sábado, 19 de abril de 2014

A LA VIRGEN DE LA SOLEDAD DEL SÁBADO SANTO

La Iglesia recuerda la noche del Viernes Santo, el dolor incomparable que experimentó María al pie de la Cruz de su divino Hijo y durante el Sábado Santo, su valentía y esperanza, así como su gran pena por la muerte del Redentor que llevó en su virginal seno, cuyo Cuerpo yace ahora en el sepulcro.

Un Dios muerto es demasiado para nosotros, Madre.

Se han ido todos, Madre, te han dejado sola.

Sola con Él en los brazos, como aquella noche de Belén.

Se han ido todos: soldados y fariseos, mercaderes e hijas de Jerusalén.

Con ellos, nos hemos ido todos.

Para nosotros mismos, Viernes Santo es un momento… Después volvemos a lo mismo.

Arriba en la cumbre, estás tú sola, Madre. Sola con el Hijo dormido en los brazos.

Todos los demás nos hemos vuelto al pueblo. A esto que nosotros llamamos tan pomposamente: asuntos, negocios, quehaceres, obligaciones.

Mientras tanto, en Jerusalén, el bruto de Malco estará en alguna taberna enseñando la oreja y diciendo que a él nadie le curó la oreja, porque a él nadie le cortó la oreja, no hay guapo que se la corte.

Y, como Malco, muchos de nosotros, fingiendo que Cristo no ha pasado por nuestra vida, diciendo que nosotros somos tan brutos y tan plantados como cualquiera… En una palabra: enseñando la oreja.

Mientras tanto, en una fortaleza de Jerusalén, Pilatos está diciendo a su mujer que esté tranquila, que él ya se ha lavado las manos doce veces en lo que va del día.

Pilatos es muy cuidadoso. Quiere estar bien con todos; a todos les ha dado algo; a los soldados, la coronación de Cristo; a su conciencia, agua y jabón; al César, miedo y servilismo; a Caifás, la Sangre de Cristo; a María de Nazaret, permiso para desclavar y abrazar el Cuerpo muerto de Cristo; a Cristo mismo, un letrero honroso que dice que es el Rey de los judíos.

Como Pilatos, un buen número de nosotros, que nos lavamos las manos ante el sufrimiento de Dios y de los hombres, y procuramos tranquilizar nuestras conciencias haciendo estas clásicas componendas entre Dios y el diablo, entre lo que quiere Dios y lo que nos da la gana a nosotros.

Mientras tanto, la Virgen, arriba, sola con el Hijo en los brazos…

Caifás esta noche cena con el suegro. Están celebrando el triunfo y haciendo planes. Otra vez a hacerse de oro y a abrir el negocio del Templo. Otra vez la casa de Dios cueva de ladrones, y los dividendos para Anás y Caifás, S. A. Se han vengado de Cristo, que limpió el Templo con el látigo.

¿No ves, María? Fíjate bien en el cuerpo de tu Hijo; ellos se han vengado de los latigazos con que Él les estropeó el negocio.

¿No sabías, María, que en cuanto se nos toca el asunto del dinero y del negocio (o de las vacaciones en días santos), ya no queremos saber nada? Os quedáis solos Cristo y tú. Al pie de la cruz.

Estás sola tú con Cristo, porque te han dejado también los buenos.

Un Cristo muerto era demasiado para nosotros, y te lo hemos dejado a ti sola. La única que tienes fuerzas para sostener a un Dios muerto en tus brazos.

Y no nos juzgues demasiado mal por haberte dejado sola con tu Cristo muerto.

Ya verás cómo al tercer día, cuando nos enteremos de que ha resucitado, volveremos a creer en Él los pobrecitos cristianos de siempre. Cuando la cosa esté menos fea, ya verás como vamos volviendo todos.

Y tú, María, volverás a sonreírnos y harás como si no te hubieras dado cuenta de que te hemos dejado sola esta tarde del Viernes Santo.

Autor: Pedro María Iraolagoitia, S. I. Título original: Soledad. Fuente: Mariología.



JESÚS YACE EN SU TUMBA

Se va cerrando el drama de la Pasión de Cristo, cuyas escenas hemos ido contemplando durante esta Semana Mayor.

Hoy, Jesús yace en su tumba y los apóstoles creen que todo se acabó. Todo el día sábado su cuerpo descansa en el sepulcro. Pero su madre, María, se acuerda de lo que dijo su Hijo : "Al tercer día resucitaré". Los Apóstoles van llegando a su lado, y Ella les consuela.

El Sábado Santo es un día de luto inmenso, de silencio y de espera vigilante de la Resurrección. La Iglesia en particular recuerda el dolor, la valentía y la esperanza de la Virgen María.

El misterio esencial del Sábado Santo es la ausencia del Señor. La Iglesia se encuentra en espera de la resurrección del esposo. Cristo ha ocultado su rostro; ha sustraído su presencia; el Señor está ausente; Jesús misteriosamente está muerto. Esto es lo que le distingue de cualquier otro momento de la vida terrestre y celeste del Redentor.

Cristo no está ya, está muerto y litúrgicamente esta ausencia se presenta como la privación de la Eucaristía. Es imposible celebrarla porque el Señor no está. Este es el único día del año en que no se celebra el Santo Sacrificio de la Misa en ninguna parte del mundo, porque Jesús está muerto.

Es necesario permanecer sobrecogidos ante la ausencia del Señor. Este es un buen día para pensar en lo que significa que Dios no esté con nosotros. Es una buena oportunidad para revisar nuestra vida con Dios. ¿Cuántas veces somos nosotros los que lo abandonamos? ¿Cuántas veces hemos dejado solo al Señor Jesús?

Hoy Jesús nos deja solos. No por su voluntad, sino porque está muerto.

Sólo puede ser entendida esta muerte en el contexto de la Salvación que Jesús nos ofrece. Sólo es posible entender que Dios Padre permitiera que a su Hijo le pasara algo tan grave porque era necesario que así sucediera para borrar nuestros pecados y alcanzarnos la salvación. Sin muerte no hay redención ni resurrección, no hay vida eterna.

Este día sábado, al caer la noche vamos a celebrar la Vigilia Pascual. La celebración de la Vigilia Pascual es la más importante fiesta del año cristiano. Es la noche santa, es la noche larga, es la noche victoriosa. Cristo resucita en la madrugada del domingo.

Hoy es el día de la esperanza… y en silencio esperamos confiados por una vida nueva: la Resurrección.

DANOS SABIDURÍA, SEÑOR

Preparémonos, desde las profundidades del silencio, a la luz que todo lo ilumina y que emana de su Resurrección. En tanto, permanezcamos junto al sepulcro del Señor, callados, meditando su Pasión y muerte, pidiéndole -durante estos momentos- nos dé Sabiduría. Es fundamental comprender que la Sabiduría supera al simple conocimiento. Es preciso no confundir la Ciencia con la Sabiduría. El demonio supo de las cosas celestes y no aprovechó ese conocimiento con Sabiduría. Hoy conoce más cosas terrestres que todos los hombres del mundo y... ¿de qué le sirve? Por eso es nuestra súplica: ¡Señor, danos Sabiduría! En los momentos de prueba, no es un gran cúmulo de conocimientos lo que nos salva, sino la Pasión de Cristo y la aceptación que de ella hagamos. Sin Fe nada valemos y sin obras, nuestra Fe está muerta. Sin Sabiduría es fácil desvariar. Por ello es que pedimos a Cristo que nos la otorgue para vivir la vida cristianamente y sortear las pruebas conforme a su Voluntad. Pidámosla también para nuestros pastores. Agradezcamos a Jesús su Redención mediante su muerte en Cruz. Sigamos en silencio recordando y meditando aquello de "aquel que se salva, sabe; y el que no, no sabe nada".

Mantengámonos, pues, junto al sepulcro del Señor. Supliquemos a Cristo que no nos deje más tiempo solos, proponiéndonos nosotros tampoco volver apartarnos de Él por el pecado.

Ven, Señor. ¡Resucita y resucítanos a tu Gracia! Sin ti estamos perdidos.

Fuente: Catolicidad y varias.

Leer también: 1) SÁBADO SANTO 2) LA IGLESIA MEDITA JUNTO AL SEPULCRO DE JESÚS Y ORACIONES LITÚRGICAS.

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