domingo, 20 de octubre de 2013

EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA por Mons. Fulton J. Sheen



Hay la tendencia general en nuestros días a mirar con mal ojo a aquellos que creen que Nuestro Bendito Señor es diferente de otros líderes y reformadores religiosos. Inclusive se considera cosa de gran inteligencia el alinearle a él entre los fundadores de las religiones del mundo. De aquí que no es raro oír a quien se jacta de su "amplitud" de pensamiento —porque no ofende ninguna religión ni defiende a ninguna— pronunciar frases en que Buda, Confucio, Lao-tsé, Sócrates, y Cristo se mencionan con igual intención y a renglón seguido; como si Nuestro Señor fuera apenas otro maestro religioso en lugar de la religión misma. Sólo porque han sido halladas unas pocas similitudes entre Nuestro Señor y unos pocos maestros religiosos, se ha pensado que ellos son todos parecidos, que no hay nada Divino en torno a Cristo. Esto es exactamente como decir que, porque la mayoría de los cuadros del Louvre son rojos, verdes, blancos y azules, que todos ellos fueron pintados por el mismo artista.

Es mi propósito probar que Nuestro Bendito Señor es único en la historia religiosa del mundo, y que es tan diferente de todos los demás maestros y reformadores religiosos como Dios es diferente del hombre. Lo anterior puede lograrse, en primer lugar, considerando tres importantes revelaciones en Su vida: En Nazaret, donde El dijo que era el Camino; en Jerusalén, donde El dijo ser la Verdad, y en Cafarnaum, donde El dijo que era la Vida. Y en segundo lugar, comparando esto con los dichos de todos los maestros religiosos que hayan existido.


PRIMERA ESCENA

La primera escena se presenta en Nazaret, que es una especie de remanso, una ausencia, una ermita apartada de los caminos fragorosos de la vida, en donde probablemente no hubiera vivido ningún hombre que amara el mundo, y cuya ambición se levantara más allá de un carpintero de la aldea o un labrador de la tierra. Fue a esta ciudad, que es llamada “Su propia ciudad”, y que anida entre colinas, a donde Nuestro Bendito Señor volvió poco después de haber sido abierta su vida pública. Era apenas natural que una de las más importantes declaraciones fuera hecha para su propio y amado pueblo, donde su Sagrado Corazón había hecho su propio tabernáculo para Sí mismo durante casi treinta años. Era el Sabbath cuando se dirigió a la sinagoga pasando por su pueblo. Su reputación le había precedido, pues era conocido de todos que había hecho un milagro en Caná y que había congregado ciertos seguidores en torno suyo en el Jordán y unos pocos más en Cafarnaum. Cuando todos estuvieron reunidos en la sinagoga, el oficial, o amanuense, cuyo deber era conservar los libros sagrados, corrió las cortinas de seda del arca que contenía los manuscritos y le entregó a El el pergamino, o rollo del Profeta Isaías. Nuestro Señor desenvolvió el pergamino en los conocidos sesenta primeros captíulos que predicen los grandes días de misericordia cuando Aquel enviado de Dios examinaría las profundidades de contrición, rompería las cadenas de la esclavitud en el pecado, y traería solaz a un mundo herido. Despacio, en un tono claro que hizo emocionar los corazones de todos los que estaban en la sinagoga en esa memorable mañana de Sabbath, El leyó:

"Este día se cumple esta profecía en vuestros oídos",
así proclamó Cristo que era Él el Dios esperado en
quien se cumplen todas las profecías.
“Ha reposado sobre el espíritu del Señor; porque el Señor me ha ungido, y me ha enviado para evangelizar a los mansos y humildes para curar a los de corazón contrito, y predicar la redención a los esclavos, y la libertad a los que están encarcelados: para publicar el año de reconciliación con el Señor, o su jubileo, y el día de venganza de nuestro Dios”.

El suspendió la lectura y devolvió el pergamino al amanuense. Siguió un momento de silencio, que pareció una eternidad. El silencio se rompió cuando pareció que el Eterno salía de su Eternidad y dejó oír a ese grupito de sus paisanos el cumplimiento de la profecía de Isaías: “Este día se cumple esta profecía en vuestros oídos”.

Por el momento ellos no captaron toda la importancia de sus palabras. Luego se les hizo claro que se había verificado la tradición y esperanza más preciosa para su pueblo; que el Mesías por Quien habían anhelado durante miles de años se hallaba ahora de pie ante ellos; que El era Aquel que señalara Isaías hacía seiscientos años para proclamar el año en que se habría de recibir al Señor; que todos los reyes, profetas y jueces habían escrito sobre el Nazareno que había de venir, que todos los sentidos anhelos que David cantó en su lira se realizaban ahora en sus oídos en ese mismo día: pues El era Aquel en Quien todas las Escrituras se cumplían, El era el Esperado de todas las Naciones: El era Emmanuel: El era el único Camino de Salvación: El era Dios con nosotros.

No era apenas a la elocuencia a quien ellos estaban escuchando; era algo más: era la Verdad expresándose Ella Misma, convenciendo por Su propia transparencia, conquistándolos con el brillo de su luz y obligándolos a admitir en sus propios corazones que detrás de éstos había una autoridad que obligaba al hombre a decir: “Jamás hombre alguno, ha hablado tan divinamente como este hombre”. Había admiración en sus inteligencias, resolución en sus voluntades, amor en sus corazones, y lágrimas en sus ojos cuando ellos despertaron de su trance y empezaron a hablar.

Cuando Nuestro Bendito Señor se sentó, fue como la caída de un telón de escena que repentinamente nos hace volver a nosotros mismos y nos aparta del drama que sólo un minuto antes absorbía nuestros pensamientos. Ahora, cuando ellos se miraron unos a otros, sus antiguos tonos revivieron. En lugar de pensar en El como el único Camino de Salvación, le recordaron como un pobre carpintero apenas a poca distancia de la sinagoga. Pues no se iba a soportar que la aldea se sometiera a tal Hombre, ni que los ancianos se dejaran enseñar por un carpintero. Nadie es profeta en su propia tierra. Por una parte estaban sus propias palabras de que El era el Camino, por la otra estaba el hecho de que era uno de ellos; y pasó de boca en boca la observación: “¿No es éste el hijo de José?”.

Lo expulsaron de la sinagoga e intentaron matarle
Se levantó un grito de execración y llenó toda la sinagoga; una protesta contra su intolerancia, un grito contra su estrechez mental, una queja contra sus aseveraciones y aun su "blasfemia" al decir que El era el Camino de Dios. En su excitación se lanzaron hasta El, le empujaron fuera de la sinagoga y todavía fuera de la calle del bazar. Con el tiempo, su furor se hizo mayor. Entonces le empujaron por toda la aldea, más allá de la puerta donde hacía treinta años su Madre había recibido el anuncio de un ángel, le hicieron volver la curva del valle que quedaba abajo del pueblo y subir la suave pendiente que termina abruptamente en el Valle de Esdraelón. No sólo iba a ser arrastrado por la aldea, ¡debía ser arrastrado hasta el precipicio para que encontrara la muerte que El "merecía"! Ellos alcanzaron el pico de la montaña que cae en forma de precipicio como una grieta abierta en el último extremo de la aldea. Se pidieron uno a otro que le empujasen a El, pero ocurrió algo extraño. Sus gritos de revuelta parecían vacíos. Miraron a su Víctima y nadie que lo vio lo olvidó alguna vez hasta sus últimos días. Como si hubieran sido golpeados por Dios, los nazarenos huyeron delante del Nazareno. El abandonó su ciudad y nunca más se albergó allí. La herida había penetrado muy profunda. Pero a los ojos de ellos El había merecido la muerte, porque dijo ser el mismo Camino de Dios, y era el Camino de Dios; pues el Camino de Dios es deslizarse de los dedos de los hombres que osarían arrojarle por una roca.


SEGUNDA ESCENA

La segunda escena se desarrolla en la ciudad de Jerusalén durante la Fiesta del Tabernáculo que era a la vez una fiesta de las cosechas y una conmemoración de los Hebreos a través del desierto. Tan pronto como apareció Jesús, fue divisado por el populacho, pues algunos estaban diciendo “El es un buen hombre” y otros decían, “No porque El seduce al pueblo”. De todas maneras, el pueblo pensó que tenía derecho a pedirle que exhibiera sus credenciales. Dando un maravilloso salto a lo Infinito y Eterno, El declaró que su Doctrina es la misma doctrina de Dios que le envió y cuyo Hijo Eterno era El. Vino la noche y se halló sentado en el atrio de las mujeres que contenía las trece arcas en que el pueblo arrojaba sus dádivas. En este atrio, y por tanto muy cerca de El, probablemente al otro lado suyo, había dos candelabros gigantescos con cincuenta codos de alto, suntuosamente dorados, y con lámparas encendidas en su cúspide, arrojando su suave luz sobre el templo. Alrededor de estas lámparas el pueblo en su entusiasmo, e inclusive los más encumbrados Fariseos, se juntaban en danzas festivas, mientras al son de flautas, los Levitas sentados en las quince gradas que conducían al atrio, cantaban los hermosos salmos que eran bien conocidos como los “Cantos de Gradas”. En cuanto Nuestro Señor tomó asiento entre aquellas dos grandes luces que iluminaban los rostros bondadosos de los amigos y las caras siniestras de los enemigos, aquéllas parecieron brillar sobre El, como sobre ninguno más, arrojando una hermosa aureola en torno a su majestuosa Cabeza. El se proponía siempre dar forma a los ejemplos de sus discursos con esos incidentes eternos que fijarían las palabras lo más indeleblemente en las mentes de sus oyentes. Así como había dado la parábola del viñador mientras El estaba de pie cerca de un viñedo, y la parábola del pescador mientras hablaba con un pescador en el lago, así ahora declaró su misión al mundo mientras se hallaba en medio de la luz de esas dos lámparas. Frente al colorido de su apariencia, con el brillo llameante de la luz de esas lámparas, en el mismo umbral del Santo de los Santos, el Santo de los Santos proclamó que la luz de Dios había venido a las tinieblas de los hombres:

“Yo soy la luz del mundo: El que me sigue, no camina a oscuras, sino que tendrá la luz de la vida”.

Yo soy la luz del mundo: El que me sigue
no camina a oscuras, sino que tendrá
la Luz de la Vida.
No había cómo tergiversar sus palabras. El no dijo que El era como una luz; El no dijo que El era algo como esos candelabros que ahora iluminaban las tinieblas; El no dijo que era la Luz de algún pueblo en especial, sino dijo que era la misma Luz que es idéntica a la Verdad y que ilumina a todo hombre que viniera al mundo. Para hacer una afirmación semejante El tenía que conocer todas las cosas. Hasta donde ellos lo recordaran. El no había aprendido en ninguna de las grandes escuelas de Jerusalén, ni se había sentado a los pies del gran Gamaliel. Y así fue como sus auditores se volvieron unos a otros diciendo: “¿Cómo es que este hombre sabe, si nunca ha aprendido?” Y cuando le preguntaron: “¿Quién eres?” quedaron perplejos con su declaración de que Aquel cuya Verdad era la luz del mundo, poseía esa verdad desde toda la eternidad. Jesús les dijo: “Yo soy el Principio… el mismo que os estoy hablando. . . si perseveráis en mi doctrina, seréis verdaderamente discípulos míos: y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”.

No comprendiendo sus oyentes la gran verdad de que El era la Luz del Mundo, preguntaron: “¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Abraham, el cual murió?” La respuesta de Nuestro Señor fue una afirmación de Su eternidad: “Abraham vuestro padre ardió en deseos de ver este día mío; viole, y se llenó de gozo”. Entonces preguntaron: “Aun no tienes cincuenta años ¿y viste a Abraham?” Jesús les dijo: “En verdad, en verdad os digo, que antes que Abraham fuera criado, yo existo”.

“Yo soy” Jehová. ¡Esto era terrible! Este hombre de Nazaret ahora se hacía él mismo igual a la Luz, igual a la Verdad, igual a Dios. Ser el hijo de Abraham era ser la Luz de ellos; ser el Hijo de Dios era ser la Luz del Mundo. Era el grito de batalla de Nuestro Señor a un mundo descarriado, un toque de rebato a esclavos para que se libertaran en nombre de la verdad que hace libres a los hombres. Pero así como la luz del sol de mediodía es demasiado fuerte para ojos débiles, así la Luz del mundo era demasiado deslumbradora para mentes acostumbradas sólo a luz de candelabros. Y entonces, en su furia contra Aquel que clamaba ver la única Verdad del mundo, la Luz de Vida, y la Sabiduría que no había nacido en la eternidad sin edades, ellos tomaron piedras para arrojarle. Pero cuando iban a acomodar sus piedras en las hondas, El se había ocultado, demostrando una vez más que era la Verdad, pues la Verdad siempre se oculta a aquellos que buscan matar, y no buscan con sencillez y humildad de corazón.


TERCERA ESCENA

"Yo soy el pan vivo que he descendido del cielo...
quien me come, también él vivirá por mí"
La tercera escena tuvo lugar en el país de Cafarnaum. Era el día posterior al día en que El había alimentado a cinco mil que le habían seguido en el desierto, y de los cuales se ocultó para que no le hicieran rey. Ellos le habían buscado por largo tiempo, y cuando al fin le hallaron al otro lado del mar, su primera pregunta fue: “Maestro, ¿cuándo viniste acá?” Pero nuestro Señor no hizo caso a esa pregunta, porque no era de interés para ellos. Lo que a ellos interesaba era un verdadero entendimiento del milagro que El había hecho para ellos cuando les dio pan y peces. El sabía que eran lentos para entender. El había hecho observar que por más que El hiciera por ellos, más le miraban como benefactor material y dejarían de ver las cosas más espirituales que había más allá. Ellos estaban inclinados sólo sobre la vida terrena y los reinos del mundo. El haría ahora un último esfuerzo por hacerles comprender su misión: “En verdad en verdad os digo: que vosotros me buscáis, no por mi doctrina, atestiguada por los milagros que habéis visto, sino porque os he dado de comer con aquellos panes, hasta saciaros. Trabajad para tener, no tanto el manjar que se consume, sino el que dura hasta la vida eterna, el cual os le dará el Hijo del hombre; pues en éste imprimió su sello o imagen el Padre, que es Dios”. Ellos le pidieron: “Señor, danos siempre ese pan”, y Jesús respondió: “Yo soy el pan vivo que he descendido del cielo. Quien comiere de este pan vivirá eternamente: y el pan que yo daré es la misma carne la cual daré yo para la vida o salvación del mundo”. “Así como el que me ha enviado vive, y yo vivo por el Padre: así quien me come, también él vivirá por mí”. Las últimas palabras fueron claras y enfáticas. Así como El había dicho antes que El era el Camino y la Luz, así decía ahora que El era la Vida del mundo. Esto llegó como una sacudida tanto para creyentes como para incrédulos. El se estaba identificando ahora con la vida, así como antes se había identificado con la Verdad. Fuera imposible o no, El había dicho esto. Las antiguas murmuraciones estallaron de nuevo, ahora no de la mente vulgar del populacho, sino de sus propios discípulos que se escandalizaron ante su afirmación de que El vino del cielo y que Su vida no era la vida del mundo.

Algunos de éstos murmuraron: “Esa afirmación es dura, ¿y quién la creerá? y luego salieron para no caminar más con El. Ellos le habían entendido rectamente, de otra manera El no los hubiera dejado marchar.

Los únicos que permanecieron fueron aquellos agrupados en torno a Pedro, a quienes Jesús dijo: “¿Y vosotros queréis también retiraros?”.

¡Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios!
Pedro, la roca, contestó: “Señor, ¿a quién iremos? tú tienes palabras de Vida Eterna, y nosotros hemos creído, y conocido que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios”.

Ese era precisamente el punto. Siempre que El es Dios, El es nuestra Vida, porque, ¿qué es Dios sino la Vida de los Hombres? La identificación fue completa: Su Persona era la Vida. El no vino para traernos vida como un amigo nos trae pan. El es el Pan que es Vida. Y así en la noche antes de que El muriera, El hizo lo que ningún hombre en agonía era capaz de hacer. Otros dejan sus propiedades, sus riquezas, sus títulos. Pero El, al morir, dejó Su Vida; porque, ¿cómo pueden vivir los hombres sin la Vida que es Dios? Siempre que la vida vegetal que sustenta la vida animal no vive en otro planeta sino cerca de la vida animal, y siempre que la vida animal que sustenta la vida humana no vive en otro universo, sino que está cerca de aquellos que la necesitan, así la Vida Divina que es la vida de las almas, estará entre los hombres en el Pan de Vida y el Vino que germinan vírgenes.

Estas tres escenas y la gran lección de cada una se repitieron la noche antes de que El muriera. Cuando Nuestro Señor estaba dando su último discurso a Sus seguidores, fue interrumpido por Tomás que preguntaba: “¿Cómo podemos saber el Camino?”.

A lo cual respondió Jesús: “Yo soy el Camino, y la Verdad y la Vida”.

Ahora volved a cualquier otro maestro de moral que el mundo haya conocido y buscad un mensaje similar. Tomad cualquiera de ellos, Buda, Confucio, Lao-tsé, Sócrates, Mahoma, no importa. Ninguno de ellos se identificó a sí mismo ni con el camino de salvación, ni con la verdad, ni con la Vida. Todos ellos dijeron: “Yo mostraré el camino”; pero Nuestro Señor dijo: “Yo soy el Camino”. Todos ellos dijeron: “Yo os diré cómo poseer la verdad o cómo descubrir la Luz”. Pero Nuestro Señor dijo: “Yo soy la Verdad; yo soy la Luz del Mundo”. Todos ellos dijeron: “Yo os ayudaré a alcanzar la vida que no muera”; pero Nuestro Señor dijo: “Yo soy la Vida”. Cada uno de los reformadores, cada uno de los grandes pensadores, cada uno de los predicadores de moral en la historia del mundo han señalado hacia un ideal exterior a ellos mismos. Nuestro Señor no. El señaló hacia El mismo. Cada uno de los fundadores de una religión del mundo pidieren a los hombres que miraran a su sistema, que era aparte de sus personas. Nuestro Señor no. El señaló a Su persona. Alcibíades, por ejemplo, preguntó a Sócrates qué debía pedir a los dioses. Sócrates le respondió: “esperar algún maestro más grande que nos dijera cómo hemos de conducirnos delante de Dios”.

Sócrates no dijo: “Miradme, yo soy el camino”. Más bien dijo: “Mirad después de mí, más allá de mí, y fuera de mí”. Había distinción entre el maestro y el sistema. Lo que se puede, decir de Sócrates, se puede decir igualmente de Buda. En el Libro del Gran Muerto, Ananda trata de conseguir cuándo está cerca de su fin, que Buda le dé dirección y consuelo. Buda no dice: “Cree en mí” o “Vive en mí”, sino que contesta: “Sé una lámpara para ti misma y un refugio para ti misma”. Estaba prácticamente diciendo: “Yo no soy la Luz. No soy la Verdad”. Esto era algo fuera de sí mismo.

Confucio el gran reformador, de Oriente, repetidamente rechazaba cualquier excelencia especial de sí mismo. “¿Cómo osaría”, decía, “contarme yo mismo entre los sabios y los hombres de virtud perfecta?” Prácticamente estaba diciendo: La luz no está en mí. Estos ideales son distintos de mi existencia histórica. Aun en la religión de Israel los profetas Hebreos fueron maestros de moral de su nación, que exigían sin compromiso obediencia para las palabras pronunciadas por ellos, pero decían que sus palabras exigían reverencia, no porque fueran las palabras de ellos, sino porque eran las palabras de Dios. De aquí la frecuencia en la expresión de los Profetas Hebreos: “Así lo ha dicho el Señor”.

Lo que es verdad en el pasado es verdad en el presente. Hoy día no hay reformador o predicador que crea que él es la encarnación del ideal. Cuando más, ellos dirían que son postes con letreros para señalar una Jerusalén celestial, pero en ningún caso que son la ciudad misma.

Es en esto donde Cristo se diferencia de todos ellos. Mientras Sócrates decía: “Esperad a otro”, Cristo dijo: Yo estoy aquí. Las escrituras tienen cumplimiento en vuestros oídos. Mientras Buda rehusó ser una lámpara para guiar a la pobre moribunda Ananda, Cristo decía: “Yo soy la Luz del Mundo”. Mientras Confucio se negó a ver en sí mismo una personificación de su ideal de perfección, Cristo decía que El era Vida y Resurrección. Mientras los profetas de Israel señalaron más allá de sí mismos, Cristo se proclamó a Sí mismo como el Esperado de las Naciones.

Solo hay un Camino para ir al Padre
No había, por tanto, ningún ideal fuera de Su vida histórica, El es el Ideal. No había sistema fuera de Su Persona. Su Persona es el sistema. No había ningún camino aparte de Su Camino, ninguna Verdad fuera de Su Verdad, ninguna Vida distinta de Su Vida. No había nada fuera o más allá de El, pues todos los caminos y las verdades y las vidas dispersas encontraron su centro y fuente, y en tal medida que El pudo decir lo que ninguno se había alguna vez atrevido a decir: Sin Mí nada podéis hacer. Podéis comprar y vender sin Mí, podéis engrandecer vuestras haciendas y construir vuestras moradas sin Mí, podéis fabricar vuestros navios sin Mí, pero no podéis dar un paso hacia el Ideal, que es la Vida Divina, sin Mí, porque yo soy esa Vida. No podéis siquiera ir al Padre sin Mí, pues Yo y el Padre somos Uno.

Nuestro hambriento mundo moderno necesita meditar profundamente en esta unicidad del ideal con la misma Persona de Cristo. Desde la mitad del siglo diecinueve los corazones humanos han estado tratando de vivir sobre sistema: en el Humanitarismo, la Religión del Modernismo, la Religión de las Ciencias, la Religión del Humanismo, la Religión de la Belleza, el Freudianismo, Teosofismo, Espiritualismo, Idealismo; mil y una mezclas de mustio racionalismo, enmohecidas supersticiones, carcomidas nigromancias, amarga filantropía, simiescos simbolismos, que han hecho místicas misteriosas sacadas de los hombres sólo por un momento pasajero. Pero estas abstracciones congeladas no pueden satisfacer un corazón, porque un corazón no puede vivir de un sistema acerca de la Verdad, o una teoría acerca del Amor, o una hipótesis acerca de la Vida. El corazón humano puede vivir solamente del amor. Y hay solamente una cosa que el corazón humano puede amar: y es una Persona. Unificad esa Persona con el Camino que se debe seguir, con la Verdad que debe ser conocida, con la Vida que ha de vivirse, y ese camino, esa Verdad y esa Vida arrastrarán a miles de corazones, arracándoles la dulce sinfonía del amor.

Tal es la Persona de Nuestro Bendito Señor que, entre todos los hombres, sólo El combina el Ideal y la Historia en Su propia Persona. Porque El es el Ideal, existe el romance de amor en torno a Su persona; porque El es una Persona histórica, hay la verdad acerca del romance. Todos los demás contaron un romance. Nuestro Señor lo vivió. Todo lo demás fué tran trillado como la historia. El Cristo Histórico fue tan romántico como el amor. Mientras más profundamente pensamos sobre el asunto, mejor vemos que si Dios es bueno, nosotros debemos buscar Su Camino, Su Verdad y Su Vida; no solamente para que sea camino arriba de los cielos, sino también aquí abajo en el polvo de nuestras pobres vidas. Después de todo, lo que todos los pueblos han estado esperando en todo tiempo es un Ideal en la carne. No podrían continuar soñando ensueños y pintando símbolos. Los Judíos miraron hacia un Ideal en la carne; los Gentiles, que no conocían la revelación, en medio de su misma idolatría decían: “Bien, si Dios no baja hasta nosotros para ser Nuestro Camino, Nuestra Verdad, Nuestra Vida, entonces le haremos bajar. Construiremos Su imagen en piedra, oro y plata”. Pero la imagen, no podría satisfacer más que los sistemas de nuestros días. Había un abismo que sólo podía cubrir una Encarnación. Y así fue como bajó Dios. Descendió como la personificación de nuestros sueños —la carne y sangre de nuestras esperanzas— el Romance de amor que es tan cierto y real como la historia. Por eso es por lo que El es amado; por eso es por lo que El es adorado; por eso es por lo que El es Dios. Hay un título querido a todos los que hallan en el Camino, la Verdad y la Vida, un título que reconoció su Divinidad, que da a la creatura un fácil acceso al Creador, al pecador un fácil acceso a la Santidad, y a nuestros corazones rotos una puerta abierta al Amor reparador de lo Divino; y este título que trae lo Infinito a lo humano en la más amable, hermosa y dulce familiaridad, es EL SAGRADO CORAZÓN.

Monseñor Fulton J.Sheen de su obra “El eterno Galileo”.

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