sábado, 3 de septiembre de 2016

SU SANTIDAD SAN PÍO X, BIOGRAFÍA


Hablamos no para agradar a los hombres,
sino a Dios que juzga nuestros corazones
 1 Tes. 2, 4.

San Pío X, Papa (1835-1914)

José Sarto, más conocido como: Papa San Pío X, nació el 2 de junio de 1835 en Riese, una pequeña aldea de 4500 habitantes. Sus padres, Juan Bautista Sarto y Margarita Sansón, habían contraído matrimonio dos años antes en la misma iglesia parroquial donde fue bautizado José al día siguiente de su nacimiento.

Juan Bautista ejercía el oficio de ordenanza municipal, mientras que Margarita se dedicaba a la costura. Tuvieron diez hijos, siendo José el segundo de ellos. La familia Sarto era numerosa y modesta. Margarita, esposa y madre ejemplar, procuraba inculcar a sus hijos las virtudes cristianas que ella misma había heredado de sus padres. José iba frecuentemente a rezar al santuario de Cendrole, a 1 km de Riese, porque ya desde muy niño sentía una devoción muy especial por la Santísima Virgen. Le encantaba ayudar a Misa y en casa, levantar altarcitos para practicar las ceremonias de la Iglesia. Aquellos actos de devoción iban plantando en su corazón los primeros gérmenes de la vocación.

Su gusto por el catecismo y la Misa no dejó de llamar la atención de Don Fusarini, el párroco que lo había bautizado. Luego de estudios elementales, ingresó como alumno externo (1846-1850) al colegio de Castelfranco (a 7 km de Riese) para sus estudios secundarios. Mientras tanto, recibió la Confirmación el 1 de diciembre de 1845 en la catedral de Asolo, y la primera Comunión en su parroquia el 6 de abril de 1847. Tanto en verano como en invierno recorría a pie dos veces al día el camino que iba desde su casa hasta el colegio, con un pedazo de pan en el bolsillo para la comida.

Era un alumno excelente y siempre fue el primero. Cuando quiso entrar al Seminario, resultó que sus padres no podían asumir aquellos gastos. No obstante, rezaron a la Divina Providencia, que vino a consolar a la familia: el Patriarca de Venecia contaba con varias becas de estudios para el seminario de Padua en favor de los jóvenes que aspiraban al sacerdocio. Cuando el cardenal Jacopo Monico, originario de Riese, fue informado sobre el caso difícil de la familia Sarto, éste le concedió con mucho gusto una de aquellas becas.

En el Seminario de Padua

José Sarto ingresó al seminario en otoño de 1850 y allí permaneció ocho años. Pronto se convirtió en un modelo de humildad y de sencillez para sus compañeros. Maestros y alumnos apreciaban su inteligencia, pero José no se envanecía con ello.

No obstante, el 4 de mayo de 1852 la muerte de su padre puso de golpe a la familia en una situación económica muy dramática. En aquella dolorosa circunstancia, el arcipreste Don Fusarini se convirtió en su ángel consolador, pues le aseguró a su padre moribundo que seguiría ayudando a su hijo José en los estudios. El seminarista se entregó en las manos de Dios, y al final del año escolar 1857-58, José Sarto concluyó sus estudios.

Primera Misa

El 18 de septiembre de 1858 fue ordenado sacerdote en la catedral de Castelfranco y, al día siguiente, asistido por el párroco de Riese, pudo cantar con gran devoción su primera Misa en el mismo lugar en que había sido bautizado. Poco después fue nombrado vicario en Tombolo.

Párroco de Salzano

Nueve años más tarde, en mayo de 1867, contando con 32 años, fue nombrado párroco de Salzano, donde se quedó durante otros nueve años. Ahora sus ingresos eran un poquito mayores, y les servían para ayudar a pobres y enfermos. Rápidamente se ganó al corazón de sus feligreses con su palabra, con su conducta y con el ejemplo de una vida santa.

Canónigo en Treviso

Treviso queda a 30 km de Venecia. En 1875, el obispo de Treviso pensó en el arcipreste Sarto, cuyas eminentes cualidades de espíritu y corazón tanto apreciaba, para ponerlo de canónigo en la catedral de aquella ciudad. En vano le pidió al obispo que lo dispensase de tal cargo. Además de sus funciones, había de ocuparse de ser el director espiritual del seminario, que contaba entonces con 130 alumnos.

En Treviso, Mons. Sarto también distribuía en limosnas una buena parte de sus ingresos. No quería que nadie lo supiera, pero por mucho que hacía las cosas en secreto, pronto se supo que acudían ayuda de los seminaristas pobres: a unos les pagaba la sotana, a otros el sombrero, a muchos de ellos los libros… Con todo, por muy caritativo que fuera con los demás, consigo mismo era muy severo.

Tras la muerte de Mons. Zinelli, ocurrida el 24 de noviembre de 1879, se tuvo que encargar del gobierno de la diócesis durante casi un año. Aquel lapso de tiempo tan breve le bastó para hacer muchas cosas: predicaba más aún de lo acostumbrado, corregía las malas costumbres, introducía las reformas que las Constituciones Apostólicas permitían a los vicarios capitulares. Su mayor preocupación fue que el pueblo fiel fuera instruido en la religión, y los niños catequizados y preparados para su primera Comunión.

Obispo de Mantua

Obispo de Mantua
Sus múltiples méritos, sus señaladas virtudes, su santidad de vida, su celo por la salvación de las almas y su competencia para gobernar la diócesis de Treviso llegaron a conocimiento del Papa León XIII que, queriendo mostrarle su confianza, lo nombró obispo de Mantua en noviembre de 1884. El humilde José Sarto miró aquel nombramiento como una desgracia e incluso escribió al Papa, pero no se tuvo en cuenta su petición. Así que partió para Roma, donde el domingo 16 de noviembre de 1884, día dedicado al patrocinio de María Inmaculada, protectora de Mantua, fue consagrado obispo en la iglesia de San Apolinar.

El 18 de abril del año siguiente Mons. Sarto hizo su entrada solemne en su diócesis. Para los hombres destinados a grandes cosas, los caminos de la Providencia suelen ser misteriosos.

Se ocupó en primer lugar del clero: para favorecer las vocaciones sacerdotales, le pidió a todos los fieles que ayudasen a los seminaristas, de los que dependía toda la esperanza de un futuro mejor para la diócesis. El resultado fue muy positivo, ya que el número de clérigos se elevó a 147. Monseñor Sarto se tomó particularmente a pecho la formación de los seminaristas. De cada joven que deseaba entrar al seminario, quería saber si tenía la vocación, si era piadoso, si frecuentaba los sacramentos, si rezaba… En pocas palabras, deseaba verdaderos sacerdotes para la Iglesia.

Luego, para remediar las fallas, que por descuidos, había ya en aquella épocadentro de algunas parroquias, decidió que se reuniera un Sínodo diocesano, a cuyo término se editaron algunas prescripciones acerca de la instrucción religiosa de los fieles: explicación cada domingo del mes del Evangelio; mejor preparación para los niños a la primera Comunión; creación de círculos y de asociaciones católicas para jóvenes, con el fin de mantenerlos alejados de los peligros; reorganización de las cofradías, etc. Podemos considerar aquel Sínodo como el punto de partida de la restauración moral y religiosa de toda la diócesis de Mantua.

Cardenal y Patriarca

Tras la muerte del Patriarca de Venecia, el Papa León XIII lo designó sucesor el 12 de junio de 1892. Aunque pidió de nuevo que lo dispensaran de tales funciones, otra vez fue en vano. En octubre de aquel año fue a visitar por última vez a su tan querida madre, quien entregó su hermosa alma a Dios el mes de febrero del año siguiente.

Siempre vivió pobre de espíritu, lleno de compasión por los sufrimientos de los desdichados, de modo que siempre estaba dispuesto a ayudar a las personas que acudían a él. Visitaba frecuentemente los hospitales, los hospicios y las prisiones. El celo y la actividad del Cardenal Sarto no tenían límites cuando se trataba de socorrer las miserias humanas de todo tipo.

El escudo de armas de Mons. Sarto consistía inicialmente en un fondo azul con un ancla de plata de tres ganchos sobre un mar agitado, iluminado por una estrella de oro. Los tres ganchos del ancla simbolizaban la fe, la esperanza y la caridad: «La cual tenemos como segura y firme áncora de nuestra alma» (Heb 6, 19). La estrella evocaba a María. Pero ahora que era patriarca de Venecia, añadió a su escudo el león alado que tiene el Evangelio, representación de San Marcos, patrón principal de la augusta ciudad, además de estas palabras: «Pax tibi Marce evangelista meus!». Cuando fue elegido Papa, San Pío X conservó el león en sus armas, añadiendo tan sólo las insignias del Sumo Pontificado.

Una Papa excepcional

El 20 de julio de 1903, León XIII entregó su alma a Dios. Unos días más tarde, el 26, el patriarca Sarto dejaba Venecia para acudir al cónclave. Tras los primeros escrutinios, la elección del Cónclave se inclinó en favor del cardenal Sarto. Cada escrutinio iba aumentando los votos a favor suyo, y él suplicaba con gran humildad a sus compañeros que no votaran por él. Pero Dios iba a decidir de un modo muy distinto: al séptimo día, el 4 de agosto de 1903, el cardenal Sarto fue elegido Sucesor de San Pedro.

El humilde electo, con la cabeza baja, los ojos cerrados y con sus labios musitando una plegaria escuchó las palabras de regla del cardenal decano: «¿Acepta usted su elección, según las reglas canónicas, al Sumo Pontificado?» El augusto electo, levantando al cielo sus ojos bañados de lágrimas, dijo a ejemplo del Salvador en el Jardín de los Olivos: «Si este cáliz no puede alejarse de mí, hágase la voluntad de Dios: Acepto». José Sarto, humilde hijo de una ordenanza municipal y de una costurera ¡se había convertido en Papa! El 9 de agosto fue coronado Papa en la basílica de San Pedro.

En los 11 años de su pontificado redactó nada menos que 3300 documentos para restaurar todas las cosas en Cristo: «Manifestamos que en la gestión de Nuestro pontificado tenemos un sólo propósito: instaurar todas las cosas en Cristo, para que efectivamente todo y en todos sea Cristo», como escribió en su primera encíclica E Supremi Apostolatus, del 4 de octubre de 1903.

El defensor de Jesucristo y de su Iglesia

El papel del Papa, en cuanto Vicario de Jesucristo en la tierra y defensor de la Iglesia, consiste en conservar y propagar la fe y doctrina católicas. Apenas subió al trono pontificio, San Pío X se dedicó valientemente a esta misión.

Poco menos de un año después, San Pío X tuvo que enfrentarse con la injusta ley francesa de la separación de la Iglesia y el Estado que el parlamento había votado el 9 de diciembre de 1905, cuyos nefastos defectos se dejaron sentir muy rápido: expolio de los bienes del clero; persecución contra las instituciones de beneficencia; disolución de las congregaciones religiosas; ataque implacable contra las religiosas de los hospitales, escuelas, orfanatorios y asilos, etc. En tales circunstancias, San Pío X protestó enérgicamente mediante la encíclica Vehementer del 11 de febrero de 1906, en la que condenó solemnemente aquella ley, y un año más tarde, una vez más, mediante una encíclica, condenó la persecución contra la Iglesia en Francia.

La Iglesia de Portugal también sufrió persecuciones de un modo incluso más violento y bárbaro del que había sufrido en Francia. San Pío X actuó del mismo modo; mediante la encíclica Jamdudum in Lusitania del 24 de mayo de 1911, y así, por segunda vez, con una caridad evangélica, San Pío X acudió en ayuda de las víctimas de la persecución.

El 24 de mayo de 1910 publicó encíclica Editae saepe, en la que se translucía su fortaleza en la lucha contra los errores de aquellos tiempos; indicando los rasgos que distinguen una verdadera reforma de una falsa y desenmascarando a los supuestos reformadores. Por tal razón, San Pío X exhortó a todos los fieles a vivir como buenos cristianos, a frecuentar los sacramentos y a dedicarse a la salvación de sus propias almas.

El reivindicador de la Fe

Ya en aquella época ciertas teorías novedosas amenazaban a la Iglesia, pues algunos sentían la comezón de reformar las doctrinas católicas reemplazándolas por otras supuestamente más adaptadas a las condiciones de los tiempos modernos, como si los dogmas católicos hubieran de cambiar con las ideas de los hombres y como si la religión tuviera que adaptarse a los hombres y no al revés. Herejía que hoy ha difundido ampliamente la doctrina progresista.

Los llamados "modernistas" empezaban a infiltrarse casi por todas partes. San Pío X se inquietó por la salvación de las almas y por la doctrina de la Iglesia, y por ello, el 11 de septiembre de 1907 publicó su admirable encíclica Pascendi contra el modernismo, luego del decreto Lamentabili que había publicado tres meses atrás, el 3 de julio.

En aquella misma época intervino en Francia también en las cuestiones de 'Le Sillon' (“El Surco”), movimiento social y político que echaba por tierra toda la doctrina de la Iglesia.

El reformador

El Papa San Pío X dio también reglas sobre la predicación y la enseñanza del catecismo. Recordando a los párrocos su obligación de instruir a los fieles sobre las verdades de la religión, quiso que todos los domingos y fiestas de precepto se explicara el texto del catecismo del Concilio de Trento.

El 20 de diciembre de 1905 publicó el decreto Sacra Tridentina Synodus, en donde exhortaba a la comunión frecuente y diaria. Esta solicitud del Santo Padre produjo en todas partes frutos admirables, constituyendo un verdadero resurgir universal de la devoción eucarística. Al ver que casi en todas partes se retrasaba de modo abusivo el acto solemne de la primera Comunión, decidió que pudiera hacerse a partir de la edad de siete años.

El liturgista

Como algunos compositores profanos y teatrales tomaban la delantera al canto gregoriano, que es el canto litúrgico adoptado por la Iglesia, 22 de noviembre de 1903 San Pío X escribió su “Motu proprio” Tra le sollicitudini, combatiendo con fuerza aquella profanación, creando una comisión encargada especialmente de restablecer en su primitiva belleza el canto litúrgico, y fundando una escuela superior de música sagrada. A estas reformas necesarias, hemos de añadir la del Breviario, mediante la Bula Divino afflatu, del 1 de noviembre de 1911.

A lo largo de su pontificado, San Pío X canonizó cuatro Santos y proclamó a setenta y tres beatos.

El 50º aniversario de la proclamación del Dogma de la Inmaculada Concepción se convirtió para San Pío X en un motivo más para hacer amar la Santísima Virgen, pues mediante la encíclica Ad diem illum, del 2 de febrero de 1904, exhortaba a todos los fieles a honrar a nuestra buena Madre del Cielo y a implorar frecuentemente su protección.

El legislador

El 19 de marzo de 1904 San Pío X decidió la unificación del Derecho canónico, para lo cual estableció una comisión de cardenales. Aunque este código se publicó bajo Benedicto XV, la gloria por ello le corresponde a San Pío X, quien puso toda su alma a servicio de esta elaboración.

En Francia la familia empezaba a ser atacada por las ideas masónicas, razón por la cual, para proteger su integridad, San Pío X modificó mediante el decreto Ne temere del 2 de agosto de 1907 las reglas referentes al compromiso y a la celebración del matrimonio.

La muerte del Santo Papa

En 1914 estalló la Primera Guerra Mundial. Imposible expresar el sufrimiento que San Pío X experimentó ante el pensamiento de la espantosa matanza en los campos de batalla. El 2 de agosto de 1914 compuso una ardiente oración por la paz que envió a todos los católicos del mundo. Una bronquitis había debilitado su robusta salud, pero fue sobre todo la visión de aquella guerra horrible, cada día más cruenta, la que lo fue abatiendo. El augusto enfermo pasaba los días y las noches en oración, pidiendo la paz. No obstante, su estado de salud se fue empeorando día a día.

El 19 de agosto de 1914 se le administraron los últimos sacramentos, que recibió con mucha piedad. Ya había perdido el uso de la palabra, pero guardaba su lucidez. A la 1:15 de la mañana (o sea, de la noche del 19 al 20) aquel santo Papa entregó su alma a Dios.

El testamento de San Pío X

San Pío X empieza su testamento con una invocación a la Santísima Trinidad, seguida por un acto de confianza en la divina misericordia, y añade: «Nací pobre, he vivido pobre y quiero morir pobre». Pidió que sus funerales fueran también lo más sencillos que permitieran las reglas litúrgicas. Prohibió que su cuerpo fuera embalsamado y quiso ser enterrado en las grutas de la Basílica Vaticana.

Los despojos mortales de San Pío X, revestido con ornamentos pontificios, fueron trasladados a la Basílica de San Pedro y expuestos en la capilla del Santísimo Sacramento. La ceremonia de sus exequias tuvo lugar el 23 de agosto de 1914.

El primer proceso para su canonización tuvo lugar el 14 de febrero de 1923 y duró hasta 1931. Doce años más tarde, el Papa Pío XII abrió el segundo proceso, y el 3 de junio de 1951 fue proclamado solemnemente Beato en la Basílica de San Pedro de Roma. Finalmente fue canonizado en 1954. Su cuerpo incorrupto se venera en el Vaticano.


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