jueves, 25 de junio de 2009

¿REHACER TU VIDA?



Autor: Lic. Oscar Méndez Casanueva

“Rehacer la vida” de los matrimonios divorciados. He ahí el incontenible slogan, el nuevo “dogma” laico que actualmente fluye de boca en boca y que el sólo hecho de contradecirlo convierte al osado que a ello se atreviere, en merecedor de todas las penas, sanciones y calificativos condenatorios. Opinar en contra del divorcio es ir -dicen- contra el progreso, la modernidad y los derechos del hombre.

Sin embargo, quien en un ejercicio de individualidad, empleando su criterio, logre abstraerse de las máximas materialistas de una sociedad masificada -que paradójicamente se cree libre-, empezará por efectuarse, entre otros, estos fundamentales cuestionamientos: “Pero...¿en verdad rehacen su vida los divorciados?”... “¿qué han hecho primero para deshacerla?” Porque -reflexionará- “sólo se intenta rehacer lo que previamente se ha deshecho”. Y, se preguntará si, en ese intento, realmente se estará rehaciendo o deshaciendo, aún más, no sólo la propia vida sino también la ajena. Sin embargo, hoy en día, pocos se lo cuestionan; y por lo mismo ¡cuántos se internan en una ingenua y peligrosa aventura, muchas veces sin retorno!

Ciertamente, para deshacer una vida hay mil fórmulas por demás eficientes. Germinan muchas veces en nuestras mentes, en nuestro criterio, desde niños; toman forma y se desarrollan durante la juventud, para eclosionar finalmente en la etapa adulta. Se componen de múltiples factores. Entre ellos sobresalen la ausencia de sólidos y auténticos principios, así como una pobre visión, horizontal y laica, de la existencia.

Ahí, donde se ha perdido el enfoque trascendente del ser humano, donde prevalece “lo material” sobre lo espiritual, ahí florecen y se desparraman los frutos de una sociedad que nos bombardea, hasta la saciedad, con sus criterios materialistas y masificantes.

La elección

Y si bien es cierto que el daño se inicia con esos criterios -que como hemos dicho, muchas veces se absorbieron en la niñez, o cuando menos en la etapa juvenil-, este mal se concretiza de una manera formal, por primera vez, en el momento del noviazgo. Pues son esos mismos criterios los que regirán la elección del futuro consorte.

Sin escalas de valores bien establecidas y jerarquizadas, tanto en la novia como en el novio, que constituyen elementos fundamentales para analizar la genuina compatibilidad, y sin un verdadero análisis de las características trascendentes de las partes, necesariamente mal se inicia un posible futuro matrimonio. Y así, considerando como factores principales “lo físico”, “la química” -como hoy le llaman a la atracción- y el ser “buena onda”, se embarcan los dos hacia océanos desconocidos y peligrosos.

Sin embargo, hay algo muy íntimo en su interior que les avisa que están edificando sobre cimientos inseguros. Y así, se curan en salud, pues luego de magnificar su amor, señalan que en el caso de que éste llegase a desaparecer, existe la alternativa del divorcio. Y de esta manera, se dirigen al altar llenos de ilusiones y optimismo, pero paradójicamente con el virus de un fracaso activado y virtualmente aceptado de antemano.

Triunfo o fracaso

Ya en la vida matrimonial, se iniciarán las adaptaciones, los ajustes y hasta las confrontaciones, derivadas de los diversos caracteres, criterios, gustos y sobretodo de los distintos valores morales y religiosos. Aflorarán, en uno u otro sentido, las particulares mentalidades provenientes de la educaci
ón y de la clase social de cada uno, con la envoltura de las virtudes y defectos específicos de cada cual.

En este proceso se podrá salir o no victorioso, de acuerdo con la formación, criterio y sentido sobrenatural de ambas partes. A veces se requerirán verdaderos ejercicios de virtud y prudencia extrema. Ello incidirá en mil beneficios para toda la familia: padres e hijos.

Ciertamente, las gracias de Dios no faltarán cuando existe buena voluntad. El amor profundo y sobrenatural vencerá sobre todas las vicisitudes y gozará de mil alegrías y beneficios. No será derrotado ni por el falso amor propio -egoísmo puro- ni por el materialismo hedonista, que finca su relación, principalmente, en la comodidad y la sexualidad. Su fundamento será el genuino cariño entre ambos, con ese sentido de eternidad que pone, primero, al amor y la obediencia a Dios por encima de todo y que conlleva, como consecuencia inevitable, al máximo bien del consorte y de los hijos. El verdadero amor sabe que lo demás, de una u otra manera y dimensión, se dará como añadidura.

Por el contrario, múltiples elementos contribuyen hoy en día, para la destrucción del matrimonio. Los medios de comunicación -con su determinante influencia para la creación de mentalidades- no cesan de presentarnos a la infidelidad, la pornografía, el amor dizque libre, el aborto y la “pequeña” -exigua- familia como modelos de vida. Ni que decir de la violencia, la brecha generacional, la drogadicción, la incomunicación familiar, la escuela laica y demás factores que también inciden negativamente en la célula esencial de la sociedad.

El divorcio

Cuando no hay una adecuada preparación para el matrimonio y una elección responsable, cuando no hay un sacrificio del “yo” en favor del “tú” y del “nosotros”, cuando no se está dispuesto a todo lo positivo en favor del cónyuge y los hijos, cuando prevalece el amor propio, el egoísmo y la soberbia -con su disfraz de dignidad-, cuando se tiene abierta la puerta -en algún rincón de la mente- al divorcio, cuando no se ha alojado a Dios en el hogar, estos
factores combinados de una u otra manera, estarán activando, sin lugar a dudas, un fracaso matrimonial.

Naturalmente, la culpa principal siempre se atribuirá a la otra parte, sin reconocer o, en muchos casos, ni siquiera adivinar la propia. Y a esa parte que se dice tan buena, tan inocente, que en ocasiones llega hasta aceptar (o no puede dejar de reconocer) cierta culpa, ¿qué le queda? Según ella: “rehacer su vida”, puesto que se considera de alguna manera una víctima. Y efectivamente, lo es pero de sí misma, aunque también es victimaria -en la parte proporcional que le corresponda- de su familia: de su cónyuge y sus hijos, con todas las consecuencias morales y sociales que ello implica. Todo ello, evidentemente, sin detrimento de la responsabilidad de la otra parte (1).

Papeles, viles papeles

Y así, con el divorcio creen destruir un vínculo que libremente aceptaron y que Dios santificó y estableció hasta la muerte de algún cónyuge. Y si bien es cierto que el Estado puede regular los efectos civiles de la institución matrimonial, éstos deben respetar el orden señalado por su Creador. Por lo tanto, no puede -ni es válido- legislar sobre aquello que es de institución Divina. El Estado carece de facultades -aunque se las atribuya- para disolver un verdadero y legítimo matrimonio. Así, lo que Dios unió no lo puede separar el hombre, aún cuando éste expida mil actas con sellos oficiales o establezca todas las legislaciones que le vengan en gana. Finalmente, estas leyes y estas actas de divorcio serán sólo papeles sin valor alguno. ¡Papeles, viles papeles!

Y con ellos pretenden legalizar el consecuente y quizá los subsecuentes amasiatos (las cosas por su nombre, aunque suenen duro). Con estos papeles consuman la destrucción que iniciaron poco a poco, quizá antes de elegir novia o novio, en el momento mismo que aceptaron la idea de que el divorcio era “un derecho” y “una solución”.

Es la gran tentación y el gran error: El “rehacer” que dio la opción previa de deshacer. El “rehacer” que impidió poner TODO de nuestra parte. El “rehacer” que lleva implícito el virus ya activado que obliga a creer que si las cosas salen mal nuevamente, existe la posibilidad de rehacerlas una y otra vez. ¿O habrá quien le pueda poner un límite a ello? ¿en función de qué?

Este virus infecta también al que se casa con el divorciado, ya que al aceptar el efecto (el nuevo y falso matrimonio) acepta también la causa (el divorcio). Ahora son dos: ambos con el mismo virus. El efecto se multiplica en ellos y muy probablemente alcanzará a sus actuales y futuros hijos que acabarán viendo normal lo que es irregular y considerando al divorcio como una posible opción -dirán que “en caso necesario”- para su futuro. Sin embargo, ellos serán las primeras víctimas. Cualquier director(a) de escuela, cualquier trabajador(a) social lo sabe sin necesidad de ser psicólogo(a): ahí donde hay un niño con problemas o donde se encuentre un joven delincuente, ahí existe un matrimonio destruido.

¿Verdadera reconstrucción?

Por otra parte, este “rehacer” impide una genuina reconstrucción, ya que el divorciado crea nuevas estructuras familiares que lo atan y lo arraigan y que sólo destruye en caso de nuevos fracasos, para crear otras más que vuelven a arraigarlo por tercera, cuarta o quien sabe cuántas veces más. De esta manera, el cónyuge legítimo -el que no “rehizo” su vida- se ve impedido a verdaderamente tratar de reconstruir su matrimonio alguna vez, pues se topará con estructuras espurias, con amasiatos dizque legalizados, que frustrarán cualquier posible intento de rehacer (ahora sí realmente) su legítima familia.

Dichas estructuras, por su propia naturaleza, anclan a la pareja en su nuevo modus vivendi, que la aleja, además, de la amistad divina y pone en peligro el fin para que fue creado todo hombre: la posesión eterna de Dios.

Quien violenta las leyes que Él ha dispuesto, quien vive en un esquema permanente de pecado, engañará a todos -incluso a sí mismo-, pero no a Dios, colocándose y colocando a “su pareja”, en el enorme riesgo de morir como se está viviendo. En tal caso, se habrá perdido Todo (así, con mayúscula) por nada.


75 años de vida (promedio)/ eternidad = ?

¿Habrá mayor locura o mayor inconsciencia que esto? ¿Qué duración tiene la vida, que no alcanza a medirse ni siquiera como una millonésima parte del tiempo en relación con el rechazo o la aceptación, por toda la ETERNIDAD, de parte del Creador? ¿Valdrá la pena el riesgo? Si no es suficiente freno el amor a Dios, que al menos lo sea el temor a su justo y definitivo juicio.

Analizando y reflexionando todo lo expuesto, se impone de nuevo el cuestionamiento inicial:
Estos matrimonios destruidos, realmente... ¿rehicieron o deshicieron su vida y la de los suyos?


(1) NOTA: No es nuestra intención analizar en este escrito aquellos casos en que la culpa es abrumadoramente imputable -real y objetivamente- a un cónyuge, pues ciertamente no son los más comunes, aunque sí los que más se esgrimen en favor del divorcio y en los que la mayoría de los divorciados engañosamente dicen estar. Ciertamente, la misma Iglesia acepta, en situaciones extremas, la separación, más no la falsa disolución de un vínculo para volverse a casar.

Por otra parte, es conveniente señalar, por la confusión que existe, que se trata de un caso muy distinto al divorcio, el hecho de declarar nulo un matrimonio que en realidad nunca existió por causa de algún impedimento

* Este escrito fue publicado originalmente en la extinta revista "Cristiandad.org" y publicitado, ampliamente, por "Catholic.net". Ha habido quien, luego de leerlo, ha modificado su situación familiar y la ha reconciliado con la moral católica.
Para propagarlo en inglés: http://www.catholicityblog.com/2015/12/rebuilding-your-life.html. PUEDE REPRODUCIRSE -COMO TODO NUESTRO MATERIAL- CITANDO LA FUENTE.
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miércoles, 24 de junio de 2009

TAN AUGUSTO SACRAMENTO (TANTUM ERGO)



Tantum ergo, himno compuesto por Santo Tomás de Aquino en el año 1264, a petición del Papa Urbano IV para celebrar la institución de la Solemnidad de Corpus Christi. También para esta fiesta el mismo Papa pidió a Santo Tomás de Aquino que compusiera el Oficio Litúrgico propio. Tantum ergo es parte del himno Pange Lingua, compone las últimas dos de seis estrofas.
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Santo Tomás expresa cómo sólo a través de la luz de la fe, es que todos nuestros sentidos se pueden postrar ante la Eucaristía.
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Otros bellos himnos compuestos por Santo Tomás para honrar a Nuestro Señor en la Eucaristía: «Lauda Sion» (secuencia que se hace en la Misa); «Verbum Supernum» (que incluye «O Salutaris Hostia»)
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Veamos en el video el himno eucarístico "Tantum ergo", seguido de la bendición del Santísimo Sacramento (mientras el órgano toca el "Dresden Amén" de la Parsifal de Wagner) y luego la recitación de las divinas alabanzas (en lengua vernácula, en este caso: inglés) y la triple aclamación "Christus vincit".

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Haz click en el botón inferior izquierdo:




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TANTUM ERGO
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Tantum ergo Sacramentum
Veneremur cernui;
Et antiquam documentum
Novo cedat ritui:
Praestet fides supplementum
Sensuum defectui.
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Genitori, Genitoque
Laus et iubilatio;
Salus, honor, virtus quoque
Sit et benedictio;
Procedenti ab utroque
Compar sit laudatio.
Amen.
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TRADUCCIÓN:
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Tan augusto (sublime) Sacramento
veneremos de hinojos;
La antigua figura (del antiguo testamento)
ceda el puesto al nuevo rito:
la fe supla la incapacidad
de los sentidos
....
Al Engedrador (el Padre) y al Engedrado (el Hijo)
sean dadas alabanzas y júbilo;
Gloria, honor,
poder y bendiciones.
Al que de uno y de otro procede (el Espíritu Santo)
una gloria igual sea dada. Amén.



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martes, 23 de junio de 2009

EL VATICANO PIDE QUE NO SE LE LLAME "FETO" SINO NIÑO


El Vaticano quiere que al ser en gestación no se le denomine "feto" sino se le llame niño, y tiene su argumento: “En el nombre que damos está el juicio que tenemos de las cosas”, escribió en el diario oficial L’Osservatore Romano el neonatólogo italiano Carlo Bellieni, y explicó: “No se trata de revolucionar el vocabulario sino de llamar las cosas por su nombre”.

El especialista sostuvo que la distinción entre los términos “niño”, que se utiliza para denominar al hijo nacido, y “feto”, que se restringe a la fase anterior al parto, es reciente.


El neonatólogo se encargó, además, de detallar su idea del feto: “La luz ya se filtra en parte a través del útero, el niño ya oye sonidos, se chupa el pulgar, tiene hipo, tiene un corazón que funciona a la perfección y un cerebro que elabora sensaciones e incluso sueña y siente el dolor”. Por eso, a su juicio, la utilización generalizada de la palabra “feto” es “estigmatizante”.

Para reforzar su teoría, el experto se remonta a los escritos del artista Leonardo Da Vinci, que estudió en profundidad la anatomía del ser humano en todas sus fases. “Una misma alma gobierna estos dos cuerpos, y los deseos y los miedos y los dolores son comunes, ya sea a esta criatura como a todos los demás miembros animados”, anotó alguna vez Da Vinci al costado de uno de sus bocetos.

Según Bellieni, lo que impresiona de estas notas es que “nunca aparece la palabra feto” sino que el artista se refiere a “esta criatura” con la palabra “hijito” o “amorcito” (en italiano), término con el que las artes plásticas se refieren al niño alado que representa a Cupido.

Por su lado, Benedicto XVI deploró ayer la “infidelidad” de los sacerdotes. “Hay, por desgracia, situaciones, jamás suficientemente deplorables, en las que es la misma Iglesia la que sufre por la infidelidad de algunos de sus ministros. Son motivos de escándalo para el mundo y de rechazo”, dijo el Papa en la carta enviada a los presbíteros con motivo del año sacerdotal, que comenzará hoy en el Vaticano. En el escrito, precisa que este año, que concluirá el 19 de junio de 2010, pretende contribuir a una renovación interior de todos los sacerdotes

Tomado de: criticadigital
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VE LA PELÍCULA: "EL PADRE PÍO"



¡Novedad! Ya tenemos en CATOLICIDAD este excelente film.

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PADRE PÍO: LA PELÍCULA

¡No te la pierdas por ningún motivo!

Si deseas ver otros films, acude a estos enlaces:

ASESINADA POR DEFENDER SU VIRGINIDAD

(La vida de Sta. María Goretti)

PELICULA SOBRE SAN JUAN BOSCO

Iremos -en el futuro- poniendo más películas católicas.

Cuando desees ver qué hemos colocado, en "etiquetas" haz click en "Películas".
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IMPACTANTES DECLARACIONES DEL EXORCISTA DE ROMA, EL P. GABRIELE AMORTH



- EL NUEVO RITUAL PARA EXORCISMOS, INEFICAZ
- LOS EXORCISTAS SON MAL VISTOS POR MUCHOS
-EL MAYOR ÉXITO DE SATANÁS: HACER CREER QUE NO EXISTE
-ACTUALMENTE HAY OBISPOS QUE NO CREEN EN LA VERDAD EVANGÉLICA
-HAY UNA MANÍA DE DESHACERSE DE TODO LO PASADO
-EL SATANISMO CRECE
-LEGIONES EN EL VATICANO, PERO LA IGLESIA CATÓLICA TRIUNFARÁ
- PUEDE SATANÁS GANAR BATALLAS, PERO NUNCA VENCERÁ EN LA GUERRA CONTRA LA IGLESIA.


Presentación breve del Padre Amorth. Haz click abajo:


Padre Amorth, por fin está lista la traducción italiana del nuevo Ritual para los exorcistas.
.
Padre Amorth:
Sí, está lista. El año pasado la CEI (Conferencia Episcopal Italiana) se negó a aprobarla porque había errores de traducción del latín al italiano. Y los exorcistas, que tenemos que utilizarla, aprovechamos para señalar, una vez más, que no estamos de acuerdo con muchos puntos del nuevo Ritual. El texto latino sigue siendo el mismo en esta traducción. Un Ritual tan esperado, al final, se ha transformado en una farsa. Un increíble obstáculo que podría impedirnos actuar contra el demonio.


- Es una dura acusación. ¿A qué se refiere?
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Padre Amorth:
Le doy sólo dos ejemplos, ambos increíbles. En el punto 15 se habla de los maleficios y de cómo comportarse al enfrentarlos. El maleficio es un mal causado a una persona recurriendo al diablo. Se puede hacer de varias formas, como hechizos, maldiciones, mal de ojo, vudú, macumba. El Ritual romano antiguo explicaba cómo había que afrontar esto. El nuevo Ritual, en cambio, declara, categóricamente, que está totalmente prohibido hacer exorcismos en estos casos. Absurdo. Los maleficios son, por mucho, la causa más frecuente de posesiones y de males causados por el demonio, por lo menos el 90% de los casos.

Esto es como decirles a los exorcistas que dejen de llevar a cabo exorcismos. El punto 16 declara, solemnemente, que no se deben de hacer exorcismos si no se tiene la certeza de la presencia del diablo. Esto es una obra maestra de incompetencia: la certeza de que el diablo está presente en una persona, se tiene sólo haciendo el exorcismo. Más aún, los redactores del Ritual no se dieron cuenta de que, en ambos puntos, contradicen el Catecismo de la Iglesia Católica, que indica que hay que hacer exorcismos, tanto en el caso de posesiones diabólicas, como en los casos de males causados por el demonio. Y dice, además, que hay que hacerlo tanto, sobre las personas, como sobre las cosas. Y en las cosas nunca está presente el demonio, sólo su influencia. Las declaraciones contenidas en el nuevo Ritual son gravísimas y muy perjudiciales, fruto de la ignorancia e inexperiencia.
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- ¿Pero no lo habían preparado los expertos?

Padre Amorth:
¡En absoluto! En estos diez años, dos comisiones han trabajado en el Ritual: una compuesta por cardenales, que se ocupó de la Prenotanda, es decir, las disposiciones iniciales, y otra que se ocupó de las oraciones. Yo puedo afirmar, con certeza, que ninguno de los miembros de las dos comisiones ha hecho nunca un exorcismo, ni ha estado presente en exorcismos, ni tiene la menor idea de qué es un exorcismo. Este es el error, el pecado original, de este Ritual. Ninguno de los que colaboraron en él es un experto en exorcismos.

- ¿Cómo es posible?

Padre Amorth:
No me lo pregunte a mí. Durante el Concilio Ecuménico Vaticano II, en todas las comisiones había un grupo de expertos que ayudaban a los obispos. Esta costumbre se ha mantenido después del Concilio, cada vez que se han modificado partes del Ritual. Pero no fue así en este caso. Y si había un tema en el que eran necesarios los expertos, era éste.

- ¿Y qué es lo que ha pasado?

Padre Amorth:
Pues que los exorcistas nunca fuimos consultados. Y, además, las comisiones han recibido con desdén las sugerencias que hemos dado. Todo este asunto es perverso. ¿Quiere que le cuente lo que pasó?

- Por supuesto.

Padre Amorth:
Como había pedido el Concilio Vaticano II, las diferentes partes del Ritual romano fueron, paulatinamente, revisadas y modificadas. Los exorcistas esperábamos que se tocara el título XII, es decir, el Ritual del Exorcismo. Pero, aparentemente, éste no se consideraba un tema relevante, dado que transcurrieron los años y no pasaba nada. Luego, de repente, el 4 de junio de 1990, se publicó el Ritual provisional, de prueba. Esto fue una verdadera sorpresa para nosotros, ya que no habíamos sido consultados antes. Y, sin embargo, habíamos preparado toda una serie de solicitudes, en vista de la revisión del Ritual. Entre otras cosas, pedíamos que las oraciones se modificaran, introduciendo invocaciones a la Virgen, las cuales no existían, y que se aumentaran el número de oraciones específicamente dirigidas al exorcismo en sí. Pero no se dio la oportunidad de hacer ningún tipo de contribución. Sin embargo, no nos dimos por vencidos: después de todo, era por nosotros, que el texto se había redactado. Y ya que en la carta de presentación del entonces Prefecto de la Congregación para el Culto Divino, el Cardenal Eduardo Martínez Somalo, les pedía a las conferencias episcopales que le hicieran llegar, durante los dos años siguientes: "consejos y sugerencias de los sacerdotes que lo habrían de utilizar", nos pusimos a trabajar. Reuní a dieciocho exorcistas, elegidos de entre los más expertos del planeta. Examinamos, con gran atención, el texto. Lo utilizamos.

Inmediatamente, elogiamos la primera parte, en la que se resumían los fundamentos evangélicos del exorcismo. Esta parte es el aspecto bíblico-teológico del tema, sobre el que no era aparente, incompetencia alguna. Es una nueva sección, que no se encontraba en el Ritual de 1614, compuesto bajo el pontificado de Pablo V: además, en aquella época, no era necesario recordar estos principios, ya que todo el mundo los conocía y aceptaba. Hoy, en cambio, es indispensable.

Pero cuando pasamos a examinar la parte práctica, que exige un conocimiento especifico del tema, advertimos la total inexperiencia de los redactores. Hicimos numerosas observaciones, artículo por artículo, y se las hicimos llegar a todas las partes interesadas: Congregación para el Culto Divino, Congregación para la Doctrina de la Fe, y las conferencias episcopales. Una copia fue entregada directamente al Papa.

- ¿Cómo fueron recibidas sus observaciones?

Padre Amorth:
Muy mal, y no consiguieron nada. Nos habíamos inspirado en la constitución dogmática Lumen Gentium, en la que la Iglesia es descrita como el "Pueblo de Dios". En el número 28, se habla de la colaboración de los sacerdotes con los obispos, y en el número 37, se dice, con claridad, incluso refiriéndose a los laicos, que "debido al conocimiento, competencia y preeminencia que poseen, tienen la facultad, más aún, a veces el deber, de exponer su opinión acerca de los asuntos concernientes al bien de la Iglesia". Esto es exactamente lo que hicimos. Pero fuimos demasiado ingenuos, al pensar que las disposiciones del Vaticano II habían llegado a las Congregaciones Romanas. En cambio, chocamos con un muro de rechazo y de escarnio. El Secretario de la Congregación para el Culto Divino presentó un informe, a la Comisión de Cardenales, en la que decía que aquellos que lo habían contactado, eran obispos, y no los sacerdotes y exorcistas. Y respecto a nuestro humilde intento de ofrecer ayuda como expertos, añadía, textualmente: "También se debe de notar el hecho de que un grupo de exorcistas y demonólogos, los cuales, posteriormente, crearon una Asociación internacional, estaban orquestando una campaña contra el rito". Una acusación indecente: ¡nosotros nunca hemos orquestado una campaña! El Ritual iba dirigido a nosotros, y, sin embargo, las comisiones no habían convocado a ninguna persona competente. Por esto, era más que lógico que tratáramos de dar nuestra opinión.

- Entonces, ¿quiere decir que el nuevo ritual es inutilizable en la lucha contra el Demonio?

Padre Amorth:
Sí. Querían darnos un arma sin filo. Se han eliminado las oraciones eficaces, oraciones que tenían doce siglos de existencia fueron substituidas por nuevas oraciones ineficaces. Pero, por suerte, en el último momento, nos dieron un salvavidas.

- ¿Cuál?

Amorth:
El nuevo Prefecto de la Congregación para el Culto Divino, el Cardenal Jorge Medina, añadió una Notificación, al Ritual, en la que se especifica que los exorcistas no están obligados a usar este Ritual, y que, si así lo desean, pueden pedir la autorización de sus obispos, para seguir usando el antiguo Ritual. Los obispos, a su vez, deben pedir autorización a la Congregación, la cual, como escribe el Cardenal, "la concede gustosamente".

- ¿La concede gustosamente? Esa es una concesión muy rara.

Padre Amorth:
¿Quiere saber de dónde proviene? De un intento del Cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y del propio Cardenal Medina, para introducir, en el Ritual, un artículo -entonces era el artículo 38- por el que se autorizaba a los exorcistas a usar el Ritual anterior. Indudablemente, era una maniobra extrema para defendernos de los grandes errores contenidos en el Ritual definitivo.

Pero el intento de los dos cardenales no tuvo éxito. El Cardenal Medina, que había comprendido lo que estaba en riesgo, decidió darnos esta tabla de salvación, añadiendo una Notificación por separado.

- ¿Cómo son visto ustedes, los exorcistas, dentro de la Iglesia?

Padre Amorth:
Somos muy mal tratados. Nuestros hermanos sacerdotes, a cargo de esta delicadísima tarea, son vistos como locos, como fanáticos. Por lo general, ni siquiera son tolerados por los mismos obispos que los nombraron.

¿Cuál ha sido el hecho más llamativo de esta hostilidad?

Padre Amorth:
Celebramos un congreso internacional de exorcistas, cerca de Roma, y pedimos que el Papa nos recibiera. Para no presionarlo, y evitar añadir otra audiencia a las muchas que ya tiene, simplemente, pedimos que se nos recibiera en audiencia pública, la del miércoles en la Plaza de San Pedro. Ni siquiera pedimos que nos nombrara en sus saludos personales. Hicimos la petición, en la manera en que lo ordenan los cánones, como recordará, perfectamente, Monseñor Paolo De Nicolo, de la Prefectura de la Casa Pontificia, quien recibió de buena gana nuestra petición. Sin embargo, el día antes de la audiencia, el propio Monseñor De Nicolo nos dijo -con pena, esa es la verdad, por lo que estaba claro que la decisión no la había tomado él- que no asistiéramos a la audiencia, y que no habíamos sido admitidos. ¡Increíble!: ¡150 exorcistas procedentes de los cinco continentes, sacerdotes nombrados por sus obispos de conformidad con las normas del derecho canónico, que exigen sacerdotes de oración, de ciencia y de buena reputación -es decir, de alguna forma, la flor y nata del clero, sacerdotes que piden participar en una audiencia pública del Papa y se les echa a patadas!. Monseñor De Nicolo me dijo: "Le prometo que, inmediatamente, le enviaré una carta explicando la situación". Han pasado cinco años y, todavía, estoy esperando esa carta. Desde luego, no fue Juan Pablo II quien nos excluyó. Pero el hecho de que a 150 sacerdotes se les prohiba participar en una audiencia pública del Papa en la Plaza de San Pedro, explica la clase de obstáculos a los que se enfrentan los exorcistas, aun dentro de su propia Iglesia, y hasta qué punto, son mal vistos por un gran número de autoridades eclesiásticas.

- Usted combate diariamente con el Demonio. ¿Cuál es el mayor éxito de Satanás?

Padre Amorth:
Que consigue hacer creer que no existe. Y casi lo ha conseguido. Incluso dentro de la Iglesia. Tenemos un clero y un episcopado que han dejado de creer en el demonio, en los exorcismos, en los males extraordinarios que puede causar el diablo, y ni siquiera en el poder, que nos ha dado Jesús, de expulsar a los demonios. Desde hace tres siglos, la Iglesia Latina -al contrario de la Ortodoxa y de varias denominaciones Protestantes- ha abandonado casi, completamente, el ministerio del exorcismo. Al no practicar los exorcismos, al no estudiarlos y no haberlos visto nunca, el clero ya no cree en ellos.

Pero, ni siquiera, cree en el diablo. Tenemos episcopados enteros que se muestran hostiles a los exorcismos. Hay países en los que no existe ni siquiera un solo exorcista, como Alemania, Suiza y Portugal. Una carencia aterradora.

- No mencionó a Francia. ¿Allí la situación es diferente?

Padre Amorth:
Hay un libro escrito por el más conocido exorcista francés, Isidoro Froc, titulado Los Exorcistas, quiénes son y qué hacen. Este libro, traducido, al italiano, a petición de la Conferencia Episcopal francesa. En ninguna parte del libro se dice que los exorcistas, en algunos casos, hacen exorcismos. El autor ha declarado, repetidamente, a la televisión francesa que nunca ha hecho exorcismos y que nunca los hará. De un centenar de exorcistas franceses, sólo cinco creen en el demonio y hacen exorcismos. El resto mandan al psiquiatra (?) a la gente que se dirige a ellos. Y los obispos son las primeras víctimas de esta situación de la Iglesia Católica, en la que la creencia en la existencia del demonio está en proceso de desaparecer.

Antes de que saliera este nuevo Ritual, el Episcopado alemán escribió una carta, al Cardenal Ratzinger, en la que afirmaba que no era necesario hacer un nuevo Ritual, porque los exorcismos ya no deben de ser practicados.

- ¿Son los obispos los que tienen que nombrar a los exorcistas?

Padre Amorth:
Sí. Cuando un sacerdote es nombrado obispo, se encuentra con un artículo del Código de Derecho Canónico, que le autoriza, completamente, a nombrar exorcistas. Lo mínimo que se le puede pedir a un obispo es que haya asistido, por lo menos, a un exorcismo, dado que debe tomar una decisión tan importante. Por desgracia, esto no ocurre casi nunca. Pero si a un obispo recibe una petición seria de exorcismo -es decir, no hecha por alguien enajenado- y no actúa en consecuencia, comete pecado mortal. Será responsable de todos los terribles sufrimientos de esa persona, que a veces duran años o toda una vida, cuando podría haberlos evitado.

- ¿Está diciento que la mayor parte de los obispos de la Iglesia Católica están en pecado mortal?

Padre Amorth:
Cuando era niño, mi viejo párroco me enseñaba que hay ocho sacramentos: el octavo es la ignorancia. El octavo sacramento salva a más gente que los otro siete juntos. Para cometer pecado mortal, debe haber una causa seria, pero también, es necesario el pleno conocimiento y el consentimiento deliberado. Esta omisión de ayuda por parte de muchos obispos es una causa seria. Pero estos obispos son ignorantes: no hay, pues, pleno conocimiento, ni consentimiento deliberado.

- ¿Pero si uno no cree en la existencia de Satanás, la Fe sigue intacta, es decir, sigue siendo católica?

Padre Amorth:
No. Le voy a contar una historia. Cuando conocí al Padre Pellegrino Ernetti, un célebre exorcista, que ejerció durante cuarenta años en Venecia, le dije: "Si pudiera hablar con el Papa, le diría que encuentro demasiados obispos que no creen en el demonio". La tarde siguiente, el Padre Ernetti vino a decirme que aquella mañana le había recibido Juan Pablo II. "Su Santidad", le había dicho, "hay, aquí en Roma, un exorcista, el Padre Amorth, que si pudiera hablar con usted le diría que encuentra demasiados obispos que no creen en el demonio". El Papa le respondió brevemente: "Aquel que no cree en el demonio, no cree en el Evangelio". Esta es la respuesta que dio él y que yo repito.

- Expíqueme por favor. ¿Esto significa que hay muchos obispos y sacerdotes que ya no son católicos?

Padre Amorth:
Digamos que no creen en una verdad evangélica. Así que, probablemente, los acusaría de estar propagando una herejía. Pero seamos claros: alguien es formalmente hereje, si se le acusa de cometer un error, y persiste en él. Pero, debido a la situación que existe en la Iglesia, hoy en día, nadie, jamás, acusaría a ningún obispo de no creer en el diablo, ni en las posesiones demoníacas, ni de no nombrar exorcistas porque no cree en estas cosas. Podría mencionar un gran número de obispos y cardenales, que en cuanto fueron nombrados para una diócesis, lo primero que hicieron fue quitarles a todos los exorcistas la facultad de ejercer. O bien, obispos que afirman, abiertamente: "Yo no creo en eso. Son cosas del pasado". ¿Por qué pasa esto? Porque, por desgracia, ha habido una perniciosa influencia de ciertos estudiosos de la Biblia, y podría darle los nombres de mucha gente muy conocida. Nosotros que, diariamente, estamos en contacto con el mundo del más allá, sabemos que esta influencia ha afectado muchas reformas litúrgicas.

- ¿Por ejemplo?

Padre Amorth:
El Concilio Vaticano II había pedido que se revisaran algunos textos. Esta orden fue desobedecida, ya que había un deseo de rehacerlos completamente, sin pensar que se podían empeorar las cosas, en vez de mejorarlas. Muchos ritos se han empeorado por esa manía de querer deshacerse de todo lo pasado, para rehacerlo de nuevo, como si la Iglesia, hasta el día de hoy, lo único que hubiera hecho es engañarnos y mentirnos, y como si sólo hasta ahora, tuviera grandes genios, super teólogos, super estudiosos de la Biblia, super liturgos, que saben darle a la Iglesia lo que es bueno. Esto es una mentira: el último Concilio, simplemente, pidió que se revisaran los textos, no que se destruyeran.

El Ritual Exorcista, por ejemplo, debía ser revisado, no escrito nuevamente. En él, había oraciones que se han usado durante doce siglos. Antes de eliminar oraciones tan antiguas, que han resultado muy eficaces, había que pensarlo con cuidado. ¡Pero no!. Todos los exorcistas hemos utilizado las oraciones del Ritual de prueba, y nos hemos dado cuenta de que son absolutamente ineficaces. Pero también el rito del bautismo de los niños ha sido arruinado. Fue renovado, de tal forma, que el exorcismo contra Satanás, ha sido casi eliminado. El bautismo siempre tuvo enorme importancia para la Iglesia, hasta el punto que se le llamaba exorcismo menor. Paulo VI protestó, públicamente, contra ese nuevo rito.

Encontramos esta misma degeneración del rito, en el nuevo bendicionario. He leído, minuciosamente, las 1200 páginas del mismo. ¡Pues bien, se han eliminado, sistemáticamente, todas y cada una de las referencias al hecho que el Señor nos protege contra Satanás, y que los ángeles nos protegen de los ataques del demonio. Todas las oraciones para la bendición de las casas y las escuelas han sido eliminadas. Todo debe ser bendecido y protegido, pero, hoy, ya no hay ninguna protección contra el demonio. Ya no existe ninguna defensa, ni oraciones contra él. El propio Jesús nos enseñó una oración de liberación en el Padre Nuestro: "Líbranos del Maligno. Líbranos de la persona de Satanás". Esta oración fue traducida mal, y hoy la gente ora, diciendo: "Líbranos del Mal". Se habla de un mal general, cuyo origen, en el fondo, no se conoce. Sin embargo, el mal contra el que nuestro Señor Jesucristo nos enseño a luchar, es una persona concreta: Satanás.

- Desde su posición privilegiada para observar las cosas: ¿tiene la impresión de que el satanismo se está difundiendo?

Padre Amorth:
Sí, enormemente. Cuando disminuye la fe, aumenta la superstición. En el lenguaje bíblico, puedo decir que la gente está abandonando a Dios, y entregándose al ocultismo. La terrible desaparición de la fe en toda la Europa Católica, hace que la gente se ponga en manos de hechiceros y adivinos, y así, las sectas satánicas prosperan. Se hace fuerte propaganda del culto al demonio, a las masas, mediante el rock satánico, y personajes como Marilyn Manson. Los niños también están siendo atacados: hay revistas e historietas que enseñan la hechicería y el satanismo.

Las sesiones de espiritismo, en las que se evocan a los muertos para conseguir respuestas, están muy difundidas. Ahora se enseña a efectuar sesiones de espiritismo a través de computadoras, teléfonos, televisores, y video grabadoras, pero sobre todo, con la escritura automática. Ya ni siquiera se necesita un medium: es un espiritismo que cada quien puede hacer por sí mismo. De acuerdo con las encuestas, el 37 por ciento de los estudiantes han hecho, por lo menos una vez, el juego de las letras y el vaso, (léase copa) una verdadera sesión de espiritismo. En una escuela a la que me invitaron a hablar, los chicos me dijeron que jugaban este juego durante la clase de religión, ante los ojos complacidos del maestro.

- ¿Y esto funciona?

Padre Amorth:
No existe diferencia entre magia blanca y magia negra. Cuando la magia funciona, siempre es obra del demonio. Todas las formas de ocultismo, como esta huida hacia las religiones de Oriente, con sus sugestiones esotéricas, son puertas abiertas para el demonio. Y el diablo entra. Inmediatamente.

En el caso de la monja que fue asesinada, en Chiavenna, y el caso de Erika y Omar, los dos adolescentes de Novi Ligure, que mataron a la mamá y al hermano pequeño de Erika, no dudé, en afirmar, que la intervención diabólica formó parte de esto, porque esos chicos practicaban el satanismo. La policía descubrió, que en ambos casos, los chicos seguían a Satanás, y tenían libros satánicos.

- ¿Qué hace el demonio para seducir al hombre?

Padre Amorth:
Su estrategia es siempre la misma. Ya se lo he dicho, y él lo reconoce. Hace creer que el infierno no existe, que el pecado no existe, y que él es solamente una experiencia más que hay que vivir. Concupiscencia, éxito y poder, son las tres grandes pasiones en las que Satanás se fía.

- ¿Cuántos casos de posesión demoníaca ha encontrado?

Padre Amorth:
No más de cien. Ya dejé de contarlos

- ¿Cien? Es un número muy alta. En su libro, usted dice que los casos de posesión son muy raros.

Padre Amorth:
Y lo son, realmente. Muchos exorcistas han encontrado sólo casos de males diabólicos. Pero yo heredé la "clientela" de un conocido exorcista, el Padre Cándido, y, por consiguiente, los casos que aún no había resuelto. Además, los otros exorcistas me mandan a mí los casos más resistentes.

- ¿Cuál ha sido el caso más difícil que ha tenido que afrontar?

Padre Amorth:
Es el que estoy tratando ahora, desde hace dos años. Es la misma chica que fue bendecida -no fue un exorcismo verdadero- por el Papa, en octubre, en el Vaticano, y que tanto dio que hablar en los periódicos. Ella es golpeada las veinticuatro horas del día, y es víctima de tormentos inimaginables. Ni los médicos, ni los psiquiatras, consiguen entender lo qué pasa. Ella está completamente lúcida, y es muy inteligente. Es un caso realmente triste.

Haz click abajo para ver la escenificación de un exorcismo en el film PADRE PÍO:

- ¿Cómo se convierte uno en víctima del Demonio?

Padre Amorth:
Uno puede ser objeto de los ataques del demonio, en cuatro casos. Bien porque esto es una bendición para la persona (como en el caso de muchos santos), bien por la persistencia irreversible, en el pecado, bien por una maldición que alguien hace invocando el nombre del demonio, o bien, cuando uno se dedica a practicar el ocultismo.

- Durante el exorcismo de los poseídos, ¿Qué tipo de fenómenos ocurren?

Padre Amorth:
Recuerdo un campesino analfabeto que, durante el exorcismo, me hablaba sólo en inglés, por lo que yo necesitaba un intérprete. Hay quien demuestra una fuerza sobrehumana, quien se eleva, totalmente, del suelo, siendo imposible, aún para varias personas, mantenerlo sentado en la silla. Pero hablamos de presencia demoníaca, sólo por el contexto en que se desarrollan estos fenómenos.

- ¿Alguna vez lo ha lastimado el Demonio?

Padre Amorth:
Cuando el Cardenal Poletti me pidió que me dedicara al exorcismo, me encomendé a la Virgen: "Envuélveme en Tu Manto, y yo estaré seguro". El demonio me ha amenazado, muchas veces, pero nunca me ha hecho daño.

- ¿Nunca siente miedo del Demonio?

Padre Amorth:
¿Yo miedo de ese animal? Es él quien tiene que tener miedo de mí: yo actúo en nombre del Señor del mundo, mientras que él, es sólo el simio de Dios.

- Padre Amorth:, el satanismo se difunde cada vez más. En realidad, el nuevo ritual hace difícil la práctica de los exorcismo. A los exorcistas se les impide que participen en una audiencia con el Papa en la Plaza de San Pedro. Dígame, sinceramente: ¿Qué es lo que está pasando?

Padre Amorth:
El humo de Satanás ha entrado a todas partes. ¡A todas partes! Quizá fuimos excluidos de la audiencia del Papa, porque tenían miedo de que tantos exorcistas consiguieran expulsar a las legiones de demonios que se han instalado en el Vaticano (*).

- Está bromeando, ¿verdad?

Padre Amorth:
Le podrá parecer una broma, pero yo creo que es verdad. No tengo ninguna duda de que el demonio tienta, sobre todo, a las autoridades de la Iglesia, así como a cualquier otra autoridad, en la política y la industria.

- ¿Está, diciendo entonces, que en esta, como en todas las guerras el Satanás quiere conquistar a los altos mandos, para tomar prisioneros a los generales del adversarios?

Padre Amorth:
Es una estrategia victoriosa. Siempre se intenta ponerla en práctica. Sobre todo cuando las defensas del adversario son débiles. Satanás también lo intenta. Pero, gracias al Cielo, es el Espíritu Santo Quien dirige a la Iglesia: "Las puertas del infierno no prevalecerán". A pesar de las defecciones, y a pesar de las traiciones, que no deben causar asombro. El primer traidor fue uno de los apóstoles más cercanos a Jesús: Judas Iscariote.

Pero, a pesar de esto, la Iglesia sigue su camino. El Espíritu Santo la mantiene, y por lo tanto, los ataques de Satanás sólo pueden ser parcialmente exitosos. Naturalmente, el demonio puede ganar batallas, incluso batallas importantes. Pero nunca ganará la guerra.

Un prestigioso periodista asistió a un exorcismo y da su testimonio en el siguiente video:
-YouTube eliminó este video-



Nota: En el exorcismo compuesto por S.S. León XIII, luego de una revelación que tuvo, dice así: "Pero he aquí que ese antiguo enemigo, este primer homicida ha levantado ferozmente la cabeza. Disfrazado como ángel de luz y seguido de toda la turba y seguido de espíritu malignos, recorre el mundo entero para apoderarse de él y desterrar el Nombre de Dios y de su Cristo, para hundir, matar y entregar a la perdición eterna a las almas destinadas a la eterna corona de gloria. Sobre hombres de espíritu perverso y de corazón corrupto, este dragón malvado derrama también, como un torrente de fango impuro el veneno de su malicia infernal, es decir el espíritu de mentira, de impiedad, de blasfemia y el soplo envenado de la impudicia, de los vicios y de todas las abominaciones. Enemigos llenos de astucia han colmado de oprobios y amarguras a la Iglesia, esposa del Cordero inmaculado, y sobre sus bienes más sagrados han puesto sus manos criminales. Aun en este lugar sagrado, donde fue establecida la Sede de Pedro y la cátedra de la Verdad que debe iluminar al mundo, han elevado el abominable trono de su impiedad con el designio inicuo de herir al Pastor y dispersar al rebaño". Ir al siguiente enlace para leer íntegro el texto: INVOQUEMOS A LOS ANGELES .

-Esta entrevista fue concedida por el P. Amorth a la revista 30Giorni de junio de 2004 y a pesar del tiempo transcurrido, conserva toda su actualidad..
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lunes, 22 de junio de 2009

LA VERDADERA IGLESIA




La Iglesia Católica es la única depositaria de la Religión Cristiana.

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La Iglesia es el medio establecido por Jesucristo para conservar, propagar y hacer practicar la religión cristiana. —Fuera de la Iglesia católica no hay verdadero cristianismo.

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Creemos útil recordar aquí verdades ya demostradas:

1º. Existe un Dios Creador de todas las cosas.
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2º.El hombre creado por Dios posee un alma espiritual, libre e inmortal.
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3º. Es necesaria una religión, porque el hombre, criatura de Dios, debe rendir sus homenajes a su Creador.

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4o. Dios ha hecho al hombre tres revelaciones, que se llaman: primitiva, mosaica, cristiana. Las dos primeras, no eran más que la preparación de la revelación cristiana, la cual es su complemento definitivo, y permanece siendo la única verdadera, la única obligatoria.
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La religión natural no basta al hombre, puesto que Dios, Soberano Señor, se ha dignado revelarle una religión sobrenatural.
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Hemos expuesto ya las pruebas de la divinidad de la religión cristiana, que tiene por fundador a nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre: estas pruebas son numerosas e irrefutables.
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5º. No queriendo Jesucristo quedarse de una manera visible en la tierra, debió elegir un medio para transmitir su religión a todos los hombres hasta la consumación de los siglos. Es evidente que al manifestarse Dios al mundo en forma de hombre, su venida debía tener por objeto la salvación de todo el linaje humano.Este medio establecido por nuestro Señor Jesucristo es la Iglesia. Tal es la última verdad que nos queda por demostrar.
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Podemos concluir inmediatamente:

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1º. Que todo hombre razonable debe creer en Dios;
2º. Que todo hombre que cree en Dios debe ser cristiano;
3º. Que todo cristiano debe ser católico.
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En este tratado, nuestros raciocinios se apoyarán en
principios ya demostrados:

· 1º. En el hecho de la divinidad del cristianismo;
· 2º. En la verdad de las palabras divinas de nuestro Señor Jesucristo;
· 3º. En la autenticidad de los Evangelios que citan esas palabras.
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La Iglesia es, en realidad, una institución que depende enteramente de la voluntad de Jesucristo, su fundador. Esta voluntad se nos ha manifestado: 1.º, por los Evangelios, cuyo valor histórico ya hemos probado; 2.º, por la Tradición o enseñanza oral de los apóstoles.
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Después de su resurrección, Nuestro Señor permaneció cuarenta días en la tierra; se apareció con frecuencia a sus apóstoles para darles sus instrucciones acerca de la fundación de la Iglesia: «Loquens de regno Dei» (Hechos, r. 3) —Los apóstoles no escribieron estas enseñanzas de su divino Maestro, pero las transmitieron oralmente a sus sucesores. En eso consiste la Tradición, cuyas principales instrucciones fueron más tarde escritas por los primeros Padres de la Iglesia. Nos quedan por tratar las cuestiones siguientes:
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· I. Naturaleza, fundación, fin y constitución de la Iglesia de Jesucristo;
· II. Identidad de la Iglesia católica con la Iglesia de Cristo;
· III. Organización de la Iglesia católica;
· IV. Relaciones de la Iglesia con las sociedades civiles;
· V. Beneficios que la Iglesia Proporciona al mundo;
· VI. Nuestros deberes para con la Iglesia, verdadera regla de la fe y de la moral.
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I. La Iglesia tal como fue establecida por Jesucristo
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135. P. ¿Qué medio estableció nuestro Señor Jesucristo para conservar y propagar la religión cristiana?
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R. El medio establecido por Jesucristo es la Iglesia.
Jesucristo quiso unir a los hombres y a los pueblos entre sí, quiso unirlos a Él, y, por su intermedio, unirlos a su Padre. Con este fin, fundó una sociedad religiosa destinada a recoger a los que creyeran en Él, y, para gobernarla, instituyó un sacerdocio o cuerpo de pastores encargados de predicar su palabra y de administrar sus sacramentos.
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Eligió doce apóstoles, los instruyó durante tres años, les comunicó sus poderes y los envió por todo el mundo a predicar el Evangelio.
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El pueblo hebreo fue elegido para conservar la verdadera religión hasta la llegada del Mesías. La Iglesia fue establecida para propagarla hasta el fin de los siglos.
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Jesucristo vino a traer al hombre los únicos bienes necesarios: la verdad y la gracia. Al salir de la tierra para volver al cielo, dejó: 1.º, las verdades reveladas y las leyes morales que debían ser transmitidas a los hombres de todos los tiempos y de todas las naciones; 2.º, los tesoros de gracia que habían de ser distribuidos a las generaciones futuras. Para continuar en el mundo la obra de la Redención, Jesucristo fundó la Iglesia, sociedad religiosa, depositaria de su doctrina y de sus gracias.
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Nada más grande que la Iglesia, ese reino del Mesías anunciado con tanta frecuencia en el Antiguo Testamento. David, Isaías, Ezequiel, cantaron sus glorias y sus triunfos. Daniel predijo su duración inmortal al explicar el sueño del rey Nabucodonosor. El plan de Dios es realmente espléndido: quiere divinizar a todos los hombres, unirlos a su Cristo y por mediación de su Cristo, a la Santísima Trinidad, a fin de hacerlos partícipes de la bienaventuranza infinita de las tres personas divinas.
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§ 1.º Naturaleza de la Iglesia de Jesucristo
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136. P. ¿Qué es la Iglesia?

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R. La palabra Iglesia, derivada del griego, significa la asamblea de los llamados. Unas veces designa el lugar donde se reúnen los fieles para orar, y otras la sociedad de los fieles adoradores del verdadero Dios.
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La Iglesia, corno sociedad, en su sentido más amplio, comprende el conjunto de los fieles de la tierra, de los justos del Purgatorio y de los santos del cielo: de ahí la división bien conocida de la Iglesia en militante, purgante y triunfante.

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La Iglesia militante, considerada históricamente, comprende a todos los verdaderos adoradores de Dios, desde el origen del mundo hasta el fin de los tiempos; todos, en hecho de verdad, han creído o creerán en la religión revelada, esencialmente la misma en sus diversas fases; en este sentido se subdivide la Iglesia en patriarcal, mosaica y cristiana o católica.

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La Iglesia católica es la sociedad de todos los discípulos de Jesucristo unidos entre sí por la profesión de la fe cristiana, la participación de los mismos sacramentos, la sumisión a los legítimos pastores, principalmente a la misma cabeza visible, el Vicario de Jesucristo.

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Divídese en dos partes: la Iglesia docente, los pastores, y la Iglesia discente, los fieles. El nombre de Iglesia designa frecuentemente la Iglesia docente. En este sentido se dice: la Iglesia enseña, la Iglesia ordena, la Iglesia es infalible, etc.
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Este tratado de la Iglesia está destinado a establecer la legitimidad de dicha definición.

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—Para pertenecer a esta sociedad exterior y visible, se requieren tres condiciones: 1.º, ser bautizado; 2.º, creer en la doctrina de Jesucristo 3.º, estar sometido a los pastores que gobiernan la Iglesia en nombre del Hijo de Dios y, sobre todo, al jefe supremo de la Iglesia, que es el Vicario de Jesucristo.
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La Iglesia y la religión. —La palabra religión designa el conjunto de las relaciones entre el hombre y Dios; la palabra Iglesia designa la sociedad de las personas que tienen estas relaciones con Dios. —La religión es el conocimiento, el servicio, el amor, el culto del verdadero Dios; la Iglesia es la sociedad de los hombres fieles que conocen y practican la religión.

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La Iglesia y la religión son de institución divina y su unión constituye el cristianismo. No hay cristianismo sin Iglesia. Así como la humanidad no actúa o existe en el orden real más que en el hombre, así tampoco el cristianismo se realiza más que en la Iglesia. Entre ésta y aquél podemos establecer distinción, pero en la realidad son idénticos. Jesucristo, con un solo acto, funda la religión cristiana y la Iglesia.
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137. P. La Iglesia ¿es verdadera sociedad?

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R. Sí; la Iglesia es una verdadera sociedad, porque reúne todos los elementos constitutivos de tal.

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Una sociedad es un conjunto de hombres unidos entre sí bajo la misma autoridad para alcanzar un mismo fin por medios comunes.

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Es así que la Iglesia comprende: 1.º, pluralidad de miembros unidos entre sí; —.2.º autoridad que manda; 3.º, un fin común a los asociados; 4.º, medios comunes para alcanzar este fin.

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Luego la Iglesia es una verdadera sociedad.
Los jefes de la Iglesia son los pastores: San Pedro, los apóstoles;
Los súbditos son los fieles que creen en las verdades reveladas;
El fin es la eterna bienaventuranza;
Los medios son la profesión de una misma fe, la participación de los mismos sacramentos, la obediencia a los legítimos pastores.
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Toda sociedad supone cuatro elementos esenciales:
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1.º, pluralidad de miembros; 2.º, autoridad que forma el lazo moral de los asociados y los dirige hacia el fin común; 3.º, unidad del fin que hay que alcanzar; 4.º, empleo de los mismos medios.

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Los dos primeros elementos son comunes a todas las sociedades; los otros dos las especifican. Así en toda sociedad civil hay necesariamente dos clases de ciudadanos: los que mandan en virtud de la autoridad de que son depositarios, y los que obedecen: si falta eso, se podrá tener una muchedumbre de hombres, pero no una sociedad.

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El tercer elemento es el fin, el objeto que los asociados se proponen alcanzar; el cuarto, los medios, que deben ser siempre proporcionados al fin. —Este fin, este objeto, determina la naturaleza de toda sociedad, porque por razón del fin y objeto los asociados se unen y el poder dirigente está investido de tales y cuales prerrogativas.
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§ 2.º Fundación de la Iglesia
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138. P. Jesucristo ¿fundó directamente la Iglesia?

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R. Sí; el mismo Jesucristo instituyó la Iglesia bajo la forma de una sociedad visible, exterior como las otras sociedades humanas, y gobernada por autoridades legítimas.

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Reunió a todos sus discípulos bajo la autoridad de sus apóstoles para hacerles conseguir un fin común, su salvación eterna, mediante el empleo de los mismos medios, la práctica de la religión cristiana.
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Tenemos como pruebas:

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· 1º. Las palabras de Jesucristo referidas en el Evangelio;
· 2º. El testimonio diez y nueve veces secular de la historia;
· 3º. La misma existencia de esta sociedad fundada por Jesucristo.
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1.º Las palabras de Jesucristo prueban la fundación de la Iglesia.
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a) Jesucristo promete formalmente fundar una Iglesia, distinta de la Sinagoga, cuando le dice a Pedro: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.» —Las imágenes o los emblemas con que se complacía nuestro Señor Jesucristo en describir su Iglesia futura son los de una sociedad: la Iglesia, en boca de Jesucristo, es un rebaño, una familia, el reino de Dios.
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b) Durante los tres años de su vida pública, Jesucristo preparó los elementos de su Iglesia. De entre la muchedumbre que le seguía, eligió, desde luego, doce discípulos, a los que llamó Apóstoles o Enviados; los instruyó de una manera particular, y los consagró Obispos. —Eligió también discípulos de una categoría inferior, en número de setenta y dos, y los envió de dos en dos a predicar el Evangelio. —Finalmente, a la cabeza de sus apóstoles puso a san Pedro como fundamento de su Iglesia y pastor de los corderos y de las ovejas.
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c) Antes de subir a los cielos dijo a sus apóstoles: «Como mi Padre me ha enviado, así yo os envío… Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; id, pues, enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo aquello que os he ordenado: y yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos».
Y en otro lugar: «Id por todo el mundo, predicad el Evangelio a toda criatura: el que creyere y fuere bautizado se salvará; el que no creyere será condenado»
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Con estas palabras, por una parte, Jesucristo da a sus apóstoles un triple poder:

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a) El poder de enseñar: Id, enseñad a todas las naciones… predicad el Evangelio…
b) El poder de santificar: Bautizad a las naciones en el nombre del Padre… el bautismo es la puerta de los otros sacramentos.
c) El poder de gobernar o de dictar leyes: Enseñad a las naciones a guardar todo aquello que os he ordenado.
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Jesucristo añade: Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin de los siglos; con lo cual imprime a los poderes de los apóstoles el carácter divino de la infalibilidad y de la perpetuidad hasta el fin de los tiempos.

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— Por otra parte, Jesucristo impone a todos los hombres la obligación estricta de someterse a sus apóstoles, cuando dice: «Predicad el Evangelio… el que creyere se salvará; el que no creyere será condenado.» Por consiguiente, todos los hombres que quieran obtener la verdad, la gracia, la salvación eterna, deberán creer en la palabra de los apóstoles, recibir de sus manos los sacramentos y obedecer sus leyes… La Iglesia está allí toda entera con sus poderes y sus prerrogativas.
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Hallamos, de hecho, en las palabras del Salvador los cuatro elementos constitutivos de una verdadera sociedad: la pluralidad de los fieles moralmente unidos entre sí por la autoridad de los apóstoles para un fin común, la salvación eterna, mediante el empleo de los mismos medios, la fe en la doctrina de Jesucristo, la recepción de los sacramentos y la obediencia a sus leyes.

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Los apóstoles son los gobernantes, y los fieles los gobernados: la unión de unos y otros constituye una verdadera sociedad, que Jesucristo llama su Iglesia.
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2.º El testimonio de la historia.
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El día de Pentecostés, los apóstoles predican a Jesucristo: tres mil judíos al principio, cinco mil al siguiente día, creen en su palabra, y todos se someten a su autoridad. El número de fieles se multiplica, los apóstoles eligen ministros inferiores, presbíteros, diáconos, a los que imponen las manos para consagrarlos con el sacramento del orden.

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Los apóstoles se separan y van a predicar el Evangelio en las diversas partes del mundo: consagran obispos y los establecen como pastores en las iglesias recientemente fundadas. A su muerte, dejan por todas partes sucesores, herederos de su autoridad. y de su ministerio. Éstos, a su vez, consagran otros sucesores, que hacen lo mismo en el transcurso de los siglos. Así la organización primitiva de la sociedad cristiana establecida por Jesucristo permanece indefectible.
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3.º La existencia de la Iglesia prueba que Jesucristo es su fundador.
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La existencia de la Iglesia es un hecho. Nosotros la hallamos viva en todas las épocas de la historia desde hace diez y nueve siglos. Pues bien, siempre, ya por su nombre, ya por sus instituciones, ya por la sucesión no interrumpida de sus pastores, esa Iglesia reconoce a Jesucristo por su fundador. Luego la misma existencia de la Iglesia, aun prescindiendo de los Evangelios, prueba que Jesucristo la ha fundado. —Véase Bossuet, Discurso sobre la historia universal.
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139. P. ¿Por qué nuestro Señor Jesucristo eligió la Iglesia para conservar su religión?

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R. Jesucristo eligió la Iglesia porque una sociedad es el medio más apropiado para conservar la religión y el más conforme a la naturaleza del hombre, —esencialmente sociable.

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Una religión revelada debe ser enseñada o por Dios mismo, o por hombres delegados a este fin. Pero no conviene a la majestad divina instruir a cada individuo en particular por una revelación también particular, ya que esto sería multiplicar los milagros sin necesidad.
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Debía, pues, Jesucristo confiar a hombres elegidos el cuidado de transmitir a los otros la religión cristiana.

1.º Para conservar la religión primitiva, Dios no fundó una sociedad religiosa distinta de la familia. El padre era, a la vez, rey y sacerdote: como rey, velaba por la felicidad temporal de la familia; como sacerdote, ofrecía sacrificios a Dios y transmitía a sus descendientes las verdades reveladas. Y esto era tanto más fácil cuanto que estas verdades no eran muy numerosas y los patriarcas vivían mucho más de lo que se vive ahora. Así se conservó la religión primitiva.
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2.º La tierra se puebla, las virtudes antiguas desaparecen, los hombres se pervierten, y no teniendo ya por salvaguardia la vida secular de los patriarcas, la familia es incapaz de conservar intacto el depósito de la revelación. Para conservarlo, Dios elige al pueblo judío. Sobre el monte Sinaí, da a ese pueblo la ley escrita, complemento de la revelación primitiva. Establece en esa nación una verdadera Iglesia, creando un sacerdocio distinto del poder paternal y del poder político. Este sacerdocio, encargado de las funciones del culto y de la custodia de los Santos Libros, se perpetúa de generación en generación, y conserva, hasta la venida del Mesías, el depósito de la religión revelada. Es la Sinagoga, la cual, por su constitución, es figura de la Iglesia de Cristo, como lo anuncian las profecías.
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Dios pacta una alianza particular con la nación judía, porque en ella debe nacer el Mesías. Pero no por eso los demás pueblos quedan abandonados. Ellos recibieron también la revelación primitiva; mediante sus relaciones con el pueblo judío y la difusión de los Libros Santos participan, más o menos, de las luces de la revelación mosaica: si se pervierten y corrompen, suya es la culpa. Fuera de eso, Dios se propone llamarlos nuevamente al conocimiento de la verdad completa.
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3.º Los profetas anuncian que el Redentor reunirá en su reino a los judíos y a los gentiles; el reino del Mesías es la Iglesia, la cual sucede a la Iglesia mosaica. El Antiguo Testamento era sombra y figura del Nuevo… Es así que en tiempo de Moisés había una sinagoga encargada de conservar el depósito de la revelación; luego era conveniente que Jesucristo fundara una Iglesia, encargada del depósito de la doctrina cristiana y destinada a comunicar a todos los pueblos los frutos de la redención consumada en el Calvario.
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La Iglesia nueva es más perfecta que la Iglesia antigua. Posee la perfección de la verdad más clara y enriquecida con nuevas revelaciones; la perfección de la ley impulsando a la práctica de virtudes más sublimes; la perfección de los sacramentos, constituidos en señales que causan la gracia; la perfección del sacerdocio, marcado con un carácter más divino, investido de funciones más nobles y de una autoridad más fuerte; la perfección de expansión y de duración: sus límites son los del universo y su duración es la del mundo.
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1.º ¿Por qué Jesucristo eligió hombres para la enseñanza de su religión?
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a) Una religión revelada debe ser enseñada, porque comprende verdades que creer, leyes que observar y un culto que rendir a Dios. Pero para que el hombre crea verdades, observe leyes o rinda un culto, es menester, previamente, que los conozca.

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¿Cómo los conocerá? El hombre puede ser instruido por Dios o por sus semejantes. No es conveniente que Dios renueve la revelación para cada hombre en particular; luego es necesario que el hombre sea instruido por sus semejantes.
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El hombre puede ser instruido de viva voz o por escrito. La enseñanza oral es la más conforme a su naturaleza: conviene a todo el mundo. —Es la única posible para los niños, para los hombres que no saben leer y para todos aquellos, y son muchísimos, que no tienen ni gusto ni tiempo para estudiar en los libros.

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— Aun los hombres instruidos necesitan de una autoridad segura que les enseñe el verdadero sentido de las enseñanzas escritas. Un libro es letra muerta: es menester que alguien lo explique. «El libro es mudo, dice Platón, es un niño al que se le hace decir todo lo que se quiere, porque su padre no está allí para defenderlo.»

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La razón exige para el conocimiento de la religión, como para todas las otras ciencias, un sistema de enseñanza accesible a todos, proporcionado a la edad y a la inteligencia de todos. Sólo la enseñanza oral, dada con autoridad, llena estas condiciones.
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Además, la revelación consta de una doble ley: ley para la inteligencia, las verdades que es preciso cree; ley para la voluntad, los deberes que deben ser practicados. Pues bien, estas leyes necesitan interpretación. Todas las sociedades han instituido cuerpos de magistrados encargados de interpretar los códigos. Una ley que dejara de ser explicada, una ley cuya observancia no fuera mantenida por una autoridad visible, dejaría de ser ley. Y como Dios no puede ser inferior en sabiduría a los hombres, debe tomar las mismas precauciones.
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b) Aparte de esto, de hecho, Dios ha obrado así durante todo el transcurso de los siglos.
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1.º La revelación primitiva, hecha a Adán en el paraíso terrestre, es transmitida por hombres, de generación en generación, hasta Moisés (2.500 años).

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2.º En el monte Sinaí, Dios promulga la ley escrita. ¿Quién será el encargado de guardarla, de interpretarla hasta la venida del Mesías? Serán hombres. Aarón y sus descendientes conservan este precioso depósito durante quince siglos.

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3.º Jesucristo viene a explicar, desenvolver y perfeccionar la religión. ¿A quién confiará la guarda de ese tesoro? A sus apóstoles, dándoles autoridad infalible para que enseñen su doctrina, promulguen sus leyes y confieran su gracia.

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Antes de volver al cielo, reúne a sus apóstoles y les dice: «Como mi Padre me ha enviado, yo os envío. Id, pues, y enseñad a todo el mundo; predicad el Evangelio a toda criatura… Yo estoy con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo.» Con estas palabras, Jesucristo da a sus apóstoles el poder de enseñar su religión de una manera infalible y perpetua.
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2.º ¿Por qué Jesucristo reunió a sus apóstoles y discípulos en una sociedad religiosa?
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Para conformarse a la naturaleza humana. El hombre es un ser esencialmente sociable. No puede nacer sin la sociedad de la familia, no puede ser criado sino en el seno de la sociedad, y no puede vivir sin la sociedad de sus semejantes. —Al hombre, compuesto de cuerpo y alma, le convienen dos sociedades distintas: una que cuide de los intereses del cuerpo, y es la sociedad temporal, el Estado, la Nación, y otra para que vele por los intereses del alma. y es la sociedad espiritual y religiosa.
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Además, esta necesidad natural del hombre la vemos traducida en la práctica en el transcurso de todos los siglos y en todos los pueblos. En todas partes el hombre ha creído en Dios, y en todas partes se ha asociado con sus semejantes para rendirle un culto público y social. Por consiguiente, si Dios no hubiera organizado su religión en forma de sociedad, esa religión no habría estado de acuerdo con las tendencias de la naturaleza humana.
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El Redentor obra en el orden de la gracia, como el Creador en el orden de la naturaleza. Al principio Dios mismo crió al primer hombre y a la primera mujer, los unió en una sociedad íntima, la familia, y les dijo: «Creced y multiplicaos, y poblad la tierra.» Con estas palabras, Dios proveyó a la conservación de la especie humana hasta el fin del mundo.
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De la misma manera, cuando Jesucristo quiso engendrar a sus elegidos, dijo a sus apóstoles: «Id Por todo el universo, Predicad el Evangelio a todas las criaturas… Yo estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos.» Con estas palabras, el Salvador crea la Iglesia y asegura a los hombres, hasta el fin del mundo, la transmisión de la vida sobrenatural.
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De esta suerte, Dios Creador con una sola ordenación de su voluntad funda la familia, y el niño recibe en esta sociedad la vida natural. Dios Redentor también con una sola disposición crea la Iglesia, y en esta sociedad religiosa y divina el mismo niño recibe la vida sobrenatural.
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En virtud de estas dos sentencias creadoras, la orden de Dios se cumple sin cesar: hay hombres que se unen para poblar el mundo, y otros que se asocian para evangelizarlo. Dios, principio de vida, ha hecho brotar dos fuentes de ella: la familia, que da la vida natural y puebla la tierra, y la Iglesia, que comunica su vida sobrenatural y puebla el cielo. Hay perfecta analogía entre el orden de la naturaleza y el de la gracia.

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P.Hillarie "LA RELIGION DEMOSTRADA".
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domingo, 21 de junio de 2009

BREVE ANÁLISIS CRÍTICO DEL NOVUS ORDO MISSAE


Breve Examen Crítico del Nuevo Ordinario de la Misa


Cardenal Alfredo Ottaviani
Cardenal Antonio Bacci
BREVE EXAMEN CRÍTICO
DEL NOVUS ORDO MISSÆ
Al celebrarse en Roma en el mes de octubre de 1967 el Sínodo Episcopal se le pidió a la misma asamblea de Padres un juicio sobre la así llamada “Misa normativa”, a saber, de esa Misa que había sido excogitada por el Consilium ad exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia. Pero el esbozo de semejante Misa suscitó perplejidades entre los Padres convocados al Sínodo, de modo tal que, de los 187 sufragios 43 la rechazaron abiertamente, 62 no la aprobaron sino juxta modum (con reservas). Tampoco se debe pasar por alto el hecho de que la prensa y los diarios internacionales anunciaron que aquélla nueva forma de la Misa había sido rechazada por el Sínodo. En cambio, las publicaciones de los innovadores prefirieron pasar en silencio el asunto. No obstante, una revista bastante conocida destinada a los obispos y que divulga las opiniones de éstos describió el nuevo rito sintéticamente con las siguientes palabras: «Aquí se ordena hacer tabla rasa de toda la teología de la Misa. En pocas palabras, se acerca a esa teología de los protestantes, que ya abolió y destruyó totalmente el Sacrificio de la Misa.»
Pues bien, en el Novus Ordo Missae, recientemente publicado por la Constitución Apostólica Missale Romanum, se encuentra desgraciadamente casi la misma “Misa normativa”. Tampoco consta que las Conferencias Episcopales, difundidas por todo el mundo, hayan sido entre tanto interrogadas, al menos en cuanto tales.
Efectivamente, en la Constitución Apostólica se afirma que el antiguo Misal promulgado por San Pío V el día 13 de julio del año 1570 (pero que en gran parte debe ser atribuido a San Gregorio Magno, y más aún, se deriva de los primitivos[1]orígenes de la religión cristiana) en los últimos cuatro siglos fue para los sacerdotes de rito latino la norma para celebrar el Sacrificio; y no es sorprendente si en tal y tan grande Misal en todas partes del mundo «innumerables y además santísimos varones alimentaron con gran copiosidad la piedad de sus almas para con Dios, sacando de él ya sus lecturas de las Sagradas Escrituras, ya sus oraciones.» Así leemos en el Novus Ordo; y, sin embargo, esta nueva reforma de la Liturgia, que arranca y extermina de raíz aquel Misal de San Pío V, es considerada necesaria por el Novus Ordo, «desde el tiempo en que con más amplitud comenzó a robustecerse y prevalecer en el pueblo cristiano el afán por fomentar la Liturgia.»
Sin embargo, con la debida reverencia, sea permitido declarar que en este asunto hay un grave equívoco; pues si alguna vez se manifestó algún deseo del pueblo cristiano, esto aconteció –estimulándolo principalmente el gran San Pío X– cuando el pueblo mismo comenzó a descubrir los tesoros eternos de su Liturgia. El pueblo cristiano no pidió nunca una Liturgia cambiada o mutilada para comprenderla mejor; pidió más bien que se entendiese la Liturgia inmutable, pero nunca que la misma fuese adulterada.
Además, el Misal Romano, promulgado por mandato de San Pío V y venerado siempre religiosamente, fue muy querido para los corazones católicos tanto de los sacerdotes como de los laicos; de tal manera que nada parece haber en ese Misal que, previa una oportuna catequesis, pueda inhibir una más plena participación de los fieles y un conocimiento más profundo de la sagrada Liturgia; y, por lo tanto, no aparece suficientemente claro por qué causa se cree que un Misal semejante, refulgente con tan grandes notas reconocidas además por todos, se haya convertido en un erial tal que ya no pueda seguir alimentando la piedad litúrgica del pueblo cristiano.
Sin embargo, la “Misa normativa”, aunque rechazada ya “sustancialmente” por el Sínodo de los Obispos, hoy es nuevamente propuesta e impuesta como Novus Ordo Missae, por más que tal Ordo nunca haya sido sometido al juicio colegial de las Conferencias Episcopales. Pero si el pueblo cristiano ha rechazado cualquier reforma de la Sacrosanta Misa (y esto mucho más en tierras de misiones), no vemos por qué causa se imponga esta nueva ley, que, como por lo demás lo reconoce la misma predicha Constitución, subvierte una tradición inmutable en la Iglesia ya desde los siglos IV y V.
Por lo tanto, como esta reforma carece objetivamente de fundamento racional, no puede ser defendida con razones adecuadas, por las cuales no sólo se justifique ella misma sino también se torne aceptable para el pueblo católico.
Es verdad que los Padres del Concilio, en el párrafo 50 de la Constitución Sacrosanctum Concilium decretaron que las diversas partes de la Misa se ordenaran de tal modo, «que aparezcan con mayor claridad el sentido propio de cada una de las partes como también su mutua conexión.» Pero de inmediato veremos cuán poco el Ordo recientemente promulgado responde a esos deseos, de los cuales apenas parece quedar allí algún recuerdo.
Pues examinando con mayor atención y pesando de nuevo en la balanza cada uno de los elementos del Novus Ordo se llegará a esa conclusión de que aquí se han añadido o quitado tantas y tan grandes cosas que con razón se debe aplicar también aquí idéntico juicio al de la “Missa normativa”. Por consiguiente, no es nada extraño que tanto este Ordo como la “Missa normativa” agraden en muchos puntos a aquellos que entre los mismos protestantes son más “modernistas”.

II

Comencemos por la definición misma de la Misa, que se propone en el párrafo 7, o sea, al comienzo del segundo capítulo del Novus Ordo “Acerca de la estructura de la Misa”: «La cena del Señor o Misa es la sagrada sinaxis o asamblea del pueblo de Dios reunido en común, bajo la presidencia del sacerdote, para celebrar el memorial del Señor»[2]. Por lo tanto, para la asamblea local de la santa Iglesia vale en grado eminente la promesa de Cristo: «Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos»” (Mt. 18, 20)
Por consiguiente, la definición de la Misa se circunscribe a la sola noción de “cena”; y ello se repite siempre ya cada paso; además, tal “cena” está constituida por la reunión de los fieles bajo la presidencia del sacerdote, y consiste en la renovación del memorial del Señor, a saber, en la conmemoración de lo que el Señor realizó el Jueves Santo. Pero todo esto ni implica la presencia real, ni la verdad del Sacrificio, ni la sacramentalidad del sacerdote consagrante, ni el valor intrínseco del Sacrificio eucarístico, el cual no depende en absoluto de la presencia de la asamblea[3].
En una palabra, esta “cena” no implica ninguno de aquellos ”valores dogmáticos” esenciales de la Misa, que constituyen su verdadera definición. Ahora bien, esta omisión, en cuanto voluntaria, equivale a la ”superación” de aquellos valores y, por lo tanto, al menos en la práctica, a su negación[4].
En la segunda parte del mismo párrafo (agravando el ya gravísimo equívoco) se afirma algo asombroso: para esta asamblea vale en grado eminente la promesa de Cristo: «Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.» (Mt. 18, 20) Con esta promesa, que sólo corresponde a la presencia espiritual de Cristo, se compara y se coloca en el mismo orden y modo de presencia aunque con mayor fuerza y vigor aquélla institución que, por el contrario, atañe al orden físico o al modo sustancial de la presencia sacramental eucarística.
Sigue inmediatamente en el texto (nº 8) la bipartición de la Misa en Liturgia de la palabra y Liturgia eucarística, y allí se afirma, sin hacer ninguna distinción, que en la Misa se prepara la mesa de la palabra de Dios y la mesa del Cuerpo de Cristo, para que los fieles sean “instruidos y alimentados”; esta asimilación equivalente de las dos partes de la Misa, como si estos dos signos tuvieran idéntica significación simbólica, debe ser declarada absolutamente ilegítima. Pero sobre esto ya volveremos más tarde.
Por otra parte, las denominaciones de la Misa son innumerables; las cuales pueden aceptarse por cierto en sentido relativo; pero todas deben ser rechazadas si –como de hecho ocurre– son usadas aisladamente y en sentido absoluto: Acción de Cristo y del pueblo de Dios, Cena del Señor o Misa, Banquete pascual, Participación común en la mesa del Señor, Memorial del Señor, Plegaria eucarística, Liturgia de la palabra y Liturgia eucarística, etc.
Como se evidencia esplendorosamente, en tales definiciones se pone el acento –como con exagerada estudiosidad– en la Cena y el memorial, pero no en la renovación incruenta del Sacrificio del Señor realizado en el Monte Calvario. Ni tampoco la fórmula misma “Memorial de la Pasión y Resurrección del Señor” puede decirse totalmente correcta; pues la Misa por su propia esencia es el memorial del único Sacrificio, que es en sí mismo redentor; mientras que, por el contrario, la Resurrección es el fruto consiguiente a aquél[5]. Luego veremos cómo y con qué coherencia estos equívocos se introducen y se repiten en la fórmula misma de la Consagración y, en general, en todo el Novus Ordo.

III

Vayamos ahora a los fines de la Misa.
1) FIN ÚLTIMO. El fin último del sacrificio de la Misa es la alabanza que debe tributarse a la Santísima Trinidad, según la explícita intención de Jesucristo en el mismo misterio de su Encarnación: «Al entrar al mundo dice: No quisiste hostia ni ofrenda, en cambio a mí me preparaste un cuerpo.» (Heb. 10, 5; cfr. Ps. 39, 7-9).
Por cierto, este fin buscado ha desaparecido completamente en el Novus Ordo: desapareció ciertamente del Ofertorio, pues la plegaria “Recibe, oh Trinidad Santa” ha sido eliminada; desapareció de la conclusión de la Misa, ya no se dirá más “Séate agradable, oh Trinidad Santa”; también fue suprimida del Prefacio, ya que el Prefacio de la Santísima Trinidad, que hasta ahora se recitaba oportunísimamente todos los domingos, ahora en el Novus Ordo sólo se dirá en la fiesta de la Santísima Trinidad, y por lo tanto solamente una vez al año.
2) FIN ORDINARIO. El fin ordinario del Sacrificio es el propiciatorio. En cambio, en el Novus Ordo, este fin se aparta de su verdadera senda, pues ya no se pone más el acento en la remisión de los pecados, sea de los vivos, sea de los difuntos, sino en la nutrición y santificación de los presentes (nº 54) Por cierto, Cristo instituyó el sacramento de la Eucaristía en la última Cena y se puso a Sí mismo en estado de víctima para unirnos a Él, a ese estado victimal; pero este fin antecede a la misma manducación y tiene un pleno valor redentor antecedente que se deriva de la inmolación cruenta de Cristo; de allí que el pueblo asistente a Misa no esté obligado de suyo a recibir la comunión sacramental[6].
3) FIN INMANENTE. Cualquiera sea la naturaleza del sacrificio, pertenece a la esencia de la finalidad de la Misa el que sea agradable a Dios, aceptable y aceptado por Él. Por lo tanto, en la condición de los hombres que estaban inficionados por la mancha original, ningún sacrificio hubiera sido aceptable a Dios; el único sacrificio aceptado ahora con derecho por Dios es el Sacrificio de Cristo. Por el contrario, en el Novus Ordo la naturaleza misma de la oblación es deformada en un mero intercambio de dones entre Dios y el hombre: el hombre ofrece el pan que Dios transmuta en “pan de vida”; el hombre lleva el vino que Dios transmuta en “bebida espiritual”: «Bendito eres, Señor Dios del universo, porque de tu largueza recibimos el pan (o: el vino) que te ofrecemos, fruto de la tierra (o: de la vid) y de la obra de las manos de los hombres, del cual se hará para nosotros el pan de vida (o: la bebida espiritual)»[7].
Superfluo es advertir cuán totalmente vagas e indefinidas son estas dos fórmulas “pan de vida” y “bebida espiritual”, que, de por sí, pueden significar cualquier cosa. Hallamos aquí el mismo equívoco capital que examinamos en la definición de la Misa: allí Cristo se hace presente entre los suyos únicamente de un modo espiritual; aquí se dan el pan y el vino, que son cambiados “espiritualmente” (¡pero no substancialmente!)[8].
Igualmente, en la preparación de las ofrendas se descubre idéntico juego de equívocos, pues se suprimen las dos maravillosas plegarias de la antigua Misa. La oración: «Oh Dios, que admirablemente formaste la dignidad de la naturaleza humana y que más admirablemente aún la reformaste.» recordaba a la vez la primitiva condición de inocencia del hombre y su presente condición de restauración en la que fue redimido por la Sangre de Cristo. Era, por lo tanto, una verdadera, sabia y rápida recapitulación de toda la Economía del Sacrificio desde Adán hasta la historia presente. En la otra plegaria, la oblación propiciatoria del cáliz para que subiera “con olor de suavidad” a la vista de la Divina Majestad, cuya clemencia se imploraba repetía con suma sabiduría esta Economía de la Salvación. Mientras que suprimida esta continua elevación hacia Dios por medio de la plegaria eucarística no queda ya ninguna distinción entre sacrificio divino y humano.
Eliminado el eje cardinal, se inventan vacilantes estructuras; echados a pique los verdaderos fines de la Misa, se mendigan fines ficticios. De aquí que aparecen los gestos que en la nueva Misa deberían expresar la unión entre el sacerdote y los fieles, o entre los mismos fieles; aparecen las oblaciones por los pobres y por la Iglesia que ocupan el lugar de la Hostia que debe ser inmolada. Todo esto pronto caerá en el ridículo, hasta que el sentido primigenio de la oblación de la Única Hostia caiga poco a poco completamente en el olvido; así también las reuniones que se hacen para celebrar la inmolación de la Hostia se convertirán en conventículos de filántropos y en banquetes de beneficencia.

IV

Pasemos a considerar la esencia del Sacrificio.
El Misterio de la Cruz ya no está expresado explícitamente, sino en forma algo oscura, con palabras falseadas que no pueden ser percibidas por el pueblo[9]. Y he aquí por qué causa.
1) SIGNIFICACIÓN DE LA “PLEGARIA EUCARÍSTICA”
El sentido que se atribuye en el Novus Ordo a la así llamada “Plegaria eucarística” es éste: «Para que toda la asamblea de los fieles se una con Cristo en la confesión de las grandezas de Dios y en la oblación del sacrificio.» (nº 54, al final) Pero uno pregunta: ¿de qué sacrificio se trata? ¿quién es el que ofrece? A estos interrogantes no se da ninguna respuesta.
La definición de la “Plegaria Eucarística” dada en la misma Instrucción es la siguiente: «Ahora se inicia el centro y culmen de toda la celebración, a saber, la misma Plegaria eucarística, o sea, la plegaria de acción de gracias y de santificación.» (nº 54) Por consiguiente, se ponen los efectos en lugar de las causas, de las que nada se dice en el texto. Nada reemplaza a la mención acerca del fin de la oblación que antes estaba explícita en la antigua plegaría “Recibe, oh Padre Santo”.
En verdad, el cambio de la formulación revela también un cambio de la doctrina.
2) EL SACRIFICO EUCARÍSTICO Y LA PRESENCIA REAL DE CRISTO
La razón por la cual el Sacrificio no tiene ninguna indicación lo suficientemente explícita en el Novus Ordo está en que la Presencia Real perdió su lugar verdaderamente central (tan esplendoroso en la antigua Misa) Sólo se hace una mención –a saber, la única cita al pie, sacada del Concilio de Trento– y que se refiere a la Presencia Real en cuanto nutrimento (nº 241, nota 63) Pero no se señala nunca la Presencia Real y Permanente del Cuerpo y Sangre de Cristo junto con su Alma y Divinidad que se da bajo las especies luego de la transubstanciación. Más aún, la misma palabra “Transubstanciación” se ignora totalmente.
Además, la razón de por qué se suprime la invocación a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad (Ven, Santificador…), por la cual se imploraba al Espíritu Santo que descendiera sobre las oblatas preparadas para obrar el milagro de la Presencia Divina, como antes en el seno de la Santísima Virgen, es objetivamente la misma: vale decir, pertenece al mismo tipo de silencio y de negación tácita, más aún a la continua cadena de negaciones sobre la Presencia Real.
Quedan también abolidas:
a) las genuflexiones, de las que sólo quedan tres por parte del sacerdote y una por parte del pueblo en el momento de la Consagración (y ésta, sometida a muchas excepciones);
b) las abluciones de los dedos sobre el cáliz;
c) la preservación de los mismos dedos de cualquier contacto profano después de la Consagración;
d) la purificación de los vasos sagrados, que no se manda hacer necesariamente de inmediato después de la asunción del cáliz, ni sobre el mismo corporal;
e) la palia, con la cual se protegía la Preciosísima Sangre de Cristo en el cáliz;
f) el dorado de los vasos sagrados;
g) la consagración del altar móvil;
h) la piedra sagrada y las reliquias en el altar móvil, e incluso sobre la mesa cada vez que la celebración se realice en lugares no sacros. Admitida esta excepción, queda abierto el camino para las “cenas eucarísticas” en casas privadas;
i) los tres manteles del altar, de los cuales ahora sólo se prescribe uno.
k) la acción de gracias, que debía hacerse de rodillas, y a la que substituye una torpe acción de gracias del sacerdote y de los fieles sentados; añádase que la Comunión se recibe irreverentemente por los fieles de pie;
l) finalmente, las santas prescripciones antiguas para el caso de la Hostia consagrada caída en tierra, que se reducen mezquinamente a sólo esto: «tómese reverentemente la Hostia» (nº 239)
Todas estas cosas juntas, con su repetición manifiestan y confirman injuriosamente la implícita negación de la Fe en el augustísimo dogma de la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía.
3) LA FUNCIÓN DEL ALTAR EN LA NUEVA MISA (nº 262)
El altar casi siempre es llamado mesa[10]: «El altar o mesa del Señor, que es el centro de toda la liturgia eucarística» (nº 49; cfr. 262); pero se prescribe que el altar esté siempre separado de las paredes, para que así cualquiera pueda girar alrededor de la mesa y que la Misa se celebre de cara al pueblo (nº 262); con mayor insistencia se determina que el altar debe convertirse en el centro de la asamblea de los fieles, de manera tal que su atención se dirija espontáneamente hacia el altar (ib). Pero considerados a la vez los números 262 y 276, parece excluirse que el Santísimo Sacramento de la Eucaristía pueda conservarse sobre este altar. De aquí surge una irreparable división: por una parte estará la mística presencia del Sumo y Eterno Sacerdote en el presbítero celebrante; y por otra parte estará la Presencia Real Sacramental del mismo Cristo en persona. En la antigua Misa estaba manifiesta una sola presencia de Cristo a la vez[11].
En la nueva Misa se nos invita a conservar el Santísimo Sacramento en otro lugar apartado, donde se alimente la devoción privada de los fieles, como si la Hostia no fuese sino una simple reliquia; de manera que ya no sea más el tabernáculo el que atraiga los ojos y la fe de los fieles que ingresan al templo, sino una mesa tosca y sin adorno. He aquí nuevamente cómo la piedad privada se opone a la piedad litúrgica; se erige el altar contra el altar.
También, la tan frecuente recomendación de distribuir la Comunión sólo de las especies consagradas en la Misa; más aún, que se consagre un pan de grandes dimensiones[12], de modo que el sacerdote pueda dividir su pan con al menos alguna parte de los fieles, confirma y acrecienta la indiferencia anímica y el desprecio hacia el Tabernáculo, como también hacia toda piedad eucarística fuera de la Misa. He aquí una nueva injuria a la fe en la Presencia Real de Cristo, mientras perduran las Especies Eucarísticas consagradas[13].
4) FÓRMULAS CONSAGRATORIAS
La antigua fórmula de la Consagración era clara y propiamente sacramental, pero no meramente narrativa, mientras que las tres consideraciones siguientes parecen demostrar que en el Novus Ordo se insinúa lo contrario:
a) No se reproduce más literalmente el texto de la Sagrada Escritura; además, la inserción de las palabras paulinas Mysterium Fidei significaba la inmediata confesión de fe que debía proferir el sacerdote ante el Misterio operado por la Iglesia a través de su sacerdocio jerárquico.
b) Las nuevas puntuaciones de las palabras y la nueva tipografía. En efecto, en el antiguo Misal el mismo punto y aparte significaba claramente el paso del modo narrativo al modo sacramental y afirmativo, las mismas palabras consagratorias se trazaban en el antiguo Misal con letras mayúsculas y en el medio de la página; más aún, con frecuencia escritas también en color diferente, de manera que se separasen del contexto meramente histórico. Y todas estas cosas, por cierto, conferían sapientísimamente a toda la fórmula consagratoria una fuerza propia de significación absolutamente individual y singular .
c) La anamnesis «Cuantas veces hiciereis estas cosas, las haréis en memoria mía», que en griego se dice así: «eis tén emoú anámnesin.» La anamnesis en el Canon Romano se refería a Cristo operante en acto, pero no a la mera memoria de Cristo o de un mero acontecimiento; se nos mandaba recordar lo que Él mismo hizo («estas cosas haréis en memoria mía»), y el modo cómo Él las hizo, pero no únicamente su persona o su cena. En cambio, la fórmula paulina «Haced esto en conmemoración mía», que en el Novus Ordo reemplaza a la fórmula antigua –repetida todos los días en las lenguas vernáculas– cambiará irreparablemente la fuerza misma del significado en las mentes de los oyentes, de modo tal que la memoria de Cristo, que debe ser el principio de la acción eucarística, parezca convertirse en el término único de esta acción o rito. O sea, la “conmemoración”, que cierra la fórmula de la consagración, ocupará poco a poco el lugar de la “acción sacramental”[14].
La forma narrativa se pone ahora de relieve de hecho con las mismas palabras en la Instrucción oficial: “Narración de la Institución” (nº 55d); y ella se confirma en la definición de la anamnesis, donde se dice: «La Iglesia celebra la memoria de Cristo mismo» (nº 55c)
En síntesis, la teoría que se propone sobre la epiclesis y la misma innovación en cuanto a las palabras de la Consagración y de la anamamnesis implican que también se ha realizado un cambio en el modo de significar; pues las fórmulas consagratorias son ahora pronunciadas por el sacerdote como parte de alguna narración histórica y no son enunciadas en cambio como expresando un juicio categórico y operativo proferido por Aquél en cuya representación el sacerdote mismo obra diciendo: «Esto es mi Cuerpo», pero no: «Esto es el Cuerpo de Cristo»[15].
Además, la aclamación asignada al pueblo para decir después de la Consagración «Anunciamos tu muerte, Señor, etc., hasta que vengas» introduce, bajo la apariencia de escatologismo, una nueva ambigüedad sobre la Presencia Real. En efecto, se proclama oralmente, sin solución de continuidad después de la Consagración, la expectación de la segunda venida de Cristo en la consumación de los tiempos, en el mismo momento en el que Él se halla verdadera, real y substancialmente presente sobre el altar, como si sólo aquélla última fuera Su verdadera venida, pero no ésta.
Y esto se recalca con mayor vigor en la fórmula de aclamación a elegir libremente: «Cada vez que comemos este pan y bebemos el cáliz, anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vengas»; donde se mezclan con la máxima ambigüedad cosas diversas, como la inmolación y la manducación, la Presencia Real y la segunda venida de Cristo[16].

V
Y ahora pasemos a cada uno de los elementos concretos del Sacrificio.
En la Misa anterior, eran cuatro los elementos del Sacrificio: 1º Cristo; 2º el sacerdote; 3º la Iglesia; 4º los fieles.
1ª Comencemos por los fieles. En el Novus Ordo, la parte asignada a los fieles es autónoma o absoluta, y, por consiguiente, totalmente falsa ya desde la misma definición propuesta al comienzo («La Misa es la sagrada sinaxis o asamblea del pueblo.»), hasta el saludo con el cual el sacerdote expresa al pueblo la “presencia” del Señor en la comunidad reunida (nº 28): «Con este saludo y con la respuesta del pueblo se manifiesta el misterio de la Iglesia reunida.» Por lo tanto, se trata aquí de una verdadera presencia de Cristo, pero meramente espiritual, y asimismo del misterio de la Iglesia pero en cuanto simple comunidad que manifiesta y solicita tal presencia espiritual. Y esto se encontrará por doquier: recuérdese el carácter comunitario de la Misa recalcado con tanta insistencia (nº 32; 74-152); la impía distinción entre “Misa con pueblo” y “Misa sin pueblo” (nº 203-232); la definición de la “oración universal o de los fieles” (nº 45), donde nuevamente se pone de relieve “el oficio sacerdotal” del pueblo («el pueblo ejerciendo el oficio de su sacerdocio») proponiéndolo en forma equívoca; en efecto, no se indica en modo alguno que está subordinado al oficio del sacerdote jerárquico. Y esto tanto más se confirma por el hecho de que el sacerdote, en cuanto que ha sido consagrado mediador, está constituido intérprete, según la vieja Misa, de todas las intenciones del pueblo, sea en la plegaria Te igitur, sea en los dos Memento.
También en la “Plegaria eucarística” III (Vere Sanctus”pág. 123) se nos ordena dirigirnos así al Señor: «No dejas de congregar a tu pueblo, para que desde la salida del sol hasta el ocaso sea ofrecida una oblación pura a tu nombre», donde la partícula “para que” insinúa que el elemento necesario sobre todos los demás para celebrar la Misa es el pueblo y no el sacerdote. Y como en ninguna parte del texto se indica quién es el sacrificador secundario y particular[17], todo el pueblo mismo es presentado provisto de un poder sacerdotal propio y pleno ¡Lo cual es falso!
¡Nada de extrañar pues si, con esta manera de obrar, bien pronto se le atribuya también al pueblo la facultad de unirse al sacerdote en la pronunciación de las mismas palabras consagratorias (lo cual, por lo demás, se nos informa, que ya sucede en ciertos lugares)!
2º El ministerio del sacerdote aparece disminuido, alterado, viciado. En primer lugar, por cierto, respecto del pueblo. Se presenta al sacerdote más bien como un simple presidente o hermano (no mediador) que como ministro consagrado que celebra en representación de Cristo; luego, respecto de la Iglesia, en cuanto que es propuesto como “uno del pueblo”. También en la definición de la epiclesis (nº 55c) las invocaciones se atribuyen en forma anónima e incierta a la Iglesia. El oficio de mediador, propio del sacerdote, desaparece.
En la oración del Confiteor, que se recita ahora sólo en forma colectiva, el sacerdote ya no es más juez, testigo y mediador ante Dios; por consiguiente, no se imparte más al pueblo la absolución sacerdotal que se tenía en el antiguo rito. En efecto, el sacerdote viene simplemente connumerado entre los “hermanos”. De donde, incluso el mismo monaguillo que ayuda en una “Misa sin pueblo” lo llama con este nombre de hermano.
Pero ya antes de esta última reforma de la Misa se había abrogado la significativa distinción entre la Comunión de los fieles y la Comunión del sacerdote (momento en el cual el Sumo Eterno Sacerdote y el que actuaba en representación de Él se confunden en una casi diríamos íntima unión y se logra la consumación del Sacrificio)
Ahora, en cambio, ni una palabra siquiera acerca del poder del sacrificador, sobre su acto consagratorio, por medio del cual se renueva realmente la Presencia eucarística, y de este modo, el sacerdote católico ya reviste la figura de un ministro protestante.
Además, la omisión o el libre uso de muchas vestiduras sagradas (pues en algunos casos bastan el alba y la simple estola: nº 298) debilita aún más la primigenia conformación del sacerdote con Cristo; en efecto, el sacerdote ya no se presenta más revestido con las virtudes de Cristo; él es ya un simple “funcionario” que apenas se distingue de la multitud de los fieles por uno o dos signos[18] («él mismo un poco más hombre que los demás hombres»: así lo describió bella y humorísticamente, aunque en forma involuntaria, cierto predicador contemporáneo[19].
Por lo tanto, nuevamente se divide lo que Dios ha unido: a saber, así como ya viene separado el Tabernáculo del altar de la Misa, así ahora se desgarra el único sacerdocio del Verbo de Dios y el sacerdocio de Sus Ministros consagrados.
Por último, trataremos simultáneamente de Cristo y de la Iglesia. En un solo texto, donde se trata de la “Misa sin pueblo”, como con displicencia se reconoce a la Misa en cuanto que es “acción de Cristo y de la Iglesia” (nº 4; cfr. Presb. Ord., nº 13); mientras que por el contrario en el caso de la “Misa con pueblo” no se recuerda ninguna otra finalidad sino la de hacer “memoria de Cristo” y la santificación de los presentes. «El presbítero celebrante asocia a sí mismo al pueblo al ofrecer el sacrificio por medio de Cristo a Dios Padre en el Espíritu Santo» (nº 60), en vez de asociar el pueblo a Cristo, quien se ofrece a Sí Mismo en sacrificio “por el Espíritu Santo a Dios Padre”.
Nótense en este contexto otras cosas: la gravísima omisión en las oraciones de las cláusulas “Por Cristo Nuestro Señor”, quien fue dado a la Iglesia de todos los tiempos como única garantía de ser escuchada; además, un pertinaz y ansioso “pascualismo”, como si la comunicación de las gracias no tuviese otros aspectos igualmente fecundos; también, ese “escatologismo” vesánico y peligroso, en el cual la comunicación de la gracia, que de suyo es permanente y eterna, es rebajada a meras dimensiones temporales; el “pueblo”, como pueblo en marcha, la “Iglesia peregrinante” (¡ya no más militante contra la Potestad de las tinieblas!) hacia cierto “futuro” que no está vinculado a la eternidad venidera (y que por lo mismo no depende de ella en el presente), sino que corresponde a la verdadera y propia posteridad temporal.
La Iglesia –Una, Santa, Católica, Apostólica– es humillada en cuanto tal por la fórmula de la “Plegaria Eucarística IV”, en la cual la oración del Canon Romano: “Por todos los ortodoxos y seguidores de la fe católica y apostólica” se cambia de tal modo que todos estos creyentes son sustituidos simplemente ¡por todos los que te buscan con corazón sincero!
También en el Memento de los difuntos, los muertos ya no son aquellos «que nos precedieron con el signo de la Fe y duermen el sueño de la paz», sino solamente «los que murieron en la paz de tu Cristo.» A quienes además se añade (no sin un nuevo y patente abandono de la legítima noción de la unidad y visibilidad de la Iglesia) la turba de «todos los difuntos cuya fe Tú solo conociste»
En cambio, en ninguna de las tres nuevas Plegarias Eucarísticas se hace alguna mención –como ya más arriba dijimos– sobre el estado de penas y tribulaciones de las almas en el Purgatorio; en ninguna de ellas se da lugar a que se haga un Memento los difuntos en particular. Todo lo cual enerva nuevamente la fe en la naturaleza propiciatoria y redentora del Sacrificio[20].
Aparecen otras omisiones por las cuales se degrada y desacraliza a cada paso el Misterio de la Iglesia. De ahí que ya desde el comienzo de la Misa se silencie a la Sagrada Jerarquía Apostólica al suprimir la mención de San Pedro y San Pablo; los Ángeles y santos ya no son más recordados sino de un modo genérico y por lo tanto anónimo en la segunda parte del Confiteor colectivo, mientras que en la primera parte los mismos, que serán testigos y jueces en la persona de San Miguel, no aparecen ya más de ningún modo[21].
Se esfumaron también las diversas jerarquías de los ángeles (lo que nunca acaeció antes) del nuevo Prefacio, provisto en la "Plegaria Eucarística II". En el Communicantes se elimina la memoria de los Pontífices y Santos Mártires sobre quienes está fundada la Iglesia Romana y que sin duda transmitieron y completaron las tradiciones apostólicas, de donde finalmente –sobre todo bajo la guía de San Gregorio Magno– surgió la Misa Romana. Además, en el Libera nos se suprimió la mención de la Bienaventurada Virgen María, de los Apóstoles y de todos los Santos ¿Por ventura se ha de decir que el sufragio de ellos ya no es más necesario, ni siquiera en este gravísimo momento de la historia?
Incluso la misma Unidad de la Iglesia queda oscurecida, en cuanto que en todo el Novus Ordo, incluidas las tres nuevas "Plegarias" (con la excepción del Communicantes: sólo del Canon Romano) se omiten en forma lamentable los nombres de los Apóstoles Pedro y Pablo, fundadores de la Iglesia Romana, así como también los nombres de los demás Apóstoles, que son el signo de la única y universal Iglesia, más aún, sus columnas y fundamento.
Además, se ataca evidentemente al dogma de la Comunión de los Santos cuando al sacerdote que celebra solo sin ayudante se le manda omitir todos los saludos y la Bendición final. Más aún, se prescribe omitir el anuncio “Ite, missa est"[22], incluso en la Misa que se celebra con ayudante (nº 231)
Por medio del segundo Confiteor, que decía el sacerdote solo, se demostraba claramente cómo él mismo, como ministro en representación de Cristo, profundamente inclinado se reconocía indigno de celebrar el “tremendo misterio” y más aún de ingresar al Sancta Sanctorum (en la oración Aufer a nobis); por ello, también invocaba (en la oración Oramus Te Domine) los méritos e intercesiones de los Santos Mártires, cuyas reliquias se guardaban en el altar ¡Ambas oraciones han sido abolidas! Por consiguiente, aquí también debe decirse lo mismo que dijimos más arriba sobre los dos Confiteor y la doble o distinta Comunión del sacerdote y de los fieles.
Además, son profanadas las condiciones que, como signos de una cosa sagrada, se establecían para el Sacrificio: por ejemplo, en el caso de celebración fuera de un lugar sagrado, según el Novus Ordo, el altar puede ser sustituido por una simple mesa, sin piedra consagrada, sin reliquias de Santos y cubierta por un solo mantel (nº 260, 265) Aquí vale lo que se dijo sobre la Presencia Real: en efecto, de este modo el rito pelado del “banquete” y del Sacrificio se disocia de la misma “Presencia Real” del adorable Cuerpo y Sangre de Cristo, y de los signos de esa fe.
La obra de desacralización se completa con los nuevos y toscos ritos del Ofertorio: se realza directamente la condición del pan, y no del pan ázimo; se concede la facultad de tocar los vasos sagrados (nº 244 d) a los mismos monaguillos (y también sin discriminación a los mismos laicos que se acercan a la comunión bajo ambas especies); se armará una barahúnda increíble en el templo, donde sin parar se suceden alternadamente el sacerdote, el diácono, el salmista, el comentarista (pero hasta el mismo sacerdote parece ser rebajado al grado de comentarista, ya que continuamente se lo invita a que explique lo que va a hacer), los lectores (sin excluir a las mujeres), los clérigos o laicos que aguardan a los fieles en las puertas del templo y los acompañan a sus asientos, hacen colectas, reciben y distribuyen las limosnas; y, mientras se ensalza con gran pompa a las Sagradas Escrituras, he aquí que contra la Escritura del Antiguo Testamento y contra los preceptos de San Pablo (1Cor 14,34; 1Tim 2, 11-12) se inventa una “mujer idónea”, quien por primera vez, contra la tradición de toda la Iglesia, tendrá la facultad de leer las lecturas en la Misa así como también de realizar otros «ministerios que se llevan a cabo fuera del presbiterio» (nº 70) Finalmente, aquélla exagerada y loca afición a la concelebración, la cual poco a poco hará esto: por un lado, extinguirá la interna piedad eucarística de los sacerdotes, y por otro, obnubilará la eminente figura de Cristo, Único Sacerdote y Víctima, disolviéndola en la presencia colectiva de los numerosos concelebrantes, en vez de representarla[23].

VI
Hasta aquí hemos hecho un examen sumario del Novus Ordo denunciando sus innovaciones más graves en discordancia con la teología católica de la Misa.
Las observaciones hasta aquí hechas sólo atañen a las de carácter típico; un juicio, empero, sobre las insidias del documento, sus peligros y sus elementos que son espiritual y psicológicamente destructivos, y que se encuentran sea en los textos, sea en las rúbricas e instrucciones, exigiría un trabajo más considerable de investigación. En efecto, no hemos tratado detenidamente sobre los nuevos Cánones, puesto que ya han sido pesados en la balanza por otros autores, y con argumentos no carentes de peso, tanto en cuanto a la sustancia como en cuanto a la forma. En particular, el segundo Canon[24]escandalizó de inmediato a los fieles por su excesiva y pelada brevedad. De este Canon se ha escrito, entre otras cosas, que un sacerdote sin fe en la transubstanciación y en la naturaleza sacrificial de la Misa puede usarlo con tranquilidad de espíritu para celebrar su Misa; que, por lo tanto, tal Misa también puede ser dicha sin ninguna dificultad por un ministro protestante.
El Nuevo Misal fue presentado públicamente en Roma como una “amplia compilación para uso del ministerio pastoral”, como un “texto más pastoral que jurídico”, que, por lo tanto, puede ser retocado por las Conferencias Episcopales de acuerdo a las circunstancias y al carácter de los diversos pueblos. Además, también la misma primera sección de la nueva Congregación para el Culto Divino tendrá la misión de vigilar «la edición y constante revisión» de los libros litúrgicos. En el último “Boletín de los Institutos litúrgicos de Alemania, Suiza y Austria” [25] leemos: «Los textos latinos de ahora en adelante deben ser traducidos a las diversas lenguas de los pueblos; el estilo “romano” debe ser adaptados a las Iglesias de cada lugar; lo que fue concebido como fuera del tiempo deberá ser traspuesto a las condiciones mutables de las realidades y circunstancias, atento al flujo constante de la Iglesia y de sus innumerables comunidades.»
Pero también por parte de la misma Constitución Apostólica recibió una herida mortal la lengua universal de la Iglesia (contra la voluntad solemnemente expresada en el Concilio Vaticano II) En ella, en efecto, se afirma sin ningún equívoco: «que, en tanta variedad de lenguas, una sola e idéntica oración de todos ascienda más fragante que cualquier incienso.»
De este modo, ya se decretó la muerte del idioma latino en la Liturgia. La muerte del canto gregoriano, que el mismo Concilio Vaticano II había reconocido como «propio de la Liturgia Romana» (Sacros. Conc., nº 116), mandando además que el mismo canto mantuviera «el lugar principal» (ibid.), se seguirá lógicamente en razón de la facultad concedida de elegir variados textos, sea para el Introito, sea para el Gradual.
Así pues, ya desde el comienzo se supone al nuevo rito, al que denominan pluralístico y experimental, como expuesto a la continua variación de tiempos y lugares.
Desgarrada así para todos los tiempos la unidad del culto, ¿qué será ya de aquélla unidad de la Fe, que nacía de ella, y que hasta ahora siempre se dice ser una cosa síntesis de todo, y que debe ser defendida sin equívocos?
De lo dicho es evidente que el Novus Ordo ya no quiere seguir expresando la Fe de Trento. A esta Fe, sin embargo, están vinculadas para siempre las conciencias de los católicos. Por consiguiente, después de promulgado el Novus Ordo, el verdadero católico, de cualquier condición u orden, se encuentra en la trágica necesidad de optar entre cosas opuestas entre sí.

VII
La Constitución Apostólica alude explícitamente a que en el Novus Ordo se encuentra una abundante piedad y doctrina, extraídas de las Iglesias Orientales. Pero, en realidad, cualquier fiel perteneciente al Rito Oriental se erizará, pues el espíritu del Novus Ordo se presenta no ya conforme, sino opuesto al Rito de los Orientales ¿A qué se reducen en definitiva las innovaciones introducidas con espíritu ecuménico? principalmente, a la multiplicidad de las anáforas (no, por cierto, a su nobleza ni a su complejidad), a la presencia del diácono y a la Comunión “bajo ambas especies”. Pero, por el contrario, los autores del Novus Ordo parece que han querido más bien deliberadamente omitir todos los elementos que en la Liturgia Romana ya eran realmente más cercanos a la Liturgia Oriental[26], mientras que habiendo repudiado de la antigua Misa su peculiar e inmemorable carácter Romano, despiden a los elementos más propios de éste y espiritualmente preciosos. En su lugar, se han introducido elementos por los cuales se rebaja el Rito Romano, acercándose al nivel de ciertos ritos de los Reformadores (y ni siquiera de aquellos que más se aproximan a la Fe católica) Mientras tanto los Orientales, como ocurrió luego de las más recientes innovaciones, serán alejados más y más de él.
Pero el nuevo rito complacerá, por el contrario, en sumo grado a todos aquellos grupos que, ya próximos a la apostasía, devastan a la Iglesia, ya sea manchando su cuerpo, ya sea corroyendo la unidad de su doctrina, de su moral, de su liturgia y de su disciplina. Peligro más terrible que éste nunca existió en la Iglesia.

VIII
San Pío V mandó que se publicara el Misal Romano con la finalidad de que fuese un instrumento de unidad (tal como la misma “Constitución Apostólica” de Pablo VI lo recuerda) Por medio de él, efectivamente, como lo había prescrito el Concilio de Trento, debía alejarse de los ritos cualquier peligro de error contra la Fe, atacada en aquel tiempo por los Reformados. Tan graves eran las razones que impulsaban a aquel santísimo Pontífice, que nunca aparece tan legítima y casi profética, como en el presente caso, aquélla sagrada fórmula con la que se concluye la Bula de promulgación de la Misa: «Si alguien empero presumiere atentar contra esto, sepa que habrá de incurrir en la indignación del Dios Omnipotente y de sus Bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo» (Quo primum tempore, 13 de julio de 1570)[27].
Sin embargo, de hecho algunos se han atrevido a afirmar oficialmente –al presentarse el Novus Ordo en Roma, en el Vaticano, en la sala de prensa– que las razones aducidas por el Sínodo Tridentino habían cesado.
Por el contrario, no sólo subsisten y perduran aquellas razones, sino –y esto lo afirmamos sin ninguna duda– hoy irrumpen otras inmensamente más graves. En efecto, para rechazar las insidias amenazadoras que a través de los siglos luchan contra la pureza del depósito recibido de la Fe («Guarda el depósito, evitando las profanas novedades de las palabras» 1Tim 6, 20), debió la Iglesia protegerla y defenderla mediante definiciones y pronunciamientos dogmáticos de su doctrina. Gracias a este influjo de inmediato se consolidó tanto el mismo culto, que llegó a ser el monumento más completo de la misma Fe.
Quienes hoy se empeñan en rebajar nuevamente a sus antiguas formas, de cualquier modo, al Rito Romano del culto católico (por el afán de aquel “insano arqueologismo” que ya Pío XII lúcidamente reprobó con suma oportunidad[28] –volviendo a repetir in vitro; lo que tuvo su primigenia hermosura en antigüedad– no llevan a cabo, como ya antes dijimos, sino la ruina de todas las defensas teológicas del mismo culto, a la vez que destruyen todas las bellezas acumuladas a través de los siglos[29], y esto incluso en un grave momento, más aún, quizás en el más gravísimo de todos los momentos críticos de que se tenga memoria en la historia de la Iglesia.
Hoy, en efecto, la misma autoridad suprema de la Iglesia reconoce escisiones y cismas, ya no fuera, sino dentro de la comunidad misma de los católicos[30]. La unidad de la Iglesia no sólo peligra, sino que ya se la juzga de antemano trágicamente[31]; los errores contra la Fe no sólo se insinúan, sino que por medio de los abusos y aberraciones litúrgicos –aunque públicamente señalados y reprobados– se imponen no obstante por los mismos hechos[32].
Por lo tanto, el apartarse de la tradición litúrgica, que fue por cuatro siglos signo y garantía de la unidad del culto, para sustituirla por otra nueva –que no puede no ser un signo de cisma, por las innumerables facultades implícitamente concedidas, y la cual pulula ella misma con gravísimas ambigüedades, por no decir errores manifiestos contra la pureza de la Fe Católica– nos parece, para expresar nuestra opinión más benigna, el error más monstruoso.
En la festividad de Corpus Christi, 1969.


[1] Las oraciones de nuestro Canon se hallan ya en el tratado “De los Sacramentos” (de fines de los siglos IV y V) La Misa de San Pío V o Tridentina toma su inicio en aquellos tiempos, en los cuales se desarrolló por primera vez a partir de la antigua liturgia común sin sufrir luego mutaciones esenciales. Conserva aún el carácter de aquella liturgia primigenia que floreció en aquellos días en que los Césares Romanos gobernaban el mundo y esperaban llegar a extinguir la fe cristiana; son aquellos tiempos en los cuales nuestros padres se congregaban antes de la aurora para cantar un himno a Cristo Dios (cfr. Plinio el joven, Ep. 96) En toda la Cristiandad no se posee un rito tan venerable como la Misa Romana (A. FORTESCUE) El Canon Romano, tal cual hoy existe, se remonta San Gregorio Magno. Tanto en Oriente como en Occidente no se encuentra ninguna oración Eucarística vigente hasta nuestros tiempos, que esté dotada de tanta antigüedad. Si la Iglesia Romana excluyera este Canon, no sólo los ortodoxos sino también los anglicanos y los mismos protestantes que de algún modo aprecian aún la tradición juzgarían que la misma Iglesia Romana ha abdicado el derecho y su propio deber de representar a la verdadera Iglesia Católica (P. LOUIS BOYUER).
[2] En una nota se remite a dos textos del CONCILIO VATICANO II. En realidad, quien lee estos dos textos no encuentra allí ninguna prueba de tal definición. El primero (del Decreto PRESBYTERORUM ORDINIS, nº 5) , dice así: «Los presbíteros son consagrados por Dios, siendo ministro el Obispo, para que, hechos en forma especial partícipes del Sacerdocio de Cristo, al celebrar los oficios sagrados actúen como ministros de Aquél que en la Liturgia ejerce constantemente, por obra del Espíritu Santo, su ministerio sacerdotal en favor nuestro. Sobre todo, por la celebración de la Misa ofrecen sacramentalmente el Sacrificio de Cristo.»
Por su parte, el otro texto al cual se remite (de la Constitución SACROSANCTUM CONCILIUM, nº 33) se expresa así: «En efecto, en la Liturgia, Dios habla a su pueblo; Cristo sigue anunciando su Evangelio. En cuanto al pueblo, responde a Dios sea con sus cantos sea con su oración. Más aún, las oraciones que dirige a Dios el sacerdote –que preside la asamblea representando a Cristo– se dicen en nombre de todo el pueblo santo y de todos los circunstantes.» Es imposible comprender cómo de estas palabras se haya podido sacar aquella definición. Advertimos además acerca de la gravísima corrupción por la cual en esa definición de la Misa se modifican las palabras de la definición del mismo CONCILIO VATICANO II (Presb. Ord. n. 5): «Es, por consiguiente, la Sinaxis Eucarística el centro de la asamblea de los fieles.» Suprimida fraudulentamente la palabra ‘centro’ de la asamblea, en el Novus Ordo el término ‘asamblea’ usurpó sin más el lugar principal de aquélla.
[3] El CONCILIO DE TRENTO sancionó así la Presencia Real Eucarística: «Primeramente, el Santo Sínodo enseña y confiesa abierta y simplemente que en el nutricio Sacramento de la Santa Eucaristía, después de la consagración del pan y del vino se contiene verdadera, real y substancialmente (canon I) Nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y hombre, bajo la apariencia de aquellas cosas sensibles»
En la SESIÓN XXII, que atañe directamente a nuestro asunto (“Sobre el Santísimo Sacrificio de la Misa”), la doctrina definida (DB 937a -956) está luminosamente contenida en nueve cánones.
1º: La Misa es un Sacrificio verdadero y visible –y no una representación simbólica– «por el cual se representa aquel sacrificio cruento que hubo de realizarse una sola vez en la Cruz (...) y se aplica su fuerza salvadora para la remisión de los pecados que diariamente cometemos.» (DB 938)
2º: Jesucristo Nuestro Señor, «declarándose a sí mismo Sacerdote constituido para la eternidad según el orden de Melquisedec (Ps. 109, 4), ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y de vino y bajo los símbolos de esas mismas cosas los dio a sus Apóstoles (a quienes entonces constituía sacerdotes del Nuevo Testamento) para que los tomaran, y a ellos mismos y a sus sucesores en el sacerdocio les mandó que los ofrecieran por medio de estas palabras: «Haced esto en conmemoración mía.» (Lc 22, 19; 1Cor 11,24), como siempre lo entendió y enseñó la Iglesia Católica» (DB ibid.) El celebrante, el oferente, el sacrificador es el sacerdote, para eso consagrado, pero no el pueblo de Dios, la asamblea. «Si alguien dijere que con aquellas palabras: «Haced esto en conmemoración mía.» (Lc 22,19; 1 Cor 11,24) que Cristo no instituyó sacerdotes a los Apóstoles o que no los ordenó, para que ellos y los otros sacerdotes ofrecieran su cuerpo y sangre, sea anatema.» (Canon 2; DB 949)
3º: El Sacrificio de la Misa es un verdadero sacrificio propiciatorio, y no “una mera conmemoración del sacrificio realizado en la cruz.”
«Si alguien dijere que el Sacrificio de la Misa es sólo de alabanza y de acción de gracias o una mera conmemoración del sacrificio realizado en la cruz, pero no propiciatorio; o que sólo aprovecha al que lo recibe y que no debe ser ofrecido por los vivos y difuntos, por los pecados, penas, satisfacciones y otras necesidades, sea anatema.» (Canon 3; DB 950)
Recuérdense además. el canon 6: «Si alguien dijere que el Canon de la Misa contiene errores, y que por lo tanto debe ser abrogado, sea anatema.» (DB 953); y el canon 8: «Si alguien dijere que las Misas en las cuales sólo el sacerdote comulga sacramentalmente son ilícitas y que por lo tanto deben ser abrogadas, sea anatema.» (DB 955)
[4] Apenas es necesario advertir que si se negase un solo dogma definido, ipso facto se derrumbarían todos los dogmas, porque se hundiría entonces el principio mismo de la infalibilidad del Magisterio Apostólico, incluso el supremo y solemne, sea del Romano Pontífice, sea del Concilio Ecuménico.
[5] Se debería añadir también la Ascensión si alguien quisiera retomar aquella oración Unde et Memores. En este texto, sin embargo, no se expresaba una cierta agrupación equivalente de vocablos, sino una clara y sutil distinción: «de tan bienaventurada Pasión, como también de la Resurrección de entre los muertos y también de la gloriosa Ascensión al cielo.» La Pasión se conmemoraba por sí misma y por la fuerza de la misma Misa; la Resurrección y Ascensión se presentaban añadidas, por la conexión de la fe.
[6] De igual modo se cambia la fuerza de la significación también en los tres nuevos Cánones, en los que sorpresivamente se eliminan por completo el peculiar Memento de los muertos y la mención de los sufrimientos de las almas de los fieles difuntos en el purgatorio por las cuales siempre y universalmente se aplicaba el Sacrificio satisfactorio.
[7] Véase la encíclica MYSTERIUM FIDEI, donde Pablo VI condena no sólo los errores del simbolismo sino también las nuevas teorías inventadas de la “transsignificación” y de la “transfinalización”: «los que tanto insisten en el valor del signo como si el simbolismo, que nadie niega existe con toda certeza en la Santísima Eucaristía, expresase y agotase toda la medida de la presencia de Cristo en este Sacramento, o que hablan sobre el misterio de la transubstanciación sin hacer mención alguna de la admirable conversión de toda la sustancia del pan en el cuerpo y de toda la sustancia del vino en la sangre de Cristo, según se expresa el Concilio de Trento, de tal manera que consista sólo en las que llaman “transsignificación” y “transfinalización” (A.A.S., LVII, 1965, p. 775).
[8] En la encíclica MYSTERIUM FIDEI profusa y extensamente se refuta y condena la introducción de modos nuevos de hablar o locuciones que, aunque aparezcan en textos de los Santos Padres y de los Concilios y en documentos del Sagrado Magisterio, se los emplea en un sentido común y unívoco, sin subordinarlos a la doctrina sustancial, de la cual, pues, no pueden separarse (por ejemplo, “alimento espiritual”, “comida espiritual”, “bebida espiritual”, etc.) Pablo VI previene: «Guardada la integridad de la Fe, conviene también que se observe un apropiado modo de hablar, no sea que al usar nosotros palabras impropias, surjan falsas opiniones, ¡lo que no suceda!, sobre la Fe en cosas altísimas.» Cita a SAN AGUSTÍN: «Pero nosotros conviene que hablemos según una regla cierta, para que la licencia en las palabras no genere una opinión impía incluso de las cosas que por ellas se significan» (La Ciudad de Dios, X, 23, PL 41, 300). Y continúa diciendo: «Por lo tanto, la regla de hablar, que la Iglesia introdujo en una larga elaboración de siglos y no sin la protección del Espíritu Santo, y que luego confirmó con la autoridad de los Concilios y que más de una vez fue contraseña y estandarte de la Fe ortodoxa, debe ser conservada santamente y nadie presuma cambiarla por capricho o con el pretexto de una ciencia nueva. De igual modo, no debe tolerarse que cualquiera pretenda derogar por propia voluntad las fórmulas con las cuales el Concilio de Trento propuso para creer el Misterio Eucarístico» (A.A.S., LVII, 1965, p. 758)
[9] Esto contradice abiertamente lo que prescribe el Concilio Vaticano II (Sacrosanctum Concilium, nº 48)
[10] Una sola vez (nº 259) se reconoce su función principal: «El altar, en el cual se realiza el sacrificio de la cruz presente bajo los signos sacramentales.» Pero aún esto no parece ser suficiente para eliminar las ambigüedades del otro término, que, por el contrario, reaparece constantemente.
[11] “Separar el Tabernáculo del altar sería lo mismo que separar dos cosas que por su origen y naturaleza deben permanecer unidas” (Pío XII; Alocución al 18-23 Congreso Internacional Litúrgico, celebrado en Roma y Cf. Asís, 18-23 de septiembre de 1956). Véase también la encíclica Mediator Dei, I, 5 (cfr. más adelante, nota. 28).
[12] Rara vez se utiliza en el Novus Ordo la palabra ‘hostia’, que es tradicional en los libros litúrgicos y que se emplea con su sentido propio de ‘víctima’. Y esto responde perfectamente a aquella intención habitual, que en el mismo Novus Ordo procura poner en evidencia únicamente los aspectos de ‘Cena’ y de ‘comida’.
[13] Suele ocurrir que se trueque una cosa por la otra. Y de ahí que falsamente se equipare la Presencia Real Eucarística con la presencia en la palabra (nº 7; 54) Pero, sin embargo, esta otra presencia es realidad de una naturaleza totalmente diversa, ya que sólo existe en el uso; aquélla, en cambio, se da estable y objetivamente, incluso independientemente de todo uso o comunión sacramental. Estas fórmulas son propiamente de los protestantes: «Dios habla a su pueblo. Cristo por su palabra está presente en medio de los fieles»(nº 33; cfr. Sacros. Conc., nos. 33 y 7); lo cual hablando con propiedad, no dice nada, puesto el que la presencia de Dios en la palabra es mediata y está conectada a un acto del espíritu ya la condición espiritual del sujeto e igualmente circunscrita en el tiempo. Este error tiene gravísimas consecuencias: en efecto, afirma o insinúa la opinión de que la Presencia Real Eucarística está conectada sólo al uso y se acaba junto con el uso.
[14] La “acción sacramental” instituida por Cristo es presentada en este Novus Ordo como producida cuando Cristo dio a sus Apóstoles su Cuerpo y Sangre bajo las especies del pan y del vino, “para que comieran”; y no en la acción misma de la doble consagración y en la separación mística del Cuerpo y Sangre, que se produce por esa misma consagración: en lo cual se tiene la esencia del Sacrificio Eucarístico (cfr. Pío XIIMediator Dei, todo el capítulo I de la segunda parte : “Del Culto Eucarístico”).
[15] Las palabras de la Consagración, por el modo como se insertan en el contexto del Novus Ordo pueden ser válidas por la eficacia subjetiva de la intención del ministro. Pero pueden no ser válidas, en cuanto que ya no son tales por la fuerza misma de las palabras, o más exactamente, por la virtud objetiva del modo de significar que tenían hasta ahora en la Misa. Por lo cual, los sacerdotes que en un futuro próximo no habrían sido instruidos conforme a la doctrina tradicional y quienes simplemente se fiarán del Novus Ordo con la intención de “hacer lo que hace la Iglesia”, ¿consagrarán en realidad válidamente? Es lícito dudar de ello.
[16] No se diga, según el modo de proceder de los protestantes –como nadie ignora– en su método crítico, que estas palabras pertenecen al mismo texto de la Sagrada Escritura. Pues la Iglesia siempre evitó el yuxtaponer estos textos, de manera de disipar toda confusión entre las diversas cosas y verdades que estos textos expresan.
[17] Contra los luteranos y calvinistas, que afirman que todos los cristianos son sacerdotes, y que, por lo tanto, ofrecen la cena, cfr. Concilio de Trento, Sesión XII canon 2. Sobre ello, dice A. TANQUEREY en “Sinopsis de teología dogmática”, t. III, Desclée, 1930: «Todos los sacerdotes y sólo ellos son, propiamente hablando, ministros secundarios del Sacrificio de la Misa. Cristo es, ciertamente, el ministro principal. Los fieles sólo mediatamente, pero no en sentido estricto, ofrecen por medio de los sacerdotes.»
[18] Adviértase una increíble innovación que conmocionará espiritualmente los ánimos de los fieles. El Viernes Santo, en la Parasceve, las vestiduras sacras serán de color rojo (nº 308 b), y no negras o, al menos, violetas. Lo cual alude más bien a la conmemoración de algún santo mártir antes que al luto de toda la Iglesia por la muerte de su divino Fundador (cfr. encíclica “Mediator Dei”, 1,5; ver más adelante, nota 28).
[19] P. ROGUET, O. P., a las Hermanas Dominicas de Betania de Plessis-Chenet.
[20] En ciertas versiones del Canon Romano se traduce el «lugar del refrigerio, de la luz y de la paz» como un simple estado (“beatitud, luz, paz”) ¿Qué decir ahora de la omisión de toda mención explícita a la Iglesia purgante?
[21] En medio de la fiebre tan grande por abreviarlo todo, sólo hay un caso de amplificación, a saber, la palabra ‘omisión’ que se añade en la confesión de los pecados, al recitar el Confiteor.
[22] En una charla pública con los periodistas, a quienes se presentaba el Novus Ordo, el P. LECUYER, profesando una cierta fe y una razón totalmente empirista más bien que teológica, recomendó que en la “Misa sin pueblo” se cambiaran los saludos en “Dominus te-cum”“ora frater”, «a fin de que no haya nada que no coincida con la verdad.» ¿Acaso el acólito al responder no representa al “pueblo de Dios” igual que el sacerdote, al celebrar, ora a Dios por ese mismo “pueblo de Dios”?
[23] En atingencia a este asunto, señalamos que no parece ilícito que los sacerdotes asistentes a una concelebración, si estuvieren obligados a celebrar solos antes o después de la concelebración, reciban por segunda vez la comunión eucarística bajo ambas especies también durante la misma concelebración.
[24] Algunos han intentado ineptamente demostrar que este Canon es el “Canon de San Hipólito”, cuando este Novus Ordo conserva la reminiscencia de sólo algunas palabras de ese antiguo canon.
[25] Gottesdienst”, nº 9, 14 de mayo de 1969.
[26] Para recordar sólo una, la Liturgia Bizantina, piénsese en las elocuentísimas, instantes y reiteradas le oraciones penitenciales; en los ritos solemnes con los que el sacerdote y el diácono revisten sus ornamentos; en la preparación de las ofrendas en la proscomidia, que ella misma constituye ya de suyo un rito aparte; en la presencia constante en las oraciones y hasta en las ofrendas de la Bienaventurada Virgen María, de los Santos, de la jerarquía angélica (que en la Entrada con el Evangelio es evocada realmente como concelebrante en forma invisible y cuya representación asume la schola cantorum en el Cherubicon); piénsese en la iconostasis, por la cual se separan netamente el santuario del templo, el clero del pueblo; en la consagración a ocultas, que es un símbolo del Misterio del Dios Invisible, al que alude también toda la Liturgia; piénsese además en la ubicación del sacerdote celebrante, que está de pie vuelto hacia Dios y nunca cara al pueblo; en la Comunión administrada siempre sólo por el sacerdote; en los frecuentes y profundos signos de adoración exhibidos ante las Sagradas Especies; en la actitud verdaderamente contemplativa del pueblo. Y estas liturgias, también en las formas que implican menor solemnidad, se prolongan por más de una hora, y las frecuentes definiciones (como “tremenda e inenarrable liturgia”; “tremendos, celestes y nutricios misterios”), que allí se encuentran, manifiestan con suficiente claridad la dicha mentalidad. Nótese finalmente que en la divina Liturgia, sea en la de San Juan Crisóstomo como en la de San Basilio, aparece claramente que el término “cena” o “convivio” está subordinado al de “sacrificio”, de igual modo como estaba en la Misa Romana.
[27] En la SESIÓN XIII (Decreto sobre la Santísima Eucaristía), el CONCILIO DE TRENTO manifiesta que ésta el su intención «que se arranque de raíz la cizaña de los execrables errores y cismas que el hombre enemigo sembró abundantemente (Mt. 13,25 ss.) en la doctrina de la Fe, en el uso y en el culto de la Sacrosanta Eucaristía a la cual, por lo demás, nuestro Salvador dejó en su Iglesia como símbolo de su unidad y caridad, con la que quiso que todos los cristianos estuvieran unidos y asociados entre sí.» (D. 873 a; D- S 1635)
[28] «El retornar con la mente y el espíritu a las fuentes de la sagrada Liturgia es ciertamente una cosa sabia y muy laudable, ya que el estudio de esta disciplina, remontándose a sus orígenes, contribuye no poco a investigar más profunda y diligentemente el significado de las festividades y el sentido de las fórmulas en uso en las sagradas ceremonias; sin embargo, no es sabio ni laudable el hacer volver todas las cosas de cualquier modo a la antigüedad. Así pues, para usar ejemplos, se apartaría del buen camino quien quiera devolver al altar su arcaica forma de mesa; quien quiera que las vestiduras litúrgicas carezcan siempre del color negro; quien prohíba en los templos las imágenes y estatuas sagradas; quien ordene que las imágenes del divino Redentor crucificado sean modeladas de tal forma que su cuerpo no reproduzca los acerbísimos suplicios que padeció. En efecto, esta forma de pensar desea revivir aquella exagerada e insana pasión por las antigüedades, provocada por el ilegítimo concilio de Pistoya, e igualmente se esfuerza por restablecer los múltiples errores que fueron la causa por qué se reunió ese mismo conciliábulo, y los que de allí se siguieron no sin gran detrimento de las almas, y a los cuales la Iglesia que está siempre como guardián vigilante del “depósito de la Fe” que le fuera confiado por su Divino Fundador, reprobó con toda razón y justicia.» (Pío XII: encíclica MEDIATOR DEI, 1,5)
[29] Pero que a nadie engañe la opinión según la cual el edificio de la Iglesia, que ha sido convertido en un magnífico, amplio y augusto templo para la gloria de la Divinidad, debe ser reducido a sus exiguas dimensiones de la antigüedad, como si únicamente esta forma de indigencia fuese la verdadera y legítima" (PABLO VI: encíclica ECCLESIAM SUAM)
[30] «Un fermento prácticamente cismático divide, subdivide, despedaza a la Iglesia» (PABLO VI: Homilía del Jueves Santo, 1969)
[31] «Hay también entre nosotros aquellos 'cismas', aquellas 'escisiones' que la primera carta de San Pablo a los Corintios, hoy nuestra lectura instructiva, denuncia dolorosamente» (PABLO VI: ibid.)
[32] Es sabido por todos que hoy niegan el Concilio Vaticano II aquellos mismos que en otro tiempo se atribuían su paternidad; quienes, después de haber declarado el Sumo Pontífice en la conclusión del Concilio que nada se había cambiado en él, salieron del Concilio con la deliberada intención de destrozar en el acto su aplicación, interpretándolo por cuenta propia lo contenido en los textos auténticos. Se debe lamentar que la Sede Apostólica haya actuado con tal precipitación –juzgada inexplicable por muchos–, lo cual permitió, más aún exhortó, bajo la guía del “Consejo para la Ejecución de la Constitución de la Sagrada Liturgia”, a una infidelidad de día en día creciente al Concilio. Infidelidad, que partiendo de aspectos sólo en apariencia meramente formales (como son la lengua latina, el canto gregoriano, la abrogación de venerables ritos, etc.) se extendió a los aspectos sustanciales que ahora han sido sancionados también en el mismo Novus Ordo. Más perniciosamente quizás en lo que respecta a las almas de los fieles las terribles calamidades que hemos intentado interpretar repercutieron incluso contra la disciplina y el mismo Magisterio eclesiástico, habiéndose debilitado de un modo terrible, junto con la autoridad, también la debida docilidad a la Sede Apostólica.

Antecedente ver aquí (haz clic): 

CARTA A PABLO VI QUE ACOMPAÑABA AL BREVE EXAMEN CRÍTICO DEL NOVUS ORDO MISSAE