viernes, 27 de agosto de 2010

LA CHICA DE LA ROSA ROJA


Juan Antonio Oropeza se levantó de la banca, alisó su uniforme de marino y estudió a la muchedumbre que hormiguea en la estación central. Buscaba a la chica cuyo corazón conocía, pero cuya cara no había visto jamás, la chica con una rosa roja en su solapa.

Su interés por ella había empezado trece meses antes en una biblioteca. Al tomar un libro de un estante, se sintió intrigado, no por las palabras del libro, sino por las notas escritas con lápiz en el margen.

La suave letra reflejaba un alma pensativa y una mente lúcida. En la primera página del libro, descubrió el nombre de la antigua propietaria del libro, la Srta. María Teresa Sauceda. Invirtiendo tiempo y esfuerzo, consiguió su dirección.

Le escribió una carta presentándose e invitándola a cartearse. Al día siguiente, sin embargo, fue embarcado a ultramar para un servicio de guerra. Durante el año y el mes que siguieron, ambos llegaron a conocerse a través de su correspondencia. Cada carta era una semilla que caía en un corazón fértil; un romance comenzaba a nacer.

Juan Antonio le pidió una fotografía, pero ella se rehusó. Ella pensaba que si realmente estaba interesado en ella, su apariencia no debía importar. Cuando finalmente llegó el día en el que el debía regresar, ambos fijaron su primera cita a las siete de la noche, en la estación central.

Ella escribió: “Me reconocerás por la rosa roja que llevaré puesta en la solapa.” Así que a las siete en punto, él estaba en la estación, buscando a la chica cuyo corazón amaba, pero cuya cara desconocía. Dejaré que Juan Antonio relate lo que sucedió después:

“Una joven venía hacia mí, y su figura era delgada. Su cabello claro caía hacia atrás sobre sus delicadas orejas; sus ojos eran tan bellos como flores. Sus labios y su barbilla tenían una firmeza amable y, enfundada en su traje verde claro de falda larga y elegante, era como la primavera encarnada”.

“Comencé a caminar hacia ella, olvidando por completo que debía buscar una rosa roja en su solapa. Al acercarme, una pequeña y provocativa sonrisa curvó sus labios. ¿Marinero vas en esa dirección? Murmuró. Casi incontrolablemente, di un paso para seguirla y en ese momento vi a María Teresa con su rosa roja.”

“La chica del traje verde se alejaba rápidamente. Me sentí como partido en dos, tan vivo era mi deseo de seguirla y, sin embargo, tan profundo era mi anhelo por conocer a la mujer cuyo espíritu me había acompañado tan sinceramente y que se confundía con el mío. Y ahí estaba ella: Su faz pálida y regordeta era dulce e inteligente, y sus ojos grises tenían un destello cálido y amable. No dudé más. Mis dedos afianzaron la gastada cubierta de piel azul del pequeño volumen que haría que ella me identificara.”

“Esto no sería amor, en su acepción romántica, pero de alguna manera habría otra especie de afecto en una sincera y desinteresada amistad, por la cual yo estaba y debía estar siempre agradecido. Me cuadré, saludé y le extendí el libro a la mujer, a pesar de que sentía que, al hablar, me ahogara la amargura de mi desencanto. Soy el teniente Juan Antonio Oropeza , y usted debe ser María Teresa Sauceda. Estoy muy contento de que pudiera usted acudir a nuestra cita. ¿Puedo invitarla a cenar?”
.
La cara de la mujer se ensanchó con una sonrisa y dijo:

“No sé de que se trata todo esto, muchacho –respondió- pero la señorita del traje verde que acaba de pasar me suplicó que pusiera esta rosa roja en la solapa de mi abrigo. Y me pidió que, si usted me invitaba a cenar, por favor le dijera que lo está esperando en el restaurante que está cruzando la calle. Dijo que era algo así como una prueba”.

No es difícil entender y admirar la sabiduría de María Teresa. La verdadera naturaleza del corazón se descubre en su respuesta a lo que no es atractivo.

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