miércoles, 25 de julio de 2012

SOBERBIA Y HUMILDAD por San Alfonso María de Ligorio.

San Alfonso María de Ligorio

El soberbio es como un globo henchido de aire, que a sí mismo se considera como algo muy grande, aun cuando, en realidad, toda su grandeza se reduzca a un poco de viento, que, roto el globo, se desvanece súbitamente. Quien ama a Dios es verdaderamente humilde y no se engríe con sus cualidades personales, porque sabe que cuanto tiene, todo es don de Dios, y si algo tiene de sí es la nada y el pecado. Por consiguiente, cuanto más señaladas mercedes re­cibe de Dios, más se humilla, viéndose tan in­digno y tan favorecido por El.

Santa Teresa decía, hablando de las gracias especiales que Dios le había hecha: «Dios se las ha conmigo como se hace con una casa, que se la apuntala cuando amenaza ruina. Cuando el alma recibe la amorosa visita de Dios sintien­do en sí ardores extraordinarios de caridad, acompañados de lágrimas y de gran ternura de corazón, guárdese muy bien de creer que todo ello es recompensa y premio de sus buenas obras, humíllese entonces más y tenga por cierto que, si Dios la regala, es para que no le abandone. De lo contrario, si por tales mercedes se levan­tasen en el alma humos de vanidad, juzgándose más favorecida, porque es más fiel que las de­más en el servicio de Dios, esta falta de humil­dad sería suficiente para privarla de tales fa­vores. Para que se conserve la casa son necesarias dos cosas: los cimientos y el techo; los cimien­tos deben ser para nosotros la humildad, reco­nociendo que nada valemos ni nada podemos, y el techo, la divina protección, en la cual tan sólo hemos de confiar.»

Mientras más favorecidos nos veamos de Dios, más nos debemos humillar. Santa Teresa, cuan­do recibía una gracia especial, traía a la memo­ria sus pasadas culpas, y el Señor entonces la unía a sí con más estrecho lazo de amor, porque, cuando el alma se confiesa más indigna del fa­vor divino, tanto más la enriquece Dios de sus gracias. Tais, primero pecadora y luego Santa, se humillaba tanto ante Dios, que se creía in­digna hasta de nombrarlo, por lo que no se atre­vía a decir: Dios mío, sino que decía: Crea­dor mío, tened piedad de mí. Y escribe San Jerónimo que, debido a tal humildad, le pre­paraban en el cielo un magnífico trono. Igual­mente se lee en la vida de Santa Margari­ta de Cortona que, visitándola cierto día el Señor con mayores ternuras de amor que las acostumbradas, ella se puso a exclamar: «Pero ¿cómo, Señor, os habéis olvidado de lo que he sido? ¿Cómo me pagáis con tantas finezas las injurias que os he hecho?» Y Dios le respondió que, cuando el alma le ama y se arrepiente sinceramente de haberle ofendido, El se olvida de todas las ofensas recibidas, como había dicho por Ezequiel: Si el impío se convierte de todos sus pecados que cometió y observa todos mis pre­ceptos.... ninguno de los pecados que cometió le será recordado Y en prueba de ello la hizo ver el trono que le tenía aparejado en el cielo, rodeado de serafines. ¡Ojalá llegáramos a com­prender el valor de la humildad! Un acto de hu­mildad vale más que la conquista de todas las riquezas del mundo.

Decía Santa Teresa: «Vuestro entender, hijas, si estáis aprovechadas, será en si entendiere cada una es la más ruin de todas., y esto que se en­tienda en sus obras que lo conoce así»; así lo hacía la Santa: y así lo hacían todos los santos. San Francisco de Asís, Santa María Magdale­na de Pazzi y el resto de los santos se tenían por los mayores pecadores del mundo, y se ex­trañaban de que la tierra los sostuviese y no se abriera para tragarlos, y esto lo decían de todas veras. Hallándose próximo a la muerte el Beato Juan de Ávila, que vivió desde pequeñito vida santa, acercóse a él un sacerdote para asistirlo y le sugería cosas muy elevadas y sublimes, tra­tándolo como a gran siervo de Dios y persona docta como era; pero el P. Ávila exclamó: «Ruégole, padre, me asista como a criminal conde­nado a muerte, pues no soy otra cosa.» Tal es el concepto que en vida y en muerte tienen de sí los santos.

Así debemos obrar también nosotros si que­remos salvarnos y conservar la gracia de Dios hasta la muerte, poniendo en El solamente nues­tra confianza. El soberbio fíase de sus fuerzas, y por eso cae; pero el humilde, porque en solo Dios confía, aunque le asalten las más vehemen­tes tentaciones, mantiénese firme y no sucumbe, diciendo: Para todo siento fuerzas en aquel que me conforta. El demonio una vez nos tienta de presunción, otra de desconfianza; cuando nos as­gura que no hemos de temer las caídas, enton­ces es cuando hemos de temer, porque, si el Se­ñor dejara un solo instante de socorrernos con su gracia, entonces es cuando estaríamos perdi­dos. Y cuando nos tiente de desesperación, po­niendo los ojos en Dios, hemos de decirle: A ti, Señor, me acojo; no quede para siempre confundi­do ni privado de vuestra gracia. Estos actos de desconfianza en nosotros mismos y de con­fianza en Dios hemos de ejercitarlos hasta el pos­trer instante de nuestra vida, rogando siempre al Señor que nos dé la santa humildad.

Mas para ser humilde no basta sentir baja­mente de sí y tenerse en poco y por hombres miserables; el verdadero humilde, dice Tomás de KempisAquino que, cuando uno se ve despreciado., si se resien­te, por más milagros que haga., téngase por cier­to que anda muy lejos todavía de la perfección. La divina Madre ordenó a San Ignacio que ins­truyese en la humildad a Santa María Magda­lena de Pazzi, y el Santo le dijo: «La humildad consiste en gozarse de cuanto redunda en nues­tro propio desprecio.» Nótese que dice gozarse, porque., aun cuando la parte inferior se resista cuando nos desprecian, por lo menos en espíri­tu debemos alegrarnos.

Y ¿cómo es posible que el alma que ama a Jesucristo no se goce en los desprecios, viendo a su Dios aguantando las bofetadas y salivas que en su rostro recibió durante su pasión? Entonces escupieron en su rostro y le dieron de puñadas, y otros le abofetearon. Al considerar esto, ¿có­mo podrá dejar de amar los desprecios? Con este fin quiso nuestro Redentor que fuese expuesta en nuestros altares su imagen, no ya en forma gloriosa, sino crucificada, para que tuviésemos siempre ante los ojos sus desprecios, ante los cuales los santos se gloriaban viéndose despre­ciados en esta tierra. Esta fue la petición que San Juan de la Cruz dirigió a Jesucristo cuando se le apareció con la cruz a cuestas: «Señor, pa­decer y ser despreciado por vos.» Viéndote a ti, Señor, despreciado, por amor mío, no te pido más que padecer y ser despreciado por tu amor.

Decía San Francisco de Sales que «el soportar los oprobios es la piedra de toque de la humil­dad y de la verdadera virtud». ¿Qué decir de una persona que pasa por espiritual, hace ora­ción, comulga frecuentemente, ayuna y se mor­tifica, y, a vuelta de todo eso, no puede sopor­tar una afrenta ni una palabrilla punzante? Que es una caña hueca, vacía de humildad y de vir­tud. Y ¿qué sabrá hacer el alma amante de Je­sucristo si no sabe afrontar una afrenta por el amor de quien tantas afrontó por ella? En la Imitación de Cristo escribió Kempis: «Pues tanto horror tienes a las humillaciones, señal es de que no estás muerto al mundo, ni eres hu­milde, ni tienes a Dios ante los ojos. Quien no tiene siempre ante la vista a Dios, a la menor palabra de censura se turba.» No tienes valor para sufrir por Dios bofetadas y heridas; so­porta al menos cualquier palabrilla.

¡Qué admiración y escándalo no causa la per­sona que comulga frecuentemente y luego se turba e irrita por una palabra despectiva! Por el contrario, ¡cómo edifica el alma que a los desprecios responde con palabras bondadosas, para aplacar al ofensor, o no responde ni se lamenta con los demás, sino que permanece con rostro serena, sin rastro de amargura! Dice San Juan Crisóstomo que el humilde es útil para sí y para los demás, por el buen ejemplo que les da de mansedumbre en los desprecios.

Tomás de Kempis, volviendo sobre esta ma­teria, indica muchas ocasiones en las cuales de­bemos humillamos. «Lo que dicen los otros —es­cribe— será oído; lo que dices tú será contado por nada; pedirán los otros, y recibirás; pedi­rás tú, y no conseguirás. Los demás serán en­salzados en boca de los hombres, y de ti nadie dirá nada; a los otros se encomendará esto o aquello, y a ti no se te tendrá por útil para nada. Por estas pruebas hace Dios pasar a sus siervos, para ver hasta dónde llega el renuncia­miento propio y la confianza en El. Por eso gemirá a las veces la naturaleza, y no hará poco si sufriere callando.»

«Humilde es de verdad —decía Santa Juana de Chantal— quien, viéndose humillado, se hu­milla más.» Y, en efecto, el verdadero humilde no juzga ser lo debidamente humillado como me­rece. A los que esto hacen, llámalos Jesucristo bienaventurados, y no a quienes el mundo estima, honra y alaba por nobles, doctos o poderosos; para los maldecidos, perseguidos y calumniados del mundo, para quienes todo lo sufren paciente­mente, está reservada gran recompensa en los cielos.

De especial manera hemos de practicar la hu­mildad cuando nuestros superiores u otro cual­quiera nos corrigen de un defecto. Personas hay que se parecen a los erizos: mientras no se les toca, parecen apacibles y mansos; pero, no bien el superior o el amigo les corrigen de algún defecto, enseñan al instante todas sus púas, responden destempladamente, o que no es cierto o que han tenido sus razones para obrar de aque­lla manera, por lo que no haya para qué amonestarles de aquella forma; en una palabra, mi­ran como a enemigo a quien les reprende, imitando a quienes se irritan contra el cirujano porque les hace sufrir al curarles la llaga. «Esto es airarse contra quien le hace la cura», dice San Bernardo. El varón santo y humilde, dice San Juan Crisóstomo, cuando le corrigen, llora el error cometido, al paso que el soberbio llora también, pero llora porque aparece su defecto; por eso pierde la serenidad y por eso responde y se revuelve contra el que le amonesta. He aquí la excelente regla de conducta que dio San Feli­pe Neri para cuando uno se vea acusado: «El que verdaderamente quiere hacerse santo-—decía— jamás debe excusarse, aun cuando sea falsa la inculpación que se le hiciere.» Solamen­te esta regla padece una excepción, y es cuan­do la defensa se juzga necesaria para atajar el escándalo. ¡Qué de méritos atesora ante Dios el alma que es reprendida y, aun cuando sea in­justamente, guarda silencio y no se defiende! «Más levanta una cosa de éstas a las veces—de­cía Santa Teresa—que diez sermones..., por­que se comienza a ganar libertad y no se da más que digan mal que bien, antes parece es nego­cio ajeno.»

Afectos y súplicas

¡Oh Verbo encamado!, ruégoos por los méri­tos de vuestra santa humildad, que os hizo abra­zar tantas injurias e ignominias por amor nuestro, que me libréis de la soberbia y me co­muniquéis una partecita de vuestra humildad. Y ¿cómo podría yo quejarme de los oprobios que se me hicieren, cuando tantas veces me hice reo del infierno? Jesús mío, por los merecimientos de tantos desprecios como sufristeis en vuestra pasión, dadme la gracia de vivir y morir humillado en esa tierra, como vos vivisteis y moris­teis humillado por mí.

Por amor vuestro quisiera verme despreciado y abandonado de todos, pero sin vos nada pue­do. Os amo, soberano bien mío; os amo, amador de mi alma; os amo y propongo sufrir por vos afrentas y persecuciones, traiciones, dolores, se­quedades y desamparos; conténtome, único amor de mi alma, con no ser de vos abandonado. No permitáis que me aparte nunca de vos. Dadme deseo de complaceros, fervor para amaros, paz en los trabajos y en todas las adversidades, y dad­me resignación y paciencia. Apiadaos de mí; nada merezco, pero todo lo espero de vos, que me redimisteis con vuestra sangre.

También lo espero todo de vos, Reina y Ma­dre mía, María, que sois refugio de pecadores.


FUENTE: “PRÀCTICA DEL AMOR A JESUCRISTO”. San Alfonso María de Ligorio.

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