martes, 7 de septiembre de 2010

FORMACIÓN DEL CARÁCTER: UN CORAZÓN EN LA FRAGUA


José –un adolescente de 12 años- fue por la tarde a la casa del herrero de su pueblo, a quien acostumbraba ayudar dándole al fuelle de la fragua, haciendo que el carbón despidiera una llama clara y viva. Se había entusiasmado con la clase del maestro de historia sobre los héroes de su patria e iba con un pensamiento fijo en su cabeza. ¡Quería ser héroe! El herrero puso un fierro al fuego hasta que se volvió candente. Entonces lo colocó sobre el yunque y lo golpeo con el martillo
, muchas veces, con toda su fuerza, hasta lograr darle la forma deseada. El hierro resonaba herido por los poderosos golpes, pero a pesar de sus quejas se forjaba, se endurecía y se convertía en algo útil: una herradura para la yegua del maestro, una guadaña para la siega o una cruz para una tumba. Tan briosamente golpeaba con el martillo el buen herrero, que la fragua retumbaba toda.

Así –estimados lectores, padres de familia que tienen la amabilidad de leernos- debe ser la formación del carácter de los niños, de los jóvenes, de nuestros hijos. Pero vayamos por partes:

¿Qué es el carácter?

La palabra “carácter” deriva del griego y significa “grabar” o “marcar”. Consiste en la marca exterior del modo de ser de una persona que, en general, es fiel reflejo de lo que hay en su interior, o bien como la causa eficiente de los actos externos: “según el ser, según el actuar”. Por lo tanto, el carácter no se basa principalmente en la inteligencia, ni en los sentimientos, sino en la voluntad.

Con el temperamento se nace; se puede encausar, atemperar, estimular, pero no se puede cambiar. En cambio, el carácter se forma, se forja, de acuerdo a la influencia -buena o mala- que tiene el medio ambiente en el hombre, “y esta influencia del medio ambiente es aún mayor que las leyes de la herencia, además de que lo podemos crear, suprimir o modificar” (San Juan Bosco).
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El temperamento heredado más el carácter adquirido dan, finalmente, la personalidad del individuo. Esta es el resultado de la interacción de ambos.

Tipos de caracteres

Si el carácter corresponde a las cualidades morales del hombre, es claro que hay personas con un buen carácter, que los ayuda a ser mejores, a vencer las dificultades de cada día para ganar el Cielo, y hay otros, con un mal carácter, que les dificulta a ellos y a los demás esta lucha diaria. Permítanme dar dos ejemplos de estos últimos: los desabridos y los débiles.

Los desabridos son, en general, sombríos y retraídos. Tienden a ser severos en la crítica y a cortar toda alegría. Destacan las menores faltas del prójimo con palabras amargas, la ironía mordaz les es familiar y se complacen en herir. Su egoísmo es exigente hasta lo injusto y desconocen el placer de hacer el bien. Son molestos para los demás y para ellos mismos, ya que no encuentran un afecto cordial. Todos tratan de esquivarlos, de librarse de ellos.

Los débiles no tienen fuerza de voluntad. Son indecisos y caprichosos, siempre juguetes de sus veleidades. Son inconstantes y, por lo tanto, no culminan sus empresas. Se dejan influenciar fácilmente de las malas amistades. Este carácter disminuye de tal manera su personalidad que la reduce a la mayor esterilidad.

El pensar que estos dos caracteres no son heredados, sino que son el resultado de una mala formación, en general por fallas de los padres, nos debe poner sobreaviso con nuestros hijos.
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Se considera que una persona tiene un buen carácter cuando reúne las siguientes cualidades:

• Rectitud de conciencia
• Fuerza de voluntad
• Bondad del corazón
• Dignidad de modales

Rectitud de conciencia:

La conciencia es una voz interior que nos avisa cuando hay peligro, o es un freno poderoso o un estímulo eficaz. Se considera que una persona tiene una conciencia recta cuando:

- Cumple con su deber
- Es sincero en todo y con todos (ama la verdad y aborrece la mentira)
- Es honrado a carta cabal

Fuerza de voluntad:

Se tienen una serie de conceptos equivocados sobre ella: No es ni la ira que se irrita ante un obstáculo, ni la obstinación que se empecina ante una mala elección. No es tampoco la dureza que hace sentir el peso de su autoridad, ni la actitud del que se rodea de una seriedad fingida. No corresponde tampoco a la insensibilidad del que no se emociona ante el dolor, ni se conmueve ante el afecto sincero o ante las amarguras de la decepción.

La fuerza de voluntad, en cambio, si la tiene: quien se posee a sí mismo. “La gran felicidad del hombre consiste en poseer su alma” (San Francisco de Sales).

La posesión de uno mismo o el ser dueño de sí mismo consiste en: la liberación de las cadenas que nos impiden obrar y el gobierno propio de nuestras energías para dirigirlas hacía la práctica del bien.

El hombre dueño de sí mismo es el que sabe liberarse de las cadenas de las pasiones, de las influencias humanas, de las cadenas de los sucesos del mundo exterior, para poder elegir de entre las cosas lícitas o buenas la mejor.

Bondad de corazón:

Los caracteres limitados a sólo la fuerza de voluntad, si bien denotan energía, les falta atractivo. La voluntad es como el austero esqueleto del carácter, y esa osamenta nos choca... si no está revestida de carne suave, blanda y cálida. “Sea en buena hora la voluntad la que guíe al hombre; pero quédese oculta bajo las animadas formas que produce el corazón... gracias al corazón, el carácter resulta amable, porque será humano” (Padre Guibert).

Dignidad de modales:

Los buenos modales son como la vestidura moral del ser humano, componen el exterior de la persona y aumentan o disminuyen el poder social del carácter.

El hombre o la mujer en los que sus padres o tutores han logrado esculpir un carácter con tan bellas características, es un individuo que tiene las armas para luchar contra sus defectos y contra los enemigos del alma y que ayuda a su prójimo, con su ejemplo y su accionar, a también vencer en las batallas de la vida.

Para ello es necesario que consideremos los tres principios fundamentales de la formación del carácter.

Formar el carácter es forjar el corazón

Un buen carácter no se logra formar si no se cumplen con estos tres requisitos:

1. La lucha contra sí mismo y contra las adversidades.
2. Una Fe católica clara y profunda.
3. La Gracia de Dios.

La formación correcta del carácter necesita de los combates. El hombre no adquiere un carácter adecuado, sino por las victorias sobre sus caprichos y el dominio de las circunstancias que ofrecen resistencia. El sacrificio es un elemento esencial en la formación del carácter. En pocas palabras, formar el carácter es formar la voluntad.
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La solución no está en encerrar al niño en una caja de cristal. Necesita enfrentarse, guiado por sus padres, con las dificultades, las tentaciones, los contratiempos, los problemas, para poder formarse un carácter fuerte y enérgico. Las familias numerosas, con frecuencia, son un medio excelente de formación, lo mismo que las dificultades materiales. No hay que adormecer al niño con la facilidad, con la concesión de todo lo que desee. Necesita luchar por lo que quiere, trabajar, ganárselo. No hagamos niños blandengues.

Hay que utilizar al máximo la voluntad del niño de triunfar, y eso desde su más tierna edad. Hay que ayudarlo a vencerse a sí mismo, soportando los cansancios, los dolores y triunfando sobre sus pasiones.

Debe ayudársele a discernir entre las victorias del verdadero cristiano y aquellas que sólo estimulan el orgullo o la vanidad (como ganar en los juegos, ser el más fuerte, etc.) Para avanzar y crecer en las victorias verdaderas deben fomentarse las virtudes de lealtad, honradez y amor a Dios. No es el esforzarse por el esfuerzo en sí mismo, sino por un bien moral o sobrenatural.

Pero de nada servirá la lucha en los combates contra el orgullo propio y contra los enemigos del alma, sino está claramente guiada esta formación del carácter por la luz de la fe católica. Este es el segundo requisito. Decía el Cardenal Pie “Las voluntades carecen de fuerza, los caracteres de decisión, porque las inteligencias carecen de claridad y convicción... Bebamos en las fuentes puras y resplandecientes de la fe cristiana... y se podrán formar caracteres vigorosos y sólidos como en otros tiempos”.

Es, entonces, necesario transmitir a nuestros niños la fe católica clara y profunda, una fe viva, tangible, real, presente en todos los momentos de nuestra vida. Con una fe así, será posible infundirles los valores que forman una sociedad católica: verdad, justicia, lealtad, obediencia y respeto a la autoridad, amor a la patria, honradez y caridad.

Finalmente, para que todo ello sea posible, necesitamos en tercer lugar de la Gracia, la Gracia que se recibe en los sacramentos y en la oración humilde y perseverante, de la fuerza que da Dios a los corazones generosos que se la piden y que se aventuran en esta apasionante tarea de educar a los hijos y a la juventud, para que algún día alcancen el amor de Dios.

Bien decía Pío XII: “Enseñadles a rezar y a beber en las fuentes de la Penitencia y de la Sagrada Eucaristía lo que la naturaleza no puede darles: la fuerza para no caer, la fuerza para levantarse. Que desde su juventud, sientan que sin la ayuda de estas energías sobrenaturales no tendrán éxito en ser buenos cristianos, ni siquiera hombres honestos”

Para formar un buen carácter, entonces, es necesario que el corazón del hombre cruja y se duela en la fragua de la lucha hasta ponerse al rojo vivo. Que un buen herrero o un buen padre, sepa dar los golpes necesarios, firmes y enérgicos, pero movidos por el amor, para lograr las cualidades que el corazón requiere: volverse duro como el acero para soportarlo todo, pero a la vez con la ductilidad necesaria para adquirir la forma que Dios desee: herradura, guadaña, espada, reja o Cruz. Y que el fuelle tenga la fuerza necesaria para avivar el fuego, sin el cual no se puede ni forjar el corazón, ni incendiarlo de amor.

Mientras tanto, José, el adolescente que ayudaba al herrero, seguía con una idea fija en la cabeza y le pidió que forjara una espada para él, pues quería ser un héroe. El buen herrero río de buena gana y dijo al muchacho:

-Tú puedes ser un gran héroe aún en tiempos de paz y para ello no necesitas espada. En nuestra patria, hoy en día, hay héroes.
-¿Dónde?- preguntó el muchacho intrigado.
-Tu madre, por ejemplo. Hoy la he visto lavando una montaña de ropa de toda la tropa que forman tú y tus hermanos. Quien así trabaja porque es su deber, sin esperar recompensas, gratitud ni descanso, es un héroe. Y mira a la calle: ahí pasa otro héroe.
-Yo solo veo a la hermana Isabel.
-Sí, sólo ella, pero es una heroína. Por la noche vela a los enfermos y por el día no para de ayudar y de remediar necesidades a donde quiera que exista dolor o falta de una madre. Y siempre alegre. Ella también es un héroe.
-Pero es que yo no puedo ser madre ni hermana de la caridad.
-Claro que no, pero puedes forjar tu corazón para que sea fuerte y viril, duro contra las propias pasiones pero bueno y abierto a toda necesidad ajena. Yo quisiera poder forjar aquí tu corazón, en esta fragua. Primero lo echaría al fuego hasta que se pusiera rojo, aunque se doliera y después lo golpearía con mi martillo hasta ponerlo duro como el acero. Corazones así necesita nuestra patria y agradan a Dios. Pero ya hablamos bastante, ahora a trabajar. Aviva el fuego, que suba bien la llama, ordenó el herrero.

No se habló más. Pero José tenía bastante en que pensar: ¡Héroes sin espadas, heroínas sonrientes, ambos con caracteres rectos, fuertes, bondadosos y dignos; corazones duros como el acero, como el carácter de los patriotas y de los cristeros, y al mismo tiempo tan dulces y blandos como el de su madre y el de la hermana Isabel!

Autor: Dr. Juan Pablo Guiscafré Gallardo

El ejemplo del herrero fue tomado y adaptado del libro: El apóstol de los leprosos de Wilhelm Hünermann, Editorial ARCADUZ, Madrid, España, 3ª edición, 1999.
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