lunes, 5 de abril de 2010

LA PASCUA


No hay alegría comparable a la alegría de la Pascua. Las cosas y las almas, el universo visible y el invisible se hacen uno en el coro exultante que escuchó el vidente de Patmos: “O en el cielo como la fuerte voz de una turba inmensa que cantaba: ¡Aleluya!"

Perfecto es el júbilo de la Pascua, porque es el día de la Vida plena. Cristo ha resucitado. Así queda vencido el horror de la muerte: “¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu victoria?”.

No es ya Miguel, el príncipe angélico, el que flamea en la diestra el “¿Quién como Dios?”. Es la estirpe misma de Adán, merced a la divina argucia de la unión hipostática, la que toma el desquite contra el vencedor del primer hombre. Jesús, hijo de Adán cuanto hijo de Dios, es ahora el “vencedor de los infiernos subyugados”… “Somete al rey de las tinieblas y lo encadena.”

“Resucité y aun estoy contigo, ¡Aleluya!

Ni el látigo del tirano; ni el hacha del verdugo; ni la mofa del impío, o el terror del abismo, o el dolor de la llaga son fuertes para impedir que suene el grito del cristiano: ¡Aleluya, aleluya!

No puede acallarlo el fragor de la tempestad que se avecina. Ni el augurio de un nuevo y más terrible desgarramiento del átomo. Nínive, la de las legiones esclavizadoras puede quedar arrasada. El peñón isleño de Tiro, la fenicia, con sus casas apiñadas en que el oro es el dios, puede volar convertido en fragmento de la Historia. La Ciudad del Espíritu es indestructible. No hay átomo que logre una fisura en la Roca de Pedro, que da cimiento a la perenne Ciudad de Dios: “La tierra tembló”, sí; pero “tornó al reposo al levantarse Dios a juicio”.

Por eso es invencible el júbilo pascual. Por eso no se entiende ya la tristeza en las ovejas: “¿Qué pláticas son éstas que traéis entre vosotros andando, y por qué estáis tristes?”… Ved que el Pastor, “resucitado de entre los muertos, no muere ya”.

Que los necios edifiquen sus casas y ciudades sobre la arena de pactos que desconocen el cimiento de Dios. Para quienes viven de certezas teológicas, Jesús, “la piedra que los constructores desecharon, ha venido a ser Piedra angular”.

Esa Piedra es inconmovible. Por eso nunca se vendrá abajo el edificio de su alegría. Por eso, cada Pascua de Resurrección, pueden confiadamente anegarse a la vibradora exultación del “¡Aleluya!”, esa “gotita de gozo sumo en que nada la Iglesia”, y que en su luminosa e irisada brevedad refleja y cifra todo el gigante júbilo de los cielos.

Autor: Oscar Méndez Cervantes

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