jueves, 21 de abril de 2011

JUEVES SANTO: INSTITUCIÓN DE LA EUCARISTÍA

*Recordamos que mañana -Viernes Santo- obliga gravemente el ayuno y la abstinencia
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La cena del Señor y el lavatorio de pies    

Entre todas las obras memorables que obró nuestro Salvador en este mundo, una de las más dignas de perpetua recordación es aquella postrera cena que cenó con sus discípulos. Donde no solamente se cenó aquel cordero figurativo que mandaba la ley, sino el mismo Cordero sin mancilla, que era figurado por la ley.

En el cual convite resplandece primeramente una maravillosa suavidad y dulzura de Cristo, en haber querido asentarse a una mesa con aquella pobre escuela, que es con aquellos pobres pescadores, y juntamente con el traidor que lo había de vender, y comer con ellos en un mismo plato. Resplandece también una espantosa humildad, cuando el Rey de la gloria se levantó de la mesa, y ceñido con un lienzo a manera de siervo, echó agua en un baño, y postrado en tierra, comenzó a lavar los pies de los discípulos, sin excluir de ellos al mismo Judas que lo había vendido. Y resplandece sobre todo esto una inmensa liberalidad y magnificencia de este Señor, cuando a aquellos primeros sacerdotes, y en aquellos a toda la Iglesia, dio su sacratísimo cuerpo en manjar, y su sangre en bebida: para que lo que había de ser el día siguiente sacrificio y precio inestimable del mundo, fuese nuestro perpetuo viático y mantenimiento, y también nuestro sacrificio cotidiano.

Mas ¿quién podrá explicar los efectos y virtudes de este nobilísimo sacramento? Porque con él por una manera maravillosa es unida el ánima con su esposo, con él se alumbra el entendimiento, avívase la memoria, enamórase la voluntad, deléitase el gusto interior, acreciéntase la devoción, derrítense las entrañas, ábrense las fuentes de las lágrimas, adorméscense las pasiones, despiértanse los buenos deseos, fortaléscese nuestra flaqueza, y toma con él aliento para caminar hasta el monte de Dios. Oh maravilloso sacramento, ¿qué diré de ti? ¿Con qué palabras te alabaré? Tú eres vida de nuestras ánimas, medicina de nuestras llagas, consuelo de nuestros trabajos, memorial de Jesucristo, testimonio de su amor, manda preciosísima de su testamento, compañía de nuestra peregrinación, alegría de nuestro destierro, brasas para encender el fuego del divino amor y prenda y tesoro de la vida cristiana.

¿Qué lengua podrá dignamente contar las grandezas de este Sacramento? ¿Quién podrá agradecer tal beneficio? ¿Quién no se derretirá en lágrimas, viendo a Dios corporalmente unido consigo? Faltan las palabras y desfallece el entendimiento, considerando las virtudes de este soberano misterio: mas nunca debe faltar en nuestras ánimas el uso, el agradecimiento de él.

La Oración del Huerto

Acabada, pues, la sacratísima cena y ordenados los misterios de nuestra salud, abrió el Salvador la puerta a todas las angustias y dolores de su pasión, para que todos viniesen a embestir sobre su piadoso corazón, para que primero fuese crucificado y atormentado en el ánima y luego lo fuese en su misma carne. Y así dicen los evangelistas que tomó consigo tres discípulos suyos de los más amados, y comenzando a temer y angustiarse, díjoles aquellas tan dolorosas palabras: Triste está mi ánima hasta la muerte; esperádme aquí, y velad conmigo. Y Él, apartándose un poco de ellos, fuese a hacer oración: para enseñarnos a recorrer a esta sagrada áncora todas las veces que nos halláremos cercados de alguna grave tribulación. Y la tercera vez que oró, fue tan grande la agonía y tristeza de su ánima, que comenzó a sudar gotas de sangre, que corrían hasta el suelo, y a decir aquellas palabras: Padre, si es posible, traspasa este cáliz de mí.

Considera, pues, al Señor en este paso tan doloroso, y mira como representándosele allí todos los tormentos que había de padecer, y aprehendiendo perfectísimamente con aquella imaginación suya nobilísima tan crueles dolores como se aparejaban para el más delicado de los cuerpos, y poniéndosele delante todos los pecados del mundo, por los cuales padecía, y el desagradecimiento de tantas ánimas que ni habían de reconocer este beneficio, ni aprovecharse de este tan grande y tan costoso remedio, fue su ánima en tanta manera angustiada, y sus sentidos y carne delicadísima tan turbados, que todas las fuerzas y elementos de su cuerpo se destemplaron, y la carne bendita se abrió por todas partes y dio lugar a la sangre que manase por toda ella hasta correr en tierra. Y si la carne, que de sola recudida padecía estos dolores, tal estaba, ¡qué tal estaría el ánima que derechamente los padecía.

Testigos de esto fueron aquellas preciosas gotas de sangre que de todo su sacratísimo cuerpo corrían: porque una tan extraña manera de sudor como éste, nunca visto en el mundo, declara haber sido éste el mayor de todos los dolores del mundo, como a la verdad lo fue. Pues, oh Salvador y Redentor mío, ¿de dónde a ti tanta congoja y aflicción, pues tan de voluntad te ofreciste por nosotros a beber el cáliz de la pasión?

Esto hiciste, Señor, para que mostrándonos en tu persona tan ciertas señales de nuestra humanidad, nos firmases en la fe, y descubriéndonos en ti este linaje de temores y dolores, nos esforzases en la esperanza, y padeciendo por nuestra causa tan terribles tormentos como aquí padeciste, nos encendieses en tu amor.

Fray Luis de Granada.
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miércoles, 20 de abril de 2011

SUFRIMIENTOS MORALES DE CRISTO DURANTE SU PASIÓN por el Cardenal Newman



Profundo escrito del cardenal John Henry Newman que párrafo a párrafo va in crescendo para eclosinar finalmente en la reflexión de los terribles sentimientos y dolores morales que padeció Nuestro Señor Jesucristo al tomar sobre sí todos los pecados cometidos por la humanidad. Es común la reflexión sobre los dolores físicos de nuestro Redentor, en cambio, pocas veces se habla de lo que fue aún mayor: sus terribles sufrimientos morales para redimirnos.


Cada uno de los episodios de la vida de Nuestro Señor y Sal­vador es de tan insondable profundidad que nos proporciona in­agotable materia de contemplación. Todo lo que concierne y se re­fiere a Dios es infinito, y lo que percibimos primeramente es sólo lo superficial de aquello que tiene su comienzo y término en la eternidad. Sería presuntuoso para cualquiera, salvo para santos y Doctores, pretender comentar las palabras y los hechos del Salva­dor, a no ser en la forma de meditación. Sin embargo la medita­ción y la oración mental son de tal manera un deber para aquellos que desean alimentar su fe verdadera en Dios, que se nos per­mite amados hermanos míos en Jesucristo, y guiados por los san­tos que nos han precedido, discurrir y explayarnos en estos temas que de no ser así, deberíamos más adorar que escudriñar. Ciertas épocas del año, especialmente la de Pasión, nos induce a que consideremos cuidadosa y minuciosamente aquellos pasajes del Evangelio considerados como los más sagrados. Preferiría que se me tildase de poco firme u oficioso en mis comentarios del Evangelio, antes que de ajeno a este tiempo de la Pasión. Ahora, pues, prosigo, aunque cualquier otro predicador individualmente pueda abstenerse de hacerlo, encauzando vuestros pensamientos hacia un tema, acerca del cual pocos de nosotros meditamos, y que es adecuadísimo para esta época; me refiero a los sufrimien­tos que padeció Nuestro Señor en su inmaculada e inocente alma.

Bien sabéis, hermanos míos en Jesucristo, que Nuestro Señor y Salvador, aunque era Dios, era también verdadero hombre; y por lo tanto poseía no solamente un cuerpo, sino también un alma como la nuestra, aunque, claro es, exenta de toda mácula. Je­sucristo no tomó el cuerpo sin alma. ¡Dios no lo permitiera! por­que entonces no hubiera sido verdadero hombre. Pues ¿cómo hu­biera podido santificar nuestra naturaleza, si tomaba otra que no fuera la nuestra? El hombre sin alma es como las bestias de los campos; pero Nuestro Señor vino al mundo para salvar a la especie humana que es capaz de adorarlo y obedecerlo, poseído de inmortalidad, aunque ésta hubiera perdido su bendición pro­metida. El hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, y esa imagen está en su alma; luego cuando su Hacedor, por una condescendencia inefable, se revistió de nuestra naturaleza, tam­bién tornó un alma que estuviera de acuerdo con el cuerpo, alma que fuera el medio de su unión con el cuerpo; Tomó en primer lugar el alma y luego el cuerpo humano, ambos a la vez, pero en este orden: el alma y el cuerpo. Dios mismo creó el alma que había de tomar para sí, mientras que su cuerpo lo tomó de la carne de la Bendita Virgen María, su madre. De este modo es como Dios se convirtió en hombre perfecto, con cuerpo y alma; y por eso se revistió de un cuerpo de carne y con nervios, y no sólo tomó un cuerpo de carne y nervios que admitiese las heridas y la muerte, y fuese capaz de sufrimientos, sino también un alma susceptible de estos sufrimientos, y aún más, susceptible de las penas y amar­guras propias del alma humana, por lo que, así como su cuerpo sufrió la Pasión expiatoria, así también la sufrió su alma.

Mientras estos solemnes días van transcurriendo, nos de­tendremos, especialmente, hermanos míos en Jesucristo, a consi­derar los sufrimientos corporales de la prisión de Jesús, su pere­grinación ante los jueces, sus golpes y heridas, sus azotes, la corona de espinas, los clavos, la Cruz. Todo esto está compen­diado en el Crucifijo que pende ante nuestra vista: todo esto está representado en su sacrosanta carne, pendiente de la Cruz, y al verlo se nos facilita la meditación. Pero con los sufrimientos de su alma ocurre de modo muy distinto. Esos sufrimientos no podemos representarlos ni investigarlos debidamente: se hallan muy por encima de todo sentimiento y pensamiento; y sin em­bargo se anticiparon al sufrimiento de su cuerpo. La agonía, sufrimiento del alma, no del cuerpo, fue el primer paso de su tremendo sacrificio: “Mi alma siente angustia de muerte”, nos dijo Jesús. Es más, todo lo que padecía en su cuerpo también lo padecía en su alma; y de este modo es como el cuerpo no era más que el conducto por el cual se vertían todos sus sufrimientos al verdadero centro de su pasión, que era su alma. Debemos de insis­tir en este hecho: os afirmo que no era (principalmente) el cuerpo el que sufría, sino el alma en el cuerpo; era el alma y no el cuerpo el centro de los sufrimientos del Verbo Eterno. Consideremos, entonces, que no existe pena en realidad, aunque haya un sufrimiento aparente, cuando se carece de sensibilidad interna o espiritual, ver­dadero centro o núcleo del sentir. Un árbol, por ejemplo, tiene vida, órgano, crece y decae, puede ser dañado e inutilizado; se seca y muere, pero no sufre, porque no tiene espíritu, ni prin­cipio sensitivo. Más donde existe este don del principio inmate­rial, es posible el dolor, siendo éste mayor en proporción a la cali­dad de dicho don. Si careciéramos de espíritu, sentiríamos lo que siente un árbol; si careciéramos de alma racional, no sentiríamos el dolor más de lo que lo siente el bruto, pero siendo hombres sen­timos el dolor como solamente lo sienten aquellos que poseen al­ma racional.
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Por esto, afirmo que los seres vivientes sienten de acuerdo al espíritu que los anima; el bruto siente mucho menos que el hombre, al no poder reflexionar acerca de lo que siente y al carecer de conciencia directa de sus sufrimientos. Por ende, el dolor es una prueba tan penosa que no podemos apartar el pen­samiento de él, mientras nos acosa. Flota ante nosotros, se po­sesiona de nuestro espíritu, se adueña de nuestros pensamientos para fijarlos en sí. Si logramos distraer la mente, parece que el do­lor se amortigua; por eso los amigos tratan de entretenernos cuando el dolor nos atormenta, porque el entretenimiento es dis­tracción. Este método suele dar buen resultado, cuando nos aque­ja un dolor leve, llegando hasta la insensibilidad del dolor mismo aún cuando suframos. Sucede generalmente que durante ejerci­cios violentos, o en el trabajo, los hombres se golpean o hieren de consideración, atestiguando la profundidad de sus heridas el sufrimiento que deben haber sentido en el momento de produ­círselas, aun cuando nada recuerden de ello. También en el fragor de la lucha los combatientes se infligen heridas que no se advier­ten por el dolor que les producen sino por la pérdida de sangre que experimentan.
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Un dolor persistente se torna intolerable
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Os demostraré muy pronto, hermanos en Jesucristo, cómo aplicaré lo que os acabo de exponer a los sufrimientos de Nues­tro Señor; pero primero quiero haceros otra observación: pode­mos soportar un instante de dolor, pero éste, si persiste, se torna intolerable. Tal vez llegaríais a exclamar que no podríais sopor­tar más; por eso los pacientes quisieran detener la mano del ci­rujano solamente porque éste les causa un sufrimiento continua­do; con esto digo que no es la intensidad lo que hace insoportable el dolor, sino su persistencia. ¿Acaso no son verdaderos filos de dolor el recuerdo de los momentos precedentes que actúan agu­damente sobre el doliente? Si el tercer, cuarto o vigésimo instante de dolor pudiera olvidarse, no existiría más que el primer momen­to, llevadero por ende, salvo el choque producido por ese primer dolor; pero lo que lo torna en insufrible es precisamente que es el vigésimo; pues, el primero, segundo, tercer momento hasta llegar al decimonono instante de dolor se concentran en el vigésimo; por eso cada instante adicional tiene toda la fuerza, la creciente fuerza, de todos los que le han precedido. Esta es la causa por la que los brutos parecen sentir tan poco el dolor, por carecer de reflexión y de conciencia. Ignoran su existencia, no reflexionan acerca de sí mismos, no miran ni al pasado ni hacia el futuro, pues cada ins­tante a medida que va sucediendo comprende su todo; camina por la superficie de la tierra, viendo esto o aquello, sufriendo las pe­nas, gozando en las alegrías, tomando las cosas como son y aban­donándolas luego, como les acontece a los hombres cuando sueñan. Tienen memoria, pero no memoria de ser racional. Reciben sensa­ciones particulares, pero no llegan a ejecutar nada por propia ini­ciativa, pues su capacidad no les permite reunir los elementos del que brotaría la consecuencia. Nada es para los animales ni reali­dad ni substancias, a no ser las sensaciones; aunque perciben suce­sivamente todas y cada una de sus impresiones. De esta manera es como, a semejanza de sus otros sentidos, el que percibe el dolor no es más que débil y oscuro, a pesar de su manifestación exterior. Lo que otorga especial poder y agudeza al dolor es la compresión intelectual del mismo, como difusión total a través de sucesivos momentos, y solamente el alma, que no posee el bruto, es capaz de aquella comprensión.
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Ahora bien, apliquemos todo esto a los sufrimientos de Nues­tro Señor. ¿Recordáis cuando se le ofreció vino mezclado con mirra, en el instante de su crucifixión? No quiso beberlo. ¿Por qué? Porque tal bebida habría adormecido su mente, y Cristo es­taba decidido a sufrir el dolor en toda su amargura. Sacad en con­clusión de todo esto, amados hermanos míos, el carácter de aque­llos sufrimientos. Jesús gustosamente hubiera escapado de ellos si hubiese sido la voluntad de su Padre: “Si es posible —dijo— aparta de mí este cáliz”, pero dado que no era posible, explica cal­mosamente y decididamente al Apóstol que quería salvarle de esos sufrimientos: “El cáliz que mi Padre me ha dado ¿no he de be­berlo?” Si tenía que sufrir, Él mismo se entregaría al sufrimiento. Cristo no vino a sufrir lo menos posible, ni a desviarse del su­frimiento, sino que lo enfrentó, y lo acometió, para que hasta la más pequeña porción de dolor cumpliera su cometido causán­dole la debida impresión. Y así como los hombres son superio­res a los animales y el dolor les afecta más que a éstos, ya que poseen inteligencia que les capacita para el dolor, lo que es imposible en el caso del bruto; así de la misma manera Nuestro Señor padeció el dolor corporal con tal observación y conciencia, y por ende con tan aguda intensidad, con tal unidad y percepción, que ninguno de nosotros puede ni rastrear ni mucho menos alcan­zarlo. Y esto era así porque su alma estaba absolutamente en su poder, y tan simplemente dueño de su atención, tan entregada al dolor y a la pena, tan absolutamente subordinada, tan sujeta al sufrimiento, que bien se puede decir que sufrió la totalidad de su pasión en cada instante de la misma.
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Recordad que Nuestro Señor era en este aspecto diferente a nosotros, pues aunque hombre perfecto, sin embargo existía en Él un poder superior a su alma y que la gobernaba, pues Cristo era Dios. El alma de los hombres mortales está sujeta a sus deseos, sentidos, impulsos, pasiones y perturbaciones; el alma de Cristo esta­ba sujeta únicamente a su Eterna y Divina Persona. Nada le acon­teció a su alma por azar o súbitamente; Nuestro Señor nunca fue sorprendido, nada le afectó sin haberlo Él deseado antes, nunca padeció pesares, ni temores, ni deseos, ni regocijos de espíritu, sin que Él no hubiese deseado estar apesadumbrado, o temeroso o de­seoso o regocijado. Cuando nosotros sufrimos, es a causa de agen­tes exteriores y emociones incontrolables de nuestro espíritu. Cae­mos involuntariamente bajo el yugo del dolor, sufrimos más o menos agudamente ciertas circunstancias accidentales, y ve­mos nuestra paciencia puesta a prueba por el dolor de acuer­do al estado de nuestro espíritu, por lo que tratamos, en lo posible de aliviarlo y evitarlo. Nos es imposible anticipar la ex­tensión del dolor que hemos de padecer, y tampoco calcular la ca­pacidad que poseemos para soportarlo. Tampoco podremos de­cir después por qué no lo hemos so­portado mejor. De modo muy distinto sucedió con Nuestro Señor. Su Persona Divina no estaba subordinada, ni podía ser expuesta al influjo de afectos y sentimientos humanos!, excepto cuando Él lo consentía. Lo repito, cuando Cristo quería temer, temía, cuando quería acongojarse, Él se acongojaba. No estaba su Corazón abier­to a las emociones, sino que voluntariamente daba cabida a los impulsos con los cuales Él se enternecía. Por consiguiente, cuando se decidió a soportar los dolores de su Pasión, lo hizo, como afirma el Sabio formalmente, con todo su poder, no a medias; no apartó su mente del dolor, como solemos nosotros hacer (¿cómo podría hacerlo Jesús, que vino a sufrir, y que sufría por propia volun­tad?), no dijo que sí y luego se desdijo, sino que lo que Cristo dijo, Cristo lo cumplió. Y así nos dice en el Evangelio: “He aquí que vengo a hacer tu voluntad, ¡oh Dios mío! Tú quieres el sacrificio y la ofrenda..”. Cristo tomó cuerpo mortal para poder sufrir, se hizo hombre para poder sufrir como hombre; y cuando hubo llegado su hora —aquella hora de Satanás y de tinieblas, en la cual el pecado iba a derramar toda su malicia sobre Él—, aconteció que se ofreció completamente en holocausto, y así como todo su Cuerpo pen­día de la Cruz, así también entregó a sus verdugos toda su Alma, dándose cuenta plenamente, con total conocimiento e inteligencia despiertísima, con cooperación viviente e intensidad absoluta, no como quien concede un permiso virtual o sumisión pusilánime. Todo esto fue lo que Cristo entregó a los que lo atormentaban. Su Pasión no fue un mero estado pasivo, sino verdadera acción. Cristo vivió enérgica e intensamente, mientras languidecía, se des­mayaba y moría. No murió sino por un acto de su voluntad, pues al inclinar su cabeza, lo hizo tanto en señal de acatar una orden como en señal de resignación. Por eso dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”. Cristo dio la orden: entregó su Al­ma, pero no la perdió.

Así vemos, amados hermanos míos, que si Nuestro Señor hu­biese sufrido solamente en su cuerpo, y aunque su sufrimiento no hubiese sido tan intenso como el que otros padecieron, sin embar­go, con relación al dolor, sería infinitamente mayor; pues el dolor se mide por el poder que se tiene para soportarlo y realizarlo. Dios era el que sufría, y sufría en su naturaleza humana. Los sufri­mientos pertenecían a Dios, y Cristo los bebió y apuró hasta el final del cáliz. No los probó o sorbió, como el hombre toma los me­dicamentos amargos que le ofrecen. Esto que os acabo de decir me sirve para refutar una objeción que voy a indicaros, y que tal vez ya bullía en la mente de muchos: algunos se olvidan la parte que el Alma de Nuestro Señor tuvo en la satisfacción por nuestros pecados.
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“Mi Alma siente angustias de muerte”
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Nuestro Señor nos dice al comienzo de su agonía: “Mi Alma siente angustias de muerte”. Todavía podéis haceros, hermanos míos, esta pregunta: ¿Es que acaso no poseía Cristo algún consuelo peculiar, desconocido para los demás, que disminuyera e impidiera la angustia de su Alma, y le hiciera sentir por lo tanto menos que a cualquier mortal? Por ejemplo, diréis, Cristo poseía una se­guridad y certeza de su inocencia cual ninguna otra víctima podía tener. Aun sus perseguidores, hasta el apóstol mendaz que lo trai­cionó, el juez que lo sentenció, y los soldados que llevaron a cabo su ejecución, atestiguaron su inocencia. “He pecado, entregando la sangre de un inocente”, dijo Judas. “Yo soy inocente de la sangre de este Justo”, afirmó Pilatos. “En verdad que, este hombre era un justo”, clamó el Centurión. Si aun todos esos, que eran pe­cadores, fueron testigos de su inocencia, ¡cuánto más lo habrá sen­tido su alma! Sabemos perfectamente que hasta en nuestro caso, siendo pecadores, gira principalmente acerca de la conciencia que tengamos de nuestra inocencia o de la culpa, nuestro poder para soportar la oposición de nuestros enemigos y la calumnia: cuánto más, me diréis, habrá compensado esa certeza, en el caso de Nues­tro Señor. También podréis objetar que Cristo sabía que sus su­frimientos eran cortos, que su fin sería glorioso. Si se tiene en cuenta que la incertidumbre por el futuro es uno de los más agu­dos tormentos que angustian al hombre, Cristo no pasaba esa an­siedad, pues Él no estaba en suspenso, ni sentía desaliento o deses­peración, ya que nunca, me diréis, fue abandonado. Para confir­mar todo esto podéis relatarme palabras de San Pablo, que expre­samente nos dice: “Gracias a la gloria que le aguardaba, Nuestro Señor despreció la vergüenza”. Ciertamente que en todo lo que Cristo hace se manifiesta maravillosa calma y dominio de sí mis­mo. Ejemplo de ello, sus consejos a los Apóstoles: “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está pron­to, más la carne es flaca”, o sus palabras a Judas: “Amigo, ¿a qué has venido?” y “Judas, ¿con un beso vendes al Hijo del Hom­bre?” o a Pedro: “Todos los que tomaren espada, perecerán con la espada”, o al hombre que le abofeteó: “Si he hablado mal, mues­tra en qué está el mal, y si bien, ¿por qué me hieres?”, o a su Ma­dre Bendita: “Mujer, he ahí a tu Hijo”.

Todo esto es verdad, y mucho más se podría aducir de acuerdo, y para ilustrar lo que acabo de comentar. Hermanos míos amadísi­mos, únicamente habéis confirmado con estos ejemplos, y para emplear un lenguaje humano, que Cristo fue siempre el mismo. Su espíritu fue su centro, y ni por un instante perdió su equilibrio celestial y perfecto. Lo que Cristo sufrió, lo sufrió porque se colo­có a sí mismo, deliberada y tranquilamente, bajo el sufrimiento. Así como dijo al leproso: “Lo quiero: queda limpio”, y al paralíti­co : “Que, tus pecados te sean perdonados”, y al Centurión: “Yo iré y lo curaré”, y a Lázaro: “Levántate y anda”, y así dijo: “Aho­ra comenzaré a sufrir”, y comenzó su sufrimiento. Esto es la prue­ba de cómo gobernaba por completo su espíritu. En el momento pre­ciso, Cristo abrió las compuertas y el torrente se precipitó sobre Él con todo ímpetu. Esto es lo que nos dice San Marcos, de quien se afirma que escribió su Evangelio oyéndolo de los propios labios de San Pedro, uno de los tres testigos presentes en ese momento: “En esto llegaron al huerto llamado Gethsemianí, y dijo a sus discí­pulos: “Sentaos aquí mientras Yo hago oración”. Y llevándose a Pedro a Santiago y a Juan comenzó a atemorizarse y angustiarse”. Ved en esto cómo actuaba deliberadamente; Él se aparta a un lugar próximo y allí lanza la palabra de mando, retira de su alma el apoyo de la Divinidad, y entonces la desesperación, el terror y la melancolía hacen presa de Él. Cristo penetra en una agonía mental de acción tan definida, como lo serían para el cuerpo hu­mano, el fuego o el potro.
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En ese momento su Alma no pensó en el futuro
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Dado este hecho, amados hermanos míos, no es justo decir que Cristo estaba sostenido durante su prueba por la certeza de su inocencia y la anticipación del triunfo, pues, casualmente, la prue­ba que padecía consistía precisamente en la falta absoluta de esa seguridad y anticipación. El único acto que admitió una sola an­gustia sobre su Alma, admitía todas las angustias simultáneamente. No se trata de impulsos y puntos de vista antagónicos, provenientes del exterior sino de la acción de una resolución interior. Mucho más de lo que los hombres que poseen un dominio total sobre sí mismos y que pueden trasladar su pensamiento de uno a otro asun­to, según su deseo, hizo Jesús negándose el consuelo, y saciándose de sufrimientos. En ese momento su Alma no pensó en el futuro, sino solamente en la carga del presente, por la cual había venido al mundo a padecer.

Y ahora hermanos míos, ¿qué era eso que Cristo tenía que so­portar, cuando así abrió su Alma al torrente de la pena ya predes­tinada? ¡Ay! Jesús tenía que soportar lo que es bien conocido de nosotros, lo que nos es familiar, pero que para Él era pena inefable. Tenía que soportar aquello que es tan fácil para nosotros, tan na­tural, tan bienvenido, que no podemos pensar que se necesite tan­ta tolerancia para sufrirlo, pero que para Él tenía el sabor de mor­tal veneno. Cristo tenía, amados hermanos míos, que soportar el peso de nuestros pecados; tenía que soportar los pecados de la humanidad entera. El pecado es cosa fácil para nosotros; pensa­mos muy poco en él y no comprendemos cómo pudo preocupar tanto al Creador; no podemos forzar nuestra imaginación a creer que merece justo castigo, y aun cuando en el mundo reciba su merecido, lo justificamos o alejamos de nuestra mente. Mas, con­siderad lo que es el pecado en sí; es la rebelión contra Dios; es la acción de un traidor cuyo fin es el destronamiento y la muerte de su Soberano; es, si se me permite expresarme con rudeza, lo suficiente como para que el Conservador Divino del mundo cesará de serlo. El pecado es el mortal enemigo del Altísimo. Esta es la razón por la que Él y el pecado no pueden nunca convivir; y así como el Altísimo lo arroja de su presencia a las tinieblas, de la misma manera si Dios (hipotéticamente hablando) pudiera dejar de ser Dios, sería el pecado el que tendría el poder de hacerlo. Y aquí observad, amados hermanos míos, que una vez que el Amor Todopoderoso al tomar la carne, entró en este sistema de la creación y se sometió a Sí Mismo a sus leyes, entonces e inmediatamente este antagonista del bien y de la verdad, tomando ventaja de la ocasión, se arrojó sobre la carne que Cristo había tomado, y se afirmó en ésta, siendo cau­sante de su muerte. La envidia de los Fariseos, la traición de Judas, y la locura de las gentes, fueron los instrumentos o medios de expresión de la enemistad que sintió el pecado hacia la Eterna Pureza, no bien Dios, en su infinita misericordia hacia los hom­bres, púsose a Sí Mismo dentro de su alcance. El pecado no podía tocar a su Divina Majestad; pero podía acometerlo del modo como Él permitiera ser acometido, esto es, por medio de su Humanidad. Al final, en la muerte de Dios Encarnado, aprendemos, hermanos míos en Jesucristo, lo que es el pecado en sí mismo, y lo que era mientras caía, en aquella hora y con toda su fuerza, sobre su Hu­mana Naturaleza, para que Cristo se sintiera tan lleno de horror y consternación a la sola imaginación anticipada.
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Se horrorizó al sentirse convertido en el hombre-pecado
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Entonces en aquella triste hora, arrodillóse el Salvador del mundo, desprendiéndose de las prerrogativas de su Divinidad, despidió a los Ángeles, que por millares estaban prontos a su solo llamado, y abrió sus brazos, desnudó su pecho, puro como era, al asalto de su enemigo —un enemigo cuyo aliento era pestilente, y cuyo abrazo era una agonía—. Helo arrodillado, inmóvil y mudo mientras la vil y horrible fiera vestía su espíritu con el ropaje odio­so y atroz del crimen humano, que prendiéndose en su corazón, lle­nó su conciencia, y encontró la entrada para todos sus sentidos y hasta la ínfima partícula de su mente, extendiendo sobre Él una lepra moral, hasta que Cristo se sintió casi convertido en lo que Él nunca podría ser y en lo que su enemigo gustosamente lo hubiera transformado. ¡Oh, qué horror cuando al mirarse no se conoció y se sintió cual impuro y aborrecible pecador, a través de la vivida percepción de aquella masa de corrupción que se derramaba sobre su cabeza y se esparcía hacia abajo hasta la orla de sus vestiduras! ¡Oh, qué confusión cuando encontró sus ojos, manos, pies, labios y corazón como si fueran miembros del Maligno y no de Dios! ¿Eran éstas sus manos antes inocentes, pero ahora tintas en san­gre de diez mil acciones crueles? ¿Son éstos sus labios que ya no se abren para alabar, orar, bendecir, sino que están manchados con juramentos, blasfemias y doctrinas demoníacas? ¿Y sus ojos, pro­fanados por todas las visiones diabólicas y fascinaciones idólatras por las cuales los hombres han abandonado a su adorable Creador? ¡Y sus oídos! Vibra en ellos el sonido de las orgías y las disputas. Su corazón está yerto por la avaricia, la crueldad y la falta de fe; y su misma memoria hállase colmada con todos los pecados que han sido cometidos desde la caída del hombre, en todos los ámbitos de la tierra, plena del orgullo de los antiguos gigantes, y la lujuria de las cinco ciudades, y de la obcecación de Egipto, y la ambición de Babel, y de la ingratitud y ludibrio de Israel. ¿Quién no conoce la miseria que trae un pensamiento que nos ronda continua­mente a pesar de que tratamos de rehuirlo y persiste en molestar­nos si no nos puede seducir? ¿O de una odiosa y enferma imagin­ción, no nuestra, pero que es introducida en nuestras mentes por fuerzas extrañas? ¿O de los conocimientos satánicos alcanzados con o sin culpa del hombre, y por cuyo desprendimiento y olvido para siempre, daría el hombre un alto precio? Adversarios como éstos se reunieron a tu alrededor, Bendito Señor, en número de millones; vienen en tropeles más numerosos que las plagas de langostas o del gorgojo, que los azotes del granizo, o de las moscas o de las ranas, enviadas contra el Faraón. Allí están pre­sentes todos los pecados de los vivos y de los muertos, de los que aún no han nacido, de los que se han perdido y de los que se han salvado, de tu pueblo y de los gentiles, de pecadores y de Santos. Tus más queridos, tus santos y tus elegidos, pasan sobre Ti. Tus tres Apóstoles, Pedro, Santiago y Juan también se hallan contigo pero no para consolarte, sino como acusado­res, como los amigos de Job, "arrojando tierra hacia el cielo", acumulando maldiciones sobre tu cabeza.
Cerca de ti en la Cruz, lejos en el huerto...
 Todos se encuentran ahí: sólo falta una persona; y no estaba porque Ella que no tuvo parte en el pecado, era la única que podía consolarte; por eso no estaba cerca de los pecadores. María estaría cerca de Ti en la Cruz, y lejos de Ti en el huerto. Ha sido tu compañera y tu confidente durante tu vida; intercambió contigo los puros pensamientos y san­tas meditaciones de treinta años; pero su oído virginal no puede percibir, ni su corazón inmaculado concebir, lo que ahora se te pre­senta cual visión delante de tu vista. Sólo Dios pudo soportar tal prueba; algunas veces has mostrado a tus Santos la imagen de un pecado, como aparecen a la luz de tu faz, o de pecados ve­niales, y no de mortales; y ellos nos han dicho que su vista les acarreó todos los horrores menos la muerte, y, los hubiera muerto si no hubieran sido instantáneamente retirados. La Madre de Dios aun con toda su Santidad, ni aun en razón de ella, podría haber soportado ni una parte de aquella innumerable progenie de Sata­nás que ahora te cerca. Es la eterna historia del mundo, y Dios solamente puede soportar su peso. Las esperanzas marchitas, los juramentos quebrantados, las luces extinguidas, los consejos despreciados, las oportunidades perdidas, la inocencia traicionada, la juventud encallecida, los pecadores reincidentes, los justos ven­cidos, los ancianos malogrados, el sofisma del error, la terquedad de la pasión, la obstinación del orgullo, la tiranía de la mala cos­tumbre, el cáncer del remordimiento, las fiebres extenuantes de la preocupación, la angustia de la vergüenza, los alfilerazos de la des­ilusión, la enfermedad de la desesperación, los espectáculos crueles y lastimosos, las escenas repugnantes, detestables y enloquecedo­ras : aún más, los rostros macilentos, los labios convulsos, las mejillas arrebatadas, el ceño fruncido de los esclavos voluntarios del demonio, todos y todas estas maldades se hallan ahora delante de Cristo, pesan sobre Él y en Él. Se encuentran en Cristo, en vez de aquella paz inefable que habitaba en su Alma desde el momento de su concepción. Se hallan ahora sobre Cristo, como si le perte­necieran. Jesús clama a su Padre cual si fuera el criminal, y no la víctima. Su agonía toma la forma de culpa y de arrepentimiento. Cristo hace penitencia, Cristo se confiesa, Cristo se ejercita en la contrición, con una realidad y virtud infinitamente mayores que la de todos los Santos y penitentes juntos, pues Él es la única víctima, la única satisfacción, el verdadero penitente, y todo, menos el ver­dadero pecador.

Cristo se levanta lánguidamente de la tierra y se vuelve para enfrentarse con el traidor y sus secuaces que ya rápidamente se acercan en medio de sombras profundas. Cristo se vuelve, y, ¡mi­radle! Se ve sangre en sus ropas y en sus huellas. ¿De dónde pro­ceden estos frutos primeros de la Pasión del cordero? Todavía ningún soldado ha azotado su cuerpo, ni sus manos ni pies han sido taladrados por el verdugo. Hermanos míos, Cristo sangró an­tes de tiempo; Cristo derramó su sangre, pues su Alma agónica rompió su envoltura humana y fluyó en sangre al exterior. Su Pasión comenzó por su interior. Aquel atormentado corazón, centro de ternuras y de amor, comenzó a trabajar y golpear vehemente y más de lo que podía soportar según las leyes naturales; “los ci­mientos del abismo profundo se quebraron”; el rojo fluido vital circuló tan abundante y vigorosamente por todo su cuerpo, que desbordando las venas y aflorando por los poros, detúvose como copioso rocío sobre su sacrosanta piel, convirtiéndose luego en go­tas que rodaron henchidas y pesadas empapando la tierra.

“Mi Corazón siente angustias de muerte”, dijo el Salvador. Así se ha definido aquella terrible peste que se cierne sobre todos y que llega con la muerte, queriéndose con esto afirmar que no tiene principio, que no hay posibilidad de esquivarla, que la esperanza ya no existe cuando llega, y que lo que parece ser su curso no es más que agonía de muerte y verdadera disolución. Así es como vuestro Sacrificio Reparador, ¡ Oh Jesús!, con un sentido mucho más elevado, comenzó en ti esta pasión de dolor, no llegando a morir porque obedeciendo vuestra orden omnipotente no se rom­pió tu Divino Corazón, ni el Alma se separó del Cuerpo, hasta que Vos mismo, padecisteis en la Cruz.

No; Cristo no había aún vaciado aquel cáliz rebosante hasta los bordes, y del cual al principio su débil naturaleza deseaba apar­tarse. La aprehensión en el Huerto, la bofetada del soldado, la prisión, el juicio, las mofas, la peregrinación de tribunal en tri­bunal, la corona de espinas, el lento camino hacia el Calvario y la Crucifixión todavía tenía que padecerlas Nuestro Salvador. Ha­bía de transcurrir una noche y un día completos, hora tras hora, tiempo terriblemente largo antes de que llegara su fin y de que satisficiera su misión.
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Luego, cuando el momento señalado hubo llegado, y Cristo lo ordenó, así como su Pasión había comenzado en su Alma, en su Alma terminó. Cristo no murió de agotamiento o de dolor corporal. Cuando lo ordenó, su atormentado Corazón se quebró, y Jesús en­comendó su Espíritu al Padre.
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“¡Oh, Corazón de Jesús, todo amor, te ofrezco estas humildes oraciones por mí y por todos aquellos que se unen a mí en espíritu para adorarte! ¡Oh, Sagrado Corazón de Jesús, muy amado!, deseo renovar y ofrecerte estos actos de adoración y oraciones por mí, miserable pecador, y por todos aquellos que se me unen para ado­rarte, durante todos los instantes, mientras me quede un soplo de vida hasta el final de mis días. Te pido, ¡Oh, mi buen Jesús!, por ­la Santa Iglesia, tu amada esposa, y nuestra verdadera Madre, por todas las almas de los justos y por todos los pobres pecadores, por los afligidos y por los moribundos, y en fin, por toda la hu­manidad. No has de permitir que tu Sangre sea derramada en va­no. Finalmente, dígnate aplicarla para aliviar las penas de las al­mas del purgatorio, y particularmente las de aquellos que en su vida practicaron esta santa devoción de adorarte en la Cruz”.

John Henry Cardenal Newman, “Antología, selección de sus principales obras en prosa”, editorial Difusión, Buenos Aires 1946, págs. 181-192.
Fuente: Stat Veritas
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martes, 19 de abril de 2011

100,000 FIRMAS PARARON LA "PROCESIÓN" ATEA Y BLASFEMA EN ESPAÑA


Dolores Carrión

Misión cumplida. Más de 100.000 ciudadanos activos han parado la anti-procesión atea del Jueves Santo en Madrid.
La delegada del Gobierno en Madrid ha anunciado que no concede la autorización a una mascarada hiriente cuyo declarado propósito era “hacer daño sin contemplaciones a los católicos”.
100.423 personas firmaron la petición a la delegada del Gobierno, doña Dolores Carrión.
El clamor contra la intolerancia laicista ha sido tal, que muchos ciudadanos, además de firmar en Internet, han recogido firmas en su barrio, su parroquia o su centro de trabajo y las han enviado a la oficina de HO, desde distintos puntos de España.
Olga Cuquerella ha presentado las 100.423 peticiones en la Delegación del Gobierno en Madrid, delante de muchos periodistas de medios como TVE, La Sexta, Intereconomía, TeleMadrid, Cuatro, ABC, La Razón y otros.
Esto comprueba que es posible parar la ofensiva del laicismo intolerante. Con la ley, la acción decidida y la claridad moral necesaria para defender el derecho a creer en Dios y a rezar sin ser insultado, se ha conseguido que el Gobierno español ceda, aplique la ley y ponga a los intolerantes en su sitio.
¡No habrá una anti-procesión atea en pleno Jueves Santo, en Madrid! Deo gratias.
NOTA DE CATOLICIDAD: Nuestro blog denunció oportunamente esta ofensiva y se sumó a la campaña de firmas. Haz click:  PRETENDEN MOFARSE DEL CATOLICISMO CON UNA "PROCESIÓN" ATEA EN PLENA SEMANA SANTA EN MADRID  -Información de Ignacio Arsuaga y todo el equipo HO-
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lunes, 18 de abril de 2011

"REEDUCACIÓN" PARA COMUNICADORES DESFAVORABLES AL HOMOSEXUALISMO: UNA ARBITRARIEDAD EN MÉXICO


Enojo del lobby gay
NOTICIAS GLOBALES, Año XIV. Número 979, 19/11. Gacetilla n° 1102. Buenos Aires, 13 abril 2011, 1102) MÉXICO: REEDUCACIÓN PARA COMUNICADORES. Fuentes: Propias; CONAPRED, Exp. DGAQR/115/11 (03-03-11). 
Por Juan Bacigaluppi
Totalitarismo gay: curso de reeducación para periodistas. La reinterpretación de los derechos humanos. Un documento sin valor jurídico. Intervención de la Santa Sede
El 3 de marzo pasado, el Consejo Nacional para prevenir la Discriminación (CONAPRED), libró un oficio contra Anita Bermúdez Ochoa, columnista de La Crónica de Mexicali (Baja California), ordenándole a ella y a los demás columnistas del diario asistir a un curso de “sensibilización contra la homofobia”.
Bermúdez Ochoa, el 21 de febrero, publicó una columna en la que advertía sobre la gravedad de incluir el derecho a las “preferencias sexuales” en la reforma de la Constitución mexicana. El mismo día fue acusada por un particular ante el CONAPRED de promover “la discriminación y el odio contra personas con preferencia sexual diversa a la heterosexual”.
El CONAPRED consideró que Bermúdez Ochoa afectó los “derechos” del denunciante “y de las persona que integran la Comunidad LGBTTTI” (cada vez son más largas las siglas que identifican a los grupos de activistas).
El ente estatal dijo que la columnista “hace comentarios ofensivos contra las personas con preferencia u orientación sexual diferente a la heterosexual, además de incitar a que no se reconozcan sus derechos, con lo que se podría promover en su contra la violencia, rechazo o exclusión, así como anular o impedir el reconocimiento o ejercicio de sus derechos, entre ellos a un trato digno”.
Reinterpretación de los tratados de derechos humanos
Las descabelladas conclusiones del CONAPRED son fruto de la reinterpretación de los tratados de derechos humanos, puesta en marcha por la ONU y los otros centros de poder del nuevo orden mundial. Estos organismos han trastocado el significado de las palabras e imponen tiránicamente esa tergiversación. Además, consideran que el desacuerdo con sus pretensiones es de por sí violento y agresivo.
Así, todo aquel que no acepte el estilo de vida gay, ni lo desee para sus hijos, incita a la violencia y promueve el maltrato de aquellos que tienen una orientación sexual diferente a la heterosexual. ¿Es violencia oponerse a que se inculque a los propios hijos que el estilo de vida homosexual es aceptable? Y si esto se considera violencia, ¿por qué no considerar de la misma manera la negación del derecho de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones éticas?
Lo que los tratados no dicen
El CONAPRED afirma que su dictamen se basa la Declaración Universal de Derechos Humanos, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, la Convención Americana sobre Derechos Humanos Pacto de San José de Costa Rica y su Protocolo adicional, llamado Protocolo de San Salvador. Sin embargo, en ninguno de estos instrumentos internacionales se encuentran referencias a los supuestos derechos de quienes tienen una orientación sexual diferente a la heterosexual. Ni siquiera la Resolución de la OEA Derechos humanos, orientación sexual e identidad de género, (AG/RES 2504, XXXIX-O-09), también citada, habla de nuevos derechos basados en la identidad de género.
Un documento sin valor jurídico
A la vez, es muy alarmante que el CONAPRED, para justificar su dictamen, acuda a los llamados Principios de Yogyakarta, poniéndolos en pie de igualdad con los otros instrumentos internacionales. Los Principios son la reinterpretación de los derechos humanos en clave homosexual; son fruto de un conciliábulo de funcionarios internacionales activistas del homosexualismo político; no tienen ningún valor jurídico; no han sido aceptados por la comunidad internacional.
Intervención de la Santa Sede
Ante este pandemonium de acusaciones injustas de violencia y discriminación basadas en reinterpretaciones del texto de los tratados y en documentos sin valor jurídico, conviene recordar una declaración de la Santa Sede.
El 17 de mayo de 2006, la Santa Sede en el Consejo Económico Social de la ONU (ECOSOC) rechazaba la violencia hacia los homosexuales diciendo: "en muchas ocasiones la Santa Sede ha sido incomprendida porque no se ha entendido que distingue explícitamente entre la persona homosexual y su comportamiento La Santa Sede ha respetado y defendido siempre que todas las personas tienen el derecho a la protección de su dignidad fundamental concedida no por los Estados, ni por alguna organización internacional, sino por su propia naturaleza otorgada a ellas por el Creador”.
Pero a su vez, ante la demanda en nombre de la orientación sexual de igualdad de derechos con las personas heterosexuales, la Santa Sede afirmó que la orientación sexual no es comparable a la raza o el origen étnico. En realidad, lo que se pretende con esas demandas “no es igualdad de derechos sino derechos especiales”, que den carta blanca para la supresión de la diferencia moral entre tendencias y comportamiento.
Seguía diciendo la declaración de la Santa Sede que, la falta de la adopción de una postura contra la conducta homosexual, lleva a que la homosexualidad sea entendida como una fuente positiva de derechos humanos. Esa tolerancia sin matices crea lagunas jurídicas que también facilitan la supresión de las distinciones morales entre tendencias y comportamiento, y equivale a aceptar falsas expresiones de libertad anárquica.
La Santa Sede hizo notar, en esa oportunidad, que las leyes sobre derechos para los homosexuales y la demanda de derechos especiales imponen un criterio ético sobre la moral sexual (relativismo sexual) a todas las personas y tienden a cambiar el código de moralidad en las legislaciones. FIN, 13-04-11
Vid:
-La arremetida gay (VI) (NG 777)
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NOTICIAS GLOBALES es un boletín de noticias sobre temas que se relacionan con la PROMOCIÓN Y DEFENSA DE LA VIDA HUMANA Y LA FAMILIA. Editor: Pbro. Dr. Juan Claudio Sanahuja; E-mail: noticiasglobales@noticiasglobales.org ;http://www.noticiasglobales.org ;
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SEÑOR, SÁLVAME QUE PEREZCO (Oración muy recomendable para esta Semana Mayor)


Jesús, Médico de mi alma, Tú que curaste a tantos enfermos movido de tu inmenso poder y de tu gran misericordia, ten compasión de mí. Mírame en tu presencia, aquí me tienes incapaz, imposibilitado, enfermo. Si quieres, puedes limpiarme de esta lepra de mis vicios y mi carne. Puedes arrojar de mí estos demonios que tienen presa mi alma. Puedes, con tu Palabra, calmar la fiebre ardiente de mis pasiones. Yo clamo a Ti con la angustia del náufrago que peligra. Señor, socórreme, que perezco; Señor, ayúdame, que me pierdo; Señor, sálvame, que me condeno.

Clamo a Ti con la humildad del centurión diciendo: No soy digno, Jesús, no soy digno, mas di una sola palabra y mi alma será salva. Mírame, Jesús, entre las olas de este mundo y con mis tormentas de alma. Di al mar de mi corazón que se aquiete, di al viento de mis pensamientos que calle. Mírame hambriento en el desierto de esta vida, sin fuerzas para caminar. Dame ánimo y fuerzas, Señor, para vencer mi debilidad y mi cansancio.

Creo, Señor, que Tú eres el Hijo de Dios vivo. Levántame de esta parálisis para las buenas obras que atenaza mi espíritu. Creo, Señor, que Tú eres la Resurrección y la Vida. Llámame con aquella voz poderosa con que llamaste a Lázaro muerto, para que al fin resucite de mis miserias de muerte. Creo, Señor, que Tú eres la luz del mundo. Disipa de los ojos de mi alma sus tinieblas, para que brille en mí tu fe.

Creo, Señor, que Tú tienes palabras de vida eterna. Habla, Señor, que quiero oír tu voz. Enséñame a orar y a conversar contigo. Señor, quiero sanar, quiero vivir. Ten misericordia de mí. No dejes que me pierda y desperdicie el tesoro de donación más grande que me has dado al redimirme con tu preciosísima Sangre. Señor, sin Ti estaría perdido pero contigo todo lo puedo. Señor, ayúdame a meditar durante estos días tu sagrada Pasión, conviérteme, llévame de tu mano amorosa al sacramento de la Confesión y mantenme firme en tu amor durante toda mi vida.

Amén.
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SEMANA SANTA 2011, ¿LA VIVIRÁS SANTAMENTE O COMO PAGANO?



¿Semana de vacaciones o de luto?

Queridos católicos:

El Jueves Santo, el Viernes Santo y el Sábado Santo forman el Triduo Sacro. Son los días de la Semana Santa, de la semana más importante de la historia de la humanidad. Porque de nada hubiera servido la Creación si no hubiera habido la Salvación.
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La Semana Santa es la semana de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Pasión significa sufrimientos, muerte de Cristo en la Cruz. La Pasión, la Redención, la Salvación y la vida eterna para nosotros están vinculadas. Sin los sufrimientos, sin la Cruz y sin la muerte de Cristo no hay Salvación para ti.

Cristo se hizo nuestro cordero que carga con nuestros pecados. Cristo quiere “morir a fin de satisfacer en nuestro lugar la justicia de Dios, por su propia muerte”, dice Santo Tomás de Aquino en su Suma Teológica (III, 66, 4).

Cristo acepta ser maltratado para que tú no lo seas eternamente; Cristo acepta ser flagelado para que tú no seas flagelado por los demonios y el fuego en el infierno.

Cristo acepta gustar la tremenda sed de la Crucifixión y la muerte amarga de la Cruz, para que tú no padezcas la sed eterna de felicidad. Cristo acepta ser deshonrado en la Cruz para que tú no seas deshonrado y confundido en el día del Juicio final.

Y tú, hijo, ¿qué haces en esos días de la Semana Santa, mientras que tu Señor está muriendo en tu lugar para salvarte? ¿Cómo los empleas? ¿A dónde vas? ¿Por qué los profanas?

Si en esos días tu patrón te dispensa de trabajar porque es Semana Santa, semana de luto, semana de la muerte del Hijo de Dios, tú deberías saber muy bien que esos días santos no son días de vacaciones, ni de disipación, ni de playa. Son días de penitencia, de oración y de lágrimas.

El Hijo de Dios hecho hombre está luchando contra el demonio y la justicia divina para librarte. Sí, para librarte a ti y a tu familia del más grande peligro que pueda existir: el de la perdición eterna. Sábelo, incúlcalo en tus hijos, para que sean agradecidos con su Salvador.

Es Dios mismo quien te lo dice: “Sin efusión de sangre no hay remisión de pecados.” (Hebreos 9, 22). Y esa sangre que borra tus pecados es la de tu Bienhechor: Nuestro Señor Jesucristo. Sobre todo no digas que no has pecado y que no necesitas del perdón. Si lo dijeras manifestarías tu gran ceguedad e ignorancia.

Ningún hombre puede conseguir por sí mismo el perdón de sus pecados. Debe buscarlo en otra parte: ¿dónde? en la Sangre del Hijo de Dios, que murió en la Cruz el Viernes Santo. San Pablo dice: “En Él, por su Sangre tenemos la redención, el perdón de los pecados...” (Efesios 1,7).

El hombre no puede ofrecer sacrificio propiciatorio por sus pecados. Nuestro Señor Jesucristo se hizo propiciación por nuestros pecados. Él se ofrece el Viernes Santo en sacrificio propiciatorio por ti. Sólo mediante la sangre de Cristo puedes purificarte, puedes liberarte de las cadenas del pecado y de la tiranía del demonio.

Y en estos días, durante los cuales Cristo está en los tormentos de la Cruz para merecerte la Salvación, tú, pecador necesitado, tú te vas a la playa, a pasearte, a divertirte, quizás a acumular más pecados a los que ya hayas cometido. ¡Despierta, hermano mío, despierta de tu letargo! ¡Sé agradecido con tu Bienhechor! ¡Actúa como católico verdadero!

Ve al templo a ver y a escuchar lo que en tu lugar está padeciendo Cristo. Sábelo que la ingratitud atrae el castigo de Dios, más que Su misericordia. No seas, pues, ingrato, sino agradecido.

La gratitud cristiana consagra el Triduo Santo para conocer más lo que hizo Nuestro Señor Jesucristo por nosotros e incitarnos a la penitencia, a la sincera conversión y enmienda de nuestra vida tibia y mediocre
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El Jueves Santo es el día en el que el Señor Jesús, antes de ir a Su Pasión, te dejó el Memorial de Su muerte, la renovación incruenta del sacrificio del Calvario. Para aplicar los frutos de Su Pasión a tu alma, instituyó el sacramento de su amor, que es la Santa Eucaristía, y el sacerdocio para consagrarla. Él dijo: “haced esto en memoria mía”, para recordarnos lo que padeció por puro amor hacia los ingratos que somos; para comunicar a nuestras almas la santidad y el remedio contra el pecado, mediante la digna recepción de su Cuerpo. Y tú ¡irías a divertirte en ese día! No sabes que Cristo dijo: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y Yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre está en Mí y Yo en él” (San Juan 6, 54-56). Y tú que pretendes ser discípulo de Cristo ¿por qué te privas del Pan celestial que sana, purifica, santifica y pacifica tu alma y tu hogar? Si por tu propia culpa no aprovechas el remedio que Cristo te ofrece, ¿por qué te quejas de tener problemas en tu vida, en tu familia y en tu trabajo?

El Viernes Santo es para que implores con la Iglesia, y en ella, misericordia para ti mismo y para todo el género humano. El Viernes Santo es para que participes en las exequias de Cristo, escuchando el Evangelio de la Pasión y las Siete Palabras, que son las últimas recomendaciones de Cristo, Nuestro Redentor.

Aprovecha el Viernes Santo para confesar con lágrimas tus iniquidades, para lavar tu alma de la lepra del pecado con la Sangre de Cristo, para participar en la Pasión de tu Salvador, para tener parte con Él en Su victoria.

El Viernes Santo sufrió Cristo para merecerte el ser librado del pecado, que es el más horrible cáncer que pueda existir, y del infierno, que es la más grande de las desgracias. Y tú, ¿irías de vacaciones con tantos otros neopaganos, quizás para morirte en el camino de la ingratitud?

El Viernes Santo es para que reces el Vía Crucis, medites lo que hizo y padeció por ti tu Señor; para darte cuenta de lo que merece el pecado. Lee los últimos capítulos de los Evangelios de San Mateo, de San Marcos, de San Lucas y de San Juan, o ve la película La Pasión de Cristo, de Mel Gibson, para que te des cuenta del precio que Cristo pagó para librarte del poder del pecado y del demonio, para hacerte hijo de Dios y heredero de la vida eterna. Puedes también leer y meditar los libros Reflexiones sobre la Pasión de Jesucristo, de San Alfonso María de Ligorio y La Pasión del Señor, de Fray Luis de Granada, o Las Siete Palabras de Cristo, de Antonio Royo Marín.


El Viernes Santo es día de abstinencia, ayuno y de penitencia, de silencio y de lágrimas, y no día de playa y placeres.
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El Sábado Santo es día de luto. Hombres y mujeres deberían vestirse con ropa de luto, para acompañar a la Santísima Madre de los Dolores. El Sábado Santo debería servir para meditar con espanto lo que merece el pecado, porque si al Justo que cargó con nuestros crímenes así se le castiga, ¿qué será del culpable si muere con sus pecados?

En resumen, hermano mío, escucha a Dios mismo que dice a cada uno de nosotros: “No tardes en convertirte al Señor, ni lo difieras de un día para otro; porque de repente sobreviene su ira, y en el día de venganza acabará contigo.” (Eclesiástico, 5, 8).

Católico, aprovecha la Semana Santa para convertirte al Señor, porque la sincera conversión y el verdadero arrepentimiento aseguran el perdón de los pecados, dan paz al alma y, finalmente, la vida eterna que pedimos para ti.

Un Sacerdote Católico
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domingo, 17 de abril de 2011

DOMINGO DE RAMOS: INICIA LA SEMANA SANTA

HAZ CLICK EN LA IMÁGEN:


Y aclamaban: ¡"Bendito el que viene en nombre del Señor!"
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sábado, 16 de abril de 2011

EMMANUEL VS. LA PORNOGRAFÍA: NUEVO Y EFICIENTE PROGRAMA PARA PC´s

AÚN SIENDO SUMAMENTE RECOMENDABLE SU ADQUISICIÓN, NO DEJEMOS DE CONSIDERAR QUE CUALQUIER PRODUCTO CONTRA LA PORNOGRAFÍA NO ELIMINA LA RESPONSABILIDAD DE LA SUPERVISIÓN PATERNA Y QUE NO HAY SISTEMA INFALIBLE AL 100% 

Ciudad de México, México.  El cantante mexicano Emmanuel está decidido a luchar contra la pornografía en Internet apoyándose con un software que no sólo bloquea el contenido de las páginas, sino que lo elimina, aunque sí permite la información científica sobre el cuerpo humano y su desarrollo. Se puede adquirir en esta dirección:
http://www.saintapp.com/spanish/?ap_id=futurodigital

o

https://www.facebook.com/saintappes

"Es un programa que hizo el mexicano Fermín García, luego de vivir una experiencia triste con su hija y muy repetitiva porque coincidimos en que alguna vez a mi me sucedió lo mismo y seguramente a muchas personas en el mundo entero."
"Su hija buscaba una muñequita en Internet, se equivoca de dedo y aparece una página pornográfica. Fermín pasó los momentos más difíciles de su vida hasta que logró cerrar todas las ventanas que continuaron abriéndose. Entonces pensó en hacer algo en contra de esto y a favor de las familias y de los niños', explicó Emmanuel en entrevista.
De acuerdo con el artista, Saint es el primer software mundial en su tipo creado por mexicanos con la tecnología de navegación de Internet con acceso seguro, pues las computadoras no podrían abrir sitios de contenido riesgoso.Emmanuel se asoció con el ingeniero Fermín García hace 3 años y medio con el apoyo de la Universidad de Ensenada y otros expertos de Tijuana, Baja California.
"La pornografía causa daños colaterales para siempre en la mente y cerebro de quien la ve, por eso hay que evitarla. Es importante decirle a la población que no importa el idioma que hables, da igual porque lo que se analiza es el contenido de la página", indicó.
El intérprete de éxitos como Al final, reveló que al mes surgen un millón y medio de páginas de pornografía. La guerra contra esa industria es difícil, pero, dijo, por algo se tiene que empezar.
"La mayoría de los bloqueadores que existen en la actualidad, únicamente reconocen el URL que se escribe en la parte de arriba, así como ciertas palabras.
Si por ejemplo, yo tecleo: pasar un buen tiempo en Acapulco, me podría quizá arrojar pornografía porque esta industria es tan potente que genera 97 mil millones de dólares al año.
"Por desgracia, la gente gasta su economía en esto y quienes la originan destruyen familias y matrimonios. Lamentablemente, se fortalece más en cada minuto que pasa, incluso, enfocan todos sus recursos en los niños entre 7 y 16 años', comentó García.
Quienes estén interesados en adquirir el software que ha recibido 6 certificaciones internacionales, deberán ingresar a la página www.sosfamilia.info, invertir $145 pesos mexicanos o $11.99 dólares al año.
"No es un servicio caro porque estamos pensando en un pueblo pequeño que tiene acceso a Internet, pero carecen de recursos', añadió García.
Más que un producto, indicaron, es un propósito que ya inició campaña en todo el sistema escolar, en la telefonía celular y en las empresas, pues se ha demostrado que los trabajadores disminuyen su productividad al tener acceso a estas redes
De acuerdo con el artista, “Saint” es el primer software en su tipo, creado por mexicanos, que proporciona acceso seguro a Internet. Sin embargo, hasta ahora sólo es compatible con el sistema Windows (XP, Vista y 7). A diferencia de otros bloqueadores de contenido pornográfico (hay más de 50 en el mercado), "Saint" asegura ser más potente, pues analiza el contenido de un sitio (considerando que muchas páginas con pornografía no incluyen palabras comunes que son bloqueadas, como "sex").
La venta de este "Saint" se ha impulsado a través del cantante Emmanuel que ha levantado una campaña en las escuelas del país, en empresas en general y en las telefónicas. Fue creada por el Ing. Fermín García en el 2008, a través de la empresa Sosvia, cuya sede está en San Diego (USA). Cuenta con el apoyo la Universidad de Ensenada y expertos de Tijuana, Baja California, además de una oficina para México en dicho estado.
SBS Interactive Network con información de Notimex
 Indicaciones de la página donde se vende este producto:
SAINT proporciona una forma segura de navegar en Internet
SAINT es un programa de filtrado de contenido desarrollado por SOSVIA Inc., que tiene la capacidad de analizar el contenido de cualquier sitio de Internet y filtra la información indeseable, tal como contenido pornográfico explícito.
SAINT está considerado como un programa revolucionario debido a sus algoritmos con tecnología de punta que controlan todo el tráfico filtrando de manera inteligente sólo aquellos sitios de Internet con contenido indeseable.
Cómo funciona? tan fácil como 1, 2, 3


1. Compre, descargue e instale SAINT, compatible con XP, Vista y 7
2. Actívelo
3. Disfrute de un ambiente libre de contenido pornográfico mientras navega Internet
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INDUSTRIA MILLONARIA

AVN Media Network calcula que para finales del 2009, la industria de pornografía en Internet captó 2,841 millones de dólares de forma “legal” (pagos con tarjeta de crédito y otros sistemas autorizados). La descarga gratuita de estos contenidos equivale a quizás 8,000 millones de dólares.
- 25% de las búsquedas web que se hacen en un día, son porno
- 12% de los sitios web legales, son porno
- 42% de los usuarios web han visitado una página porno aunque sea una vez
- 72% de quienes pagan por estos contenidos, son hombres de entre 35 y 44 años
- 3,075 dólares se gastan en porno cada segundo
- Cada 39 minutos se sube un video porno a Internet
- 4,000 sitios online legales para adultos circulan en Internet
- 500,000 personas viven de esta industria sólo en EU (vía web)
- China, Corea del Sur, Japón, EU y Brasil, son los países que más han explotado este mercado en el web

Fuentes: FBI, Nielsen Net Ratings, Association of Club Executives y el Economista
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NUEVO ESTUDIO SOBRE LA PORNOGRAFÍA:

Washington, DC – Un nuevo estudio que detalla los efectos de la pornografía en los matrimonios, los niños y las personas encontró que la pornografía corroe la conciencia, fomenta la desconfianza entre los esposos y esposas y degrada a miles de mujeres y jóvenes.

El informe mostró que el uso de la pornografía conduce a la insatisfacción matrimonial, la infidelidad, la separación y al divorcio.

El Dr. Pat Fagan, autor del estudio,  afirma que la pornografía no es inofensiva como se nos quiere hacer ver sino un veneno emocional.

La pornografía se define en el estudio como «una representación visual de la sexualidad que distorsiona el concepto de un individuo de la naturaleza de las relaciones conyugales».

La «Academia Norteamericana de Abogados Matrimoniales» reveló recientemente que el 68 por ciento de los casos de divorcios en Estados Unidos son causados porque uno de los conyuges se enamoraron de alguien a través de Internet, 56 por ciento porque uno de los dos tenían un interés obsesivo en ver páginas web pornográficas, 47 por ciento porque uno de ellos gastaba demasiado tiempo en sus computadoras y el 33 de los casos de divorcio se debieron a que uno de los dos dedicaba demasiado tiempo en las salas de chat.

El nuevo estudio reveló que entre las parejas afectadas por la adicción de uno de los cónyuges a la pornografía, las dos terceras partes experimentan una pérdida de interés en las relaciones sexuales. Ambos cónyuges perciben ver pornografía como equivalente a la infidelidad y ver pornografía conduce a una pérdida de interés en las relaciones de una buena familia.

Fagan dice que la pornografía, «asesina la tranquilidad familiar».

Los hombres tienen seis veces más probabilidades de ver pornografía que las mujeres y son más propensos a pasar más tiempo viéndola.

Los hombres que habitualmente miran pornografía tienen una mayor tolerancia para las conductas sexuales anormales, la agresión sexual, la promiscuidad e incluso la violación. Por otra parte, los hombres comienzan a ver a las mujeres e incluso a los niños como objetos sexuales.

El uso adictivo de pornografía conduce a una autoestima baja y a una capacidad debilitada para llevar a cabo una vida significativa social y laboral.

Entre los adolescentes, los que ven la pornografía con más frecuencia tienden a ser buscadores de altas sensaciones, menos satisfechos con sus vidas, tienen una conexión rápida a Internet y sus amigos son más jóvenes. La contemplación de dicho material a su edad dificulta el desarrollo de una sexualidad sana.

El estudio señala que con el crecimiento de los medios digitales y la Internet, las sanciones sociales de los padres, tutores y la comunidad están siendo menos efectivas.

La clave para la protección contra los efectos de la pornografía, dice, es fomentar las relaciones de afecto y apego, especialmente entre el padre, la madre y entre padres e hijos. El control parental deliberado al utilizar la Internet es también útil. Fagan también pide al Gobierno que reconsidere su actitud de poca atención hacia la proliferación de la pornografía, especialmente en Internet.
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ENTREVISTA A EMMANUEL (MUY RECOMENDABLE)

Para ver el programa televisivo del martes 5 de abril de 2011 donde Emmanuel comenta sobre la pornografía, así como las características de este software:
Ir a esta página:
http://www.proyecto40.com.mx/#p=internettv
Haz click en "Platicando con... Alazraki"
Ir hacia bajo y hacer click donde dice "Emmanuel"
Ver en el video del minuto 23:50 al 31:37
Este programa dura visible un mes aproximadamente, luego de su emisión, en esa página.

Platicando con... Alazraki
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