martes, 7 de abril de 2026
REFLEXIÓN DE PASCUA
(Hechos de los Apóstoles
13, 16 y 26–33)
“Los habitantes de Jerusalén…
cumplieron, al condenarle,
las palabras de los Profetas”.
Los habitantes de Jerusalén, y aquellos que entre ellos eran tenidos por principales y cabezas, no conociendo a Jesús, cumplieron, en el mismo acto de condenarle, las palabras de los Profetas.
Los judíos entregan a Jesús a la muerte para hacerle pasar por un embustero y engañador; recurren a los gentiles para hacer más ignominiosa su muerte, y presentarlo como el más criminal a los ojos del pueblo. Toman las precauciones más seguras y más premeditadas para impedir que sus discípulos pudiesen llevárselo del sepulcro: cierran la entrada con una losa, la sellan con el sello público, y colocan una guardia alrededor.
Si no era menester tanto para ahuyentar a un puñado de pescadores —que ni aun tenían valor para dejarse ver después de la muerte de Jesucristo—, ¿cómo hubieran tenido valor para acercarse al sepulcro?
Y, sin embargo, todo este conjunto de precauciones, que confirma el cumplimiento de las profecías, viene a ser también una de las pruebas más claras de su Resurrección.
Medidas tomadas por la prudencia humana más refinada vienen a convertirse en la prueba más convincente del triunfo de Cristo; y esos mismos soldados vigilantes se transforman en los primeros testigos que pregonan su victoria.
¡Vanos proyectos de los hombres! No sois sino flaqueza y necedad cuando queréis oponeros a los designios de Dios.
Los príncipes de los sacerdotes, los doctores de la ley, las cabezas del pueblo, ¿podían tomar mayores precauciones para impedir todo lo que favoreciera la fe en la Resurrección? ¿Qué previsión más sabia, qué medidas más eficaces contra el fraude?
Pero ¿qué puede toda la prudencia humana contra la sabiduría y los designios de Dios?
Todo esto sirve admirablemente para manifestar, con fuerza invencible, la verdad del misterio.
Sabiduría humana, ¿cuándo dejarás de engañar? ¿Y nosotros cuándo dejaremos de ser juguete de nuestras ilusiones y de nuestras débiles luces?
¿Sobre qué se apoyan todos esos ambiciosos designios, esos planes vastos y pomposos de fortuna?
Observad al hombre que quiere elevarse, a quien desea hacer fortuna: sus reflexiones profundas, sus desvelos, sus cálculos… todo gira en torno a la prudencia humana, a la habilidad, al favor de los hombres.
En todos los estados —en el comercio, en la corte, entre los grandes y entre el pueblo— la industria humana es el ídolo al que se ofrece incienso; es el oráculo que se consulta; es el apoyo en el que se pone toda la confianza.
Y en cuanto al Señor… no se cuenta con Él.
Esas gentes de negocios, embarcadas en un mar lleno de escollos y naufragios, ¿consultan mucho a Dios antes de lanzarse?
Aquellos que trazan planes de engrandecimiento, ¿se dirigen a Él en sus empresas?
No se piensa en ello. Se confía en los medios humanos, y se deja a los devotos el recurso a los medios divinos.
Que los paganos confíen solo en su prudencia no es de admirar; tienen por divinidad a la fortuna.
Pero que los cristianos obren del mismo modo… ¿no es esto una impiedad, una irreligión?
Y después nos sorprendemos de las revoluciones que ocurren.
Deberíamos asombrarnos aún más de las que no ocurren, pues Dios reserva su castigo para la otra vida.
P. JEAN CROISSET SJ
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