lunes, 9 de julio de 2012

LOS MALOS HÁBITOS por San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia


“Quien, pues, exalte en su corazón el orgullo, quien se queme con el fuego de la avaricia, quien se manche con la deshonra de la lujuria, cierra la puerta de su corazón a la entrada de la Verdad, y, no dejando la entrada al Señor, se apresura a cerrar las puertas con los candados de los malos hábitos”: Papa San Gregorio Magno.

LOS MALOS HÁBITOS

Impius cum in profundum venerit peccatorum, contemnit.
El impío, después de haber llegado a lo profundo de los pecados, no hace
caso.
Pr., 18, 3.

PUNTO 1
Una de las mayores desventuras que nos acarreó la culpa de Adán es nuestra propensión al pecado. De ello se lamentaba el Apóstol, viéndose movido por la concupiscencia hacia el mismo mal que él aborrecía: «Veo otra ley en mis miembros que... me lleva cautivo a la ley del pecado» (Ro., 7, 23). De aquí procede que para nosotros, infectos de tal concupiscencia y rodeados de tantos enemigos que nos mueven al mal, sea difícil llegar sin culpa a la gloria.

Reconocida esta fragilidad que tenemos, pregunto yo ahora: ¿Qué diríais de un viajero que debiendo atravesar el mar durante una tempestad espantosa y en un barco medio deshecho, quisiera cargarle con tal peso, que, aun sin tempestades y aunque la nave fuese fortísima, bastaría para sumergirla?... ¿Qué pronóstico formarías sobre la vida de aquel viajero? Pues pensad eso mismo acerca del hombre de malos hábitos y costumbres, el cual ha de cruzar el mar tempestuoso de esta vida, en que tantos se pierden, y ha de usar de frágil y ruinosa nave, como es nuestro cuerpo, a que el alma va unida.

¿Qué ha de suceder si la cargamos todavía con el peso irresistible de los pecados habituales? Difícil es que tales pecadores se salven, porque los malos hábitos ciegan el espíritu, endurecen el corazón y ocasionan probablemente la obstinación completa en la hora de la muerte.

Primeramente, el mal hábito nos ciega. ¿Por qué motivo los Santos pidieron siempre a Dios que los iluminara, y temían convertirse en los más abominables pecadores del mundo? Porque sabían que si llegaban a perder la divina luz podrían cometer horrendas culpas.

¿Y cómo tantos cristianos viven obstinadamente en pecado, hasta que sin remedio se condenan? Porque el pecado los ciega, y por eso se pierden (Sb., 2, 21). Toda la culpa lleva consigo ceguedad, y acrecentándose los pecados, se aumenta la ceguera del pecador. Dios es nuestra luz, y cuanto más se aleja el alma de Dios, tanto más ciega queda. Sus huesos se llenarán de vicios (Jb., 20, 11).

Así como en un vaso lleno de tierra no puede entrar la luz del sol, así no puede penetrar la luz divina en un corazón lleno de vicios. Por eso vemos con frecuencia que ciertos pecadores, sin luz que los guíe, andan de pecado en pecado, y no piensan siquiera en corregirse. Caídos esos infelices en oscura fosa, sólo saben cometer pecados y hablar de pecados; ni piensan más que en pecar, ni apenas conocen cuan grave mal es el pecado.

«La misma costumbre de pecar—dice San Agustín—no deja ver al pecador el mal que nace.» De suerte que viven como si no creyesen que existe Dios, la gloria, el infierno y la eternidad.

Y acaece que aquel pecado que al principio causaba horror, por efecto del mal hábito no horroriza luego. «Ponlos como rueda y como paja delante del viento» (Sal. 82, 14). Ved, dijo San Juan, con qué facilidad se mueve una paja por cualquier suave brisa; pues también veremos a muchos que antes de caer resistían, a lo menos por algún tiempo, y combatían contra las tentaciones; mas luego, contraído el mal hábito, caen al instante en cualquier tentación, en toda ocasión de pecar que se les ofrece. ¿Y por qué? Porque el mal hábito los privó de la luz.

Dice San Anselmo que el demonio procede con ciertos pecadores como el que tiene un pajarillo aprisionado con una cinta; Le deja volar, pero cuando quiere lo derriba otra vez en tierra. Tales son, afirma el Santo, los que el mal hábito domina.

Y algunos, añade San Bernardino de Sena, pecan sin que la ocasión les solicite. Son, como dice este gran Santo (T. 4, serm. 15), semejantes a los molinos de viento, que cualquier aire los hace girar, y siguen volteando, aunque no haya grano que moler, y aun a veces cuando el molinero no quisiera que se moviesen. Estos pecadores —observa San Juan Crisóstomo— van forjando malos pensamientos sin ocasión, sin placer, casi contra su voluntad, tiranizados por la fuerza de la mala costumbre (1).

Porque, como dice San Agustín, el mal hábito se convierte luego en necesidad (2). La costumbre, según nota San Bernardo, se muda en naturaleza. De suerte que, así como al hombre le es necesario respirar, así a los que habitualmente pecan y se hacen esclavos del demonio, no parece sino que les es necesario el pecar.

He dicho esclavos, porque los sirvientes trabajan por su salario; mas los esclavos sirven a la fuerza, sin paga alguna. Y a esto llegan algunos desdichados: a pecar sin placer ni deseo.

«El impío, después de haber llegado a lo profundo de los pecados, no hace caso» (Pr., 18, 3). San Juan Crisóstomo explica estas palabras refiriéndolas al pecador obstinado en los malos hábitos, que, hundido en aquella sima tenebrosa, desprecia la corrección, los sermones, las censuras, el infierno y hasta a Dios: lo menosprecia todo, y se hace semejante al buitre voraz, que por no dejar el cadáver en que se ceba, prefiere que los cazadores le maten.

Refiere el P. Recúpito que un condenado a muerte, yendo hacia la horca, alzó los ojos, y por haber mirado a una joven consintió en un mal pensamiento. Y el P. Gisolfo cuenta que un blasfemo, también condenado a muerte, profirió una blasfemia en el mismo instante en que el verdugo lo arrojaba de la escalera para ahorcarle.

Con razón, pues, nos dice San Bernardo que de nada suele servir el rogar por los pecadores de costumbre, sino que más bien es menester compadecerlos como a condenados. ¿Querrán salir del precipicio en que están, si no le miran ni le ven? Se necesitaría un milagro de la gracia. Abrirán los ojos en el infierno, cuando el conocimiento de su desdicha sólo ha de servirles para llorar más amargamente su locura.

(1) Dura res est consuetudo, quae non numquam nolentes committere cogit illicita.
(2) Dum consuetudini non resistitur, facta est necessitas

AFECTOS Y SÚPLICAS
Me habéis, Señor y Dios mío, agraciado con vuestros beneficios, favoreciéndome más que a otros, y yo, en cambio, os colmé de ofensas, injuriándoos más que todos... ¡Oh herido Corazón de mi Redentor!, que en la cruz tan afligido y atormentado fuiste por la perversión de mis culpas: concédeme, por tus méritos, profundo conocimiento y dolor de mis pecados...

¡Ah Jesús mío! Lleno estoy de vicios; mas Vos sois omnipotente y bien podéis llenar mi alma de vuestro santo amor. En Vos, pues, confío, porque sois de la misma bondad y misericordia infinitas.

Duélame, Soberano Bien, de haberos ofendido, y quisiera haber muerto antes de haber pecado. Olvídeme de Vos, pero Vos no me habéis olvidado; lo reconozco por la luz con que ilumináis ahora mi alma. Y ya que me dais esa divina luz, concededme también fuerza para serviros fielmente. Resuelvo preferir la muerte antes que apartarme de Vos, y pongo en vuestro auxilio todas mis esperanzas. In te Domine, speravi, non confundar in aeternum. En Vos espero, Jesús mío, que no he de verme otra vez en la confusión de la culpa y privado de vuestra gracia.

A Vos también me encomiendo, ¡oh María, Señora nuestra! In te, Domina, speravi, non confundar in aeternum. Por vuestra intercesión confío, ¡oh esperanza nuestra!, que no me veré más en la enemistad de vuestro divino Hijo. Rogadle que me envíe la muerte antes que permita esta suma desgracia.

PUNTO 2
Además, los malos hábitos endurecen el corazón (3), permitiéndolo Dios justamente como castigo de la resistencia que se opone a sus llamamientos. Dice el Apóstol (Ro., 9, 18) que el Señor «tiene misericordia de quien quiere, y al que quiere, endurece». San Agustín explica este texto, diciendo (4) que Dios no endurece de un modo inmediato el corazón del que peca habitualmente, sino que le priva de la gracia como pena de la ingratitud y obstinación con que rechazó la que antes le había concedido; y en tal estado el corazón del pecador se endurece como si fuera de piedra.

«Su corazón se endurecerá como piedra, y se apretará como yunque de martillador» (Jb., 41, 15). De este modo sucede que mientras unos se enternecen y lloran al oír predicar el rigor del juicio divino, las penas de los condenados o la Pasión de Cristo, los pecadores de ese linaje ni siquiera se conmueven. Hablan y oyen hablar de ello con indiferencia, como si se tratara de cosas que no les importasen; y con este golpear de la mala costumbre, la conciencia se endurece cada vez más (Jb., 41, 15).

De suerte que ni las muertes repentinas, ni los terremotos, truenos y rayos, lograrán atemorizarlos y hacerles volver en sí; antes les conciliarán el sueño de la muerte, en que, perdidos, reposan. El mal hábito destruye poco a poco los remordimientos de conciencia, de tal modo, que, a los que habitualmente pecan, los más enormes pecados les parecen nada. Pierden, pecando, como dice San Jerónimo (5), hasta ese cierto rubor que el pecado lleva naturalmente consigo.

San Pedro los compara al cerdo que se revuelca en el fango (2 P., 2, 22), pues así como este inmundo animal no percibe el hedor del cieno en que se revuelve, así aquellos pecadores son los únicos que no conocen la hediondez de sus culpas, que todos los demás hombres perciben y aborrecen. Y puesto que el fango les quitó hasta la facultad de ver, ¿qué maravilla es, dice San Bernardino (6), que no vuelvan en sí, ni aun cuando los azota la mano de Dios? De eso procede que, en vez de entristecerse por sus pecados, se regocijan, se ríen y alardean de ellos (Pr., 2, 14).

¿Qué significan estas señales de tan diabólica dureza?, pregunta Santo Tomás de Villanueva. Señales son todas de eterna condenación. Teme, pues, hermano mío, que no te acaezca lo propio. Si tienes alguna mala costumbre, procura librarte de ella ahora que Dios te llama. Y mientras te remuerda la conciencia, regocíjate, porque es indicio de que Dios no te ha abandonado todavía. Pero enmiéndate y sal presto de ese estado, porque si no lo haces, la llaga se gangrenará y te verás perdido.

(3) Cor durum efficit consuetudo peccandi. Cornelio a Lápide.
(4) Obduratio Dei est nolle misereri.
(5) Qui ne pudoremquidemhabent in delictis.
(6) S. Bern., Sen., p. 2, pág. 182.

AFECTOS Y SÚPLICAS
¿Cómo podré, Señor, agradeceros debidamente todas las gracias que me habéis concedido? ¡Cuántas veces me habéis llamado, y yo he resistido! Y en lugar de serviros y amaros por haberme librado del infierno y haberme buscado tan amorosamente, seguí provocando vuestra indignación y respondiendo con ofensas. No, Dios mío, no; harto os he ofendido, no quiero ultrajar más vuestra paciencia. Sólo Vos, que sois Bondad infinita, habéis podido sufrirme hasta ahora. Pero conozco que, con justa razón, no podréis sufrirme más.

Perdonadme, pues, Señor y Sumo Bien mío, todas las ofensas que os hice, de las cuales me arrepiento de todo corazón, proponiendo no volver a injuriaros... ¿He de seguir ofendiéndoos siempre?... Aplacaos, pues, Dios de mi alma, no por mis méritos, que sólo valen para eterno castigo, sino por los de vuestro Hijo y Redentor mío, en los cuales cifro mi esperanza.

Por amor de Jesucristo, recibidme en vuestra gracia y dadme la perseverancia en vuestro amor. Desasidme de los afectos impuros y atraedme por completo a Vos. Os amo, Soberano Señor, excelso amante de las almas, digno de infinito amor... ¡Oh, si os hubiese amado siempre!...

María, Madre nuestra, haced que no emplee la vida que me resta en ofender a vuestro divino Hijo, sino en amarle y en llorar los pecados que he cometido.

PUNTO 3
Perdida la luz que nos guía, y endurecido el corazón, ¿qué mucho que el pecador tenga mal fin y muera obstinado en sus culpas? (Ecl., 3, 27). Los justos andan por el camino recto (ls., 26, 7), y, al contrario, los que pecan habitualmente caminan siempre por extraviados senderos. Si. se apartan del pecado por un poco de tiempo, vuelven presto a recaer; por lo cual San Bernardo (7) les anuncia la condenación.

Querrá tal vez alguno de ellos enmendarse antes que le llegue la muerte. Pero en eso se cifra precisamente la dificultad: en que el habituado a pecar se enmiende aun cuando llegue a la vejez. «El mancebo, según tomó su camino —dice el Espíritu Santo (Pr.t 22, 6)—, aun cuando se envejeciere, no se apartará de él.» Y la razón de esto —dice Santo Tomás de Villanueva— consiste en que nuestras fuerzas son harto débiles (8), y, por tanto, el alma privada de la gracia no puede permanecer sin cometer nuevos pecados.

Y, además, ¿no sería enorme locura que nos propusiéramos jugar y perder voluntariamente cuanto poseernos, esperando que nos desquitaríamos en la última partida? Pues no es menos necedad la de quien vive en pecado y espera que en el postrer instante de la vida lo remediará todo. ¿Puede el etíope mudar el color de su piel, o el leopardo sus manchas? Pues tampoco podrá llevar vida virtuosa el que tiene perversos e inveterados hábitos (Jer., 13, 23), sino que al fin se entregará a la desesperación y acabará desastrosamente sus días (Pr., 28, 14).

Comentando San Gregorio aquel texto del libro de Job (16, 15): «Me laceró con herida sobre herida; se arrojó sobre mí como gigante», dice: Si alguno se ve asaltado por enemigos, aunque reciba una herida, suele quedarle quizá aptitud para defenderse; pero si otra y más veces le hieren, va perdiendo las fuerzas, hasta que, finalmente, queda muerto. Así obra el pecado. En la primera, en la segunda vez, deja alguna fuerza al pecador (siempre por medio de la gracia que le asiste); pero si continúa pecando, el pecado se conviene en gigante (9); mientras que el pecador, al contrario, cada vez más débil y con tantas heridas, no puede evitar la muerte.

Compara Jeremías (Lm., 33, 53) el pecado con una gran piedra que oprime el espíritu; y tan difícil —añade San Bernardo— es convertirse a quien tiene hábito de pecar, como al hombre sepultado bajo rocas ingentes y falto de fuerzas para moverlas, el verse libre del peso que le abruma.

¿Estoy, pues, condenado y sin esperanza?..., preguntará tal vez alguno de estos infelices pecadores. No, todavía no, si de veras quieres enmendarte. Pero los males gravísimos requieren heroicos remedios. Hallase un enfermo en peligro de muerte, y si no quiere tomar medicamentos, porque ignora la gravedad del mal, el médico le dice que, de no usar el remedio que se le ordena, ha de morir indudablemente. ¿Qué replicará el enfermo? «Dispuesto me hallo a obedecer en todo... ¡Se trata de la vida!» Pues lo mismo, hermano mío, has de hacer tú. Si incurres habitualmente en cualquier pecado, enfermo estás, y de aquel mal que, como dice Santo Tomás de Villanueva, rara vez se cura. En gran peligro te hallas de condenarte.

Si quieres, sin embargo, sanar, he aquí el remedio. No has de esperar un milagro de la gracia. Debes resueltamente esforzarte en dejar las ocasiones peligrosas, huir de las malas compañías y resistir a las tentaciones, encomendándote a Dios.

Acude a los medios de confesarte a menudo, tener cada día lectura espiritual y entregarte a la devoción de la Virgen Santísima, rogándole continuamente que te alcance fuerzas para no recaer. Es necesario que te domines y violentes. De lo contrario, te comprenderá la amenaza del Señor: Moriréis en vuestro pecado (Jn., 8, 21). Y si no pones remedio ahora, cuando Dios te ilumina, difícilmente podrás remediarlo más tarde.

Escucha al Señor, que te dice como a Lázaro: Sal afuera. ¡Pobre pecador ya muerto! Sal del sepulcro de tu mala vida. Responde presto y entrégate a Dios, y teme que no sea éste su último llamamiento.

(7) Serm. 12, sup. Psalm. 90.
(8) Con. 4, Dom. Quadr. 4.
(9) Irruit quasi gigas.

AFECTOS Y SÚPLICAS
¡Ah Dios mío! ¿He de aguardar a que me abandonéis y enviéis al infierno? ¡Oh Señor! Esperadme, que me propongo mudar de vida y entregarme a Vos. Decidme qué debo hacer, pues quiero ponerlo por obra... ¡Sangre de Jesucristo, ayúdame! ¡Virgen María, abogada de pecadores, socórreme! ¡Y Vos, Eterno Padre, por los méritos de Jesús y María, tened misericordia de mí!

Me arrepiento, ¡oh Dios infinitamente bueno!, de haberos ofendido, y os amo sobre todas las cosas. Perdonadme, por amor de Cristo, y concededme el don de vuestro amor, y también gran temor de mi condenación eterna, si volviese a ofenderos.

Dadme, Dios mío, luz y fuerzas, que todo lo espero de vuestra misericordia. Ya que tantas gracias me otorgasteis cuando viví alejado de Vos, muchas más espero ahora, cuando a Vos acudo resuelto a que seáis mi único amor. Os amo, Dios mío, mi vida y mi todo.

Os amo a Vos también, Madre nuestra María; en vuestras manos encomiendo mi alma para que con vuestra intercesión la preservéis de que vuelva a caer en desgracia de Dios.

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8 comentarios:

  1. ¡Viva Cristo Rey!
    Felicidades por tan digno blog hermanos en Cristo.
    Les enviare un correo. Un fraternal abrazo.
    Correo juventudcatolica@live.com.mx

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  2. Mil gracias.

    Nuestro correo es: catolicidad@hotmail.com

    Un abrazo muy fuerte en Cristo N.S.
    Atte
    CATOLICIDAD

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  3. Después de leer este articulo, me sentí triste. Yo veo que mi esposo tiende a caer en vicios, ya he hablado con el muchas veces, esperando que se de cuenta de eso,pero para el, no hay nada de malo en su comportamiento. Le pedí que hable con alguien mas y le pida opinión, para que vea que no es solo mi imaginación. Estaba leyendo para ver si encontraba algo que pudiera ayudarlo, pero según lo que entendí de este articulo, si el esta ciego y no se da cuenta de lo que hace, no puedo ayudarlo. Solo me queda esperar a si algún día el decide cambiar???

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    1. Estimada hermana:

      No le resta sólo esperar. Usted puede hacer mucho con sus oraciones y con su ejemplo. A santa Mónica, madre de San Agustín le dijo un obispo con quien se lamentaba de la mala vida -de entonces- de su hijo, que éste no se condenaría por ser un hijo de tantas lágrimas y oraciones. San Agustín transformó su mala vida y ahora es un gran santo de la Iglesia. La oración es poderosa, claro que quien recibe las gracias de ella debe aceptarlas. Ojalá su esposo acepte hablar con algún sacerdote sabio y FIEL a las enseñanzas tradicionales de la Iglesia.

      Nos unimos a las oraciones por su esposo y para que Dios la ilumine a usted para ayudarlo de manera adecuada y oportuna.
      Un abrazo en Cristo.
      CATOLICIDAD

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  4. Gracias por su comentario, había dejado de rezar por el, pensé que no tenia remedio y mejor rezaba para que Dios me ayudara a soportar mi vida. Pero ahora estoy embarazada y temo que el vaya a ser un mal ejemplo para nuestro hijo, además no se que hacer para no estar triste, no quiero afectar al bebe.

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    1. Querida hermana en el Señor:

      Dios te ama, ello debe ser la fuente de tu alegría. Acércate más a Él. Ora frecuentemente por tu esposo, por tu hijo que viene y por ti. Acércate con frecuencia a los sacramentos de la Confesión y con el alma ya limpia al de la Eucaristía. La vida no es para soportarla sino para vivirla. En ella hay penas y problemas, pero busca la manera de sortearlos y vivir en la alegría cristiana con paz. Le haces mucha falta a tu hijo, debes estar bien por él y también por ti. Ese pequeño bebé debe ser una gran motivación. Debes estar bien para él, insistimos, para poder conducirlo a Dios. Habrá momentos malos y momentos buenos, pero debemos tomarnos de la mano de María para que nos conduzca y vivir con paz interior.

      El rezo diario del Rosario te sería de gran ayuda, sin duda. Ánimo y adelante. Recuerda siempre que Dios te ama. Él es tu Padre que desea lo mejor para ti, encomiéndate mucho a Él. La oración te dará fuerzas. Nunca te dejes aplastar por las circunstancias adversas. Con Dios lo lograrás.

      Suerte y cuenta con nuestras oraciones.

      Un afectuoso abrazo en Cristo.
      CATOLICIDAD

      P.D. Te recomendamos leer con frecuencia este post:
      http://www.catolicidad.com/2009/06/sufres-requieres-consuelo.html

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    2. Otro buen post que te ayudará es el siguiente:

      http://catolicidad-catolicidad.blogspot.mx/2009/11/jesus-te-hablatrae-un-mensaje.html

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