domingo, 24 de mayo de 2015

DOMINGO DE PENTECOSTÉS


Tiempo después de la Ascensión de Jesús y habiéndose cumplido cincuenta días de su gloriosa Resurrección, se encontraban reunidos los apóstoles con la Madre de Jesús. Era el día de la fiesta de Pentecostés*. Tenían miedo de salir a predicar. Repentinamente, se escuchó un fuerte viento y pequeñas lenguas de fuego (cf. Hch 2,1-13) se posaron sobre cada uno de ellos. El Espíritu Santo descendió. La Promesa, el Abogado, el que Jesús prometió a sus discípulos en la Última Cena, irrumpió y se posó sobre cada uno de los discípulos

Quedaron llenos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas desconocidas.

En esos días, había muchos extranjeros y visitantes en Jerusalén, que venían de todas partes del mundo a celebrar la fiesta de Pentecostés judía. Cada uno oía hablar a los apóstoles en su propio idioma y entendían a la perfección lo que ellos hablaban.

Todos ellos, desde ese día, ya no tuvieron miedo y salieron a predicar a todo el mundo las enseñanzas de Jesús. El Espíritu Santo les dio fuerzas para la gran misión que tenían que cumplir: Llevar la palabra de Jesús a todas las naciones, y bautizar a todos los hombres en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Es este día cuando comenzó a existir la Iglesia como tal.

El Espíritu Santo es verdadero Dios, y su misión es de una suma importancia para nosotros: Santifica nuestra alma, la adorna con sus Dones y frutos: ¡“Somos los Templos del Espíritu Santo”!, afirma San Pablo. Somos como tabernáculos vivos. “Dios, cuya Belleza llenaría mil mundos, se oculta en la pequeña habitación de mi alma”, escribió Santa Teresa de Jesús.

Ya en el Antiguo Testamento, el Libro de la Sabiduría evoca al ESPÍRITU SANTO “educador, que rehuye el engaño, se aleja de los pensamientos vacíos”, un Espíritu inteligente, santo, único, múltiple, sutil, ágil, perspicaz, inmaculado, claro, impasible, amante del bien, agudo” … 


“Por causa de nuestra unión con el Espíritu Santo, participamos de la naturaleza incomprensible de Dios”, dice San Cirilo. Él diviniza nuestra alma.


Hemos recibido al Espíritu Santo en nuestro Bautismo, y en el día de nuestra confirmación. Lo hemos recibido con la plenitud de sus Dones, especialmente el Don de Fortaleza, tan necesario hoy en día. Y también en cada comunión, la tercera Persona Divina viene a iluminar, fortalecer y consolar nuestro corazón.

*NOTA: A los cincuenta días de su Pascua, en que los judíos salieron del cautiverio de Egipto, el Señor les dictó la ley en el Sinaí. En memoria de este suceso, celebraban una fiesta que llamaban Pentecostés (la cincuentena). Pero la Antigua Ley era sombra de la Ley Nueva; su Pascua, figura de nuestra Pascua; su Pentecostés, pálida imagen de la nuestra. A los cincuenta días de la Resurrección del Señor, el Espíritu Santo desciende sobre los Apóstoles en el monte Sión; y escribiendo la ley de gracia en sus inteligencias y en sus corazones, los constituye doctores de la Verdad Revelada, e intrépidos propagadores del Evangelio con que renovarán la faz de la tierra.


-Tema relacionado (haz click): ¿Existen peligros en el carismatismo?  Ver también: EL ESPÍRITU SANTO por Monseñor Luis María Martínez (Libro)

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