jueves, 4 de septiembre de 2014

"NUNCA MÁS SERVIR A SEÑOR QUE SE ME PUEDA MORIR"

LA CONVERSIÓN DE SAN FRANCISCO DE BORJA
Sic transit gloria mundi. De esta manera San Pablo define la condición humana en una de sus epístolas: la gloria del mundo es transitoria.

El lienzo "Conversión del Duque de Gandía" del pintor José Moreno Carbonero (1884), recoge la escena, ambientada en la Capilla Real de Granada, donde se observa la reacción de Francisco de Borja y Aragón al abrirse -luego de varios días de viaje- el féretro y contemplar el cadáver putrefacto de la emperatriz, Isabel de Portugal, mujer de Carlos V, lo que produce un hondo efecto desalentador en Francisco de Borja, duque de Gandía, quien prácticamente cae derrumbado ante uno de sus caballeros. Francisco había acompañado el cadáver durante su viaje hasta su destino final en Granada y debía certificar que correspondía efectivamente a la emperatriz.

El duque de Gandía descorre el velo que cubre el rostro de la emperatriz Isabel y mira horrorizado la putrefacción de la carne y exclama: "Nunca más, nunca más servir a señor que se me pueda morir".

Francisco de Borja, como toda la Corte, estaba anteriormente cautivado por la belleza física y espiritual de Isabel de Portugal y sentía por ella una rendida devoción. Luego del incidente que se representa en la pintura de José Moreno, que le permitió al futuro santo comprender lo vano de toda gloria humana, solicitó permiso para dejar la vida pública y abandonar la Corte, pero Carlos V no accedió a sus deseos y, además, le nombró Virrey de Cataluña, cargo que desempeñó de 1539 a 1543. Ese año heredó el ducado de Gandía a la muerte de su padre.

El poderoso duque que se convirtió
en humilde y santo sacerdote
La muerte de su esposa en 1546 le impulsó a ingresar en la Compañía de Jesús, con la que ya tenía contacto desde unos años antes. El 2 de junio de ese año hizo los votos de castidad y obediencia y solicitó a Ignacio de Loyola su admisión en la Compañía. Éste aceptó su proposición, pero le conminó a solucionar antes diversos asuntos familiares -alguno de sus hijos todavía era muy pequeño-, a realizar estudios de Teología en la Universidad de Gandía, que acababa de fundar, y a mantener en secreto, de momento, sus intenciones. Así lo hizo Francisco de Borja y en 1550, acabados ya sus estudios, se despidió definitivamente de su familia y se trasladó a Roma, donde ingresó en la Compañía de Jesús tras renunciar al ducado de Gandía a favor de su primogénito Carlos. En sus inicios desarrollaba funciones muy simples: su oficio consistía en acarrear agua y leña, en encender la estufa y limpiar la cocina. Siempre se distinguió por su profunda humildad. Al año siguiente, en mayo de 1551, fue ordenado sacerdote. Tras renunciar al Cardenalato al que había sido propuesto por Carlos V, se convirtió en director espiritual de la regente Juana de Portugal, reconfortó espiritualmente a doña Juana "la loca" en sus últimos momentos en Tordesillas, y realizó numerosas fundaciones, entre ellas el primer noviciado de la Compañía en España, en Simancas. Dentro de la Compañía ocupó importantes cargos. En 1554 San Ignacio le nombró comisario general de la Compañía en España, y dos años más tarde le confió el cuidado de las misiones de las Indias Orientales y Occidentales, es decir, de todas las misiones de la Compañía a las que dio gran impulso. Posteriormente, se instaló en Roma, donde, en 1565, se convirtió en el tercer General de la Compañía de Jesús, cargo que ocupó hasta su muerte.

En mayo de 1931, su cuerpo, venerado en la casa religiosa
 de Madrid, fue quemado en el incendio que
 causaron las milicias marxistas.
Tenía una profunda devoción a la Eucaristía y a la Virgen Santísima. Gravemente enfermo, cuando solo le quedaban dos días de vida, quiso visitar el Santuario Mariano de Loreto. Cuando el santo perdió el habla, un pintor entró a retratarle. Al ver al pintor, San Francisco manifestó su desaprobación con la mirada y el gesto y no se dejó pintar. Murió a la media noche del 30 de septiembre de 1572. Según la expresión del P. Brodrick fue "uno de los hombres más buenos, amables y nobles que había pisado nuestro pobre mundo". Francisco de Borja fue beatificado en 1624 y canonizado en 1671.

Francisco no se dejó engañar por el mundo. Sabiéndose nada, confió todo en Jesucristo. Su conversión la determinó ver el cuerpo de Isabel de Portugal, mujer de Carlos V, en avanzado estado de descomposición, lo que le permitió comprender lo poco valiosa y fugaz que es la gloria humana. Fue el duque que renunció a riquezas y poder, y se convirtió en el humilde y santo sacerdote que sirvió a Dios, su Señor, esto es: al único Señor que por ser eterno no puede morir, como dijo ante el cuerpo corrupto de la que fuera una muy estimada y bellísima emperatriz.

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