que sufre y tomar sus dolores. Una madre cuando ama quiere tomar el dolor de las heridas de sus hijos. Jesús y María nos aman con un amor sin límites. María es Madre de cada uno de nosotros. En Juan estamos representados cada uno de nosotros. María es el refugio de los pecadores. Ella entiende que somos pecadores.

Cuarta Palabra

"Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (San Marcos 15, 34)

Es una oración, un salmo. Es el hijo que habla con el Padre.
Estas palabras nos hacen pensar en el pecado de los hombres. El pecado es la muerte del alma. La bondad es el constante rechazo al pecado. El pecado es el abandono de Dios por parte del hombre. El hombre rechazó a Dios y Jesús experimentó esto.

Quinta Palabra

"¡Tengo sed!" (San Juan 19, 28)

La sed es un signo de vida. Tiene sed de dar vida y por eso muere.
Él tenía sed por las almas de los hombres. El Pastor estaba sólo, sin sus ovejas. Durante toda su vida Jesús había buscado almas. Los dolores del cuerpo no eran nada en comparación del dolor del alma. Que el hombre despreciara su amor le dolía profundamente en su corazón. Todo hombre necesita ser feliz y no se puede ser feliz sin Dios. La sed de todo hombre es la sed del amor.

Sexta Palabra

"Todo está consumado". (San Juan 19, 30)

Todo tiene sentido: Jesús por amor nos da su vida. Jesús cumplió con la voluntad de su Padre. Su misión terminaría con su muerte. El plan estaba realizado. Nuestro plan no está aún terminado, porque todavía no hemos salvado nuestras almas. Todo lo que hagamos debe estar dirigido a este fin. El sufrimiento, los tropiezos de la vida nos recuerdan que la felicidad completa solo la podremos alcanzar en el cielo. Aprendemos a morir muriendo a nosotros mismos, a nuestro orgullo, nuestra envidia, nuestra pereza, miles de veces cada día.

Séptima Palabra

"Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". (San Lucas 23, 46)

Jesús muere con serenidad, con paz, su oración es de confianza en Dios. Se abandona en las manos de su Padre.
Estas palabras nos hacen pensar que debemos de cuidar nuestra alma, no sólo nuestro cuerpo. Jesús entregó su cuerpo, pero no su alma. Devolvió su espíritu a su Padre no con grito de rebelión sino con un grito triunfante. Nadie nos puede quitar nuestro espíritu. Es importante recordar cual es nuestro destino en al vida para no equivocarnos de camino a seguir. Jesús nunca perdió de vista su meta a seguir. Sacrificó todo para alcanzarla. Lo más importante en la vida es la salvación de nuestras almas.

Pésame a la Virgen

Bajo el título de la Virgen de la Soledad o la Dolorosa, se venera a María en muchos lugares y se celebra el viernes santo. Se acostumbra rezar "el Santo Rosario de Pésame"

El Viernes Santo se acompaña a María en la experiencia de recibir en brazos a su Hijo muerto con un sentido de condolencia. Se dice que se le va a dar el pésame a la Virgen, cuya imagen se viste de negro ese día, como señal de luto.

Acompañamos a María en su dolor profundo, el dolor de una madre que pierde a su Hijo amado. Ha presenciado la muerte más atroz e injusta que se haya realizado jamás, pero al mismo tiempo le alienta una gran esperanza sostenida por la fe. María vio a su hijo abandonado por los apóstoles temerosos, flagelado por los soldados romanos, coronado con espinas, escupido, abofeteado, caminando descalzo debajo de un madero astilloso y muy pesado hacia el monte Calvario, donde finalmente presenció la agonía de su muerte en una cruz, clavado de pies y manos.

María saca su fortaleza de la oración y de la confianza en que la Voluntad de Dios es lo mejor para nosotros, aunque nosotros no lo comprendamos.

Es Ella quien con su compañía, su fortaleza y su fe nos da fuerza en los momentos del dolor, en los sufrimientos diarios y pidámosle la gracia de sufrir unidos a Jesucristo, en nuestro corazón, para así unir los sacrificios de nuestra vida a los de ella y comprendamos que en el dolor, somos más parecidos a Cristo y capaces de amarlo con mayor intensidad.

La imagen de la Virgen dolorosa nos enseña a tener fortaleza ante los sufrimientos de la vida. Encontremos en Ella una compañía y una fuerza para dar sentido a los propios sufrimientos.

Autora: Teresa Fernández

Muerte clínica de Jesús.

Siendo muy claro en cuanto a los sufrimientos de Cristo Nuestro Salvador, el video es impreciso -al final- en un aspecto, pues parece apuntar hacia el error protestante de la total reconciliación para con Dios de TODOS los hombres sin la intervención de la voluntad humana. Ignoramos si es imprecisión de quien lo editó o es un error voluntario.

En efecto, el dogma de la REDENCIÓN señala que por la Sangre de Cristo TODOS somos redimidos en POTENCIA, pero existe otro dogma, el de la JUSTIFICACIÓN que se refiere a la EFICACIA de esa Sangre, es decir a quien aprovechará y Cristo señala que sólo a MUCHOS. Éstos son los que habiendo sido purificados por el Bautismo aceptan plenamente la fe revelada por Dios, practican las buenas obras (cumplen con los mandamientos), y frecuentando los sacramentos, reciben los frutos de la pasión de Cristo y se salvan. Son MUCHOS, pues no todos se salvan ni todos desean aprovechar esos frutos. No basta la sola fe, son necesarias también las obras, como dice la Biblia.

Por ello, considerad que habeís sido redimido por Cristo; la reconciliación lograda mediante su Sangre y su Muerte os exige, ahora, aceptar esa amorosa y paternal redención por medio de vuestra fe en todo lo revelado por Dios, así como por vuestras obras en obediencia a sus divinos mandatos; de lo contrario rechazareís esa Redención y ella será infructuosa para vos y os volvereís presa del fuego inextinguible donde la perfecta justicia se hace perpetuamente presente en aquellos que voluntariamente a Dios rechazan.

Fuente: Catholic.net , YouTube y CATOLICIDAD
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LA EDAD EN QUE OBLIGA EL AYUNO Y LA ABSTINENCIA

Ver la película LA PASIÓN de Mel Gibson: LA PASIÓN DE CRISTO, EL FILM

LA "LEGALIDAD" DEL CRIMEN DEL CALVARIO

EL INICUO JUICIO A JESÚS

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LA VIRGEN QUE LLORA Y RIE

LA PEDRADA de José María Gabriel y Galán (Poesía)

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¿EN QUÉ LADO QUIERES ESTAR? ¡SÓLO EL NECIO POSTERGA SU CONVERSIÓN!...¿TENDRÁ TIEMPO LUEGO? (Video-reflexión)

MUERTE Y JUICIO PARTICULAR (Video-reflexión)

Ver comentarios:

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jueves, 1 de abril de 2010

LAVATORIO DE LOS PIES

Jesús, enséñame a quererte, como tú me quieres, enséñame a ver tu rostro en el rostro de mis semejantes.
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Autora: Ma Esther De Ariño

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido. Llega a Simón Pedro; éste le dice: «Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?». Jesús le respondió: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde.» Le dice Pedro: «No me lavarás los pies jamás.» Jesús le respondió: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo.» Le dice Simón Pedro: «Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza.» Jesús le dice: «El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos.» Sabía quién le iba a entregar, y por eso dijo: «No estáis limpios todos.» Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis ´el Maestro´ y ´el Señor´, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros. Juan 13, 1-15 .

Reflexión

Con este pasaje del Evangelio de San Juan quedamos introducidos en la parte central de los acontecimientos más relevantes de nuestra fe. Ya estamos de lleno en ellos.


LA ÚLTIMA CENA

Jesús quiere despedirse de sus seguidores. de sus compañeros, de sus amigos. Otra vez su gran humildad. Su gesto fino y lleno de ternura. Va lavándole los pies a aquellos hombres que lo habían visto ordenar a los vientos y a las olas la quietud en la tormenta, que le habían visto dar la luz a los ojos de los ciegos, hacer andar a los paralíticos, sanar a los leprosos, resucitar a los muertos. Que lo habían visto radiante como el sol en su Transfiguración y ahora, con un amor inconmensurable, con una humildad sin límites les está lavando los pies.

Pedro está asustado, no acierta a comprender, pero ante las palabras de Jesús y con su vehemencia natural, le pide que le lave de los pies a la cabeza. Jesús va más allá, está pensando en la humanidad y en esta humanidad estoy yo y falta poco para que no seamos lavados con agua, sino con su sangre que nos limpia y nos redime.

Jesús, entre los doce están los pies de aquel que te va a traicionar. Y creo que tus manos tuvieron que temblar al lavar los pies de Judas. Acariciaste aquellos pies con amor y con tristeza y nos mandaste hacer eso mismo con nuestros semejantes, sin distinciones de este por que me cae bien o de este no por que me cae mal. ¡Que yo no olvide tu ejemplo y tu mandato, Señor!.

Que a todos los que me rodean en mi cotidiano vivir yo los acepte como son y tenga ante ellos esa postura de amor y de humildad que tú nos pides.

Y nuestra pobre mente no alcanza a comprender todo el profundo significado de este acto. Ya antes de morir te estás anonadando ante los hombres y después otra locura de ese amor que te abrasa el alma, que quema tu corazón por ello no quisiste dejarnos solos y poco después, haces del pan tu Cuerpo y del vino tu Sangre y te quedas para ser nuestro alimento.

Y ahora, presente en esa Hostia donde los ojos del que "se hizo hombre y habitó entre nosotros" nos miran con su infinito amor le podemos decir eso que siempre espera:

Jesús Sacramentado, de rodillas te pedimos: Jesús, enséñame a quererte, como tú me quieres, enséñame a ver tu rostro en el rostro de mis semejantes, enséñame, Jesús a ser bueno(a), a que tú seas el Eje de mi vida, esa vida que hoy pongo en tus manos. Señor, tenme muy cerca de tu corazón y enséñame a acompañarte a Tí y a tu Santísima Madre con mi oración en todos los amargos tormentos de la ya muy cercana muerte de cruz Amén.


Fuente: Catholic.net
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JUEVES SANTO


El Jueves Santo se celebra:

-La Última Cena,

-El Lavatorio de los pies,

-La institución de la Eucaristía y del Sacerdocio

-La oración de Jesús en el Huerto de Getsemaní.

En la Misa vespertina, antes del ofertorio, el sacerdote celebrante toma una toalla y una bandeja con agua y lava los pies de doce varones, recordando el mismo gesto de Jesús con sus apóstoles en la Última Cena.

La Eucaristía

Este es el día en que se instituyó la Eucaristía, el sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo bajo las especies de pan y vino donde se renueva incruentamente el sacrificio del Calvario. Cristo tuvo la Última Cena con sus apóstoles y por el gran amor que nos tiene, se quedó con nosotros en la Eucaristía, con su Presencia Real, para guiarnos en el camino de la salvación.

Todos estamos invitados a celebrar la cena instituida por Jesús. Esta noche santa, Cristo nos deja su Cuerpo y su Sangre. Revivamos este gran don y comprometámonos a servir a nuestros hermanos.

El lavatorio de los pies

Jesús en este pasaje del Evangelio nos enseña a servir con humildad y de corazón a los demás. Este es el mejor camino para seguir a Jesús y para demostrarle nuestra fe en Él. Recordar que esta no es la única vez que Jesús nos habla acerca del servicio. Debemos procurar esta virtud para nuestra vida de todos los días. Vivir como servidores unos de otros.

La noche en el huerto de los Olivos

Lectura del Evangelio según San Marcos14, 32-42.:
Reflexionemos con Jesús en lo que sentía en estos momentos: su miedo, la angustia ante la muerte, la tristeza por ser traicionado, su soledad, su compromiso por cumplir la voluntad de Dios, su obediencia a Dios Padre y su confianza en Él. Las virtudes que nos enseña Jesús este día, entre otras, son la obediencia, la generosidad y la humildad.

Los monumentos y la visita de las siete iglesias

Se acostumbra, después de la Misa vespertina, hacer un monumento para resaltar la Eucaristía y exponerla de una manera solemne para la adoración de los fieles.
La Iglesia pide dedicar un momento de adoración y de agradecimiento a Jesús, un acompañar a Jesús en la oración del huerto. Es por esta razón que las Iglesias preparan sus monumentos. Este es un día solemne.

En la visita de las siete iglesias o siete templos, se acostumbra llevar a cabo una breve oración en la que se dan gracias al Señor por todo su amor al quedarse con nosotros. Esto se hace en siete templos diferentes y simboliza el ir y venir de Jesús en la noche de la traición. Es a lo que refieren cuando dicen “traerte de Herodes a Pilatos”.
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Fuente: Catholic.net
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¿POR QUÉ HONRAR A NUESTRA MADRE DOLOROSA?




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Todo nos invita a la devoción hacia María.

En la Trinidad augusta, el Padre la hizo su criatura primogénita, el Hijo la eligió como Madre, el Espíritu Santo, su Esposa. La Iglesia eco fiel de la voz de Dios, no hace mas que inculcarnos esta saludable devoción y la piedad cristiana ha respondido a sus llamados multiplicando en cien y mil maneras las demostraciones de su amor, de su obsequio a la Virgen Reina. Pero de todas las devociones a María, tiene mas excelencia la que la considera en sus dolores, Corredentora del género humano.

I. Dios ha estampado en nuestro corazón un sello de su bondad por el cual naturalmente nos sentimos inclinados a compadecer al que sufre.

Contemplemos a María; ¿quién ha sufrido más que Ella? Su dolor se asemeja según el profeta Jeremías, a un mar del cual no se ven los límites ni la profundidad, y San Bernardino de Sena ha escrito, que, si ese dolor se hubiese repartido entre todos los hombres, cada uno tendría tanto como para morir. Además, entre los que sufren, nos mueven más fácilmente a compasión los inocentes y los que padecen con paciencia y resignación. ¿Quién más inocente que María? ¿Ella toda Santa e Inmaculada? ¿Quién ha dado pruebas de la más invicta fortaleza, soportando los más acerbos dolores sin exhalar un lamento, Antes, sometiendo en todo a la Voluntad de Dios que la hería? ¡Oh! Ciertamente, no puede dejar de conmover nuestros corazones una criatura tan grande, tan inocente, y al mismo tiempo, tan abismada en un inmenso piélago de dolor. Sin embargo, no es raro encontrar cristianos, que inclinados a conmoverse con el relato de dolores imaginarios permanecen insensibles ante el dolor de María. A éstos con cuanta razón podría repetir la Virgen, aquellas tiernas palabras:

“Audierunt quia ingemisco ego, et non est qui consoletur” (“Esos mis hijos han oído mis penas y, no obstante, ninguno se ha movido a compasión.”)

Alma cristiana, ¿estarás también tú entre estos seres tan duros ante el dolor casi infinito de tan incomparable criatura?

II. Si contemplada María con los ojos naturales invita de tal manera nuestro ánimo a compadecerla, ¿Qué diremos si la contemplamos con los ojos de la Fe? Entonces ya nos aparece, no como una simple criatura, aún cuando grande por haber sufrido una serie de contingencias posibles de acontecer en la vida, sino como la Virgen incomparable, elegida por Dios pare ser la Madre del Verbo Encarnado y, por esto mismo, asociada a la obra sublime de la redención humana. ¡Qué motivos no tenemos entonces para dirigirnos a Ella y agradecerle los beneficios inmensos que nos ha merecido con su vida llena de amarguras y de angustias! Y tanto más debemos estarle reconocidos por cuanto tan inmensos dolores ha padecido por nosotros, en un impulso de amor espontáneo, desinteresado, generoso. Sacrificar a su Hijo Unigénito, entregarlo a la muerte más despiadada y, con Él sacrificarse a sí mismo y someterse al más acerbo martirio; ¡he aquí la obra de María por nosotros!

Y ¿podremos permanecer indiferentes ante este espectáculo? ¿podremos simular desconocer esas penas que fueron causa de nuestra salvación?

Con mucha razón, cada uno de nosotros, respecto de María, puede repetirse las palabras que el santo Tobías dirigió a su hijo: “Por todo el tiempo de tu vida honra a tu madre, ya que no debes olvidarte cuáles y cuántas penas ha sufrido por ti”, y las ha sufrido, podemos añadir, no para la vida terrenal que termina, si para la celestial, la sola verdad, que no termina nunca.

III. ¡Conveniencia, reconocimiento, justicia!

Sí; también la justicia nos reclama a los pies de María Dolorosa, porque sus dolores son obra nuestra.

En efecto; la finalidad del martirio de la Virgen no ha sido solamente nuestra salud; nuestros pecados han sido causa. Nosotros, que recogemos ese fruto precioso fuimos los verdugos que con nuestras culpas –por cuya remisión Jesús y María se inmolaron- asestamos el golpe que, quitando la vida al autor de la misma, ocasionaba en el corazón de la Madre una agonía de muerte.

Por lo tanto ¿No es justo que pensemos en esas penas, que con nuestra pasión y gratitud expresemos a la Virgen toda nuestra amargura por haber sido la causa de las mismas?

Sin ningún derecho, más aún, contra todo merecimiento hemos alcanzado con los dolores de la Virgen abundantes frutos de salvación; recordando pues esos dolores y honrándolos en particular manera reconoceremos los beneficios recibidos y rendiremos homenaje a nuestro benefactor. ¿Y no es esto acaso, un deber de justicia?

María sufrió injustamente para que no sufriésemos lo que merecíamos por nuestros pecados y ¿podremos regalarle, a título de compensación, un recuerdo para sus aflicciones un tributo de sincero afecto y de tierna compasión? Nuestra ingratitud sería demasiada negra, harto manifiesta la injusticia, asaz desconsiderada nuestra manera de obrar.

A nosotros se impone el deber de recordar incesantemente la voz del Espíritu Santo:

“Gemitus Matris tuae ne obliviscaris!”. (“¡No te olvides de los gemidos de tu Madre!”)

Reflexionemos si hasta ahora hemos cumplido con este nuestro deber que nos impone la conveniencia, la gratitud, la justicia, y reparando la negligencia del pasado, propongámonos para el futuro estar siempre más unidos a la Virgen en la meditación de sus acerbos dolores.

Una saeta en Nerja

ORACIÓN

¡Madre nuestra de los Dolores; bien justo es que honremos vuestras inmensas penas!
Haced que nuestros corazones fríos e impotentes para tanto deber sean compenetrados del verdadero espíritu de devoción, que sientan por vuestras penas la compasión sincera que los lleve a la detestación del pecado y a la práctica de las más excelsas virtudes.

Fuentes: Propaganda Católica, Caballero de la Inmaculada y YouTube
Tema relacionado: LA ROCA FRIA DEL CALVARIO
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