miércoles, 30 de marzo de 2011

LA PERFUMISTA DEL SEÑOR, SIEMPRE A SUS PIES


"María, tomando una libra de ungüento de nardo legítimo, ungió los pies de Jesús". Jn. 12, 3.

Santa Magdalena siempre fue la perfumista del Señor que la escogía y la llama para Sí para ejercer este oficio. El día de su conversión, llevaba el ungüento precioso con el cual embalsamó a Jesús. En la cena que siguió a la resurrección de Lázaro, llevaba un frasco de perfumes y también lo llevó a la sepultura de Jesús. Es decir, siempre hizo el oficio de perfumista.

También hay otra cosa admirable en ella: que está siempre a los pies de Jesús: cuando se convirtió, en el banquete de casa de Lázaro, al pie de la Cruz y en la Resurrección... ¡Qué dichosas seriáis, queridas Hijas, si a lo largo de vuestra vida, por nada dejaseis de estar a los pies del Salvador, viviendo en humildad y sumisión; imitando y siguiendo a esta reina de las perfumistas y más aún a la Reina de todas las reinas, la Virgen, nuestra querida Señora, de la cual, Santa Magdalena, era tan devota que jamás la abandono.

También, Nuestra Señora, quería mucho a esta santa, más que a todas las demás que la seguían. Acompañó a la Virgen en la muerte de su Hijo, cuando le sepultaron, en el camino de vuelta, y siempre estuvo junto a Ella hasta que partió para la Santa Gruta, junto a Marsella, a seguir con su penitencia. Allí llevó una vida más divina que humana, sin dejar por ello de estar con el corazón a los pies del Salvador.

¡Qué falta nos hace, a ejemplo de esta gran santa, hacernos pequeñas y rebajadas, a los pies de Nuestro Señor!

Pero además hay que ofrecer el perfume, hay que llevar, a nuestro Maestro, un corazón amante para que Él le penetre y le despegue de sí mismo, como hacen el ungüento precioso y el bálsamo que, al caer sobre algodón, se mezclan y se unen de tal forma, cada vez más, poco a poco, que ya no se sabe si el algodón está perfumado o si es perfume; ni si el perfume es algodón o el algodón perfume. ¡Qué feliz es un alma así! En la tranquilidad de su corazón conserva amorosamente el sentimiento de la presencia de Dios.

Sermón de San Francisco de Sales. X, 81,87.
Tratado del Amor de Dios. V, 10.
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