martes, 18 de marzo de 2014
lunes, 17 de marzo de 2014
ROMANCERO DE LA VÍA DOLOROSA de Fr. Asinello (AUDIOS).
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| Madre: Tú me lo entregaste niño como manojo de nardos; yo te lo devuelvo muerto como racimo pisado |
El Romancero es una composición poética del sacerdote mexicano Benjamín Sánchez Espinoza, también conocido con el pseudónimo de Fr’ Asinello (“Fray Burrito”), dedicada a cada una de las catorce Estaciones del Vía Crucis. Quien lo haya leído detenidamente, podrá percatarse de la belleza de sus imágenes y de la profundidad espiritual de su contenido; pero, lejos de quedarse sólo con eso, quien lo escuche aquí con la voz de Manuel Bernal, quedará impregnado de una experiencia de fe, pues El Romancero conduce a vivir los Misterios de la Pasión del Señor, no con el estupor de contemplar la crudeza de sus sufrimientos, sino con el éxtasis en la comprensión del sacrificio divino.
Para los suscriptores (en caso de no aparecer los reproductores de sonido), pueden escucharlos haciendo click AQUÍ.
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NOTA: No todos los audios de ese sitio (ivoox) son recomendables
- Varios temas relacionados, haz click en: Via Crucis
domingo, 16 de marzo de 2014
LOS SACRAMENTOS EN GENERAL. CATECISMO EN VIDEOS. TEMA ONCE.
A continuación publicamos el onceavo tema de esta serie de videos para catequesis. Como explicamos en el primer tema, el material está plenamente apegado al dogma y cuenta con la aprobación del entonces arzobispo primado de México. Está dirigido a niños y adolescentes pero también es útil y aprovechable para adultos. Seguramente muchos lectores adultos aprenderán aspectos que desconocían de su fe y de la historia sagrada.
Es muy aconsejable que los papás lo vean conjuntamente con sus hijos, pues es un material muy didáctico y con doctrina segura, para que lo utilicen como complemento en la catequesis familiar. Por supuesto, será de gran utilidad y apoyo didáctico, también, para el catecismo en grupos de iglesias y parroquias.
Para ver todo lo editado (las demás partes de la serie se irán publicando paulatinamente), basta hacer click en nuestra etiqueta: CATECISMO EN VIDEOS
sábado, 15 de marzo de 2014
viernes, 14 de marzo de 2014
LA MUERTE DE UN POLÍTICO (Cuento).
Un día, mientras caminaba por la calle, un dirigente de un importante partido político es trágicamente atropellado por un camión y muere.
Su alma llega al paraíso y se encuentra, en la entrada, a San Pedro en persona.
- "Bienvenido al paraíso", le dice San Pedro:
- "Antes de que te acomodes, parece que hay un problema. Verás, muy raramente un alto político ha llegado aquí y no estamos seguros de qué hacer contigo. Lo que haremos será hacerte pasar un día en el infierno y otro en el paraíso, y luego podrás elegir dónde pasar la eternidad".
Y con esto, San Pedro acompaña al político al ascensor y baja, baja hasta el infierno.
Las puertas se abren y se encuentra justo en medio de un verde campo de golf.
A lo lejos hay un club y, de pie, delante de él, están todos sus amigos políticos que habían trabajado con él, todos vestidos con traje de noche y muy contentos. Corren a saludarlo, lo abrazan y recuerdan los buenos tiempos en los que se enriquecían a costa del pueblo. Juegan un agradable partido de golf y luego, por la noche, cenan juntos en el Restaurante Gourmet del club, con langosta como plato principal y los atienden hermosísimas meseras.
Se encuentra también al Diablo, que de hecho es un tipo muy simpático y se divierte mucho contando chistes y bailando.
Se está divirtiendo tanto que, antes de que se de cuenta, es ya hora de irse. Todos le dan un apretón de manos y lo despiden mientras sube al ascensor.
El ascensor sube, sube, sube, y se reabre la puerta del paraíso donde San Pedro lo está esperando. "Ahora es el momento de pasar a la antesala del paraíso".
Así que el político (inescrupuloso, ciertamente), pasa las 24 horas sucesivas saltando de nube en nube, tocando el arpa y cantando en la antesala del paraíso. Antes de que se dé cuenta, las 24 horas ya han pasado y San Pedro va a buscarlo.
- "Ya has pasado un día en el infierno y otro en la antesala del paraíso, ahora debes elegir tu eternidad".
El hombre reflexiona un momento y luego responde: "Bueno, el paraíso ha sido precioso y todos son muy amables. Aunque sólo conocí la antesala. Sin embargo, creo que he estado mejor en el infierno. Además allá están casi todos mis amigos".
Así que San Pedro lo acompaña hasta el ascensor y otra vez baja, baja, baja, hasta el infierno. Cuando las puertas del ascensor se abren, se encuentra en medio de una tierra sombría y desierta, cubierta de excrementos y desperdicios. Ve a todos sus amigos atormentados por los demonios en medio de llamas devoradoras que los calcinan.
El Diablo lo alcanza y le pone un brazo en el cuello.
"No entiendo -balbucea el político-. Ayer estuve aquí y había lindas mujeres, un campo de golf y un club, comimos langosta y caviar, bailamos y nos divertimos mucho. Ahora todo lo que hay es un terreno desértico lleno de fuego, inmundicias y tormentos sin fin...".
El Diablo lo mira, sonríe y maliciosamente le responde:
- "Ayer estábamos en campaña. ¡¡¡ Hoy..., ya votaste por nosotros...!!! ¡¡¡Malvenido, infeliz!!!".
-Será un cuento... pero tiene una moraleja real: las tentaciones del demonio siempre serán un engaño-
jueves, 13 de marzo de 2014
LA BEATA LAURA VICUÑA Y EL CARDENAL KASPER
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| Beata Laura Vicuña, 1891-1904. Ofrece su vida a Dios para que su madre deje de vivir en amasiato y pueda salvar su alma |
Por Christopher Fleming
El jueves 6 marzo tuve la dicha de asistir a la presentación en Murcia del libro Al Cielo con Calcetines Cortos de Javier Paredes. El libro es la “secuela” de otro, titulado Santos de Pantalón Corto. En este librito (se lee en un par de horas) se relatan las vidas de los cuatro niños santos de la Iglesia, excluyendo a los mártires: Santo Domingo Savio y los beatos Laura Vicuña y Jacinta y Francisco de Fátima. [1] La historia de la beata Laura Vicuña, que antes de leer el libro de Don Javier desconocía, me ha conmovido profundamente, y creo que mis lectores también la apreciarán. Al leer su biografía, hábilmente narrada por el autor, he tomado conciencia de mi propia indignidad. ¡Qué tibio soy en comparación con esta niña! ¡Qué poco he dado al Señor y qué poco he sufrido por amor a Él!
Laura Vicuña nace en Santiago de Chile en 1891. Su padre muere cuando tiene tan sólo dos años y la madre decide cruzar los Andes hasta Argentina en busca de un futuro mejor. Al encontrarse en una situación desesperada se junta con un hombre en unión libre, un hombre violento que intentará abusar de Laura; al ver como sus avances son rechazados le propinará terribles palizas. La madre manda a sus dos hijas a un colegio de salesianas en Junín. Ahí Laura es feliz y progresa rápidamente, no sólo en sus estudios básicos, sino también espiritualmente. Un día en clase de catequesis, al oír la doctrina sobre el matrimonio, se entera de que su madre vive en pecado. El susto es tan grande que la pobre niña se desmaya, y desde ese momento ofrece todo tipo de sacrificios y sufrimientos por la salvación de su madre. Con el permiso de su confesor se somete a diversas mortificaciones, como meter en su cama trozos de ladrillo, echar ceniza a su sopa, y llevar cilicio los sábados. Hace su Primera Comunión a los diez años, y como era costumbre, escribe sus propósitos de vida:
"Primero: ¡Oh Dios mío, quiero amaros y serviros toda mi vida: por eso os doy mi alma, mi corazón, todo mi ser! Segundo: Quiero morir antes que ofenderos con el pecado; por eso, desde hoy, me mortificaré en todo lo que me pudiera apartar de vos. Tercero: Propongo hacer cuanto sepa y pueda para que seáis conocido y amado y reparar las ofensas que recibáis todos los días de los hombres, particularmente de las personas de mi familia. ¡Dios mío, dadme una vida de amor, de mortificación, de sacrificio!"Parece increíble que una criatura de apenas diez años fuera capaz de tanta madurez, de tanta generosidad espiritual. Sin embargo, Laura se da cuenta de que ni siquiera estas mortificaciones sirven, por lo que el 13 de febrero de 1902 consigue el permiso de su confesor para ofrecer su propia vida a cambio de la conversión de su madre. Al poco de realizar este ofrecimiento su salud deteriora, y en julio de 1903 (pleno invierno ahí) el río se desborda e inunda el colegio. Laura coge un resfriado grave y tiene que ser devuelta a la hacienda donde vive su madre, para morir ahí el 22 de enero del año siguiente tras una larga agonía. En su lecho de muerte le confía a su madre:
"Hace dos años ofrecí por ti la vida… para obtener la gracia de la conversión… Mamá, antes de morir, ¿No tendré la dicha de verte arrepentida?"
Su madre, al darse cuenta de que su hija muere por su pecado, le jura dejar al hombre con el que vive. Al morir Laura la madre se confiesa y se escapa de su “protector”; tiene que huir bajo un nombre falso y pasar penurias, pero desde ese momento vive santamente. Laura Vicuña fue beatificada por Juan Pablo II en 1988, y es patrona de los niños víctimas de abusos.
Una de las lecciones que nos enseña la vida de esta niña extraordinaria es la malicia del pecado y el horror que le debemos tener todos los católicos. Hoy en día se suelen relativizar muchos pecados, sobre todo los pecados contra la pureza. Se habla de la necesidad pastoral de ser misericordiosos con los católicos que se han divorciado y viven con otra pareja en estado de adulterio. Siempre hay que ser misericordioso, de eso no cabe duda. Sin embargo, no hay que confundir la misericordia con la permisividad. Si realmente odiamos el pecado, como lo odiaba la beata Laura Vicuña, una muestra de misericordia cristiana será hacer todo lo que está en nuestras manos para conseguir que las personas que viven en pecado vuelvan al Señor. Si somos misericordiosos con los que viven en adulterio, jamás les reafirmaremos en su pecado, sino que les animaremos en todo momento a la conversión.
Mi admirado Padre Carota escribe sobre las obras de misericordia espirituales, que son especialmente aptas para el tiempo de Cuaresma.
"El hecho crucial que ignoran los comunistas, socialistas y católicos modernistas es que el hombre está compuesto de cuerpo y alma. Así que cuando tenemos compasión y queremos actuar con misericordia, debemos mirar al Creador de nuestro cuerpo y alma. Entonces veremos con claridad que todo el sufrimiento físico y espiritual es por la rebelión contra Dios. El desorden social y familiar es por quebrantar Sus leyes amorosas. Hace poco un acólito de la Misa Tradicional me dijo que su padre se acababa de casar en segundas nupcias con una mujer con dos hijas. Su madre se va a casar con otro hombre. Este chiquillo merece nuestra compasión, por tener que lidiar con dos casas, dos nuevos padrastros y dos hermanastras. Es todo menos normal o saludable para un niño tener que estar en esa situación. Con siete años de edad, no se puede culpar al niño por su sufrimiento. No, es culpa del pecado de sus padres. Han mantenido relaciones sin el sacramento permanente del matrimonio; se han peleado y separado; se han rejuntado con otras parejas. Y los niños pequeños sufren sin límites.
"¿Dónde están la compasión y la misericordia por los niños de parejas divorciadas y vueltas a casar? … ¿Y qué pasa con las estadísticas escalofriantes de abusos sexuales a manos de sus padrastros? Tengo que escuchar estas cosas una y otra vez, y tengo que intentar ayudar a las chicas y mujeres a superar heridas profundas. ¿Dónde está la compasión para con una sociedad rota, llena de delincuentes, fruto de familias desestructuradas y madres solteras? Que esta Cuaresma estudiemos y recemos, para poder apreciar la sabiduría de Dios; que entendamos como nuestros pecados personales causan sufrimiento. Utilicemos esta sabiduría divina para afrontar las consecuencias sociales, familiares y religiosas de nuestros pecados. Esto sería verdadera compasión y misericordia. Sólo “amar al pecador”, pero dejar que siga destruyéndose, que siga destruyendo a su familia y la sociedad, no es ni compasivo ni misericordioso".
En fuerte contraste con la verdadera misericordia católica está el Cardenal Kasper, quien recientemente abogó a favor de permitir la comunión para los divorciados que se han vuelto a casar. Entre sus razones está “la misericordia hacía el pecador”, sin mencionar siquiera que los católicos que viven con alguien que no es su esposo están en pecado mortal, según enseña Nuestro Señor:
"Si un hombre se divorcia de su esposa y se casa con otra, comete adulterio; y el que se casa con una divorciada, también comete adulterio." (Lucas 16:18)
En su discurso del mes pasado en el consistorio de la Familia en el Vaticano, ante 150 cardenales y el Papa, este cardenal dijo una cosa y su contraria. Primero afirmó:
"Nuestra posición hoy no puede ser la de la adaptación liberal al status quo, sino una posición radical que nos lleve a nuestros orígenes, es decir, al Evangelio."
Pero a continuación dijo que si una persona que se ha divorciado y vuelto a casar se arrepiente del fracaso de su primer matrimonio y si hace lo mejor que puede para vivir las posibilidades del segundo matrimonio sobre la base de la fe y criar a los hijos en la fe, se preguntó: ¿debemos o podríamos negarle, luego de un periodo de una nueva orientación, el sacramento de la penitencia y luego la Comunión? Es un caso claro de querer cuadrar el círculo; a la vez guardar los Mandamientos y hacer lo que te da la gana. Todo lo opuesto de lo que debe ser el magisterio: enseñar a los católicos a ser fieles al Señor. La misericordia que predica Kasper es una falsa misericordia. Es buscar una vida cristiana sin sufrimiento; querer verdadero amor sin fidelidad; alcanzar la Resurrección sin pasar por la Cruz.
Si pudiera hablar con el Cardenal Kasper, le sugeriría que leyera la vida de la beata Laura Vicuña; que meditara sobre la gravedad del adulterio y los estragos que ha causado la normalización de este pecado en la sociedad. Quizás si reflexionara sobre la vida y muerte de esta niña, sobre el horror que debemos tener al pecado, no hablaría tan a la ligera sobre admitir a los adúlteros a la comunión. Si realmente tuviera misericordia de las personas que están en esta situación, se desviviría por sacarlas de su miseria, por conseguir su conversión, igual que hizo la beata Laura Vicuña. No les engañaría diciendo que pueden seguir pecando y comulgar tranquilamente. Es fácil engañar a la gente (sobre todo cuando quiere ser engañada), pero de Dios nadie se mofa.
NOTAS
[1] El autor, por la razón que sea, se olvidó de la beata Imelda Lambertini (1320-1333), patrona de los niños de Primera Comunión.
NO NOS DEJES CAER EN LA TENTACIÓN
I.- El Miércoles de Ceniza, con la ceremonia de imposición de la ceniza, comenzó la Cuaresma. Un tiempo litúrgico de ayuno y penitencia instituido por la Iglesia por tradición apostólica. La Cuaresma ha sido instaurada:
1.- Para darnos a entender la obligación que tenemos de hacer penitencia todo el tiempo de nuestra vida y prepararnos, por este medio, a celebrar santamente la Pascua.
2.- Para imitar en alguna manera el ayuno de cuarenta días que Jesucristo practicó en el desierto.
Los Evangelios hablan de un tiempo de soledad de Jesús en el desierto inmediatamente después de su bautismo por Juan. Al final de este tiempo, Satanás le tienta tres veces tratando de poner a prueba su actitud filial hacia Dios. Jesús rechaza estos ataques y el diablo se aleja de él. La victoria de Jesús en el desierto sobre el tentador es un anticipo de la victoria de la Pasión, suprema obediencia de su amor filial al Padre.
Como Dios que es, Jesús no podía sentir ninguna inclinación al pecado, por eso la tentación no tiene ningún efecto y la resistió fácilmente. Pero quiso someterse a ellas para servirnos a nosotros de ejemplo:
“para hacerse semejante a los demás hombres en todas las miserias que no son culpa… y con la victoria de sus tentaciones nos enseñase a vencer las nuestras y nos diese ánimo y esfuerzo para vencerlas” (P.Lapuente).
II.- En el Padre nuestro, el mismo Jesucristo nos enseñó a pedir: No nos dejes caer en la tentación.
“Tentar” significa someter a prueba a alguien con el fin de averiguar de él alguna verdad. El diablo es llamado tentador en las Sagradas Escrituras porque induce a los hombres al pecado o a su perdición. Para ello se vale, como de incentivos interiores, de nuestras afecciones y pasiones, y como de incentivos exteriores, de todo tipo de acontecimientos prósperos y adversos, e incluso de otras personas.
Lo que se pide a Dios es que no consintamos en las tentaciones, y que su gracia esté siempre dispuesta para ayudarnos cuando a nosotros nos falten las fuerzas para resistir al mal. No es pecado tener tentaciones; pero es pecado consentir en ellas o exponerse voluntariamente a peligro de consentir.
III.- Contamos siempre con la gracia de Dios para vencer cualquier tentación. Pero necesitamos armas para vencer en esta batalla espiritual.
Podemos prevenir la tentación con la mortificación constante, al vivir la caridad, en la guarda de los sentidos internos y externos. Y junto a la mortificación, la oración: “Velad y orad para no caer en la tentación” (Mt 26, 41). También debemos prevenirla huyendo de las ocasiones de pecar y teniendo el tiempo bien ocupado, principalmente cumpliendo bien nuestros deberes profesionales, familiares y sociales.
Al advertir que somos tentados hemos de invocar con fe los santísimos nombres de Jesús y de María, o decir con fervor alguna jaculatoria, por ejemplo: “Dadme gracia, Señor, de no ofenderos jamás“; o bien hacer la señal de la Cruz, evitando con todo que por las señales exteriores echen de ver los demás nuestra tentación.
Particular atención y amor pondremos en recibir la gracia de la Confesión, acercándonos bien dispuestos, arrepentidos sinceramente de las faltas y pecados. El sacramento de la Penitencia da al alma auxilios oportunos para no recaer en la culpa y devuelve la paz a la conciencia.
A todo esto nos invita el tiempo de Cuaresma que ahora comenzamos. En unión con la Virgen María, vamos a retirarnos con frecuencia al “desierto” de la oración y la penitencia y recibiremos la luz y gracia de la salvación.
Marcial Flavius, presbítero.
RECORDATORIO DE ORACIÓN DE TODOS LOS DÍAS TRECE DE CADA MES

Te recordamos que hoy, como cada mes, oraremos cinco minutos por las intenciones que se explican en el siguiente enlace:
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miércoles, 12 de marzo de 2014
VIDA INFELIZ DEL PECADOR Y VIDA FELIZ DEL JUSTO por san Alfonso María de Ligorio
La semilla caída entre espinas son los que escucharon la palabra de Dios; pero con los cuidados y las riquezas y delicias de la vida, al cabo la sofocan, y nunca llega a dar fruto. (Luc. VIII, 14).
En la parábola del Evangelio se dice, que habiendo salido el labrador a sembrar en el campo, parte de las semillas cayeron entre las espinas. Luego declaró el Salvador que la semilla significa la divina palabra, y las espinas el apego que tienen los hombres a las riquezas y a los placeres terrenos, que son las espinas que hacen se pierda el fruto de la palabra de Dios, no solamente en la vida futura, sino también en la presente. ¡Oh desgracia de los desventurados pecadores! En virtud de sus culpas, no solamente se condenan a penar eternamente en la otra vida, sino que también en este mundo arrastran una vida infeliz. Esto quiero demostrar en el presente discurso:
Punto 1º Vida infeliz que llevan los pecadores.
Punto 2º Vida feliz de los que aman a Dios.
PUNTO 1
VIDA INFELIZ QUE LLEVAN LOS PECADORES
1. Engaña el demonio a los hombres haciéndoles creer, que pasarán una vida deliciosa y tendrán paz, satisfaciendo sus apetitos sensuales: pero no hay, ni puede haber paz a los que ofenden a Dios: Non est pax impiis, dicit Dominus (Ps. XLVIII, 22). Dios dice que sus enemigos nunca conocieron el sendero de la paz llevando una vida infeliz: Contrito et infelicitas in viis eorum, et viam pacis non cognoverenunt. (Ps. XIII, 3).
2. Las bestias que fueron creadas para este mundo, hallan paz en los gustos sensuales. En efecto, dad un hueso a un perro, y le veréis alegre. Dad un haz de hierba a un jumento, y veréis que está satisfecho y nada más desea. Más el hombre, creado por Dios para amarle y estar unido a Él, sólo puede ser satisfecho por Dios, no por el mundo, aun cuando éste enriquezca con toda especie de bienes. ¿Y a que se reducen todos los bienes mundanos? A deleites de los sentidos, riquezas y honores, como dice San Juan: Omnes quod est in mundo concupiscentia oculorum, et superbia vitæ. (I. II, 16). San Bernardo afirma, que el hombre puede ser rico en todos los bienes mundanos, pero jamás quedará contento y saciado con ellos. Podrán deslumbrarle, pero nunca saciarle: Inflari potest, satiari non potest. Y ¿cómo han de saciar al hombre jamás la terra, el viento y el estiércol? Pues tierra, viento y estiércol son todos los bienes de este mundo. Escribiendo después el mismo Santo sobre aquellas palabras de San Pedro: Ecce nos reliquimus omnia, y dice: que vió en el mundo diferentes clases de necios, y que todos ellos padecían hambre muy grande, por lo que unos se llenaban el vientre de tierra, como los avaros; otros de viento, como los ambiciosos de honores y alabanzas; otros que se veían alrededor de un horno, tragaban por la boca las pavesas que salían de él, como los iracundos y vengativos; otros finalmente, bebían el agua turbia de un lago pestilente, y éstos eran los deshonestos. Luego el Santo les dirige la palabra, y les dice: ¿No veis insensatos, que todas esas cosas que tragáis no hacen más que irritar la hambre en lugar de calmarla? Alejandro Magno nos presenta un buen ejemplo de esta verdad; después de haber conquistado la mitad del mundo con sus victorias, gemía porque no era dueño de todo el universo.
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| Alejandro Magno |
3. Muchos esperan hallar paz en la acumulación de las riquezas; pero ¿cómo han de poder saciarlos la tierra? La abundancia de dinero, dice San Agustín, no sacia la avaricia, sino que la acrecienta; o en otras palabras: la avaricia no disminuye el hambre, sino que la excita: Humiliata es usque ad inferos; in multitudine vitæ tuæ laborasti, nec dixisti, quiescam. (Is. LVII, 9 et 10). ¡Pobres amadores del mundo, que se fatigan y sufren por amontonar la mayor cantidad de dinero y de bienes que pueden! Pero el reposo huye de ellos; y cuanto más amontonan, más crecen sus ansiedades y sus tormentos: Divites equerunt, et esturierunt; inquirentes autem Dominum non minuentur omni bono (Ps. XXXIII, 11). Los ricos de este mundo son los más desgraciados de todos los hombres; porque cuanto más poseen, más quieren poseer; y como no pueden adquirir todo lo que desean, son siempre más pobres que los hombres virtuosos, que no buscan sino a Dios. Estos sí que son verdaderamente ricos, puesto que viven contentos con sus suerte, y encuentran en Dios todos sus bienes: Iuquirentes Dominum non minuentur omnio bono. Nada les falta a éstos porque tienen a Dios; pero a los ricos del mundo, como que están privados de Dios, les falta todo, porque les falta la paz del alma. Con razón, pues, fue llamado insensato aquel rico del Evangelio de San Lucas (XII, 19), que teniendo una buena cosecha recogida en sus campos, decía: “Oh alma mía! Ya tienes muchos bienes de repuesto para muchísimos años; descansa, come, bebe, goza. Y ¿Porqué fue llamado insensato? Porque creía hallar contento y paz comiendo, bebiendo y vistiendo con magnificencia. Por eso le reprende San Basilio de Seleucia, diciéndole: “¿Tienes acaso alma de puerco?”. Numquid animam porcinam habes? ¿Pretendes, acaso, contentarla, comiendo y bebiendo, como las bestias?
4. Y yo pregunto: ¿quedan por ventura contentos los que ambicionan honores terrenos, cuando los consiguen? Si todos los honores del mundo no son otra cosa que humo y viento, como dice Oseas (XII, 2), ¿cómo han de poder contentarles el viento y el humo? Dice David: Superbia eorum ascendit semper. (Psalm. LXXXV, 23). Los ambiciosos no quedan saciados cuando obtienen estos honores, sino que antes crece en ellos la ambición y la soberbia, y con ellas crecen también las ansiedades, la envidia y los temores.
5. Pues los que viven enfangados en el vicio deshonesto, ¿de que otra cosa se alimentan sino del estiércol, Qui vescebantur voluptuose amplexati stercora, dice Jeremías (Thren VI, 3). Y ¿cómo puede saciar y dar paz al alma el estiércol? ¿Que paz pueden disfrutar los pecadores estando reñidos con Dios? Los infelices tendrán aquellos bienes, aquellos honores, aquellos deleites, pero no tendrán jamás paz. Porque no puede faltar la palabra de Dios, que dice “No hay paz para sus enemigos: Non est pax impiis (Isa. XLVIII, 22). ¡Pobres pecadores! dice el Crisóstomo: ellos llevan encima el verdugo, esto es, su mala conciencia, que los atormenta: Pecattor conscientiam quasi carnificem circumgestat (Serm. 10, de Laz.). San Isidro dice, que no hay pena más cruel que la mala conciencia; y luego añade, que ninguno que viven bien, está triste jamás: Nulla pœna gravior pœna consientœ: vis nunquam esse tristiis: bene vive. (Lib. 2, Silt.).
6. El Espíritu Santo describe el estado deplorable de esos infelices, diciendo: que los impíos son son como un mar alborotado, que no puede estar en calma. Impii quasi mare fervens, quod quiescere non potest. (Isa. LVII, 20). Una ola llega, otra viene, pero todas son olas de amarguras y de rencores, puesto que cuanto se opone a su voluntad los turba y los irrita, como turban al mar los vientos encontrados. Si uno se encontrase en medio de un festín, entre bailes y músicas, pero atado de los pies con la cabeza hacia abajo, ¿podría éste tal estar contento en aquel festín? Tal es el estado del pecador. El está con el alma vuelta hacia abajo: en vez de estar unido a Dios y separado de las criaturas, está unido a las criaturas y separado de Dios. Pero las criaturas, como dice San Vicente Ferrer, están fuera del corazón y no pueden contentarle: Non intrant illuc, ubi est sitis. Sucede al pecador lo que acontecería a uno que, hallándose en medio de un estanque, se sintiera abrasado de sed: las aguas bañarían su cuerpo; pero sin beber de ellas, no le saciarían la sed.
7. Explicando el rey David la vida infeliz mientras vivía en pecado dijo, “Mis lágrimas me han servido de alimento día y noche, desde que me están diciendo continuamente: y tu Dios, ¿dónde está? Ubi est Deus tuus? (Psal. XLI, 4). Iba él para aliviar su pena al campo, a los jardines, a las músicas; pero todas las criaturas le decían: David ¿quieres acaso que nosotras te aliviemos? Te engañas: Ubi est Deus tuus? Marcha, busca a tu Dios, a quien has perdido, porque sólo Él puede restituirte la paz. Y por eso confiesa el mismo David, que enmedio de las riquezas y de los placeres no hallaba reposo, y lloraba de día y de noche: Oigamos ahora a su hijo Salomón, quien confiesa, que nunca negó a sus sentidos nada de lo que desearon: Et omnia quœ desideravenrtun oculi mei, non negavi eis (Eccles. II, 10). Sin embargo con todo eso exclama: Todo aquello era venidad de vanidades y aflicción de espíritu. Vanitas vanitatum… et ecce universa vanitas et aflictio spiritus (Eccles. I, 2, 14). Advertid, que no solamente dice, que todas las cosas de este mundo son pura vanidad, sino que son además aflicción de espíritu. Y esto lo acredita cada día la experiencia, puesto que el pecado lleva consigo el temor de la divina venganza. Cuando tenemos un enemigo poderoso, no podemos estar tranquilos un instante. ¿Cómo pues, podrá estarlo quien tiene por enemigo a Dios? El que comete un pecado mortal, se siente asaltado repentinamente de un gran pavor: cada cada árbol que se mueve, le aterra: siempre está pensando en la fuga, sin que nadie le persiga. No le perseguirán los hombres, pero le persigue su mismo pecado, como sucedió a Caín, el cual, después de haber muerto a su hermano Abel, decía lleno de temor: Cualquiera que me hallare me matará (Gen. IV, 14). Y aunque el Señor le aseguró que ninguno le ofendería, Caín, sin embargo, perseguido de su pecado, como dice la Escritura, anduvo siempre errante y fugitivo sobre la tierra. Habitavit profugus in terra (v. 16).
8. Además del pecado lleva consigo el pecador el remordimiento de la conciencia, esto es, aquel gusano roedor que nunca muere. Va el pecador al festín, a la comedia, al banquete; pero en medio de esas diversiones, la conciencia le acusa y le dice: ¡Ay de ti, que has perdido a Dios! si ahora murieses, ¿a dónde irías? El remordimiento de la conciencia es, aun en esta vida, un tormento tan acerbo, que algunos se han dado muerte por librarse de él, como lo hizo Judas, que se ahorcó de un árbol lleno de desesperación.
9. De la injusticia que hacen los pecadores a Dios, abandonando a Él, que es la fuente de todo consuelo, por acogerse a las criaturas, que no pueden suministrarles ninguna paz, se lamenta el mismo Dios diciendo: “Dos maldades ha cometido mi pueblo: me han abandonado a mí, que soy fuente de agua viva, y han ido a fabricarse aljibes rotos, que no pueden retener las aguas. (Jer. II, 13). Dios dice: ¿No has querido servirme en paz a mí, que soy tu Dios? ¡Desventurado! servirás a tu enemigo, padeciendo el hambre, la sed, la desnudez y la falta de todas las cosas. (Deuter. XXVIII, 48). Y esto lo experimentan ya los pecadores. ¿Cuánto no sufre el hombre vengativo después que se vengó, matando a su enemigo? Va huyendo de los deudos del muerto y de los ministros de la justicia, pobre, afligido y abandonado de todo el mundo, ¿Cuánto padece el hombre deshonesto para conseguir sus malos deseos? ¿Cuánto padece el avaro para adquirir lo que posee? Si padecieran por Dios lo que padecen para satisfacer sus pasiones, amontonarían grandes méritos para la otra vida, y vivirían contentos en ésta. Más estando en pecado, llevan una vida infeliz en este mundo, para pasar a otra más infeliz en el otro. Y de esto se quejan los condenados en el Infierno, repitiendo sin cesar en aquella cárcel obscura de tormentos. ¡Ay de nosotros! hemos corrido sobre la tierra por caminos difíciles y sembrados de espinas: nos hemos fatigado andando de iniquidad en iniquidad: hemos sudado sangre y agua: nuestra existencia inquieta se sació de hiel y de veneno: pero ¿con que objeto? Para venir a este abismo de fuego, donde sufriremos horribles tormentos por toda la eternidad.
PUNTO 2
VIDA FELIZ DE LOS QUE AMAN A DIOS
10. En toda alma en la cual reside la justicia, reside también la paz, como dice David: Justita et pax osculatoe sunt (Psal. LXXXIV, 27). Y en efecto, dimanando la paz del alma de la tranquilidad de la conciencia, y estando tan tranquila la del justo por obrar siempre conforme a la voluntad de su Dios, es consiguiente que la paz y la justicia reinen en su corazón. El mismo David dice: Recréate en el Señor, y Él saciará tu corazón: Delectare in Domino, et dabit tibi petitiones cordis tui (Ps. XXXVI, 4). Para entender bien este texto conviene reflexionar, que el hombre mundano pretende satisfacer los apetitos de su corazón con los bienes del mundo; más, como estos bienes no pueden saciarle, por eso el corazón cada día pretende acrecentarlos: con todo, por muchos bienes mundanos que consiga, nunca quedará contento. Por eso el real Profeta le exhorta a que coloque todo su deleite en el Señor, como si le dijera; deja las criaturas de este mundo, deja tus deleites de apetitos sensuales, que no te pueden contentar, y busca en el Señor la verdadera alegría del alma, porque Él sólo puede dártela.
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| Agustín de Hipona |
11. Esto cabalmente sucedió a San Agustín, quien no halló paz mientras se deleitaba con las criaturas; luego el Señor, exclamó: Dura sunt omnia, et tu solus requies; como si dijera: ahora conozco, Señor, mi necedad: yo quería hallar mi felicidad en los placeres terrenos, pero ya conozco que ellos no son sino vanidad y aflicción, y que Vos solo sois la paz y la alegría de nuestros corazones.
12. El Apóstol dice que: la paz que hace disfrutar el Señor a los que le aman, excede en suavidad a todos los deleites sensuales que pueden gozarse en la tierra. (Philip. IV, 7). Y si no preguntádselo a San Francisco de Asís, que con solo decir “Tú eres mi Dios, mi todo” gozaba acá en la tierra un Paraíso anticipado. Preguntádselo a San Francisco Javier, que estando predicando en la India la fe de Jesucristo, le llenaba el Señor tanto de las dulzuras divinas, que se veía precisado a decirle: Basta Señor, basta. Pregunto yo ahora: ¿cuándo se ha hallado jamás ninguno entre los mundanos, tan rico de bienes del mundo, que se haya precisado a decir Basta mundo, basta, que no quiero más riquezas, ni honores, ni aplausos, ni placeres? No, no se ha hallado todavía ni uno sólo, porque los mundanos están siempre anhelando más honores, más riquezas, y más deleites; porque, cuanto más tienen, más desean tener, más ansiosos y famélicos se hallan.
13. En fin, es necesario que nos convenzamos de esta verdad: que sólo Dios puede contentarnos. Los mundanos no quieren determinarse a servir a Dios por el temor de llevar una vida dura y amarga; más yo les digo con el real Profeta: “Gustad y veréis cuan suave es el Señor” Gustate et videte,quoniam suavis est Dominus (Psal. XXXIII, 9) ¡Desventurados! ¿Porqué despreciáis y llamáis infeliz a una vida que no habéis probado todavía? Gustate et videte, probadla, oid Misa todos los días, visitad al Santísimo Sacramento, orad, comulgad una vez al menos cada mes, evitad las malas conversaciones, hablad siempre con Dios, y veréis como el Señor os hace gozar tales dulzuras y tal paz, que el mundo no ha podido daros hasta ahora, con todos los deleites que os ha proporcionado.
Fuente: SERMÓN PARA LA DOMINICA DE SEXAGÉSIMA
martes, 11 de marzo de 2014
EL SECRETO INVIOLABLE DE CONFESIÓN
Discípulo.— Padre, no podría suceder que el confesor, manifestara algún pecado oído en confesión?
Maestro.— ¡Nunca, absolutamente nunca! Un triple sigilo le cierra la boca. Está aquí el dedo de Dios que no permite que se falte. De hecho son ya diez y nueve siglos que se confiesa, y nunca se ha oído decir que ningún confesor haya manifestado ningún pecado oído en confesión.
Martín Lutero, que al principio fué religioso observantísimo, apostató, se hizo protestante, se convirtió en enemigo de la Iglesia; habló y escribió sobre mil temas en contra de la tan odiada Iglesia, pero nunca habló ni escribió cosa oída en confesión. Un día se encontraba en una posada con sus compañeros; y éstos, viendo que se empezaba a espontanear, pensaron interrogarle sobre el asunto. ¡Nunca lo hubieran hecho! Lútero se vuelve al momento furioso, se apodera de una botella y les hubiera roto la cabeza a aquellos atrevidos, si arrebatadamente no se hubieran traspuesto de allí.
El secreto de la confesión es inviolable, aun con peligro de la vida.
D.—¿Aún con peligro de la vida?
M.—Sí. He aquí uno de los mil hechos que podría aducirte en prueba de ello.
* * *
Pocos años hace, precisamente en la cuaresma de 1873, predicaba con gran aplauso en una de las principales iglesias de París, un famoso misionero. Entre la multitud inmensa que acudía a oirlo se hallaban algunos incrédulos, los cuales, habiéndole oído hablar del secreto de la confesión, y cómo el tal secreto es inviolable, aún en peligro de la vida, quisieron convencerse por experiencia. Reunidos en conciliábulo, uno de ellos se fingió enfermo, dos fueron por el misionero y le invitaron a ir a la cabecera del enfermo... Pronto consiguieron la adquiescencia del ministro de Dios. Acompañado por dos de ellos le hicieron subir a un coche cerrado, le vendaron los ojos y después de media hora de recorrido, lo bajaron en una casa, y haciéndole subir por varias escaleras, lo introdujeron en un aposento, en el que había un hombre acostado en una cama, el cual se confesó realmente. Acabada la confesión volvieron aquellos dos señores y de nuevo le acompañaron hacia abajo por aquellas escaleras hasta un subterráneo. Llegados allí le desvendaron los ojos y apuntándole con dos pistolas cargadas, le intimaron que revelase cuanto había oído en aquella confesión.
El misionero, completamente tranquilo,
—¿No saben ustedes que la confesión es un secreto?
—¡Déjese de excusas! Aquí nadie nos ve, nadie nos oye; hable o le matamos.
—Siendo así, me entrego en vuestras manos, espero que Dios me sea testigo de mi deber—. Se arrodilló, se desabrochó la sotana y presentó el pecho a las balas.
Entonces cambio la escena, aquellos dos lo levantaron, le pidieron perdón de la dura prueba a que le habían sometido, y añadieron:
—También nosotros creemos ahora en la confesión, y nos tendrá a sus pies dentro de poco en el confesionario.
De nuevo, con los ojos vendados, lo llevaron al coche y a su habitación, renovando sus excusas y promesas, que cumplieron después puntualmente.
D.—Padre, ¿cualquier sacerdote puesto en el caso, estaría obligado a hacer lo mismo?
M.—Ciertamente, y Dios no dejaría de darle la gracia y la fuerza necesarias; no faltan mártires del sigilo sacramental. Escucha.
* * *
San Juan Nepomuceno era confesor de la Reina Juana, mujer de Wenceslao, rey de Bohemia. Este, por injustas sospechas, que sólo reconocían por causa sus celos, pretendía que Juan manifestase las culpas de la reina oídas en confesión. Al oponerse a ello el Santo, con inquebrantable firmeza, el impío rey le encarceló y le hizo tratar con extremada barbarie. Finalmente llamándole a su presencia, después de muchas promesas y más terribles amenazas, ordenó que le metieran en un saco de cuero, y bien cocido y con una pesadísima piedra colgada del mismo, fuera echado al río Moldova, a fin de que allí abajo en el fondo del río se ahogase y permaneciese oculto a todos. Mas ¡oh prodigio! he aquí que aquella misma noche el saco sobrenadó ligero en la superficie, escoltado por una vivísima luz y suavísima armonía, como voces de ángeles que le seguían por donde iba; por lo que, recogido, se le dio solemnísima sepultura. Y cuando en el año 1729, casi cuatrocientos años después, fué proclamado Santo, se observó que su lengua permanecía intacta y fresca, como en premio de su silencio. Desde entonces es llamado San Juan Nepomuceno, el mártir del sigilo o secreto de la confesión.
No hace muchos años traían los periódicos de Rusia, la noticia de un Párroco condenado a trabajos forzados por asesino de un empleado del país.
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| Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti |
La "prueba" consistía en haber encontrado en la sacristía un fusil descargado. Pasaron veinte años, el organista de la Parroquia enfermó de peligro y en sus últimos instantes llamando a la autoridad judicial, confesó que él era quien había dado muerte al pobre empleado, para casarse con la viuda, como de hecho lo hizo; que había acusado al Párroco aduciendo como prueba de culpabilidad el fusil, que no el Párroco, sino él, había dejado en la sacristía, y que, para impedir que declarase el Párroco, se confesó con él, refiriéndole cuanto había hecho.
Entonces la autoridad telegrafió en seguida a Petroburgo, ordenando que fuese puesto inmediatamente en libertad al Párroco Kobylovvies, este era su nombre; pero contestaron que el Párroco hacía ya muchos meses que había muerto. El heroico sacerdote se llevó al sepulcro el secreto de la confesión, porque el confesor es mártir antes que traidor.
* * *
M.—¿Estás ahora bien persuadido del gran secreto de la confesión?
D.—¡Persuadidísimo! ¿Este secreto durará solamente, hasta la muerte del penitente, pero no después?
M.—La obligación de este secreto dura siempre, en la vida del penitente y después de muerto, es eterno, como eterno es Dios, y esto debe inspirarnos valor y confianza ilimitada y absoluta para confesar sinceramente nuestros pecados, pues podemos estar seguros de que quedarán sepultados en silencio eterno; mientras por el contrario, dejándonos llevar por el maligno rubor de manifestar sinceramente al confesor nuestros pecados, serán declarados algún día a todo el mundo, en el Juicio Universal a despecho nuestro, con inmensa vergüenza nuestra y para nuestra irreparable ruina. Sinceridad, pues, sinceridad.
D.—Entonces, Padre, ¿estaría mal dicho: Yo no me atrevo a confesar mis pecados, porque temo que el confesor los manifieste a otros?
M.- Quien así hablase se engañaría a si mismo y lanzaría contra los confesores la mas infame calumnia.
D.- Otra cosa Padre; ¿no podría el confesor servirse para su gobierno de las cosas oídas en confesión?
M.- No, no puede, no debe absolutamente hacerlo y no lo hará nunca.
Pbro. Luis José Chiavarino
CONFESAOS BIEN
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